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Crítica de Luis Guillermo Cardona
Medellín, Colombia
7
El niño y el perro
El niño y el perro (1956)
  • 7,2
    85
  • Estados Unidos William A. Wellman
  • Walter Brennan, Brandon De Wilde, William Hopper, Phil Harris, ...

La firme decisión de alcanzar el nirmana

7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
La palabra nirmana –diferente de nirvana- se usa en sánscrito para aludir al “estado de conciencia de que nada nos pertenece”. “¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si Él te lo ha dado, ¿por qué presumes como si lo hubieras conseguido por ti mismo?” -Dirá después San Pablo: 1 Corintios 4:7.

La capacidad de desprendimiento es uno de esos escalones que hay que ascender necesariamente para alcanzar la madurez, porque el hecho cierto es que, el universo, sólo aparta de nosotros aquello que ya no es necesario para nuestro proceso. Y esto vale para un reloj, un auto, una persona, los ojos o las dos piernas.

Creo que el mayor mérito de esta sencilla, pero cálida película, realizada por William A. Wellman en su postrimería fílmica, es que recrea con lustre y altísima dignidad, esa etapa necesaria en la que pasamos con hechos, y no con simples incrementos de edad, de la infancia a la madurez.

Claude o Skeeter para sus amigos –muy bien representado por Brandon De Wilde, el célebre chico de “Shane”- es un muchacho huérfano criado por un hermano de su madre a quien él llama Tío Jessie. Su mayor anhelo es tener una escopeta, mientras que, el único deseo del anciano, es tener una dentadura postiza con la que pueda masticar sus alimentos. Ambos se llevan muy bien, y ahora, otro estupendo ser en la figura de una perrita de raza Basenji, a la que llamarán Lady, entra en sus vidas trayendo consigo un gran afecto y la oportunidad de aprender unas cuantas cosas.

Walter Brennan, representa con su habitual encanto, a ese anciano de aspecto holgazán, pero con la innata sabiduría de dejar ser y enseñar principalmente con el ejemplo. A su lado, Skeeter encuentra respaldo, plácida compañía y afecto incondicional, y con gran tino, lo irá conduciendo hacia esa nueva etapa de la vida en la que se comienza a tomar importantes decisiones.

Vestido de grata naturalidad y con la integración racial ocupando un espacio bastante apreciable (con un Sidney Poitier en sus años de florecimiento), "EL NIÑO Y EL PERRO" se convierte en una suerte de grato solaz, al introducirnos en ese pequeño mundo donde sólo vemos personas buenas, donde desaparecen la envidia y las diferencias de cualquier tipo, y hombres y animales conviven en una forma tan especial de socialización que, para aquellos tiempos, no podría resultarnos más justa.

A los chicos les encantará y a nosotros nos enseñará una forma de ser de la que quizás podamos extraer algo relevante para nuestras propias existencias.
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