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Crítica de Neathara
Demonlandia, Tajikistan
8
En el estanque dorado
En el estanque dorado (1981)
  • 7,3
    6.307
  • Estados Unidos Mark Rydell
  • Henry Fonda, Katharine Hepburn, Jane Fonda, Doug McKeon, ...

La senectud más luminosa del mundo

29 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
No creo que haya nadie que viese esta película sin desear una ancianidad como la de Henry Fonda y Katharine Hepburn. Entregados a un amor crepuscular tan sólido como la tierra, esta pareja de hermosos ancianos sólo se deja perturbar por la visita de una hija que tiene muchas cuentas pendientes que ajustar con su padre. La irrupción de la vitalidad, la juventud y sobre todo, la rabia de esta mujer provoca el efecto de una piedra lanzada sobre el remanso quieto de un estanque. Pero todo ha de seguir su curso, el agua y la vida...y ante la inminencia de la muerte, toda cuestión es baladí, porque hay perdones que no pueden esperar tanto tiempo a ser otorgados. Las aguas vuelven a cerrarse sobre la piedra y las ondas concéntricas que ésta ha provocado desaparecen. Nada que nos sorprenda: lo contrario sería inadecuado.

No voy a halagar las labores interpretativas de Fonda y Hepburn: me limitaré a decir que en "El estanque dorado" no son los actores, son los personajes. Desprenden buen humor, sabiduría, cariño, también una suave nostalgia por aquello que se fue y nunca podrá retornar. Lo desprenden ellos, como seres humanos y no como actores. Pocas veces en pantalla se da el privilegio de observar un regalo tan auténtico, tan íntimo ofrecido sin tapujos a un público desconocido e invisible.

Y a pesar de la perturbación que supone el tira y afloja entre generaciones, lo cierto es que todo en esta película es tan idílico, bello, agradable y luminoso que no se puede evitar del todo un puntito cínico que pugna por salir y cuestionar tanta perfección.

Aún así, es una grandísima película. Sobre un tipo de amor que a lo mejor estamos olvidando que existe. Porque cuando somos muy jóvenes pensamos que esto será más o menos como un paseo por las nubes, más tarde nos conformamos con los vaivenes del deseo, peligro pero cuando el sol de la vida va declinando sólo queremos contemplar la cara de la eternidad de la mano de alguien al que amemos, en un lugar que se parezca siquiera un poquito al estanque dorado.
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