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Críticas de GVD
Críticas ordenadas por:
Hay que matar a B.
Hay que matar a B. (1975)
  • 6,1
    462
  • España José Luis Borau
  • Darren McGavin, Stephane Audran, Patricia Neal, Burgess Meredith, ...
5
En tierra de nadie
Se abre un archivo.

Se nos presentan, en planos paralelos, tres elementos:

A. un individuo húngaro, inmigrante en un país sudamericano cuya situación le es indiferente y que sueña con volver a su patria.

B. ese país, en plena crisis y con el pueblo echado a la calle pidiendo la vuelta de una figura salvadora.

C. un poder en la sombra, que está realizando un casting para una misión.

Para tejer el guion, Borau y Drove modelan personajes arquetípicos: el antihéroe cínico y desgradable, la "femme fatale" con peluca rubia, ese Mefistófeles al que da vida un viscoso y espléndido Burgess Meredith... Y, cómo no, en forma de política tela de araña, predomina el fatalismo al más puro estilo cine negro.

Sorprende su rodaje en Madrid, al parecer en lugares muy reconocibles, cuando la impresión que da en todo momento es de país sudamericano. Sin embargo, a pesar de este eficaz aprovechamiento de recursos, la sensación de lugar cinematográfico no se consigue.

Si bien el guion, muy sólido, daba pie a grandes posibilidades atmosféricas, una realización plana y televisiva las acaba frustrando. La película acaba siendo más boceto de grandes intenciones que verdadero dibujo.

Con todo, el contraste del calor de la ciudad con el frío del aeropuerto donde tiene lugar la resolución final está muy conseguido. Los puntos de fuga y las figuras geométricas inundan los encuadres, acorde con la matemática de los intereses privados que se impone en la película.

La misión se cumple: sin individuo, no hay país. En otras palabras: sin A. no hay B. Y por pura y fría lógica el poder de C. está a salvo.

Se cierra el archivo.

[Texto publicado en el boletín nº3/2013 del cineclub macguffin]
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14 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Remando al viento
Remando al viento (1988)
  • 6,4
    3.280
  • España Gonzalo Suárez
  • Hugh Grant, Lizzy McInnerny, Valentine Pelka, Elizabeth Hurley, ...
8
Sumergirse en el océano
En una escena de "Remando al viento", Percy B. Shelley recibe como regalo de cumpleaños un catalejo para observar las estrellas. Al apuntar al cielo y mirar a través de él, la imagen que le devuelve es la del rostro de Mary. Turbado, huye despavorido y Polidori sale tras él para consolarle:

- Tranquilo, sólo era una pesadilla.
- ¡Pero estoy despierto!
- Nunca estamos despiertos.

Gonzalo Suárez zambulle a sus personajes históricos en un sueño romántico de creación en principio vital y desenfadada. Un sueño de espectaculares planos pictóricos, de música hermosa y envolvente, y de palabras rebosantes de ingenio. La atmósfera gélida del prólogo nos anuncia, sin embargo, un recorrido más hondo y terrible.

Iniciamos una navegación que nos llevará, en caída libre, hacia los abismos de la ficción. Por el camino, el sol desaparecerá poco a poco y la oscuridad ocupará su espacio. Suicidios, accidentes, enfermedades, tempestades... La muerte en definitiva, por ponerle un nombre verosímil, irá devastando todos los proyectos terrenales de una forma sistemática e implacable que no puede sino responder a una lógica insondable y febril. La lógica de un monstruo.

El acierto clave de la película reside en huir de la mitificación de sus protagonistas y emplearlos como herramientas para su genial argumento, dando lugar así a una creación independiente. No se limita a un simple biopic. "Remando al viento" vive más allá de sus fuentes, al igual que Frankenstein vive más allá de Mary Shelley.

Cuando el trayecto finaliza y el frío ya reinante se convierte en hielo, el proceso creativo ha concluido. Atrás quedan ríos y mares, y los autores, mortales, quedan condenados a vagar en el océano. En ese horror solitario es cuando emerge la emoción de la belleza.


[Texto publicado en el boletín inaugural del cineclub macguffin]
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17 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un método peligroso
Un método peligroso (2011)
  • 6,0
    23.258
  • Reino Unido David Cronenberg
  • Keira Knightley, Viggo Mortensen, Michael Fassbender, Vincent Cassel, ...
6
Escozor en la hierba
Por primera vez, un Cronenberg desconocido toma la contención por bandera. Se ajusta, como aplicado artesano, a un guión de perfecto acabado literario y de narrativa fluida, que regala personajes que funcionan por sí mismos y no por el nombre de los mitos, a lo que Cronenberg responde con actores que interpretan y no sólo se disfrazan. El estilo es delicado, con imágenes cuidadas y pulcras. La película busca combinar lo biográfico, con máximo decoro por las figuras, con lo romántico, apostando por un tono sentido y liviano.

Cronenberg consigue que la película pase como si se descorriese un velo. Y en esa aparente virtud, encuentro su mayor limitación.

Nunca fue especialidad de Cronenberg el dotar de vida al plano, el lograr oxigenarlo y que el espectador respire con él. En su cine, suelo encontrar la imagen encorsetada, y esta vez no es una excepción, pero lo que siempre ha sido su mayor talento, el de la atmósfera febril, aquí ha sido (voluntariamente) descartado. ¿Dónde está la carnalidad y el sexo que tanto pregona su temática? ¿Dónde se transmiten las dudas y el tormento moral de Jung? Desde luego, para mí Keira Knightley no pone lo primero, ni Cronenberg lo segundo.

Entiendo que la película quiera tomar la vía psicológica antes que la atmosférica, pero -exceptuando escenas como aquella en la que Knightley confiesa sus vivencias o el test/interrogatorio por palabras a la mujer- la intensidad se diluye en el fluir del relato. Los sueños, donde la psicología de los personajes podría tener más vida, se limitan a ser piezas del engranaje narrativo. Y quizá por ese respeto por el nombre de los personajes, que sin duda los hace creíbles, pero inevitablemente distantes, también me quedo fuera de la historia de amor, puntal definitivo de la película.

Conste que la apuesta de Cronenberg por la contención me parece mucho más arriesgada que si hubiese optado por el desmelene habitual, y le ha salido una obra muy agradable de ver, pero mi sensibilidad encaja mejor con un tratamiento de la mente más visceral: la descomposición sexual de “Lilith” de Rossen, la paranoia atmosférica de Polanski, la violencia psicológica de Bergman o la zambullida en los infiernos de Lynch.

Los trayectos en cine no han de ser horizontales, de izquierda a derecha, sino verticales, de fuera hacia dentro.
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81 de 94 usuarios han encontrado esta crítica útil
Stalker
Stalker (1979)
  • 8,0
    11.922
  • Unión Soviética (URSS) Andrei Tarkovsky
  • Aleksandr Kaidanovsky, Anatoly Solonitsyn, Nikolai Grinko, Natalya Abramova, ...
9
La excursión
La quedada será en un bar cerca de la Filmoteca, pongamos a las 17:30. Las instrucciones para los que ya han estado son claras, y tendrán que transmitírselas a los nuevos: cuanto menos equipaje mejor, y quedan prohibidos brújula y reloj; si tratas de encontrarte, te perderás. Cuidado con las trampas racionales, pues nos podrán expulsar. La línea a seguir será mente cerrada y poros abiertos.

Lástima que en la Zona los caminos no sean rectos.

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Ya estamos. Todo es como lo recordaba. Dejamos el ocre de la realidad por el verde acuoso del paisaje con niebla. Tras ésta, la casa donde está la habitación: nuestro destino. El envoltorio sonoro está poblado de pájaros, de agua y vida, pero también de frecuencias extrañas. Ruidos que sugieren presencias ajenas a la naturaleza pero no a la Zona, un orden oculto que vigila todo cuanto pasa aquí. Tira una tuerca; la excursión ha comenzado.

Nos encontramos con múltiples rastros humanos. Coches y tanques decrépitos, jeringuillas, estampitas, anotaciones, palabra y verborrea. Oímos el eco constante de ciencias y letras enfrentadas, echando un pulso mientras la fe llora, desconsolada, rezando para que la habitación conceda ese deseo que dé esperanza a un mundo que ya no la tiene. Ahora bien, no se cumplirá el deseo que elijamos, sino el que realmente queremos, nuestro más íntimo y quizá oculto. Abriremos la puerta a nosotros mismos... Si nos atrevemos. Hasta aquí la emoción intelectual del viaje (¡era una trampa!), vamos con la emoción corporal, que es la que en verdad me interesa. Tira otra tuerca.

Para permanecer en la Zona tendrán que sacrificarse tesis y moralejas. Si lo conseguimos, la cabeza nos mostrará un campo y polígono industrial rusos, pero el cuerpo habitará en un lugar transformado, por meteorito de genio, en milagro. Se extenderán los túneles, los espacios se dislocarán y el tiempo dejará su trono. Quedará una lógica secreta que no podremos comprender, tan sólo respetar. Última tuerca.

El umbral de la habitación está ya frente a nosotros. El fin de todo esto, la razón última de tanto esfuerzo. A sólo unos pasos. Mente y cuerpo no se pueden contener y piden a coro un clímax de emoción, un sentido. Algo.

Y, de repente, lluvia.

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De vuelta al bar, al ocre. Hemos venido por el mismo sitio de la ida, pero ya no es el mismo sitio. Las 20:11. El cansancio es desproporcionado, tanto para los que entraron como para los que no. De premio, una coda. Se confirma la petición de esperanza, de ilusión que nos salve a todos. Nos piden que creamos. ¿En Dios? ¿En la humanidad? No lo sé, pero yo lo tengo claro.

Yo creo en la Zona.
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29 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
La hierba errante
La hierba errante (1959)
  • 7,9
    1.213
  • Japón Yasujiro Ozu
  • Ganjiro Nakamura, Haruko Sugimura, Hiroshi Kawaguchi, Machiko Kyô, ...
10
Reverencia
La relación entre cine y realidad puede dar como fruto dos opciones: que el uno trate de ceñirse a la otra al máximo, o que, a partir de ella, cree espacios cinematográficos. Si lo primero se consigue, el espectador tendrá la sensación de verosimilitud absoluta, mientras que si es lo segundo éste se encontrará en un mundo nuevo, en cierta medida emparentado con la realidad, pero ajeno a ella.

Rara vez se logra la unión de ambas posibilidades. Y eso es lo que obra Ozu en "La hierba errante".

Desde el primer al último fotograma, se sirve de un estilo que se mantiene invariable y hermoso, un estilo que jamás hace ostentación con el espectador y siempre invitación. La geometría y el color de cada plano permiten intuir esfuerzos enormes en su preparación, y, sin embargo, según van sucediéndose éstos, sólo se observa fluidez y sencillez en su transcurso. Las transiciones de cada escena, lejos de suponer un trámite, están cargadas de belleza, perfectamente coreografiadas. Hojas de periódico, briznas a la luz de una lámpara, el tictac de un reloj, niño y anciano durmiendo... En esos instantes se siente palpitar la vida.

Y el componente humano. Los personajes no aparecen en la escena, sino que ya estaban en ella. La cámara parece sorprenderlos en todo momento, envueltos en pequeñas tramas, tan sencillas como las transiciones, no buscando el estallido sentimental, sino la emoción reposada. Emoción que acaba por inundar.

Cuando vemos esta película nos encontramos en la realidad cotidiana, realidad que sabemos que puede ser disonante, triste y vacía, y que, con el estilo de Ozu, se transforma en un universo armónico, bello y pleno.

Cine y vida se entrelazan de un modo que sólo un genio puede lograr.
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20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un tiempo para los caballos borrachos
Un tiempo para los caballos borrachos (2000)
  • 7,4
    951
  • Irán Bahman Ghobadi
  • Amaneh Ekhtiar-Dini, Nezhad Ekhtiar-Dini, Ayoub Ahmadi, Jouvin Younessi, ...
7
Espinas
La cuestión del cine de denuncia me parece un tema espinoso. Supongo que si la denuncia causa efecto, si logra un resultado social positivo, la película cumple su función. El cine adquiere "utilidad". Sin embargo, yo tengo preferencia por su "inutilidad", esto es, el mayor o menor grado de emoción que me provoca una película.

Por supuesto, respeto que el cine pretenda cambiar la realidad, y hasta me parece loable, pero considero que el arte resulta una vía bastante limitada para ese fin. Esto no quiere decir que todo cine de denuncia me resulte desechable, pero su verdadero valor para mí no estará en la terrible realidad que presente, sino en la emoción que consiga con ella. En el cómo y no en el qué.

En este caso, Ghobadi propone un alambre de espino en forma de película, y, a priori, pocas cosas me invitan a cruzarlo.

Me doy de bruces contra lo esperable en una película de realismo social: una factura un tanto ramplona (ignoro si por falta de presupuesto o por vocación de "realismo"), una planificación correcta, pero muy pocas veces brillante, unos actores y personajes verosímiles y convincentes, pero un tanto planos, con poca profundidad emocional, algo que resulta extensible a todo el ambiente que se nos propone. La única virtud que agradezco de verdad es el tono seco que permite a la película no subrayar lo que ya está subrayado de sobra en el guion. Algo necesario en este tipo de cine.

Estaríamos hablando de una película correcta y perfectamente prescindible dentro de este fatigoso género, y no del buen cine que es "Un tiempo...", de no ser porque, de repente, aparecen dos estocadas que rematan la faena y al espectador.
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13 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las furias
Las furias (1950)
  • 7,0
    435
  • Estados Unidos Anthony Mann
  • Barbara Stanwyck, Wendell Corey, Walter Huston, Judith Anderson, ...
6
Hueso
El cine de Mann es un prodigio de corrección y pulcritud. Si intentase hacer una lista con todos los defectos que he encontrado en sus películas hasta la fecha, probablemente no daría ni para dos líneas. Sin embargo, siempre percibo una carencia mucho más importante cuando me acerco a su perfecto cine, y es la falta de vida y tensión latiendo bajo esa economía narrativa. Esperaba redimirme de esta blasfemia con "Las furias" y encontrar por fin esa pasión. Una vez más, no ha sido así.

Bajo un análisis frío, "Las furias" está plagada de virtudes. Cuenta con un diseño de personajes estupendo, dotándolos de las suficientes aristas para conseguir un drama con densidad. Tienen la suerte además de ser encarnados por actores pura sangre como Stanwyck, Huston o Anderson, que están magníficos. El uso de los espacios brinda momentos brillantes, destacando los contrapicados en el fortín de los Herrera, con esos cielos crepusculares que dan la atmósfera de épica necesaria (ahora sí). Tan sólo se le pueden echar en cara muy pocos defectos (como esa beatificación final intolerable, muy burda).

Está claro que no quiero negar la calidad del cine de Mann con esta crítica, sino afinar una sensación más personal. Tomemos como ejemplo la escena que supone el punto de inflexión de la película.
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21 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas
Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010)
  • 6,0
    3.666
  • Tailandia Apichatpong Weerasethakul
  • Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas, Sakda Kaewbuadee, Natthakarn Aphaiwonk, ...
5
La otra experiencia en la maleza de Boonmee con Servadac
1) La antesala.

Peli tailandesa, con garantía de gafapastada absoluta, Palma de Oro incluida y con la crítica especializada lanzando sentencias iluminadas (lo que intuyo que es un perfecto ejemplo de texto que plasma la atmósfera de una película: si yo no me entero de nada, tú menos).

Con todo esto, había curiosidad, pero mis ojos, por prevención, iban preparándose para esfuerzos titánicos ante el ejercicio de masoquismo cultureta que se avecinaba.

2) La confirmación.

El arranque no defrauda: planos fijos peleándose por ver cuál dura más, trama confusa, personajes, diálogos y situaciones absurdos, ausencia de una atmósfera envolvente y monos sin colirio; la nada como elemento primordial.

La pantalla permanece hermética, imposibilitando cualquier tipo de acceso a la película. Forma educada de decir que esto es un coñazo.

3) El clímax.

Sigo sin encontrar la manera de meterme en la película, el ritmo permanece intacto, es decir, no aparece, con lo que ya llevo un rato procurando reírme para pasar el rato (a lo que ayudan diálogos como el de los comunistas y los bichos).

Y así llega el punto álgido.

