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El tiempo del lobo (2003)

6,1
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Sinopsis
En la mitología germánica, el momento anterior al Apocalipsis, en el que se trastocan los valores y caen las más altas torres, se conoce como "El tiempo del lobo". Una familia de clase media (padre, madre y dos hijos) huye de la catástrofe ocurrida en la ciudad, y se refugia en su casa de campo. Piensan que así lograrán librarse del caos generalizado, pero pronto comprenderán que eso es de todo punto imposible. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Austria Austria
Título original:
Le Temps du loup (Wolfzeit)
Duración
110 min.
Guion
Michael Haneke
Fotografía
Jürgen Jürges
Productora
Coproducción Francia-Austria-Alemania
Género
Drama Catástrofes
"Un oscuro apocalipsis interior. (...) En el formidable arranque y la primera hora de desarrollo de 'El tiempo del lobo' se toca con las yemas de los ojos esa especie de electricidad anímica que llena la pantalla. (...) la película es dura de ver (...) En la zona final, pierde aire, y decepciona."
[Diario El País]
8
Profundamente turbadora
"Es "Arrebato" un instante oscuro del pesimismo", dijo Ángel Fernández Santos de dicha película. Si bien la que en FilmAffinity se lee es fabulosa, más le habría valido guardarse esa sentenciosa frase para la película que ahora me ocupa: "Es "El Tiempo Del Lobo" un instante oscuro del pesimismo".
Película hecha con la víscera más honesta de Michael Haneke. "El apocalípsis sin ciencia - ficción", reza el subtítulo del film, y no podía ser más exacto. Se trata de un ensayo, de un estudio inteligente y mordaz sobre el comportamiento del individuo y del grupo en situaciones extremas; sobre el fracaso del ser humano, sobre la caída del imperio occidental. Película, como todas las de Haneke, seca, sobría y dura. Para mí, sin embargo, pecó de abarcar un excesivo realismo.
Esa severidad, esa terca ambición de mostrar en todo momento y de manera abiertamente explícita la realidad tal y como es, y como se nos podría mostrar, es lo que hace que esta cinta se haga muy incómoda de ver. Es tal su veracidad, que el cineasta hace un rechazo constante de los tópicos generales del cine, usados para conmover, y para sazonar la historia: no hay música incidental, y casi nada diegética, por ejemplo. Aquí, pues, no hay sal y todo es gris, como el destino. Cierto que es un planteamiento tenebroso al máximo, pero, ¿podría ser de otra forma?
Retrato, aunque áspero, conmovedor del horror que a veces puede suponer la tragedia de existir. La película empieza y acaba de una manera genial y brillante, abruptísima. Es lo mejor del film. En medio hay altibajos: en ningún momento dejan de suceder dramas que nos desgarran; éste, dije antes, es el sombrío ejercicio que hace que yo le ponga un ocho con cinco a la película. Es demasiado incómoda de ver, demasiado hosca, demasiado brutal, demasiado cruda, demasiado realista.
Como conjunto es estimulante y profundamente turbadora, con momentos que rozan el milagro. Hecha con las entrañas y con las uñas y no con otra cosa. Éste sí es cine en carne viva, cine que queda. Un escupitajo amargo y furioso a la cara de nuestra sociedad, con ese toque kafkiano que caracteriza la absurdez del género humano. No apta para mentes y espíritus frágiles.
P.D.: En la noche después de verla tuve un sueño intranquilo y no descansé bien. ¿O fue un sueño lúcido?
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62 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
APAGA Y VÁMONOS
Se cuenta en el escandinavo “Codex Regius”, del siglo XIII, que llegado el Ragnarok, el ocaso de los dioses, se abrirá feroz batalla y el lobo Fenris engullirá a Odín. Seguirá un tiempo de caos y destrucción, el Tiempo del Lobo.
Con el título, Haneke da este marco a la película.

Para reforzar el aire apocalíptico, la cámara se detiene al menos dos veces ante una acuarela de Durero (“Visión de un sueño”, 1525) que representa un diluvio e incluye al pie una nota del pintor:
“En 1525, durante la noche entre el miércoles y el jueves después de la semana de Pentecostés, tuve esta visión mientras dormía, y vi cómo unas muy grandes aguas caían desde los cielos. La primera golpeó el suelo a unas 4 millas de mí con una fuerza tan terrible y un ruido tan enorme, que inundó toda la campiña (…) Y el aguacero siguiente fue enorme. Algunas de las aguas cayeron a alguna distancia, y otras más cerca. Y venían desde una altura tal, que parecían caer muy lentamente. Pero la primera tromba de agua que golpeó el suelo lo hizo tan repentinamente, y había caído a tal velocidad, y estaba acompañada por viento y por un rugido tan aterrador, que cuando me desperté todo mi cuerpo temblaba, y no pude recuperarme durante un tiempo. Cuando me levanté por la mañana, pinté lo que se ve arriba tal y como lo había visto. Ojalá cambie el Señor todas las cosas para mejor.”

Los personajes son actuales, viajan en coche y se ven involucrados desde el principio en una crisis global e indeterminada. Apocalíptica. Las radios gotean datos: caída del abastecimiento de agua, contaminación, epidemias, delitos y crímenes… Ley y justicia se han disipado, hay xenofobia, mercado negro, régimen selvático… Los aislados lugares donde se acumulan refugiados son el bosque, una estación de tren y un silo. Quimérico montar en un tren.

Lo mísero sale en exceso: llanto, hambre y degradación fuera de línea argumental. Por demás. La suma de crímenes, alaridos, muerte de animales y suicidios acaba redundando.

La estética, irreprochable. Haneke sabe ceñirse a los recursos que domina y disimular la cortedad del repertorio. Hay gran control del color, entonado. Y una partícula de emoción asociada a una sonata de Beethoven.

Quizá Haneke piensa que el público no conoce bastante la existencia del mal, el dolor, la crueldad y el vacío, y asume la misión de hacérselo conocer. Para mostrarlo carga sus cintas con material de esa índole.
La intención que subyace es moralizante y revulsiva. E intelectual.
¿A quién se dirige? El espectador común jamás verá sus películas. Y el que está en disposición de verlas ya ha reflexionado sobre las miserias del mundo, ya le han dolido, y no precisa que le pongan al día.
Que la vida puede resultar dura es algo sabido, a menudo por experiencia. No es noticia. Si se cuenta con arte, pues bien. Pero si la cosa se queda en simple recordarlo, y con tanto énfasis, el espectador puede murmurar al encenderse las luces de la sala: “¡Apaga y vámonos!”.
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