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España España · Barcelona
Voto de Kundera:
9
7,8
8.110
Documental Tras el golpe de estado militar de 1965, el general Suharto ocupó el poder en Indonesia. A continuación llegó el genocidio: miles de comunistas, reales o presuntos, fueron asesinados por los escuadrones de la muerte indonesios. Unas décadas después, se les pide a dos de los más sanguinarios mercenarios de la época -ellos se hacían llamar "gángsters"-, Anwar Congo y Herman Koto, que participen en una película en la que recreen los ... [+]
31 de diciembre de 2013
12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mientras veía la película se entremezclaron dentro de mí sentimientos de rabia, tristeza e impotencia. Rabia hacia los autores de los crímenes. Tristeza por las víctimas. Impotencia porque los asesinos han quedado impunes y gozan de reconocimiento dentro de su país.

Sobre la impunidad, busqué por Internet si hay abierto un proceso judicial en el país o a nivel internacional pero lamentablemente no encontré nada. Pensé que quizá Indonesia no sea un país económicamente atractivo y por lo tanto no tiene interés para la comunidad internacional. De todos modos, al final encontré una petición para que se juzguen los crímenes, aunque por ahora sólo tenía unas 2000 firmas.

Luego me quedé pensando sobre qué más se podría hacer. Ese sentimiento de rabia seguía estando presente. Una rabia que se plasmaba mentalmente en actos de violencia hacia los agresores. Pero ¿y la población? En el documental se muestra cómo la población asiste a los mítines y muestra su apoyo hacia los agresores. Me preguntaba si sería suficiente con juzgar a los asesinos, mientras la población sigue pensando igual. ¿Qué más habría que hacer para conseguir un cambio global? ¿Ese cambio global debería ser impuesto desde fuera? Pero me surgían dudas sobre si una imposición externa fuera la mejor forma de conseguir un cambio global sólido. Así que decidí irme a dormir para seguir dándole vueltas al día siguiente.

Cuando me levanté esta mañana, estuve pensando en la banalidad del mal: “algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos” (según la Wikipedia). Me pregunté si también existe la banalidad del bien y si en el fondo son dos conceptos que comparten la misma raíz. La banalidad del bien entendida como hacer el bien sin tener consciencia de ello, obedeciendo órdenes. Estas órdenes pueden venir por ejemplo de un ser superior o de unas leyes internacionales. Soy consciente que la banalidad del bien no merece tanta atención como la del mal, ya que al final, el resultado es positivo. Pero lo que me preguntaba es si los dos tipos de banalidad son igual de frágiles. Frágiles porque son actos que carecen de sentido crítico y de consciencia, en los que los seres humanos nos convertimos en simples autómatas bajo la sumisión de una autoridad externa.

A veces conversando con amigos sobre la corrupción, las desigualdades o la pérdida de derechos sociales que vivimos en los tiempos que corren, tengo la sensación que adoptamos el mismo discurso de sumisión a la autoridad pero dentro de una ideología de izquierdas. La existencia de valores que hay que obedecer sin posibilidad de ponerlos en cuestión ni poder entrar en el debate. Por ejemplo, los derechos humanos están por encima de todo y son indiscutibles. Con esto no quiero decir que no esté de acuerdo con los derechos humanos. Lo que me preocupa es la adopción de unos valores que están por encima de todo y cuyo cuestionamiento implique un rechazo aplastante.

Por ello me pregunto si existen espacios de debate dónde quepan todas las ideologías. O si tenemos las herramientas suficientes para escuchar, exponer y argumentar nuestros puntos de vista sin entrar en la guerra de la discusión emocional o las posiciones inmovilistas. Me pregunto sobre la cantidad de información que está disponible en los tiempos actuales y si somos capaces de asimilarla o bien nos la engullimos directamente. O si la tecnología y el estado del bienestar nos tienen tan eclipsados que ya no hay espacio para la reflexión y el cuestionamiento.

Finalmente, me pregunto qué es más importante, los valores que defendemos o la capacidad de ser críticos con el mundo que nos rodea, independientemente de las conclusiones a las que hayamos llegado.
Kundera
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