Aparece una especie de fábula sin conexión aparente con lo mostrado hasta ahora (ya inconexo de por sí), en la que una princesa pide como deseo recobrar la juventud a un pez, empleando sus joyas como ofrenda. A continuación, el pez ejerce de consolador. En esto, Servadac se gira y suelta la frase más adecuada en el momento preciso:

"¡Que te folle un pez!"
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68 de 85 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las mejores intenciones
Las mejores intenciones (1992)
  • 7,5
    2.732
  • Suecia Bille August
  • Samuel Fröler, Pernilla August, Max von Sydow, Ghita Norby, ...
7
Un abismo en imágenes
En un principio, el tono de "Las mejores intenciones" parece conciliador. Da la impresión de que Bergman pretende plasmar la relación de sus padres de un modo entre romántico y nostálgico, por completo exento de tenebrismos. Así, las discusiones son totalmente inocentes y la confesión de los dos protagonistas de un ramillete de defectos se queda en un mero juego.

Y las miradas (motor indiscutible de la película), como reflejo de todo ello, están cargadas de ilusión. Con ellas, la imagen se vuelve cálida y luminosa.

Sobre esta relación sólo planea, aparentemente, una única sombra: la oposición materna. Este obstáculo no pequeño, externo, es lo que parece separar a los protagonistas de la felicidad absoluta. Una vez salvado, ya sólo queda materializarla. Sin embargo, Bergman abre una grieta inesperada. Para ello se vale de uno de esos diálogos con doble tirabuzón como sólo él puede trazar, pasando imperceptiblemente de una de esas discusiones inocentes a un lanzamiento de cuchillos verbales (con predilección por el "nunca te perdonaré").

En las miradas aparece ahora un poso de resentimiento. Consecuentemente, la imagen se enfría.

Poco a poco, a modo de metrónomo despiadado, y según avanza la convivencia, la película va abriendo la grieta, no externa, sino por completo interna. La dirección de August se ajusta a este cometido como un guante: mecánica y rígida, sin ninguna concesión al adorno ni al espectador, ciñéndose al texto de manera funcional. La música aparece como único y ligero remanso. Mientras tanto, como un martillo pilón, se van acentuando esos defectos que se prometían como un mero juego; crece el "yo, yo, yo". El hielo que inunda el paisaje entra de lleno en la médula de la película.

Las miradas, las pocas veces que se entrecruzan, reflejan una frustración apenas oculta. La imagen se carga de intensidad.

Pero, de repente, August se independiza en el segmento de Petrus. Llega el clímax. La cámara se vuelve ligera, acompasa las intenciones de los personajes, expresadas, cómo no, en forma de miradas. La explosión de la impotencia. La víctima inocente. La cercanía de la tragedia. La gota que colma el vaso.

La imagen es, por fin, puro cine.
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19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Secretos y mentiras
Secretos y mentiras (1996)
  • 7,7
    13.483
  • Reino Unido Mike Leigh
  • Brenda Blethyn, Timothy Spall, Phyllis Logan, Marianne Jean-Baptiste, ...
7
La foto
Nos encontramos con la foto de una familia al completo. A primera vista, no se trata del modelo prototípico, pues hay mezcla de razas, vemos una madre soltera, hay pocos miembros... Y, sin embargo, se observan rasgos apreciables en cualquier otra familia. Vemos alguna que otra falsa sonrisa, caras de circunstancia y que no hay verdadero acercamiento. Da la impresión de que la distancia no es sólo física, sino también emocional. No se puede decir que no se quieran, sino más bien que lo hacen y no saben cómo expresarlo, o que siguen latentes las típicas rencillas nunca bien resueltas. Quién sabe si no hay en juego algún trauma oculto.

El fotógrafo emplea una iluminación y un escenario artificiales. Hay maquillaje, y las expresiones de los fotografiados tampoco son verdaderas, son más bien forzadas, llegando algunas a la caricatura. Se busca el efecto en detrimento de lo verosímil. Y, a pesar de todo, la foto conmueve.

Da igual que en todo momento sepamos que la foto no es natural, que no es real. Da igual que se note que pretenda emocionarnos. Da igual que se note la mano del fotógrafo, pues éste consigue el milagro.

No sólo adultera la vida: la capta.
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33 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
Apocalypse Now
Apocalypse Now (1979)
  • 8,2
    101.000
  • Estados Unidos Francis Ford Coppola
  • Martin Sheen, Marlon Brando, Robert Duvall, Frederic Forrest, ...
9
Cicatrices de celuloide
Ya desde el inicio se nos indica por dónde van a discurrir los cauces de esta película. Esa habitación de ventiladores que recuerdan helicópteros y napalm, de botellas vacías y olor a alcohol, de espejos rotos y manos ensangrentadas. Ese cuartel militar con asfixiantes primeros planos, de sudor en la frente, y con la voz de Kurtz de fondo. No se me ocurre mejor pistoletazo de salida para entrar en el alucinado universo que nos propone Coppola.

Poco a poco, de forma incesante, la película va adquiriendo volumen. Se confirma esa pulsión malsana apuntada en el arranque, apretándola hasta el estallido final. El descenso en picado al corazón del horror. Lográndolo Coppola sin apenas mostrarlo. No lo necesita para transmitirlo de forma absoluta.

El horror en sí no le interesa. Sangre y vísceras aparecen bastante menos de lo acostumbrado en una película bélica, pues Coppola sabe que la violencia es efímera. Lo que perdura son las cicatrices que deja tras de sí. Para explorarlas, se nos ofrece siempre el punto de vista de Willard, se nos prestan sus ojos. Por ello compartimos la evolución alucinada del personaje, y nos metemos hasta el tuétano en la atmósfera de la película.

