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Crítica de Servadac
Madrid, España
3
Un monstruo viene a verme
Un monstruo viene a verme (2016)
  • 6.6
    33,925
  • España J.A. Bayona
  • Lewis MacDougall, Sigourney Weaver, Felicity Jones, Liam Neeson, ...

Requiem por un sueño

36 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
Después de todo lo escrito (en este y otros medios) sobre ‘Un monstruo viene a verme’, no me queda más opción que claudicar. El cine ha muerto. Lo que pueda haber ahora es otra cosa. Un algo que tendrá sus detractores y sus partidarios, sus popes y enemigos.

El cine, para mí, es ante todo una manera de soñar o de creer; un sinfín de artificios incontables, insignificantes en sí mismos pero cuya suma es verdadera. Cueva de Alí Babá con mil y un detalles prodigiosos –un gesto, una mirada, la magia que se cuela entre dos fotogramas imposibles–. El cine es un oficio de artistas artesanos que esculpen con la luz, el tiempo y el sonido.

El cine es vida. Escrita, tomada y recreada. El cine, mi cine, no puede ser infografía. Pesa más en la pantalla el cartón piedra de un muro de ‘Macbeth’ (1948, Orson Welles) que un ejército infinito de programadores digitales.

En estos días cierra el Palafox, emblema de Madrid. Después de 55 años –que me traen a la memoria el clásico ‘55 días en Pekín’ (1963, Nicholas Ray)– ya no hay lugar en mi ciudad para ese dinosaurio. Corre el rumor de que, tras breve duelo, en ese espacio se abrirán algunas salas diminutas. Todo encaja. Ya no vamos al cine como antaño. Ordenadores, tablets, celulares… Si la T.V. fue la pica, los ‘nuevos’ artefactos quizás sean la puntilla.

Lo que empezó en un sótano del Boulevard des Capucines está acabando en un teléfono que cabe en el bolsillo. Atrás quedó el cinemascope, atrás quedó el “Visite nuestro bar”; ahora el bar se instala en la butaca y cubre de basura el suelo de los cines, locales, trenes, autobuses.

J. A. Bayona no es culpable. Sólo se sube al carro de la actualidad. El cáncer –mucho más real y terrible que cualquier fantasía imaginaria– no es el monstruo. El monstruo es el ordenador, que lo convierte todo en videojuego. No hay lugar para emociones genuinas cuando detrás de cada plano se vislumbra la manija de un programador.

Los dibujos del cuaderno de la madre me parecen lo mejor de la película; me retrotraen a un mundo en que se componía fotograma a fotograma. Los tiempos han cambiado. Es necesario hacerse a un lado para que no nos arroye el tren de la informática, tan distinto al tren de La Ciotat. De ahora en adelante, tendremos que ir a todas partes con un joystick.

El cine ha muerto; nos queda sólo el Capitol.
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