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Polonia Polonia · Suena Wagner y tengo ganas de invadir
Voto de Normelvis Bates:
5
Bélico. Acción. Comedia Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Un grupo de soldados estadounidenses son arrestados tras matar por accidente a unos compatriotas. Aprovechando un ataque alemán, logran escapar mientras son trasladados. En 2009, Quentin Tarantino estrenó una película (Malditos bastardos) que recoge su título inglés, "Inglorious Bastards", a modo de homenaje, si bien la trama y las situaciones son totalmente diferentes. (FILMAFFINITY)
11 de abril de 2010
35 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Vale, dejémoslo claro desde el principio: si a alguien se le ocurriera apilar todas las copias existentes de las pelis de Enzo G. Castellari en un patio, las rociara con gasolina y les prendiera fuego, poca gente lloraría por ellas. No nos engañemos, por simpáticas que nos resulten y por muchos recuerdos que nos traigan a algunos de nuestra niñez, las pelis de Castellari son pura caspa chunga de la Italia de los setenta, esa a la que yo, personalmente, tengo que agradecer que inflamara mis primeros sueños húmedos (Edwige Fenech, Ornella Muti... ¿qué habría sido de mí sin vosotras?), pero que, definitivamente, no es bocado del gusto de los paladares más finolis y no les valdrá a sus responsables ni una estrella en Hollywood Boulevard ni muchas esquelas laudatorias el día en que se mueran. Suerte ha tenido Castellari de contar con un vocero como Quentin Tarantino, que no ha dejado de cantar las virtudes de esta peli y ha vampirizado el título con el que se estrenó en el mercado anglosajón, ese “Inglorious Bastards” que ha resucitado, aun fugazmente, el interés por su cine.

Lo cierto es que si algo hay que reconocerle a Castellari es que no da gato por liebre. Desde la descacharrante fanfarria inicial entre colorines pop, la peli es un correcalles a todo zoom de tiros, persecuciones y explosiones, en el que soldados de todos los bandos mueren a puñados y dando saltos casi se diría que de alegría. Es cierto que las interpretaciones, cuando las hay, son malas con ganas, que los personajes son puros estereotipos que como mejor están es calladitos, porque cuando hablan no dicen más que burradas, que el guión es una descerebrada combinación de retales de “Los doce del patíbulo”, “La gran evasión”, “El desafío de las águilas” o “Los violentos de Kelly”, en el que sólo faltan Bud Spencer y Terence Hill repartiendo bofetones estereofónicos o Alvaro Vitali espiando a unas nazis tetudas tras unos arbustos, pero Castellari no pretende otra cosa que entretener, y eso lo consigue con creces. Es honesto y leal, liquida el asunto en el tiempo justo y con el ritmo acertado, no se va inútilmente por las ramas y a base de poner continuamente a prueba la credulidad del espectador y de salir mediante el humor de los atolladeros en que le mete el guión, se gana, inevitablemente, su simpatía: después de ver conquistada una fortaleza nazi con un tirachinas, me siento incapaz de decir nada malo de Castellari.

Todo lo dicho hace aún más incomprensibles las dos horas y media de bostezos y cabezadas que, en teoría, ha inspirado, los diálogos estúpidos e interminables, el ritmo inexistente, la dirección torpe y comodona del chistoso de la clase que espera que todo el mundo aplauda a rabiar sus gracias. Sí, por si alguien se lo pregunta, la respuesta es sí: sigo resentido. Más todavía después de comprobar que en la peli de Castellari hay material de sobra para sacar mucho más que el insípido chicle remascado que otros han sacado. Y conste que no estoy mirando a nadie.
Normelvis Bates
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