arrow

Un día en la vida de Andrei Arsenevitch (TV) (2000)

7.7
646
Votar
Plugin no soportado
Añadir a listas
Sinopsis
Chris Marker nos acerca a la figura de su amigo y colega Andrei Tarkovsky y recoge algunos momentos del final de su vida. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Francia Francia
Título original:
Cinéma, de notre temps: Une journée d'Andrei Arsenevitch (TV)
Duración
55 min.
Guion
Chris Marker
Música
Edward Artemiev
Fotografía
Chris Marker
Productora
AMIP / La Sept-Arte / Institut National de l'Audiovisuel (INA) / Arkéïon Films
Género
Documental Documental sobre cine Mediometraje Telefilm
8
EL ARTISTA COMO HÉROE SOLITARIO
A partir de un vídeo grabado durante el rodaje de “Sacrificio” en Gotland (ya usado por Sokurov en su propio trabajo biográfico: www.filmaffinity.com/es/film163373.html), Chris Marker, cuidadoso documentalista y montador, repasa sintéticamente algunas claves del cine de Tarkovsky.
En ese rodaje, meses antes de manifestarse la enfermedad mortal, se ve al director ruso totalmente enchufado, el rostro aplastado contra el visor de la cámara, por momentos sobrepuesto a la adversidad del exilio, y animado por una “alegría sobrehumana”.

La principal clave es la presencia de los 4 elementos, preferentemente el agua. Hay en el rodaje un complejo plano, el del incendio, en que intervienen integrados los cuatro, lo que exige ‘por imperativo metafísico’ una sola toma, de enorme dificultad técnica.
A diferencia del cristianismo católico, el ortodoxo, menos distanciado de la naturaleza y el cuerpo, tiene con las fuerzas elementales una cercanía casi panteísta.

Un objetivo de Tarkovsky era situar el cine al nivel de las otras artes, aspirando como la pintura o la música a la belleza pura. Ambas aparecen mucho en sus películas, en especial Leonardo y Bach. Dedicó una al pintor de iconos medieval, Andrei Rublev, a quien sorprendentemente conectó con las vanguardias rusas del XX, el Constructivismo en particular.

El espejo, como una metáfora del autorretrato misterioso, también es frecuente en sus cintas, y da título a la más autobiográfica de todas.

Así como en el Hollywood clásico el plano más usual es ligeramente contrapicado, para que las figuras se recorten contra el cielo, Tarkovsky tiende a fijarlo en un punto algo sobreelevado, entre cielo y tierra. En instantes extremos la cámara mira desde el picado absoluto, como en la fabricación de la campana en “Andrei Rublev”, el apocalipsis final (“Sacrificio”), o el vuelo alzado en perpendicular desde la isla (“Solaris”): una mirada por completo exterior y desde la altura, que Marker relaciona con la del Pantocrator juzgador.

En el salteado repaso de las 7 películas de Tarkovsky (cantidad predicha por el espectro de Pasternak en una sesión de espiritismo) se observan más constantes: la figura de la ‘otra orilla’, sobre todo en “La infancia de Iván”; la levitación, repentina e inesperada; la hierba silvestre y en desorden; las entidades espirituales que se comunican enigmáticamente con la conciencia, como La Zona, o como el océano viviente de Solaris…

Al igual que en el film de Sokurov, se ve a un Tarkovsky ya deteriorado por la quimioterapia dirigiendo el montaje de “Sacrificio” desde la clínica parisina, entre heroico y conmovedor. Son los últimos días de un creador que se sintió extranjero en esta Tierra y lo expresó con rara y profunda poesía, semejante a un ‘yurodivi’ de la tradición rusa, figura del loco santo, sabio inocente y puro, como el príncipe Mischkin, “El idiota” de Dostoievski.
[Leer más +]
35 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Preludio de la niebla
El primer largometraje de Andrei Tarkovsky comienza con un niño –Iván– y un árbol vivo. La grúa despega hacia la copa, sin llegar a mostrar su extremo superior. El plano rebosa de naturaleza y verdor en blanco y negro.

‘Sacrificio’ concluye con un niño tumbado junto a un árbol seco. La grúa recorre su esqueleto y, pese a la presencia verde de las hierbas, el paisaje parece desecado. El agua, al fin, se erige en última frontera.

Esos dos planos, nos dice Chris Marker, encuadran la obra completa del autor.

‘La infancia de Iván’ muestra, en su inicio, el “bautismo” del protagonista, que se lava la cara en un cubo y mira hacia su madre. ‘Sacrificio’ concluye con el mar de fondo de la muerte.

‘Un día en la vida de Andrei Arsenevitch’ es, en cierto modo, la historia de ese recorrido.

===

El documental contiene relatos memorables, como la anécdota de Stalin y María Yúdina o la sesión de espiritismo con el ánima del difunto Borís Pasternak. Ofrece la estampa conmovedora/encantadora de un Tarkovsky enfermo y sonriente. Ese contraste –o unión de contrarios– es el alma de la cinta.

El cine de Tarkovsky es especial, por su pureza y ambición, y por las cotas que alcanza de poesía fílmica. ‘Sacrificio’ admite múltiples interpretaciones: la del canon religioso (que conjunta el milagro y la plegaria), la mística o esotérica (más cerca de la brujería) y la hipótesis de una enfermedad mental. Curiosamente, todas ellas podrían confluir en la figura del ‘yurodivi’ (o idiota sagrado) del cristianismo ortodoxo ruso, inmortalizado por Fiódor Dostoyevski en su príncipe Mishkin.

‘Un día en la vida de Andrei Arsenevitch’ invita a revisar ‘El idiota’ de Akira Kurosawa y a deleitarse, una y otra vez, con los siete largometrajes de Tarkovsky. Es, además, el retrato de un artista enamorado de su arte, el arte de rodar –o esculpir en el tiempo, como gustaba decir el propio director–. Nadie como él supo apresar los elementos naturales y bogar a sus anchas entre el sueño y la vigilia en planos-secuencia legendarios.

El hombre, en su afán por trascender, suele alzar la vista a las estrellas. Los personajes de Tarkovsky (como algunos de Beckett) tratan de avanzar a trompicones y se enfangan en la tierra, en un itinerario de ida y vuelta al limo original.

“En la oscuridad también oía mejor, oía ruidos que el largo día mantenía ocultos, murmullos humanos, por ejemplo, y la lluvia en el agua.” (*)

Al contemplar el plano final de Sacrificio, pienso en el rostro enfermo de Tarkovsky. El árbol seco en primer término, el mar que ondea en la distancia –o no tan lejos, la luz deslumbra y hace de la imagen una superficie casi plana–. Dando entrada a la niebla, Andrei culmina su viaje.

Quiero creer que el agua, en ese plano, es su sonrisa.



(*) 'Mercier et Camier', de Samuel Beckett.
[Leer más +]
14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Relaciones 1