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9
Pareja en crisis
Séptimo largometraje de Michelangelo Antonioni (1912-2007) y segunda entrega de su trilogía de la incomunicación. El guión es de Antonioni, Ennio Flaiano y Tonino Guerra. Se rueda en escenarios reales de Milán y alrededores durante el verano/otoño de 1960. Gana el Oso de oro (Berlín), un David di Donatello (director) y 3 Silver Ribbon (director, banda sonora y actriz de reparto). Producido por Emanuele Cassuto para Nepi Film (Roma), Silver Film (Roma) y Sofitedip (Paris), se estrena el 24-I-1961 (Milán).

La acción dramática tiene lugar en Milán, a lo largo de una jornada de 24 horas del verano de 1960. El novelista de éxito Giovanni Pontano (Mastroianni) y su mujer, Lidia (Moreau), forman una pareja sin amor, sin ilusiones en común y en crisis. Él es un novelista joven de fama, pero la escasez de sus ingresos le hace depender económicamente de su mujer. Él, de unos 35 años, es culto, simpático, indolente, voluble y débil de carácter. Ella, de unos 30 años, es lúcida, resistente, voluntariosa, rica y bastante más estable que las personas de su entorno.

El film explora el drama de apatía, aburrimiento, desamor y cansancio, que vive la pareja. Las ideas centrales que informan el relato giran en torno de la utopía del amor, la inviabilidad de la amistad duradera, la felicidad inalcanzable de modo continuado, el inevitable aislamiento personal derivado de la incapacidad de comunicarse con los demás, en la doble vertiente de dar y recibir. La sociedad burguesa actual integra personas vacías, confusas, superficiales, neuróticas, fracasadas sentimentalmente, sin emociones ni sentimientos y en crisis. La mujer es más consciente, sensible y estable que el hombre. Giovanni y Lidia, tras varios años de matrimonio, se encuentran en un punto álgido de desafecto, indiferencia y desencuentro. No tienen hijos, no tienen temas de interés común, no se conocen mutuamente y el amor de antaño se ha disipado. No se aman ni se odian, no se profesan afecto ni animadversión, no se necesitan ni se echan en falta, no simpatizan ni se pelean. A lo sumo, lo único que les une ocasionalmente es el deseo insatisfecho tras una larga noche de frustraciones y de vacío existencial.

La narración a penas se basa en palabras. Los diálogos son escasos, lacónicos, insignificantes e intrascendentes. A veces sobresalen por su frivolidad y superficialidad. Las personas cuando hablan ocultan con palabras lo que piensan, sienten o desean. Sus actitudes y sentimientos se ponen de manifiesto a través de la expresión corporal (rostro y gestualidad). Por lo demás, el espectador es invitado a deducir lo que piensan y sienten los protagonistas a través de símbolos, alegorías, metáforas, sugerencias y signos.

(Sigue en el “spoiler” sin desvelar partes del argumento)
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70 de 77 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
El arquitecto
Cine frío. Casi tanto como el cemento que compone los planos de Antonioni. Son estos, planos arquitectónicos, que entran en comunión con Giovanni Pontano (Marcello Mastroianni) y sobre todo con Lidia (Jeanne Moreau).

Muchos directores trabajaron con la luz o con ciertos planos para elaborar un personaje. Antonioni fue el primero en buscar una simbiosis entre el personaje y la arquitectura. Lleno de simbologías, Moreau pasea por las calles de Milán en una narrativa parca en diálogos (incluso superfluos), minimalista y casi sin estructura convencional. Crea así el director un lenguaje propio, con cierta herencia de Bergman (la carga simbólica) y de Welles (ciertos picados imposibles).

Plano general: Una calle desierta. Se eleva el plano de manera furibunda y aparece una fachada de un inerte y sencillo edificio. Lidia aparece de la nada aunque ya sabíamos que estaba allí. Se desliza en silencio y sólo es una hormiga insignificante bajo esa impoluta fachada. No existen sombras. Tampoco escapatoria.
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47 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Vuoto
Una cinta imprescindible para los amantes del cine clásico italiano, aunque no sea clasificable de manera pura dentro del Neorrealismo.

Describe de un modo frío y sin juicios morales aparentes (alguna frase se le escapa a Antonioni en boca de Giovanni Pontano al final del film que hace pensar lo contrario) la incompatibilidad entre el amor y la amoralidad de los personajes, al estilo de El año pasado en Marienbad, o La Aventura, del mismo autor ésta última.

Mastroianni, tal vez uno de los mejores actores europeos de todos los tiempos, borda de nuevo su papel de seductor, mascullando las palabras, con su hablar dulce, grave y sordo. ¿Por qué a las mujeres les gusta tanto este prototipo de hombre egoísta y enamorado de sí mismo, que conduce a la perdición? ¿Por qué los hombres encuentran irresistible a la mujer elegante, culta, pero fría y distante como Lidia (Moreau) o Valentina (Monica Vitti) y despechan el amor encendido y apasionado, pero real, como el de por ejemplo, Yvonne Furneaux en La dolce Vita?
En fin, película bella, inquietante y lenta, con encuadres bellísimos (las manos de Moreau, al final de la película) y silencios estremecedores.
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31 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Antonioni y el pesimista trazo de las afinidades electivas
Descorazonador retrato de una pareja de clase burguesa, en el que nociones como tedio o incomunicación, de constante recurrencia en la obra de Michelangelo Antonioni, se expresan de manera magistral. Junto con La aventura (1960), supone la cumbre fílmica del autor italiano, abordando las relaciones amorosas desde el plano amargo de su gestación, del desarrollo melodramático de su cronología eventual. Un escritor de reconocido prestigio y su mujer experimentan la extinción de los sentimientos mutuos en el marco de un ambiente festivo, a modo de evocación metafórica de la decadencia ideológica, moral, de los estamentos acomodados. Y es que Giovanni Pontano (Mastroianni) y Lidia (Moreau) comprueban, de primera mano, que las afinidades personales se sustentan en lazos que prescriben, como vínculos afectivos que, en un momento dado, ajenos a la capacidad potestativa del individuo, emprenden caminos divergentes. El conflicto, en este caso, se desencadena a partir del influjo de un tercero en discordia, factor trascendental en la ruptura definitiva, a la vez que elemento causal de la problemática, convertida ya en rutinaria tristeza.
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31 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
El mundo como involuntariedad e introspección.
+ Plano-contraplano +

No se puede señalar y decir “dolor”, “soledad”, “pérdida” y que todos lo entendamos. Al menos, no hay garantía de que hablemos de lo mismo. Es una imposibilidad gramática abarcar la materia oscura que nos circunda, porque el dolor es propio. Y si se trata de poética, de emulsión subjetiva que consiga evocar las emociones (como quizás haga Antonioni) no sirve apelar a experiencias que se presupongan comunes, o recurrir a un lenguaje consuetudinario (cinematográfico) que percibamos con más naturalidad que la propia realidad. Eso sirve a los fines de la, estupendísima y clásica, diversión melodramática.

+ El espacio, la palabra +

Para escarbar en lo “sentido” y lo que sucede (y que en el cine clásico es siempre explicitado con pelos y señales con un “te quiero” al que sigue un contraplano) Antonioni huye de las convenciones, elimina palabras, despoja la imagen de aquello que no sea geometría esencialista y contexto (escenario fenomenológico delator de lo que la vieja palabra guionizada no podía “decir”). En las escenas el espacio y los rostros van por libre. No montados, encajados con ingeniería y adhesivo (sin aparato narrativo, ni ritmo, ni la viga del tejado del andamiaje dramático).

+ Urbanismo +

Solitarias son las ciudades de Antonioni -inertes, gravitacionales- esquela de apatía aburguesada, santo y seña de aburrimiento sofisticado donde el abandono emerge por la falta de tacto, la falta de hierba y el cemento excedentario. En ese punto se produce la fusión del personaje con el entorno en una condición trascendental del plano (canon del espacio clásico desnaturalizado donde la mirada del cineasta no es sólo una toponimia en la que encajar la acción). Por la conducta -la voluntad- casi no entrevemos lo que ocurre en esos cuerpos de persona. No van a ningún lado, nada pretenden. No chillan, no se tiran de los pelos.

+ El tiempo muerto +

El animal se desoculta así, pero poco, la materia se enciende. Se supera el behaviorismo cinematográfico de la reacción. Porque el mundo interior, si existiera, es un enorme abismo del que nadie escapa por mucho que mire hacia el frío primigenio de la costumbre y la convención. Queda la imagen, no obstante, como forma incapaz que ofrece algo más que el "habla" y lo evidente. Ofrece porque establece coordenadas de conciencia mediante cláusula abierta (elipsis no narratológica sino etérea). Sólo a través de la introspección se llega a cierta realidad que nos rechaza. Así funciona el tiempo muerto, convencido de la ineficacia del acto gramatical explícito del sentimentalismo colectivo.
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25 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
El séptimo sello de Antonioni
Comprometido y descorazonador retrato de una pareja en el apogeo de una crisis afectiva y comunicativa. Antonioni, fiel a su trazo característico de corte existencialista, encarna en “La Noche”, dos de los temas que más le conmueven: El vacío conyugal y la contante busqueda de respuestas de plano emotivo/sentimental.
Una película en búsqueda constante de la perfección. Los silencios cobran excelso protagonismo muy por encima de los diálogos. Estos, tortuosos por momentos, abren el juego de las miradas y las pulsiones contenidas para dar pie, a un profundo simbolismo recurrente en la filmografía Antoniniana.
Pero es que estamos ante una de las cumbres de Antonioni. El libro, repasa no solamente el tedio matrimonial devastado por la rutina, sino que también, se toma parte a la disimulada crítica burguesa de los años 50. Al mismo tiempo, los protagonistas comparten un enfermizo deseo de sentirse traicionados sentimentalmente el uno al otro y en cierta forma se confabulan en forma tácita para que esto suceda.
Otro de los aspectos que hacen de “La Noche” una película indispensable, resultan ser aquellos factores concomitantes alrededor de la pareja como eje protagónico de la película. Me refiero a la gama de personajes y objetos que percuden indirectamente en la pareja, como así también aquellos que disparan directamente en el vínculo conyugal, que, herido de muerte encuentra la agonía personificada en 24 horas en la vida de Giovanni Pontano (Mastroianni) y Lidia (Moreau).
Este “hombre débil” es invitado por su propia mujer al encuentro de otra (de 22 años), en el marco de una fiesta insulsa y vacía por donde se la mire. De esa bandada de “buitres” emerge solemne la figura de Vitti, (magistralmente retratada por Antonioni apoyada al marco de una entrada). Esta obnubila a nuestro conflictuado protagonista quien a estas alturas está probablemente entregado a la derrota de un irremediable presente.
La otra cara de la tribulación está simbolizada en la paseo a pie de Lidia camino al lugar donde comienza esta desgastada historia de amor. En el trascurso, se encuentra con sobrecargados elementos que simbolizan situaciones en las que Lidia se ve reflejada (Ej., la niña llorando y no encuentra consuelo).
Casi dos horas de metraje pesimista, pausado y entristecedor al estilo de Antonioni, construyen el muro de aislamiento al que las personas se someten, sean de la clase social que sean, sean del sexo que sean y profesen el credo que sea. Antonioni enlaza una serie de relaciones interpersonales mutiladas por el desasosiego del hombre moderno y de la sociedad en la que este vive y convive, en donde los espacios para el amor y la familia son cada vez más acotados. Como Antonius Block lo hace en un juego de ajedrez, Giovanni busca respuestas a las preguntas claves de la vida, el amor y la felicidad pero, en el espacio de la vida nupcial.
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12 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Es probable que el futuro no empiece nunca
Antonioni era un gran admirador de Fellini. Recién estrenada "La dolce vita", muy poco tiempo después salió este homenaje a dicha película. En efecto, "La noche" (que cuenta con el mismo protagonista, Marcello Mastroianni) recuerda en ciertos pasajes a aquella Roma nocturna de juergas y excesos sin fin en los que la evasión no conseguía ocultar, o más bien ponía claramente de manifiesto, el vacío existencial de las clases altas.
Aquí no estamos en Roma, sino en Milán, y Marcello da vida a un escritor famoso, casado con una eternamente sensual Jeanne Moreau. Pero ambos dramas urbanos comparten objetivos similares: deambular por el hastío vital de quienes aparentemente tienen todo lo que puedan desear, en el agobio de una gran ciudad que marcha demasiado deprisa, con demasiada indiferencia.
En los créditos de apertura de "La noche", la cámara realiza un largo travelling descendente desde lo alto de un rascacielos, mostrando una panorámica de edificios y verticalidad, abarrotamiento del espacio, la impresión de sentirse minúsculo y perdido en un progreso al que es difícil adaptarse si a uno le cuesta seguir su ritmo frenético.
Antonioni solía filmar las calles con cierto aire de hostilidad o, al menos, de soledad. Nadie que pasee por ellas encontrará solaz ni compañía; caminará entre completos extraños, entre monumentos fríos de esta era de cemento, hormigón y cristal, y ni aún la vista más bonita logrará desprenderse de una melancolía perenne.
Por esas calles vaga sin rumbo fijo Lidia, cansada de un matrimonio aburrido y rutinario, buscando no sabe qué, observando a otros que a menudo parecen tener algún propósito, algo divertido que hacer, algo auténtico por lo que abrazar sus días. Ella se ha reducido a una mera espectadora de vestido de diseño que ignora cuál es su sitio, si es que hay alguno en el que pueda encajar. La rica señora que vive en un cómodo apartamento con un marido atractivo y exitoso no tiene todo lo que pueda desear. O más bien no es feliz con lo que tiene. Porque nadie puede poseer todo lo que quiere, pero la diferencia está entre quienes son felices tal como están, y los que no.
Al volver a casa, se da un baño y Giovanni ni siquiera se fija en su cuerpo desnudo, que la cámara no se recata en mostrar un poquito. Lidia se asfixia y quiere que salgan juntos hacia la vida noctámbula de Milán. Primero acuden a un cabaret donde una bailarina-contorsionista hace un espléndido número de baile al son lánguido de las notas de un jazz. Después se dirigen a la mansión de un magnate donde la noche se desliza en esas horas etílicas de frivolidades y encuentros sociales en los que los ricos, snobs, trepas, vividores, donjuanes y demás fauna de las juergas milanesas elegantes se reúnen para demostrar por qué se tiene dinero o se hace como que se tiene: para no hacer nada, beber a destajo y trasnochar hasta el amanecer escuchando música incesante, sin pensar en un futuro que probablemente no empezará nunca.
Entre tentaciones y los coletazos de la cuerda casi rota de su matrimonio, Giovanni y Lidia pasarán por las pruebas más duras de su quebradiza unión, tal vez a punto de morir al igual que Tommasso, el pobre amigo leal que agoniza casi solo en una habitación de hospital con hermosas vistas a la aspereza vertical de Milán.
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10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Desamor
Nunca volverá a filmarse una película como La Noche. Es uno de esos raros cometas que sólo pasan una vez y para ser avistados han sido precisas cientos de conjunciones casuales de astros, planetas y atmósferas favorables.
Nunca habrá otra La Notte porque la alineación de astros tuvo lugar hace 50 años. En un momento de fulgor inigualable llegaron de la mano Antonioni, Tonino Guerra, Mastroiani, Jeanne Moreau y la primeriza (¡quién lo diría!) Monica Vitti...y la escenografía de Ennio Flaiano...y la batuta de Giovanni Fusco. Con los años justos, todos; ni uno más, ni uno menos.

Pocas veces la verdad se ha mostrado tan desnuda, y tan hiriente y tan definitiva. Y todo para contarnos qué pasa cuando el amor se derrama, como el agua en una cesta de mimbre.
Pasea una pareja noqueada que oye de lejos la campana de la muerte, y a ritmo de un jazz quejumbroso se retuerce la noche, noche que ha sido desde el alba.
Muy recomendable para quienes no tienen claro si les gusta, o no, el CINE (nótese que está escrito con grandes letras). Después de su visionado, si dicen aquello de: un poco lenta, el Antonioni es un "pesao", se me ha hecho un poco larga, ¡es que en blanco y negro!..., el pronóstico no es muy alentador y tal vez deban quitar letras mayúsculas a su concepción cinematográfica

Posiblemente nuestro cometa se volatilice en una lejana galaxia y se convierta en polvo de estrellas, justo en el momento que tras vivir uno de los finales más emotivos, desgarradores e intensos de la historia del séptimo arte aparece tras los árboles, que pinta de gris el amanecer, la palabra FINE.
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10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Casi nada
En un paisaje urbano que aglutina a las personas como apresadas (varias veces vemos a gente a través de rejas), Antonioni sitúa esta obra maestra en la que hace un uso excepcional del lenguaje cinematográfico, el diálogo, el silencio y la perspectiva, colocando al espectador en diferentes posiciones en cuanto a la percepción de los sentimientos de los personajes:

Asistimos a una conversación en primera persona entre Giovanni y Valentina en la que, pasado un rato, se cambia el punto de vista desvelándose como desde fuera hay alguien que lo ha visto todo.

En otra ocasión somos nosotros los que observamos el interior de un coche con dos personas que hablan pero sin oirse lo que dicen, debiéndonos guiar sólo por los rostros.

En una escena a tres bandas, Giovanni-Lidia-Valentina, todas las palabras quedan anuladas por las expresiones y gestos, que hacen se interprete el verdadero sentir de forma distinta a lo que éstas indican.

Si los diálogos son formidables, hay secuencias montadas plano contra plano de actores que no hablan pero parecen hacerlo porque la imagen por sí sóla permite sacar toda la información necesaria.
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8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Sobre la banalidad.
Una de las grandes películas de Antonioni y un clásico indiscutible del cine europeo. Al igual que hicieran magistralmente en muchas ocasiones Fellini o Buñuel, Antonioni se centra en el tan opulento como hueco mundo de la alta burguesía para radiografiar a una pareja formada por un famoso escritor (Mastroianni) y su mujer (Moreau) a punto de estallar.
Es un relato dinámico, aún en su apariencia envarada, que plasma la banalidad de la colectividad, que se forma a partir de la propia banalidad individual de cada uno, retroalimentándose para crear una oquedad absoluta, consentida y casi absurda, en un derribo paulatino de valores, dónde el ser humano es un ser inadaptado y marcado por una incomunicación que no hace sino degradar aún más sus apariencias.
En el fondo "La noche" es una película tan hermosa porque es desesperadamente romántica en esa radiografía de dos seres distantes, desapegados, de recíproco desafecto, incomunicados, extraños y amnésicos (tremendo final) en una crisis propia pero extensible a todo un sistema social y de relaciones humanas con ellos.
Psicofilosófica, precisa y sobria, es una gran película de una vigencia escalofriante, que resulta tan tangible como virtualmente abstracta.
Grandes interpretaciones para una obra maestra practicamente.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Film bello, poético, melancólico y triste.
Apasionado y triste relato de dos almas incomunicadas y distantes que guardan una relación conyugal. Antonioni filma a la perfección una de las obras más poéticas, melancólicas, filosóficas, bellas y desgarradoras realizadas en la historia del cine.

La historia de un matrimonio joven que atraviesa una larga crisis de pareja, en la que abunda la incomunicación y el distanciamiento, realzando la monotonía y la crisis existencial.

Desgarrada obra maestra de un cineasta inolvidable y excepcional, como lo fue el poético, talentoso y culto director Michelangelo Antonioni.

Grandiosa dirección, con esas magníficas tomas largas de Antonioni, de encuadres grandiosos, pausados, realmente bellos, en esa magnífica fotografía en blanco y negro, de sombras eternas, de rostros marcados por los claroscuros, enfocando pura y precisamente para enfatizar sus sentimientos y contextos por la profundidad de campo. Y esa dirección de los actores y todo el elenco, grandiosa, las fiestas, las reuniones, encuadrándolas a la perfección, todo ello a un ritmo lento, reposado, sereno, como los juncos cuando los azota levemente la brisa cerca del río en el crepúsculo del verano.

A todo este conjunto se le unen las cuidadísimas interpretaciones de la consagrada Jeanne Moreau, como esposa del escritor, Marcello Mastroianni, como el escritor, y la magnífica Monica Vitti, musa de Antonioni. Interpretaciones pausadas, cargadas de silencios y gestos, en el que la introspección se apodera del filme, de acciones y movimientos interminables. Estos tres magníficos actores entablan, como personajes, un desolador triángulo amoroso en esta compleja película.

Los espacios vacíos, la distancia, el silencio, el paso del tiempo, los recuerdos… se funden en una catarata de emociones y sentimientos inolvidables, todo ello en una fuerza visual y un reposado talante narrativo llegando a la cumbre de la belleza artística, de un reposado lirismo. Los impulsos sentimentales conllevan a dichos personajes hacia la inevitable desesperación, y a la irremediable divergencia de su relación. Con una suavidad y una belleza plástica fabulosa.

Antonioni vuelve a marcar esos silencios inmortales y esas miradas perdidas, con planos inolvidables, en la que la representación artística y la puesta en escena juegan un papel fundamental.

Con guión otra vez de estructura y forma transgresora, Michelangelo vuelve a poner en primerísimo primer plano las circunstancias del tiempo y no de la propia acción narrativa en sí, recreando el cómo les sucede a los personajes en vez de el qué les sucede. Narrado con un trasfondo que engrandece el alma, Antonioni vuelve a demostrar todo su talento cinematográfico y poético en una época espléndida para el séptimo arte.

A destacar el indeleble clímax, la cumbre, el punto álgido de culminación, no solo cinematográfica sino poética, del film. Bellísimo, uno de los mayores y realmente grandes apogeos jamás filmados.

En conclusión, un film bello, poético, melancólico y triste; obra maestra de la cinematografía, un drama romántico mítico y desgarrador, en una década legendaria y fructífera para el séptimo arte, en un año cargado de obras maestras y grandes películas románticas. Una de mis 20 películas favoritas.

10

Presente en mi blog de cine http://rashomoneltemplodelcine.wordpress.com/2014/08/05/la-noche-1961/
Gracias por leer la crítica.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
¡Que aburrido puede hacerse el ser burgués!
Magistral film de Michelangelo Antonioni que nos demuestra como a veces (porque no siempre) el dinero no da la felicidad.

La historia trata de un matrimonio de la alta burguesía italiana que, dada la superficialidad de su vida, no tienen ganas de hacer nada, con nada se divierten y lo que es peor, entre ellos dos dejó de haber "conexión" mucho tiempo atrás.

Con La notte, Antonioni se realza como uno de los más grandes directores de la historia del cine. Sin embargo, su manera de explicar el vacío existencial ha sido siempre cuestionada y hasta aburrida para muchos. Bien es cierto que este aspecto lo relata con demasiada frivolidad y que eso puede no ser lo mejor pero en mi opinión son muy injustas las crítica y burlas que se le han hecho al director italiano.

Otro dato a recalcar es la gran semejanza que guarda La notte con La gran belleza, no es que quiera insinuar que Sorrentino la copiase del todo pero basta verlas una vez para darse cuenta del parecido de las dos...
La diferencia es que Sorrentino explica el vacio existencial de una manera más cómica y satírica, en cambio Antonioni trata de hacernos sentir este vacio, de hacernos comprender como aún siendo uno rico se puede aburrir y... la verdad es que lo consigue, consigue que nos metamos en su papel de lleno y que nos demos cuenta de lo trágico que puede llegar a ser el hecho de ser rico.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
In Memoriam D.E. P.: Jeanne Moreau (París, 23 de enero de 1928-ibidem, 31 de julio de 2017)
227/19(26/09/17) Notable drama realizado por Michelangelo Antonioni, obra que radiografía con sutilidad estética-alegórica incisiva la institución del matrimonio y a la vez arremete contra (uno de los mantras del director) la superficialidad de la clase alta italiana (en este caso la milanesa). Antonioni guioniza con Ennio Flaiano (“La Dolce vita”) y Tonino Guerra (“Amarcord”) conformando un fresco desolador de la vida en pareja tras años, lo hace el libreto a través de un día en la vida de esta pareja de la alta burguesía, y de modo sibilino y gradual nos muestran se declive, decadencia deterior, sus grietas de incomunicación, de aislamiento, de frialdad, para simbolizar esta gelidez Antonioni se sirve de la arquitectura despersonalizada urbana para enfrentarla a la soledad de los humanos, para empequeñecerlos en su insignificancia, ello en una narración donde prima el poder de las imágenes, sus sugerencias, sus metáforas visuales, donde los diálogos son escasos pero sólidos en su poder emocional, un relato que reflexiona sobre la crisis de pareja, donde la rutina y monotonía ha hecho mella, la vida ordinaria llega a aburrir y se buscan nuevos alicientes en detrimento de lo ya muy conocido, esto mostrado con un potente lirismo melancólico, haciendo al espectador partícipe del estado de ánimo general. El binomio protagonista está sensacional en su evocación de este cansado matrimonio, se suma una sensual y deliciosa Monica Vitti. Considerada la película segunda de una trilogía sobre la incomunicación, junto a la anterior “L'Avventura” (1960) y la posterior “L'Eclisse” (1962). En 1961 recibió el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín, así como el David di Donatello Premio al Mejor Director.

La simbiosis que Antonioni pretende mostrar entre la desalmada arquitectura y los vacíos personajes queda ya patente desde sus créditos iniciales en que la cámara realiza un largo travelling descendente desde lo alto de un alto edificio, exponiendo una panorámica de construcciones tensamente verticales, reflejándose en un tramo sobre los cristales de un rascacielos, y abajo personas minúsculas y sus vehículos moviéndose cual hormigas, mostrando la pequeñez humana entre la selva urbana que el hombre ha creado, donde el realizador parece decirnos que no caben los sentimientos.

Relato que indaga la apatía que producen los años de convivencia en pareja, de cómo el tiempo va degradando la pasión, va corrompiendo el amor para dejarlo al final en dos personas que viven juntas y que apenas tienen nada que decirse, y con ello germina el desamor que da paso a la infelicidad. De cómo el amor puede ser solo un sentimiento explosivo que con su calor inicial embruja pero cuando este ardor va apagándose puede no haber mucho en sostener (ejemplos son dos escenas: cuando lidia se da un baño y está desnuda, ante lo que Giovanni ni la mira en señal clara de rutina fría; el otro tramo es su estancia en el club y el modo de indiferencia con que miran un espectáculo contorsionista de ribetes eróticos) , llega la incomunicación, el que cada uno de los dos se convierta en una isla para el otro. La felicidad eterna es una quimera, y esto Antonioni lo expresa genialmente, mediante silencios cortantes, dejando lecturas entrelineas, paseos sin rumbo, diálogos de calado de los que muchas veces dicen más por lo que calan que por lo que dices, ello mediante una expresividad prodigiosa, ayudando un director que nos habla también mediante alegorías agudas visuales, ejemplo majestuoso es el vagabundeo que Lidia da por una ciudad semi-desierta, pasando por todo un desierto de naturaleza muerta, todo lo cubre el cemento y lo que no es un solar árido, en su caminar pasa junto a edificaciones que parecen monstruos sin vida, colosos inertes, que actúan a modo de reflejo del carácter huero de la burguesía que retrata, asimismo esta simbología visual queda reforzada por imágenes de rejas, muros (que separan), biombos, cristaleras, o como el uso dramático de la lluvia, elemento cuasi-religioso por el momento en que se produce, especie de recurso catárquico, donde las emociones se desbordan, esto maximizado por el apagón, especie de modo de expresarla ceguera en la que vive esta clase burguesa.

Antonioni dota de un ritmo fluido metraje, sabiendo modular los diferentes tempos narrativos, contraponiendo escenarios: el hospital con una habitación con alguien grave y en otra contigua reside una aparente enferma ninfómana; en otro contraste queda el bullicio de la presentación del libro de Giovanni y por otro el sereno y tranquilo paseo por calles sin apenas gente; en la fiesta del potentado por un lado están las ansias lujuriosas de infidelidad de Giovanni, y por otro esta Lidia reprimiéndose y negándose a serlo; Incluso contrasta las personalidades femeninas y masculinas, los hombres son mostrado como débiles seres movidos por sus bajos y lujuriosos instintos, frágiles y volubles ante los cantos de sirenas delas mujeres, mientras estas son enfocadas como fuertes, manipuladoras, con sus armas de mujer dominan al hombre a su antojos, lo hacen bailar a su antojo.

Los dardos envenenados del director tienen uno de sus puntales (su filmografía lo confirma) en su ácida crítica a la clase alta, a su hedonismo, a su frivolidad, a su deshumanización, a su superficialidad, a su decadencia moral, a sus neurosis, a su ataraxia, a su esnobismo.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
El rostro de Monica Vitti
El rostro de Natalie Portman siempre ha sido para mí un ideal de belleza. Belleza innata e inherente desde el nacimiento como si de una obra magna se tratase. Siempre que digo que alguien es bella me refiero a ella "No tanto como Natalie Portman". Hoy ese ideal pasó a un segundo puesto al observar el lento movimiento del cuerpo de Monica Vitty arrastrándose sobre una fría cerámica en la casa de un aristócrata italiano. La belleza filmada. Otro instante para mi colección.
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5 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La incomprensión y el desencanto según Antonioni
Con su estilo pausado y meticuloso en cada encuadre, Antonioni ofrece una estilizada radiografía sobre el hastío matrimonial a través de una pareja de intelectuales en un entorno aburguesado, carente de ideales, acomodaticio y ocioso. Muestra el alejamiento y la desidia de una sociedad anclada en el vacío moral, consiguiendo una atmósfera de etéreas reflexiones sobre el desamor, la soledad y la incomunicación, los grandes temas que el autor refleja en su trilogía (La aventura, La noche y El eclipse). Depuradísima realización en la que el silencio se impone a los diálogos, por otra parte precisos, bañada por una fotografía envolvente y contrastada de luces y sombras. Resulta un impecable estudio de personajes materialistas abocados a la incomprensión, inmersos en el tedio de la ociosidad y apuntalado por el trabajo de su trío protagonista, contenido Mastroiani, lúcida Jean Moreau y sugerente Mónica Vitti. Perfecta en todos los sentidos.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La incapacidad de comunicación
Dos personas, dos mundos, dos visiones. Un mundo masculino, observador superficial, frente a la mirada femenina, interpretada por una maravillosa Jeanne Moreau, vagando por las Calles de Milan, sin rumbo,a la deriva.Desde el primer plano de la película, Antonioni, muestra la opresión, la insatisfacción, la incapacidad de comunicación de una pareja que no se ama, pero sin valor para afrontarlo.La fiesta final, en la que los personajes dan rienda suelta a sus pasiones más turbias, muestra la decadencia de la burguesía, el vacío de la pareja que el director remata con un maravilloso plano final de dos auténticos extraños que no tienen nada que decirse. Una obra maestra de gran belleza estética.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La noche oscura del alma
Quizá se pueda decir lo mismo con menos planos secuencia y con menos preámbulos; quizá se pueda decir lo mismo sin ser tan intelectual incluso rozando lo repelente. Quizá, pero no. Para hablar de una sola noche es preciso ponernos en antecedentes, casi hacernos perder la paciencia porque la noche no llega, sino que se queda a vivir en una tarde eterna de casas grises y tranvías, de pobres y descampados yertos. Sin embargo la noche llega, con sus fiestas fastuosas y sus mujeres alegres y sus hombres apuestos y su champán y su licor y una pareja se deshilacha entre la fiebre del vivir a medio gas y la voracidad salvaje de quien no sabe a lo que vive. Y entonces se comprenden los detalles y los matices y las vueltas y revueltas y las visitas al hospital y el imán destructor de Mastroianni y la tranquilidad triste de Jeanne Moreau y la expresividad cautivadora de Monica Vitti. Quizá se precise menos para hablar de la descomposición burguesa; quizá se precise menos para hablar de la soledad del corredor de fondo. Quizá, quizá, pero no en esta película
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10
Habitáculos
En "La noche" el peso de todo elemento compositivo, ya sea una parte estructural del objeto o el objeto completo visible, atrae con fuerza a los demás elementos vecinos (que conforman el paisaje) y le impone una especial tendencia y una dirección temática. La forma y la captación particular de los objetos arquitectónicos producen, dentro de esta genial película, un influjo fantasmagórico que funciona como eje movilizador de fuerzas impensadas que son dirigidas en múltiples y variadas direcciones. En ella la arquitectura actúa como testigo mudo de lo que humanamente acontece. Figuras de dudoso estatismo que laten a un ritmo desconcertante que apenas percibimos:

Construcciones urbanas, acabadas o en construcción, permanentes o provisionales, casas, casonas, viviendas, albergues, hoteles, residencias, conventos, hospitales, residencias, depósitos, almacenes, galpones, museos, plazas, plazoletas, alamedas, parques, baldíos, ferrocarriles, encrucijadas, cruces, diagonales, intersecciones, rotondas, enlaces, calles, avenidas, portales, ventanales, etc…

La metrópolis como prolongación espiritual. Metáforas extraordinarias, absorbidas por la forma y el emplazamiento. El peso de las cosas como plataforma de equilibrio y sostén a los que tambaleamos entre muros de concreto en espacios huérfanos y deshabitados. Película que es la inesperada revancha psicológica de lo sólido, de aquello que edificamos para olvidar que también seremos ruinas.

ACLARACIÓN:

Probablemente poder vivir una experiencia cinematográfica como la que nos ofrece “La noche” (o “El eclipse”) sea algo muy remoto e improbable y es por eso que los exhorto a que la vean. Es un prodigio absoluto del lenguaje audiovisual y supone el hecho milagroso de hacer vibrar la tenue fibra, la más íntima e inexplicable de la sensibilidad humana. Es como si Antonioni hubiese localizado la grieta escondida entre los mundos y fundido los estadios, amalgamando el sueño con la vigilia. Cuando el arte está tan próximo a lo inefable y tiene el privilegio de conectarnos con lo trascendente es entonces que germina en nosotros el asombro.

Obra superior e incatalogable.
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8
Perfidias pequeñoburguesas
Cuando vi “La notte” por vez primera me pareció un coñazo insufrible. Si pude acabarla sin que se me hiciera bola, fue gracias a los reparadores sueñecitos que me estuve echando durante sus pasajes más áridos. Revisitada al cabo de una década —o más—, sigue resultándome un tostón difícilmente digerible, al tiempo que una obra sencillamente sublime.
Que “La notte” —como cualquier película de Antonioni— no es divertida constituye un hecho incontrovertible. La verdad, dudo que haya anidado nunca en el espíritu del ferrarense voluntad alguna de “entretener” al espectador, como si éste fuera un niño, malcriado o deficiente, necesitado de distracciones constantes. Conque, el del aburrimiento es un argumento en su contra que carece de sentido.
Por otra parte, se atribuye a Descartes la sentenciosa “un ateo no puede ser geómetra”. Desconozco si Antonioni sería lo primero, pero sí se nos revela como lo segundo, y de altísimo nivel, en cada uno de los extraños encuadres y angulaciones, siempre desconcertantes y, en su mayoría, de una belleza arrebatadora. La composición de su plano más sencillo encierra más interés que unas cuantas carreras cinematográficas laureadas.
Además, “La notte” cumple su objetivo primordial con notable eficacia. Pocas cintas habrán pintado un retrato más fiel del hastío que viene a suplir el amor de tantas parejas. Si acaso, “Viaggio in Italia” (Te querré siempre, 1954), de Roberto Rossellini. Y lo hace por vía de la antedicha cadencia, morosa como el avance de un glaciar, y merced también a las soberbias interpretaciones de Marcello Mastroianni y, sobre todo, la recientemente fallecida —D.E.P.— Jeanne Moreau.
No sé dónde se desenvuelve Mastroianni con más soltura, si entre las entalladas costuras de un traje a medida o en el papel de pícaro seductor metiéndole fichas a todo lo que respira. De lo que no cabe duda es que, en ambas disciplinas, no ha habido otro como él, referente indiscutible de una masculinidad extinta. Tampoco me atrevo a juzgar —en público— si esto último ha sido para bien o para mal.
En cuanto a Jeanne Moreau, la doliente dignidad que transmite, reñida con cualquier atisbo de resignación, encarna un modelo de mujer fuerte que, para desgracia del género humano todo, continúa estancado en el yermo ámbito de lo aspiracional. Completa el triángulo una Monica Vitti cuya feroz independencia no hace sino agravar, por contraste, la caricatura de sí mismo en que acaba convertido el frívolo escritorzuelo encarnado por Mastroianni.
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5
Existencialismo y sus ideas
Copio a un crítico: "Es imposible discernir la relevancia de este tipo de filmación, que sin duda es la razón por la que nadie (incluido Antonioni) lo practica."
Acabo de ver el film tantos años después. Me seduce el cine italiano de aquella época pero hoy en día hay que bajarlo de la peana.
Ni Antonioni hace una gran obra ni el guión es suficiente.
La carencia de diálogos explícitos están muy compensados por la gran actuación de Mastroiani y Moreau (me gusta más ella en sus vacilaciones)
Pero me quedo parado; no sé si hay mensaje o no, pero para la explícita trama de un matrimonio aburridos de si mismos no hace falta tantos planos lentos, muy lentos... sobre todo de ella. Vigoriza el film Mónica Vitti como personaje para justificar la segura insatisfacción de Mastroiani. La experiencia de Moreau con el apuesto jóven no parece que sea más que una concesión para incidir más en la separación mental de la pareja.
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