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8
Dientes para el Narayama
<Madre por qué no hablas si aún no estamos en el Narayama>.
La película de Kinoshita nos sumerge sombríamente en la concepción de la muerte. En este insólito lugar la muerte cobra víctimas a partir de la inutilidad de las personas, es decir cuando cumplan determinada edad (caso contrario de Granny, la protagonista, quien se desenvuelve de manera saludable). Es así como nos encierra en un drama perturbador ante la idea próxima de la muerte, sobre todo cuando se sabe que es inevitable y se ha pactado ya de antemano.

Es la postura del hijo frente a la partida de su madre lo que causa la experiencia existencialista, experiencia que vive en carne propia el hijo más no la madre quien, como la mayoría de asiáticos, se sostiene en base a rígidas costumbres ancestrales.

La madre, al ser conducida al monte Narayama por su hijo, deja de hablar. Le quita la palabra recordándonos que es la falta del lenguaje lo que nos atribuye realmente ese carácter de muertos. Es el olvido del tono acústico de la palabra lo que nos hace vivir la muerte. Es el silencio el que nos hace desaparecer y es así como, a pesar de poder hacerlo, la madre se niega a hablarle para así adaptarlo a su muerte cercana.

La presencia de la muerte se vuelve escalofriante ante la persistencia de la madre por deshacerse de sus dientes en perfecto estado de conservación al considerar que su edad difiere de la permanencia de estos, hecho que lleva a cabo al llegar la esposa para su hijo. Estos tonos oscuros de la película se sienten también cuando en la cima del Narayama, lugar que la madre calificaba como hermoso siendo todo lo contrario, se asume que la muerte se da a partir de la inanición haciendo aún más desgarrador para el hijo el dejar a su madre a la intemperie.

El antagonismo del vecino de la madre, quien ya ha superado los 70 años, refuerza la idea de la cual parte el relato el cual es muere antes de ser inútil o, en este caso, antes de cumplir los 70 años. Es por este motivo que el hombre en cuestión es agredido por su propia familia y obligado a subir al Narayama a pesar de su resistencia. Es la imagen del temor a la muerte que traerá como consecuencia una vida miserable.

La escena de la cima del Narayama es extraordinaria, sobre todo el silencio en que se desarrollan los dos personajes. La madre al preparar el rito para esperar la muerte y el hijo al esperar poder irse cuando su naturaleza le exigía lo contrario.

En definitiva la lectura de esta obra maestra consigue su propósito. Infaltable.
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19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Morir en Narayama
Desde tiempos inmemoriales han existido tradiciones que han dictado cómo afrontar la etapa final de la vida. Para los vikingos, era un honor abandonar este mundo en la batalla, así como su salvoconducto para verse cara a cara con sus dioses. Los samuráis se daban muerte voluntaria si deshonraban su espada, o si dejaban de servirla con honor. Los esquimales, cuando ya eran demasiado viejos para ser útiles, se marchaban por su propio pie para recibir en los hielos el abrazo del frío mortal.
En Japón, había pueblos que conducían a sus ancianos de setenta años a la cima de una montaña, donde se creía que moraban las divinidades, y los abandonaban a su suerte.
Parece que unas cuantas culturas adoptaban la decisión de no esperar a la muerte, sino de salirle al paso. Fallecer de forma natural en la ancianidad debía de asemejarse a una profanación, un acto de cobardía, y una vergüenza capaz de despertar las iras divinas y de hacer caer en desgracia a una familia.
En esos pueblos marcados por un calendario de fatigoso trabajo, calamidades esporádicas y épocas de escasez, la utilidad de cada miembro de la familia debía de ser crucial y, cada boca que alimentar, un quebradero cuando el arroz no abundaba en los campos ni en las ollas. Si reflexionamos sobre la ruda vida de esas gentes, ligada a la áspera tierra, a las estaciones, a las bonanzas y a las dificultades, no es de extrañar que los mayores comenzaran a sentir que estorbaban en el devenir de la cotidianeidad. Que sus estómagos robaban las raciones de los jóvenes, y que sus viejos huesos encorvados servían ya para poco. Ya iban sintiendo la llamada del Más Allá, de los Dioses de los Muertos que habitaban en la cumbre del Narayama.
El trámite hacia la eternidad (o hacia la nada) voluntariamente aceptada era traumático para los parientes que amaban a esa persona que les había dado el ser y los había cuidado. Pero no todos los ancianos asumían su destino con valentía. Algunos se resistían, aterrorizados, y si persistían en su cobardía y postergaban demasiado el ascenso a la montaña, creaban un serio dilema.
Pero, con dilema o sin él, tendría que ser terrible, para los padres y los descendientes, hacerse a la idea de que el final se aproximaba. Porque, además, ellos sabían exactamente cuándo debían entregarse al viaje sin retorno. Tenían ya preestablecida su fecha límite. Saber de antemano cuándo uno va a morir tiene que ser una pesada carga. Pero, de alguna manera que quizás los occidentales no lleguemos a comprender, ellos poseían un valor que nos es desconocido. Puede resultar cruel esa costumbre a nuestros ojos acostumbrados a otro filtro radicalmente distinto. Pero quizás para ellos era el mayor gesto de amor hacia los demás. Retirarse de la circulación dignamente, por sus propios medios, y dejar paso a las siguientes generaciones… Tal vez no concebían actuar de otra forma, porque no entregarse gustoso al suicidio podía atraer malos presagios, y un estigma capaz de manchar toda una estirpe.
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19 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Ley de vida
La escenificación es teatral con cantos a manera de narrador, fondos pintados y cambios bruscos de iluminación enfatizando momentos. Diferente en estética a la potente versión de Imamura, la cámara se mueve cuidadosa y bellamente. La localización es una aldea pobre y tradicional donde la lucha por sobrevivir obliga a los que cumplen 70 años a ascender a una montaña para morir, el que no lo hace es despreciado y los que sí lo asumen gustosos siendo respetados.

Kinoshita expone la crudeza y miseria de la vida (ya aparece aquí la famosa automutilación) y si se muestra solemne en la escena con el consejo de ancianos a plano fijo y tenue luz, despliega humanismo en el fervor de la anciana que añora la cercana partida, o el hijo y la nuera emocionados a escondidas.
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11 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
"La anciana estóica, o la religión laica del valor y el sacrificio"
Keisuke Kinoshita es uno de los directores japoneses menos conocidos en nuestro país. Las distribuidoras no han sido justas con éste magnífico cineasta, autor de films tan importantes como: "Tiempos de alegía y dolor", o "Un amor inmortal". En "La balada de Narayama", nos muestra el sacrificio de una anciana totalmente identificada con el sistema imperante de valores tradicionales en una aldea japonesa de antaño. Este país se ha caracterizado, durante largos periodos de su historia, por fomentar entre sus habitantes la adhesión -con voluntad religiosa-, a las normas establecidas por leyes que, a los occidentales, nos resultaría sumamente difícil de aceptar. El rigor del código moral del Bushido, que formaba parte inviolable del sentido del honor del Samurai, se ha mantenido durante siglos, sostenido sobre un sistema patriarcal fuertemente jerarquizado que impregnó sus diferentes estamentos sociales. De ese modo, el hombre, como pieza suprema de la sociedad, no debe anteponer sus deseos a las normas establecidas, aunque estas exijan -en momentos determinados-, el sacrificio de su propia vida.

Lo vemos con claridad meridiana en esta solemne y esplédida balada. Kinoshita nos envuelve en el marco del Teatro Kabuki para contarnos la historia de una anciana, que, según la tradición del lugar al llegar cualquier habitante los setenta años debe abandonar el poblado y subir a la montaña de Narayama para dejarse morir allí, y de ese modo no ser una carga económica para los habitantes de la aldea. Durísima norma que exige una convicción absoluta por parte de quienes deben cumplirla. Ella lo acepta sin tituveos, convencida de que ya no tendrá que ser una carga para nadie. La tragedia surge cuando su hijo, atormentado por la idea de perder a su madre -que en modo alguno se encuentra en estado decrépito, y sigue capacitada para cumplir con sus funciones domésticas-, se revela contra tal idea, aunque finalmente acate subirla él mismo a la montaña. Sin duda el momento más emotivo y logrado del film. Un largo "viacrucis", que nos recuerda la subida al Gólgota de Cristo.Ignoro si Kinoshita intenta hacer un simbolismo con cierto paralelismo entre ambas, pero, ciertamente consigue crear una tensión dramática enormemente impactante.

Notable acierto del director, es mostrarnos el contraste de actitud entre los diferentes personajes que habitan en la aldea y la madre. Solo ella -aún pudiendo eludir su sacrificio-, lo acepta estoicamente, sin caer en actitudes sensibleras, mientras otro anciano, en situación similar, se siente atenazado por el miedo, negándose a cumplir con la dura tradición.

No decae, en ningún momento, el ritmo de la película, donde la fotografia, la música sincopada, y la escenografia -basada en decorados artificiales del Teatro Kabuki, como ya he mencionado-, orquestan la magistral interpretación de Kinuyo Tanaka, llenando de contenido y belleza una historia de honda intensidad dramática. Otra muestra más de la genialidad de un gran creador japones: Keisuke Kinoshita.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Afrontar la muerte a golpe de tradición
Con una puesta en escena basada en decorados construídos en estudio, a modo de teatro kabuki, iluminada por una fotografía dotada de un cromatismo otoñal, contrastando la lucidez de los colores en una atmósfera aislada por los fondos pintados de las montañas, Kinoshita nos ofrece una leyenda tradicional narrada por canciones en off de connotaciones ancestrales.

