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Lydia (1941)

5,9
50
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Sinopsis
Lydia, una bella mujer madura, se reencuentra con los hombres que amó en su juventud y recuerda las pasiones del pasado con la perspectiva que da el tiempo y la edad. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Lydia
Duración
104 min.
Guion
Julien Duvivier (Historia: Leslie Bush-Fekete)
Música
Miklós Rózsa
Fotografía
Lee Garmes (B&W)
Productora
Alexander Korda Films
Género
Romance Drama
6
Frágil memoria
La evocación del pasado es un ejercicio que las personas tienden a hacer con frecuencia. El contraste entre el presente y el pasado suele ser fuente de satisfacción, complacencia y gozo. La película explora con ánimo crítico, no exento de humor, los recuerdos de juventud de Lydia, una bella mujer, que invita a sus antiguos pretendientes a realizar (1941) una sesión conjunta destinada a recordar sus relaciones, su amistad, sus encuentros y sus rupturas.

Los recuerdos personales tienden a idealizar los hechos, a estilizarlos, a convertir la realidad ordinaria en extraordinaria, a transformar circustancias molestas en sus contrarias (un día de lluvia intensa en un día de sol radiante). La subjetividad suele condicionar los recuerdos, mejorando el pasado y enriqueciendolo con elementos añadidos de ensueño.

Duvivier muestra con delectación los sesgos propios de la evocación del pasado y con ellos construye una atmósfera singular, de verdad, fantasía e ilusión, aderezada con trazos de intimidad, confidencias y confesiones, que elevan la acción a las cercanías de la irrealidad. De ese modo consigue dotarla de un nivel acetable de unidad e interés. En su discurso no oculta los riesgos del experimento, porque el pasado oculta recuerdos atenuados por el olvido que conservan en ocasiones la fuerza indoblegable de su propia objetividad. Su actualización puede revelar verdades ocultas, denunciar errores y situar a las personas en posiciones imprevistas e incómodas.

El film tiene la apariencia de un "collage" de episodios románticos que han llenado la vida de juventud de los protagonistas y que siguen vivos en la memoria 40 años después. El humor se hace presente, sobre todo, a través de la figura entrañable de tía Sarah, sus exageraciones, su rigor, su inversión ocasional de los roles de género, su amor oculto y las contradicciones entre sus mundos aparente y real.

La música, de Miklos Rozsa, reproduce una partitura original brillante y colorista, que incluye temas líricos ("Retrato de Lydia"), románticos ("Tema de amor"), ensoñadores ("El vals"), apasionados ("El color rojo"), tristes ("Hasta la vista"), desolados ("El mar") y triunfales ("Final"). Rozsa obtuvo una merecida nominación al Oscar. La fotografía, de Lee Garmes ("Scarface", 1932), exalta la belleza singular de Merle Oberon con encuadres de proximidad y contraluces de perfil, crea composiciones equilibradas y maneja con destreza un vibrante claroscuro. Se beneficia de un suntusoso vestuario de época (últimos años del XIX/primeros del XX) y el elegante diseño de producción de Vincent Korda.

La acción principal tiene lugar en Boston y NYC. El rodaje se realiza en EEUU, tras el inicio de la IIGM en Europa y antes de la entrada en ella de los EEUU (diciembre de 1941). El film, que se estrena el 18-IX-1941 en NYC, es el "remake" de la producción francesa "Un carnet de balle" (1937), del mismo Duvivier.
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
“Oh, amor mío, ¿existe otra gente?”
Retrato de la joven Lydia – papel interpretado por Merle Oberon- cuando, ya en la vejez, se reúne con sus antiguos pretendientes para rememorar en forma de flashback el relato de su vida, desde su inocente charlatanería adolescente –“muñeca de porcelana sonriente”- hasta la amargura de los desengaños vitales que la vida le deparó. Es una película dotada de una extraña poesía en el que el amor no correspondido, la nostalgia, el recuerdo y su falseamiento, así como el paso del tiempo, tiñen sus fotogramas de una suave e imperceptible negrura. El film contó con un guión de Ben Hecht y Samuel Hoffenstein, una buena partitura de Miklós Rozsa – son muy intensas las escenas musicales del pianista ciego, uno de los protagonistas, y sobre todo la de la clase de música a los niños- y una cuidada producción del gran Alexander Korda. Adolece, en ocasiones, de un cierto carácter fragmentario –o tal vez era eso lo que pretendía Duvivier: al fin y al cabo estaba rodando un remake de su película francesa “Un carnet de bal” (1937)- y digo esto por su aparente confusión de géneros: empieza como comedia, continúa como la breve biografía de una admirable protectora de niños ciegos para acabar plenamente en el territorio del melodrama. Esta última parte es, desde luego, la más destacada, rodada como si de una ensoñación romántica al estilo de las hermanas Bronte se tratase. Filmada con gran suntuosidad –no en vano el diseño de producción era de Vincent Korda-, destaca el irónico uso de la cámara lenta en la escena del baile, magnificado por el recuerdo de la protagonista, o el habitual papel de carácter de la admirable Edna May Oliver como abuela de Lydia. Joseph Cotten acompaña con su habitual eficacia de hombre sensible y apocado las idas y venidas sentimentales de la protagonista. Merece un buen vistazo.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil