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Las bodas de Blanca (1975)

Sinopsis
Blanca va a casarse por segunda vez. Su anterior matrimonio fue anulado. Pero la noche antes de la pedida decide huir. En la estación se encuentra con su antiguo marido. Hace varios años que no se ven, pero siguen queriéndose. Aunque pasan la noche juntos, todo sigue igual. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ España España
Título original:
Las bodas de Blanca
Duración
89 min.
Guion
Francisco Regueiro, Ángel Fernández Santos
Fotografía
Fernando Arribas
Productora
José Frade Producciones Cinematográficas
Género
Drama
6
Una extraña y críptica discreción.
La noche antes de ser desposada por segunda vez, Blanca (Concha Velasco) escapa, pero casualmente se encuentra con su primer marido (Escrivá). Este matrimonio fue anulado a consecuencia de la impotencia de él. No obstante, pasa la noche junto a él, pero nada cambia. Al día siguiente llega su prometido Antonio (Rabal), un hombre rudo e inexpresivo que la desvirgara pero volverá a su tierra abandonándola. Al final, todo sigue igual.
Una película extrañísima, en no pocos aspectos fallida, pero que despliega suficientemente la personalidad del peculiar y ocasionalmente brillante Regueiro (cineasta maldito por antonomasia en nuestro cine). La película flojea en el guión (coescrito por el crítico Ángel Fernández Santos y el propio realizador), hay un buen empleo de la música y una constante búsqueda por Regueiro a la hora de encontrar una comunión entre la luz y la imagen.
Es una película tan extraña que resulta inclasificable, pues simultanea por igual el drama psicológico con la comedia, siempre con tono oscuro, sibilino, personalizado, que la confieren talla de cine autoral (no todo el cine pretendidamente autoral llega a conseguirlo precisamente), en este caso discreto y críptico, pero siempre atractivo y no caprichosamente hermético. Muy interesante.
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11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
4
“E lucevan la stelle” (Y las estrellas brillaban)
Es la bellísima y evocadora aria perteneciente a la ópera Tosca de G. Puccini, y que el director Regueiro, en versión orquestal utiliza en diversas secuencias de este extraño film. Una de las más raras películas del cine español, que el cineasta nos plantea como un juego, un juguete, en el que el absurdo, la provocación y el despropósito forman una combinación dinamitadora de regusto surrealista-buñueliano; me refiero concretamente a su etapa francesa. “Las bodas de Blanca” responde a lo que a comienzos de los años 70 se entendía como “La tercera vía”. Entendido como un cine de “calidad” que no renunciara a los gustos del gran público. Un tipo de cine que José Frade, su productor, tanteó en diversas ocasiones y con muy diferente fortuna, pero el resultado con Regueiro fue muy diferente del previsto en un principio.

El director vallisoletano acababa de rodar la comedia negra “Duerme, duerme, mi amor” y debían ser los protagonistas de este film (Laly Soldevila y José Luis López Vázquez) los que interpretaran también “Las bodas de Blanca”, aunque finalmente los papeles fueron para Conchita Velasco y Javier Escrivá que naturalmente dan un aire muy distinto a la trama, pasando a ser mucho más drama que comedia, un cambio contra natura en mi opinión, secundados por Isabel Garcés y Paco Rabal. Un reparto que debía salvar la imposible comercialidad de la película, pues a este propósito deben responder, sendos y pudorosos destapes de Concha Velasco, eran tiempos en los que cualquier excusa podía justificar un desnudo, más o menos integral. Pero cuya dudosa adecuación a los personajes la hizo todavía más inverosímil y lamentable.

Francisco Regueiro y el guionista Ángel Fernández Santos, reputado crítico de cine de El País, en su primera y decisiva colaboración conjunta, orientaron sus dardos hacia los tópicos morales del ciudadano medio español: el matrimonio, la virginidad, el honor, la religión y la represión moral. Y lo hicieron a través de la disparatada historia (spoiler).

Estructurada en largas secuencias, unidas entre sí de forma azarosa y entrecortada, no sé muy bien si por voluntad de ruptura, por escasa pericia narrativa o por ambas a la vez. De ello resulta un film poco atractivo en su devenir, de carácter insólito, transgresor y decididamente singular, en el peor sentido de la palabra. Su “audacia” le costó diez años de inactividad hasta que pudo filmar su siguiente película mucho más aceptable “Padre nuestro”. Regueiro siempre fue un cineasta maldito, veneno para la taquilla, que se suele decir.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil