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Heimat - La otra tierra (2013)

Heimat - La otra tierra
Trailer
7,7
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Sinopsis
Precuela de la trilogía "Heimat", que Edgar Reitz realizó para televisión en 1984, 1993 y 2004, en donde sigue la historia de Alemania en el siglo XX a través de un ficticio pueblo alemán. Ambientada a mediados del siglo XIX, sigue a la familia Hunsrück, que busca escapar de la pobreza y el hambre empezando una nueva vida en Brasil. Está dividida en dos partes: "Home From Home" (107 minutos) y "Chronicle of a Vision" (128 minutos). (FILMAFFINTY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Alemania Alemania
Título original:
Die Andere Heimat - Chronik einer Sehnsucht
Duración
225 min.
Estreno
18 de septiembre de 2015
Guion
Edgar Reitz, Gert Heidenreich
Música
Michael Riessler
Fotografía
Gernot Roll (B&W)
Productora
Edgar Reitz Film (ERF)
Género
Drama Siglo XIX Precuela Histórico
Grupos  Novedad
Heimat
7
El sueño de Humboldt
Heimat, en alemán, significa patria. Edgar Reitz ideó Schabbach, un pueblo imaginario a través del cual pretende relatar, a su manera, la historia reciente del país. El fruto de este esfuerzo colosal es la muy celebrada (pero casi desconocida en nuestras latitudes) trilogía de Heimat, que animo a degustar capítulo a capítulo. Algo menos de una década después de la tercera entrega, Reitz nos brinda una precuela de la serie.

El título, ‘Die Andere Heimat - Chronik einer Sehnsucht’ (Otra Heimat – crónica de una visión) nos habla de ‘otra’ patria. Podríamos pensar que dicha patria es distinta a la Heimat de la trilogía, ya que en esta ocasión se aborda la Alemania en embrión del siglo XIX, y no del XX. Pero yo intuyo una lectura más profunda del adjetivo “otra”, apoyándome en el título completo de la cinta. Y es que la película es la crónica de una visión. Una visión idealizada y realista, por decirlo de algún modo. Historia íntima y emocional; global, simbólica y, por supuesto, subjetiva. Realismo mágico teutón, si se me permite la etiqueta.

El plano histórico es correcto (privilegios o abusos feudales, hambre, emigración a un Brasil más soñado que cierto, revolución –social e industrial–, razón, trabajo, etnografía), pero yo me quedo con el plano personal: la relación entre los dos protagonistas, Jakob y Jettchen, es maravillosa. La concepción de ambos personajes es pura poesía. La primera vez que se encuentran, ella está desnuda; en la primera cita, ella no puede controlar la diarrea que le ha provocado el exceso de mosto. Él, que carece de habilidades sociales, se expresa mágicamente con el idioma de los indios. Su relación es un soplo de aire fresco en el corsé alemán del siglo XIX. Ellos son la espina dorsal de la película.

Nada más empezar la proyección, se advierte un cuidado exquisito (quizás, excesivo) en la puesta en escena, el atrezo, el vestuario, los encuadres, la fotografía… Desde los movimientos de cámara hasta la coreografía de los habitantes de Schabbach, todo está pensado y bien medido. Me costó, inicialmente, acostumbrarme a la verdad de un artefacto tan planificado. No es fácil combinar la pulcritud de lo simbólico con los charcos de barro de la historia.

Abundan los diálogos escritos con mano dorada de guionista. Diálogos del tipo:

- Si pudieras volar, ¿adónde irías?
- Al pueblo de mi infancia.
- ¡Para eso no hace falta volar!
- A mi edad, sí.

También abundan las grandes frases en cursiva. Frases del tipo: “Las religiones han sido inventadas por el diablo para sembrar entre los hombres la discordia.”

En este pueblo de Edgar Reitz, el símbolo y el mito acechan por doquier. La empresa, de entrada, es admirable. Y, aunque el conjunto sea un tanto irregular, el resultado me ha dejado satisfecho. Béla Tarr, y muy especialmente su monumental Sátántangó, es referencia obligada. Por ambición, propuesta estética, intenciones y tono, pese a que en Tarr el humor queda desterrado mientras que en Reitz no es infrecuente. El director húngaro, en mi opinión, aun yendo más despacio, llega más lejos.

Hay quien señala cierta afinidad con el rodar de Terrence Malick. Yo, sinceramente, no veo más que un parecido leve al retratar algún paisaje natural. La obra de Reitz es de otra especie, me atrevería a decir que es de otro continente. Sus puntos en común no pasan de ser superficiales.

A lo largo de la película, rodada en un impecable blanco y negro, el director ofrece varios fragmentos de color: no fotogramas ni secuencias al completo, sólo objetos especiales: una pared, una moneda, la piedra del abuelo (aunque no soy experto en minerales, quiero pensar que se trata de un ágata de Brasil: ¿qué mejor talismán para el viaje con el que sueña Jakob Simon?), la bandera, las flores diminutas en el prado… El goteo de objetos de color no cesa en todo el recorrido de la cinta. Y es una buena metáfora de ella. Puesto que, más allá del plano histórico, de los conflictos religiosos o sociales, de los estragos de la enfermedad, del hambre y de la emigración, de lo esquemáticos e incluso bufos que resultan varios personajes (como el hijo del Conde o el padre de Jakob), de algunas frases quizás fuera de tiempo y de lugar… más allá, digo, de sus posibles defectos, encuentro en la visión de Reitz, destellos de excelente poesía.

===

En un momento determinado, la abuela le dice al joven Jakob que tenga cuidado con sus sueños, no vaya a ser que acaben por cumplirse. La frase me inquietó. No en vano Jakob es un soñador empedernido, lleno de encanto e ilusiones literarias y científicas. ¿Qué puede haber de malo en que se realicen los sueños de alguien como él? ¿Qué pretende transmitirnos el octogenario Edgar Reitz con esa línea de guion? Tal vez, mirando atrás, la historia de Alemania sea la respuesta.



[Texto publicado en cinemaadhoc.info]
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25 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Otra Alemania
Poca gente conoce la trilogía de miniseries televisivas que dirigió el alemán Edgar Reitz en los años 1984, 1992 y 2004, todas bajo el título de Heimat. Reitz se encargó de realizar una crónica sobre lo que el Siglo XX había supuesto para el país germano hasta ese momento. No es poca cosa: etapa pos-Bismarck, dos guerras mundiales, República de Weimar, III Reich, división de Berlín, reconstrucción de un país devastado… Mucho que contar, por lo que se entiende perfectamente que el realizador apostara por ese formato.

Casi una década después del último registro, sin embargo, Reitz parece haberse dado cuenta de que faltaban cosas por contar. A sus 81 años de edad, se ha encargado de dirigir nada menos que una precuela de aquellas tres miniseries. Bajo el título Otra Heimat – crónica de una visión (curiosa la decisión de no traducir Heimat, que significa “patria” en alemán), la acción se sitúa esta vez a mediados del Siglo XIX en una localidad cualquiera de Alemania, donde los vestigios de la aristocracia todavía siguen a buen recaudo mientras el pueblo llano anhela más derechos y libertades, al estilo de lo que medio siglo antes habían logrado (al menos en teoría) sus vecinos franceses. Ya se sabe: liberté, egalité, fraternité. Entre ellos destaca el joven Jakob Simon, que contempla con tristeza la situación que atraviesan sus congéneres, por lo que sueña con emigrar del país y encontrar asilo al otro lado del Atlántico, en Brasil por ejemplo, tal y como algunos otros ya intentaron.

Con aproximadamente cuatro horas de duración, Otra Heimat es un bellísimo retrato de una época bastante olvidada de la etapa alemana en detrimento del más fructífero Siglo XX. Lo primero que llama la atención es la fotografía en blanco y negro, en la que se aprecian otras tonalidades de colores cuando la situación lo requiere. Pronto nos damos cuenta de que visualmente roza la perfección, es una gozada para la vista ser testigos de esta crónica histórica, ya no sólo por la mencionada fotografía, sino porque cada encuadre, cada toma, es de una calidad suprema. Más aún cuando la música acompaña tan bien a las imágenes; ante un espectáculo para los ojos, mejor no arriesgar los oídos. Y así es, no es una BSO grandilocuente, sino simplemente óptima para no estropear la experiencia.

Centrándonos más en la historia que cuenta Otra Heimat, hay que decir que el comienzo es bastante lento, como no podría ser de otra manera en una película de tan larga duración. Pero sería un sacrilegio calificarla de “lenta” en el sentido despectivo. Lo que sí es cierto es que, a diferencia de otras películas con las que podríamos compararla, como por ejemplo Novecento, el punto de partida no se sitúa justo en el nacimiento del protagonista y va siguiéndole durante toda la vida, sino que el relato comienza cuando el personaje en cuestión ya es un adolescente bastante crecido. No hay una evolución al galope, sino que se produce a un ritmo pausado, para que dé suficientemente tiempo a paladear cada escena, tal y como dictan las reglas del buen cine.

Y no hace falta decir mucho más. Para cualquiera que no le suponga un obstáculo las cuatro horas de duración (aunque se puede ver en dos partes con descanso intermedio, como probablemente se haga en el estreno de cines y como se ha hecho en el 16º Festival de Cine Alemán), el blanco y negro, la acción tan lejana en tiempo y lugar o el ritmo pausado y contemplativo, le resultará imprescindible visionar la que seguramente sea desde ya una de las mejores películas europeas de lo que va de siglo, cumbre de un director ya más que veterano y símbolo de que todavía se pueden hacer películas con cierto aroma clásico en el cine sin temor a que algún desaprensivo las puede calificar como “antiguas” o “pasadas de moda”. Grandísima Otra Heimat.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
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