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La tortuga roja (2016)

Sinopsis
Historia muda sobre un náufrago en una isla tropical desierta, poblada de tortugas, cangrejos y aves. La película cuenta las grandes etapas de la vida de un ser humano. Debut en el largometraje del animador Michael Dudok de Wit (ganador del Oscar por su cortometraje "Father and Daughter"). Una coproducción de varias productoras francesas y el Studio Ghibli. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Francia Francia
Título original:
La tortue rouge
Duración
80 min.
Estreno
13 de enero de 2017
Guion
Michael Dudok de Wit, Pascale Ferran
Música
Laurent Perez del Mar
Fotografía
Animation
Productora
Coproducción Francia-Japón; Why Not Productions / Wild Bunch / Studio Ghibli
Género
Animación Aventuras Drama Naturaleza Supervivencia Aventuras marinas Familia
Grupos  Novedad
Studio Ghibli (y obras relacionadas)
7
Tradición y sueños
Dudok de Wit es un holandés que tiene un Oscar en casa por un cortometraje, Padre e hijo, arte que ha perfeccionado estos últimos veinte años hasta estrenar en 2016 su primer largo. A sus sesenta y pico años, ser un debutante no hace más que dar esperanza a toda una generación de jóvenes humanistas con el miedo de no dejar huella para la posteridad. Incluso en edades de jubilación se podrán firmar óperas primas como esta que nos concierne. La tortue rouge es una película tan delicada como valiente y onírica.

Los trazos de la animación tradicional consiguen con una sencillez pasmosa unos paisajes preciosos, todos ambientados en la isla en la que transcurre exclusivamente la acción. El director no necesita sobrecargar los escenarios para dejarnos sin aliento. El calor que logra transmitirnos con un estilo que apunta hacia el minimalismo es uno de los grandes méritos de la cinta.

Pero sobre todo ha de destacarse el arriesgado experimento que supone realizar justo hoy una película de animación tradicional y además, muda. Sin diálogos. Dejando que sea sólamente la imagen quien narre la historia. He podido comprobar como una sala abarrotada de niños enmudecía en la sala, hipnotizados, siguiendo las desventuras del náufrago protagonista en una isla durante hora y media en absoluto silencio. No puedo evitar emocionarme al imaginar a cada uno de esos espectadores dentro de treinta o cuarenta años, en su lugar de trabajo, intentando acordarse de cómo se llamaba aquella película muda con una tortuga gigante que fueron a ver al cine en pleno verano.

Como colofón, La tortue rouge nos reserva una gran sorpresa al desarrollar su lado más onírico a partir del encuentro con el gran animal. Lo que parecía un film de supervivencia se convierte a mitad del relato en una reflexión sobre el paso del tiempo. También de la imposibilidad de volver al pasado, de la obligación de aceptar el presente y de la destrucción de las relaciones humanas en el futuro, tras la muerte.

Sorprendente, preciosa y efectiva.
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51 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Oda a la vida que no queremos vivir
Quizá sea por su música. O quizá por tener uno de los guiones más sencillos y fascinantes que ha dado el cine moderno. Pero, sin duda alguna y a pesar de que no lo sé con certeza si los tendré, estoy convencido de que La tortuga roja será el regalo que los amantes del cine hagamos a nuestros hijos el día de mañana aún si el futuro de Blade Runner se cumple por mucho que nos pese.

Nunca antes, a mis humildes 25 años de edad, me había sentido tan emocionalmente invadido por una película que, simplemente, te pide que te dejes llevar por ella. Es un secuestro involuntario, en el que nuestros captores nos hablan con imágenes del paso del tiempo, de la sencillez de las cosas pequeñas y del valor que tiene aquella vida que desperdiciamos en cada segundo que no miramos más allá de las orillas de nuestra propia existencia. La tortuga roja es una fábula fascinante en el que los sueños, la naturaleza y los protagonistas se unen en un baile onírico orquestado por todo aquello que un día decidió escaparse del tiempo y que nosotros apenas vemos de vez en cuando.

Con una de las animaciones más sencillas que recuerdo consigue que el corazón se desborde, emborrachado de una deliciosa melancolía que hará que más de uno en Pixar deba replantearse seriamente qué cine hacer a partir de ahora. Nadie, nunca, había realizado antes algo tan hermoso con algo tan sencillo. Y quizá he ahí una de las grandezas de la que será, con el paso del tiempo, un clásico inolvidable: una sencillez tan deliciosa que nos invita a vomitar sobre la rutina que llevamos en el día a día, pidiendo a gritos que nos dejemos atrapar por lo que nos rodea y rompamos con la cobardía de no querer ver el bosque por tener delante árboles ante nosotros.

La tortuga roja no es solo un regalo para los sentidos, es una botella lanzada al océano que no solo espera llegar a un puerto, si no que se deja abrazar por el mar que la mueve en el precioso camino que le queda por delante, besando las olas de la vida y acariciando las estrellas que la arropan por la noche. Es un náufrago que descubre en una remota isla que, quizá, la mayor de las felicidades, es conformarse con lo que uno tiene. Es un alma condenada a la soledad que encuentra quien le acompañe. Son músicos, en la arena de una playa que ya nadie recuerda, tocando música de tiempos mejores.

No es una película en sí, son 80 minutos que pueden cambiar tu vida. Y quizá tú el mundo tras haberlos visto. Y habrá quién me tache de romántico, quién crea que soy un loco. Créeme, bendita locura si es sinónimo de haber sentido esta película en lo más profundo de mi persona. Y, si en 2019 un grupo de replicantes causa el caos en la tierra, al menos podré darle a mi futuro hijo, hija o a ambos dos, algo en lo que refugiarse mientras el mundo se derrumba antes nosotros. Porque las tortugas saben volver al lugar en el que nacieron sin mapa alguno, y quizá debamos aprender mucho de ellas.
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58 de 73 usuarios han encontrado esta crítica útil