arrow
Crítica de Strhoeimniano
A Coruña, España
10
La imagen ausente
La imagen ausente (2013)
  • 7.2
    940
  • Camboya Rithy Panh
  • Documentary, Randal Douc, Jean-Baptiste Phou

Cuenta, memoria.

3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Decía la gran pensadora y escritora estadounidense, Susan Sontag, que la fotografía, la imagen, tenía el poder de hacernos testigos y cómplices de lo que observábamos. Así, una vez vistas, ya no podíamos decir aquello de: “yo no sé nada” o “no sabía que esto estaba ocurriendo…” El siglo XX, pródigo en imágenes, dejó para la Historia millones y millones de estos documentos que mostraron tanto sus luces como las atroces sombras que jalonaron su discurrir. Es en este período donde los “ismos” estallan con toda intensidad, sembrando aquí y allá su semilla de la barbarie de uno u otro signo. Comunismo, capitalismo, nazismo, fascismo, nacionalismo, maoísmo y un largo etcétera de ideologías repartieron las cartas de su siniestra naturaleza causando las mayores tragedias que ha conocido la humanidad, al ser escoltada por un progreso que elevó la tecnología militar más allá de todo límite, sobrepasando incluso la capacidad de destruir todo este planeta tres o cuatro veces (como si con una no fuera ya más que suficiente).
El cine, como ventana del mundo, se ha ocupado con mayor o menor intensidad, mayor o menor acierto, de todas estas “quiebras” que despejaron de humanidad y humanismo a TODA nuestra especie. Una de esas citas que marca con sangre la Historia es el genocidio camboyano ejecutado por el régimen maoísta de los Jemeres Rojos entre 1975/1979 y que para el cine ha pasado casi desapericibido (si marcas “jemeres rojos” en IMDB, solo aparecen 40 resultados). Para hacernos una idea de la escala de brutalidad de este asqueroso régimen, basta decir que en ese breve período de tiempo un cuarto de la población total de Camboya fue exterminada (curiosamente, la mayoría de las víctimas pertenecían a la etnia jemer, que era la propia ejecutora). Esto en números puros y duros viene a ser no menos de dos millones y medio de personas… Personas que no tienen su relato; pero sí su memoria.
El director camboyano, Rithy Panh, nos presenta en “La imagen perdida” su infancia, es decir: la memoria y su relato en esa Camboya/Kampuchea que sigue articulando con tenacidad toda su obra como documentalista y director (muy recomendable ver “S21: La máquina roja de matar,” documental en torno a esta instalación que viene a ser como el Treblinka del pacífico pueblo camboyano). Nadie es más consciente del poder de la imagen que el propio cineasta, de ahí que Panh nos invite, y se invite, en este documental a ver las “imágenes perdidas” de este cruel (auto)genocidio. Esta doble invitación contiene dos propósitos: por un lado, dejar constancia del horror vivido, luchando de ese modo contra la pérdida de esa memoria de la barbarie para ofrecerla a un mundo que la ignoró (al ocurrir durante la “Guerra Fría” un telón de silencio se impuso en la comunidad internacional sobre la tragedia que vivía el pueblo camboyano); por otro, Panh realiza esta obra desde sus cincuenta años recién estrenados, como un viaje que llevado por la nostalgia aprovecha para comprender ese tiempo y, de paso, exorcizar el sentido de culpa que tiene por ser el único superviviente de toda su familia.
Para esto amplía el lenguaje del documental llevándolo a un universo que hace de “La imagen perdida” una obra única. Generalmente, el lenguaje cinematográfico en este género estaba íntimamente ligado a la realidad, es decir, el documental era un “documento” de la realidad (nada que ver con el docudrama, que es, a falta de material original, la reconstrucción de esa realidad). Sin embargo, Panh explota estos límites para ofrecernos una reconstrucción que no se asienta en ninguna de estas clasificaciones.
Primeramente, la narración, como no podía ser de otro modo, está hecha desde el “yo;” un yo que no solo personaliza lo que cuenta sino que también el cómo lo cuenta. Nada de su espeluznante relato sale fuera de estos límites. Otro documental que no tuviese esa audacia, tomaría los infinitos testimonios que guarda el pueblo camboyano sobre ese negro período para ofrecer esa tensión emocional que acompaña a este tipo de documentales. Pero Panh, se aparta de ese camino tan transitado para ofrecernos una experiencia visual singular. Por un lado, inserta las imágenes anteriores a esa Kampuchea invivible, unas imágenes que para nada desentonan de las que podía ofrecer cualquier otro país pese al exotismo con el que contemplamos todo lo ajeno; por otro, las propias imágenes del régimen jemer que, tanto en aquellas que muestran la pretendida felicidad como aquellas otras que sencillamente documentan el trabajo en los campos, connotan finalmente el HORROR de esa época. Así, hay momentos, por ejemplo cuando muestra los trabajos en los campos de exterminio, en los que quedas aterrado sintiendo que la diferencia entre esas miles de personas que se mueven exhaustas y frenéticas y los esclavos egipcios que construyeron las pirámides no existe, o si existe, empeoró para los camboyanos. Y por último, “las imágenes perdidas” de su experiencia. Para estas no acude al docudrama, sino que hace una apuesta creativa realmente alucinante: recrea mediante unas figurillas de arcilla toda la atrocidad de unos recuerdos que nunca podrá borrar. Esas figuras de barro, sumamente expresionistas pero sin rasgos que permitan un retrato certero, logran, pese a su estatismo y ese paisaje casi naif sobre el que las sitúa, conmoverte hasta lo más profundo y alcanzar una representatividad que no lograría si se centrase sobre testimonios individuales. De algún modo, ese barro del que provenimos y moldea, pone rostro y voz a todos esos gritos del silencio que nadie quiso escuchar.
Ahora solo te queda sentarte y ver esa obra maestra que es “La imagen perdida.”
¡Haz que tu opinión cuente valorando la crítica!
Ver más críticas del usuario Strhoeimniano
Ver más críticas de la película La imagen ausente