Contribuyendo a esta fascinante atmósfera está la situación de la guerra de Vietnam, pero en absoluto es lo primordial. Por eso la versión Redux me parece que añade más lastre que otra cosa, con la escena de los franceses sobre todo. Con ella parece que se quiere aportar una visión política del conflicto, que la película aporte al contexto, cuando es el contexto el que debe aportar a la película (con los Rolling, con the Doors, con las drogas). Así se resta a la universalidad que se gana a pulso durante el resto del metraje.

Y es que buena parte de esta universalidad ya estaba en "El corazón de las tinieblas" de Conrad. Aquí demuestra una vez más Coppola lo privilegiado de sus neuronas al adaptar la novela, despedazándola, despreciando la trama para quedarse con lo primordial: su esencia. Al pulirla y darle forma es cuando aparece "Apocalypse Now". No es el resultado de la narrativa. Es Wagner a todo volumen ambientando un ataque de helicópteros. Es el olor a napalm por la mañana. Es la locura de un fuego cruzado alumbrado por bengalas. Es la sobrecogedora evocación de un Brando desatado, por medio de la palabra, del horror de brazos seccionados. Es eso y más.

Es cine en vena.
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68 de 75 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aflicción
Aflicción (1997)
  • 7,1
    5.645
  • Estados Unidos Paul Schrader
  • Nick Nolte, James Coburn, Sissy Spacek, Willem Dafoe, ...
7
Muelas podridas
- El recuerdo/imaginación de tu padre borracho maltrándote.

- Una hija que parece/seguro que no te quiere.

- El asesinato/accidente en que se ha visto envuelto tu mejor amigo.

- Una relación de pareja que aparentemente/desde luego va a pique.

- La conjura/negocio que están llevando a cabo tu jefe y el ricachón del pueblo.

- Eres/te crees un fracasado.

Da igual si todas estas muelas están podridas de verdad o tan sólo en la mente del protagonista (prefiero obviar el punto de vista del personaje de Dafoe, que al final se carga de un plumazo la ambigüedad tan bien conseguida durante toda la película). La aflicción es exactamente la misma. Y lo que vemos en pantalla es su proyección: un Nolte cada vez más desquiciado a medida que van pasando los minutos.

Los fotogramas poco a poco se van retorciendo, el tono es cada vez más áspero. El ritmo, en cambio, se mantiene pausado, desafiantemente lento durante todo el metraje, desacompasado con lo que está ocurriendo. Así como la tranquilidad del paisaje de Nebraska (¿por qué la nieve quedará tan cojonuda en todas las películas de violencia a quemarropa?). Y eso hace que la angustia sea mayor.

Cuando Nolte decide sacarse una muela podrida, el alivio es palpable en personaje y espectador, aunque haya sido de cuajo. La solución que sigue es evidente: sacarse todas las demás, cueste lo que cueste. No importa si eso va a significar liberarse o perderse para siempre, la aflicción ya es insoportable, y parece que en cualquier momento Nolte va a estallar.

Una vez que ha ocurrido todo lo que tenía que ocurrir, no sé si llamar exactamente alivio a lo que se siente después, pero desde luego respiramos.

Respiramos.
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65 de 71 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los límites del control
Los límites del control (2009)
  • 5,9
    3.028
  • Estados Unidos Jim Jarmusch
  • Isaach De Bankolé, Bill Murray, Tilda Swinton, John Hurt, ...
6
The Amazing Jarmuschman
Aunque es evidente que la estructura superficial de esta cinta es más propia de una peli de espías, me gusta más pensar que lo que ha hecho Jarmusch aquí ha sido crear su propio superhéroe. Aunque ni vuela, ni lanza telarañas, ni tiene fuerza sobrehumana.

Debajo de su fachada hermética y silenciosa (no olvidemos que es el ideal de Jarmusch), el único superpoder que posee es el de la imaginación. En la realidad no es gran cosa, en la ficción lo es todo. Para salvaguardar a los músicos, cineastas, científicos, bohemios y drogadictos, es el superpoder idóneo*.

No viene a salvarnos a nosotros, entonces, sino al arte. Y para hacerlo hay que eliminar a la realidad. Sin armas, sin fuerza, sin planes estratégicos. Sólo con una simple cuerda de guitarra. Con arte.

Sin embargo, aunque la misión acaba en la película y nuestro héroe (bueno, el del arte) guarda su traje y se pierde en la realidad, el objetivo no está cumplido. Jarmusch configura su particular lienzo en blanco, su elogio al arte por el arte. El concepto está perfectamente conseguido, su ejecución no. Su universo de variaciones, diálogos marcianos y hermetismo interesa (a ratos), pero no cautiva. Convence, pero nunca emociona.

Y es que para que el arte mate a la realidad no basta con el lienzo. Necesita que lo rellenen.
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78 de 86 usuarios han encontrado esta crítica útil
Buenos días, noche
Buenos días, noche (2003)
  • 6,5
    1.819
  • Italia Marco Bellocchio
  • Luigi Lo Cascio, Maya Sansa, Roberto Herlitzka, Pier Giorgio Bellocchio, ...
6
Red Floyd
En "Buenos días, noche" se nos presente un nuevo tipo de guerra que no estoy acostumbrado a ver en el cine. Éstas son algunas de sus características:

1. El campo de batalla no existe como tal. Ahora todo rincón cotidiano es válido (una casa, por ejemplo).

2. Los ejercitos multidudinarios han desaparecido. Cuatro o cinco soldados voluntariosos son suficientes para someter a un símbolo (a Aldo Moro rara vez lo llaman por su nombre, se refieren a él como "presidente").

3. Los soldados carecen de uniforme (pero se les puede reconocer por sus barbitas y por leer en sus ratos libres a filosófos e intelectuales en general).

4. La televisión o los periódicos, al ejercer como una gigantesca tela de araña de información, funcionan a la perfección a la hora de obtener noticias de las acciones del desarrollo de la guerra (movimientos del enemigo, si se ganan las batallas o no, etc.).

5. Los generales no son verdaderos generales. Sí lo son, en cambio, los autores de los libros de cabecera de los soldados, con intención o no (un tal Marx cumple bastante bien).

Si toda guerra violenta transmite una inevitable indignación, el ver en "Buenos días, noche" esta nueva modalidad me provoca otra: la de ridículo espantoso. Imagino que con toda guerra en pantalla debería sentir esto mismo, pero debe ser que ya me he acostumbrado a su contexto habitual y no me chocan. En la película de Bellocchio el cambio de situación provoca que ambas sensaciones convivan.

Sin embargo, es una lástima que la película exponga los hechos con brocha y no con pincel (por ejemplo, en la escena en la que los secuestradores están viendo la televisión y se ponen a murmurar todos a la vez una consigna muy roja que no recuerdo, se confunde a autómatas con fanáticos), y eso provoca que la mezcla de sensaciones no siempre me alcance, aunque con el personaje de la protagonista se abre con habilidad una vía por donde podemos identificarnos y meternos en su dilema.

Y es que toda guerra, sea cual sea su finalidad, y sea cual sea su formato, siempre que traspase la línea de la violencia será una mierda indignante. Y ridícula, claro.
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19 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Rompiendo las olas
Rompiendo las olas (1996)
  • 7,5
    22.202
  • Dinamarca Lars von Trier
  • Emily Watson, Stellan Skarsgard, Katrin Cartlidge, Jean-Marc Barr, ...
7
No me toques las campanas...
La credibilidad en el cine para mí no tiene por qué suponer un acercamiento a la realidad, sino, simplemente, que me olvide de que estoy viendo una película, de que hay artífices.

Sin embargo, en "Rompiendo las olas" von Trier sí quiere lograr la credibilidad acercándose al realismo. Para ello emplea el documentalismo, la planificación aparentemente improvisada, la cámara al hombro..., elementos que, en efecto, dan la sensación de realismo constante, pero no siempre de credibilidad. Von Trier no quiere o no puede conseguir que nos olvidemos de que él es el que mueve los hilos. Por ejemplo, que haga que el personaje mire a cámara de vez en cuando para mí no es documentalismo ni realismo, ni mucho menos creíble. Es artificial.

Con ecos de Dreyer (sólo con ecos, que a éste sí te lo creías), se nos plantea una encrucijada religiosa: si el amor es ante todo lo que pide Dios a los hombres, ¿está justificado pecar (en este caso hablamos de adulterio) por amor, por bondad? El dilema está muy bien desarrollado en la película, pero no resulta interesante porque te lo resuelve al final. Von Trier no deja que saquemos nuestras propias conclusiones, y nos impone su solución. Esto también es artificial.

Y, sin embargo, la película funciona en su parte dramática como un puñetazo en el estómago.

Si el guión y parte de la dirección son falsos y maniqueos, a la hora de emocionar me cuelan gran parte de estas trampas una por una. Todas las exageraciones del papel son sobrias en la práctica, los momentos que pedían a gritos la lagrimita fácil la rechazan y se tornan crudos y libres de subrayados, sacando la lágrima, sí, pero a golpe de talento. Y, además, con un acierto tremendo que me ayuda a tragar la resolución mascada del dilema: una atmósfera fría y rancia, casi demoniaca, para retratar la sociedad religiosa, presidida por los representantes de un dios anquilosado.

Una vez más, Lars von Trier demuestra ser un experto jugador de cartas. Se tira muchos órdagos y siempre logra que no me atreva a levantarle las cartas. El día que me dé por hacerlo, saldré de dudas de si va cargado o de farol. Mientras tanto, sólo queda rendirse a su talento.
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41 de 51 usuarios han encontrado esta crítica útil
El luchador
El luchador (2008)
  • 7,2
    42.980
  • Estados Unidos Darren Aronofsky
  • Mickey Rourke, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Judah Friedlander, ...
7
El gran combate
Antes del combate voy a hablar con Mickey "The Ram" Rourke y su entrenador, Darren "El plasta" Aronofsky. Apenas conozco cuál es su estilo de lucha. Hace bastante que "The Ram" no se cubre de gloria y, salvo alguna pequeña excepción, no ha aparecido siquiera en los cuadriláteros últimamente. “El plasta” ha conseguido cierto prestigio con algún combate supuestamente innovador, de los que yo he sido testigo en una ocasión, acabando hasta los huevos. Demasiado movimiento, demasiado ruido y ninguna hostia de verdad. A ver qué han preparado.

"Pues bien, vamos a recrear, con la historia de un viejo luchador, un ambiente de fracaso, de nostalgia del pasado y de presente desolador". "Pero, Aronofsky, macho, eso ya lo hemos visto mil veces, sólo falta que el tío tenga una hija que no le hable y una puta como única compañía". "Estooo...Verás... Vale que está lo de la puta y la hija, pero...". "¡No jodas que has metido hasta eso, menudo truño va a salir!". "A ver, que la puta es Marisa Tomei". "Ah, bueno, siendo así, la cosa mejora un poco, pero ¿y el resto qué?". "Pues aquí tengo a Mickey, que ha estado todos estos años practicando los golpes, se los sabe de memoria, ya verás como lo clava...".

Menuda nochecita me espera, cómo se echan de menos los tiempos de Huston y Scorsese, aquellos sí que eran combates épicos.

Llega el combate. Subimos los dos contendientes al cuadrilátero. "El plasta" se queda en una esquina, para manejar los hilos supongo, que se note que el combate es obra suya, que él es el genio que se lo ha inventado… Payaso. Empieza el combate. Y, contra todo pronóstico, empiezo a recibir hostias como panes. Fuertes, duras, reales. Y no lo entiendo, me sé todos los movimientos, todos los posibles golpes, pero aun así no puedo moverme. Sólo recibo.

Intento salir de esta situación, pero es inútil, la cara de dolor y la piel curtida de Rourke me informan de que esto no es de coña, que el fracaso es real, que el testigo del sufrimiento que ha pasado "The Ram" me lo va a pasar a mí en forma de paliza. Tan sólo alcanzo a esquivar algún golpe fofo ("¿Dónde estabas en mis cumpleaños?"), pero el presente de mierda que estrangula al pasado, el vivir solo en una camioneta, el saber que los días buenos han llegado a su fin... Ahora soy yo el que lo experimenta.

Y sé lo que va a pasar a continuación. El final del combate está cantado, tanto como que después del 1 viene el 2. Y aun así, permanezco en el centro del cuadrilátero retorciéndome de dolor, inmóvil. Miro a la esquina y Aronofsky ya no está. El creador desaparece y es la obra la que se hace grande, que es, prácticamente, ese personaje antológico que ahora se encarama en esa misma esquina, escalando la cima de la derrota para llegar a un triunfo de ficción. De su corazón jodido se saca las últimas fuerzas, las necesarias para llevar a cabo el salto al vacío. El definitivo para acabar conmigo y hacerse un hueco en el gran cine. No falla.

¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡K.O.!
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23 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Carretera perdida
Carretera perdida (1997)
  • 7,4
    28.531
  • Estados Unidos David Lynch
  • Bill Pullman, Balthazar Getty, Patricia Arquette, Robert Loggia, ...
10
El cinéfilo esquizofrénico
SUJETO 1: no soporta el cine de Lynch. Le parece un estafador, un tío que sabe plasmar sus pajas mentales con cierta atmósfera malsana, pero que termina por perderla, tarde o temprano, en la maraña argumental. Y es que la principal y doble arma del cine será la imagen y el sonido, pero sin un guión que las coordine el sujeto se duerme. Qué coño, entra en coma.

SUJETO 2: le fascina "Carretera perdida". Esa oscuridad que destila cada fotograma le empapa, le mantiene pegado a la pantalla. Le da igual lo que esté pasando en la historia, pero el caso es que su esencia (el mal rollo, vamos) lo atrapa. El guión pasa a un segundo plano. Sólo es una excusa. Lo grande está en la sinfonía visual y sonora que se logra (y mantiene) durante buena parte del metraje. Es cierto que en ocasiones pierde fuelle, pero los momentos de gran intensidad son la hostia.

¿Quién es el SUJETO 1 y el SUJETO 2? Pues los dos responden al nombre de un tal GVD, al que se le ha ido definitivamente la olla.

Y eso que iba con ganas de meterme con Lynch, como siempre, de confirmar por enésima vez que ver cine de este tío para mí es tan productivo como ver llover. Pero esta vez la lluvia me ha alcanzado. Y por poco me cala.

Va a haber que dejar de ver cine de Lynch, que en una de éstas me va a pasar como a Bill Pullman y voy a sufrir una transformación, pero la mía va a consistir en cubrir mis ojos con unas gruesas gafas de pasta. Y eso si no la he sufrido ya. Habrá que rezar tres padrenuestros a Eastwood por si las moscas.
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83 de 97 usuarios han encontrado esta crítica útil
La clase
La clase (2008)
  • 6,8
    20.239
  • Francia Laurent Cantet
  • François Bégaudeau, Nassim Amrabt, Laura Baquela, Cherif Bounaïdja Rachedi, ...
8
Educando a la educación
- El material: unos veinte adolescentes, es decir, proyectos de adultos, que hay que formar. Los hay de todo tipo y de todas las clases en cuanto a físico y a carácter, resultando completamente humanos, que no modelos como los de las repugnantes series de TV de chavales.

- El artesano: un profesor que no es un cabrón fascista armado con regla ni Robin "hada madrina" Williams en "El club de los poetas muertos", sino un ser humano (perdón por repetirme, pero es que ver esto en el cine me sorprende). Un tío capacitado, que logra que la clase funcione en la medida de lo posible, pero que comete algún que otro error (y no pequeño), como todo bicho viviente haría en esta situación.

- El taller: la cámara jamás nos saca de esas paredes estrechas que nos encierran en la cotidiana lucha dialéctica por la eduación que siempre acaba en guerra psicológica. Lo que ocurra en el exterior pertenece al terreno de la conjetura. Dentro del instituto conviven dos terrenos: el de la civilización (clase) y el de la selva (recreo), que contrastan muy claramente en la escena en la que el profesor sale del primero al segundo.

- El proceso: moldear personas es algo bastante complicado. En caso de que individualmente el material sea dócil y maleable como algunos de los personajes/personas que nos encontramos la cosa funciona, pero en cuanto se presentan duros y afilados ya es otra historia. Y si ya los juntamos no hay dios que pueda con ellos. Incluso habrá que desechar material para que la máquina ande. Así, deshumanizando lo humano. Lo racional falla. Pero, ¿así realmente funciona?

- El futuro: llegamos al final del trayecto. Se han jugado todas las bazas. La mayoría del material ha ascendido un peldaño más en el proceso para llegar a ser adultos, lo cual es un éxito muy relativo. La cuestión lógica que habría que preguntar ahora sería: ¿han aprendido?, pero tal como está planteado el proceso, eso es secundario. Este proceso no consiste en adquirir conocimientos, sino que intenta ser un trampolín para que el material alcance una polsición social vía trabajo. La herramienta para vivir. Pero, ¿y si en realidad es un obstáculo?

