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7
Esos grandes hombres de nuestra niñez
Una extraña sensación me ha rondado durante todo el filme. Un claroscuro contante, por momentos me parecía buena y en otros, blanda y simple. Con un magnífico final, mis ojos al fin vieron la luz.

A través de la mirada de un niño críado a finales del siglo XIX en el sur de EE.UU., el cual nunca aparece, sin contar la reseña al comienzo y en forma de texto, los hechos se mastican con mayor facilidad. Lo bueno es muy bueno, lo malo es muy malo, los negros cantan y ríen y los confederados son tiernos viejetes que se ríen de los yankis rememorando las viejas hazañas. A ojos de un adulto, y sobretodo en pleno siglo XXI esa mirada tan maniquea puede resultar bastante hastiante, pero desde el punto de vista de un chico nacido y criado en esas condiciones, los maniqueos seguramente seríamos nosotros. Además, no cabe olvidar que es un homenaje al "Juez Priest", que tanto debió marcar la vida de ese niño, supuestamente el propio Ford, que le mostró valores como la tolerancia, el respeto y el valor de las propias costumbres.

Will Rogers, el juez, realiza un papel fantástico, rozando la perfección por momentos. Creo que nunca olvidaré la escena en la que decide imitar a su humilde compañero negro.

Demasiado amor por momentos, obvia en otras y con un final efectista pero que llega, la sensación de que pudo ser más es innegable, pero el gusto de ver a Rogers convierte este filme en imprescindible.
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15 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Más que un juez un amigo.
En una filmografía tan descomunal como la de John Ford no todo pueden ser grandes aciertos y más cuando abarcó no sólo tantos géneros y estilos, sino que su escala temporal fue tan prolongada, haciendo cine por espacio de más de cuarenta años, que resultaría imposible a cualquiera que todas sus películas sean muy buenas.

"El juez Priest" es tan sólo correcta, pero en ningún caso desdeñable, pertenece a su primera época antes de que llegasen sus obras maestras que no tardarían en llegar como sería "El delator" rodada tan sólo un año después.

Aunque aún Ford se está haciendo lentamente, ya nos va dejando pinceladas de su personalidad y gustos tan particulares, por ejemplo aquí ya aparecen los monólogos del viudo ante la tumba de su mujer como veremos en otras películas suyas como por ejemplo "La legión invencible"

En esta que comentamos Ford todavía no cuenta con su equipo habitual técnico y artístico con el que tanto gustaba trabajar, pero ya se centra como en casi toda su carrera en hablarnos de la camaradería representados por una enorme sencillez en sus personajes, que son la antítesis de la languidez, en el cine de Ford todo desborda alegría y fuerza porque la vida merece la pena por muy dura que resulte a veces.

Por cierto en "El juez Priest" Ford vuelve a dar muestra de que el sambenito de racista es una de las mayores injusticias de la historia del cine. Que digan lo que quieran, que a palabras necias, oídos sordos.
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9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
PROFUNDIDADES ENTRE JULEPES DE MENTA Y OTROS CARAMELOS
Somos los que somos y vivimos el tiempo que nos ha tocado. Por ello, cuando jugamos a juzgar acontecimientos que pasaron hace un siglo son inevitables errores de apreciación. Nuestra vista de águila se queda miope ante hechos ocurridos en los s. XIX y XX, "retratados" en el año 1934 por el maestro John Ford.

No estoy afirmando ni negando que el juez Priest existiese realmente, solo digo que la guerra civil americana dejó huellas inevitables, que la situación de los negros en USA ha pasado por distintas etapas, la mayoría de ellas injuriosas para ellos y que esto resulta difícil de apreciar desde distancias físicas y, especialmente, temporales.

Por muchos julepes de menta que aparezcan y por mucho juntar caramelo como entretenimiento festivo, la película tiene profundidades que solo los grandes genios del cine saben transmitir. Y Ford es un genio. Lo digo con conocimiento y sin excluir del Olimpo de los Genios a otros grandes realizadores antiguos o actuales. Hay más, pero Ford está entre ellos. Y si alguien ve esta película como simplona, meliflua y acaramelada es que se ha quedado justo a las puertas de un umbral que el gran Ford nos ha invitado a traspasar.

Ford nos acompaña en la visita a una comunidad rural sureña, orgullosa de su pasado, que ha sobrevivido a sus derrotas con el orgullo intacto. Una comunidad donde la posición de los negros no es fácil por mucho que parezcan vivir en un happy party continuo entre canciones, espirituales y aleluyas. No es casual que en el inicio del film un juez Priest más interesado en las viñetas del periódico que en el proceso que dirige, evite, con la suficiencia de quien lo hace todos los días, el linchamiento de un hombre de color acusado de robar un pollo. Esta es la forma en que Ford nos presenta a la cordura y al buen juicio. Sentadas en el estrado, sin toga pero con el espíritu de la justicia intacto.

Ese talante conciliador lo aplica Priest en todos los órdenes de su vida, tomando partido por las causas que lo merecen y apoyándolas de pensamiento y obra, dándole a todas las cosas su justo valor y elevando lo accesorio al terreno de lo fundamental. La improvisada orquesta callejera tocando, frente a la ventana abierta del tribunal, himnos patrióticos capaces de levantar el alma sureña, no es baladí.

Los negros no siempre estarían cantando. Coincido plenamente. Pero no puede decirse que no hubiera personajes con sentido de la responsabilidad, amantes de la verdad y respetuosos con sus semejantes fuesen del color que fuesen. Creo que coincidirán conmigo. Esta es la versión de un "humanista" del cine como Ford en una de sus películas iniciales, cuando aún no se sabía que Ford fuese Ford y la crítica se cebaba más de lo acostumbrado especialmente si blancos y negros confraternizaban más de lo políticamente correcto.

Ford afirmaba que esta era una de sus películas favoritas. En realidad, lo eran todas aquellas películas que sufrían las injustificadas iras de críticos con anteojeras.
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8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Tratando de resarcir la dignidad perdida
Pocas cosas dejaron tan mancillada la dignidad del Sur de los EEUU, como la perdida Guerra de Secesión. El afán de preservar la esclavitud con argumentos tan necios como que los esclavos querían ser esclavos o que la vida que llevaban sirviendo a los blancos no podía ser para ellos más encantadora, sólo tenía un asidero en el absurdo y en el decir de algunos humildes negros que se sentían agradecidos por tener una vivienda y algo parecido a un hogar.

Es cierto que no todo el mundo los trataba mal, pero también es cierto que la gran mayoría fueron explotados, abusados y tratados como animales. Y, el sólo hecho de no poder decidir que hacer con la propia vida, es una violación a la dignidad y a la integridad humana.

La película de John Ford, parte de hechos semibiográficos contados por Irvin S. Cobb, un sudista decidido a exaltar los gestos humanitarios y el compromiso contra la intolerancia de un político de su pueblo al que él ha llamado el Juez William Priest. Se trata de un hombre justo y compasivo, pero que ve con naturalidad el tener a dos esclavos en su casa a quienes trata, eso sí, en muy buenos términos. Ford, por su parte, deja sentado su aire sumiso y decididamente tonto, características que, en nada favorecen a la raza negra, y que se suman al sentir del muy querido presidente Lincoln, el cual era justo… pero limitado.

Estas fueron palabras del antiesclavista mandatario dirigiéndose a los negros en 1862:”Vosotros y nosotros somos razas diferentes. Aún cuando dejéis de ser esclavos, estáis muy lejos de poder estar en igualdad con la raza blanca. No obstante, no hay ninguna razón en el mundo que deniegue a los negros todos los derechos naturales incluídos en la Declaración de Independencia (el derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad)”. En buen español, esto significa: Ustedes merecen ser libres, pero recuerden que son inferiores. Así, a la lucha contra la esclavitud, le quedaba faltando el entendimiento de que todos los hombres somos iguales en capacidades para el desarrollo, para la socialización y el afecto. Pero, siglos de exclusión, de subestimación y maltrato contra una raza, es obvio que la hagan aparecer como si fuese tonta… Lo mismo le sucedió por mucho tiempo a las mujeres.

“EL JUEZ PRIEST” es otro esfuerzo por resarcir la perdida dignidad sureña. Hace eco de la tolerancia, confronta las actitudes clasistas, reivindica la justicia en igualdad para todos y ve con "simpatía" a los afrodescendientes. Esto se le reconoce y resulta plausible, pero, cuando exulta la “grandeza del sur” en su lucha contra quienes querían abolir la esclavitud, huele a mentecato sentimiento con puros afanes de distorsionar la objetividad y de mantener anclado el progreso de la humanidad en su avance hacia la unión y la igualdad de todos los hombres.

Su remake, “El sol siempre brilla en Kentucky”, pondría las cosas mucho más en su lugar, y sin duda, con mayor acierto.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Buenos comienzos
El juez Priest es una comedieta que se agradece a día de hoy por la frescura que desprende y por el loco y a veces surrealista atajo de personajes que pululan como Pedro por su casa. Insisto en mi idea de que Ford fue ante todo un genio por rodearse de actores octogenarios y septuagenarios a los que les supo dar frases en todos sus films. También destacar las innovaciones que realiza con la cámara en la película. La secuencia del puñetazo de la barbería está cortada en tres partes pero no entorpece el movimiento dejando una sensación distinta. La sala del juzgado merece mención aparte, porque parece más la cocina de su casa dónde todos los colegas están invitados a una merendola que un lugar dónde impartir justicia. Muy buena.
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11 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Un Ford menor y sencillo.
Un Ford claramente menor (él tiene maravillas supuestamente "menores": "La salida de la luna") y una obra bastante desconocida para muchos cinéfilos, tal vez la más sencilla del maestro. Tal es así que la falta de un argumento algo más amplio y consistente supone una traba que minimiza el conjunto del film, sin que Ford (todavía no con un estilo rotundo y preciso aquí, digan lo que digan) pueda trascenderlo de forma brillante; incluso la película es envarada en no pocos momentos (la influencia del cine mudo es latente y no muy beneficiosa por cierto), quedando como algo meramente entrañable pero algo envejecido.
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3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
5
Todas las historias de amor son historias de fantasmas
El casamentero.
El sur de Huckleberry Finn, el sur del julepe, el pollo frito, el caramelo estirado y el viento que huele como un pastel de fruta, un sur en el que los negros sirven alegremente a los blancos y se pasan el día cantando y gozando, un sur que perdió la guerra pero ganó la gloria, ese espacio mítico de furor, honor y recuerdo, mágico-poético, donde el amor y el humor se confunden, donde los juicios son como partidos de fútbol, los jueces, dioses buenos y los malos, de tebeo. Tres hurras por el juez Priest. Hip, hip, hurra, hip, hip...
Culebrón épico-cómico en forma de fábula infantil, sencilla y maniquea que debido a sus casi cien años de soledad y tiempo transcurrido desde su inspirada realización y al doblaje infame en la versión española que yo degusté y a la fotografía cada vez más temblorosa, en cierto modo se padece más que se ve o se disfruta, casi como una nota necrológica o una reunión de ectoplasmas al fondo del tiempo, pero que gracias a su glorioso final, muy bueno sería quedarse muy corto, es agua pura y bendita, como derramada del mismo Dios, esencialidad anti solemne y cachonda, abrupta y feliz, vale por una vida entera, y a su levedad bien humorada y humanista, a pesar del contexto bruto y arcaico, y a su capacidad para transmutar la realidad, con toda su carga de sordidez e injusticia, en un idealismo bienaventurado y jubiloso, lleno de fe, esperanza y caridad, uno la termina con las irresistibles ganas de irse a pescar con el juez ese, su ayudante negro de voz alelada y corazón tan grande y, ya que estamos y si nos dejaran, lanzarnos de cabeza a la seguramente cercana boda del mozalbete abogado recién licenciado con la doncella estupenda que le concede sus favores con tanta discreción como donosura y buen tono.
Venga, vamos todos a desfilar por los nuestros mientras la escupidera resuena y recibe la sabia salivada de la tierra de los antepasados.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Pelis que te hacen ir a dormir feliz, soñando con gente como el juez Priest
En el mundo siempre existe la utopía de creer que hay hombres justos que hablan cada noche con el retrato ampliado de su mujer y sus dos hijos. Esos hombres buenos pueden irse a pescar con un indefenso negro, acusado sin razón y con una gracia de vago bien ganada a pulso, que son capaces de todo por un abrigo de Mapache.

Hace algunas jornadas escuché a Garci decir que, viendo a ciertos directores, así como leyendo libros concretos, se te ocurrían una amplísima cantidad de cosas. Eso ocurre con esta maravillosa joya de John Ford.

Stepin Fetchit (el negrito), hace un papel sublime. Pero también el resto del reparto, hasta los figurantes puestos ahí. Parece un viaje real al siglo XIX. Y el humor está muy bien llevado, empezando por las risas cuando el juez simula un diálogo inventando que vienen a matar al peluquero. Y siguiendo con cada aparición de Stepin Fetchit. El jarrón del juicio...

Los detalles: la taza con la brocha en la peluquería, personalizada...

Y lo mejor es que eso no es lo mejor, sino la historia, el desenlace, lo que no se ve. Un enorme descubrimiento. Me voy a dormir muy feliz.
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4
El picarón Rogers y la gran McDaniel
Aclamada como una de las mejores películas de Ford de los 30 incluso de su carrera. A mí realmente no me ha gustado mucho. Unos diálogos muy básicos, que se centran más en el heroísmo y un poco de juego de palabras y ya.

Conozco lo justo de la historia de secesión americana, y en varias películas ya he visto que los del sur que perdieron, están muy orgullosos de serlo. ¿Esto no enfrontaría al resto de la nación?

Aún así, tuvo mucho éxito. Lo que más me ha gustado es ver a Hattie McDaniel, que siempre será recordada como la criada en "Lo Que El Viento Se Llevó". Aquí sale genial y vivaraz como siempre.
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1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
WILL & FORD
En la amplísima filmografía de John Ford, con un buen puñado de obras maestras, es cuando menos atrevido considerar esta que nos ocupa como una de las mejores por mucho que a Ford le gustara. Más si tenemos en cuenta que buena parte de su carrera Ford la hizo como asalariado de estudio y filmaba lo que le ordenaban o como él mismo reconoce, aquello que le permitía pagar sus facturas. En el año 34 la Fox ya le había rescindido su contrato en exclusividad por sus problemas con el alcohol y vendía su maestría al mejor postor.
Will Rogers, famoso vaquero habilidoso con el lazo y la palabra se hizo tremendamente popular en los USA, llegando a ser el actor mejor pagado en su momento. Su carácter local hizo que su fama no cruzara el charco, incluso en España ni se estrenaban sus películas.
Ford inició con él una buena relación personal y artística que cuajó en una trilogía del 33 al 35: "Doctor Bull", "El juez Priest" y "Barco a la deriva". El fallecimiento de Rogers en accidente de aviación en el 35 truncó la excelente colaboración de ambos.
"Doctor Priest" se basa en las historias costumbrista narradas en 1915 por el prolífico escritor sureño Irvin S. Cobb: "Old Judge Priest". Un sur que se lame con orgullo las heridas de su derrota ante La Unión al tiempo que sigue linchando negros (a Ford le censuraron la escena del intento de linchamiento) y organizando fiestas de sociedad donde corre el ponche y las rivalidades entre los distintos apellidos de "buenas familias".
El Juez, ha combatido, es un sabio popular cargado de experiencia que sabe que el espíritu de la ley no necesita de libros de leyes ni togas, ni formulismos y que el amor perdido, es el único bálsamo efectivo para el alma. Rogers tiene el don de la campechania, incluso Ford no le obliga a memorizar sus diálogos sabiendo que siempre encuentra de forma natural aquello que debe transmitir.
Es en este espíritu costumbrista trufado de humor de Cobb de la primera parte donde la cinta se hace fuerte y enraízan los personajes. El suceso que acapara el segundo tramo se hace menos llevadero hoy día, el humor es menos sutil y el desenlace más que previsible.
Fue un buen año para Anita Louise que rodó 8 películas, el joven Tom Brown acabaría haciendo carrera militar y llegando Teniente Coronel (Ford fue Contraalmirante) y David Landau sufrió un derrame cerebral falleciendo al año siguiente.
Ford homenajea a su admirado Griffit en esos flahbacks que narra el reverendo, un Henry B. Waltall que 19 años atrás había protagonizado "El nacimiento de una nación".
Todo ello entre las canciones improvisadas de la inigualable Hattie McDaniel, la eterna "Mammy" de "Lo que el viento se llevó".
Años más tarde, en el 53, Ford volvería al universo Cobb con "El sol siempre brilla en Kentucky".
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3
Esta demasiado azucarada
Soy un gran amante del cine antiguo, pero esta película es que la veo demasiado teatralizada. Desde los actores hasta la puesta en escena. Todos sabemos cómo va a terminar desde el principio. Tiene un ritmo demasiado lento lo que la hace más difícil de llevar. Dura solo ochenta minutos y sin embargo se me ha hecho larga. Por ratos se queda estancada y deja de avanzar.
Si es cierto que se nota John Ford cuando hay muchos actores, todos colocados y estudiados para que no se molesten. La puesta en escena es muy suya y los planos generales también, todavía no había llegado Orson Welles.
El problema es que con esa lentitud sureña no me termina de motivar
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