Se trata de una fábula que habla sobre la aceptación de la muerte y del relevo generacional en el ciclo de la vida. Las actuaciones son deliberadamente teatrales y la cámara de desliza con delicadeza a través de los hermosos decorados, envolviéndonos en un remoto entorno rural al pie de las montañas, impregnado de onirismo visual.

Una oda a la dignidad de los mayores en la antesala de la muerte, a través de una anciana que, con estoica resignación, afronta su destino llevando a cabo los rituales de sus antepasados con el apoyo incondicional de su hijo. Es una historia emotiva y trágica, a la vez que plantea disyuntivas sobre las creencias de una sociedad anquilosada en viejas tradiciones.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Glorioso acercamiento al Kabuki
La relación entre el cine y el teatro siempre ha sido tortuosa e incierta. Un ejemplo es ver cómo el inmortal Igman Bergman hizo una "Flauta Mágica" en sueco y para niños que resultó un chasco en taquilla, y otro es observar cómo el incombustible Kenneth Branagh exprime a Shakespeare a veces con acierto y otras con fallos, en sus films.

Así que ¿Qué podemos decir del Kabuki? Ese gran desconocido en occidente que nos ha dejado obras como "La Flor de Edo" o "Yamamba" (esta última de teatro Noh), obras que ante nuestro desconocimiento quedan sepultadas, irremediablemente en la ignorancia.

El film es una adaptación fílmica de una obra de kabuki. La plasticidad de los decorados es una parte intrínseca del mecanismo del director para hacer notar al espectador que no está ante una obra con pretensiones "antropológicas" ni "naturalistas" (como sí la tenía el remake de 1983, de mucho menor gusto, pero que sin embargo, ante la ignorancia supina del "club" de Cannes acerca de este primer film, se llevó la Palma de Oro; ¡Qué éxitos no abría cosechado esta!). Esto se ve desde el principio, con la aparición del narrador, y el descorrimiento de la típica cortina multicolor de los teatros tradicionales de kabuki, y se ve contínuamente reforzado con el acompañamiento de la música y el imposte vocal del rapsoda y su shamisen. Es una obra de teatro filmada, con pinceladas realistas, especialmente en la capacidad de movimiento de la cámara, las actuaciones de los personajes y los cambios de ritmo entre escenas...algo que el teatro de por sí no puede tener.

En el apartado técnico, las escenas predominantes son de planos generales cortos, y a partir de ahí,el resto de planos se desarrollan entre el primer plano y aquel, dando especial importancia a los aspectos humanos y psicológicos de los personajes. El uso teatral de la escena,cierta sobreactuación, y el uso de focos de luz y sus colores para resaltar aspectos psicológicos son en gran medida enriquecedores. Es el teatro hecho cine, y el ingenioso uso de recursos teatrales mejoran el aspecto "artesanal" del film, ver la "mano" del teatro que se monta, por decirlo así, ante nuestros ojos, olvidándonos de que lo que vemos es al fin y al cabo una película.

La historia no creo que pueda ser criticada en un sentido estricto, puede gustar o disgustar, pero sería como criticar a "El Quijote" por inverosimil o por poco realista. La anciana Orin debe hacer lugar a las nuevas generaciones, y en una villa incomunicada durante el invierno, en la que existen escasos recursos, la tradición es dejarlos abandonados en el Narayama cuando cumplen la edad de 70 años. Su hijo no desea complacer a su madre, hay una lucha interna, tensión...y hasta aquí puedo leer.

En definitiva, obra maestra del cine.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Lugar de tradiciones
Esta película, a pesar de mostrar unos escenarios y una banda sonora cuanto menos pésima, es una gran obra dispuesta y engendrada para logar un único objetivo: criticar de forma audaz y sútil el poder de las tradiciones frente a la vida del ser humano. El escenario es Japón, y la tradición es subir a una cima, la de Narayama, para que el hombre (ancianos a partir de 70 años) una su parte corporal con la espiritual, suena místico sino fuera porque aquellas montañas están pobladas de esqueletos y el único fin de la sociedad japonesa es quitar del medio a todos los viejos considerados como la escoria social, lo más curioso de todos es que éstos esperan con ansia la subida al Narayama, lo que por otro lado es una forma 'dulce' de esperar tu hora. Una vez más se nos muestra como ciertos sectores sociales no son queridos por nadie, lo que recuerda en cierta manera el trato dado a los bebes hembra que nacen tanto en China como en Japón. Degradante.
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6 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
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