La película nos plantea la situación con la veracidad como principal arma y deja entrever alguna que otra pregunta. Lo de las respuestas ya es cosa nuestra. Que interese buscarlas o no, ya es cosa de cada uno, pero el planteamiento de las dudas es admirable.

Sillas vacías. El futuro es una incógnita.
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107 de 116 usuarios han encontrado esta crítica útil
El intercambio
El intercambio (2008)
  • 7,3
    63.200
  • Estados Unidos Clint Eastwood
  • Angelina Jolie, John Malkovich, Jeffrey Donovan, Colm Feore, ...
6
Cine informativo
La misión de una noticia o de un reportaje periodístico es simplemente informar o aportar un determinado punto de vista sobre un tema, pero no introducir al lector en él. No hay emoción, salvo si el tema ya la contiene por sí mismo.

No tengo muy claro cuál es la función de una película, pero una de las condiciones fundamentales para que a mí me convenza plenamente es que me haya metido en lo que me están contando. Sí hay emoción, aunque te estén hablando del apareamiento de los abejorros congoleños.

Si nos leyésemos un reportaje de los sucesos acontecidos en "El intercambio", el horror que contienen los hechos nos tocaría la fibra sin necesidad de ningún apaño manipulador. Posee una emoción ímplicita. Es por esto que cuando Eastwood carga las tintas en esta historia consigue que me sienta enfermo, que me duela mirar a la pantalla. La pena está en que durante gran parte del metraje las tintas no están cargadas o, al menos, no lo bastante para conseguir implicarme totalmente.

Entre las armas que tiene Eastwood para contar la historia están muchas de las que más me gustan de él: planificación clásica, perfecto equilibrio en el tono, buena dirección de actores; pero también aparecen otras a las que a veces tiende que me molestan: esquematización de personajes secuandarios (son buenos o malos, no hay matices) o no dejar al espectador que juzgue a los personajes por sí mismo (las escenas de los juicios se encargan de esto, sobre todo). Pero me llama mucho la atención la ausencia de un arma en concreto.

Si los guiones de "Million Dollar Baby" o "Mystic River" adquirían en las manos de Eastwood una dimensión emocional que conseguía que trascendiesen, despojándolos de su tendencia al best-seller. Aquí esa dimensión aparece sólo en momentos puntuales. Así, el drama de Christine Collins apenas me deja huella, así como el abuso de poder que sufre. Algo grave, siendo la denuncia de esta situación el principal objetivo del filme. La comparto, por supuesto, pero no la siento.

Así pues, lo que salva a "El intercambio" de no ser una mera exposición de los hechos (aparte de las virtudes de la realización, arriba mencionadas) es ese poderoso retrato a base de flash-backs de un gallinero. Ahí se concentró lo peor de este puto mundo y la mirada de Eastwood no puede ser más sutil y demoledora. Ahí aparece el gran cine, el que me jode por dentro. El resto "sólo" está bien. Buena.
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205 de 256 usuarios han encontrado esta crítica útil
Gomorra
Gomorra (2008)
  • 6,2
    23.141
  • Italia Matteo Garrone
  • Salvatore Cantalupo, Gianfelice Imparato, Maria Nazionale, Toni Servillo, ...
6
Welcome to the jungle
A la hora de ver cine, se supone que el espectador está separado de lo filmado por una pantalla. Digo "se supone" porque parece que "Gomorra" no se conforma con crear una ilusión de veracidad que haga que se olvide esa separación, sino que rompe la pantalla brutalmente. Para ello emplea una ficción absorbida por la realidad que pretende retratar. "Gomorra" se carga la pantalla y la ficción; entonces, el espectador se encuentra en lo filmado.

No me cuesta entrar en lo mostrado, al contrario, sus imágenes me arrastran a ello. El problema que tengo es que, una vez dentro de esa realidad, no siempre encuentro en ella "vida cinematográfica" que me invite a quedarme, sólo ráfagas.

Me explico.

Lo que hace de "Gomorra" una experiencia poco menos que palpable es una descripción exhaustiva de personajes y ambientes (desgraciados y deprimentes ambos), pero tan sumamente minuciosa que ésta predomina sobre los terribles hechos que pretende ilustrar. Por eso, fatigado ante tal despliegue de situaciones costumbristas (de la falta de “vida cinematográfica” palpitante), acabo desconectando y vuelvo a mi condición de espectador.

Es en el momento en el que emergen los hechos cuando me vuelvo a zambullir en la película, y ahora me encuentro con una narración contundente, sin estridencias, sólo sirviéndose de la fuerza que posee lo contado (fuerza de la que es posible que careciera de no ser por ese exceso de descripción previo, con todo).

Así pues, el fondo termina tragándose a la forma, revelando a "Gomorra" en su verdadera naturaleza: un torrente de mierda que se lleva todo a su paso, cuya residencia la tenemos ahora en Italia y después la tendremos en cualquier otro sitio, un torrente seguramente infinito y con muchas papeletas de que sólo desaparezca cuando este mundo se vaya al carajo.

Lo que transmite “Gomorra”, en definitiva, es la sensación de ahogo dentro de ese torrente, una sensación de asfixia, de desesperanza, sin salvación ninguna que, finalmente, se torna en alivio porque cuando acaba me doy cuenta de que sigo poseyendo la afortunada condición de espectador. El horror todavía me pilla lejos.
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14 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil