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8
La espada nihilista
O el espadachín con cara infinita. Es decir, el Nakadai con cara de fumador de porros.

Tengo que reconocer que no soy nada objetivo en el cine de samuráis. Ni en el de vaqueros. Ni en ninguno, vaya. Pero sobre todo en esos dos géneros que para mí siempre van cogidos de la mano. Cuando termino de ver un western siempre pienso:
<Me hubiera gustado nacer en ese momento y ese lugar> Aunque posiblemente, en el primer duelo me hubieran liquidado. Igualmente, cuando termino de ver una película de samuráis pienso lo mismo: <Me hubiera gustado nacer en ese momento y en ese lugar. Con la katana al cinto y un kimono de la hostia. Aunque las pelucas que se gastaban son feas de cojones.> Aunque posiblemente, en el primer duelo me hubieran liquidado.

Ejercicio de violencia desmedida, casi absurda, pero estilizada hasta convertirla en algo asombroso, realmente bello, poderosamente sensual, visualmente imperecedero. La imagen penetra, nunca oscila, siempre castiga, como la espada de Ryunosuke (Nakadai). Por eso perdono las burdas metáforas sexuales en el molino, y una narrativa muy deslavazada. Porque a la postre, quedan los milimétricos primeros planos, los sonidos de los pies, los planos generales con los cuerpos caídos entre hojas o copos de nieve, la maravillosa iluminación y el final. Si la técnica del samurái es tan importante en la historia, más aún deben ser los ángulos que la cámara de Okamoto usa para ello. ¡Cuan diferentes son tratados Nakadai y Mifune (Toranosuke) tras las lentes del director! La mirada de Nakadai, mientras observa a Mifune repartir estopa, es en sí, la mirada del espectador. El plano es limpio, los movimientos son gráciles. A pensar de la violencia, todo es sereno. Nada que ver cuando Nakadai coge el relevo. Aquí de sereno no hay ni los posos de las hojas del té.

Ahora, como película desligada al esbozo original, “La espada del mal” tiene muchísima más fuerza, y su riesgo es infinitamente superior. Aunque no fuera el planteamiento inicial del proyecto. Porque la espera que el espectador adquiere durante la trama, no se ve recompensada (dirán algunos), y nos queja la imagen congelada de Ryunosuke dispuesto a retomarla en una continuación que nunca llegó a producirse. Como película aislada, ese “no duelo” es una de las mayores alegrías que podemos encontrar. Porque es una tocada de cojones, porque Nakadai se carga a 75 samuráis el solito -sí, los he contado- y porque justo antes del fundido en negro, Nakadai hace una cosa maravillosa con sus ojos -lo que no haga este actor con la mirada es que no se puede hacer- me transmite el humo que lo rodea todo.

Setenta y cinco, he dicho. ¡La rehostia!
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44 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Más cortes que un enfermo de Parkinson operando
Clásica película sobre samuráis donde el honor, la venganza y la lucha entre la tradición y el progreso chocan irremediablemente.

Tatsuya Nakadai pone cara de psicópata mirando mucho rato al infinito y resulta creíble, pero más creíble resulta cuando saca la katana y se lía a dar estocadas, es tan crack el muchacho que con una suele bastar.

Y los niveles de molonidad suben hasta el cielo cuando se dedica a pelear en escenarios en los que ha caido una nevada y la sangre que producen sus cortes va manchando el blanco inmaculado (metáfora que por manida no pierde su capacidad de molar).
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18 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Un hombre desquiciado y una katana muy afilada
La mirada de nuestro protagonista dice mucho de su tormento interior, siempre puesta en un rincón impreciso, es una de esas "miradas perdidas" que no pueden pasar inadvertida para el espectador. Incluso cuando tiene entre sus manos su temible katana, cuando está en pleno combate, esa mirada que algunos no sin razón opinan que está puesta en el infinito, denota que este hombre está condenadamente poseído por el mal.

Me ha encantado la presencia del desdichado samurái protagonizado por Tatsuya Nakadai, un hombre definido por la mala sombra que arrastra y por el reguero de cadáveres que deja tras de sí. Se trata de un personaje abrumado por su propio carácter, consciente de su propia condición, nacido para meterle katanazos a cuantos se le antoje. No es de extrañar que la palabra nihilista aparezca en las sabias opiniones de quienes han dicho la suya respecto a "La espada del mal", yo haré lo mismo, porque este hombre a través de su katana pone punto y final a la vida, la niega y la pisotea.

Sin embargo, no todo es bueno en "La espada del mal". Personalmente he echado de menos más minutos de Toshiro Mifune, aunque interviene en una de las escenas más desatadas de la película, con una acción navajera a la altura. Pero sobre todo lo que más lamento es el problema que he tenido para seguir en ciertos momentos una trama de puro cine negro, entre nombres propios japoneses y sus parecidos físicos ha sido inevitable resbalarme en más de una ocasión. Aunque no ha sido grave, perderse nunca es agradable. Ello se deberá a que la he visto en VOSE, de otra manera seguramente sea más fácil disfrutarla. Pese a ello, en cuanto se desenvainan las espadas y los movimientos de unos y otros ocupan la pantalla, no hay duda de que se trata de una película excepcional en el género. Es fácil disfrutar de ella si se valoran sus aspectos estéticos que para mí, además de la acción, es algo indiscutible: aquí las katanas suponen un ingrediente precioso.
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10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Los filetes bien finos.
Hoy he visto esta película de samuráis, la primera que veo de Okamoto, y la enésima de samuráis en general. La verdad es que me atrajo dos cosas de esta película: el reparto y los tajos gratuítos.

Tatsuya Nakadai está perfecto en el papel del samurai psicópata que no tiene nada que ver los protagonistas de películas como "Los 7 Samuráis" o "Harakiri" (hablo de protagonistas). Le acompaña un lujazo de secundario: Toshiro Mifune, que aunque al principio parece que no se va a comer un rosco, también se pone "morao" a repartir tajos. Tiene algunas metáforas que... bueno, la del molino tiene su gracia, pero el objetivo de la película no parece ir por ahí como otros muchos clásicos japoneses, se nota que, aunque aparecen referencias filosóficas, va buscando tajar, lo que se agradece (a los que nos gusta o lo conocemos al menos, que ya es mucho pedir).

A mi me ha gustado bastante, es una peli peculiar, muy interesante, bastante entretenida y que lo flipas con las coreografías y los chorros de sangre. La incluyo entre mis tres películas japonesas preferidas (sí, soy muy bestia).
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10 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Del mal
La historia que cuenta La espada del mal ha sido retratada en muchas ocasiones dentro del género Chambara, lo que sin embargo me llama la atención de esta en particular es cómo el guión está armado de forma que mediante casualidades (o causalidades, váyase usted a saber) los personajes son empujados por una mano invisible que los conduce a un final casi irremediable. Hay sin embargo, un exceso de, llamémoslo, "maestría" con la espada en algunas escenas que restan credibilidad al conjunto.
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8 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Nihilismo y violencia gratuita en el género "chambara"
Okamoto, de quien no había visto nunca ninguna película, convierte una película del género "chambara" (cine de espadachines japoneses), por tanto, un film netamente popular, basado en una novela de éxito, en una pesadilla nihilista. Una pesadilla en la que el protagonista, Tatsuya Nakadai, no es un héroe, sino más bien todo lo contrario, pero no es un simple villano, sino algo así como una encarnación del Mal. Cuando al comenzar la historia el anciano, en el paso de montaña, pide morir, aparece Nakadai, como un ente maléfico que trae la muerte, lo que da a todo el relato un sentido realmente inquietante. Mientras que Toshirô Mifune, luchando, es todo energía y dinamismo, Nakadai lucha de un modo opuesto, a la defensiva, como un personaje pasivo.

Los años conflictivos, tumultuosos y violentos del Japón de la década de los 60 se reflejan en una versión negra de un género popular. Okamoto usa un género popular y una historia situada en los últimos años del período Tokugawa -los años 60 del siglo XIX- para hablar de la actualidad, de los años 60 del siglo XX.
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8
"En este mundo solo creo en mi alma"
Largometraje contextualizado en los primeros años de la década 60 del siglo XIX, una época bastante convulsa en Japón, donde el período Edo comenzaba a desgranarse hasta sucumbir en 1868 para iniciar la era imperial en este país asiático.

Se centra en Ryunosuke Tsukue (Tatsuya Nakadai), un peligroso samurái obsesionado con el poder y con la violencia. Un tipo sin escrúpulos, psicópata sediento de sangre que va dejando tras su paso un rastro de muertes y personajes que buscan venganza.

El film cuenta con tres segmentos ubicados en años diferentes que versan sobre tres eventos históricos, de acuerdo a ciertas reformas que se deseaban hacer, y donde la figura de Ryunosuke es constante, las historias giran alrededor suyo.

Dai-bosatsu tôge cuenta con una estilización perfeccionista, filmada en blanco y negro la fotografía a cargo de Hiroshi Murai es sorprendentemente expresiva, envuelve al protagonista para darle un aura de mucho más decadencia, esto apoyado por el increíble trabajo de Nakadai que está intratable.

Por su parte la labor del director se ve reflejada en las secuencias de luchas, muy al estilo propio del cine japonés, las batallas están muy bien coreografiadas, exageradas y muy sangrientas.

Los minutos previos antes de la batalla final, y antes de ese cierre tan abrupto y chocante por inesperado, presenta a Ryunosuke en su peor estado, perdido ante la estela de muertes y desmanes que ha hecho en su vida, su psique le ha fallado.
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2
Cine de ku
Otra sobrevaloradísima película japonesa que es como la versión samurai de cualquier españolada que se precie, llena de topicazos, arquetipos y obviedades de las de dar vergüenza ajena. Ya desde que aparece el malo maloso vestido de negro y con un cestión tapándole los ojos para hacerle más misterioso, la cosa empieza a oler, pero no es hasta una descacharrante escena de violación (con un simbolismo que ríete tú del túnel y el tren de "Con la muerte en los talones") que la película se delata como lo que será de entonces en adelante: el reverso nipón de Cine de barrio. Y es que yo me imagino a la típica familia japonesa viendo la tele un sábado por la tarde y el padre ahí echándole el ojo al mando a eso de las cuatro para anunciar al resto:

PADRE DE FAMILIA: Cambia el canal, Michiko, que echan Cine de Ku con Toshirô Mifune Landa-san en una gran y honorable película de guerreros dando berridos y cortando gente con sus katanas.

El resto de la familia huye, lógicamente, de la samuraiada de turno y el padre disfruta como un enano hasta que se da cuenta de que todo le suena demasiado y es que ya la había visto con la entrega del Asahi Shinbun del mes pasado, que le vino con la taza de Ultraman por el módico precio de quinientos yenes.
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15 de 59 usuarios han encontrado esta crítica útil
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