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El Gran Hotel Budapest (2014)

El Gran Hotel Budapest
Trailer
7,3
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Sinopsis
Gustave H. (Ralph Fiennes), un legendario conserje de un famoso hotel europeo de entreguerras, entabla amistad con Zero Moustafa (Tony Revolori), un joven empleado al que convierte en su protegido. La historia trata sobre el robo y la recuperación de una pintura renacentista de valor incalculable y sobre la batalla que enfrenta a los miembros de una familia por una inmensa fortuna. Como telón de fondo, los levantamientos que transformaron Europa durante la primera mitad del siglo XX. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Grand Budapest Hotel
Duración
99 min.
Estreno
21 de marzo de 2014
Guion
Wes Anderson (Historia: Wes Anderson, Hugo Guinness)
Música
Alexandre Desplat
Fotografía
Robert D. Yeoman
Productora
Scott Rudin Productions / Indian Paintbrush / American Empirical Pictures / Studio Babelsberg
Género
Comedia Aventuras Años 30
5
De estilos pictóricos y sus mentiras
El inicio de Gran Hotel Budapest es ejemplar, como bien nos tiene acostumbrados el director, pero la historia del conserje seductor de octogenarias y su inefable ayudante Zero Moustafa, se acaba deshilachando entre tanta licencia estética y parentésis narrativo. El robo del cuadro renacentista que llevan a cabo ambos es un mcguffin para realizar un modélico ejercicio de dirección y estilo. Y, ya de paso, encadenar un carrusel de cameos planos, incluido el de Bill Murray, que aparece los 30 segundos de rigor para poder poner su cara en el cartel.

Wes Anderson es un preciosista como hay pocos eso sí. Cada plano del film compone un lienzo que bien podría adornar cualquier chimenea. La disposición de los elementos es matemática y refleja un gusto por la estética a la vez que reafirma un universo muy personal. Sin embargo Anderson, a parte de preciosista es manierista, y acaba esforzándose tanto en mantener la pose que se acaba olvidando lo que quería contar. Hace presos a los actores y los avoca a la mueca y el esperpento, obligándolos a mantenerse siempre en la superficie del personaje, sin apenas matiz ni cambio de registro. ¿Para qué? La cámara ya hará el resto. Pero en esta ocasión la cámara trata igual las secuencias emocionales que las de acción, donde el director se desgañita gritando referencias y tributos, anteponiendo siempre su gusto personal a la coherencia de la historia. Y cada vez que lo hace, se aleja un poco más de su tesis inicial, de sus personajes y del espectador, creando un tète a tète en el que, o estás en su onda, o estás perdido. Soy consciente que estoy en inferioridad, que formo parte de esa repudiada minoría que estaría más a gusto viendo a Anderson pintando bodegones que expresando emociones. Y disfrutaría de verdad, porque al director de Fantastic Mr.Fox talento no le falta.

Después de tantas películas ya me ha quedado claro el universo del director, conozco sus fetiches y sus fobias, tengo su estilo bien asimilado. Pero sigo esperando a que algún día trascienda, que vaya más allá y que, por una vez, se acerque a la verdad de lo que quiere contar.
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308 de 431 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La fiesta de la nostalgia
Wes Anderson es uno de los grandes estetas de ese cine independiente americano que felizmente surge al margen de los cánones establecidos, explotando en la pantalla como un oleaje de libertad. Plato no de todos los gustos, sus cintas son oasis creativos amados por la crítica desde que su nombre adquiriera notoriedad con 'Academia Rushmore' ('Rushmore', 1998). En el caso del público, siempre ha existido una mayor divergencia de opinión, aunque bien es cierto que sus últimas películas han encontrado más fácilmente la senda hacia la empatía y la complicidad del espectador. Sea como fuere, 'El gran hotel Budapest', la primera gran película de 2014, no nace para ganar seguidores sino para sumar un nuevo miembro a la insólita familia que compone la filmografía del director texano, es decir, ofreciendo una pieza única para alegría y gozo de sus (muchos) fans. Dicho de otro modo, es un regalo.

El mundo de Wes Anderson abre sus puertas una vez más, exuberante en sus formas y excéntrico en sus modos, como cabría esperar. Sus últimas películas, y más concretamente la que nos ocupa, sirven como una fantástica exploración de ese propio pequeño gran universo que ansía por encima de todo ser descubierto y conquistado. Para ello nos cuenta una historia a modo de gran flashback (que acude a diversas épocas y formatos de imagen en su tramo inicial) que gira en torno a un cuadro valiosísimo y la fortuna de una señora cuyo testamento levantará ampollas en el seno de una peculiar (y peligrosa) familia, que hará cuanto esté en su mano (o en las de otros) para recuperar la obra. El enredo, el más puro y elegante disparate y el vértigo de la aventura y el humor se darán la mano en un extraño, imprevisible e impagable torrente de acontecimientos. Todo ello vertido en el contexto de una guerra inminente que se cierne sobre los personajes que no habría imaginado mejor Ibáñez, hilado como si de un tebeo de 'Mortadelo y Filemón' se tratara. Por supuesto, es una aventura coral, como la propia película, atiborrada de personajes que van y vienen, que viven y dejan de vivir, donde conviven multitud de rincones que, como el hotel del título, deparan sorpresas incesantes y aseguran una estancia memorable y ampliamente confortable.

Hay diversos aspectos que distinguen, por encima de cualquier otro, a las películas de Wes Anderson, a saber: el reparto, la estética y el humor. Vayamos por partes. 'El gran hotel Budapest' supone una nueva cinta coral, con unos pocos personajes principales (estupendos Ralph Fiennes y un debutante y muy proactivo Tony Revolori) y otros muchos que van apareciendo a lo largo del metraje. En ocasiones más cerca del cameo (Bill Murray) pero todos con momentos de lucimiento y maravillosa hilaridad, cada actor y actriz ayuda a que la experiencia sea del todo satisfactoria y magnética, absolutamente entregados a la causa andersoniana. Si ellos disfrutan, tú lo harás. Willem Dafoe o Adrien Brody, por ejemplo, son para darles de comer aparte. El reparto, en estado de gracia y gustosísimo de contemplar, se mueve a través de una dirección artística exquisita, cuyo gusto por el detalle raya lo enfermizo, todo ello bajo una fotografía deliciosa de tonos a menudo cálidos, que le hacen a uno estar como en casa (como en casa de Mr. Anderson, se entiende). A esta propuesta visual maravillosa y colorista (siguiendo la estela de la magnífica 'Moonrise Kingdom' -2012-) se le añade una fascinante utilización del encuadre y unos movimientos de cámara que quitan el hipo. Por último, hablar del humor del cine de su director se antoja quizá más espinoso, pues muchos lo llaman rápidamente esquinado, aunque un servidor prefiere definirlo como diferente, atrevido. Alcanza, eso sí, una gran eficacia en esta película, quizá la más accesible (aunque igual e insobornablemente personal) de su carrera. La banda sonora, elemento que tampoco olvida su director en sus trabajos, corre a cargo de uno de los genios musicales más escondidos de los últimos tiempos, Alexandre Desplat, y funciona a la perfección. Todo junto, pero no revuelto, convierte el visionado del film en una experiencia deliciosa.

Al estar narrada en flashback, lo mostrado adquiere los tonos del recuerdo que guarda el protagonista o, al menos, de cómo quiere contarlo. Su historia nace desde una mirada tierna y nostálgica que deviene en una profunda melancolía. En la película coexisten luces, sombras y colores como en la propia vida, y al final la sensación que deja es la de la necesidad inherente del ser humano de sentir nostalgia y perderse a veces en ella. Porque 'El gran hotel Budapest' es, en última instancia, y como nos muestran sus planos finales, una celebración de la memoria y el recuerdo, un puro y limpio ejercicio de nostalgia sobre la aventura de crecer y madurar (como era 'Life aquatic' -2004-) y también sobre la aventura de enamorarse (como lo es su anterior 'Moonrise Kingdom'). Su cine parece salido de la mente de un niño y esa inocencia (profundamente madura) guía sus pasos hacia largometrajes como éste, cada vez más esteticistas, pero más emotivos, donde su preciosismo está al servicio del corazón, y nunca al revés.

Humanista, vitalista y benéfica, 'El gran hotel Budapest' prolonga el discurso autoral de Wes Anderson, al tiempo que contribuye a mantener su universo puro e intachable, provocando de manera irressitible la necesidad de regresar a él. Uno lamenta que no se estrenen más películas así cada año.

http://www.asgeeks.es/movies/critica-de-el-gran-hotel-budapest-la-fiesta-de-la-nostalgia/
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