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Críticas de Vivoleyendo
Críticas ordenadas por:
La serie Divergente: Leal
La serie Divergente: Leal (2016)
  • 4,7
    7.251
  • Estados Unidos Robert Schwentke
  • Shailene Woodley, Theo James, Naomi Watts, Ansel Elgort, ...
4
Más vale lo malo conocido
¿¿¿Más de cien millones de dólares de presupuesto para... esto??? Yo alucino en colores. Incluso si ya la segunda película de la saga pegó un bajón con respecto a la primera en cuanto a calidad, no me esperaba que la tercera me resultase tan deplorable. Han cogido un planteamiento prometedor (el de la intriga acerca de lo que habría fuera de Chicago) y lo han tirado por la taza del wáter. Todo ese batiburrillo sobre la genética es infumable, la mayoría de las escenas están metidas con calzador y se desarrollan sin ton ni son y la acción es mala como mucho. Nada me llega, nada me emociona, ni me divierte, ni me provoca intriga ni tensión. Bueno, con una pequeña excepción, el único que me ha robado alguna sonrisilla desganada ha sido Peter, que sigue como pez en el agua en su rol de chaquetero o tránsfuga aprovechado que se arrima al bando que le conviene en cada momento.
Como película de ciencia ficción es pésima y como película de acción no es mucho mejor. Es una pena ver al guapísimo Theo James repartiendo leña a diestro y siniestro para nada (en parte por él va mi puntuación que coincide con su alias, “Cuatro”, que si no aún le habría puesto menos nota), y Shailene Woodley no se luce, no porque la chica lo haga mal, sino porque apenas tiene jugo que exprimir en uno de los papeles más sosos que un género distópico ha dado últimamente. Y eso que empezó muy bien con “Divergente”. Hasta la relación entre Tris y Cuatro se advierte mecánica, cansada, no veo apenas chispa ni pasión.
Ni los actores y actrices veteranos logran salvar el desaguisado.
Los efectos especiales son un despliegue hueco y agotadoramente artificioso, que en lugar de servir como complemento espectacular para una buena historia, lo único que hacen es tratar de esconder la chapuza, sin éxito.
Qué desperdicio. No me extraña que Lionsgate se haya pegado un batacazo tremendo con la taquilla. Después de esto, dudo que la cuarta entrega llegue a ver la luz en las salas de cine. Me apuesto a que como mucho no superará el presupuesto de una peli o minieserie de televisión.
Estas cosas pasan por la manía de creerse que lo que está por venir o lo que está ahí fuera es necesariamente mejor que lo que ya se ha hecho o lo que ya se tiene. Y por desgracia, no siempre es así.
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2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 2
Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 2 (2015)
  • 5,6
    25.751
  • Estados Unidos Francis Lawrence
  • Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Sam Claflin, Liam Hemsworth, ...
10
Las dos caras de la moneda
Los Juegos del Hambre no han desaparecido en realidad. Ahora han adoptado la forma de la guerra, en la que la arena ya no es un bosque perdido ni una isla remota. Es todo Panem con su centro en el Capitolio. Los tributos son los rebeldes y los inocentes, y los vigilantes son los que controlan y manipulan el desarrollo de la contienda.
Katniss sigue siendo el símbolo del Sinsajo. El problema es que algunos, sobre todo la presidenta rebelde Alma Coin, pretenden reducirla a simplemente eso, un símbolo, una marioneta que pose para las cámaras y proclame discursos incendiarios. La imagen de la revolución sin tomar realmente una parte activa.
Pero Katniss es una chica endurecida que se ha criado semisalvaje en los bosques de la Veta del Distrito 12. Aprendió muy pronto a tomar las riendas, ya que nadie las tomaría por ella y tenía que cuidar de su familia. Su instinto le ha dictado siempre el camino. Ha sobrevivido a dos Juegos del Hambre.
El Sinsajo no puede ser enjaulado.
Y por otro lado, Katniss ya apenas reconoce a Peeta. Sus torturadores lo han convertido en un extraño programado para odiarla y atacarla. Lo más doloroso es tenerle miedo, a él que antes la amaba. Pero puede que aún quede algo de él por ahí dentro. Los médicos hacen cuanto pueden por devolverle su identidad. Es la única esperanza de recuperarlo.
A eso tiene que aferrarse Katniss en lo más hondo. A eso y a su única fijación: matar a Snow. El fuego de la rabia que arde en su interior le dice que esa es la clave para acabar con la guerra, no que los distritos y el Capitolio se masacren entre sí. Eso es lo que pretende quien quiere sacar provecho de la catastrófica situación. Que todos sigan siendo tributos en la gran arena. Marionetas desechables.
Por eso, para Katniss el objetivo es sencillo. Ponerlo en ejecución, no tanto. Es una misión prácticamente suicida en una arena llena de trampas.
El Sinsajo ya ha perdido demasiado en su vida. A su padre. A Rue. A Cinna. A sus vecinos del Distrito 12. Seguramente también el amor de Peeta.
Las noches sin pesadillas.
La inocencia. La alegría. La libertad.
Es un Sinsajo herido y con las alas atadas.
Katniss no está dispuesta a permitir que le roben nada más.
No olvides quién es el verdadero enemigo.
La moneda tiene dos caras.
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3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
El corredor del laberinto: La cura mortal
El corredor del laberinto: La cura mortal (2018)
  • 5,2
    5.700
  • Estados Unidos Wes Ball
  • Dylan O'Brien, Ki Hong Lee, Kaya Scodelario, Thomas Brodie-Sangster, ...
8
Inmunidad
Por una vez, han roto la costumbre de adaptar el libro final de una saga en dos películas. La verdad es que ha sido lo acertado, pues dudo que la trama se pudiese extender tanto como para realizar cuatro partes. Con tres ha sido suficiente, y lo prudente tras el tropiezo de la segunda.
Algo positivo del cierre de esta saga cinematográfica es que el final es bastante satisfactorio y hasta digno. Dentro del caos provocado por la propagación del virus de la “llamarada” o el “destello”, que es la peste negra de este futuro distópico y apocalíptico, algunos de los chavales supervivientes del laberinto, cobayas de un sistema tan cruel como su mismo nombre, han conseguido escapar por los pelos de sus garras, pero pronto tendrán que regresar a la boca del infierno. Porque deciden sin la menor vacilación que la amistad, que la lealtad a los suyos, está por encima de todo, y actuarán en consecuencia.
En un mundo enfermo y moribundo en el que las personas pierden literalmente su humanidad en medio de ciudades destruidas, muros de la vergüenza y esperanzas perdidas, nuestros corredores luchan desesperadamente por salvar todo lo que los hace humanos.
Puede existir inmunidad frente a ciertos virus y se pueden desarrollar curas, pero de poco sirve cuando la verdadera enfermedad del ser humano es el poder que infecta el alma de algunos individuos con delirios de grandeza.
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1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
El corredor del laberinto: Las pruebas
El corredor del laberinto: Las pruebas (2015)
  • 5,2
    17.506
  • Estados Unidos Wes Ball
  • Dylan O'Brien, Thomas Brodie-Sangster, Kaya Scodelario, Ki Hong Lee, ...
7
Yo también echo de menos el laberinto
Tenía pendiente desde hace mucho tiempo ver la segunda parte de la trilogía de “El corredor del laberinto”. Y es cierto que disminuye en cuanto a calidad con respecto a la primera y, tras haber visto la tercera, me queda claro que en este caso, la parte central es la más floja de las tres. Aquí sí se cumple el dicho de “segundas partes nunca fueron buenas”, aunque me alegro de que siempre haya excepciones a cualquier regla o frase hecha. Como en varios ejemplos de secuelas que incluso llegan a superar a sus predecesoras. Pero este no es el caso.
Tiene razón el personaje de Frypan cuando en una escena llega a confesar: “Nunca pensé que llegaría a decir esto, pero echo de menos el Claro.” Y es cierto, no sólo para él. Creo que una buena parte de los espectadores también echamos en falta las aventuras de los chicos en el laberinto, ya que su salida al mundo exterior ha resultado un poco decepcionante. Nada puede superar el nivel de intriga, tensión y acción dentro de aquellos muros amenazadores y misteriosos tras los cuales todavía todos, tanto los personajes como los espectadores, ignorábamos qué había. Ese enigma y suspense de lo que se cocía al otro lado del encierro de los chavales era lo mejor, como cuando la expectativa de una sorpresa es lo realmente importante, más que lo que en sí contiene la sorpresa.
Porque suele ocurrir que abres el paquete o ves esa película que estabas aguardando y te llevas una decepción después de tanta expectativa.
Teniendo en cuenta el título unificador de toda la saga, “El corredor del laberinto”, una cosa no podéis esperar, y es que Thomas y sus colegas dejen de correr como locos en una acción endiablada, que eso sí que continúa a raudales, aunque la trama pegue el inevitable bajón.
De todas formas, en mi consideración personal sigue tratándose de una buena saga distópica, suficiente para entretener y enganchar, aunque no para fascinar.
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1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Washington Square (La heredera)
Washington Square (La heredera) (1997)
  • 5,9
    776
  • Estados Unidos Agnieszka Holland
  • Jennifer Jason Leigh, Albert Finney, Ben Chaplin, Maggie Smith, ...
9
Catherine Sloper
Jennifer Jason Leigh no es Olivia de Havilland, aunque lo hace francamente bien en este remake, eso no se le puede negar. Es una notable Catherine Sloper. Pero es difícil que alguien alcance el nivel de genialidad que logró la ahora centenaria actriz cuando interpretó a la dama neoyorquina en la versión de 1949. Su sutil transformación en la pantalla resultaba pasmosa, asombrosa, espeluznante. Puede que la versión cinematográfica de William Wyler no sea la más fiel a la novela de Henry James, pero ofrece una imagen fascinante de una mujer del siglo diecinueve lastrada por la carga de ser una rica heredera que ha sido vapuleada psicológicamente por su padre durante toda su vida porque su madre murió al traerla al mundo.
Irónicamente, tanto la novela como su protagonista comparten el hecho de que ninguna de las dos fue muy querida por su padre, o por su creador. El escritor sentía poca estima por su propio libro, como el doctor Sloper por su hija.
Una injusta infravaloración. Y es que tal como la pintan, yo no creo que Catherine fuese realmente fea, ni obtusa. Fue su padre quien la convenció de que lo era. No paró de compararla con el parangón que supuestamente su madre había sido, colocándole un listón inalcanzable, movido por el resentimiento hacia una pobre niña que no tenía la culpa de nada. La convirtió en una chica insegura con una baja autoestima y que actuaba con torpeza porque, hiciera lo que hiciera, se encontraba con el muro de la desaprobación paterna. Cuanto más se esforzaba ella por ser obsequiosa, atenta y obediente, buscando ganarse el afecto del doctor, más se interponía el obstáculo de su desprecio.
Si a una pobre criatura se le espeta frecuentemente que carece de belleza y de inteligencia y su único atributo atractivo es la fortuna que va a heredar, y además semejante humillación no permanece únicamente en el plano doméstico sino que es cantada a los cuatro vientos, y la persona que comete esa crueldad con la criatura es precisamente la figura que más influencia ejerce sobre ella, es lógico que ese niño o esa niña crezca como un patito feo, creyéndose insignificante, aterrorizado/a ante cualquier situación en la que se sienta expuesto/a. Se origina un círculo vicioso cuya única salida desesperada, a los ojos del chico o de la chica, es ser lo más complaciente posible, con la esperanza de ser aceptado/a y amado/a.
Y así, con el corazón y la autoconfianza pisoteados pero todavía conservando la esperanza de ganarse un poco de afecto y respeto, se hará mayor sintiéndose por debajo de los demás, que siempre son más guapos, más listos, más capaces y más hábiles. Intentará por todos los medios hacerse invisible, pero en el fondo, secretamente, espera que alguien venga a su rescate.
Y eso es precisamente lo que Morris Townsend pretende hacer. Es un joven que representa lo opuesto a Catherine (o eso es lo que el doctor Sloper sentencia.) Es apuesto, con cerebro, desenvuelto, calculador y pobre. Movido por la ambición, detecta inmediatamente el filón y comienza a cortejar persistentemente a la tímida heredera, la cual cede deslumbrada ante la inaudita circunstancia de ser el objeto romántico de un caballero que no resulta en absoluto repulsivo. La tía de Catherine, Lavinia, apadrina la relación desde el principio y hace cuanto puede por protegerla, movida quizás también por algún prohibido deseo imposible hacia el muchacho, al haber llegado a la madurez sin haber visto realizadas sus aspiraciones románticas al lado de su esposo ya fallecido, un reverendo que más que probablemente no satisfizo el ideal amoroso de Lavinia.
Se insinúa con la suficiente ambigüedad (al menos en la versión de Agnieszka Holland) que las intenciones de Morris y Lavinia al actuar como lo hacen no son muy nobles, pero tampoco son del todo despreciables, teniendo presente el contexto de sus circunstancias personales y sociales. Ni él es un enamorado incondicional, ni ella actúa por puro altruismo. Pero eso no significa que Lavinia no quiera a Catherine con todo el cariño de una tía hacia su sobrina, ni que el pretendiente no llegue a sentir ternura y deseo carnal por su novia, la cual tiene el lustre de la juventud y una pasión entre intensa y culpable, dividida entre su naturaleza fogosa, su complejo de inferioridad y su temor al pecado y la desobediencia.
Sigue en el spoiler.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
El otro lado de la esperanza
El otro lado de la esperanza (2017)
  • 6,8
    3.820
  • Finlandia Aki Kaurismäki
  • Sakari Kuosmanen, Sherwan Haji, Kati Outinen, Tommi Korpela, ...
9
Invisibles
“Nadie quiere vernos,” afirma Khaled, un inmigrante ilegal sirio que ha recorrido una larga distancia y una no menos larga serie de penalidades para llegar hasta Helsinki, donde ha pedido asilo como refugiado de guerra. Cuando le preguntan cómo ha conseguido atravesar tantas fronteras sin haber sido detectado, él dice una de esas frases contundentes que se cuelan en los habitualmente escuetos diálogos de las películas de Kaurismäki. Para quien no quiere ver, la ceguera selectiva es algo muy conveniente. Para los intereses políticos y económicos de esta Europa tan civilizada y avanzada, lo conveniente es ignorar la desesperación de miles de personas que lo han perdido todo y que huyen del horror en busca de la supervivencia.
Todos esos intereses desembocan en una laberíntica burocracia y funcionarios automatizados que, haciendo lo que se les ordena desde arriba, explotan los vacíos legales y los “puntos muertos” de esas leyes diseñadas por mentes tan preclaras, para denegar el permiso de residencia a Khaled, alegando motivos totalmente fraudulentos y esgrimidos de una forma bastante arbitraria.
Está muy claro, como en casi todas las películas de Aki, que el pobre inmigrante no va a encontrar el menor apoyo ni ayuda en las autoridades ni instituciones oficiales, que son tan gélidas como el invierno de Finlandia.
Pero está esa solidaridad que Aki siempre refleja con tanta sencilla e hierática ternura, la de la gente humilde que con sus pequeños actos cotidianos es la que realmente hace que las cosas salgan adelante. Los pobres y los trabajadores que se dejan la piel en trabajos casi siempre mal pagados son los que arriman el hombro cuando alguien de su entorno se encuentra en apuros, aunque sea un completo desconocido que acaba de llegar. Se vuelcan y forman una muralla de protección a su alrededor, y ahí es donde palpita el verdadero corazón de estas historias de Kaurismäki centradas en el dilema actual de la inmigración. Allá donde los organismos oficiales le han escupido a la cara, Khaled no tarda en encontrar manos amigas entre la gente de a pie. La de Mazdak, un refugiado irakí; la de Waldemar, un recién estrenado empresario de la hostelería que ha dado un giro radical a su vida; la de los empleados del restaurante; y la de otros héroes anónimos de los suburbios de Helsinki que dan un paso adelante para defenderlo frente a una banda de neonazis.
Y es que Aki es un optimista imperecedero y un sentimental irredento con aires de poeta silencioso debajo de esa fachada lacónica, prosaica, algo cutre con el encanto atemporal de lo vintage que él tanto adora, donde nadie pronuncia más palabras de las necesarias, y los gestos y las expresiones se reducen al mínimo. Esto es lo más lejano a Hollywood, y no sólo geográficamente, que un espectador se pueda encontrar. Este cine bebe de fuentes europeas y asiáticas, y de la idiosincrasia particular de Kaurismäki. En Hollywood no encontraréis esa ironía ácida ni ese humor que de repente te roba una gran sonrisa como reacción a situaciones tan absurdas como insólitamente divertidas. Ni el drama tendrá esa callada cualidad heroica del que sufre en silencio sin quejarse nunca, sin despotricar contra un mundo injusto que reparte más palos que dádivas, y que todavía encuentra tiempo para sonreír en medio de la penuria.
Como siempre, la seña de identidad de los sentimientos cuya inmensa profundidad los parcos personajes apenas dejan traslucir entre caladas de cigarrillos, se refleja en la alegre música pop interpretada por grupos de maduritos que tocan en los bares, y de los tangos desgranados con ese sonido sucio y enlatado en viejos discos de vinilo que se resisten a quedarse relegados en la vitrina de las reliquias olvidadas.
La ambientación es pura nostalgia con un punto de romanticismo naif de los tiempos pasados, en consonancia con la edad, entre madura y avanzada, de la mayoría de los personajes, y se niega a dejar atrás los coches de hace décadas, los teléfonos de rueda, los discos de vinilo, las cintas de cassette y los muebles baratos de cuando la gente se conformaba con vivir con mucho menos.
Una comedia dramática propia de este entrañable y particular cineasta finlandés, donde no hay cabida para lo superfluo, quedando ahí el corazón desnudo, sin adornos, sin florituras, latiendo por un tímido sueño que, no importa lo mucho que haya sido golpeado, seguirá brillando como una llama que se resiste obstinadamente a ser apagada.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cautivo del deseo
Cautivo del deseo (1934)
  • 6,8
    1.083
  • Estados Unidos John Cromwell
  • Leslie Howard, Bette Davis, Frances Dee, Kay Johnson, ...
4
Este tío es tonto perdío
No dudo de que la novela debe de ser buena, eso seguro, pero lo que es la película, pese a su brevedad, se me ha hecho aburrida, pesada, irritante y vacía.
Aburrida, porque mi mente se iba de la película cada pocos segundos. He tenido que realizar un esfuerzo considerable para mantener la atención.
Pesada, porque parecía que no se iba a terminar nunca.
Irritante, porque no he empatizado con nadie y unos cuantos personajes me han caído muy gordos.
Vacía, porque no profundiza en nada de lo que trata ni en nadie.
Se desarrolla a trompicones, con unos saltos temporales tan grandes entre escena y escena que una no sabe por qué ni cómo han pasado las cosas. Lo único que sé de Philip Carey es que es un pintor frustrado, que tiene por ahí un tío forrado y que es tonto del culo. Y no me interesa en absoluto como personaje, no digamos ya como protagonista. Lo cual para mí es uno de los mayores crímenes de una peli.
Por otro lado, Bette Davis, que es la única con una actuación digna de ser reconocida, interpreta uno de sus primeros roles de bruja, los que la harían tan famosa. Mildred no tiene la culpa de que su babeante pretendiente sea un pringao, después de todo ella le pone las cartas sobre la mesa desde el principio, le deja claro que es una petarda y que lo desprecia (tanto por la malformación de su pie como por su lastimosa docilidad y su falta de dinero), y él es mayorcito para darse cuenta de que la chica lo único que pretende es tenerlo ahí como felpudo o como sujeto de prácticas para su mala leche.
No voy a cuestionar las razones por las que un individuo que aparentemente tiene algún dedo de frente (aunque visto lo visto, está claro que las apariencias engañan) se enamora de semejante pájara (ya sabemos de sobra que “el corazón tiene razones que la razón no entiende.”) Si me hubieran presentado el “romance” con una dosis suficiente de profundidad y algún ingrediente con el que poder empatizar, me habría involucrado. Pero no. Sólo veo a un tío con cara de pasmao al que parece que le gusta que le den caña (y sinceramente, se merece todo lo que le pasa), y a una tía desequilibrada que tiene la ¿suerte? de toparse con el nota más tonto en un amplio radio. Ella es de esas personas a las que por un lado les gusta tener a un pardillo al que maltratar (y al que siempre pondrá el caramelo en la boca para quitárselo antes de que lo cate), y por otro a un abusón con dinero (o que hace como que lo tiene) que la dejará tirada después de habérsela tirado (valga la homonimia), al igual que ella deja en la estacada a Philip cuando le viene en gana.
Él por idiota, y ella por insoportable, lo cierto es que yo no sabía qué era peor.
Pero Philip tampoco era un santito (un par de comentarios suyos muy chungos y el hecho de hacer daño a una buena mujer como Norah me dieron a entrever que no era tan buena persona como hacía creer.) Cada vez me caía peor el tipo.
Entiendo que Bette llamara la atención. Era muy joven y tenía ese atractivo felino que crecería con los años. La diva aprueba.
Pero Leslie Howard, un suspenso. Aunque él no tendría la culpa, con semejante soserío de material con el que tuvo que apañárselas.
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1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Café Society
Café Society (2016)
  • 6,4
    20.924
  • Estados Unidos Woody Allen
  • Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Blake Lively, ...
8
El gran amor nunca se olvida
Los grandes amores marcan para siempre. Como el que Woody siente por su querida Nueva York. Cuando rueda en su ciudad, se nota que para él tiene ese toque especial del cariño apasionado e incombustible de quien ama aceptando todas las virtudes y defectos del objeto de sus afectos, convirtiéndolo en una parte de sí mismo y convirtiéndose en parte de él. Pero ese amor es tan imperfecto como todo en esta vida y cuando se tiene al alcance de la mano a veces no se valora tanto como cuando se pierde. Aunque también en ocasiones se trata de algo más complejo que eso. Hay veces en que el corazón se encuentra frente a una encrucijada con varias posibilidades atractivas sabiendo que, si escoge un camino (e inevitablemente hay que escoger) los demás caminos se quedarán atrás, y siempre anidará en el pecho la nostalgia de lo que no se eligió, del recorrido que uno conscientemente decidió no explorar. Cuando eso ocurre, el alma nunca estará completa. Llorará en silencio por esa parte de sí misma que sólo pertenece a la persona que se ha quedado lejos. En algunos momentos de añoranza, la mirada se quedará prendida en el vacío, soñando despierta, contemplando la otra vida que se podría haber tenido.
Así es el amor de Bobby y Vonnie.
Hay veces en que amar no es suficiente.
Y para esta melancólica historia de amores tristes, Woody ha creado el marco más impresionante, como no podía ser menos en él. El Hollywood y la Gran Manzana de los años treinta. Los grandes estudios cinematográficos, los cines y Broadway viviendo su temprano apogeo. La recientemente derogada Ley Seca que ha dejado todo un imperio del crimen organizado. Glamour y elegancia con las lánguidas notas de jazz de fondo. Todo ello acompañado de generosas dosis de un humor muy irónico, de una crítica bastante directa a la despiadada vorágine que hay detrás de la imagen de la meca del cine, al halo superficial e ilusorio que rodea a las estrellas y al famoseo en general, y a ciertos absurdos de las creencias religiosas y tendencias filosóficas. Se caricaturiza un poco, sin acritud, a la familia de clase media. Y aparece una sátira descarnada del reino de terror instaurado por las bandas de gángsters.
La voz en off narra con nostalgia tanto como despelleja con ese tono afable y jovial de quien cuenta sus batallas pasadas con la lucidez que da la perspectiva.
Y no hay ningún escenario mejor para bastantes de los momentos inolvidables de la vida como esos baretos llenos de encanto, esos paseos bajo el crepúsculo, esas veladas en el club donde tanto la flor y nata neoyorquina como los más aguerridos asesinos de la ciudad se reúnen para pasar sus muchas horas de ocio.
Y debajo de ese hermoso envoltorio de fotografía deslumbrante y aterciopelada banda sonora, laten unos sentimientos genuinos y dolorosos.
Porque nada duele tanto como un corazón roto.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que importa es vivir
Lo que importa es vivir (1987)
  • 6,5
    33
  • México Luis Alcoriza
  • Gonzalo Vega, Ernesto Gómez Cruz, María Rojo, Loló Navarro, ...
7
Y lo demás son tonterías
Candelario, un alma libre que nunca recala en ningún sitio por mucho tiempo, llega a la hacienda de Lázaro y Chavela solicitando un trabajo temporal como peón del campo. Muy pronto empieza a llamar la atención no sólo por su aspecto físico que resulta atractivo para las mujeres, sino sobre todo por su fuerte personalidad. Es inteligente, orgulloso, valiente, franco, trabajador y posee un profundo sentido de la justicia y de la ecuanimidad. Sabe cómo poner a cada cual en su sitio con unas frases bien dichas, aunque también sabe hacerlo con los puños si es necesario. Desprecia a los caciques, snobs, lameculos y en general a los hipócritas de todo pelaje. Tiene ideas socialistas que no son bienvenidas entre las clases rancias. Es ateo y su creencia se basa en la razón, la comprensión y la tolerancia hacia las debilidades y particularidades de los demás y la igualdad entre las personas. Es defensor del diálogo como medio para solucionar los problemas y, si eso no funciona, no se corta a la hora de usar la amenaza. Trabaja a destajo y tiene muy buenas ideas para mejorar el rendimiento de la hacienda y la calidad de vida de los trabajadores, lo cual solivianta a la curia local.
Lázaro por su parte es un buen hombre pero carece de espíritu e interés para dirigir la hacienda. Prefiere sus traguitos, la buena comida y el ajedrez. Mientras tanto, Chavela, aunque lo quiere (con cariño fraternal más que como esposa), se aburre. Hasta que empieza a desear a Candelario, un sentimiento nuevo para ella, que no se casó por amor, como ocurre en tantos matrimonios arreglados por conveniencia. El culpable y prohibido deseo pronto será recíproco...
Un drama familiar y social agradablemente bonito y fresco, aunque de duración algo excesiva, sobre un hombre recto y justo de tendencia nómada que por primera vez encuentra un lugar al que llamar hogar, en el que cada vez se involucra más en todos los niveles: personal, laboral y social.
Una pequeña sorpresa desconocida que creo que merece la pena ver.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Moonlight
Moonlight (2016)
  • 6,8
    25.490
  • Estados Unidos Barry Jenkins
  • Trevante Rhodes, Naomie Harris, Mahershala Ali, Ashton Sanders, ...
8
Carne de cañón
La apaleada historia de Chiron es la de millones de chicos en todo el mundo.
Nacen por accidente, sin ser deseados.
Viven en un barrio marginal.
Sus madres y/o sus padres se drogan, y a menudo también son traficantes y camellos. O en el caso de que no tengan padres, cualquier otro pariente que los acoja.
Tienen buen corazón y sensibilidad, y son incapaces de hacer daño a menos que los provoquen hasta más allá de su límite, y por ello son acosados en la escuela.
Son retraídos y callados porque así protegen sus pensamientos más íntimos, los secretos que no quieren que nadie conozca.
Pasan los días en un miedo constante, huyendo de sus perseguidores o tratando de ignorarlos, y van de decepción en decepción siempre que quien debe cuidar de ellos está pedo perdido o desaparece durante noches enteras, o mete extraños en casa con los que se acuesta para que le paguen las dosis de crack.
A veces conocen un pequeño respiro cuando pasan un rato agradable con el único amigo que tienen.
Algunos son un poco afortunados al cruzarse con adultos que los comprenden y sienten verdadera compasión porque han pasado por lo mismo, y los apadrinan, dándoles afecto, buenos consejos y enseñándoles cosas que en sus propias casas no se molestan en enseñarles.
Unos cuantos acaban en centros de menores por delincuencia juvenil.
Muchos no alcanzan la edad adulta o, si la alcanzan, es poco probable que cumplan más de los treinta.
Los que llegan a cumplir la mayoría de edad seguirán los pasos de quienes los precedieron y de quienes los rodean, metiéndose en trapicheos que a menudo los conducirán a la cárcel y a la libertad condicional. Sólo unos pocos lograrán escapar de ese círculo vicioso.
Con suerte, se harán mayores echando de menos una infancia que nunca han tenido, añorando unos tiempos felices que no conocieron, a las pocas personas que de alguna manera los quisieron, por mal que lo hicieran, y que ya no están o que están lejos.
Pasarán sus noches de insomnio pensando en sus tímidos sueños perdidos, en los amores fugaces que no pudieron ser.
Pero todavía brillará ahí una pequeña lucecita, muy tenue. Esperanza. En qué, ni ellos mismos lo saben muy bien.
Todavía conservan ahí dentro la poesía de lo inenarrable, de la orilla del mar bajo la luna, donde la piel negra parece azul.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
El huevo de la serpiente
El huevo de la serpiente (1977)
  • 7,1
    2.065
  • Alemania del Oeste (RFA) Ingmar Bergman
  • David Carradine, Liv Ullmann, Gert Fröbe, Heinz Bennent, ...
9
“Nada funciona bien, a excepción del miedo”
En esta producción apadrinada por el valiente y aventurero Dino de Laurentiis, Ingmar ha captado magistralmente la atmósfera de miedo de la Alemania de entreguerras. Ese aliento de desesperanza. Ese aire que parece pesar como una losa de mil toneladas sobre la cabeza, haciendo que la gente camine con los hombros gachos y la mirada perdida en los sucios adoquines del pavimento. Todos deambulan sin saber hacia dónde se dirigen en realidad, metáfora de una nación paralizada por el temor y la incertidumbre.
Eso es lo más duro. Despertar siendo consciente de que el nuevo día será igual o peor que el anterior. Que nada va a mejorar.
Que el presente es una cloaca y el futuro, imposible.
La ciudad está sumida en una tonalidad grisácea enfermiza, siempre húmeda, siempre salpicada del blanco desvaído de la nieve mancillada. Los edificios aparentan siglos de abandono que nadie se molesta en reformar. O no lo hacen sencillamente porque el escaso dinero que se tiene se gasta en cosas más urgentes.
Carente de propósito desde que se vio obligado a abandonar el circo, Abel Rosenberg sale a las noches etílicas de Berlín para acallar el vacío que lo consume. Una noche, al regresar al cuarto alquilado que comparte con su hermano Max, éste se ha pegado un tiro, y el vacío pasa a convertirse en abismo. La policía, liderada por el buen inspector Bauer, hace lo que puede por mantener una ilusión de orden en una ciudad hundida en el caos. Abel, con su mirada empañada por el alcohol, contempla escenas callejeras que le afectan profundamente, como ese pobre hombre judío (los Rosenberg también lo son) al que dan una paliza ante la indiferencia de unos agentes que pasan de largo (la fuerte propaganda antisoviética y antisemita que la prensa divulga lava los cerebros dormidos, siempre hay que buscar a un chivo expiatorio), o un grupo de gente cogiendo la carne de un caballo muerto.
No pudiendo soportar la soledad, Abel va a buscar a su cuñada al cabaret donde trabaja, la hermosa y dulce Manuela que vende muy barata su belleza para sobrevivir, y se van a vivir juntos. Ella le ofrece el consuelo de su compañía y se esfuerza en mantener una fachada de optimismo y normalidad, pero él no se deja engañar e intuye que hay algo oscuro que ella oculta y eso lo deprime aún más y hace que él se vuelva suspicaz y casi violento, y las noches etílicas de Berlín se suceden en una especie de sórdido delirio de escenas que muestran al Bergman perturbador que tan bien conocemos. La incorporación de un misterioso personaje añade más suspense y aumenta el toque siniestro.
Sobresaliente labor actoral en una sobresaliente ambientación opresiva para una estremecedora historia bergmaniana sobre el miedo paralizante que muestra la gestación del nazismo, desarrollándose en el huevo que más tarde eclosionaría en la bestia que arrasó medio mundo.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
El desafío (The Walk)
El desafío (The Walk) (2015)
  • 6,3
    14.336
  • Estados Unidos Robert Zemeckis
  • Joseph Gordon-Levitt, Ben Kingsley, Charlotte Le Bon, James Badge Dale, ...
8
El joven que caminó por el cielo
¿Qué sentiría Philippe Petit al enterarse de la terrible noticia? ¿Que sus queridas Torres Gemelas, con las que hizo historia, habían dejado de existir de la noche a la mañana?
Cuesta asimilar que ni siquiera aquellos símbolos de la era contemporánea estaban a salvo de la destrucción. Te hace percatarte de la extrema fragilidad del mundo. Y no digamos ya de la tenue línea que separa la vida de la muerte.
El derrumbe de las Torres simboliza en cierto modo la gesta de Petit, quien en cualquier instante de su largo recorrido por aquel cable de acero podría haber caído al vacío desde más de cuatrocientos metros de altitud.
Muchos pensarían que lo que él hizo fue una locura, un acto descabellado de exhibicionismo que podría haber acabado en tragedia, para disgusto (¿o cierto deleite morboso?) de los transeúntes de Manhattan. ¿Qué lo impulsó a arriesgar su vida y a desafiar a la autoridad portuaria de Nueva York y Nueva Jersey por cuarenta y cinco minutos de espectáculo que la gran mayoría de los espectadores verían a duras penas desde tan abajo?
Algo así como los alpinistas que escalan los ochomiles. La pasión por el peligro y la emoción extrema puede superar al instinto de conservación. Para algunos, es locura. Para otros, es una hazaña. Y para otros, es ambas cosas.
Yo me incluyo en el tercer grupo.
La historia del funambulista francés obsesionado con el más icónico símbolo, por partida doble, de la civilización occidental, está narrada en primera persona con encanto y un ritmo entretenido. Desde la vocación incomprendida que se despertó en su niñez, pasando por la obstinada perseverancia que lo condujo a la ruptura con su familia y sus contactos con el mundillo circense, del que aprendió las técnicas que lo ayudarían en el éxito de su aventura neoyorquina, observamos a un joven bohemio que actúa en las calles por el puro placer de ejercitar sus habilidades, más que por atraer multitudes. Philippe Petit no estaba enamorado de un público ante el que se sentía tenso. Tal vez por ello eligió caminar por cuerdas cada vez más altas, porque cuanto más alto, menos veía a los espectadores que lo distraían de su concentración. Y por fin, encontró el gran objetivo de su vida. Los rascacielos más altos del mundo y relativamente cerca el uno del otro, entre los que podría tender su cuerda. Su oportunidad definitiva. Su sueño.
La excelente fotografía causa una punzada al colocar ante nuestros ojos las desaparecidas Torres Gemelas, tan reales. La punzada de la pérdida, de lo irrecuperable.
Como aquella mañana de agosto de 1974 en la que un joven chiflado caminó por el cielo.
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Indiscreta
Indiscreta (1958)
  • 6,7
    2.187
  • Reino Unido Stanley Donen
  • Cary Grant, Ingrid Bergman, Cecil Parker, Phyllis Calvert, ...
7
Rosas rojas
La química entre Bergman y Grant era innegable, y dota de encanto a esta comedia romántica insustancial y sofisticada de Stanley Donen. La base teatral en la que se inspira, del dramaturgo y guionista Norman Krasna, es muy patente, con esas escenas de interior en estancias recargadas. Pero más que a la fotogénica pareja protagonista, yo prefiero con creces a la otra pareja, la de la hermana y el cuñado de Anna. En especial Alfred me ha resultado muy simpático y divertido como cuñado agorero y entrometido con sus frases descacharrantes, que por momentos me evocaban a un Woody Allen melindroso. Dos frases suyas que me hicieron reír: “Soy viejo para esto. Siempre lo he sido” (cuando se encuentran en una fiesta en la que el pobre hombre pasa mucho apuro) y “No hay tono más sincero que el de una mujer que miente” (mientras escucha a Anna hablando por teléfono con un tono jovial y seductor sabiendo que en realidad ella está que trina.)
Si no fuera por esos aspectos positivos, se habría quedado simplemente en una estomagante comedia de richachones con lucimiento de modelitos por parte de la Bergman. Pero los diálogos, salpicados con dosis de chispa, ingenio y socarronería, la salvan.
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Dunkerque
Dunkerque (2017)
  • 7,1
    43.813
  • Estados Unidos Christopher Nolan
  • Fionn Whitehead, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy, ...
10
Tan cerca
Cuarenta kilómetros. Esa es la distancia qe hay entre Dunkerque y la costa de Inglaterra. Seguro que en los días claros se puede apreciar una franja oscura en el horizonte. Cualquiera que se dé un paseo por la playa podrá observarla. Me imagino una extensión de arena suave y blanca lamida por las olas que rompen en la orilla y acariciada por la brisa marina. Al mirar alrededor, las hermosas vistas, mezcla de naturaleza salvaje y de paisaje urbano de primera línea de playa carente de grandes edificios, transmite una sensación de sosiego, de estar en paz con el universo.
Si no fuera porque sabemos qué ocurrió exactamente en mayo de 1940, parecería una playa paradisíaca como otra cualquiera. Pero el pasado está ahí, enterrado en la arena.
Hace casi ocho décadas, cientos de miles de hombres aterrorizados aguardaban una más que probable masacre en esas mismas arenas, contemplando esas mismas aguas. Casi tocando esa franja oscura al otro lado del mar que estaba tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos.
Esa bonita playa por la que ahora cualquiera puede pasear tranquilamente fue escenario del horror por tierra, mar y aire. Nolan lo recrea a la perfección mediante un reparto coral de lujo, del cual sólo conozco a tres actores: Kenneth Branagh, Cillian Murphy y Tom Hardy. Todos, desde los conocidos a los desconocidos, están sobresalientes.
El joven soldado británico, apenas adulto que, como otros muchos miles, lucha por su vida con esa desesperación de quien sabe que el hogar está ahí mismo y lo único que desea es llegar y dejar de sentir ese pánico de la muerte inminente.
Los pilotos dispuestos a apurar hasta la última gota de combustible de sus aviones y a sacrificarse protegiendo a las tropas de abajo.
El civil inglés de Weymouth que, en compañía de su hijo adolescente y el amigo de éste, acude con su barco a Dunkerque para prestar la ayuda que pueda.
Tres perspectivas distintas repletas de una tensión de infarto, matanza (con una estética elegante y sobria donde la carnicería no abusa de la sangre, no necesita el gore para turbar la sensibilidad del espectador), valor, cobardía o ambos (¿es cobarde quien quiere seguir viviendo?), entereza, altruismo, instinto de conservación (cuando está en juego la supervivencia, la ley de la selva se impone), resignación ante lo inevitable, vergüenza, remordimiento...
Además del excelente apartado actoral, el apartado técnico es igualmente excepcional (cien millones de dólares de presupuesto dan para mucho.) Y la inagotable banda sonora de Hans Zimmer es el acompañamiento perfecto para todas las secuencias. Imposible evocar las escenas sin esa música tensa y constante, que en ciertos momentos alcanza un clímax estremecedor.
Tan cerca de casa. Prácticamente se podía tocar.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Blow-Up (Deseo de una mañana de verano)
Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) (1966)
  • 7,0
    13.339
  • Reino Unido Michelangelo Antonioni
  • David Hemmings, Vanessa Redgrave, Sarah Miles, Peter Bowles, ...
6
Peeping Tom
Aquí tenemos la vida insustancial de lo más parecido a un voyeur profesional que entre sesiones de fotos, cigarrillos, porros, copas y polvos entre vestidos de diseño vaga por las calles grises de un Londres desangelado, del que no aparece ni una sola imagen de postal, cubierto por un cielo perpetuamente encapotado. El sol brilla por su ausencia en ese verano desabrido. Las ciudades de Antonioni son siempre tristes, frías, con un punto de hostilidad o de simple indiferencia. Cemento, cristal, herrumbre, escombros, asfalto. Ni siquiera el verdor de los parques consigue desterrar esa sensación de soledad perenne, de hastío, la futilidad de esas vidas que transcurren sin pena ni gloria por la jungla urbana. Multitudes que se aburren en sus idas y venidas, o que presencian un concierto de rock como quien asiste a un funeral. Grupos de mimos ambulantes montados en jeeps corren por las calles formando alboroto, alterando el letargo ambiente, emulando gestos. ¿Quiénes son los mimos, ellos o los transeúntes que se desperdician en una pobre imitación?
Modelos esqueléticas (qué grima ver esas costillas y esos huesos prominentes debajo de tan escasa carne) posan como autómatas frente a la cámara de nuestro antipático Thomas, que las trata como a felpudos y ellas, por supuesto, se dejan pisar de esa manera patética de quien hace lo que sea para subirse a la cresta de esa ola a la que todos quieren llegar. Y total, la cumbre no es para tanto. Es igual de aburrido o más, pero con pasta. Supongo que si se tiene pasta, aburrirse tiene más estilo.
Pero entonces, Thomas es golpeado por una instantánea de lo que podríamos llamar incursión en la cruda realidad, con una atractiva y enigmática Vanessa Redgrave, que al menos no está tan flaca como las otras. Por fin a Peeping Tom le sucede algo que intuye como un suceso que trasciende la monotonía de los días lisérgicos de Londres. Un atisbo de que el mundo no es solamente un escenario para el objetivo de su cámara. Ahí fuera hay crueldad sin medida, hay pasiones incontrolables, hay muerte. Thomas puede ser un capullo integral, pero cae de su pedestal de vacuidad, al menos momentáneamente, al sentirse sacudido por esas insólitas imágenes en unas fotos tomadas por casualidad, con las que viola la privacidad de una pareja que en apariencia se encontraba inofensivamente en un parque.
Tal vez el misterio de las fotos no sea más que una excusa para introducir subrepticiamente un tema siempre vigente. El voyeurismo de esta sociedad que fisgonea el mundo a través de la pantalla, o del objetivo, invadiendo intimidades con hambre carroñera, y espectadora a menudo ajena e insensible a la tragedia que, hasta que no llama a la puerta, suele ser ignorada.
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Blade Runner 2049
Blade Runner 2049 (2017)
  • 7,1
    35.243
  • Estados Unidos Denis Villeneuve
  • Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, ...
9
Ella es real
Se ha escrito un montón ya sobre esta polémica secuela. Por lo que veo, ha suscitado más o menos tanto odio como admiración, pero no es sorprendente, dado el estatus de película de culto de su predecesora. Parece que si una película alcanza dicho estatus, constituye un crimen de lesa humanidad tener la atroz idea de endilgarle una secuela, incluso si dicha secuela está decentemente bien rodada. Pero da lo mismo. Prácticamente hay que santiguarse ante la profanación.
Si os digo la verdad, la original está muy bien, pero tanto como para que mi menda la endiose hasta semejantes extremos y negarse a apreciar la calidad de la secuela, pues hasta ahí no llego. Intento valorar la calidad de cada película por sí misma, como entidad única, al igual que intento no juzgar al hijo por los actos del padre.
Vale que Ryan Gosling no es el mejor actor del panorama, pero este tipo de personaje le va que ni pintado. Casi hermético, parsimonioso y contundente, de emotividad muy contenida. Me recuerda a su papel en “Drive”, la cual por cierto tenía también esa atmósfera ochentera de sintetizadores lánguidos y vistas urbanas impactantes. Creo que Gosling es perfecto para hacer de K/Joe, así que no le reprocho nada. Además, después de haberlo seguido de vez en cuando en su trayectoria, le he tomado cariño. Imposible no hacerlo cuando precisamente todas las películas en las que lo he visto me han marcado de una forma u otra.
La ambientación es perfecta, mezcla de megalópolis atestada, atmósfera malsana, crepúsculo perpetuo, lluvia o nieve constante, paisajes descarnados, sucios, degradados, cubiertos del polvo de los años, todo consecuencia de la destructiva acción humana. Ultratecnología puntera y vidas al filo de la indigencia se cruzan en cualquier calle o rincón, siempre al amparo de la penumbra. La fotografía es hipnótica, un sosegado deleite para la vista, porque pese a los excesos visuales de esa civilización futurista y ultraconsumista, el estilo sobrio que inyecta Villeneuve no satura, y la banda sonora añade etéreos acordes de enigmática atemporalidad, en un guiño de respeto a la obra maestra de Vangelis.
Nada que envidiarle a papi/mami Blade Runner, excepto el hecho de que aquélla se rodó treinta y cinco años antes que su “hija”, obviamente con medios más limitados que los que hay ahora.
En la ciencia-ficción uno nunca debe detenerse a analizar el guión, porque es absurdo y un craso error. La ciencia-ficción es por definición pura fantasía. Representa mundos que no son factibles para la humanidad, bien porque actualmente no disponemos de los medios necesarios, o simplemente porque no podrían ser viables jamás, ni por mucho que avance la ciencia y se desarrolle la tecnología. Así que yo prefiero centrarme en un aspecto bastante bello de la película, que es su vertiente filosófica. Si la primera era admirable en este sentido, la segunda no le va apenas a la zaga. Incluso sin el irrepetible discurso improvisado de un replicante a las puertas de la muerte. Hay suficientes reflexiones aquí como para darle todas las vueltas que se quiera al misterio de la vida, de la condición que nos hace humanos, del alma, de la conciencia, de la dualidad entre lo real y lo virtual y entre lo real y lo imaginario, del amor, la voracidad insaciable de la codicia y del poder (quien conquista mundos desea conquistarlos todos), la imposible ilusión de querer imponer el orden y la uniformidad donde reinan el caos y la pluralidad, el sacrificio de estar dispuesto a morir para entregarse a una causa más grande que uno mismo... Y seguramente podría seguir sacando temas de discusión.
Al final, con lo que me quedo entre tantos pensamientos y emociones, es con una frase que para mí lo sintetiza todo: “Ella es real.” El sentimiento es real. Todo lo demás puede ser impostado: lo que percibimos por los sentidos, lo que experimentamos, hasta lo que recordamos. Pero los sentimientos son auténticos. No se pueden replicar ni implantar, porque nacen del puro instinto. Son reacciones conectadas con la parte más primitiva, propias de todos los seres vivos que han evolucionado hacia un alto nivel de complejidad. La primera reacción de un replicante recién creado es el temor. Como debe de serlo la de un recién nacido en el instante en que el aire penetra por primera vez en sus pulmones, causándole el dolor de vivir fuera de la protección del útero materno.
Sean humanos o replicantes, esta certeza probablemente sea la única: lo que sintieron fue real.
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6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Alas
Alas (1927)
  • 7,3
    1.276
  • Estados Unidos William A. Wellman
  • Clara Bow, Charles Rogers, Richard Arlen, Gary Cooper, ...
8
Pide un deseo
Estamos ante una de las primeras grandes superproducciones de la historia del cine. Se merece el honor de haberse llevado el primer premio Óscar a la mejor película. La Academia no siempre acierta, pero en aquella ocasión sí tuvo buen criterio.
Cuando piensas que fue rodada entre 1926 y 1927 (¡todos mis abuelos eran críos en esa época!), apenas cerrado el primer cuarto de un siglo tan convulso como fue el siglo veinte, y ves todos esos planos aéreos tan realistas, esas escenas rodadas con cientos de extras asumiendo verdaderos riesgos en los campos ficticios de batalla (las detonaciones de artefactos explosivos no eran ficticias), y en general contemplas ese despliegue grandioso que debió de ser más pesadilla que euforia para el eficiente Wellman (gran acierto en la elección de director)... Sabes que te encuentras ante un proyecto digno de elogio. Un proyecto ampliamente disfrutable, incluso siendo una película muda, un género que en la actualidad ha quedado relegado a los nostálgicos y los más incondicionales cinéfilos.
Aunque la guerra se presenta de una forma grandilocuente, con esa empalagosa costumbre de los intertítulos rimbombantes (imagino que por las presiones de un afán propagandístico que imperaba en una etapa marcada recientemente por una de las peores guerras de todos los tiempos), Wellman sin embargo intenta ceñirse a la cruda realidad bélica en la medida en que le es posible, teniendo en cuenta que para el director de una superproducción de este calibre y con tantos intereses de por medio, es muy difícil imponer su propio criterio. Pero él lo logró. Ahí dejó a las claras que era un cineasta hasta la médula.
Son detalles muy propios de él, por poner un par de ellos como ejemplo, el de ofrecer un protagonismo bastante destacado a un personaje femenino (Mary Preston, interpretada por Clara Bow, que sigue a su amor a la guerra.) Wellman hace lo que puede por dignificarla dentro de las fuertes limitaciones del papel de la mujer (siempre condenada a un segundo plano, a ser la abnegada y sufrida enamorada florero que tiene que esperar pacientemente y virtuosamente al objeto de sus suspiros mientras él se va al centro de la acción y echa todas las canas al aire que se le antojan, olvidándose de la pobre infeliz que le aguarda; resignada a ser tratada como una mujer objeto y con condescendencia donde quiera que va, que ni siquiera luciendo uniforme del ejército es respetada; sufriendo un quinario sin derecho al pataleo ni a cantarle las cuarenta al galán.)
Otro detalle a señalar y que alude a un rasgo de Wellman que me gusta mucho, su ecuanimidad y su postura contraria al racismo y la xenofobia, es la aparición de ese divertido soldado hijo de inmigrantes que al alistarse causa alboroto y suspicacias a causa de su nombre alemán, pero que resulta ser tan estadounidense como el béisbol o las hamburguesas con patatas, como lo demuestra el descacharrante tatuaje de su brazo.
Se aprecia también ese aire de ingenuidad de los años mozos del séptimo arte en algunas secuencias por entonces valientes (hombres que se besan en las mejillas y se demuestran afecto fraternal mediante contacto físico, escenas fugaces de desnudos por las que los actores y extras no cobraban cifras astronómicas.)
En definitiva, y pese a no ser un filme redondo ni perfecto, posee una elevada calidad técnica y unas escenas de acción sobresalientes. Para ser una larga película muda de los años veinte, es bastante entretenida. Lo más pobre es la casi forzada trama romántica, frente a la más rica y compleja trama de amistad entre Jack y David, en un principio enfrentados por la misma chica, pero que dejan de lado sus diferencias para convertirse en leales compañeros del aire.
Dicen que algunas de las amistades más potentes que se forjan son las que nacen en tiempos de guerra.
Será que se valora más a la persona que se tiene al lado, porque la muerte está siempre a un paso.
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Castle (Serie de TV)
Castle (Serie de TV) (2009)
  • 6,5
    10.724
  • Estados Unidos Andrew W. Marlowe (Creator), Rob Bowman, ...
  • Nathan Fillion, Stana Katic, Susan Sullivan, Jon Huertas, ...
8
El escritor y su musa
Es una de las series más divertidas que he tenido el placer de seguir en los últimos años, y eso se lo agradezco. Bastantes series serias (si se me permite la paronomasia) hay ya, y la mayoría de ellas no me enganchan, sobre todo esas donde todo el mundo está siempre cabreado y con caras largas. Me aburren una barbaridad y directamente las abandono tras el primer episodio. Si no tienen un poco de chispa por alguna parte, para mí no merecen la pena.
Castle cumple el objetivo de hacerme reír y me ofrece unos protagonistas con mucho tirón. Fillion y Katic son una pareja ideal en la pantalla, con una química desbordante. Además, los personajes que los rodean están bien construidos (enseguida entras a formar parte de la familia Castle como uno más y la comisaría se convierte en tu segundo o tercer hogar sin esfuerzo), los casos policiales son interesantes y la trágica trama de fondo del pasado de Kate Beckett aporta la dosis de drama y misterio que equilibra la balanza.
Castle es como un niño grande y despreocupado que tiene casi todo lo que pueda desear (una familia encantadora, una vocación literaria que lo ha conducido al éxito, dinero a espuertas, montones de mujeres a sus pies...) Hasta que se topa con la enigmática y diligente inspectora Beckett y se involucra de lleno en el ambiente policial.
La historia del divertido escritor que sigue a su reticente musa y la asesora a través de los entresijos del crimen no es una idea nada original (hoy día es difícil que alguna idea lo sea), pero a mí me hace pasar muchos ratos la mar de entretenidos.
¿No es ese el objetivo?
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Lady Bird
Lady Bird (2017)
  • 6,6
    19.062
  • Estados Unidos Greta Gerwig
  • Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Lucas Hedges, John Karna, ...
7
La torpeza del primer vuelo
En la obra de todo artista siempre hay elementos autobiográficos. Porque, ¿quién puede sustraerse a representar lo más cercano, lo que más se conoce? ¿Cómo se puede separar lo que uno es de sus creaciones? Dudo que se pueda hacer eso.
Christine McPherson es como una Greta Gerwig adolescente. Oriunda de Sacramento, con un padre programador informático y una madre enfermera, y que estudió en un colegio católico. Ignoro hasta dónde alcanzan las similitudes entre ambas, y si a Greta le dio la manía de que la llamaran por un nombre tonto (en todo caso espero que no fuera “Lady Bird”, porque la verdad es que suena demasiado rimbombante para una muchacha. Todavía si fuera para la protagonista de una ópera...) Pero imagino que, como tantos adolescentes, ella tendría esa mezcla extraña entre entrañable e irritante, entre insegura y rebelde de alguien que no encuentra su sitio, que salta por cualquier cosa pero después se viene abajo cuando ve que ha ido demasiado lejos, que no se soporta a sí misma ni a nadie la mitad del tiempo, que está convencida de que su casa es un asco, de que su barrio y su ciudad son un asco, que su vida es un asco y que todo iría mejor si pudiese estar en otra parte, si la admitiesen en una universidad en la otra punta del país, lo más lejos posible. Ignoro si su vida social estuvo llena de tropiezos y altibajos, con alguna que otra decepción, aunque me figuro que sí. Porque eso nos ha pasado a todos.
Gerwig ha logrado un frágil equilibrio entre reflejar con sensibilidad, ironía y nostalgia una etapa tan complicada como la adolescencia y hacer que veamos a Christine McPherson como alguien único y peculiar, no simplemente como a la típica jovencita petarda e insoportable.
Christine McPherson es un pajarillo que ha crecido y el nido se le ha quedado muy pequeño. A punto de alzar el vuelo, deseando lanzarse desde el borde con su plumaje desgarbado, desoyendo las advertencias de la madre pero al mismo tiempo valorando con reticencia sus opiniones como las de nadie más.
El segundo y potente eje de la película es la difícil relación entre madre e hija. Marion siempre ha sido dura y exigente con Christine. Quiere que se convierta en la mejor versión de sí misma que la chica pueda alcanzar. Seguramente es eso lo que todas las madres quieren para sus hijas. Pero Christine es joven e impaciente y no tiene claro qué versión de sí misma quiere ser. Ahora cree que le gustaría ser actriz, para cambiar de idea cuando de repente el teatro deja de interesarle. O insinúa sin mucha convicción la idea de inscribirse en la maratón de matemáticas, hasta que incluso su mejor amiga, Julie, la hace desistir recordándole que las mates no se le dan bien, un pequeño inconveniente que no ha heredado de su padre.
Caminando sobre espinas entre el amor recíproco y la tensión provocada por sus fuertes diferencias (la madre es el “poli malo” de la familia), así como por la precariedad de la economía familiar, ambas desarrollan el arco más trillado y hermoso de la película, el de la relación maternofilial, paralela a la igualmente conmovedora paternofilial. Esas son las verdaderas historias de amor de “Lady Bird”. Las únicas en las que se puede apoyar cuando todo lo demás parece derrumbarse. Cuando sus primeros ligues le salen rana y se da cuenta de que volar del nido es muy duro.
La adolescencia es una etapa en la que los momentos más importantes suelen desperdiciarse por la torpeza y las prisas, por despreciar lo que se tiene creyendo que la casa del vecino es más bonita, por desear estar en otra parte que no tendrá comparación con la tediosa Sacramento.
El primer vuelo del pajarillo es inseguro, con aleteos toscos, a punto de precipitarse contra el suelo o contra cualquier obstáculo. No es nada elegante ni grácil y debe de dar mucho miedo. También es emocionante y vertiginoso. Los siguientes mejorarán, cobrarán seguridad y experiencia.
Pero nunca habrá otro primer vuelo.
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Sueños de juventud
Sueños de juventud (1935)
  • 6,6
    487
  • Estados Unidos George Stevens
  • Katharine Hepburn, Fred MacMurray, Fred Stone, Evelyn Venable, ...
8
Los sueños de Alice Adams
Ah, esos pueblos del profundo sur donde la segregación racial estuvo vigente hasta hace relativamente poco. No era de extrañar que los prejuicios fueran mucho más lejos que eso y que abarcaran otros ámbitos además del color de la piel. Como tener el mal gusto de no nacer con un pan bajo el brazo.
No es que los Adams vayan mendigando por las esquinas precisamente. Puestos a quejarse de ser pobres, hay millones de familias al lado de las cuales los Adams son como la realeza británica. Lo cierto es que estos modestos ciudadanos no pasan hambre, tienen un techo decente bajo el que guarecerse y ropa normal que ponerse. Pero si vives en un pueblo como South Renford, que tiene pinta de ser uno de esos reductos de la más rancia cerrazón, si tu apellido no es de abolengo, entonces da igual que te rompas los cuernos, porque no eres nadie, y nunca lo serás.
Esa es la píldora amarga que se tienen que tragar día tras día las mujeres Adams, madre e hija, a quienes los desprecios de la élite del pueblo afectan mucho más que al padre y al hijo. Mientras ellas desesperan por ascender en el escalafón, a ellos les da igual y son felices en su relegada posición. Pero en aquella sociedad de principios del siglo veinte que apenas había evolucionado desde hacía décadas, el status de las mujeres venía definido por el de los hombres, y no importaba que ellas fuesen inteligentes y refinadas y con miras elevadas, porque si ellos no lo eran, entonces las condenaban a ellas al ostracismo. Totalmente injusto pero era lo que había.
Para el espectador actual puede parecer en algunos momentos que la situación de Alice y su madre no es para tanto y que son dos quejicas (hay tantísima gente que no tiene prácticamente nada, al contrario que ellas.) Pero si uno se detiene a reflexionar sobre el contexto en el que tienen ¿la desgracia? de vivir (pueblo pacato donde todos tienen que bailar al son de los ricos), se comprende mejor. ¿Es el señor Adams un egoísta por no haber pensado en el futuro de Alice, una joven hermosa y sensible que carece de perspectivas de tener un pretendiente que le ofrezca lo que ella merece?
Por eso la señora Adams presiona a su marido implacablemente. Porque Alice no es feliz. Se muere por pertenecer a un mundo que la rechaza descaradamente y sin el menor miramiento bajo la apariencia de sus modales elegantes, un mundo de buitres disfrazados con plumas de seda.
Porque, seamos francos... ¿Quién quiere ser pobre? De acuerdo que, como dijimos, ella no es pobre de necesidad, pero lo mismo da en South Renford, porque la hacen sentirse como si lo fuera. Todo está en el color del espejo en el que te miras y en el rasero que te marcan. Si no hubiera tanto snob insufrible en el pueblo y si el resto de la población pasara de ellos, Alice podría haber sido una chica feliz y valorada.
Pero no es así, y ella tiene que emplear sus formidables armas femeninas fingiendo ser quien no es, aunque no engaña a nadie, pues su etiqueta está ahí firmemente impuesta en su sitio, a la vista de todos. Por muy bonito que sea el vestido que lleva a la fiesta de los Palmer, no es de los caros y está pasado de moda, pues no es la primera vez que lo luce. Los adornos que le ha añadido no lo ocultan.Y nadie olvida que su padre es un simple empleado de segunda categoría.
Bueno, puede que no a todos esos snobs les importen tanto esos detalles. Puede que haya alguien que aprecie las cualidades de Alice, debajo de su desesperación por agradar y aparentar que es una gran dama.
Pero hay una gran diferencia entre Alice y las damas de alcurnia que la ningunean, y es que ahí la única y verdadera dama es ella.
No tardas en descubrirlo a medida que te involucras en su lucha, que por momentos es tristemente patética (la cena organizada por la entrañable actriz que fue oscarizada pocos años después, Hattie McDaniels, es el culmen de lo ridículo, no sabes si partirte de la risa o salir por pies), y observas cómo Alice mantiene el tipo a pesar del barco que se hunde a sus pies, no como una necia señorita digna de lástima, sino como la gran mujer que es.
La gran mujer que sueña con amar y ser amada por alguien a quien respete de verdad y que la valore como ella es.
¿No es eso con lo que la mayoría sueña?
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