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Críticas de Capitan Ahab
Críticas ordenadas por:
El acorazado Potemkin
El acorazado Potemkin (1925)
  • 8.0
    27,261
  • Unión Soviética (URSS) Sergei M. Eisenstein
  • Aleksandr Antonov, Vladimir Barsky, Grigori Aleksandrov, Mikhail Gomorov, ...
10
Abstenerse mezquinos
Creo que los que, en esta y otras webs, emiten esas críticas visceralmente negativas y tan pobres de argumentos sobre películas encumbradas por la crítica y la historia, como El Acorazado Potemkin, no saben que con esos ceros, unos o doses, y con sus confesiones de haberse aburrido en el visionado de cualquier película compleja o poco convencional, están calificando en realidad su propia capacidad como espectadores. Tampoco entienden que, precisamente porque tienen derecho a opinar, a decir lo que piensan, tienen también el derecho y la obligación moral de pensar lo que dicen, de instruirse sobre lo que van a comentar, pues si no, lo que salga de su pluma no será digno de llamarse opinión y no pasará de ser un mero reflejo de las limitaciones y prejuicios que reinan en su mente, una confesión de su falta de talento como espectadores, y no aportará al lector ecuánime nada más que un motivo para echarse unas cuantas carcajadas a su costa. ¡Ojalá alguien tuviera una visión tan profunda como para revelarnos la hipotética banalidad o tosquedad de la secuencia de las escalinatas de Odessa! ¡Ojalá la mentalidad dominante de nuestra sociedad hubiera adquirido una excelencia tal que dejara como infantil el sentido del encuadre y de la composición visual de Einsenstein! ¡Ojalá el producto medio televisivo hubiera superado el ritmo de ballet que marcan los silenciosos movimientos de los actores y figurantes y la alternancia de planos! No dudo de que esta película tenga muchos defectos y que el tiempo haya ido revelando algunos agujeros que antes era mucho más difícil notar. Pero los que intentamos acercarnos a ella sin prejuicios no vamos a poder entender cuáles son esas fallas a través de esos viscerales y prejuiciosos que creen que con decir que una obra es “lenta”, “aburrida”, “está sobrevalorada”, “es basura derechista o izquierdista”, “es bazofia para gafapastas”, etcétera, están diciendo algo que no sea: “yo soy así de limitadito”.
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Forja de hombres
Forja de hombres (1938)
  • 6.9
    908
  • Estados Unidos Norman Taurog
  • Spencer Tracy, Mickey Rooney, Henry Hull, Leslie Fenton, ...
4
Vidas de santos
Sólo la tradición y el buen hacer de Hollywood puede conseguir que una hagiografía de un cura contemporáneo metido en labores sociales pueda convertirse en algo si quiera simplemente entretenido, como es esta película. Dirigida por Norman Taurog, la cosa se beneficia de la estupenda interpretación de Spencer Tracy, encarnando al sacerdote católico irlandés Flanagan, creador de la Ciudad de los Muchachos, un refugio para niños de la calle que de otra forma acabarían en la delincuencia, basado en la convicción de que nadie es malo por sí mismo. La película, además de referir los éxitos del típico voluntarista iluminado al que interpreta Tracy, se centra en el camino hacia la decencia y el entusiasmo del rebeldillo y camorrista encarnado por Mickey Rooney, quien estará a punto de abandonar la institución y provocará con ello el atropello del más pequeño de los huéspedes, momento álgido del melodrama global en que se nos sumerge. A pesar de que se proclama que la Ciudad de los Muchachos es refugio de todos los chicos, cualquiera que sea su raza, credo o color, en ningún momento se muestra a ningún niño negro, aunque sí judíos y uno con rasgos orientales. Una cosa es proclamarse antirracista y otra “llegar a los extremos” de practicarlo.
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Carne de fieras
Carne de fieras (1936)
  • 5.5
    209
  • España Armand Guerra
  • Pablo Álvarez Rubio, Marlène Grey, Georges Marck, Tina de Jarque, ...
3
Sexplotation pionera y verité a la fuerza
Aunque la película es de un gran valor documental e imprescindible para cualquier interesado en la historia de la cinematografía española, es también una muestra del escaso sentido cinematográfico y la torpeza general del cine español en estos tiempos. Parece que, con la excepción de lobos solitarios como Lorenzo Llobet-García (a quien sobraban ideas, y algunas muy audaces, pero faltaban medios), hasta los años cincuenta (con Berlanga y Bardem) nadie con acceso a una cámara entendía las peculiaridades del séptimo arte ni sabía cómo sacarle partido, independientemente de que gozara de muchos o de pocos recursos o de la ideología que le alentara. Redicha, plena de clichés, saturada de tics... Carne de fieras no es más que una serie de cuadros saineteros unidos por una excusa argumental de lo más tópico, rancio e increíble. Al estar rodada en julio y agosto de 1936 en Madrid, en uno de los exteriores, en la glorieta de Atocha, aparecen, como figurantes espontáneos, auténticos milicianos con mono y máuser, sin que se explique argumentalmente que pintan ahí (no se hace la menor referencia a la situación política), lo que provoca una curiosa sensación de cinema-verité, más allá de la voluntad de los autores. Esta es una de las peculiaridades de este film. La otra es el uso descarado como gancho comercial del desnudo casi integral de la francesa Marlene Gray, sobre el que se incide una y otra vez y sin ninguna prisa; curiosamente, al mismo tiempo que el argumento se centra en los esfuerzos del honesto galán protagonista para evitar que la otra chica de la película, la decente, se tenga que dedicar a exhibir su cuerpo y convertirse así en “carne de fieras”. A todo lo que se ve en la pantalla, se añade la curiosa historia de maldición a lo Tutankamón que, según cuentan las crónicas, pareció acompañar en los meses posteriores a los participantes en el film, que fueron cayendo uno tras otro como moscas, aunque la verdad es que era una época muy propicia para que a cualquiera le alcanzara un rayo de uno u otro lado, y no precisamente divino. Lo más curioso es que la vedette francesa acabara siendo realmente carne de fieras. La vida es muy… graciosa.
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Tres cantos para Lenin
Tres cantos para Lenin (1934)
  • 6.9
    277
  • Unión Soviética (URSS) Dziga Vertov
  • Documentary
2
Futurismo bolchevique en su fase cadavérica
Muy poco queda del dinamismo irresistible y la concepción sinfónica y poética del documental que Dziga Vertov, en seguimiento de las vanguardias de los años veinte, mostrara en su El hombre de la cámara cinematográfica. Aunque hay algunos destellos aislados de la misma técnica, este homenaje al líder de la revolución soviética (realizado con ocasión del décimo aniversario de su muerte) perece bajo la losa de la rigidez dogmática que a esas alturas había alcanzado el aparato soviético. No queda más que una pura hagiografía, sin la mínima argumentación racional sobre los motivos de la alegada grandeza del personaje y, en cambio, con imágenes hoy en día tan escalofriantes como la de los niños en el colegio, obligados desde muy pequeños a componer con cubos de rompecabezas el nombre de Lenin y a levantar el puño y saludar su foto. Curiosamente, cuentan que la película tuvo problemas con el régimen por recalcar en exceso el pasado leninista, en lugar de glorificar aún más el presente estalinista. Hay sitios donde uno nunca es lo bastante dogmático.
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El triunfo de la voluntad
El triunfo de la voluntad (1935)
  • 7.5
    4,825
  • Alemania Leni Riefenstahl
  • Documentary
9
La lírica de lo siniestro
Como considero que nadie se hace nazi ni por leer libros ni por ver buen cine (en todo caso, por lo contrario), independientemente de lo que uno llegue a leer, ver u oír en esa práctica, recomiendo vivamente este clásico del Tercer Reich, donde Leni Riefenstahl, con una concepción excepcional de la composición visual y del montaje cinematográfico, consigue hacer poesía con algo tan siniestro como el partido nacionalsocialista. El documental sobre el congreso celebrado por los nazis en Núremberg durante seis días de 1935 resume en menos de dos horas todo el despliegue de simbología y arrogancia que realizó este partido y consigue dar la ilusión de que se albergaba una concepción heroica de la vida donde ahora sabemos que no había más que bravuconadas, vacías de todo menos de violencia. Baste decir que, según las crónicas, los aliados estudiaron en su época este documental y les pareció demasiado bueno como para intentar ridiculizarlo (como se podía hacer fácilmente con las obras de ficción del Tercer Reich, tan zafias y pobretonas que hasta el propio Goebbels suspiraba en sus diarios de envidia hacia la manera de hacer de Hollywood). No es que Riefensthal no fuera nazi, pero era una nazi que sí sabía lo que era el cine. Pasea con total agudeza su cámara por los rostros de las diversas gentes que asistieron al congreso y muestra las escenas de diversión y de camaradería que rodean los actos oficiales. Realiza certeros ensamblajes entre los planos de Hitler y los de las gentes que le miran con atención o veneración, logrando la misma síntesis ideológica que preconizaban los cineastas marxistas. Casi todos los principales líderes del momento del partido nazi pasan por delante de la cámara dando sus discursos. Se habla de paz y de no por ello dejar de mostrarse valientes; se habla de la humillación sufrida por Alemania en la primera guerra; y se desmiente que se vayan a disolver las SA. Pero da la impresión de que en los nazis lo principal no se transmite en las palabras, sino en la simbología y en las actitudes, y así lo entiende Riefenstahl, que, junto con su estupendo fotógrafo, se las arregla para dar una dimensión mítica a las cuidadas formaciones de las milicias hitlerianas, a sus hileras de estandartes y a sus grandes banderas, evitando perderse en el esteticismo.
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La verbena de la Paloma
La verbena de la Paloma (1935)
  • 5.9
    570
  • España Benito Perojo
  • Rafael Calvo, Dolores Cortés, Charito Leonís, Miguel Ligero, ...
3
Ni para mandar cantar a un ciego
Así de pobre era el cine español de la época: todo en él rigidez, cartón piedra y empecinamiento en los temas más manidos y menos cinematográficos del mundo. Aquí Benito Perojo dirige una versión más de la zarzuela de Bretón (también se habían hecho mudas y se harán más, en color y en blanco y negro, para el cine y para la tele), con poco que salvar más que la viveza con que actúa Miguel Ligero —aquí, don Hilarión— en el tradicional rol del gracioso, la correcta alternancia de números cantados y dialogados y algún que otro golpe de humor (muchos menos de los que serían mínimamente aceptables para una pretendida comedia), como cuando el boticario mete la mano en un frasco en el que se lee “ungüento milagroso” y descubrimos que es donde guarda el dinero, o la frase castizorra con que la tía de la Susana le dice a ésta que debe desechar como pretendiente al pobretón de Julián: “No tié ni pa mandar cantar a un ciego”. Tan pobre como la película, sin duda. En Hollywood, Berkeley enseñaba que el cine musical era volar y deslizarse entre piernas en formación, como un niño juguetón; en Alemania, antes de que triunfara la barbarie nazi, Brecht y Weill demostraban que ser popular no era igual que ser elemental, y en Francia, como de musical sabían poco, poetizaban con Carné y Renoir el perro destino del hombre. Aquí, en la idealizada república española, el cine (no, ciertamente, otras artes, que necesitaban menos apoyo estructural y tenían más tradición) era poco menos que pan y circo, igual que luego, con los fachas.
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Don Quintín el amargao
Don Quintín el amargao (1935)
  • 5.6
    117
  • España Luis Marquina
  • Ana María Custodio, Alfonso Muñoz, Luisa Esteso, Fernando Granada, ...
2
Nacidos para ser torpes
Con Luis Buñuel como jefe de producción a lo Irving Thalberg, y dicen que también como director en la sombra, aunque sin querer figurar en los créditos ni como lo uno ni como lo otro, el poco hábil Luis Marquina dirige este primer ejemplo de la línea de cine comercial e industrialmente bien asentado, a imagen del sistema de estudios estadounidense, que pretendía impulsar el empresario Urgoiti. Hoy en día, la película tiene un cierto valor documental precisamente por ese particular, a lo que se suma el baño nostálgico en la lejana España de preguerra que su visionado supone. Además, el ingenio de Arniches se deja sentir en algunos de los diálogos, así como la tradición cómica teatral que inspira a todos los intérpretes (simplones y exagerados, como si siguieran con la precaución de gesticular y remarcar cada palabra para que los de la última fila del teatro no se pierdan nada). Cinematográficamente y pese a la intervención que pudiera tener un Buñuel sin más interés en el proyecto que el puramente crematístico, no es más que una confesión de la inutilidad y la falta de experiencia y de cualquier noción sobre el arte de la imagen en movimiento que caracterizaba al mundillo del espectáculo español de la época. La historia es un melodrama de esposa inocente acusada de adulterio y de hija perdida y vuelta a recobrar que en el teatro servía de excusa para algunas cancioncillas de zarzuelas, algunos diálogos chispeantes y algunas cuantas gansadas. Es curioso que, más tarde, en México y con el mismo título, Luis Buñuel hiciera una película buena (no de las mejores de su filmografía, ni mucho menos, pero claramente interesante) con actores poco magistrales y siguiendo el argumento teatral de Arniches tan de cerca como en ésta, aunque con otras perspectivas industriales. Lo de la torpeza artística de la industria cinematográfica española, que jamás ha conseguido sintonizar duraderamente con el talento artístico y profesional ni sustentar movimientos de cine de autor a semejanza de los de otros países europeos, tiene, por lo que se ve aquí, fecha de nacimiento.
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Sombrero de copa
Sombrero de copa (1935)
  • 7.4
    6,817
  • Estados Unidos Mark Sandrich
  • Fred Astaire, Ginger Rogers, Edward Everett Horton, Helen Broderick, ...
8
La cristalización de un mito
Fred Astaire y Ginger Rogers establecen en esta, su cuarta película juntos, su estilo clásico como pareja, propulsados por la fenomenal música de Irving Berlin y por los fastuosos decorados art decó. La excusa argumental son los equívocos creados por la confusión de identidades que arrastra Ginger entre su joven y apetecido pretendiente, que encarna Fred, y el atontado marido de una de sus amigas, al que ella cree la misma persona pero que en realidad es el patán interpretado por Edward Everett Hoton. En pareja, Ginger y Fred bailan un número ligero, resguardados de la lluvia a los acordes de Isn’t this a lovely day?, y otro romántico, el famosísimo Cheek to cheek. Además, Fred se marca uno de sus más irresistibles números en solitario, con Top Hat, White Tie and Nails, donde ametralla con su taconeo, mientras les apunta con el bastón, a una fila de bailarines que posan como muñecos de pim pam pum. Para que no todo sea estupendo, y continuando con la serie de bailes inventados forzadamente para intentar ponerlos de moda, se incluye el número de El Piccolino, de un horroroso estilo presuntamente italiano. La corista aventajada que fuera Ginger se ha convertido a estas alturas de su carrera en toda una dama, que todavía entrecierra los ojos y tuerce la boca como una cabaretera, pero que viste con naturalidad unos impecables modelos y danza con movimientos de gran dama, quizá contagiada por la aristocrática elegancia del medio austríaco Fred. Por su parte, Astaire queda para siempre atado a la chistera, el frac, los decorados suntuosos y los suelos brillantísimos. Algún día abandonará a Ginger, pero nunca a su vestuario.
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El pan nuestro de cada día
El pan nuestro de cada día (1934)
  • 7.6
    756
  • Estados Unidos King Vidor
  • Karen Morley, Tom Keene, Barbara Pepper, Addison Richards, ...
10
Levantando a pulso el sistema
Estupendo ejemplo de la épica que proponía el new deal de Roosevelt. En la línea más abiertamente propagandística del cine de Hollywood, la película lanza una contundente e irresistible llamada a la heroicidad en lo civil. Heroicidad, sin duda, con la finalidad de que el ciudadano medio volviera a creer en sí mismo, pero, sobre todo, -aunque eso, naturalmente, no se decía- para que sacara las castañas del peligroso fuego en que la Gran Depresión las había metido y pudiera regresarse a la situación en la que tanto se le había exprimido y relegado. Temática y estéticamente, el director King Vidor se acerca mucho a los maestros del cine soviético. El drama de la pareja protagonista tiene poco que ver con los de otras películas estadounidenses sobre la depresión (como Las uvas de la ira). No hay trabajo psicológico ni conflictos personales. Los personajes son simples tipos representantes de la clase obrera norteamericana del momento. Todo se planea y se resuelve colectivamente, como en el cine de Einsenstein. La única diferencia es que, en lugar de aspirar a la transformación de la sociedad e invocar al marxismo, los personajes invocan el espíritu de los pioneros americanos y su objetivo es sólo sobrevivir a la depresión y volver así a creer en la vida. Dentro del estupendo nivel general de la película, destaca el momento en que el protagonista convence al resto de los cooperativistas para que caven con sus propias fuerzas un canal de dos millas, a fin de que el agua de una presa cercana riegue sus cultivos. Todos se ponen manos a la obra en una ejemplar secuencia de épica colectiva, que Einsenstein o Pudovkin no se hubieran negado a firmar, donde, para corregir los defectos de la improvisada canalización, los hombres se tiran al suelo, impidiendo con su cuerpo que el agua salga de madre, y clavan sobre la marcha, como mejor pueden, las rudimentarias barreras del cauce que van trazando.
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Volando hacia Janeiro
Volando hacia Janeiro (1933)
  • 5.8
    277
  • Estados Unidos Thornton Freeland
  • Dolores Del Rio, Gene Raymond, Raul Roulien, Ginger Rogers, ...
5
El sorpasso de Ginger y Fred
Película concebida para el lucimiento de la insulsa Dolores del Rio, pero que pasó a la historia por ser la primera que interpretaron juntos Fred Astaire y Ginger Rogers, aunque como secundarios. Las insoportables peripecias amorosas de Dolores del Rio en Río (de Janeiro), dudando entre un músico americano con poca cabeza y un aburrido hacendado brasileño, están afortunadamente amenizadas por la adorable canción de Ginger Music makes me, por el primer baile en pareja de ella y Fred, frente con frente a los compases de una acartonada Carioca, y por el ingenuo pero atractivo número final, en el que docenas de coristas en ropas ligeras y transparentes estiran la pierna y se matan a sonreír subidas a unas avionetas que se suponen en pleno vuelo (¡qué disparate, pero la cosa no deja de tener su encanto, vista con distanciamiento! Lejos de ser la pareja de empalagosos ejemplares que tanto repetirían posteriormente en su estrellato (Sombrero de copa, Sigamos la flota, etcétera), Ginger interpreta aquí el papel de rubia dinámica y descocada y Fred el de graciosillo “amigo del chico” protagonista. Es curioso que el breve y poco atractivo número que Ginger y Fred bailan juntos (lejos de las maravillas que harían luego) fuera suficiente para dejar al resto del reparto a la altura del betún y convertirse en la sensación musical de la década. Un sorpasso en toda regla.
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Héroes de ocasión
Héroes de ocasión (1933)
  • 8.1
    38,645
  • Estados Unidos Leo McCarey
  • The Marx Brothers (spanish: Los Hermanos Marx), Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, ...
10
Me cargaré a todo corrupto… que no me dé mi parte
Sin respiro, sin paréntesis instrumentales, sin parejitas melosas que deban asegurar su futuro, sin nada más que un par de divertidas canciones totalmente insertas en la narración, los hermanos Marx parodian con su afilado aguijón el mundo de la diplomacia y la guerra. “Si creéis que va mal el país, veréis cómo lo voy a dejar yo”, canta Groucho en su papel de Rufus T. Firefly, el supuesto salvador de un pequeño reino en crisis y pretendiente de la millonaria que interpreta Margaret Dumont. O también: “Me cargaré a todo aquel que acepte sobornos… y no me dé mi parte”. Luego le veremos en algunas de sus escenas más inolvidables, como el consejo de ministros en que sienta su absurda ley a golpe de martillo, la conversación en la que ofrece a Chico el ministerio de la guerra o sus enfrentamientos con el embajador del país rival. Harpo y Chico son un par de espías, a favor y al mismo tiempo en contra de todos los bandos posibles, que sacan de quicio al más paciente y que cuando se les da una foto para que no pierdan de vista a alguien, hacen el trabajo más rápido posible: en menos de una hora pierden la foto. Harpo persigue chicas con su primitivo sentido del cortejo y hace todas esas cosas que ponen nerviosos a los espectadores con un fuerte sentido del orden: corta colas de chaqué, cigarros y todo lo que sobresalga de cualquier sitio. El momento que arrancan las mayores carcajadas es la secuencia del espejo, es decir, aquel gag (si bien ya adelantado por Max Linder en su corto Siete años de mala suerte) en que Harpo, disfrazado de Groucho, trata de hacer creer a éste que no es más que su reflejo en un espejo. Como apoteosis, y sin disimular el origen teatral del guion, los Marx nos llevan a la guerra más cómica que pueda existir, donde uno se protege de los obuses que entran por la ventana simplemente bajando la persiana. Las películas que en los años siguientes hicieron para la Metro, como Una noche en la ópera y Un día en las carreras, tuvieron mucho más éxito, presumiblemente gracias a la imposición patronal de que se incluyera una historia de amor entre los gags. Pero, para quienes aprecian el humor-dardo de esta cuadrilla, esta es tan buena o mejor que aquéllas.
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El despertar de una nación
El despertar de una nación (1933)
  • 6.5
    87
  • Estados Unidos Gregory La Cava
  • Walter Huston, Karen Morley, Franchot Tone, Arthur Byron, ...
6
Cuando Hollywood pedía mussolinis angelicales
Audaz fusión de religión y política, imposible de realizar hoy en día sin risas estrepitosas, pero que entraña un fiel testimonio de cierta forma de pensar más o menos extendida en la época de la Gran Depresión. Con una dirección en la que no faltan detalles de calidad, a cargo de Gregory La Cava, se nos narra la historia de un presidente de los Estados Unidos, certeramente interpretado por Walter Huston, que llega muy ufano a la Casa Blanca con lo que se supone es el ánimo habitual de los políticos profesionales visto desde el pueblo llano, es decir, dispuesto a no hacer otra cosa que presumir y vaguear mientras la depresión asola los USA con su azote de paro y hambre y mientras el gansterismo campea a sus anchas. Así, le vemos coqueteando con su amante, a la que acaba de dar rumbosamente el cargo de secretaria personal, o perdiendo el tiempo en juegos con su sobrinito, o negándose histéricamente a entrevistarse con el portavoz de los parados argumentando que esa persona no es más que un peligroso anarquista, o divirtiéndose de lo lindo conduciendo su coche oficial a toda velocidad, lo cual le lleva a sufrir un grave accidente sobre el que se asienta el meollo de la película. Porque, después de estar unas semanas en coma, el presidente cambia de personalidad y se convierte en un luchador social que trabaja sin descanso para paliar los efectos de la Depresión, se supone que por haber sido invadido espiritualmente, mientras estaba en la UCI, nada menos que por el arcángel Gabriel. De ese modo consigue (¡ahí es nada!) que el Congreso estadounidense le dé plenos poderes, aunque eso signifique la dictadura pues —se argumenta— será una dictadura basada en los principios democráticos de los pioneros americanos. Y, pertrechado en tal superautoridad, este caudillo-presidente convierte el ejército de parados en un ejército de constructores (keynesianismo de urgencia), lucha a brazo partido contra la mafia e incluso consigue una reunión de líderes mundiales para garantizar la paz global, etcétera, etcétera. Según los libros de historia cinematográfica, tanto la película como la novela en que se basa estaban consideradas una franca incitación a resolver la Depresión mediante la instauración de una dictadura populista en EEUU. Y, sin duda, a pesar de que parece que la censura limó bastante el guion, para cualquier espectador de hoy en día salta a la vista el desprecio continuo por las instituciones estadounidenses, a las que se tacha insistentemente de cinismo e incapacidad para resolver situaciones graves. Muy recomendable como curiosidad histórica, igual que, por ejemplo, en sentido opuesto, Misión en Moscú, u otras películas hollywoodenses que (durante los años de la Segunda Guerra Mundial) reflejaban con simpatía y respeto la vida en la Unión Soviética, por increíble que pudiera parecer no solo hoy en día, sino apenas cuatro o cinco años después de que fueran rodadas. La vida da muchas vueltas.
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El signo de la cruz
El signo de la cruz (1932)
  • 6.8
    416
  • Estados Unidos Cecil B. DeMille
  • Fredric March, Charles Laughton, Claudette Colbert, Elissa Landi, ...
6
Morbo con coartada puritana.
Uno de los más característicos espectáculos de recreación de los fastos y atrocidades de las épocas antiguas que encantaban a Cecil B. De Mille. La historia es muy cercana a la de Quo Vadis. Tras el incendio de Roma, Nerón (interpretado por un casi irreconocible Charles Laughton) lanza una ofensiva contra los cristianos. El prefecto interpretado por Fredric March trata de proteger a Elissa Landi, la joven y bella cristiana de la que se ha enamorado, pero ello despierta las iras de Popea, la depravada esposa del emperador (interpretada por Claudette Colbert) que siempre ha querido liarse con él y se ha visto rechazada y que, naturalmente, va a ser un enemigo muy feroz. Destacan los toques morbo eróticos de hipócrita puritano con que De Mille ilustra la depravación pagana que la moral cristiana trata de combatir: el baño en leche de Colbert, la canción de gestos lésbicos de la cortesana que intenta en vano corromper a la angelical Landi y, especialmente, la larga y detallada sesión circense que De Mille combina con jugosos planos del público groseramente entusiasmado: chicas echadas desnudas a los cocodrilos y los gorilas (con sólo una cuerda en forma de enredadera de flores que las cubre ligeramente pechos y partes bajas), o el jugoso combate de amazonas bárbaras contra pigmeos.
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El halcón maltés
El halcón maltés (1931)
  • 6.7
    231
  • Estados Unidos Roy Del Ruth
  • Bebe Daniels, Ricardo Cortez, Dudley Digges, Una Merkel, ...
6
Fiel aunque sin brillo
Aparte del encanto de lo precode (de hecho, es la única de las tres versiones clásicas de esta novela que se atreve a escenificar parcialmente el episodio del registro con estriptís del detective a la protagonista), esta primera recreación de la frenética búsqueda del lujoso halcón por varios personajes sin escrúpulos resulta interesante y fiel a la novela, si bien lejos de la brillantez de la versión de John Huston. Ricardo Cortez interpreta al detective Sam Spade mientras que Bebe Daniels es la mujer arácnida que mete en el lío al protagonista. Dudley Digges es el incansable buscador del halcón Guttman, Una Merkel es la secretaria de la agencia y Thelma Todd la infiel mujer del socio asesinado.
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Abraham Lincoln
Abraham Lincoln (1930)
  • 6.5
    425
  • Estados Unidos D.W. Griffith
  • Walter Huston, Una Merkel, William L. Thorne, Lucille La Verne, ...
7
También sabía hacer cine sonoro
David W. Griffith realiza en su penúltima película, la primera sonora, una digna y a menudo muy jugosa semblanza biográfica del presidente Lincoln. No sólo no encontramos a un Griffith pasado de moda, perdido en el cine sonoro y empeñado en repetir sus primeros planos de muchachitas lánguidas y sus salvamentos en el último minuto, etcétera, como se podría esperar, sino que la película, además de introducirse con dignidad en el siempre poco agradecido terreno del biopic, da ejemplo de sobriedad y ofrece en casi todo momento una imagen de modernidad. Además, cuenta con la gran interpretación de Walter Huston en el papel protagonista. La historia parte del nacimiento del presidente, en una humilde cabaña y prosigue narrando, en la juventud del personaje, la triste experiencia que le supuso ver morir a la chica con la que iba a casarse. Luego, haciendo uso de un envidiable sentido de síntesis, retrata la ascensión de Lincoln hasta la Casablanca y el inicio, desarrollo y final de la guerra de Secesión, donde incluye algunas brillantes secuencia de movimientos de tropas o la dinámica escena en la sala donde se reciben los telegramas con noticias sobre las batallas. En su panfleto racista El nacimiento de la nación, Griffith había salvado claramente de la quema a Lincoln y ya allí le había tratado con veneración, llamándole el piadoso. Aquí insiste en destacar su obsesión por conseguir que la guerra no dejara huellas demasiado dolorosas en los estados del sur, y nos hace asistir a su rechazo al fusilamiento del general Lee y a su sugerencia de dejar escapar al presidente sudista. La película también nos muestra una enternecedora semblanza del general Lee en el momento en que su derrota es ya clara, negándose a fusilar a un espía del Norte por la inutilidad del acto. La historia concluye con una brillante representación del asesinato del presidente durante una representación de teatro, por el disparo del actor esclavista John Wilkes Booths. En todo momento Griffith viste su veneración por Lincoln de detalles que resaltan la sencillez del personaje: nos le muestra tumbándose en el suelo al llegar a la Casa Blanca, o ilustrando sus exposiciones con anécdotas sobre tipos de su pueblo, y le hace mantener un curioso tono burlón en el trato diario con su nada idealizada esposa.
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Cantando bajo la lluvia
Cantando bajo la lluvia (1952)
  • 8.1
    45,741
  • Estados Unidos Stanley Donen, Gene Kelly
  • Gene Kelly, Donald O'Connor, Debbie Reynolds, Jean Hagen, ...
10
La mejor en su estilo, la mejor en su género
La joya de la producción Arthur Freed y la dirección compartida de Stanley Donen y Gene Kelly ha quedado en la historia del cine como una de las películas más queridas por público y crítica y como el mejor musical de su estilo. Es además uno de los pocos musicales antiguos que funciona verdaderamente como comedia y como historia más allá de la calidad de sus números musicales. Con un puñado de canciones como presupuesto básico, los guionistas Green y Comden construyeron una historia sobre la muerte del cine mudo y el nacimiento del sonoro, con sus iniciales esclavitudes y chapuzas técnicas (colocar micrófonos por entre los vestidos de los actores y condenar a la cámara a la inmovilidad, protegida de los ruidos por un bunker), y con el descubrimiento de defectos en las estrellas que la mudez disimulaba, como le sucede al hilarante personaje de Lina Lamont, magníficamente interpretado por Jean Hagen. Además de su valor como crónica caricaturizada de una transformación y sus magníficas situaciones cómicas (los insultos entre Kelly y Hagen mientras simulan decirse frases amorosas en el rodaje de una película muda) y melodramáticas (el descubrimiento de que Lina Lamont es una farsante a quien doblan la voz, con el alzamiento del telón que descubre a la dulce Debbie Reynolds), Cantando bajo la lluvia ofrece el que puede ser el mejor número del cine musical, la pieza que da título a la película con el impactante ballet de Kelly entre charcos en medio de la lluvia, y en definitiva, la mejor concentración de excelencias del musical por metro de celuloide: ese estupendo, aunque algo largo y pretencioso, ballet final al son de Broadway Melody, con la impactante presencia de la escultural danzarina Cyd Charisse; el divertídisimo homenaje al burlesque que realiza un acrobático Donald O’Connor en Make’m laugh; el tierno Good Morning, el también divertido número del trabalenguas Moses suposses, el romántico entre Gene y Debbie en un estudio de los de antes, con brisa y atardecer artificiales, el cómico y acrobático Fit as a fiddler que bailan Gene y Donald violín en mano, y el charleston de Debbie, en plan ricura, en medio de un coro de flappers. Irresistible.
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Un día en Nueva York
Un día en Nueva York (1949)
  • 7.2
    9,347
  • Estados Unidos Stanley Donen, Gene Kelly
  • Gene Kelly, Frank Sinatra, Betty Garrett, Ann Miller, ...
9
Alegría de vivir
La máquina de hacer buenos musicales de Arthur Freed logra una nueva joya, recreando la primera visita de unos marineros a la ciudad de Nueva York con una sensación de alegría sin fin difícil de igualar, más allá de su convencional y a menudo imbecilizante argumento. Gene Kelly y Stanley Donen sacan la cámara, las canciones y la danza a las calles y consiguen números como el inicial New York, New York, que interpretan los tres marineros, Kelly, Munshin y Frank Sinatra, o el de estos tres con sus respectivas parejas, Vera-Ellen, Ann Miller y Betty Garrett, On the town, además del divertido Prehistoric man, con el electrizante zapateado de Ann Miller, el romántico baile a dúo de Kelly y Vera-Ellen When you walk down Mainstreet with me, los simpáticos duos vocales Come up to my place y You’re awful de Sinatra y Garrett (él en su papel de zoquete apocado y ella de cazanovios infatigable), y el vitalista You can’t count on me, de nuevo con toda la troupe, con la sustitución de Vera-Ellen por la feucha Alice Pierce. Para los incondicionales de Kelly, el fin de fiesta es uno de sus números de ballet puro, A day in New York, a menudo tachados por la crítica y evitados por el público, que no obstante, es de los más breves y vistosos de su repertorio.
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La linda dictadora
La linda dictadora (1949)
  • 6.2
    151
  • Estados Unidos Busby Berkeley
  • Frank Sinatra, Esther Williams, Gene Kelly, Jules Munshin, ...
4
Destellos de oro en la oscuridad del betún
De las tres producciones de Arthur Freed que unen a Gene Kelly y Frank Sinatra es ésta, sin duda, la más floja, pues no tiene la frescura de Levando anclas ni la gran calidad de Un día en Nueva York, aunque sí ofrece algunas ráfagas de alegría y buen baile. La dirige un Busby Berkeley en horas bajas, está coreografiada por el emergente Stanley Donen y por Kelly, y cuenta con la insulsa presencia de la estrella nadadora Esther Williams y de la cómica Betty Garrett. Se sitúa en la primera década de siglo en el ambiente del béisbol y narra con el escaso rigor habitual de los musicales la llegada al equipo en el que juegan Kelly y Sinatra de la nueva presidenta, Williams; muestra también las intrigas de un malo que interpreta Edward Arnold para que no ganen la liga, las persecuciones de la feucha Garrett hacia el esquelético Sinatra y la vida de tenorio de Kelly quebrada al enamorarse de Williams. Sigue un esquema argumental y coreográfico muy similar a Levando anclas, aunque la presencia del patán Jules Munshin para formar el trío con los protagonistas y la de Garrett como pareja de Sinatra la acercan a Un día en Nueva York. Como también la música es más bien floja, las danzas de Kelly son lo verdaderamente interesante de la película, sobre todo la que realiza en solitario imitando el estilo irlandés. Su baile a dúo con Sinatra de la melodía que da título al film muestra claramente quién de la pareja es y quién no es el bailarín. En el Hollywood legendario, hasta raspando en las malas películas salta polvillo de oro.
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Adorable coqueta
Adorable coqueta (1948)
  • Estados Unidos Richard Whorf
  • George Brent, Jane Powell, Lauritz Melchior, Frances Gifford, ...
5
¡Qué verde era mi Hollywood!
No exento de varias gotas de chispa en los diálogos y en las situaciones que se desarrollan, este musical de la línea más pastosa de la Metro, la comandada por Joe Pasternak, nos mete en un mundo de ópera y crucero de lujo, con la colaboración casi como protagonista de uno de los tenores más prestigiosos de la primera mitad del siglo veinte, el danés Lauritz Melchior, que interpreta un fragmento de Lohengrin, otro de Aida y la napolitana Torna a Surriento, al tiempo que bebe cerveza sin cesar y sostiene varios diálogos chistosos con la protagonista Jane Powell. Esta encarna a la ñoñísima y cantarina hija del capitán de un crucero de lujo, George Brent, que ante la prohibición de acompañar a su padre, se cuela de polizón e inicia una serie de aventurillas en una línea muy próxima a la que luego haría famosa la serie de televisión Vacaciones en el Mar. Powell canta, entre otras, El Manisero en versión opereta con la orquesta de Xavier Cugat. ¡Qué verde, almibarado y banal era mi Hollywood, pero qué bien lo hacía, carajo!
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La mujer sin alma
La mujer sin alma (1936)
  • 5.9
    33
  • Estados Unidos Dorothy Arzner
  • Rosalind Russell, John Boles, Billie Burke, Jane Darwell, ...
6
Malas que molan
El guión, siguiendo la obra teatral original, parece tomar la ruta de un cuento con moraleja: la déspota ególatra, que no quiere nada de nadie ni tolera nada de los otros, se encamina, por obra de la consabida providencia, hacia su merecido castigo. Es decir: igualito que en la realidad solo que todo lo contrario. Además, como en este caso se trata de una mujer que pugna por imponer criterios propios en medio de un universo machista, la cosa no puede evitar lanzar un aire de represalia antifeminista. No obstante, la directora Dorothy Arzner (lesbiana aunque no especialmente feminista, según las crónicas) se las arregla para que el personaje de la mala protagonista sobresalga en glamur y poderío sobre los de los buenecitos que la secundan. En primer lugar, con una realización bastante original, que incluye trávelins meramente expresivos y muy llamativos con las majestuosas evoluciones de la déspota. En segundo lugar, al entregar el protagonismo a la gran Rosalind Russell, una actriz de las consideradas “de carácter” (y no por ello feucha, como solía ser habitual en las que accedían a esta etiqueta), que da al personaje un realce extraordinario con su porte y expresión. Y en tercero: con la blandenguería del galán John Boles y la poca relevancia del resto de los secundarios, que son pura sombra ante el resplandor constante de Russell. De este modo, viene a suceder como en tantas películas de esa época sobre gánsters y otros indeseables sociales: el guión se dirige a dejar claro que las andanzas del protagonista son rechazables, pero Cagney o Robinson o, en este caso, Russell, con su desparpajo y su glamur, dotaban a eso que era teóricamente reprobable de un halo de encanto que era lo que en definitiva calaba en el espectador.
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