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Críticas de Quatermain80
Críticas ordenadas por:
Z. La ciudad perdida
Z. La ciudad perdida (2016)
  • 5,9
    10.388
  • Estados Unidos James Gray
  • Charlie Hunnam, Sienna Miller, Tom Holland, Robert Pattinson, ...
7
Volveremos a hablar de aquellos aventureros...
Hace unos años tuve ocasión de leer el libro en el que se basa esta película, por lo que estaba ya avisado de qué podía esperar. Visto el filme, cabe aclarar que a diferencia del libro, construido como una investigación que es una aventura de por sí, opta por narrar las expediciones y vicisitudes del explorador Percy Fawcett sin hacer ninguna referencia al presente.

La película trata no solo de narrar una historia de aventuras y exploración, que también, sino de penetrar en las motivaciones y circunstancias que llevan a un hombre a emprender una tarea semejante y a hacer de ella su máximo objetivo vital. Hay, por tanto, una reflexión en torno a la audacia, que aparece aquí encuadrada en las coordenadas ideológicas del imperio británico, basadas tanto en el interés económico como en el científico. Pero además se intenta mostrar qué claves personales impulsan al héroe, y también éstas son hijas de su tiempo, empezando por el sentido del honor y continuando por una idea del destino que roza lo obsesivo.

Así pues, una aventura que empieza siendo más terrenal y prosaica, va adquiriendo con el paso del tiempo matices nuevos y significados menos evidentes. Tal vez el más importante, por simbolizar excelentemente la esencia de la aventura, gire en torno a la idea de búsqueda. Así, la ciudad perdida de Z, obsesión de Fawcett, es importante no sólo como meta; lo fundamental en ella es que, real o imaginada, apenas intuida o soñada, debe ser buscada.

La realización, haciendo gala de un elegante clasicismo, penetra en la selva con todas las consecuencias; intenta mostrarla tal como es, con su dureza extrema, pero también con sus recompensas, todas ellas relacionadas con lo que un espacio para la aventura puede proporcionar (los hallazgos, la belleza natural, el encuentro con los otros...). Las distintas expediciones que se muestran siguen esa progresión paulatina desde lo real y prosaico hasta lo onírico, especialmente en el último viaje, en el que este rasgo es quizá más evidente. Por momentos el espectador se reencuentra con imágenes y sensaciones ya vistas o sugeridas en películas como Aguirre, la cólera de Dios, Fitzcarraldo (ambas de Herzog) o Apocalypse Now, de Coppola.

Por lo demás, la ambientación, puesta en escena, interpretaciones y guión (por este orden), presentan un elevado nivel de calidad, y tanto la fotografía como el sonido me parecen excepcionales, por lo bien que captan o sugieren la esencia de cada entorno y situación, ya tengan lugar en la selva, en una mansión señorial o en "la tierra de nadie" de los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial.

Concluyendo, es una película que nos da la oportunidad de revivir el placer de esos grandes clásicos de la aventura sin por ello renunciar a otras lecturas y posibilidades. No obstante debo aclarar que, en lo que a mi concierne, lo fundamental es esa idea de la búsqueda, no importa si cierta o no; porque es la búsqueda de lo insólito lo que hace imprescindible que ahora y siempre, volvamos a hablar de aquellos aventureros...
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46 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
El canalla
El canalla (1970)
  • 6,4
    122
  • Francia Claude Lelouch
  • Jean-Louis Trintignant, Danièle Delorme, Charles Gérard, Christine Lelouch, ...
7
Más granuja que canalla
Una entretenida y eficaz cinta a cargo de Lelouch, quien ya había trabajado con Trintignant en la más célebre y exitosa Un hombre y una mujer. El título en castellano resulta poco apropiado, pues el protagonista es más bien un granuja o sinvergüenza, y en modo alguno posee los rasgos característicos de los personajes del cine negro, mucho más inclinados a la violencia y la fatalidad. Por eso mismo, cabe señalar que el filme es una afortunada mezcla de cine policíaco o thriller con claros toques de sátira y comedia, propuesta ya ensayada con éxito anteriormente en el cine francés (ahí están ejemplos como Gángsters a la fuerza, de Lautner o El embrollón, de Molinaro, ambos genialmente protagonizados por Lino Ventura).

La película huye de la narración lineal de acontecimientos, presentando numerosos saltos temporales entre el presente (las acciones de Simón tras huir de la cárcel) y el pasado (se explica el golpe que acaba con él en prisión y con una gran suma de dinero “esperándole” fuera). Las diversas peripecias abordadas en el filme, aunque propias del género negro (secuestros, rescates, amenazas, persecuciones…), son objeto de un tratamiento suave, “blanco”, en el que la violencia es más aparente que real, del mismo modo que los personajes son mostrados desde un punto de vista amable. De ahí que, aunque sustentándose en las apariencias del Polar, la película sea en realidad un entretenimiento para todos los públicos, y basta atender al tratamiento del secuestro para percatarse de ello, pues en ningún momento teme el espectador por la vida del niño, algo que en un Polar clásico no ocurriría. Igualmente, el protagonista, aunque con rasgos propios del género negro (es calculador, desconfiado, etc.), incorpora otros poco habituales (es también afectuoso y leal), y para colmo es abogado. La trama se desarrolla pues, de forma discontinua, y juega a la confusión con el espectador, si bien lo hace de manera agradable, sin que ello moleste en exceso.

Bien protagonizada por Trintignant, actor siempre eficaz y ya probado en este tipo de papeles (y en otros), encuentra buen acompañamiento en el resto del reparto, siendo destacadas las interpretaciones de Charles Gérard (Charlot) y de Aldo Maccione (con su breve pero cómica interpretación del preso italiano). Un guión correcto y eficaz, con buenas frases para caracterizar a los personajes, y algunas secuencias francamente ingeniosas (especialmente todo el tinglado del secuestro y la muy peculiar boda en prisión) redondean un filme que sin ser novedoso ni tener pretensiones, supone un producto excelente de seguro entretenimiento.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tren de noche
Tren de noche (1959)
  • 7,1
    326
  • Polonia Jerzy Kawalerowicz
  • Lucyna Winnicka, Leon Niemczyk, Teresa Szmigielówna, Zbigniew Cybulski, ...
7
Deseos humanos
Perteneciente a esa espléndida generación de cineastas polacos surgida en las décadas de los 50 y 60, Kawalerowicz destaca como uno de sus máximos representantes, si bien al igual que otros un tanto opacado por la celebridad de Polanski o Wajda. Pese a haber podido disfrutar de pocas películas suyas ninguna me ha parecido decepcionante, y esta que aquí se comenta no escapa a esa regla general, si bien me parece inferior a otras realizaciones suyas, como Madre Juana de los Ángeles o Faraón.

Película que se desarrolla casi íntegramente en un tren –lo que constituye de por sí un subgénero cinematográfico-, destaca principalmente por el acertado retrato de personajes, cuyos rasgos psicológicos son hábilmente sugeridos y mostrados, cobrando en ello un mayor protagonismo las imágenes que el guión, por lo general escueto y poco revelador. Son las miradas, gestos y actitudes, a veces sólo apuntadas o apenas esbozadas las que nos informan con alguna certeza acerca del carácter de los protagonistas, mientras que el guión mantiene siempre cierta reserva o misterio sobre sus circunstancias. Así, apreciamos personajes apesadumbrados, nerviosos, interesados o sobrios, pero nunca se nos dice todo de ellos, ni llegamos nunca a conocerlos del todo. Es ese vago misterio el que interesa al realizador, que se centra especialmente en las relaciones entre hombres y mujeres, fijándose para ello en varias parejas, las cuales sugieren distintas emociones, ya sean la atracción, el hastío, la compasión, etc; todos ellos son ejemplos de los variados deseos humanos insatisfechos. Precisamente por esto resulta interesante el recurso del asesino oculto en el tren como McGuffin, pues su importancia estriba en cómo afecta a los demás personajes, y son sus diversas reacciones lo que le interesa resaltar al director, afán plenamente logrado en una secuencia en exteriores –magnífica- a la que ya han hecho justa referencia mis predecesores.

Si la descripción de personajes es lo fundamental, ello se logra, además de por lo ya mencionado, gracias a la portentosa labor interpretativa del reparto, siendo excelentes todas las actuaciones, si bien yo destacaría las de las dos protagonistas femeninas, que pivotan, por decirlo así, en torno a Jerzy, el protagonista masculino que interpreta León Niemczyk (siempre recordado por su estupenda interpretación en El cuchillo en el agua, de Polanski): Marta, llena de misterio y tristeza (pocas miradas inspiran más ternura que las de este personaje), soberbia creación de Lucyna Winnicka (quien ya había estado magnífica en la anterior Madre Juana de los Ángeles), y la mujer de nombre desconocido, infelizmente casada con un tedioso abogado, que se siente atraída por Jerzy, y en general, por cualquiera que no sea su esposo, muy bien interpretada por Teresa Szmigielówna. El resto de secundarios, todos ellos bien descritos desde el guión o las imágenes completan el cuadro con irreprochable eficiencia y acertados toques de humor.

El talento cinematográfico de Kawalerowicz es aquí menos vistoso que en otras películas suyas como las ya referidas, verdaderos espectáculos visuales (Faraón es, en este sentido, una experiencia fascinante), pero no por ello debe pasarse por alto su magnífica utilización de los espacios (algo que es clave en este subgénero fílmico), que por su estrechez obligan a los personajes a encontrarse y relacionarse. Además, recurre hábilmente a los pasillos para lograr acertados efectos en la profundidad de campo, y nos regala secuencias brillantes (como la ya mencionada) y planos hermosos, ya sea por su composición y punto de vista (algunos cenitales) o por su efecto dramático (Teresa en la playa).

En conjunto una muy interesante película, llena de sugerencias y sensibilidad, buena muestra de las capacidades de un gran director, que merece ser más conocido.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
La comuna (Paris 1871)
La comuna (Paris 1871) (2000)
  • 8,1
    300
  • Francia Peter Watkins
  • Eliane Annie Adalto, Pierre Barbieux, Bernard Bombeau, Maylis Bouffartigue, ...
8
La multitud en la Historia II
Siempre interesado por el papel que los medios –especialmente los audiovisuales- tienen en la representación de la realidad, Peter Watkins utiliza en esta ocasión un proceso histórico complejo como la Comuna de París para reflejar esa inquietud, al tiempo que nos propone una audaz y alternativa identificación entre pasado y presente.

Lo más fascinante de este filme es que su factura es absolutamente consecuente con las preocupaciones o reflexiones que suscita todo proceso histórico. Así, desde el comienzo queda claro que la narración no puede ser unívoca, unidireccional o restringida; si de lo que se trata es de reflejar una situación revolucionaria en la que la comunidad tiene un protagonismo esencial, la película debe ser deudora de esa realidad, evitando incluso la claridad de un discurso o narración más sencillos o tradicionales. De ahí que sea la multitud el sujeto principal del filme, y que quienes la encarnan no sean meros arquetipos, sino que participen de la creación de sus personajes, estableciendo un diálogo con ellos que sirve, de paso, para poner en relación los problemas del pasado con los del presente. Poner eso en pantalla, trasladarlo a imágenes, es la tarea de esa televisión comunal, que viene a encarnar lo que Watkins defiende, esto es, que los medios, el cine, etc., deben servir para dar voz a todos, sin exclusión, y que sólo eso permite un acercamiento libre y crítico a la realidad. No obstante, el propio proceso revolucionario puede poner en peligro esta aspiración, como bien se refleja en el momento en el que la propia televisión comunal es sometida al nuevo poder centralizado revolucionario.

En contraste, la televisión nacional representa lo que hoy en día encarnan los medios de comunicación de masas: el mensaje enlatado, perfectamente diseñado para su consumo por parte de un público al que se trata de domesticar en la pasividad y falta de todo sentido crítico mediante técnicas conocidas pero de indudable éxito: el experto de cabecera, el reportaje sesgado, los protagonistas escogidos, todo ello aderezado por un formato narrativo que aúna la sencillez del mensaje con la demonización o caricaturización del contrario.

Es notable el distanciamiento que impone Watkins desde el principio, en que ya nos queda claro que todo lo que se nos va a mostrar es una representación, pues así nos los dicen los propios actores, que se presentan como tales ante las cámaras, para seguidamente dar paso a un recorrido por los escenarios recreados. A lo largo de la película, la cámara, casi en permanente movimiento, transita de espacio en espacio, de grupo en grupo, dando voz a la multitud, aquí encarnada por otra multitud de actores no profesionales, quienes no vacilan en manifestar su opinión acerca de lo que interpretan y de por qué lo hacen. Todo ello es posible gracias al previo y concienzudo trabajo de investigación desempeñado por Watkins y todos los que intervienen en la realización e interpretación del filme.

Con casi seis horas de metraje, resulta meritorio haber podido rodar todo el filme en apenas trece días, más si cabe dada la complejidad de los temas abordados y el acierto e interés con que están trabajadas las variadas líneas argumentales y reflexivas del mismo. Para concluir creo necesario recomendar un documental que en gran medida plasmó realmente lo que aquí se representa: no es otro que La Batalla de Chile, de Patricio Guzmán. Ambas obras encarnan lo que los medios de comunicación o el cine pueden conseguir si se lo proponen: no sólo dar voz a la multitud, sino ser, también, parte activa y crítica de esas voces.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública
Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública (1977)
  • 7,4
    173
  • España Pere Portabella
  • Documentary
8
Encrucijadas de la Historia
Durante mucho tiempo fue lugar común concebir la Historia como un camino, y por tanto, como un progreso más o menos inevitable, concepción que conducía a la celebración del presente como única opción posible. Afortunadamente otras opiniones y visiones se han desarrollado –bien es verdad que con muchas dificultades-, y es así que sea acaso más preciso comprender los procesos históricos como encrucijadas, esto es, como procesos no necesariamente lineales, en los que varias posibilidades se abren, sin que existan a priori caminos exitosos o fallidos.

Este valioso documental ilustra bastante bien –a mi parecer- esta última concepción, pues su propia factura e intención responde a una visión abierta de un proceso hoy ya histórico como lo fue la transición española a la democracia. Mediante una hábil yuxtaposición de debates, entrevistas, imágenes de archivo, fragmentos de películas, dramatizaciones y voz en off, se logra una amplitud de perspectivas que no sólo refleja fielmente la situación histórica concreta, sino que se erige también como ejemplo de cine político alternativo, en el que no hay un relato cerrado, unívoco.

El espectador encontrará en el filme un mayor protagonismo de los partidos o sensibilidades opositores al régimen franquista, decisión deliberada por parte de la dirección, que quería dar visibilidad a las opciones y opiniones que en 1976/77 tenían aún pocas posibilidades de darse a conocer ante la opinión pública (no hay que olvidar que todavía no se habían celebrado elecciones, ni existía constitución democrática). Es interesante contrastar las esperanzas, proyectos y programas de quienes intervienen en el documental, pues cuarenta años después resultan en unas ocasiones llamativas, en otras bastante reveladoras. Los temas que se abordan son muy variados, desde la forma del estado al eurocomunismo, pasando por el papel de los sindicatos, la posible unidad de la izquierda, los nacionalismos, etc.

La realización combina diversos medios para acercarse a su presente, que varían entre las imágenes de archivo (para las manifestaciones obreras), las entrevistas y debates (con actores relevantes de la política, los sindicatos, etc.) y fragmentos dramatizados (que ilustran fundamentalmente la violencia y represión que ejercen las fuerzas de orden público). Por el contrario, las partes que se dedican a recordar el franquismo tienen a un actor y su voz en off como hilos conductores, bien aparejados con imágenes reveladoras de algunos aspectos del Régimen (Valle de los Caídos, palacio de El Pardo, Belchite, la despoblación rural, fragmentos de la película Raza, etc.).

En conjunto es una obra excelente, que consigue plasmar de manera eficaz y asequible la realidad compleja de un país centrándose en una de sus más importantes encrucijadas recientes (al fin y al cabo, en términos históricos cuarenta años no son muchos). Y es que el mero hecho de percibir la importancia de esa encrucijada y filmarla como tal son méritos suficientes como para valorar muy positivamente la cinta.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Red siniestra
Red siniestra (1966)
  • 5,7
    33
  • Francia Jacques Deray
  • Lino Ventura, Jean Bouise, Marilù Tolo, Jean Servais, ...
6
Problemas de lealtad
A propósito de Jacques Deray y de su película Historia de un policía (Un Flic), recuerdo haber hecho un elogio del oficio que caracterizaba la labor de este realizador, que sin ser brillante ni original, buscando sin rubor la comercialidad, no por ello dejaba de hacer buen cine, casi siempre dentro de los códigos del noir o aledaños.

En este caso, partiendo de una novela de Gilles Perrault adaptada por el también escritor, guionista y realizador José Giovanni, se nos ofrece una clásica película de espías ambientada en la Guerra Fría, concretamente en Viena, ya para siempre ligada a estas temáticas desde la mítica El Tercer Hombre de Carol Reed. En esencia el argumento bucea en las oscuras aguas de las redes de espionaje y en las dudas que un agente francés (Margeri) despierta en sus superiores, que envían a otro espía (Fabre, viejo amigo del anterior) para cerciorarse de su lealtad. Evidentemente, desde el otro lado, habrá quienes también estén tras la pista del primero con el fin de desmantelar su red, por lo que entre estos últimos (numerosos, bien organizados) y Fabre (que actúa en solitario) se desencadenará la inevitable disputa.

Correctamente realizada, recurriendo a los habituales recorridos por la ciudad tan característicos en este tipo de filmes, el guión apenas perfila el carácter de los personajes, subrayando tan sólo la seguridad y tozudez de Fabre, retratado como un profesional al que no le tiembla el pulso en ninguna situación. Aunque el relato es siempre inteligible, hay algún cabo suelto, alguna derivada narrativa en la que la continuidad no siempre resulta afortunada. Hay que aclarar, además, que el comienzo del filme es deliberadamente moroso a la hora de ir revelando detalles, con el objetivo de mantener cierta intriga. Las secuencias violentas son más bien breves, pero por eso mismo frías y creíbles. Resulta algo molesta la música, no en sí misma, sino por el abuso que se hace de ella en algunos momentos en los que el mero silencio podría resultar más adecuado, o en otros, por el afán de subrayar con sonidos estridentes la inminencia de alguna amenaza. Las interpretaciones son de lo mejor de la cinta, que cuenta con actores excelentes, empezando por Lino Ventura (con un personaje escrito y caracterizado para él y que interpretará mil veces) y siguiendo por ese excelente secundario que fue Jean Bouise (a la postre el centro de la trama, y el personaje que concentra mayor ambigüedad) o los también notables Jean Servais y Wolfgang Preiss.

Aunque este tipo de historias no son las más habituales de Giovanni, por lo general inclinado al Polar, sí hay un aspecto en la película que es característico de sus preocupaciones e inquietudes: la lealtad que se establece entre los amigos o los iguales. Su perspectiva sobre la misma queda clara una vez más en las últimas secuencias, humanizando a los personajes (especialmente Fabre).

Sin más que añadir, una entretenida cinta de género, que sirve para reivindicar el oficio de cineastas como Deray (véanse la citada Historia de un Policía, y sobre todo La piscina, de la que se ha hecho recientemente un remake) y Giovanni (Último domicilio conocido, Dos hombres en la ciudad, sin olvidar que fue el autor y guionista de La Evasión, obra maestra de Becker).
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Supersonic Man
Supersonic Man (1979)
  • 3,7
    552
  • España Juan Piquer Simón
  • Antonio Cantafora, Cameron Mitchell, José Luis Ayestarán, Diana Polakov, ...
3
Películas para momentos (II).
Es peligroso el verano; abunda el tiempo libre, aprieta el calor, y las programaciones televisivas de sobremesa se pueblan de entes cinematográficos no identificados. Si a ello unimos que las habituales prevenciones del espectador se ven dramáticamente disminuidas a causa de la inevitable bajada de defensas que el calor provoca, el incauto televidente puede ser abducido por historias que habitualmente desdeñaría, y es así que películas como la presente encuentran su momento.

En estos tiempos que vivimos, con la cinematografía mundial rendida a las historias de superhéroes, están faltando en nuestro solar patrio arrojados cineastas que se atrevan a abordar el género como aquí lo hizo –con más empeño que acierto, eso sí- Juan Piquer Simón.

Haciendo gala del mejor eclecticismo argumental y visual nos despacha una historia en la que un extraterrestre es enviado a nuestro planeta a desfacer entuertos y salvar doncellas, siendo su némesis un malo malísimo a la moda Spectra (uniforme negro con puños y cuello Mao verdes, complementado con secuaces a juego), poseedor de una gran organización, cómoda y amplia guarida (aunque en el extrarradio) y un robot multiusos (incineración, lanzamisiles, fumigación) con aires de máquina expendedora. Frente a su afán destructor, nuestro héroe cuenta con el poder de las galaxias, al que accede cómodamente por medio de su reloj de pulsera, al cual suponemos también provisto de cronómetro y resistencia al agua. Su uniforme infunde general espanto, ya sea en los villanos o en los espectadores, víctimas todos ellos de la feroz combinación de rojo y azul, culminada por los brillos cegadores de su máscara de fantasía. Entre sus poderes se incluyen el vuelo (supersónico, claro, y con hilo musical incorporado), una fuerza y resistencia sobrehumanas (sólo es vulnerable ante los ultrasonidos, como los perros), y la asombrosa capacidad de hacer desaparecer objetos o de transformarlos en comida (memorable la transmutación de una pistola en un plátano; no se había visto nada igual desde los tiempos bíblicos, y aquello fue más fácil, pues sólo había que multiplicar panes y peces). Aparte de estos dos grandes personajes aparecen otros, claramente oscurecidos, como el profesor Morgan (José María Caffarel, ganándose el pan) y su hija, la guapa de turno, cuya importancia en la historia es ínfima, pues lo fundamental es lo que hacen los protagonistas.

Es digno de alabanza el espíritu inasequible al desaliento del que hace gala el realizador, que no se priva de incluir explosiones (a veces insólitas, como ese coche que se volatiliza por salirse del camino); efectos visuales (rayos laser estilo Star Wars); localizaciones (todas ellas intentando que en todo momento parezca que estamos en Nueva York y alrededores); máquinas y objetos (sacados de la sección de juguetes de unos grandes almacenes en temporada de rebajas), todo ello sin importarle lo más mínimo si son necesarios en la historia o si dan al menos el pego.

Deben destacarse secuencias como el ataque a las instalaciones (se supone que atómicas) del inicio, con la genial aparición del robot-expendedor, que es lento pero seguro. La pelea en el bar, evidente lapsus del director, que se creyó que estaba rodando un western con genuino altercado de Saloon. Por último, son inolvidables las secuencias de vuelo, en las que nuestro héroe, más rígido que un palo, sobrevuela Nueva York (aunque el rascacielos desde el que se lanza es el Cuzco IV, en pleno Paseo de la Castellana) al son de la canción del verano, que martilleará por siempre jamás al espectador con su soniquete setentero, digno de Fiebre del Sábado Noche (“Supersonic man, I wanna be…”).

En toda su cutrez, una película entrañable, fruto de otros tiempos en los que los superhéroes eran menos trascendentes, y algo más divertidos.
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11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
La gran amenaza
La gran amenaza (1948)
  • 6,5
    54
  • Estados Unidos Gordon Douglas
  • Louis Hayward, Dennis O’Keefe, Louise Allbritton, Carl Esmond, ...
7
Them!
Viene muy al caso recurrir, como título de este comentario, al que fue el primer filme que vi de este realizador (Them!: La humanidad en peligro, 1954.), y del cual sigo guardando un estupendo recuerdo, a pesar de los años transcurridos, con esas hormigas gigantes, verdadera gran amenaza latente. Y es que los paralelismos entre ambas películas son, aunque seguramente no buscados, sí muy sugerentes, partiendo de la idea de que el enemigo acecha, secretamente, entre nosotros, y de que el telón de fondo de su amenaza es de origen atómico, siendo imprescindibles las fuerzas del orden para conjurarlo.

En el filme que nos ocupa la amenaza no podía ser otra que la comunista, siendo el año de realización importante, en tanto que 1948 fue el de la verdadera cristalización de la Guerra Fría, término que si bien había sido acuñado con anterioridad, tuvo ahora su primera plasmación de la mano del bloqueo de Berlín y otros acontecimientos. El surgimiento de este nuevo enemigo tuvo una rápida respuesta cultural en EEUU, y especialmente en su cinematografía; así, ese mismo año se inauguraría una serie de películas anticomunistas (aparte del título que aquí se comenta, fue pionero también El Telón de Acero, realizado por William Wellmann), que amparándose en las formas y argumentos del cine negro de tono verista al estilo Hathaway (como bien apunta mi predecesor), aprovechaba para emprender una eficaz labor propagandística, que aparte de demonizar a los temibles rojos, encomiaba la labor de las fuerzas del orden.

Que la película sea claramente tendenciosa no es óbice para apreciar su calidad, que en este caso es notable, siendo este uno de los mejores filmes de su clase, a lo que sin duda contribuye el que sea la pesquisa, la labor investigadora de sus dos protagonistas (ejemplo temprano de esa “relación especial” entre el Reino Unido y EEUU), la que capitalice la narración, y no solo la propaganda anticomunista (que también la hay, como no podía ser de otra manera). El argumento, en el que intervienen secretos atómicos y redes de espías filtradores de los mismos, resulta muy oportuno, pues al año siguiente la URSS probaría con éxito su primera bomba atómica, y por esos mismos años ya se había comenzado a desentrañar la labor del espionaje soviético (el caso Fuchs, y más tarde el del matrimonio Rosenberg).

La realización resulta afortunada, con una fotografía típica del género negro, contrastada y casi tenebrista en ocasiones, y con un dominio total del ritmo narrativo, al que ni siquiera entorpece la casi siempre enojosa voz en off, muchas veces innecesaria. A destacar también los eficaces diálogos, no exentos de cierta ironía en torno a los tonos rojos de ciertos importantes cuadros, y ese toque callejero –especialmente en San Francisco- que tanto bien hace a estas historias, y que está tomado de ese cine negro de corte documental tan en boga por aquellos años. Correctas interpretaciones completan esta cinta, recomendable para comprender una época de extremos como fue la Guerra Fría, y que en todo caso debe ser estimada por sus indudables valores cinematográficos.

Para concluir, recordar que este mismo realizador, que desarrolló una larga carrera, fue el responsable de dos hermosos y peculiares westerns que merecen mucho la pena: Río Conchos (1964) y Chuka (1967).
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Tall Target
The Tall Target (1951)
  • 6,9
    142
  • Estados Unidos Anthony Mann
  • Dick Powell, Paula Raymond, Adolphe Menjou, Marshall Thompson, ...
7
¡Asesinos al tren!
Embarcado ya desde comienzos de los cincuenta en el rodaje de los sucesivos westerns por los que hoy es más recordado, Anthony Mann regresaba, de la mano de esta película, a los temas que más había frecuentado en sus inicios, por lo general enmarcados en el thriller y/o el género negro. Además, esta película supone también una vuelta a las estrecheces características de la serie B, en las que Mann había demostrado sobradamente su capacidad de adaptación y su inventiva, factores fundamentales que pronto le revelaron como uno de los grandes narradores cinematográficos de su generación (y de todas, podríamos decir).

El argumento mezcla elementos propios de un thriller político (el ambiente prebélico, las tensiones ideológicas, las conspiraciones) con los de la pura intriga (la pesquisa en pos de los potenciales magnicidas, los equívocos y sospechas sugeridos por la galería de personajes), y lo hace concentrándolos en un espacio cerrado, un tren, que se convierte en el vehículo narrativo esencial de la película. Y es que lo verdaderamente fantástico de este filme no son tanto las líneas fundamentales de la historia, los personajes o el suspense (estando bien servido de todos ellos), sino la brillantez con la que Mann conjuga tales elementos haciendo un uso dramático del espacio en el que transcurren. En efecto, el tren no es un lugar neutro, sino que condiciona todo el desarrollo de la historia, y sus distintas partes (los techos, pasillos, bajos, compartimentos, vagones de carga, etc.) cumplen siempre una función narrativa y dramática de primer orden.

La crítica ha señalado que esta película es una peculiar mezcla de western y cine negro, y hace un paralelismo con la combinación de géneros que también había practicado Mann en un título anterior, el estupendo El reinado del terror. En mi opinión, de la misma manera que esta última cinta tomaba un marco extraño (la revolución francesa) pero en cambio desarrollaba un argumento típicamente negro, la presente película responde a similares esquemas. Puede sorprendernos que un thriller político o filme de intriga como este se ambiente en los años sesenta del siglo XIX, pero yo no veo elementos en él que lo emparenten directamente con un western; es más, si la acción se hubiera desarrollado un siglo después, no habría variado prácticamente nada en el filme. Puestos a buscar relaciones entre ambos géneros en la filmografía de Mann yo los buscaría mejor en títulos universalmente estimados como westerns, por ejemplo, Colorado Jim.

Correctamente interpretada por un amplio reparto, tal vez el personaje más soso sea el protagonista, más bien por su concepción (es un hombre obsesionado por cumplir su misión, pero no se nos dice nada más de él) que por el trabajo de Dick Powell (que cumple). Más brillante resulta Adolphe Menjou, excelente en su ambiguo y desenfadado papel de coronel, que trae a la memoria su magnífica actuación en Senderos de Gloria (también como cínico y aparentemente afable militar).

Para concluir, debe destacarse la impactante calidad formal de la película, con una fotografía excelente de Paul Vogel que recuerda las brillantes colaboraciones que ya estableciera Mann con otros directores de fotografía, como John Alton. La combinación de los reducidos espacios del tren con el empleo dramático de los focos de luz, la composición de los planos (haciendo uso de los ángulos precisos en cada momento) así como la continuidad entre las secuencias, dotan al filme de un ritmo excelente y de una coherencia visual ejemplar, que sin duda ha debido ser un modelo a seguir por realizadores posteriores.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
17 instantes de una primavera (Miniserie de TV)
17 instantes de una primavera (Miniserie de TV) (1973)
  • 7,9
    77
  • Unión Soviética (URSS) Tatyana Lioznova
  • Vyacheslav Tikhonov, Leonid Bronevoy, Evgeni Evstigneev, Mikhail Zharkovsky, ...
9
El topo
Sin ninguna duda, esta poco conocida serie es una de las mejores historias de espionaje que me han contado, y ha sido un verdadero placer descubrirla gracias a la reciente y oportuna edición en castellano de la novela homónima en la que se basa, en cuyo prólogo se hacía mención a la existencia de una exitosa versión televisiva.

A lo largo de doce capítulos de algo más de una hora de duración, la serie nos introduce en los meses finales de la Segunda Guerra Mundial, y más concretamente en Berlín, sede de un agonizante pero aún temible tercer Reich en el que sus principales figurones, sabedores de que su derrota es inminente, empiezan a maniobrar con el evidente objetivo de salvarse de la quema. El argumento se centra en la arriesgada labor desarrollada por un topo soviético (Stirlitz) que, infiltrado en la inteligencia nazi, intentará torpedear los intentos de los mencionados jerarcas por lograr una paz por separado con las potencias occidentales, al margen de los soviéticos.

Aparte de una historia apasionante y con altas dosis de verosimilitud en cuanto al fondo, la serie destaca por la fidelidad con la que adapta la novela original, circunstancia debida a que el guión fue escrito por el autor de la misma, Yulian Semyonov, y a que la dirección, a cargo de Tatyana Lioznova, supo evitar apresuramientos, jugando magistralmente con un tempo narrativo que alterna momentos de tensión y de reflexión. Otro aspecto de interés es el retrato que se hace de los líderes nazis, alejado de exageraciones y evitando caer en el trazo grueso. Por el contrario, nos son presentados de forma desapasionada y con verdadero interés por captar sus diversas personalidades, matices psicológicos y estrategias. Este sutil tratamiento se hace extensivo a los secundarios, de quienes siempre se aportan rasgos distintivos que ayudan al espectador a entender sus decisiones y su carácter. En este sentido, el personaje más difícil de abordar era el propio Stirlitz, por cuanto su papel se basa en la continua ocultación, en una aparente frialdad a toda prueba. Son los momentos en que se encuentra en soledad los que sirven para sugerir sus preocupaciones, sentimientos y recuerdos, y es de justicia destacar la brillantez con que son introducidos por la realizadora.

Rodada en blanco y negro, con una excelente ambientación en cuanto a localizaciones, decorados y vestuario, cuenta con un narrador en off, recurso que suele resultarme molesto, pero que en este caso cobra sentido, pues aclara el contexto (asimismo enriquecido por breves imágenes de archivo) en el que actúan los personajes y algunas motivaciones ocultas de los mismos. Además, la música, que oscila entre la sugerencia de la intriga y la evocación nostálgica, se ajusta como un guante a las imágenes, potenciando las sensaciones requeridas en el espectador. Carente de secuencias de acción espectaculares, pues son más bien escasas y breves, la serie cuenta con momentos brillantes centrados en los sentimientos de los personajes, destacando el recuerdo evocado por Stirlitz en un bar (a propósito de su esposa), de una sencillez y sensibilidad exquisitas.

Si el argumento es excelente y la realización muy notable, las interpretaciones rayan a gran altura en todo el reparto, haciéndose difícil destacar a alguno por encima del resto; no obstante, me parecieron singularmente meritorias las interpretaciones de Leonid Bronevoy (Müller) y Oleg Tabakov (Schellenberg), por lo bien que sugieren los principales rasgos psicológicos de sus personajes.

En esta llamada época dorada de las series, no está de más recordar que ya hace muchos años se hacían obras brillantes como la presente, y animo a todos los aficionados a que la disfruten, pues en opinión de quien esto escribe, se trata de la mejor serie de espionaje que ha visto nunca.
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10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Fantomas: A la sombra de la guillotina
Fantomas: A la sombra de la guillotina (1913)
  • 6,5
    234
  • Francia Louis Feuillade
  • René Navarre, Edmond Bréon, Georges Melchior, Renée Carl, ...
6
Nostalgia del serial (II)
Con ocasión de un anterior comentario -a propósito del remake de Judex que realizara Franju- ya me había referido a Feuillade, los folletines y los seriales, por lo que vuelvo con agrado a tales terrenos, de la mano de un personaje clásico de los mismos como es Fantomas, mucho más célebre que sus creadores, Souvestre y Allain.

