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Crítica de FATHER CAPRIO
Almeria, España
5
Un tranquillo posto di campagna
Un tranquillo posto di campagna (1969)
  • 5,9
    107
  • Italia Elio Petri
  • Franco Nero, Vanessa Redgrave, Georges Géret, Gabriella Grimaldi, ...

LA FANTASMA QUE TIRA LOS TEJOS A ÉL Y LAS TEJAS A ELLA

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“Un lugar tranquilo en el campo” hace presagiar desde bucólicos atradeceres hasta “dejeneurs sur l´herbe” en el más puro estilo Edouard Manet. La obra de Elio Petri parece prometer pero no promete nada de esto. Lo que sonaba a una partida de campo de Jean Renoir o, rizando el rizo, a la levedad de la rodilla de Claire, se nos transformó por arte de bizarras artes esotéricas en aterdeceres rojo sangre, en pesadillas sin Elm Street y en minúsculas habitaciones 237 donde se agazapa la locura, y aunque no es descabellada la comparación con El resplandor, la alfombra roja sigue siendo para Kubrick.

Todo aderezado por un mejunje psicodélico o psicotrópico muy propio de los 60 y un toque Blow Up pero con desmesura en la dosis. Lo que en el film de Antonioni resulta “explicable” desde ciertos ángulos mentales, aquí resulta confuso y supone una agresión incluso a nuestras células grises más liberales y progresistas. Vencidos, acabamos concluyendo que la coctelera de Petri ha acabado desbordada, entre las locuras de su principal protagonista, un afamado pintor de la escuela pictórica del cubazo al óleo (Franco Nero), las ambiciones y dobles juegos de su manager y amante (Vanessa Redgrave) y los motivos inconfesables de una colectividad de respetables miembros de la comunidad que tal parece que todos se beneficiaron a una ninfómana de 17 años que, muerta en trágico accidente de guerra, parece reencarnarse a sus anchas y tirar los tejos al pintor y las tejas a la amante.

En la primera parte de la película, el espectador cree que está viviendo una realidad pero ¡ah! No, el mundo de las pesadillas aparece y desaparece de forma que nunca encontramos un asidero firme en el que sustentarnos o al menos esperar que pase la marea… Cuando se concreta la presencia de un ser ectoplasmático el film gana coherencia, y los motivos del pintor se hacen meridianos: El único cubazo que importa es el de tinta roja porque ese es el color de Wanda, no un pez, sino una fantasma de buen ver. Leonardo Ferri pinta hasta los árboles de rojo por ella, que es una forma de sorber los vientos. Así las cosas, nuestra Vanessa anda mosqueada porque el trabajo de verdad, el que da billetes y comisiones, no avanza, así que, tal parece (y no lo digo muy convencido) urde un plan junto a los accionistas del negocio de exposiciones de cuadros, para que la acechante locura alcance su climax final y deje a nuestro cazafantasmas revoloteando sobre el nido del cuco de un sanatorio mental y cambiando cuadros por chocolatinas y revistas pornos.

Reconozco que en esta última fase me perdí más que Hansel y Gretel en el bosque de la bruja y no es que quiera evitar contar spoilers. Es que no me aclaro… Seguro que sesudos críticos tendrán la piedra filosofal de todo esto. Y quedaré en la evidencia acostumbrada. Esperando todo ello, ahora mismo no se la recomiendo…
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