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La clase obrera va al paraíso (1971)

La clase obrera va al paraíso
Trailer
7,2
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Sinopsis
Denuncia de las condiciones laborales en las fábricas a través de la historia de un obrero modelo que, a raíz de un accidente, se hace sindicalista. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Italia Italia
Título original:
La classe operaia va in paradiso
Duración
125 min.
Guion
Elio Petri, Ugo Pirro
Música
Ennio Morricone
Fotografía
Luigi Kuveiller
Productora
Eurointer
Género
Drama Drama social Trabajo/empleo
6
EL DESTAJO
Muy valorada en su momento, como así lo prueban los importantes premios obtenidos, esta película de Petri es paradigmática dentro del cine político y denuciatorio, que experimentó una auténtica eclosión en Italia a partir de los años 60. El objetivo que persigue el filme es criticar la condición de la clase obrera mostrando la alienación de un trabajador que, siendo en principio modélico (va a lo suyo y es un ejemplo de productividad), acaba convirtiéndose en un subversivo (tras sufrir un accidente laboral), toma de conciencia a la que se apareja el deterioro de su vida familiar, e incluso de su salud mental.

Vista hoy, es imposible negar que la cinta ha envejecido, tanto en la forma como en el fondo, circunstancia que no impide que el argumento sea interesante y que aún tenga vínculos con el tiempo presente. El retrato que se hace del trabajo fabril, marcado por el imperio de la productividad y la vigilancia de los supervisores, se asemeja a lo que ya Chaplin propusiera en su estupenda "Tiempos Modernos" (perspectiva que había tomado de la anterior y excelente "Viva la Libertad" de René Clair), aunque despojándolo de humor y acentuando sus aspectos más desagradables y deshumanizadores. Lo cierto es que es una película crispada, en la que los personajes discuten y gritan constantemente, dejando poco margen para la reflexión, y en la que se retrata la división existente entre los obreros, al tiempo que contrapone las formas de lucha de los sindicatos y de los estudiantes de extrema izquierda revolucionaria, sin que ninguno salga especialmente bien parado (a los sindicatos se les acusa de reformistas y a los estudiantes de utópicos revolucionarios "que se lo pueden permitir"). En medio de este caos el protagonista parece condenado a la confusión y la desesperación, que lo llevan hasta la locura, por lo que el mensaje de la historia resulta claramente pesimista.

La película es crispada en todos sus aspectos; desde las interpretaciones, con un excesivo Volonté a la cabeza, pasando por los movimientos de cámara (con frecuencia nerviosos, enfatizando la incertidumbre de las situaciones mostradas, que a veces rozan la violencia), y culminando en la música, a cargo de Morricone. El guión resulta desigual, perdiendo efectividad en los momentos más surrealistas del filme, como los fragmentos de humor absurdo y algunas alusiones ideológicas, que se plantean de forma un tanto confusa.

Por todo ello un filme interesante, y que hoy, "cautiva y desarmada" la clase obrera europea, parece hablarnos desde un pasado remoto, cuando "apenas" han pasado cuarenta años desde su realización.
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24 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Cine grande, cine serio, cine trascendente, cine imprescindible.
Son conocidas de todos los buenos aficionados al cine las reiteradas intenciones del maestro Eisenstein de llevar a la pantalla “El capital” de Carlos Marx. Ese ambicioso proyecto no pudo ser llevado a cabo. Sin embargo, otros cineastas, a sabiendas o involuntariamente, contribuyeron a la ilustración cinematográfica de ese magno texto económico, si bien fragmentariamente. Uno de los filmes “marxistas” a pesar de sus autores probablemente, y a contrapelo seguramente de sus verdaderas intenciones (uno de sus guionistas, Borden Chase, se mostró siempre como un anticomunista furibundo), fue “Su majestad de los mares del Sur” dirigida por el infravalorado Byron Hoskin, en el que se nos narra cómo en la segunda mitad del siglo XIX las redes comerciales enredan a una sociedad primitiva hasta integrarla en el sistema y desfigurarla en función de las necesidades económicas de los países centrales del capitalismo (proceso descrito en la obra citada del pensador alemán). Otro es este “La clase obrera va al paraíso”, en que, esta vez sí conscientemente, Elio Petri y Ugo Pirro, nos muestran, no sin una dosis de humor que se agradece, cuál es el papel del trabajador en el modo de producción capitalista, más concretamente del clásico proletario de la gran industria: una mera mercancía que se convierte en una extensión de la máquina que acaba transformado, desde el punto de vista humano, en un ser alienado y cuasi embrutecido (tesis también de don Carlos). Pirro y Petri sitúan su historia en el contexto enloquecido de los años setenta italianos en el que los grupos comunistas más radicales intentaban, con muchas razones pero con éxito escaso, que los obreros se sumasen a la estrategia revolucionaria y abandonaran los compromisos de la línea oficial de los sindicatos mayoritarios (léase también del Partido Comunista Italiano) con la burguesía. Obra, por tanto, teórica sobre cómo funciona el capitalismo real y sobre el debate al que éste somete al movimiento obrero en el centro mismo del sistema (en el que la Italia de aquella época fue un laboratorio extremadamente complejo y ejemplar); y también documento de una época imprescindible para conocer la vida cotidiana de una parte de la clase obrera italiana.
Merecen mención no sólo la dirección y la fuerza de la propia historia, sino la organización de la misma, los personajes simbólicos que pueblan el guión y unas interpretaciones magistrales, entre las que destacan la de Gian María Volonté, en uno de sus mejores papeles, y la de Salvo Randone, en el papel de obrero enloquecido por las duras condiciones de trabajo y de lucha obrera en el interior de la fábrica.
En definitiva, cine grande, cine serio, cine trascendente, cine imprescindible.
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10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
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