Primer ensayo de una serie de largometrajes mudos, el presente filme revela ya las fortalezas y limitaciones característicos de este género. Entre las primeras, la preferencia por lo emocionante, recurriéndose siempre a la sorpresa, la intriga y la peripecia. Son estos elementos los que hacen tan atractivas estas historias, que crecen aún más si cuentan con personajes dignos de ellas, como sin duda lo es Fantomas, un ejemplo temprano del villano absoluto, carente de todo escrúpulo y mensajero del caos. No se trata tanto de un personaje del que captemos sus matices psicológicos, sino de un arquetipo, esto es, un personaje que encarna una idea, una fórmula a imitar (en la literatura y en el cine del siglo XX y lo que va de XXI proliferaron y proliferan innumerables "descendientes" de Fantomas). En cuanto a las debilidades cabe señalar la escasa profundidad de algunos personajes -la mayoría- y que el apresuramiento característico del serial (heredado del folletín) suele desembocar en tramas un tanto tópicas e inverosímiles, si bien esto es parte del encanto de estas propuestas.

Dividida en tres partes que adaptan muy sumariamente la novela original, la película constituye una eficaz recreación del mundo de Fantomas, que se mueve en entornos de clase alta adoptando múltiples identidades y siempre con el crimen como horizonte, ya se trate del robo, el secuestro o el asesinato. Aunque la continuidad narrativa es buena y eficaz, ciertamente los planos resultan excesivamente fijos y sencillos, lo que impide que el espectador perciba el dinamismo y la emoción constante que sí tienen las novelas originales. Da la impresión de que Feuillade está conteniéndose y que el material narrativo con que contaba podría haber sido más eficazmente aprovechado. No obstante, el filme se disfruta en todo momento, resultando siempre entretenido y contando con buenas interpretaciones, entre las que destaca, como no podía ser de otra manera, la de René Navarre como Fantomas, bien secundado por Renée Carl, que compone a una ambigua y excelente Lady Beltham, perdidamente enamorada del villano.

Concluyendo, una excelente ocasión para reencontrarse con el siempre estimulante mundo del folletín y los seriales, orígenes respectivos de tantas cosas buenas para tantas generaciones. Y si en algún momento el espectador siente que algo podría ser mejor de lo que es, menos simple, estático o inverosímil, que no olvide que desde la pantalla, 103 años nos contemplan.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Traición
Traición (1948)
  • 6,6
    181
  • Estados Unidos Edgar G. Ulmer
  • Zachary Scott, Louis Hayward, Diana Lynn, Sydney Greenstreet, ...
7
Un lugar en la cumbre
Un atractivo drama de ese maestro de la eficiencia que fue Ulmer, quien logró excelentes filmes a lo largo de su carrera a pesar de los menguados recursos con que habitualmente contó. No es el caso de esta película, una de las pocas que dirigió disfrutando de un presupuesto más holgado, circunstancia que al menos compensaba el hecho de que el proyecto fuera en realidad un encargo, toda vez que la productora había pensado previamente en Robert Rossen como director.

La historia que se nos propone es la de un ambicioso, Horace Vendig, personaje de infancia difícil (un poco a lo Dickens) que para superar ese trauma de fracaso, mediocridad y desamparo se obsesiona con el éxito, obsesión en la que su nula empatía hacia los que le rodean le asemeja a un psicópata. En efecto, en el rumbo que Vendig ha trazado para triunfar, los que le aprecian, admiran o aman no son más que medios de los que servirse, y su interés en ellos se basa en lo que le aportan o en lo que representan, nunca en lo que son. Esta perspectiva del poderoso solitario recuerda poderosamente a la que estableciera unos años antes Orson Welles en su Ciudadano Kane, especialmente si nos centramos en las relaciones del personaje principal con las mujeres y en el progresivo alejamiento de quien había sido su único amigo, y que lógicamente, deviene en contrapunto moral.

La película se estructura a través de sucesivos flashbacks, algo muy del gusto de Ulmer, que sabe introducirlos e hilarlos con el argumento central. En cierto modo, la fastuosa fiesta benéfica que da pie a toda la narración viene a ser un ajuste de cuentas, pues en ella, que representa la cima del prestigio público de Vendig, el pasado, en forma de recuerdos y personajes, reaparece para atormentarle, para revelar sus miserias. Al igual que ocurría en la mentada obra maestra de Welles el personaje es un seductor que atrae a los demás empleando diversas estrategias, ya sean la amistad (con Vic), el amor (con sus sucesivos ligues), la ambición (con hombres de negocios) o la filantropía (con la alta sociedad y los políticos). Todo ello con el único objetivo del engrandecimiento personal, de ahí que su culminación sea la filantropía, pues cuando ya se tiene el poder que da la riqueza, se aspira a obtener el que concede el prestigio.

Del resto de personajes sobresale Mansfield, también un tiburón como el que ambiciona ser Vendig, y por eso su principal rival, finalmente vencido por mostrar una debilidad, el amor, un sentimiento al que el protagonista ha renunciado, decisión que la aparición de Mallory simboliza, al recordarle a Vendig su primera manipulación interesada.

Película de impecable realización, con apreciable fotografía en el tratamiento de los espacios, cuenta con un guión bien tramado y algunos diálogos excelentes, especialmente en los que interviene Mansfield. Las interpretaciones son en general buenas, destacando el siempre excelente Greenstreet (su escena frente al espejo es desoladora) y la actriz que interpreta a su esposa en la ficción, Lucille Bremer, que aporta una especial amargura. Zachary Scott parece algo forzado en el hieratismo de su rostro, pues si bien se trata de un intento por sugerir la falta de sentimientos del personaje, el resultado es un poco excesivo.

Con un final que remite a los comienzos del personaje (ver spoiler) se cierra esta apreciable película, un estudio moral sobre un ambicioso sin escrúpulos, que consecuentemente escogió el mundo de las finanzas como su particular lugar en la cumbre.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Control en los caminos
Control en los caminos (1971)
  • 7,4
    179
  • Unión Soviética (URSS) Aleksey German
  • Rolan Bykov, Anatoly Solonitsyn, Vladimir Zamansky, Oleg Borisov, ...
7
Traidor en el infierno
Primera película que veo de este director soviético, sin duda mucho menos conocido que otros compañeros generacionales, circunstancia en parte debida a la escasa distribución que tuvieron sus filmes, por lo general poco complacientes con la línea oficial que marcaba el partido comunista.

“Control en los caminos” pertenece al género bélico, pero muestra suficientes claroscuros y ambigüedades -especialmente en el tratamiento de sus personajes principales- como para trascender los clichés habituales de este tipo de historias. Así, el argumento, que se centra en un grupo de partisanos, no es la consabida loa al heroísmo y certidumbre sin límites de los combatientes, sino que abunda con particular empeño en las pequeñas y grandes miserias de la guerra, plasmadas a través de unos personajes que en nada se ajustan a la versión clásica del héroe. Sin ir más lejos, el protagonista, Lazarev, es un traidor “repescado” por los partisanos, concitando la desconfianza y el desprecio de todos, con la excepción del oficial Lokotkov, otro personaje que se sale del marco habitual, caracterizado por su ironía y escepticismo. Es llamativo el contraste que representa el otro oficial, Petushkov, quien viene a ser una caricatura del personaje clásico que el cine soviético “oficialista” establecía como heroico, siempre seguro en sus juicios, con una moral diáfana y disposición al sacrificio patriótico.

Además de este tratamiento heterodoxo de los personajes, la película refleja las penalidades y precariedades características del frente oriental, que fue el verdaderamente decisivo en la Segunda Guerra Mundial, y sin duda, el que mayor sufrimiento humano vivió. El comienzo del filme, con esa peculiar incineración de patatas, u otros fragmentos –sobre todo los que muestran la desesperación de la población civil-, ilustran eficazmente esta realidad, también sugerida por las actitudes y opiniones de los partisanos. El guión acierta plenamente en la construcción de los personajes principales antes mencionados, resultando Lokotkov el más atractivo, y también logra buenos momentos humorísticos (como ocurre al principio, a propósito de una vaca, o con algunas situaciones entre los partisanos: chistes, situaciones jocosas, etc.), pero adolece de algún que otro problema de continuidad narrativa (algunas situaciones o subtramas se interrumpen bruscamente, sin solución de continuidad).

Rodada en blanco y negro, con eficaz fotografía que realza la crudeza del invierno, cuenta con una buena puesta en escena y algunas secuencias de acción apreciables, destacando la que utiliza el recurso de una mira telescópica para hacer uso de la cámara subjetiva, consecuentemente complementada con las malévolas reflexiones en voz alta del francotirador. Las interpretaciones son correctas, destacando las de los dos protagonistas, Bykov, que hace entrañable a su personaje (Lokotkov), siempre un punto cínico e irónico, y Zamankiy, que sabe aportar a Lazarev el poso trágico y la pesadumbre requeridos.

Al parecer, la película, realizada en 1971, no pudo estrenarse en la URSS hasta 1986, esto es, ya en plena Perestroika, circunstancia muy ilustrativa de lo incómoda que resultaba, y del evidente peligro que corre todo aquél que se atreva a cuestionar los mitos heroicos en los que frecuentemente se sustentan las tradiciones y la Historia.
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13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
La tercera llave
La tercera llave (1961)
  • 6,7
    139
  • Reino Unido Basil Dearden
  • Stewart Granger, Haya Harareet, Bernard Lee, Hugh Burden, ...
6
Trámites de separación
Parece lógico pensar que ya que los británicos fueron la principal cantera de la literatura policiaca clásica (Collins, Doyle, Chesterton, Christie, etc.), su cinematografía debía reflejar idéntico interés por el mencionado género, y en efecto así fue, como lo demuestran multitud de películas y realizadores, entre los que sobresale la oronda figura de Hitchcock (quien prefería el suspense). Al referirme a cine policiaco y no negro estoy haciendo una distinción; por el primero entiendo aquellos argumentos o tramas que se sustentan en la intriga, el suspense y el juego, mientras que en el segundo cabrían historias en las que lo criminal se mezcla con lo social y lo trágico. Naturalmente, los británicos también han hecho cine negro, pero a imitación de los modelos norteamericanos -a quienes cabe atribuirles la paternidad del mismo (también en el ámbito literario)-, y frecuentemente con menos acierto u originalidad que los franceses.

Este fatigoso preámbulo viene a cuento porque Basil Dearden es una figura clave en el tratamiento que todos estos géneros tuvieron en el cine británico, siendo uno de los pioneros en la introducción del género negro a la americana (“El farol azul”), en la imbricación de las tramas criminales con el análisis y la crítica social (“Saphire”: “Crimen al atardecer”), pero al tiempo un frecuente cultivador de la intriga policial clásica, como ocurre en la presente cinta.

Nos encontramos, por tanto, ante la típica historia en la que lo importante es el enigma, en este caso un “quién lo hizo” (en otros la intriga se basa en un “cómo lo hizo”, o en ambos aspectos a la vez), enigma que, a modo de juego, nos llevará de sospecha en sospecha, de espejo en espejo, hasta la solución final. En la presente película hay también un recurso clásico del género, el Mac Guffin, que es en este caso un personaje anónimo, enmascarado y con voz distorsionada, que aparece como el artífice de la conspiración para implicar a Brent, el protagonista, en un audaz robo. Todo el misterio de la película gira en torno a la identidad de este personaje (incluso desde el título original de la película: “The secret partner”), circunstancia que hubiera disgustado a Hitchcock, quien afirmaba que era un recurso que debía importar mucho a los personajes pero poco o nada al narrador.

En lo formal es una película correcta, académica, que tiene la virtud de no aburrir al espectador aficionado a este género de historias. No obstante, es justo decir que el guión, más allá de las trampas y giros argumentales, carece de especial nervio, y que los diálogos son más bien funcionales. Bien fotografiado por Waxman, aunque sin la brillantez que había conseguido en el anterior “Saphire”, el filme sufre una banda sonora empeñada en subrayar momentos clave (lo que resulta molesto), pero al menos cuenta con buenas interpretaciones, sobre todo de los secundarios, destacando Bernard Lee (el célebre “M”, de la serie Bond) como inspector al borde del retiro, más atinado que un meramente cumplidor Stewart Granger como protagonista.

Entretenida y eficaz, la película no está entre las mejores creaciones de Dearden, realizador siempre muy criticado por las jóvenes generaciones de cineastas, que lo identificaban con una forma de hacer cine que debía ser superada, ignorando (voluntaria o involuntariamente) que algunos de sus filmes contenían aspectos de crítica social francamente interesantes (la mencionada “Saphire”, “Víctima”, seguramente su mejor obra, pero también “Barrio peligroso” o “La vida de Ruth”), con frecuencia superiores –en opinión de quien esto escribe- a los de sus más severos críticos.
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9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las Vegas, 1970
Las Vegas, 1970 (1969)
  • 6,2
    157
  • Italia Giuliano Montaldo
  • John Cassavetes, Britt Ekland, Peter Falk, Gabriele Ferzetti, ...
6
No va más en Las Vegas
Sin mayor objetivo ni pretensión que la de entretener (en cualquier caso siempre loable) esta película "americana" de Montaldo cumple con las expectativas, recurriendo para ello a un notable eclecticismo tanto en lo argumental como en lo formal.

Es esta la típica historia que mezcla manidos personajes (mafiosos, ladrones, chicas guapas, antiguas amantes) con situaciones o ambientes igualmente tópicos (garitos, casinos, puertos), y aunque todo ello parece sacado del manual elemental del thriller y por tanto no sorprende en absoluto al espectador avisado, esto no impide que tenga sus momentos de disfrute.

En esencia el argumento que se nos cuenta es el de un atraco cometido en un casino controlado por la mafia, con la consiguiente huida del ladrón, bien salpicada por los habituales giros y avatares que corresponden a tales circunstancias (cambios de vehículos, escondites lúgubres, acoso de sicarios varios, etc.). Es de lamentar que el guión no haya potenciado un poco más el filón dramático que sugería la relación entre Hank McCoy y Rosemary Scott (Cassavetes y Rowland, respectivamente) de la que efectivamente, se desprende una solidaridad al estilo Bonnie & Clyde, y que hubiera aportado más fuste a la película. Igualmente parecía recomendable insistir en los motivos y ambiciones de Charlie Adamo (Falk), un personaje que podría haber dado más de sí, especialmente si lo comparamos con el escaso interés que aporta Irene Tucker, interpretada, eso sí, por una muy atractiva Britt Ekland.

Con un metraje corto, prima en todo momento la acción, brevemente entreverada por imágenes semidocumentales, ya sean de Las Vegas, San Francisco, etc. También es frecuente el recurso a primeros planos de modo un tanto abrupto y nervioso, queriendo a veces subrayar o enfatizar demasiado las reacciones de los personajes. Las interpretaciones son en general correctas, aunque como ya se ha apuntado, el distinto potencial de los personajes hace que sigamos a algunos con mucho más interés que a otros. Cassavetes, protagonista, cumple bastante bien, aunque algunas de las acciones de su personaje sean, a mi juicio, un tanto caprichosas. Todo ello aderezado por una fotografía sin alardes pero tampoco sosa, y por algunos notables fragmentos musicales a cargo del siempre recomendable Morricone, que juega aquí con sonidos estridentes, para sugerir tensión e inquietud, redondeando su labor con la interesante balada de Hank McCoy, que se me antoja un tanto infrautilizada, siendo relegada a los títulos finales.

En conclusión, una película de género entretenida, con la que Montaldo insistía en argumentos sobre robos (ya había realizado “Diamantes a gogó”, también con reparto estelar), pero de calidad bastante inferior a la que mostraría en “Sacco y Vanzetti”, seguramente su mejor filme.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Intruso (The Intruder)
El Intruso (The Intruder) (1962)
  • 6,8
    202
  • Estados Unidos Roger Corman
  • William Shatner, Frank Maxwell, Beverly Lunsford, Robert Emhardt, ...
7
El encantador de serpientes
Un tanto sepultada bajo la larga lista de películas que debemos al incombustible y difícilmente clasificable (atendiendo a la variedad de géneros que abordó) Roger Corman, destaca este título, seguramente el más ambicioso de su carrera en lo argumental, ya que en lo relativo al presupuesto y tiempo de rodaje las condiciones fueron las típicas de una realización de Corman: escaso el primero, fugaz el segundo.

Aprovechando la actualidad del tema abordado –la persistencia del racismo contra los negros en el sur de EE UU, ejemplificado por el caso de los “nueve de Little Rock”- el realizador muestra considerable nervio y agudeza en el retrato de una sociedad que lleva el segregacionismo en las venas, y que solo necesita un pequeño empujón para traspasar los límites que la más elemental civilización requiere para ser tenida por tal. La obligatoriedad de escolarizar a los negros conjuntamente con los blancos –impuesta por los tribunales federales- ya ha preparado el caldo de cultivo ideal y solo resta encontrar el agente que haga prosperar la enfermedad. Ese agente va a aparecer bajo el rostro sonriente y el atuendo impecable de Adam Cramer, un “vendedor” de pies a cabeza, pero cuyas mercaderías destilan odio, prejuicios y afán de poder. Lo mejor del filme, sin duda, es este personaje, soberbiamente interpretado por Shatner (que seguramente nunca estuvo mejor que aquí), y como logra manipular los odios larvados de la gente para conseguir sus fines. En cierto modo, mientras lo veía, me recordaba a otro personaje temible, el Elmer Gantry de la homónima película de Richard Brooks (“El fuego y la palabra”), otro embaucador nato.

Pero en este caso nuestro “charlatán” no es tan solo un embaucador de simples desesperados –que también-, sino un encantador de serpientes, pues no otra cosa son la mayor parte de los habitantes de ese pueblo sureño, Caxton, en el que se ambienta la historia. Casi todos ellos son retratados como racistas convencidos, con algunas honrosas excepciones –el editor del periódico, el director del instituto- que sirven a Corman como contrapeso, al tiempo que funcionan como “portavoces” de la posición personal del director. Del mismo modo, el personaje de Cramer encuentra su opuesto en Sam Griffin, no por casualidad vendedor ambulante, y que bajo su apariencia simple y vulgar, es un perspicaz conocedor de las personas, como pronto demostrará su enfrentamiento con Adam. En cuanto al origen de dicho enfrentamiento, del que no diré nada concreto, se basa precisamente en el afán de Cramer de manipular a los demás, explotando sus debilidades y flaquezas.

El filme posee un ritmo excelente que marca un sostenido crescendo desde el resentimiento latente del comienzo hasta la violencia desatada del final, violencia que sobrepasa a su instigador y a sus propios esbirros, como es natural que ocurra cuando la masa retroalimenta sus más bajas pasiones. Es una lástima que la resolución parezca un tanto apresurada y considerablemente más torpe que el resto del desarrollo argumental, hasta entonces francamente notable.

Rodada en tres semanas y con 80.000 pavos, utilizando a extras que apenas si sabían que lo eran (si parecen tan convincentes es porque muchos eran tan segregacionistas en la realidad como en la ficción) y viajando de un pueblo a otro de Missouri, en ocasiones huyendo de las muy serias advertencias de los “Sheriffs” locales, el resultado global es de lo más meritorio, siendo lamentable el fracaso comercial de la película (el primero que cosechaba Corman tras una larga lista de éxitos dentro de la serie B); esperemos que el tiempo y los comentarios positivos de otros compañeros contribuyan a remediar tan injusta situación, aunque me temo que en lo económico poco podremos conseguir a estas alturas.
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11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un espía perfecto (Miniserie de TV)
Un espía perfecto (Miniserie de TV) (1987)
  • 5,9
    23
  • Reino Unido Peter Smith
  • Jane Booker, Ray McAnally, Alan Howard, Sarah Badel, ...
7
El sendero de la traición
Son ya innumerables las ocasiones en las que se han adaptado obras de John Le Carré al cine o a la televisión, y es de agradecer que, más allá de las preferencias que puedan establecerse, la calidad media de tales adaptaciones sea, en general, apreciable. Creo que ello puede atribuirse a la fidelidad con la que tales propuestas se aproximan al espíritu de las novelas del escritor, siempre más interesado por los personajes, por sus dilemas, inquietudes y debilidades, que por la trama en sí, habitualmente nada espectacular.

Esta serie, de siete capítulos, retoma el testigo que tan alto dejaron adaptaciones televisivas previas como “Tinker, Taylor, Soldier, Spy” (“El Topo”) o “Smiley’s People” (“Los hombres de Smiley”), y aunque en mi opinión no llega a tal nivel, no les anda muy lejos. El argumento se centra en la figura de Magnus Pym, espía británico que tras muchos años en el servicio secreto desaparece, encontrando refugio en un anodino rincón de la costa, desde donde escribirá –y de paso nos contará- su autobiografía. Ello sirve para reflexionar en torno a temas como la traición y el fingimiento, rasgos fundamentales de una vida impostada que, aunque estimulantes durante mucho tiempo, son también fuente de inquietud y autodestrucción.

La serie aborda con el habitual reposo de Le Carré la descripción de los personajes, de sus rasgos fundamentales, siendo especialmente relevantes, aparte de Magnus, su padre, un estafador consumado; Axel, su amigo y agente del Este, con el que colaborará; Jack, quien le introduce en el espionaje, apadrinándole. Todos ellos viven en un mundo de apariencias, un mundo en el que la mentira, la hipocresía y la traición están a la orden del día. Especialmente relevante es la figura de Rick, el padre, que desde la más tierna infancia introduce a Magnus en ese ambiente, y cuya muerte es, consecuentemente, la que desata a Pym, la que lo “libera”, dando pie al ajuste de cuentas con los demás, pero sobre todo consigo mismo, que constituye su autobiografía.

En esa búsqueda definitiva de razones acerca de si mismo y de su conducta, definida por la traición (pues a todos los personajes Pym los traiciona, de alguna manera y en algún momento), Pym revisa su vida, dedicando bastante atención a su infancia y juventud, que en la serie ocupan al menos tres capítulos. Quien busque en ellos acción emocionante o tramas intrigantes de espionaje, que no insista, pues no los encontrará, ni tampoco en los restantes. Lo que importa aquí es cómo se forja un carácter en unas determinadas condiciones, y cómo estas convierten al sujeto en cuestión en un espía perfecto. Considerando a qué condiciones nos referimos, el mensaje crítico de la historia no puede ser más evidente, vinculando así a Pym con otros personajes de Le Carré, siempre un punto angustiados o hastiados por lo que hacen, aunque sean conscientes de que son los mejores haciéndolo.

La realización, convencional, se centra, al igual que la novela, en los personajes, excelentemente definidos por el guión, que logra una notable adaptación, y bien interpretados por el reparto, del que destacan Ray McAnally y Peter Egan. El ritmo es siempre pausado, dando pie así a momentos reflexivos y a la penetración psicológica en el tratamiento de los personajes, que en ningún momento aparecen ante nosotros como marionetas al servicio de una trama o de la acción, sino como seres de carne y hueso. Espías, al fin y al cabo, como nosotros.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Daniel
Daniel (1983)
  • 6,8
    127
  • Reino Unido Sidney Lumet
  • Timothy Hutton, Mandy Patinkin, Lindsay Crouse, Ed Asner, ...
8
Herencias de nuestros padres
Esta es una de las mejores películas de Sidney Lumet, uno de esos filmes que emocionan de veras, que remueven algo dentro de uno mismo y que precisamente por eso, pasan a formar parte, de algún modo mágico y misterioso, de nuestra personal memoria cinematográfica. Lo paradójico es que haya tenido que esperar 34 años para disfrutar de ella, circunstancia que a tenor de los escasos votos que tiene la película, no parece deberse a una negligencia por mi parte, sino a un extendido desconocimiento y ninguneo de la misma.

Partiendo de una novela de Edgar Doctorow –quien coproduce y coescribe el filme- basada en el caso real del matrimonio Rosenberg (condenados a muerte en 1953 bajo la acusación de espionaje a favor de la URSS), la película se centra en el impacto trágico y traumático que el compromiso político de unos padres (aquí llamados Isaacson) tiene en sus hijos. El hilo conductor fundamental es el hijo mayor, Daniel, cuyas reflexiones, recuerdos e intentos por revisar su pasado y el de sus padres, constituyen el vehículo narrativo y dramático esencial. Para lograr este objetivo, la narración se fragmenta y el punto de vista se multiplica. Así, los saltos temporales se suceden, alternando el “presente” –a caballo entre los 60 y los 70- con el pasado (los flashbacks se retrotraen hasta finales de los 30, pero ilustran igualmente momentos de los 40 y los 50). Del mismo modo, en ocasiones es el mismo Daniel el que recuerda, asistiendo los espectadores al pasado que él rememora, pero en otras la perspectiva es externa, ajena al protagonista. Además, intercalados entre el tiempo presente y el pasado, aparecen pequeños fragmentos, en los que Daniel nos habla directamente.

Si el objetivo de Daniel es “enfrentarse” al pasado con el afán de superarlo o asimilarlo, su hermana ejemplifica en carne propia el reverso trágico de esa relación. Y es que no todos los que encaran su pesada herencia pueden salir victoriosos: ese será el caso de Susan.

Además del tema principal ya mencionado, la película constituye un magnífico paseo histórico, forzosamente fragmentario, que viene a vincular a la izquierda norteamericana surgida en los años treinta (al calor del ascenso del fascismo y la guerra civil española, a la que se hacen claras alusiones), con los movimientos radicales surgidos a finales de los 60 en contra de la guerra de Vietnam. También constituye un apreciable acercamiento indirecto a la época de la guerra fría, ilustrando los excesos a que se llegó en la lucha contra el “enemigo interno”, en este caso el comunismo norteamericano.

Al igual que ocurriera en otra excelente obra de Lumet, “El Príncipe de la Ciudad”, las cuestiones formales son muy relevantes, pues aportan matices fundamentales para entender el “tono” –nunca mejor dicho- de la película. Fotografiada por Bartkowiak (el mismo que en “El Príncipe…”), pasado y presente tienen distinto tratamiento cromático, cálido el primero y frío el segundo. Más allá de contraponer épocas, esto responde a la perspectiva que Daniel tiene de ambos momentos: el pasado feliz en familia (de un acogedor color dorado), y la traumatizada angustia de su presente (de un azul gélido y tristón). A medida que Daniel escarba en el pasado, éste irá tornándose menos dorado, al tiempo que su presente irá desprendiéndose del deprimente azul. De hecho, al final de la película, la mezcla de colores es ya normal, realista, simbolizando así la asimilación y superación del pasado, en genial consonancia con el desarrollo argumental del filme.

Si a esta perfecta mezcla entre fondo y forma añadimos buenos diálogos, unas interpretaciones a la altura de la historia y una banda sonora consecuente y bien utilizada, sólo nos queda disfrutar plenamente de la mano de ese maestro que fue Lumet, y que aquí logra momentos de tremenda emoción y belleza, como la secuencia de los dos hermanos escapando del orfanato y volviendo a su casa, o las que están ambientadas en la cárcel, de una contención admirable, dado lo dramático de las situaciones mostradas.

Así se hacen las películas.
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15 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Grito de terror
Grito de terror (1951)
  • 6,6
    236
  • Estados Unidos Robert Parrish
  • Dick Powell, Rhonda Fleming, Richard Erdman, William Conrad, ...
7
La ardua reinserción de "Rocky" Mulloy
Un más que estimable debut cinematográfico de Robert Parrish de la mano del género negro, en el que reincidiría en su siguiente película, la también interesante “The Mob” (“El poder invisible”).

La historia que nos narra toma el ya clásico recurso del preso que, injustamente encarcelado, sale de prisión ansioso por saldar cuentas pendientes, encontrando a su paso un mundo caracterizado por la hipocresía y el cinismo, en el que todos los personajes que le rodean parecen ocultar algo o abrigar segundas intenciones, lo que como es sabido, nunca lleva a nada bueno.

Así, la verdadera fortaleza del argumento no es tanto la tenacidad con la que “Rocky” trata de reconstruir los acontecimientos que le llevaron a la cárcel, sino la descripción de un entorno o unas circunstancias en las que nada, o más bien nadie, es lo que parece. Para ello resultan fundamentales los personajes secundarios, especialmente quien acabará siendo el amigo más leal de Rocky, Delong, que aunque finalmente sea mostrado bajo una luz más positiva, no es sino un “interesado” más. Los restantes personajes ilustran, cada uno a su manera, ese mundo de doblez y engaño, pues todos tratan de utilizar a Rocky para sus intereses. Se da así la paradoja de que el más recto y honesto de todos los personajes es el antiguo presidiario, mientras que todos los demás quedan moralmente por debajo, policía incluida, pues no vacila en usar a Rocky como señuelo.

Siendo una obra primeriza, es de destacar la solidez formal de la misma, pues aun siendo de factura sencilla no presenta inconsistencias ni defectos llamativos, circunstancia que puede deberse a la buena labor del director de fotografía, Biroc (habitual del género), y sobre todo a un espléndido guión –a cargo de William Bowers- que no sólo construye acertadamente a los personajes, sino que alcanza gran brillantez en los diálogos, caracterizados por el cinismo y la ironía más descarnados. La dirección de Parrish es correcta, manteniendo una acertada continuidad y un ritmo excelente, que hace que el de por sí escaso metraje transcurra volando. Son llamativas algunas decisiones de ambientación, como el peculiar camping de caravanas (con su desconfiado propietario a la cabeza) en el que transcurre gran parte de la acción, o la secuencia en la que Rocky amenaza a Castro, tendido sobre la mesa, ruleta rusa mediante.

Añadamos a esto una excelente labor por parte de todo el reparto, que más allá de unos correctos Powell (de quien siempre recuerdo que dirigió una película bélica muy entretenida, “Duelo en el Atlántico”) y Fleming, muestra meritorios trabajos de Erdman (Delong), Conrad, que compone un villano (Castro) a la altura requerida, o de los divertidos Jean Porter (Darlene) y Jay Adler (Williams).
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9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Manos sucias
Manos sucias (1957)
  • 6,6
    103
  • España José Antonio de la Loma
  • Amedeo Nazzari, Lidia Alfonsi, Katia Loritz, Francisco Piquer, ...
7
Conciencia culpable
“Manos sucias” es la primera película como realizador de José Antonio de la Loma (llevaba ya unos años trabajando como guionista), quien desarrollaría una ecléctica carrera cuyos títulos más conocidos están asociados al género quinqui (“Perros callejeros”, etc.), y que en esta ópera prima contó con la experta ayuda de Pérez-Dolz (realizador de la muy recomendable “A Tiro Limpio”), lo que explica la buena factura de la misma.

Aunque inicialmente la historia parece girar en torno a las rivalidades entre camioneros, pronto el argumento varía, centrándose en contar cómo Miguel, uno de estos transportistas, ambicionando una vida distinta, comete un acto criminal y llevado por su conciencia culpable, acaba uniéndose a la única persona que puede delatarle, y amparando a una de sus víctimas colaterales. Tal vez por tratarse de una coproducción hispano-italiana, es esta película uno de los mejores ejemplos de apropiación de los temas y el estilo de las producciones negras norteamericanas que puede encontrarse en nuestro cine.

El guión, eficaz y sin florituras, dibuja perfectamente el carácter de Miguel, un hombre que sabe lo que quiere –su ansiada gasolinera-, pero que después se torturará por la forma en que ha logrado su sueño. En cuanto a Teresa, resulta una clásica mujer fatal, y su relación con Miguel queda establecida en base al interés mutuo, sin que el amor tenga que ver en el asunto. De ahí que la tensión dramática vaya in crescendo en base a esa relación artificial e interesada, sensación que resulta sabiamente incrementada por el marco cerrado en el que tiene lugar, una aislada estación de servicio ubicada en una carretera secundaria, en medio de una paramera de impresión. Muy diferentes son los personajes de Andrés y de Pilar, que vienen a ser los opuestos absolutos de los anteriores, si bien tiene más sentido el papel del primero que el de la segunda, pues su presencia sólo se justifica en la medida en que contrasta con el carácter de Teresa, sin que tenga mayor relevancia en el argumento central.
La rudeza de algunas secuencias entre Miguel y Teresa, unida a las explícitas alusiones que propician ciertas miradas y situaciones, se explican por esa condición de coproducción del filme, pues de haber sido una película íntegramente española, sin duda se habrían visto atenuadas. No obstante, habría que visionar la versión italiana para cerciorarse en torno a este punto, pues bien podría haber diferencias entre ambas.

Como ya se ha dicho, la película está bien realizada, con una buena fotografía y una fluida narración visual, aciertos que deben mucho a Pérez-Dolz, quien oficiando como coguionista y como ayudante de dirección aportó su saber hacer, evitando que el filme parezca –como en realidad es- una ópera prima. Son muy destacables las secuencias de carretera entre los dos camiones –que recuerdan vagamente a las de la soberbia “El salario del miedo”, de Clouzot-, así como las localizaciones, que creo ubicadas en Aragón. Los intérpretes hacen un muy buen trabajo, destacando Nazzari, actor experto, que dota a su personaje de la ambigüedad necesaria, y cumpliendo bastante bien Katia Loritz, a la que siempre recordaré por ser aquella despampanante y rica señorita a la que José Luis López Vázquez adulaba en “Atraco a las tres” (“Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”).

A modo de conclusión, una reflexión y un ruego. En los últimos años el cine español está revisitando el género negro exitosamente (ahí están las películas de Urbizu o de Alberto Rodríguez para corroborarlo), circunstancia que no puede sino alegrarnos a todos los que nos consideramos aficionados al mismo. Para muchos espectadores esto puede resultar novedoso, pero lo cierto es que nuestro cine ya abordó tales temáticas en las décadas de los cincuenta y sesenta, y lo hizo con buenos resultados, en ocasiones excelentes. Esperemos que este nuevo auge sirva para que nuevos aficionados se aproximen a las obras de estos períodos y, por qué no decirlo, para que la televisión pública tenga a bien recuperar de vez en cuando sus títulos más señalados.
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18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil