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La vida privada de Elizabeth y Essex (1939)

La vida privada de Elizabeth y Essex
Trailer
6,6
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Sinopsis
Mezcla de biografía histórica y drama romántico que narra las relaciones entre la ya madura Isabel I Tudor, reina de Inglaterra (1558-1603) y el elegante Conde de Essex. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Private Lives of Elizabeth and Essex
Duración
106 min.
Guion
Norman Reilly Raine, Aeneas MacKenzie (Obra: Maxwell Anderson)
Música
Erich Wolfgang Korngold
Fotografía
Sol Polito, W. Howard Green
Productora
Warner Bros. Pictures
Género
Drama Romance Histórico Biográfico Drama romántico Siglo XVI
7
El drama de ser reina
Cuarta película sobre Isabel I de Inglaterra, basada en una obra de teatro "Elizabeth y Essex", de Maxwell Anderson, que había triunfado en Broadway. Gracias a una ampliación presupuestaria de última hora, se filmó en color.

La acción tiene lugar en Inglaterra entre 1596 y 1601. Narra la leyenda del amor imposible entre Isabel I (Bette Davis) y Robert Devereaux, conde de Essex (Errol Flynn). La película desarrolla un drama romántico de dos amores que se necesitan, pero que no encuentran el modo de encajar en el mundo de entrega al trono sin reservas de Isabel y en el de la ambición de Essez. El tema central del argumento es la concepción de la reina que, por obligación y necesidad, debe defender los intereses del trono, su estabilidad en él, su poder real y su fuerza, mediante una gestión libre de compromisos, situada por encima de intereses particulares y capaz de manejarse con equilibrio, ambigüedad y astucia. La experiencia de niña (no supo quién era su madre durante muchos años) y de joven (recluída temporalmente en la torre de Londres por intrigas palaciegas), la constatación de la fragilidad de sus derechos sucesorios (reconocidos y derogados varias veces), la tirantez de las relaciones con su hermanastra, la reina Mary (que en varias ocasiones acarició la idea de ejecutarla) y de las pretensiones al trono de familiares poderosos, la llevaron a ejercer el oficio de reina con un ascetismo inusual, una dedicación plena y el sacrificio de sus anhelos personales. Es destacada la escena en la que ella explica a su doncella Margarett Radcliffe que "ser reina es menos que ser humano, es anteponer el orgullo al deseo, es buscar ternura en el corazón de los homres y encontrar sólo ambición, es no tener una hora para el amor".

La música se erige en elemento narrativo con entidad propia: no enmarca la acción, sino que la modula y la completa. La fotografía pone el acento en la expresión del drama de soledad de la reina. Los grandes espacios vacíos en los que se mueve y su entrada en la sala del trono a través de un largo trecho de salones vacíos, sola, sin compañía, sin guardia personal, trasmiten elocuentemente el mundo interior de una reina que ha renunciado a todo para que ser respetada y temida. El guión desarrolla la acición en un crescendo bien dosificado de tensión e intriga. Los diálogos son claros y contienen expresiones antológicas: "El cielo se toma por sorpresa" (Essex), "Yo no viviré y él morirá" (Isabel), etc. La intepretación de Davis es extraordinaria. Flynn, en la cumbre de su éxito, se desenvuelve con rigidez en un papel que le resulta extraño. La dirección construye un potente drama de renuncia y soledad.

Película de gran interés, soberbia fotografía, excelente música, con una interpretación antológica de Davis, que aquel año ganó el Oscar a la mejor actriz principal por "Amarga victoria".
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17 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Cuando el deber se antepone al amor
Con un guion escrito por Norman Reilly Raine y Aeneas Mackenzie, basados en la obra, “Elizabeth the Queen” (1930) de Maxwell Anderson, el director Michael Curtiz, realizó esta brillante película que, sin pretender ajustarse con rigurosidad a los hechos históricos, cuenta con personajes de suma relevancia como Elizabeth I de Inglaterra, la quinta y última gobernante de la poderosa dinastía Tudor -llamada The Virgin Queen porque nunca contrajo nupcias-, una mujer de fuerte carácter, enorme autoridad y gran peso en las transformaciones del reino británico, al que hizo florecer culturalmente durante los 44 años que duró su reinado, al tiempo que lo separó de Roma, creando una iglesia protestante. Robert Devereux, conde de Essex, un general que se embarcó en campañas contra España e Irlanda, en las que obtuvo sendas derrotas... pero conquistó como nadie el corazón de la reina, hasta tal punto que puso en vilo su lealtad al gobierno. Walter Raleigh, militar y político, miembro del parlamento inglés, a quien se le atribuye la idea de colonizar a Estados Unidos de Norteamérica y quien fuera autor de varios libros de renombre; y Francis Bacon, canciller y filósofo de raigambre, autor de obras tan significativas como “El Avance del Conocimiento” y “Novum Organum”, con las que ocupa un lugar en la historia literaria.

La actriz, Bette Davis, tiene aquí una de sus grandes actuaciones, dando vida a una reina que se debate entre su amor apasionado por el Conde de Essex y sus deseos de ejecutarlo en la horca por su acerado orgullo y sus afanes de poder. Con él experimenta intensos encuentros de afrenta y de ternura, en los que afloran significativos conceptos sobre si debe primar el sentimiento o el deber... más unas clases de actuación que nadie debería perderse.

Curtiz, logra una sobria recreación de palacio, con una exquisita fotografía, una efectiva y enérgica partitura de su habitual Erich Wolfgang Korngold, y con unos vestuarios de época imponentes y sugestivos. Actoralmente, el logro es también inobjetable (Flynn, de Havilland, Price, Crisp...), y la película nos lleva por entre las intrigas, las pasiones y las grandes decepciones, con suma pericia y con un ritmo que se mantiene en alto, no obstante que, el mayor peso de la historia recae en sus protagonistas y en sus más íntimas relaciones.

La Davis, se toma con absoluta propiedad cada escena en la que aparece, y aunque Erroll Flynn cumple con su rol de héroe enamorado, la fuerza que posee el rol de la célebre reina y su pericia actoral, hacen que sea ella quien se lleve todas las palmas.

Quizás, el mayor mérito argumental de "LA VIDA PRIVADA DE ELIZABETH Y ESSEX", es que deja al descubierto la banalidad que, para el ser individual, ofrece todo reinado. La misma reina, Elizabeth, lo dice con la mayor melancolía:

“Ser reina es ser menos que un ser humano, pues, significa anteponer el orgullo al deseo; buscar ternura en los corazones de los hombres y no encontrar más que ambición; pedir a gritos, en la oscuridad, alguna voz desinteresada y no oír más que el ruido seco de los papeles de Estado (…). El tiempo no alcanza para una reina, pues, los eventos la ahogan, y por un vacío y resplandeciente envoltorio, ella debe abandonar todo lo que una mujer más anhela”.

Título para Latinoamérica: MI REINO POR UN AMOR
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14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil