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Nubes flotantes (Nubes pasajeras) (1955)

7,7
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Sinopsis
Yukiko y Tomioka fueron amantes durante la II Guerra Mundial, que pasaron en el sudeste asiático. Terminado el conflicto, Yukiko vuelve a Tokio en busca de Tomioka, al que cree divorciado, pero él sigue casado. A partir de ese momento su relación alterna separaciones y reencuentros, mientras otros hombres y mujeres pasan por sus vidas. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Japón Japón
Título original:
Ukigumo (Floating Clouds)
Duración
123 min.
Guion
Yoko Mizuki
Música
Ichiro Saito
Fotografía
Masao Tamai
Productora
Toho
Género
Drama Melodrama
9
Corrientes subterráneas
Siempre me sorprendo de encontrar relaciones imposibles entre las grandes obras de arte. A "Nubes flotantes" le encuentro similitudes con "Carta de una desconocida" de Ophuls, película que quizás vio Naruse o quizás no. Observa un único punto de vista femenino al narrar la historia de una mujer entregada a su amor por un hombre que la ignora. No voy a extenderme, sólo diré que en la última escena, aparece sorprendemente la clave masculina:
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20 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Volver a Indochina
Un romance cansado, fatigado, lastrado de desencuentros, idas y venidas, se desgrana amargamente ante la cámara melancólica de Mikio Naruse.
Dos amantes unidos por su Indochina particular, en la que se quedó el apogeo de los días más felices, y separados por el resto de sus vidas miserables. El regreso a Japón significa la cuesta abajo, estrellarse contra los obstáculos que en aquellas tierras lejanas del Trópico no se advertían, y que podían olvidarse con facilidad. En el esplendor de las selvas frondosas y del clima benigno, el sol brillaba para ellos y no había cabida en su íntima parcela compartida, en su idilio aislado, para esposas, ni para advenedizos deleznables, ni para los problemas que surgen en la convivencia prolongada.
Pero había que volver a Japón, y eso significó el final de la felicidad, del esplendor y de los sueños. Porque Tomioka sabía que no dejaría a su mujer, y Yukiko vagaría sin destino ni puerto, machacados sus anhelos de formar una pareja estable y duradera con su verdadero amor.
La conformidad con las migajas, con las chispas de compañía breve para perderse otra vez en la distancia, como extraños extraviados de su Norte irrecuperable, origina una situación que litiga entre la tensión, el reproche, la alegría furtiva del reencuentro, y un círculo vicioso de amor y desamor, de proximidad y separación, tanto física como espiritual, que desgasta. Un veneno adictivo y dulce, al que los amantes se entregan entre sinsabor y sinsabor de sus vidas mediocres, arrastradas, y que siempre deja atrás una resaca emocional dolorosa, una infelicidad cada vez mayor. Saborear una vez más una pasión oscilante, quizás para tratar de olvidar, sin éxito, los mutuos fracasos, los patéticos intentos de salir de la miseria en un Tokio que para ellos no tiene perspectivas de futuro.
Y de nuevo a la soledad, a vagar sin destino ni puerto, hasta el próximo cruce de caminos, y de nuevo las ilusiones falsas, engañosas, y las palabras de reproche y de añoranza, y la pasión oscilante, y de nuevo a la soledad… Malgastando las energías en una desdicha que se instala como una losa.
Indochina es sólo para una linda chica de veintidós años ataviada con un ligero vestido blanco de verano, y para un hombre aún joven y vital que toma el fruto sabroso con sólo estirar la mano.
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13 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil