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La ronde (1950)

La ronde
Trailer
7,6
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Sinopsis
En Viena, en la primavera de 1900, el soldado Franz conoce a Leocadia, una prostituta, pero acaba liándose con una criada, que pronto pasa a manos del señorito Alfred, el cual mantiene también un affaire con Emma, una mujer casada, cuyo millonario marido se entretiene con una modista que está enamorada del poeta Robert, amante de una gran actriz encaprichada con un joven teniente de dragones. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Francia Francia
Título original:
La ronde
Duración
95 min.
Guion
Max Ophüls, Jacques Natanson (Obra: Arthur Schnitzler)
Música
Oscar Straus
Fotografía
Christian Matras
Productora
Films Sacha Gordine / Janus Film
Género
Drama Historias cruzadas Años 1900 (circa)
9
El mayor aristócrata: el rey.
Si se realizase una encuesta entre cinéfilos, "La ronde" sería posiblemente la película elegida como la mejor de entre la obra de Ophüls. Sin ser de esa opinión (al menos "Carta de una desconocida", "El placer", "Lola Montes" y "Atrapados" la superan según mi opinión) estamos ante otra obra maestra, de sobresaliente altura artística.
Basada en la obra de uno de sus escritores favoritos, Schnitzler, Ophüls cuenta, en la Viena de 1900, diez pequeñas historias de amor a través de un personaje central (Walbrook), que subido a un carrusel infantil nos hace girar en la geométrica estructura narrativa del film. Ese personaje central es como la prolongación de todo autor, aquí el cineasta, que hace lo que quiere con sus personajes, jugando con ellos y su destino. Es una trama leve y casi frívola, nada trascendente, aliviada aún más por un bien presente sentido del humor, que tiene fragmentos de deliciosos diálogos, así como los maravillosos travellings de su director.
El vienés ha sido, en lo referente a puesta en escena, quizás el más sublime aristócrata del cine, el rey, por lo tanto (Visconti quedaría muy lejos, por ejemplo), un autor empecinado en el detalle, en la hermosa elegancia, en la inteligente sofisticación, en un barroquismo bellísimo y placentero, en su misma fijación por sublimar los placeres humanos...
"La ronde" supuso el regreso de Ophüls a Europa tras su etapa americana y es un prototipo de film de episodios, luego todavía mejorado en la inolvidable, leve y sublime "El placer" (1952), basada en tres relatos de Guy de Maupassant y hoy todavía increíblemente minusvalorada.
Gran reparto, de tremenda capacidad y amplitud (Danielle Darrieux, Isa Miranda, Daniel Gelin...).
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35 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
La belleza de las cosas
La singular estructura de la obra de Schnitzler —el encadenamiento de escenas amorosas de a dos del tipo AB-BC-CD…— supone un desafío a la dramaturgia tradicional que busca la complicidad del público hacia unos personajes principales y apela a su interés ante un conflicto central y su desenlace. A este desapego emocional contribuye que el autor no define a los personajes con una individualidad humana, sino que son presentados ex profeso en su condición de máscaras estereotipadas de diferentes roles sociales.

Max Ophüls refuerza este proceder introduciendo al presentador demiurgo y omnipresente, que se dirige directamente a los espectadores e interactúa con el resto del elenco bajo variopintos ropajes. Más allá de la originalidad de esta idea, rotundamente audaz en su época, lo que importa realmente y demuestra la clarividencia del cineasta es su total coherencia con dicha mirada distanciada y entomológica. El primer plano secuencia con el que se abre la película —y que en su belleza uno desearía que no terminara nunca— es toda una declaración de principios que nos avisa del autoasumido carácter del film como representación y artificio.

La pregunta que siempre me hago al revisar la película es la siguiente: si por sus características intrínsecas, se trata de una pieza que el espectador ha de ver "desde fuera" y se dirige ante todo a su intelecto, proponiendo una sutil, lúcida, irónica, mordaz y melancólica disección del amor, el deseo y el sexo, ¿de dónde proviene, pues, la intensa emoción que me embarga cada vez que la veo? Y la respuesta es siempre la misma: es el goce estético ante el propio hecho fílmico, mostrado con una pureza y una exuberancia pocas veces igualada.

Porqué, en efecto, importa remarcarlo, Ophüls no es opulento. Su virtuosismo no es nunca decorativo ni exhibicionista, ya que es la propia puesta en escena la que alberga el significado. Aquí, la construcción de facto como diez "cortometrajes", le ayuda aún más a tratar cada uno como una delicada pieza de orfebrería a la que nada sobra ni falta. Por eso, aunque en su literaridad algunos pasajes puedan ser más interesantes que otros, la elegancia de la escritura cinematográfica permanece unívoca, en lo que supone un repertorio inagotable de recursos expresivos: la manera de mostrar un frío matrimonio carcomido por el paso del tiempo con esas camas, como dos tumbas, que vemos separadas desde un péndulo; los resolución con predominancia esta vez del plano-contraplano en la escena entre la criada y el señorito, con encuadres torcidos a la manera de "El tercer hombre" o a través de barrotes, con el objetivo de señalar las barreras entre las clases sociales y su mutuo extrañamiento; los espejos constantes que desdoblan no casualmente al personaje de la actriz, las escaleras con movimientos de cámara descendentes en el caso de la prostitución o ascendentes para la aristocracia, etc., a lo que hay que sumar los originalísimos gags del "gatillazo" o la alusión a la censura. /…
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33 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil