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El pecado de Harold Diddlebock (¡Oh!, qué miércoles) (1947)

El pecado de Harold Diddlebock (¡Oh!, qué miércoles)
Trailer
6,2
301
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Sinopsis
Después de 22 años trabajando en la misma empresa, Harold pierde su empleo. Con todos sus ahorros en el bolsillo, sale a la calle dispuesto a empezar una nueva vida. Se encuentra con algunos amigos y bebe sus primeras copas de alcohol. A la mañana siguiente sólo recuerda que ganó una fortuna en las carreras de caballos, pero ya no le queda ni un céntimo. A lo largo del día irá sufriendo las consecuencias de las extravagancias que ha cometido con su dinero. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Sin of Harold Diddlebock
Duración
89 min.
Guion
Preston Sturges
Música
Werner R. Heymann
Fotografía
Robert Pittack (B&W)
Productora
California Pictures
Género
Comedia
9
Eso es saber tomar unas copas y divertirse una noche.
Esta comedia romántica empieza con un drama plasmado con toda su autenticidad: El jefe despidiendo con consejos y agradecimientos al compungido empleado que acepta su negro destino con cara de paisaje.
Donde acabó El estudiante novato, que dio el triunfo a su equipo de fútbol americano, sigue ésta con la narración, ya hablada pero con los mismos y efectivos logros que tienen su cumbre cuando el león arrastra con la correa al pobre Harold por la repisa del rascacielos, y de repente su compañero de fatigas se queda colgado con él cuando intenta ayudarle.
La historia de amor con la publicista complementa perfectamente la acción, y la explicación de las veces que estuvo enamorado Harold de sus hermanas recuerda la ternura, absurdez y comicidad de futuros actores de gran éxito en situaciones similares.
El pecado… no es una colección de gags como otras anteriores del señor Lloyd; con el sonido el argumento se apoya también en los diálogos que contienen momentos brillantes.
Harold Lloyd, un excepcional actor. Sturges, otro genio de la comedia romántica.
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11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Una despedida sin demasiada fortuna
La sexta película sonora en la que apareciera Harold Lloyd, “Professor Beware” (1938), fue un rotundo fracaso en las taquillas, lo que sirvió como campanazo para este genial actor, que entendió entonces que era hora de retirarse, no obstante que apenas cumplía 45 años de edad. Desde ese momento, se dedicó a gastar su fortuna haciendo viajes por todo el mundo, y luego se asentó en su lujosa mansión de Beverly Hills, donde se dedicó a pintar, a criar perros, y entre otras cosas, a tomar fotografías a cuanta chica hermosa se ponía ante sus cámaras (Marilyn Monroe, Bettie Page y Tura Satana, fueron algunas de ellas).

Así transcurrió casi una década, hasta que, en 1947, Lloyd se dejó tentar por el entonces exitoso director Preston Sturges, quien lo invitó a que protagonizara “EL PECADO DE HAROLD DIDDLEBOCK”… pero no fue un feliz regreso. La película se escapa casi por completo del humor visual que hizo grande al comediante de la Edad de Oro y se dedica a una trama bastante blanda donde apenas resaltan algunos diálogos y sobresale la escena con el león que, al final, se convierte en otra remembranza de su obra maestra “El Hombre Mosca”, pero con peso ligero, pues ya el amigo Lloyd no estaba a tono para riesgosas acrobacias.

La historia se inicia con un inserto de la escena cumbre de su película “El Estudiante Novato” y luego se conecta con el presente donde Harold, que ya no se apellida Lamb sino Diddlebock, comienza por pedirle empleo a un hombre que se sintió orgulloso de su labor en el archifamoso partido de fútbol. A continuación, un fast forward recreado con la imagen de los presidentes de turno, nos da cuenta de que pasaron 22 años (los que hubo entre el rodaje de “El estudiante novato” y “El pecado…”) y así queda explicado el aspecto adulto, con entradas en la frente, que ahora ofrece el legendario actor.

Tras este, medio forzado punto de enlace, comienza la historia de un hombre que, expulsado de su trabajo por su “pecado” de presente incompetencia, decide buscar un poco de diversión, y en un miércoles de sobrecopas, termina convertido en millonario sin que él mismo siquiera recuerde cómo. ¡Si así terminaran todos los pecados, yo pecador me confieso!

El filme dejó tan descorazonados a los seguidores de Lloyd, que muy pronto salió de carteleras. Pero, como la inversión había sido alta, tres años después se propuso reeditarlo. Sus 90 minutos se redujeron a 79, y en 1950, se relanzó con un nuevo título: “Mad Wednesday”… pero el éxito tampoco llegó.

Así terminaba la carrera de uno de los más brillantes, encantadores, divertidos y célebres comediantes que ha dado el arte cinematográfico y quien ha dejado, para la posteridad, un acervo de obras maravillosas de esas que se gozan con la misma intensidad cada vez que se contemplan.
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8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil