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He nacido, pero... (Y sin embargo hemos nacido) (1932)

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Sinopsis
La familia Yoshii se traslada a vivir a un suburbio de Tokio para que el padre esté más cerca de su trabajo. Los dos hijos deben adaptarse a la nueva escuela, pero se encuentran con la hostilidad de un grupo de chicos entre los que está Taro, el hijo del señor Iwasaki, jefe de su padre. Reacios a ir a la escuela, consiguen vencer en una pelea a la banda enemiga con la ayuda de un vendedor de licores. Al final se hacen amigos de Taro, y éste les enseña un vídeo en que su padre hace payasadas para complacer a su jefe, el padre de Taro. Los niños se enfadan con su padre y emprenden una original huelga infantil. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Japón Japón
Título original:
Otona no miru ehon - Umarete wa mita keredo
Duración
91 min.
Guion
Akira Fushimi, Geibei Ibushiya
Música
Película muda
Fotografía
Hideo Shigehara (B&W)
Productora
Shochiku Kinema Kenkyû-jo
Género
Drama Comedia Infancia Familia Cine mudo
8
Nacer siempre trae consigo algún pero.
Que no perro.

Pirámide social, desfile en lontananza de niños y adultos entre órdenes y jerarquías consustanciales a esa condición humana que se ve asomar al fondo, saludando a una cámara menos estática de lo habitual en Ozu. Y todo medio en broma. Otra muesca de vida y tiempo del director japonés. Sentarte tranquilo a ver su cine, ¡qué importante es! Más importante que ser importante, deduzco yo aunque a nadie le importe.

Paralelismos para enfrentar similitudes entre dos mundos: niños por un lado, y éxito o fracaso profesional, ya de adultos. La fuerza embrutecida y el dinero; la amenaza y el aspaviento. Yin y Yang. Coca-Cola y Pepsi. El día a día es una jungla amable.

La película avanza mostrando una correlación de ritos, adultos e infantiles, que definen formas atávicas de relación y mando. Comerse un huevo para ser más fuerte; ceremonia social de adulación al jefe para que el nepotismo te favorezca. Ritos iguales en edades distintas. Pegar dos hostias con los zoris de madera para ganarse miedos o hacer el bufón para granjearse afectos. Los niños aún reparten con armas de inocencia de bragueta abierta mientras el padre se encoge dentro de su chaleco chupatintas. Pero no es el padre el culpable. El culpable es el tiempo, así que no me carguen contra el progenitor en favor de las rebeldías de sus hijos, amigos cinéfilos, que en su “fracaso” pace la familia. Así lo pide Ozu comprendiendo a ese oficinista y su botella. No es que lo diga yo. A los niños ya les tocará pringar… Cuando les toque. Y sin embargo… han nacido.

Todo esto está rematado por el realizador con un pie en el desenfado, sobre todo por la fisicidad de los hermanos protagonistas (que ensayaría también en otras ocasiones), y otro en cierta solemnidad con ribetes de advertencia. Fuerzas entrelazadas -comedia-drama; niño-adulto- consagradas a un metraje carente de estridencias, ambivalente en su condición de pálpito, que no reflexión, vital.

Y así se deja descubrir, porque se deja, no se atrapa, el cine de Ozu como las tiras de fotogramas que tanto importan en esta trama. El cine como testigo casual, azaroso casi, de algo que podríamos llamar “verdad” -si tal cosa existiera-, mostrada con la fuerza impávida de la confidencia reveladora, como un soplo de ceremonia doméstica y cotidiana. Un cine que se mete en los resquicios del respirar contando cosas de las que, dándolas por sabidas, no solemos acordarnos.

Buenos días (Ozu-1959) a tod@s.
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35 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
EL CINE Y LA INFANCIA (versión Ozu).
Para todos aquellos que, como es mi caso, tengan un conocimiento limitado del cine japonés, acercarse por vez primera a la obra de realizadores como Ozu resulta una verdadera suerte, algo así como un nuevo comienzo cinematográfico. Viendo esta película uno revive las sensaciones que experimentó hace ya bastante tiempo, cuando Chaplin, Keaton o Murnau le deslumbraron; es inevitable sentir que algo importante está desarrollándose ante nuestros ojos, y que hay momentos que ya no olvidaremos nunca.

Con un desenfadado tono de comedia, Ozu aborda en este filme mudo temas de la máxima importancia y actualidad: las clases y jerarquías sociales, la hipocresía de los adultos, el inflexible sentido de la dignidad y las relaciones de poder. Todo ello desde la perspectiva de unos niños que tras luchar denodadamente por adquirir un estatus respetable entre las pandillas del colegio, aprenden repentinamente las duras realidades de la vida, encarnadas en el descrédito en el que a sus ojos ha incurrido la anteriormente venerada figura paterna. Como será habitual en Ozu, los conflictos sociales, las tensiones generacionales, tienen su mejor reflejo en la vida familiar, que sufre alteraciones y problemas como resultado de la acción de las anteriores. Así, la película establece un humorístico y ácido paralelismo entre las relaciones jerárquicas de los adultos y las de los niños, empeñados todos en hacerse valer, cada uno a su manera.

El filme cuenta con magníficas interpretaciones, destacando los niños, todos ellos muy expresivos y creíbles, con la naturalidad y el desparpajo que suelen tener ante las cámaras. A nivel formal, y como ya han advertido otros usuarios, Ozu mueve mucho más la cámara de lo que lo hará en futuras obras, en las que su obsesión por la simetría y la "depuración" visual se impondrá. Aquí llama la atención su frecuente empleo del travelling, con efectos narrativos y humorísticos muy acertados, como en uno en el que muestra el contagio de un bostezo entre los empleados de una oficina.

Salpicada de detalles cómicos, como esa "muerte y resurrección" a la que juegan los niños, o las vergonzantes muecas y pantomimas protagonizadas por el padre, la película propone una reflexión aguda e inteligente sobre temas universales, y hacerlo como lo hace Ozu, ligera pero concienzudamente, está al alcance de muy pocos.
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18 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
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