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10
Renoir, el impresionista
Poco divulgada y frecuentemente infravalorada por considerarla un proyecto inconcluso, Una partida de campo es, para mí, una de las mejores, si no la mejor, obra de su autor y una de las más hermosas y tristemente poéticas de la historia.
Tal vez se trata de la película impresionista por antonomasia, no tanto por las localizaciones y encuadres, que remiten de manera muy directa a los cuadros de Renoir padre, como por conseguir atrapar el gran sueño de los impresionistas: la captación de la fugacidad del tiempo, o de la vida.
Al verla nos instalamos en un idílico presente, cargado de latente sensualidad, que cristaliza en un pasaje sublime de pasión arrebatadora; pero si Kubrick con un hueso trazó la elipsis más larga del cine, Renoir con la lluvia nos trae la más desoladora, y de pronto comprendemos que todo queda, irrecuperablemente, atrás. Pero con Una partida de campo se nos ha dado la gracia de contemplar, de vivir el instante y, como en Dublineses, como en Los puentes de Madison, sentimos que un instante puede valer por toda una vida.
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122 de 130 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
LA VITALIZACIÓN DEL PLANO
1) Lo habitual es que el cine que parte de un original literario lo desaproveche o se aparte de su sentido. En cualquier caso, que decepcione. Esta excepcional película de Renoir, basada en el relato “Una salida al campo”, de Maupassant, no sólo apura cumplidamente su valioso contenido sino que lo potencia con formidable visión cinematográfica; lo ensancha, ahonda e ilumina.
El relato es puro naturalismo, un texto sensorial, pegado al suelo, sin derivar jamás a lo especulativo. Está tejido con percepciones, deseo y palpitación.
Renoir, vitalizando cada plano, multiplica de tal forma la energía de ese microcosmos del cuento de Maupassant (el merendero campestre a la orilla del río, la excursión de la familia de comerciantes, los remeros seductores) que, aun siendo considerable la capacidad de sugerencia de sus páginas, parece un esquemático y pálido croquis junto al despliegue panteísta y sinfónico de las imágenes.

2) Entre los excursionistas las mujeres, madre e hija, son alegres, vitales; los hombres, el ferretero y su empleado y aspirante a yerno, son atontados, tarugos, groseros. En varios pasajes se comportan como el Gordo y el Flaco.
Comen y beben. Los hombres, beodos, duermen la siesta, tosen e hipan. Las mujeres no. Los remeros, con sus prendas a rayas, ponen en marcha un cortejo técnico. Una de las fugaces parejas, danzarina y riente, es simbolizada por la imitación faunesca, con pagano pífano. La otra, melancólica y tímida, por el extasiante trino del ruiseñor.
El carácter pequeñoburgués de los excursionistas queda escarnecido; la alegría de jugar y vivir, cantada; y la existencia esclavizada por las convenciones sociales, lamentada a fondo en la doliente mirada de la joven Henriette.

3) El sentido visual de Renoir exalta con plasticidad el campo, la juventud, la alegría, el río, el deseo, el amor y el erotismo, el descanso, el oxígeno, el remo y la risa… árboles, bosque, cielo, praderas, galanteo, baile, columpio y goce, todo descrito con luz desbordante, llena de cabrilleos, reflejos, contrastes, una gran profundidad de campo rematada en nubes brillantes, un paisaje de viento en los árboles y lluvia en la superficie del río, todo ello exhalando por las costuras de los fotogramas vida imperecedera.
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54 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE POR SER COBARDES CON NUESTRA FUGAZ VIDA
Esta vieja película en blanco y negro, de apenas 40 minutos de duración, es considerada una joya del arte cinematográfico y con razón. Porque trata de una cuestión muy humana: la de que la mayoría no vivimos nuestra vida tal como nos piden nuestros instintos y profundo ser, sino que se la entregamos a las personas próximas que nos influencian y encuadran en sus convencionalismos y proyectos sin substancia; el resultado es que luego nos pasamos los años rememorando lo maravilloso que fuimos las pocas veces que actuamos valientemente, arriesgadamente y saliéndonos de los caminos trazados, y lamentándonos por no haber vivido conforme a lo que nos pedía nuestra propia sangre y hondos sentimientos.

Ir sólo a lo seguro, cuando la vida es por definición INSEGURIDAD CONTINUA, es desperdiciarla en gran medida, pues como más o menos dice una verdadera sentencia de los escritos fundamentales del cristianismo "el que pone su vida al seguro la pierde y el que la pierde por arriesgarse a vivirla según le dicta su ser interno, la pone al seguro".

Tremendo error, cobardía, que se paga carísimo y no tiene vuelta de hoja. Este es el mensaje de Jean Renoir en UNA PARTIDA DE CAMPO. Sylvia Bataille llena la pantalla y la historia campestre con su belleza, dulzura, físico primaveral y encanto femenino de juventud, toda una delicia que se frustará en brazos de un tipo mediocre y convencional en lugar de entregarse y ser disfrutada por la llamada pasional del existir a pecho abierto.

Fej Delvahe
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56 de 65 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Los barqueros
Film realizado por Jean Renoir en el verano de 1936, que dejó inacabado y no volvió a retomar. Se basa en el relato breve "Une partie de campagne" (1881), de Guy de Maupassant. Se rodó en Bords du Liong y Marlotte (Seine-et-Marne, Francia). Producido por Pierre Braunberger, se estrenó el 6-V-1946 (Paris), tras la finalización de la IIGM.

La acción tiene lugar en las orillas del Sena, a lo largo de las horas previas al almuerzo, un día de agosto de 1860. El quincallero parisino Cyprien Dufour (André Gabriello), con el coche (carro ligero con toldo) de su vecino lechero, sale de Paris con la familia para gozar de un día de campo. Le acompañan su mujer Juliette (Jane Marken), su hija Henriette (Sylvia Bataille), su ayudante y novio de la hija, Anatole (Paul Temps) y la abuela (Gabrielle Fontan).

La película, de 39 minutos, es un mediometraje que mezcla comedia, drama, sátira y humor. El relato es un cuento tierno, malancólico, irónico y conmovedor, ralizado con una sencillez y simplicidad cautivadoras y con una delicadeza insuperable. Hace uso frecuente de la sugerencia y la insinuación como medio narrativo, al que dota de lirismo, poesía y encanto. Las contraposiciones sirven para resaltar la fuerza de los opuestos: el campo y la ciudad, los hombres dedicados a la pesca y las mujeres distraídas con sus temas, la naturaleza limpia y una fábrica contaminante, la belleza natural del lugar y el destino de una breve aventura sentimental. Evoca la sensualidad de la naturaleza, la excitación de los sentidos y del deseo que producen la luz cálida del verano, la brisa del río, el trino del jilguero, la paz y la libertad que traspiran la flora y la fauna silvestres. Se hace uso de algunos símbolos, subrayados por el diálogo, en relaciones como la pesca y la seducción, la brisa y la pasión, etc. Critica la mediocridad de los pequeños burgueses, la contaminación (los pescados del río saben a petróleo) y otros extremos. Añade escenas burlescas (torpezas de Anatol y Cyprien), personajes excéntricos (matrimonio Dufour) y parodias de actores conocidos (Laurel y Hardy por Cyprien y Anatol). Exalta la naturaleza, los idilios fulgurantes, la revelación del deseo carnal, la inocencia del juego amoroso (Rudolph como sátiro), en un conjunto que canta el amor a la vida. Varias escenas recuerdan pinturas de Pierre-August Renoir: "El desayuno de los baqueros" (1881), "El columpio" (1876) y "La Grenouillère" (1869). Georges Bataille y Henri Cartier-Bresson hacen un cameo como seminaristas.

La música, del húngaro Joseph Kosma, añadida en 1946, desgrana una partitura intensa, descriptiva de emociones, romántica y melancólica. La fotografía, inspirada en la pintura del padre del realizador, culmina en un juego de planos que sugieren el paso del tiempo y la frustración de un mundo convencional sin ilusión. Entre los ayudantes de realización está acreditado Luchino Visconti.
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35 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Las afinidades electivas
Hay una enorme capacidad de síntesis en este mediometraje (también lo hay, para ser justos, en el relato adaptado). En poco menos de 40 minutos aparecen hombres abotagados (como unos Laurel & Hardy parisienses), esposas, hijas y aprendices... Un muestreo de pequeña burguesía mercachifle asediada en sus convencionalismos por la sensualidad y libertinaje de unos jóvenes canotiers. La savia de los cuerpos y de las plantas se mezcla entre tormentas imprevistas (para el propio director, que se le puso a llover en mitad del rodaje) con ventoleras de juncos, ramas y briznas de agua.

Me resulta muy ajustada la adaptación en comparación con el relato (toda vez salvamos el detalle de la seducción alevosa que propone Renoir). Los elementos cómicos del film no creo que tengan más valor que una interpretación en clave bufonesca del relato que consigan –llevándose al terreno de la caricatura el realismo de la prosa– ofrecer un atajo visual que consiga el mismo resultado que consigue Maupassant.

Los planos, echándose encima de los cuerpos (el columpio, el beso, la barca con dos extremidades remadas en sus toletes…), perfilan este naturalismo poético como un impresionismo fugaz de clima, insectos y cielo apuntillado. La comedia de la naturaleza del amor en fuga: los cuerpos y el sudor, el antebrazo elástico y la renuncia que lleva implícita... Y luego el sueño, la nostalgia hablando a los recuerdos en condicional (¿qué habría pasado si...?).

Un enorme hormiguero de hombres de domingo. Un microcosmos de poesía bucólica donde las afinidades y elecciones se mezclan inestables en formulaciones de vegetación animalizada. A medias sensual se viene el mundo; a medias contrato. A medias melancolía romántica. Jean Renoir consigue condensar el pálpito de existencia que nos trae a veces la tierra húmeda a las narices. Y lo hace con la precisión del entomólogo pero sin ansias de disección cientifista o recadera, sino en lírica concisa. Faltaron algunos acabados que fueron abortados, creo, porque Renoir andaba enfrascado en otro proyecto, pero permanece la esencia, abundando la brevedad del metraje en esa sensación de fugacidad en la retina.

Una película sobre los árboles en la bancada del río, la lluvia y los corazones humanos preparándose para los compromisos contradictorios y las pulsiones de la sangre. Como un tallo que el viento mece nos tocamos en esta 'Partie de campagne'. Sin distinguir a veces muy bien qué tendrán los domingos para ser tan diferentes de los lunes. Qué tendrán las afinidades para ser a veces tan distintas de las elecciones.
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23 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La belleza de lo sencillo: un columpio, una barca, una vida.
El pintor Auguste Renoir, padre de Jean, tenía entre sus varias modelos, una llamada Catherine Hesling. Su hijo se enamoró de ella y se casaron. Por aquel entonces era ceramista, pero su mujer siempre había deseado ser actriz. Y para complacerla cambió de profesión y se convirtió en director.
Gracias Catherine.

Quizás podríamos decir que era su destino, el conocer a ésta mujer (de las tres con las que llegó a casarse), el llegar a ser director y dejarnos para la posterioridad, entre sus muchas obras, ésta inacabada, realizada con una sencillez y humanismo surgidos desde lo más hondo de su alma.
Esa escena de Bataille columpiándose es tan hermosa y a la vez tan cotidiana...
Es curioso como el amor suele ir acompañado de tristeza y melancolía. Quizás para que sea más hermoso, más auténtico, debe ser breve y guardar toda esa esencia en el recuerdo y no desgastarla en el devenir de los días. Y quizás algo así pasa con "Una Partida de Campo", al ser una obra inacabada, un amor fugaz recordado eternamente, conserva intacta la belleza del día que fue concebida.
Un canto a la vida, a lo imperfecto, a la naturaleza y la esencia de las cosas.
Al Amor.
Al Cine.
A Renoir.
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15 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Una partida de campo (1936)
Idílico filme de ensueño donde el cineasta francés Renoir plasma las bases del impresionismo cuyo padre, Pierre Auguste Renoir, ya había originado en sus pinturas. Muchos de sus cuadros son recreados en esta adorable y sencilla obra, suscitando una reflexión dialéctica sobre las relaciones cine-pintura.

El cuadro más famoso que se muestra es el de 'La Balançoire', exhibido mediante un maravilloso y vitalista plano de la chica en pie columpiándose ante los dos sagaces jóvenes que miran a través de una ventana. Un mirador abierto hacia la adolescencia, la alegría, el erotismo y el amor.

Madre e hija vivirán una situación extraordinaria en su acomodo transfigurado por el poder de la seducción. Las burguesas terminarán desalmadas tras ser testigos de su decadente existencia ante un marido indiferente y un novio insípido. El canto del ruiseñor no terminó con la frustración de vivir en un mundo convencional.

La magnífica elipsis del río representa la fugacidad de la vida frente a la naturaleza eternamente presente. El tiempo transcurrido queda simbolizado en la lluvia y el viento que surgen para borrarlo todo. Una historia tejida de contraposiciones que conforman una esquemática sinfonía de imágenes.
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13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Sigilosa maravilla de Renoir
Film realizado por Jean Renoir en el verano de 1936, que dejó inacabado y no volvió a retomar. La acción tiene lugar en las orillas del Sena, a lo largo de las horas previas al almuerzo, un día de agosto de 1860. El quincallero parisino Cyprien Dufour (André Gabriello), con el coche (carro ligero con toldo) de su vecino lechero, sale de Paris con la familia para gozar de un día de campo. Le acompañan su mujer Juliette (Jane Marken), su hija Henriette (Sylvia Bataille), su ayudante y novio de la hija, Anatole (Paul Temps) y la abuela (Gabrielle Fontan).
En la película el tema que vertebra la película (como el río permanente desde el primer plano) es la naturaleza. Trata sobre placeres del amor y también como las convenciones sociales pueden crear parejas imposibles sin ningún atractivo condenadas al aburrimiento. Como por ello se invierte o devalúa el valor de la vida, íntimamente relacionada con la naturaleza, con la vida misma o lo que es lo mismo, con el río.
El director del mediometraje firma la película como si de un vanguardista impresionista se tratara, apoyándose en bellas estampas donde se recrea en la belleza de la naturaleza. Los protagonistas desde un primer momento requieren a la naturaleza, es necesaria para ellos, pues con el sol abrasador de un verano ardiente se dirigen a cobijarse bajo la sombra de un árbol. En todo momento existe una comparación entre naturaleza y naturaleza del hombre, como elementos diferentes si bien debería de existir una sola naturaleza. El momento más bello y radiante del film tiene lugar cuando la protagonista se columpia acompasadamente al ritmo de la música de Korda y se llega a fundir con la naturaleza en el plano.
También es cierto que lo que pretende es preguntarse porque los hombres tendemos a distanciarnos de la naturaleza. En una escena se ve a unos curas pasando frente a estas mujeres, y no pueden reprimir echar un vistazo ante tal deleite visual, no pueden reprimirse, deben mirar. Su naturaleza se lo indica pero el líder de la comisión regaña a uno por hacerlo. ¿Por qué ir a contracorriente de lo que nos dicta nuestra naturaleza?
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11 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
un "amor fou" campestre
Deliciosa y corta película de Renoir, donde el gran cineasta francés despliega todo su realismo (mágico) al servicio de una jornada de campo, donde sus protagonistas juegan al gato y el ratón servidos en unos diálogos de nada edulcorado clasicismo. No pasará el tiempo para este gran clásico del cine europeo, ni para una película que, si existiera el género del "cine campestre", sería su embemática obra maestra. Preciosa y concisa obra de Renoir, como todo su cine.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Renoir bucólico e inacabado.
Es una pena que se trate de un film inacabado y que haya quedado en un mediometraje, puesto que se adivina en él una fluidez y delicadeza extraordinarias. Narra el domingo que pasa una familia en el campo, a orillas del Sena.
Renoir homenajea a su padre, el pintor impresionista Auguste Renoir y establece con ello una dialéctica pintura-cine y por ende, entre todo lo Artístico, jugando con la frugalidad, con lo bucólico, con las pequeñas cosas que se agigantan en su propia delicadeza. Para muchos, una perfecta obra maestra.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
El sabor de lo efímero
Cuando esa ventana se abre, la música explota bellamente en los oídos y el paisaje se introduce bucólicamente por los ojos; cuando esa ventana se abre una hamaca despierta al deseo y el olor del pasto se introduce dulcemente por la nariz, a que esperas...carpe diem.

No es puro disfrute la peli, no, hay tristeza allí atrás, se huele en el aire, la tormenta se avecina y los paseos en bote ya no son lo que eran. Fundidos encadenados actúan como elipsis invisibles, pasajes de lo efímero, de lo que puedo ser y no fue. Renoir extrae del elemento pictórico estas hermosas imágenes de una partida de campo que quedará grabada por su simpleza, por su rotundo realismo poético que se transpira en cada plano.

No es una peli para paladares ásperos. Puede resultar morosa si no se la palpa con cierto regodeo dulzón, pero es deliciosa si comprendés su gusto por las cosas simples.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Un domingo cualquiera
En la habitación había un lienzo y una cámara. El niño corrió sin pensar hacia la cámara, pero no perdió de vista el lienzo. Pasaron los años y decidió que su cámara debía grabar el lienzo.

Pero no existía el movimiento.

Todas las figuras que allí no respiraban, en su cabeza no dejaban de hablar y moverse. Dio vida a los hombres, a las mujeres y pintó utilizando el paisaje como lienzo. La brocha fue la cámara. Las palabras, el complemento al humor y la tragedia en un domingo cualquiera en el que realizar una escapada al campo. Los perfiles son personajes que complementan una historia con sus actitudes y vestuario. El agua es la calma que armoniza todo el conjunto.


¿Y dónde queda todo lo que aprendimos aquel día? En nuestras cabezas, lejos de la de Jean Renoir, donde los cuadros empiezan a actuar para armonizar sus trazos en nuestra imaginación. No existe obra incompleta, siempre que sepamos adjuntar el sentido y la realidad.

Creamos el movimiento sin lienzo ni cámara.

Un domingo para no olvidar.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
La cámara de Renoir
Ese a veces mal utilizado recurso en la crítica sobre la mayor o menor presencia de la cámara en una película me hace decir que en Una partida de campo la cámara mecánica, es un invento que se hace pequeño, muy pequeño acabando disolviéndose dentro de los ojos del espectador. Casi puede decirse que la película no existe; nadie y menos actores o equipo de rodaje, luces, transportes... nadie estuvo nunca en esos lugares que ves. Lo que ocurre es que la historia es más grande que la realidad de las imágenes. Es enorme la última frase de la película. Eso jamás podrá ser rodado en celuloide. Bueno. sí, lo hizo Renoir.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Le déjeuner des canotiers
Auténticos misioneros de la luz se podría decir en cuanto al cineasta francés y al celebre Guy de Maupassant en un homenaje merecido al padre pintor de Jean Renoir.
Un obra de arte plasmada en el celuloide para la inmortalidad.
La sencillez resalta con luz propia este medio metraje que aunque es en blanco y negro parece transportarnos a los cuadros en movimiento de los fundadores del impresionismo.
Un filme fresco y radiante, suave y sutilmente seductor que solo un misionero de luz como Jean Renoir es capaz de regalarnos para disfrutarlo en nuestra galería cinéfila del templo sagrado del cine.
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4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Renoir, todo un descubrimiento para mí.
Mi inmersión definitiva en el mundo del cine se produjo hace algo más de dos años, cuando comenzaba a asistir a las proyecciones del ciclo de cine de mi instituto, cuando me interesaba por páginas web especializadas, cuando empiezo a buscar críticas, fichas técnicas; y sobre todo, cuando descubrí el cine clásico. Los primeros clásicos que visionaba me fascinaban tanto que el gusanillo de cine (clásico y no clásico) crecía cada vez más y más en mi interior. Algunos de esos primeros clásicos fueron “Lo que el viento se llevó”, “La Dolce Vita”, “Ser o no ser”…

Dos años y pico después, y considerándome ya un cinéfilo obsesionado, descubro a Renoir, (y en versión original) que me deja boquiabierto con sus obras y amplia más mi cultura sobre cine y mi percepción sobre él.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Breve delicia
Creo que, aunque la película de Renoir se basa en el cuento de Maupassant y pueden compararse las dos obras, la comparación no conlleva que se considere mejor o peor una u otra.
Maupassant es el creador del relato original, y llega a ser más irónico, más incisivo y más erótico, aunque la película recoge muy bien el espíritu del relato y sus personajes, y lo enriquece.
La escritura de Maupassant es inigualable y magistral en la literatura, y la película de Renoir es inigualable y magistral en el arte cinematográfica.
La película tiene un encanto que encandila, y que creo que crece más cuanto más pasa el tiempo. Es una pieza breve con una delicia y una belleza que trancurren con naturalidad, pero en la que también se encuentran la nostalgia y la pasión. Todo ésto lo acentúa la preciosa música que la acompaña.
No puede olvidarse la interpretación de los actores, especialmente la de la protagonista, que es una delicadeza.
Hay muchas estampas muy bonitas, no sólo la del columpio, también cuando Henriette, mientras todos comen fritura, sigue soñando y alarga la mano para coger una cereza del árbol bajo el que se sientan. O la de la abuela con el gatito, que es más cómica, o el momento en el que Henriette habla con su madre, con un diálogo muy poético. Y, para terminar, las lágrimas de Henriette.
Dicen que es una pieza inacabada, pero tanto el principio como el final se ajustan muy bien al relato de Maupassant.
Quizá, si no fuera tan breve, se le escaparía un poco todo ese encanto que la película retiene, y que se acrecienta con el tiempo.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
De los álamos vengo, madre...
“De los álamos vengo, madre, de ver cómo los menea el aire…”, decía una joven doncella en un viejo madrigal español. El amor y la Naturaleza. No quedaban dudas de quién meneaba realmente. Pero, ¿quién se podía resistir a la gozosa exaltación, a la voluptuosidad confusa, a la concupiscencia tan feliz de los días ya lejanos de aquellos veranos? Muchos años después de aquella doncella, y muchos años antes de nosotros, Henriette seguía inflamándose con ese vago fuego, que no sabe explicar a una madre que comprende. Como le toca el chico fino de bigotito, diremos que su pasión es apolínea; el ruiseñor hace su aparición en el momento cumbre, es un ave emblema del influjo que la Naturaleza provoca en las criaturas jóvenes y hermosas. El querido “nachtigal” de la poesía romántica alemana, que usaron tantos escritores para el mismo propósito, (“Entre naranjos”, de Blasco Ibáñez, me viene a la memoria como ejemplo sublime). Mientras, la madre se deja inflamar también, esta vez por un fauno dionisíaco que danza, lascivo, soplando unas ramitas con forma de aulos, y ella ríe escandalosa, mojando sus lastres burgueses en el mismo jugo de exaltación emocional. Este cortejo feliz a lo largo de las riberas de un río francés, luminosas, exultantes, pertenece a la mejor historia del cine de todos los tiempos, y provoca en mí tanto la alegría como la punzada nostálgica, consciente de que no es más que una instantánea impresionista. ¡Ay, los ríos de verano! Los que no vivieron en ellos veranos felices con la familia, con las primas, con las amigas de la hermana... no entenderán jamás esta película… Aprovecho para homenajear a los dos ríos de mi vida, el Cabriel y el Eume, pero cualquiera pudo poner su corriente al servicio de la felicidad, antes de que los peces supieran a petróleo. ¡Ay, los oscuros y profundos ríos de Maupassant, a menudo no tan felices como el de esta película…! Sus rápidas corrientes son el tiempo que pasa sin vuelta; en el film de Renoir, curiosamente, la corriente dobla su velocidad en la escena de la tormenta, sin duda una de las transiciones más hermosas y poéticas que se hayan podido contemplar.
No nos olvidaremos de los hombres burgueses, tratados con torpeza pero con cariño. Su universo es el de la lentitud báquica. Embriagados en los vapores del alcohol, no entienden nada, y hablan de cómo atrapar peces sin entender que a su lado se produce una explosión de luz. Maravilloso trasunto de Stan Laurel y Oliver Hardy, con rebuscado parecido físico.
Lo de Renoir no es calvinismo, precisamente. Lo suyo es el gozo. No controla en ningún momento las explosiones, de luz, de alegría, de música, como la que se produce cuando se abre la ventana del restaurante, o la de los columpios. Sé que voy a decir una tontería, pero esta película tiene los colores más hermosos del mundo, aun siendo en blanco y negro. Como dice un amigo mío: “Ay, si no fuera por estos raticos”. Con ellos nos iremos consolando, deseando no tener que pensar en ellos todas las noches, como la pobre Henriette.
De verdad, el cine tiene poquitas obras maestras, muchas menos de las que señalamos, precipitadamente entusiasmados tantas veces, los usuarios de FA. Pero esta es una de ellas. A disfrutarla, a saborearla, a paladearla. Absolutamente maravillosa.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La gran belleza
En un principio este mediometraje del gran Jean Renoir habría sido un largometraje de no ser porque a mitad del rodaje tuvo que irse a los Estados Unidos y ya no tuvo ocasión de terminarla. Esto puede echar para atrás a aquellos que la quieran ver, pero os garantizo que es absolutamente imposible saber qué es lo que falta en ella, y por eso el montaje de 'Una partida de campo' se merece todos los elogios, porque conseguir dar significado al conjunto mediante la unión de unos trozos que en principio no tendrían relación clara es impresionante.

“Una partida de campo” es una absoluta maravilla, seguramente la película más natural que yo haya visto jamás, más pura que cualquier documental, verdaderamente excepcional, una película que cobra vida y traspasa al cine, o simplemente que lleva al máximo sus posibilidades de una manera de la que no estamos acostumbrados, hermosa a la vez que desoladora. En algunos momentos me quedé totalmente enamorado de lo que estaba viendo, de la belleza de sus imágenes, de su sabiduría.

Una obra maestra.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
IMPRESIONES
A sus 42 años Renoir separado de su primera mujer y pasado el meridiano de la vida, encuentra en el relato del mismo título del singular escritor parisino Guy de Maupassant el cauce ideal para dar rienda suelta a su lado más poético y existencial a la vez que el contexto le permite rendir un homenaje a la obra pictórica de su padre, con un estilo impresionista cinematográfico en deuda con la excelente fotografía de su sobrino Claude Renoir.
Presumiblemente planteado como un largometraje acaba siendo un mediometraje de apenas 40 minutos, que pasado el tiempo y viendo la joya que resultó, se nos antoja el formato idóneo para el cuento de Maupassant y para potenciar la futilidad de la vida, los sentimientos y el paso del tiempo.
El variopinto grupo humano que se da cita en torno a las orillas de un Sena a las afueras de París no tiene desperdicio, Renoir los manipula con maestría apoyado en unas actuaciones convincentes dentro del marco de la naturaleza que se une al protagonismo como un desencadenante de las fuerzas del ciclo de la vida. La existencia vista desde un caleidoscopio de sentimientos, donde chocan la razón y la pasión, dejando como siempre damnificados sin olvidar el humor en esa pareja que no puede dejar de recordarnos a Oliver y Hardy.
El propio Maupassant, misógino recalcitrante podía haber sido uno de los remeros, afición que desarrolló en su juventud a la par de su vida licenciosa.
Referencias claras a la obra de su padre y una maestría como narrador visual en la mitad de los años 30, década de su apogeo
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Qué gran invento el columpio
Como nueva forma de expresión, el cine ha estado profundamente ligado desde sus inicios a otras artes. La fotografía y el teatro son quizás las influencias más evidentes, pero no es menos cierto que otras disciplinas, como la pintura, también han ayudado a moldear la particular naturaleza cinematográfica. Se pueden observar claros paralelismos entre L’arrivée d’un train à La Ciotat [Llegada de un tren a la estación de La Ciotat, (Hermanos Lumière, 1895)] y el cuadro de 1875 Train dans la neige de Claude Monet, uno de los padres del impresionismo. El musical An American in Paris [Un americano en París, (Vicente Minnelli, 1951)] es todo un homenaje a este estilo pictórico. Y nadie puede negar la sugestión creadora de las obras de Edward Hopper en cineastas de la talla de Howard Hawks, Wim Wenders o David Lynch.

Quizá el ejemplo más obvio de esa unión entre el cine y la pintura pueda encontrarse en la cinematografía de Jean Renoir, hijo del artista impresionista Pierre-Auguste Renoir. La profunda admiración del realizador por el trabajo de su padre estuvo presente en la práctica totalidad de su filmografía, pero nunca llegaría a ser tan manifiesta como en el mediometraje Partie de campagne (Una partida de campo, 1936). El propio Jean Renoir afirmaría al respecto:

"Si ciertos paisajes y el vestuario pueden recordar a las pinturas de mi padre es por dos razones. La primera, porque el período y el lugar donde se desarrolla la historia coinciden con la etapa de juventud de mi padre. La segunda es porque yo soy hijo de mi padre y es inevitable estar influido por nuestros progenitores" (Jean Renoir en Entretiens et propos, Cahiers du cinema, 1979)

En cierto modo, todo el proceso de producción de Partie de campagne, fue un cometido familiar. Jean Renoir, a cargo de la dirección y del guion (adaptando un relato breve del literato naturalista Guy de Maupassant) no solo contó con el reconocimiento a la figura paterna. Su amante Marguerite (con quien nunca llegaría a estar casado, a pesar de que ella adoptara su apellido) se ocupó de la edición mientras que su sobrino Claude asumió el rol de director de fotografía. Asimismo, su hijo Alain ejerció como actor con un pequeño papel al principio del filme.

Partie de campagne nos narra el reencuentro con la naturaleza de una familia parisina que decide pasar un domingo a las orillas del Sena. Con esta simple premisa argumental, Renoir construye una película ciertamente atrevida para la época (llena de alusiones de carácter sexual), de ritmo enérgico, cómica en su inicio y dramática en su final. Los dinámicos movimientos de cámara (baste recordar la magnífica secuencia del columpio) contrastan con el uso acertado del plano fijo para mostrar los sentimientos de los personajes.

Rodada en la ribera del río Loing (lugar de culto para el impresionismo), cuenta con los cameos de Jean y Marguerite Renoir como posaderos, así como del intelectual Georges Bataille y de Henri Cartier Bresson, a la postre prestigioso fotógrafo de renombre mundial. Precisamente este último ejercería como asistente del director junto a unos todavía inexpertos Luchino Visconti (siete años antes de que se estrenara su ópera prima, Ossessione -Obsesión-) y Jacques Becker (quien dirigiría poco antes de su muerte Le trou -La evasión, 1960-). André Gabriello y Paul Temps (señor Dufour y Anatole, respectivamente) suponen el alivio exageradamente cómico del film, pudiendo ser comparados en su conducta con el célebre duo formado por Oliver Hardy y Stan Laurel (conocidos en España como El gordo y el flaco). Pero quien destaca por su expresiva interpretación es Sylvia Bataille, quien carga convenientemente con las tomas de mayor significación: la ya mencionada del columpio, y el encuentro furtivo con el remero encarnado por Georges D’Arnoux.

Lienzos como La grenouillère (1869), La promenade (1870), Les amoureux (1875), La yole (1875), Les canotiers à Chatou (1879), Portrait d’Alphonsine Fournaise (1879) o Le déjeuner des canotiers (1880), todos ellos de Pierre-Auguste Renoir, cobran vida en Partie de campagne. Lamentablemente, su hijo Jean se vio obligado a dejar inacabada la cinta (problemas metereológicos y de presupuesto le impideron terminar de rodar todo el material previsto en un principio). Tras diez años con el proyecto en punto muerto, el productor Pierre Braunberger pudo distribuir el mediometraje tal y como ha llegado a nuestros días (notas escritas incluidas, pues ayudan a una mejor comprensión). El último tramo, parte fundamental por su fuerte dramatismo, terminó, no obstante, resultando demasiado apresurado y brusco, casi confuso, hecho que no resta valor alguno al trabajo de Renoir. El documental Un tournage à la campagne (1994), editado por Alain Fleischer a partir de fragmentos no utilizados en la versión definitiva de Partie de campagne, resulta un impagable complemento de visión obligada para cualquier cinéfilo al contener escenas eliminadas del rodaje y apuntes del propio Renoir.
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