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Pasaje a la India (1984)

Pasaje a la India
Trailer
7,1
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Sinopsis
Adaptación de una novela del escritor inglés E. M. Forster. India colonial, años 20. Adela, una joven inglesa, viaja a la India, en compañía de su futura suegra, para contraer matrimonio con un magistrado de Chandrapore. La joven está obsesionada por conocer a fondo la realidad del país y encuentra la oportunidad de satisfacer su deseo gracias al doctor Aziv, un médico hindú. Sin embargo, cuando éste organiza una excursión para mostrarle las cuevas de Marabar, ocurre algo absolutamente impensable. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
  Ver reparto completo
Año / País:
/ Reino Unido Reino Unido
Título original:
A Passage to India
Duración
163 min.
Guion
David Lean (Novela: E. M. Forster. Obra: Santha Rama Rau)
Música
Maurice Jarre
Fotografía
Ernest Day
Productora
Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Columbia Pictures
Género
Drama Aventuras Colonialismo Años 20
Grupos  Novedad
Adaptaciones de E. M. Forster
7
El testamento de un maestro
Los productores británicos Richard Goodwin y John Brabourne especialistas en películas de lugares coloniales y exóticos, no dudaron en llevar a la gran pantalla una muy buena novela de E. M. Forster que transcurría en la India colonial británica, para ello contaron con el más grande los directores británicos de todos los tiempos (y Alfred Hitchcock) David Lean para que hiciera una versión del libro y nos dejara su testamento cinematográfico con más de 70 años. La novela de Forster es quizá más simbólica que la versión de Lean. La película es inferior a las anteriores superproducciones, quizá un buen guionista (Lean no lo era) hubiese sacado mayor partido del texto de Forster. A la película le falta fuerza y le sobra pretenciosidad.
David Lean quería hacer la película definitiva sobre la India y además de no conseguirlo, ya que cada vez se va pareciendo más a un drama judicial que a una película antropológica y a Lean lo que le importa son los ingleses más que los indios. De todas formas su maestría consigue trasladar al espectador a un cine que ya se hacía ni siquiera por aquel entonces.
Los actores no corren igual suerte mientras que Alec Guiness, actor fetiche de David Lean, naufraga en el papel de brahman hindú y no resulta en absoluto creíble, lo que fue en aquel momento su retirada aunque volvió a trabajar unos años después, James Fox fue rescatado para este film ya que estaba olvidado para el cine y a partir de ahí se ha convertido en un actor que no le ha faltado trabajo, siempre correcto de la escuela de teatro pero sin ser un monstruo de la escena, el papel de acusado en el juicio corresponde al indio Victor Banerjee que apenas supuso un pequeño empujón en su carrera que posteriormente no cuajó, por cierto en la película está excesivamente histriónico, las chicas en cambio están mucho mejor, la australiana, jovencita entonces, Judy Davis hace una gran interpretación que le valió la nominación al Oscar y ser desde entonces habitual de las películas de Woody Allen y Eastwood o los hermanos Cohen entre otros. Peggy Ashcroft, una veterana actriz ya fallecida, recibió el Oscar a mejor actriz secundaria por su papel, y aunque lo hace estupendamente suena más a reconocimiento de la Academia a una actriz un premio a toda una vida más que a la película en sí.
La fotografía es correcta de Ernest Day pero sin llegar a ser a sacar todo el partido de la luz de la India y de sus colores, por lo que teniendo el material que disponía tan solo aprueba. La música de Maurice Jarre es maravillosa y tuvo un Oscar muy merecido aunque se echa de menos que no suene más a lo largo del film.
Película fatigada, que no fatigosa, tremendamente clásica en su concepción de hacer cine, evidentemente envejecida para el año 1984, pero que se echan de menos en la actualidad trabajos tan pulcros como los del señor Lean, pero que aunque buena es como el animal que aparece en la película un elefante, que se dirige lentamente al cementerio
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62 de 74 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Bésame, bésame mucho...
Tras la sutil expresión de una sexualidad apabullante que se resiste a sí misma, el maestro David Lean se despide del cine para siempre. El fracaso de La hija de Ryan, estupenda e incomprendida, le alejó de las cámaras 14 años. Volvió con esta obra singular, misteriosa, fascinante, en la que no habría conflicto si la protagonista, sensible, inteligente, deseosa de abrirse al mundo de otra civilización y predispuesta a repudiar la estupidez burguesa que la rodea, hubiese sido capaz de aceptar su sexualidad en lugar de ahogarla.
Si ella, con todo ese cargamento "intelectual" formidable hubiera tenido un ápice de sangre caribeña con la que susurrar el deseo al hombre escogido, entonces no habría conflicto, no habría drama, ni gran novela de E. M. Forster (1870-1970), otro inglés que padeció —desde la homosexualidad— el castigo feroz de la represión sexual.
Con este material, David Lean mima una historia de pequeños detalles, sin la menor grandilocuencia. Después de Lawrence, Zhivago y Ryan, vuelve a las intimistas historias de sus comienzos, se decide por el exclusivo espectáculo interior de almas en pugna con sus cuerpos, del presente en pugna con la memoria.
A tal punto evita el gran despliegue que ni siquiera aprovecha las lluvias monzónicas, todo es austero, reconcentrado, mientras en el fondo de los cuerpos fatigados se ruegan besos que no llegarán jamás... para "casi" nadie.
James Fox, Peggy Ashcroft, Judy Davis y el admirable indio Saeed Jaffrey junto a magníficos secundarios interpretan de modo encomiable esta historia de choque de civilizaciones con canción de amor impronunciable.
El único que no responde a las expectativas habituales es el maestro Maurice Jarre, menudo cansancio tendría que repite la sintonía de La hija de Ryan como si lo supiera porque apenas se muestra. Pero, bueno, nadie es perfecto, y la película está más allá del bien y del mal.
David Lean la realizó en el 84, murió en el 91, tras largos dimes y diretes con las compañías de seguros que no querían cubrirle un proyecto más ambicioso que todos los anteriores: nada menos que Nostromo, la impresionante novela de aventuras de Joseph Conrad. Los de seguros tenían razón, Lean murió antes de empezar a rodar o los primeros días. Tenía 83 años. Nos dejó una buena cantidad de excitantes películas sobre el amor entre amigos y amantes, todos personajes interesantes, tratados con imaginación y sensibilidad, incluso cuando les rechaza ideológicamente, nunca se perdía en maniqueísmos empobrecedores. Era, sobre todo, un creador humildemente sabio.
David Lean ha muerto: ¡Viva David Lean!
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27 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil