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Voto de Antonio Morales:
6
Musical. Comedia Bob y Phil acaban de volver de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Consumados cantantes y bailarines, deciden ganarse la vida haciendo números musicales. Así conocen a dos hermanas que se dedican a lo mismo. Siguiéndolas, van a parar a un hotel de Vermont, que tiene graves problemas financieros. El administrador del hotel resulta ser el antiguo jefe de los muchachos en el ejército, razón por la cual deciden ayudarlo a salir a flote. (FILMAFFINITY) [+]
24 de diciembre de 2013
18 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
He escogido esta película, en mi opinión, nada relevante, como excusa para después de unas palabras acerca de ella, pasar a vestir mi árbol que es una declaración de mis gustos, filias y fobias. Sólo pretendo exorcizar mis preferencias esperando que si alguien tiene la paciencia de leerlo, pues que se divierta. “Navidades blancas” es un discreto musical del siempre eficiente Michael Curtiz, una historia de amistad, buenas intenciones y actos altruistas, en estas fechas navideñas con la música siempre agradable de Irvin Berlin. He aquí la lista de mis deseos, que como podréis observar son oníricos y posiblemente me será más fácil de colgar. Y puestos a vestir…

El cuerpo de Romy Schneider; los ojos de Claudia Cardinale; el cuello de Audrey Hepburn; los hombros de Susan Hayward; la boca de Jean Moreau; los labios de Sophia Loren; el pelo rojizo de Maureen O´Hara; los exuberantes senos de Jane Russell; la nariz de Gloria Graham; la cintura de Lauren Bacall; las orejas de Dumbo; la sonrisa enamorada de Ingrid Bergman; las piernas de Cyd Charise; el hoyo en la barbilla de Kirk Douglas; las manos de Vanessa Redgrave; la espalda de Julie Christie; el flequillo imposible de Claudette Colbert; la mirada miope de Marilyn Monroe; el cabello lacio de Verónica Lake; la androginia de Katherine Hepburn; la elegancia de Grace Kelly; la tristeza de Alida Valli; la dulzura de Donna Reed; el candor de Pier Angeli; la fragilidad de Betsy Blair; la belleza de Ava Gardner; la delicadeza de Gene Tierney; la morbidez de Kim Novak; la vulnerabilidad de Giulietta Masina; la simpatía de June Allyson; la ambición de Ann Baxter.

El andar de Henry Fonda; la paciencia de Spencer Tracy; la pulcritud de Cary Grant; la timidez tartamuda de James Stewart; la dicción académica de Rex Harrison; el cinismo de James Mason; el humor de Groucho Marx; la arrogancia de Robert Mitchum; la barba plateada de Fernando Rey; la nariz aplastada de Karl Malden; el bigote de Clark Gable; la postura de Marlon Brando; la maldad intrínseca de Bela Lugusi; los dientes de Burt Lancaster; la fisicidad de Charlton Heston; la obesidad de Orson Welles; las manos de Tony Curtis; la languidez de Montgomery Clift; la frialdad de Edward G. Robinson; la melancolía de Buster Keaton.

La rebeca de Joan Fontaine, el monóculo de Laurence Olivier, el chaleco de Diane Keaton, las gafas de Harold Lloyd; el corsé de Vivian Leigh; la boina de Michelle Morgan; el guante de Rita Hayworth; la sotana de Aldo Fabrizi; el smoking blanco de Humphrey Bogart; el traje sastre de Judy Holliday; la camelia de Greta Garbo; los uniformes de Eric Von Stroheim; los zapatos de claqué de Fred Astaire; el vestido de volantes de Ginger Rogers; la gabardina de Ainuk Aimée; la camiseta de Jean Seberg; la bicicleta de Lamberto Maggiorani; el bastón de Charles Chaplin; el bikini de Ursula Andress; los botines de Gene Kelly; la pipa de Basil Rathbone; las gafas de sol de Lee Remick; el desnudo light de Brigitte Bardot; la distinción de Greer Garson; el señorío de David Niven.

La voz carrasposa de José Isbert; la rebeldía sin causa de James Dean; el sombrero flexible de Joseph Cotten; la paranoia de James Cagney; la pasión de Anna Magnani; la alegría agridulce de Shirley McLaine; el morbo inconfesable de Angie Dickinson; la naturalidad de Meryl Streep; la adolescencia voluptuosa de Carroll Baker; la aventura incomprensible de Monica Vitti; el atractivo de Jessica Lange; la complejidad de Harriet Anderson; el hechizo se Simone Signoret; el encanto victoriano de Deborah Kerr; el camarote de los hermanos Marx; la camisa arremangada de William Holden; la calva de Yul Bryner, la espada de Errol Flynn; la bondad de Gary Cooper; la malignidad de Vincent Price; la risa perversa de Richard Widmark; la hipocondría de Woody Allen; el monstruo de Boris Karloff; la vehemencia de Glenn Ford; la introspección de Max Von Sydow, la hombría provocativa de John Wayne; la capacidad seductora de Marcello Mastroiani; el silencio expresivo de Jacques Tatí; el exotismo de Toshiro Mifune; el despecho de Olivia de Havilland; la cercanía luminosa de Nathalie Wood; la gracia sin par de Stan Laurel y Oliver Hardy; el poder de intimidación de Robert de Niro, el aspecto de Al Pacino; la voracidad de Anthony Hopkins; la parsimonia de Gregory Peck; la ñoñez de Doris Day, la megalomanía de Peter O´Toole; la tosquedad entrañable de Victor McLaglen; las borracheras de Thomas Mitchel; el vampirismo insaciable de Marlene Dietrich; las desventuras de Elizabeth Taylor y Paul Newman; y la palabra, todas las palabras de Carl T. Dreyer, que sirvan para decir ¡Feliz Navidad!.
Antonio Morales
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