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7
El sueño de Humboldt
Heimat, en alemán, significa patria. Edgar Reitz ideó Schabbach, un pueblo imaginario a través del cual pretende relatar, a su manera, la historia reciente del país. El fruto de este esfuerzo colosal es la muy celebrada (pero casi desconocida en nuestras latitudes) trilogía de Heimat, que animo a degustar capítulo a capítulo. Algo menos de una década después de la tercera entrega, Reitz nos brinda una precuela de la serie.

El título, ‘Die Andere Heimat - Chronik einer Sehnsucht’ (Otra Heimat – crónica de una visión) nos habla de ‘otra’ patria. Podríamos pensar que dicha patria es distinta a la Heimat de la trilogía, ya que en esta ocasión se aborda la Alemania en embrión del siglo XIX, y no del XX. Pero yo intuyo una lectura más profunda del adjetivo “otra”, apoyándome en el título completo de la cinta. Y es que la película es la crónica de una visión. Una visión idealizada y realista, por decirlo de algún modo. Historia íntima y emocional; global, simbólica y, por supuesto, subjetiva. Realismo mágico teutón, si se me permite la etiqueta.

El plano histórico es correcto (privilegios o abusos feudales, hambre, emigración a un Brasil más soñado que cierto, revolución –social e industrial–, razón, trabajo, etnografía), pero yo me quedo con el plano personal: la relación entre los dos protagonistas, Jakob y Jettchen, es maravillosa. La concepción de ambos personajes es pura poesía. La primera vez que se encuentran, ella está desnuda; en la primera cita, ella no puede controlar la diarrea que le ha provocado el exceso de mosto. Él, que carece de habilidades sociales, se expresa mágicamente con el idioma de los indios. Su relación es un soplo de aire fresco en el corsé alemán del siglo XIX. Ellos son la espina dorsal de la película.

Nada más empezar la proyección, se advierte un cuidado exquisito (quizás, excesivo) en la puesta en escena, el atrezo, el vestuario, los encuadres, la fotografía… Desde los movimientos de cámara hasta la coreografía de los habitantes de Schabbach, todo está pensado y bien medido. Me costó, inicialmente, acostumbrarme a la verdad de un artefacto tan planificado. No es fácil combinar la pulcritud de lo simbólico con los charcos de barro de la historia.

Abundan los diálogos escritos con mano dorada de guionista. Diálogos del tipo:

- Si pudieras volar, ¿adónde irías?
- Al pueblo de mi infancia.
- ¡Para eso no hace falta volar!
- A mi edad, sí.

También abundan las grandes frases en cursiva. Frases del tipo: “Las religiones han sido inventadas por el diablo para sembrar entre los hombres la discordia.”

En este pueblo de Edgar Reitz, el símbolo y el mito acechan por doquier. La empresa, de entrada, es admirable. Y, aunque el conjunto sea un tanto irregular, el resultado me ha dejado satisfecho. Béla Tarr, y muy especialmente su monumental Sátántangó, es referencia obligada. Por ambición, propuesta estética, intenciones y tono, pese a que en Tarr el humor queda desterrado mientras que en Reitz no es infrecuente. El director húngaro, en mi opinión, aun yendo más despacio, llega más lejos.

Hay quien señala cierta afinidad con el rodar de Terrence Malick. Yo, sinceramente, no veo más que un parecido leve al retratar algún paisaje natural. La obra de Reitz es de otra especie, me atrevería a decir que es de otro continente. Sus puntos en común no pasan de ser superficiales.

A lo largo de la película, rodada en un impecable blanco y negro, el director ofrece varios fragmentos de color: no fotogramas ni secuencias al completo, sólo objetos especiales: una pared, una moneda, la piedra del abuelo (aunque no soy experto en minerales, quiero pensar que se trata de un ágata de Brasil: ¿qué mejor talismán para el viaje con el que sueña Jakob Simon?), la bandera, las flores diminutas en el prado… El goteo de objetos de color no cesa en todo el recorrido de la cinta. Y es una buena metáfora de ella. Puesto que, más allá del plano histórico, de los conflictos religiosos o sociales, de los estragos de la enfermedad, del hambre y de la emigración, de lo esquemáticos e incluso bufos que resultan varios personajes (como el hijo del Conde o el padre de Jakob), de algunas frases quizás fuera de tiempo y de lugar… más allá, digo, de sus posibles defectos, encuentro en la visión de Reitz, destellos de excelente poesía.

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En un momento determinado, la abuela le dice al joven Jakob que tenga cuidado con sus sueños, no vaya a ser que acaben por cumplirse. La frase me inquietó. No en vano Jakob es un soñador empedernido, lleno de encanto e ilusiones literarias y científicas. ¿Qué puede haber de malo en que se realicen los sueños de alguien como él? ¿Qué pretende transmitirnos el octogenario Edgar Reitz con esa línea de guion? Tal vez, mirando atrás, la historia de Alemania sea la respuesta.



[Texto publicado en cinemaadhoc.info]
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25 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Otra Alemania
Poca gente conoce la trilogía de miniseries televisivas que dirigió el alemán Edgar Reitz en los años 1984, 1992 y 2004, todas bajo el título de Heimat. Reitz se encargó de realizar una crónica sobre lo que el Siglo XX había supuesto para el país germano hasta ese momento. No es poca cosa: etapa pos-Bismarck, dos guerras mundiales, República de Weimar, III Reich, división de Berlín, reconstrucción de un país devastado… Mucho que contar, por lo que se entiende perfectamente que el realizador apostara por ese formato.

Casi una década después del último registro, sin embargo, Reitz parece haberse dado cuenta de que faltaban cosas por contar. A sus 81 años de edad, se ha encargado de dirigir nada menos que una precuela de aquellas tres miniseries. Bajo el título Otra Heimat – crónica de una visión (curiosa la decisión de no traducir Heimat, que significa “patria” en alemán), la acción se sitúa esta vez a mediados del Siglo XIX en una localidad cualquiera de Alemania, donde los vestigios de la aristocracia todavía siguen a buen recaudo mientras el pueblo llano anhela más derechos y libertades, al estilo de lo que medio siglo antes habían logrado (al menos en teoría) sus vecinos franceses. Ya se sabe: liberté, egalité, fraternité. Entre ellos destaca el joven Jakob Simon, que contempla con tristeza la situación que atraviesan sus congéneres, por lo que sueña con emigrar del país y encontrar asilo al otro lado del Atlántico, en Brasil por ejemplo, tal y como algunos otros ya intentaron.

Con aproximadamente cuatro horas de duración, Otra Heimat es un bellísimo retrato de una época bastante olvidada de la etapa alemana en detrimento del más fructífero Siglo XX. Lo primero que llama la atención es la fotografía en blanco y negro, en la que se aprecian otras tonalidades de colores cuando la situación lo requiere. Pronto nos damos cuenta de que visualmente roza la perfección, es una gozada para la vista ser testigos de esta crónica histórica, ya no sólo por la mencionada fotografía, sino porque cada encuadre, cada toma, es de una calidad suprema. Más aún cuando la música acompaña tan bien a las imágenes; ante un espectáculo para los ojos, mejor no arriesgar los oídos. Y así es, no es una BSO grandilocuente, sino simplemente óptima para no estropear la experiencia.

Centrándonos más en la historia que cuenta Otra Heimat, hay que decir que el comienzo es bastante lento, como no podría ser de otra manera en una película de tan larga duración. Pero sería un sacrilegio calificarla de “lenta” en el sentido despectivo. Lo que sí es cierto es que, a diferencia de otras películas con las que podríamos compararla, como por ejemplo Novecento, el punto de partida no se sitúa justo en el nacimiento del protagonista y va siguiéndole durante toda la vida, sino que el relato comienza cuando el personaje en cuestión ya es un adolescente bastante crecido. No hay una evolución al galope, sino que se produce a un ritmo pausado, para que dé suficientemente tiempo a paladear cada escena, tal y como dictan las reglas del buen cine.

Y no hace falta decir mucho más. Para cualquiera que no le suponga un obstáculo las cuatro horas de duración (aunque se puede ver en dos partes con descanso intermedio, como probablemente se haga en el estreno de cines y como se ha hecho en el 16º Festival de Cine Alemán), el blanco y negro, la acción tan lejana en tiempo y lugar o el ritmo pausado y contemplativo, le resultará imprescindible visionar la que seguramente sea desde ya una de las mejores películas europeas de lo que va de siglo, cumbre de un director ya más que veterano y símbolo de que todavía se pueden hacer películas con cierto aroma clásico en el cine sin temor a que algún desaprensivo las puede calificar como “antiguas” o “pasadas de moda”. Grandísima Otra Heimat.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
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13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Arte en la pantalla
Edgard Reitz ya había realizado una excelente (aunque poco conocida por aquí) serie de televisión llamada “Heimat”, que resulta ser una magnífica crónica del siglo XX mostrada desde un pueblo ficticio de Alemania llamado Schabbach, en la que seguimos la historia de la familia Simon desde la Primera Guerra Mundial hasta el fin del siglo. Una serie costumbrista, didáctica, apasionante y tremendamente artística, que no se parece nada a las series que estamos acostumbrados a ver en televisión.

Ahora, Reitz, ya octogenario, nos despacha una película que resulta ser una precuela o prólogo de aquella sensacional serie. Nos muestra a los antepasados de los Simon, en el mismo pueblo, en la misma casa, con la misma herrería, pero en otro tiempo, cuando la pobreza y el despotismo hacía que sus habitantes se plantearan la emigración a Brasil como único medio para prosperar, en unos tiempos durísimos, cuando lo normal era que los niños murieran antes de que aprendan a andar

Reitz, como ya hiciera en la serie televisiva, elabora una obra fascinante, tanto en el fondo como en la forma, mostrándonos la Historia a través de una historia. Porque mediante una historia pequeña, íntima y familiar situada en un diminuto pueblo alemán se refleja la gran historia de todo un país, probablemente de todo un continente. Es la rigurosidad histórica, la fría y pedagógica historia narrada por medio de una trama de amor, de sentimientos familiares, de descubrimiento personal, de sueños individuales… es la historia de un gran país vista desde el espejo de una familia ficticia, en un pueblo ficticio.

“Heimat” se va relatando a través de la voz en off de Jakob, el personaje central. Jakob vive en el pueblo con su familia, pero es distinto a ellos. Mientras toda la familia trabaja de sol a sol en el campo o en la herrería para poder vivir en esos años terribles (se alimentan casi exclusivamente de patatas), Jakob lee libros, aprende frases de los nativos de la selva amazónica, y sueña continuamente con escapar de su pueblo y cruzar el océano.

Jakob se siente fuera de contexto. Sabe que no es como los demás. Quiere a su familia y les gustaría ayudarlos, pero vive ensimismado en sus sueños. Tímido e introvertido, busca la soledad para leer, para soñar. Mientras los demás chicos buscan chicas para levantarles la falda, él se enamora. Se rien de él porque en lugar de saber manejar una máquina, sabe leer. No pelea por comida, pero sí por los libros, que es lo que realmente le alimenta.

Reitz no tiene prisa. La película dura cuatro horas. Así como suena. Esto, indudablemente, supondrá un lastre comercial, pero Reitz ya lo sabía y se ha atrevido con ello igualmente. Yo le aplaudo. Una historia de estas características y esta magnitud no se merecía ser narrada con prisas. ¿Y si os digo que no me hubiera importado que durase un par de horas más? Pues tal cual.

Para hilvanar el relato histórico y los sentimientos de los personajes, Reitz recurre, como ya hiciera en la serie televisiva, a la naturaleza. A pesar del blanco y negro, la naturaleza se alza imperial sobre la película, empequeñeciendo a los personajes con su inmensidad. Realiza planos espléndidos de los campos de trigo en los que los personajes son eclipsados por la frondosidad de la naturaleza y su inabarcabilidad. Los campos, el rio, los árboles, las rocas… son tan protagonistas como los personajes, y vertebran la historia igual que ellos.

Estéticamente “Heimat” es una joya. Como hizo en la serie, vuelve a apostar por la elegancia del blanco y negro, roto puntualmente por algún elemento en color. Elementos que Reitz subraya de ese modo, otorgándoles color. La bandera alemana, unas flores en el campo, la piedra del padre de Jettchen, las cerezas que cuelgan de un árbol, un trozo de muérdago que decora la casa…

Es un espectáculo visual que te atrapa en la silla desde el primer minuto. Cada plano es una obra de arte. Cada travelling, cada toma es de una calidad insuperable, de una belleza descomunal. Y la música da perfecta réplica a lo visual, ayudando siempre, entrando cuando tiene que entrar (hay muchos pasajes de la película sin música, y es perfecto que así sea) y siempre al servicio del film, decorando aún más la ya de por sí inmejorable parte visual.

La película se divide en dos partes (entre una y otra hay un descanso de cinco minutos, perfecto para ir al baño). En la primera, Jakob nos presenta la historia con la voz en off a través de su diario. En esa primera parte el tono es alegre, optimista, los personajes no han perdido la inocencia, todo es primaveral y onírico. En la segunda parte, las cosas cambian para Jakob y para todos. La vida le atiza a Jakob, como atiza a todos los soñadores. Llega el desengaño amoroso, la cárcel, las enfermedades, la muerte de seres queridos, los sueños rotos. Hasta el paisaje de los campos floridos se transforma en páramos agrios. Bienvenido al mundo real.

La película lo tiene todo. Intento buscar algún pero, para dar más sensación de objetividad, pero no existe. Podría decir que es muy larga, pero mentiría. Dura lo que tiene que durar, es perfecta tal como está. Largo se me hace esperar el autobús cinco minutos, pero cuatro horas de esta obra maestra son cuatro horas de placer, y eso nunca es largo. Si acaso, lo peor que tiene es que es demasiado bella, puesto que tanta belleza a veces hace que te centres tanto en lo que ves que pierdas un poco la noción de la historia que te están contando.

“Heimat” no es una película al uso. Nunca se verá en los cines de un Centro Comercial. Es otra cosa. Es una obra audiovisual espectacular, una epopeya inolvidable. Una de esas películas que, al salir del cine, ya sabes que es imperecedera, que has asistido a un acontecimiento. Sabes que dentro de unos años podrás decir “Yo vi Heimat en una sala de cine, de estreno”, y que se te iluminarán los ojos al contarlo, como se iluminaban las violetas en los campos de Schabbach.

https://keizzine.wordpress.com/
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9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
ERASE UNA VEZ EN ALEMANIA
Edgar Reitz profesor y director cinematográfico alemán comenzó su extensa filmografía a finales de los 60, pero fue a partir del 84 cuando ocupó su lugar en la historia con el estreno de la primera parte de Heimat (Patria), una serie que repasa la vida de Alemania desde 1919 al 2000, tomando como base un pueblecito ficticio, Schabbab, en la zona de Hunsrück en su Renania natal.
La serie que consta de tres partes y más de 50 horas le ha llevado 30 años de su vida y ha obtenido premios y reconocimientos. Ahora a sus 83 años nos regala otra entrega más. En este caso a modo de precuela ambientada a mediados del XIX, cuando se produjo una emigración masiva de la zona, mayoritariamente a Brasil, debido a la pobreza acrecentada por las malas cosecha y el abandono gubernamental.
Rodada en un exquisito blanco y negro con alguna pincelada de color, peca de un perfeccionismo extremo (fotografía, encuadres, diálogos...) que como bien apunta "Servadac" (filmaffinity/23-06-2014) merma en cierta medida su credibilidad etnográfica a favor de su vertiente más metafórica y poética. Una maravilla en cualquier caso de ritmo pausado que nos sumerge en los avatares y anhelos de una familia y su entorno geográfico y social de la que no podemos desengancharnos en sus casi cuatro horas de metraje.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Lo bueno, casi desconocido
Al lado de tanto bodrio como aparece en esta página -junto a grandes cosas, todo hay que decirlo- extraña tan pocas críticas de esta película inmensa, también en lo larga, en blanco y negro, ambientada perfectamente en un pueblo renano de mediados del XIX, con unos intérpretes sencillamente maravillosos, de una seca elocuencia.
El blanco y negro, con los pequeños toques de color, hace que a veces, junto a la miseria, se cuele lo onírico y se llegue a momentos de gran poesía.
El guión es excelente, bien pensado, sin mucha palabrería pero certero casi siempre.
Hay que verla, claro, en el idioma original y ver a ese formidable Jakob embelesado con las lenguas de los indígenas brasileños y enseñando a decir frases a la que quiere y nunca tendrá, por aciagos sucesos que sería muy largo contar.
Son los años anteriores a una época crítica, 1848, cuando empezó por fin a cambiar lo que lleva siglos siendo el dominio de unos pocos sobre muchos. Aquí hay una revolución a pequeña escasa que, como era de esperar, fracasa.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
El cine de antes
Bajo ese manto de cine "como el de antes", con todas sus ínfulas (ventajas e inconvenientes, como su largo metraje...) Edgar Reitz construye más que refleja en imágenes, toda una oda de una familia de campesinos a lo largo de varias décadas. Como era de esperar, sus sufrimientos, amores, desamores, hijos, muertes, enfermedades y demás acontecimientos de la vida misma, para que el espectador se sienta plenamente identificado, a pesar de la distancia temporal y cultural de la cinta. Algunos intérpretes son un tanto fríos, distantes, para todo lo que se cuenta en imágenes, pero el calado sentimental de la obra llega más allá que la pureza del blanco y negro, con destellos de color en algunos detalles significativos. A pesar de sus minutos, no se hace larga y, si se va preparado a verla, es toda una "película río". Sin grandes sorpresas pero buenos hallazgos. Es el cine de antes, traído a 2015, para aquellos que disfruten del cine en toda la extensión del término. Lo hizo mejor Bergman con "Fanny y Alexander", por ejemplo, pero no deja de ser una obra muy notable.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
UN DIAMANTE BIEN PULIDO.
De vez en cuando los directores se lanzan a realizar obras mastodónticas y de duración XXL para su proyección. Algunas han pasado a la historia como “Novecento” de Bernardo Bertolucci o “Siberiada” de Andrei Konchalovsky pero con la que más similitud tiene este nuevo trabajo del alemán Edgar Reitz – en duración y trama- es la maravillosa “Los emigrantes” de Jan Troell.
“Heimat, la otra tierra” tiene varios puntos a su favor. El primero de ellos son los diez años que ha tardado su director en realizar el film que nace de su serie de cincuenta horas para televisión titulada “Heimat” (en alemán Patría). Como si de un cuaderno del rodaje se tratará, Edgar Reitz pule su idea a fuego lento, ambientándola en un pueblo ficticio de la Alemania de mediados del siglo XIX. Allí sus protagonistas conviven con la tiranía de los señores feudales, con las enfermedades, con los sueños, con la vida, la primavera, el invierno y con la muerte.
El segundo es el sueño de encontrar una vida nueva en el Nuevo Mundo en aquellos años y que hoy día aún está muy presente en pleno siglo XXI. Ese es el sueño de Jakob Simons (el protagonista) viajar a Brasil a conocer todas las aventuras que describen los libros sobre ese país tropical y tener una vida mejor.
El tercero es como está filmada la película, en blanco y negro presentando puntos de color cuando en la historia aparece algo diferente. Como si enlazara capítulos de una serie o cada vez que nos presenta a algún personaje nuevo que cambia el ritmo de la historia.
El cuarto punto es su duración, casi cuatro horas que pasan desapercibidas. Aquí su director Edgar Reitz ha trabajado como un auténtico orfebre del cine y la ha pulido como si fuera un diamante. Ha sacado de ella el brillo a pesar de lo duro y miserable de la historia que nos cuenta.
El quinto punto a su favor, es que demuestra su realizador no hacer falta efectos especiales para atraer la atención del espectador. La actuación creíble de sus actores que se meten de lleno en sus personajes, la puesta en escena y la sencillez con que te engatusa lo que está contando hace que te metas en ella de lleno.
En definitiva “Heimat, la otra tierra” es un trabajo redondo que no hay que perderse.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La tierra prometida
Heimat - La otra tierra

Nos llega con cierto retraso esta monumental obra que el alemán Edgar Reitz realizó en 2013 (como precuela de otras tres que forman la serie Heimat) y sus cuatro horas de metraje no hacen sino prolongar el suculento banquete al que nos invita este hábil realizador.
Es el año de 1842, casi a mediados de siglo, el que marca el inicio de su película en un puebecito imaginario llamado Schabbach en las olvidadas tierras rurales de la antigua Prusia, hoy Alemania.
Corren malos tiempos en una Europa sufriente, desolada, devastada; la hambruna y la miseria se hacen notar con mayor virulencia en las zonas campesinas; los buitres insaciablede la aristrocracia aún picotean ávidos sobre la espalda encorvada de sus siervos en feliz contubernio con las omnipresentes religiones -católica y protestante- que siembran el odio entre iguales separando familias de diferentes credos.
Reitz da vida a la familia Simon dotando a sus personajes de tal realismo que por momentos nos hace dudar de si lo que nos muestra en la pantalla son actores o personajes de un documental.
Cuando la pura supervivencia del día a día es en sí misma una prioridad urgente, acentuada además por una época de atroz depresión, no caben sentimentalismos ni retóricos gestos afectivos.
Sin embargo la compasión, el dolor, la tristeza y la solidaridad de estos desgraciados están presentes en toda su admirable grandeza. Seres que no se resignan a su triste y miserable condición, luchan denodadamente por cambiar el rumbo de su destino. No existe dolor más grande que el de enterrar a tus hijos pequeños inmolados por las epidemias, el hambre, la suciedad y ni aún así esa dolorosa herida logra empañar sus sueños.
Aspiran a un mundo mejor y tras el gran océano aparece la promesa de un Nuevo Mundo donde las cosechas se dan pródigas dos veces al año y la nieve no cae en invierno. Brasil se alza ante su ingenua y desbordante imaginación como la Tierra Prometida. Y si partir a tan incierta aventura -cuando la posibilidad de volver algún día era muy improbable- supone el desgarro de cercenar de cuajo las raices que te atan a tu tierra, tu pueblo y tu gente, es su extrema desesperación la única fuerza que les impulsa.
He visto, en definitiva, una obra solvente, sólida, paciente, realizada sin las prisas que hoy atenazan nuestras vidas, de imágenes poderosas, estéticamente impecable e iluminada por una sublime fotografía en blanco y negro que Reitz colorea con puntual elegancia para destacar con vivos rojos los frutos de un cerezo, el pálido azul de la flor de lino o los infinitos ocres de una geoda traspasada por la tenue luz de una fría mañana de invierno.
Un filme, en fin, sobre la emigración que nos viene como anillo al dedo si, tan sólo, nos hace reflexionar sobre la realidad lacerante que contemplamos cada día cómodamente sentados frente al televisor o nos ayuda a entender y aproximarnos a la inenarrable tragedia que abrasa a muchos de nuestros hermanos.

Emilio Castelló
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2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La fábula de Alemania
El muy estimable cineasta germánico Edgar Reitz lleva más de treinta años de carrera mostrando la vida pasada de la sociedad alemana con su trilogía Heimat, que se completa con esta espécie de precuela que se mueve en la Alemania rural del siglo XIX.

Tras las dos primeras partes rodadas expresamente para televisión, Reitz presenta en cines este capítulo éxodo sobre la Alemania del siglo XIX. El filme se mueve en el terreno de otros ambiciosos proyectos similares a la novela río como la enorme Novecento de Bertolucci.

A nivel de evolución narrativa se mueve en bases tradicionales, como la lucha por el amor de la chica por parte de los hermanos de la família protagonista o la vital presencia de la matriarca familiar.

Reitz presenta esta extensa y clásica historia en un bellísimo blanco y negro, moviendo la cámara con una gracia indescriptible y formalizando en su puesta en escena la evidencia de estar ante un filme grande en todos sus sentidos. La larga duración cercana a las cuatro horas y su más que predecible poca distribución no ayudarán a tener la posibilidad de disfrutar para muchos de esta bella historia sobre una familia y sobre la Alemania del siglo XIX.

El Crítico Inquilino
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Esperanza por esperanza
Un rara avis dentro del Cine, "La otra tierra" viene a rellenar el vacío de la tradición épica europea y la ortodoxia formal que hasta hace menos de treinta años caracterizó al cine más prestigioso e influyente de nuestro continente. Desde entonces se han hecho algunas obras mayores en este sentido pero debido al cada vez más encorsetado formato comercial americano es más difícil acceder a ellas para el público medio. Me viene a la cabeza la grandiosa, "La mejor juventud" (Giordana, 2003).
Con una duración que presupone una atención y predisposición absolutas para disfrutarla y comprenderla en su plenitud (y yo que me alegro), Edgar Reitz se lanza a por su cuarta parte de la obra por la que va a ser recordado cuando muera. Si bien como precuela de toda la saga y quizá por la que haya que empezar para contextualizar correctamente todo el proceso de desarrollo primero y decadencia social después a la que ha llegado la Alemania actual (aunque con los tiempos, conseguir que alguien vea cualquiera de las partes es en sí mismo un mérito nada desdeñable).
Nos encontramos pues en un pueblo a mediados del XIX, el nexo de unión de casi todos los actos es Jakob, bendita oveja negra, ambicioso y soñador, culto y sensible y por lo tanto, inadaptado e incomprendido, sobre todo en un entorno en el que la mayoría solo piensa en como se las apañarán para seguir un día más con vida mientras son oprimidos y casi asfixiados por unas tiránicas leyes impuestas por los grandes aristócratas de la región.
La obra se divide en dos partes, la primera, al estilo de las novelas de aprendizaje, nos lleva de la mano del propio Jakob, en su proceso de madurez (básicamente el llevarse hostias emocionales, y no tan emocionales) que culmina con un profundo desencanto tanto desde el plano sentimental como desde el político al ver que la realización de estos dos aspectos dependen también de elementos externos no controlables e incluso, constituidas por fuerzas mucho mayores a las que no es posible enfrentarse solo.
La segunda parte empieza con un plano silencioso del cartel del pueblo, prolongación inquieta de las malas sensaciones con la que acaba la primera. La intuición no falla: Se avecinan cosas peores pero de distinta naturaleza.
Desde la individualidad con cierto encanto desmitificador (ahí es nada lo que consigue Reitz) se deja paso a un fresco social deprimente: los personajes jóvenes se ven obligados a madurar, a comprender rápidamente que su lugar en el mundo no se diferencia mucho realmente del que puedan tener un mueble o un arado de su propiedad. Las risas y travesuras de la juventud dejan paso al trabajo sin garantías, a las ilusiones perdidas y por añadidura, a las enfermedades, las primeras muertes de amigos y familiares y los hijos no natos o prematuramente fallecidos.
La hostia existencial está bien medida, y en ese sentido, nadie lo hace tan bien como los alemanes.
Jakob, se convierte en una especie de paria social desde que lo encarcelaron, pero la falta de tiempo de su gente y de sus padres, provoca que, en poco tiempo, se integre en su pueblo otra vez con naturalidad, no hay lugar para los chismorreos y dedos acusadores con los que la cinematografía tradicional nos había mostrado la vida rural clásica. Hay que unirse rápidamente al engranaje mecánico, medio oxidado y aparentemente irreemplazable con el que les ha tocado vivir.
Uno ya comprende que no puede hacer de la vida lo que uno quiera, si no lo que esta le permite. Ya a uno no le pesan los fallos del pasado, el tiempo perdido o las oportunidades desaprovechadas, solo queda mirar para adelante, trabajar y comprender que esto no es culpa de nadie, pero que a la vez es culpa de todos.
No hay fuerzas ni espíritu para lograr un cambio social efectivo, carecen de medios, carecen de palabras para expresar correctamente sus necesidades y sobre todo carecen de tiempo.
Los habitantes del pueblo no pueden, entonces, organizarse contra las clases dominantes, pero todos sueñan en secreto con hacer las Américas, una ambición aparentemente absurda y culturalmente dificultosa pero que surge de la propia desesperación existencial por la falta de autorrealización.
Jakob es el primero que sueña con ello, es el primero que sabe, gracias a los libros y a la cultura, lo que le puede esperar al otro lado del charco, pero será el último en irse, obligado por el trabajo de herrero, alma y verdadero sustento (mal que le pese) de la familia y por la delicada salud de su madre, quien a su vez sueña con cumplir al menos el deseo universal de no morir sola y abandonada, una tregua personal con el mundo que Jakob comprende a medida que crece y que acepta a regañadientes mientras se cartea con científicos de la capital.
Es admirable la evolución psicológica de los personajes, especialmente del propio Jakob y de su eterno amor Henriette, ambos son víctimas del sistema déspota que les rodea, que refina su sadismo otorgando nuevos "beneficios" y comodidades a las familias pero como simple estrategia para que puedan producir más y no presenten tantos problemas (la escena de la rebelión por los toneles de vino y la claudicación por parte del conde es un ejemplo claro). Pero a la vez, son víctimas de su propia condición, que se revela al final como hermosa por ser pura, humana, la falta de realización en el plano afectivo-sexual es una constante latente en toda la obra y culmina con una intensa y deseada escena sexual que sin mostrar nada ya dice más que la mayoría.
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6
Crítica en 30 segundos
El metraje es un asunto que requiere mayor atención de la que aparentemente se le concede. Contar una historia requiere un tiempo que hay que conceder, pero la prolongación innecesaria puede ser tortuosa. Cierto que "Heimat" (2013) acarrea un problema gordo de distribución, pues se ha decidido proyectar dos películas en un mismo pase. Cerca de cuatro horas de material requieren un buen motivo que lo justifique, y no es este el caso. Partiendo de una historia interesante, narrada con tacto sereno y un pulso más liviano de lo esperado, sin embargo peca de una perniciosa reiteración acerca de la libertad, que no por noble requiere semejante énfasis, exagerado hasta la torpeza en los fogonazos de color que de manera furtiva se cuelan en el fotograma.

Ésta, y otras críticas, en http://blogquenuncaestuvoalli.blogspot.com.es/
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2 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
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