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Jennie (1948)

Jennie
Trailer
7.8
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Sinopsis
Un pintor arruinado y abatido por haber perdido la inspiración conoce, un frío día de invierno, a una chiquilla en Central Park vestida de un modo anticuado. A partir de ese momento se suceden otros encuentros, con la particularidad de que en breves intervalos de tiempo la chica se va convirtiendo en una bellísima joven, de la cual el pintor se enamora. Pero Jennie esconde un secreto… (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Portrait of Jennie
Duración
86 min.
Guion
Paul Osborn, Peter Berneis (Novela: Robert Nathan)
Música
Dimitri Tiomkin
Fotografía
Joseph H. August (B&W)
Productora
Selznick International Pictures. Productor: David O. Selznick
Género
Drama Romance Fantástico Drama romántico Pintura
9
La musa eterna
Bellísimo y lírico drama romántico sobrenatural, que transporta al virtuosismo de la imagen y del sonido un relato tocado de atemporal romanticismo que habría hecho las delicias de los grandes literatos soñadores de la segunda mitad del siglo XIX.
Dieterle se deja llevar por el delirio de la imaginación que es el marco ideal para un romance sin tiempo ni edad. El romance perpetuo del artista y su musa.
Puede que ninguna película plasme, con la delicada brillantez de “Jennie”, el fluir del torrente creativo alimentado por la pasión, por el amor hacia esa fuente inspiradora intangible que todos los artistas llevan en su interior.
“Jennie” representa la comunión perfecta, la relación definitiva, esa unión más que cósmica, más que metafísica, más que palpable. Ese amor hacia la belleza que nunca muere, una belleza que sólo pertenece a los ojos obnubilados de su enamorado retratista. Una belleza incorpórea, que no conoce el transcurso del tiempo, que está hecha exclusivamente para arrebatar el corazón del artista y, a través de su genio creador, deslumbrar a esa parte que se alimenta de la sensibilidad que entra por los sentidos y que se extiende por todo el espíritu. Que colma esa necesidad de dejar algo hermoso de nuestro paso por este mundo extraño, y de experimentarlo por medio de una obra que emule y vaya más allá de las maravillas de la naturaleza y del universo, convirtiendo lo inmaterial en algo perceptible, atrapando la eternidad en un efímero envoltorio sensorial. Como si fuese un intento por asemejarnos a dioses que de la nada fabrican mundos.
Eben Adams malvive inmerso en su malhadada y autopregonada mediocridad, sin encontrarse a sí mismo, incapaz de encontrar el soplo de genialidad. El artista que yace en él está aletargado, no tiene acceso a esa fuente de energía, a esa vibración especial que mueve a un creador hacia su obra más querida. No sabe cuál es su musa. Y un pintor sin musa está perdido.
Hasta que ve aparecer a Jennie. Figura del pasado, del presente y del futuro, Jennie crece pero no tiene edad, cambia pero es siempre la misma, se aferra a su adorador y lo ama sin coordenadas temporales ni espaciales. Etérea y corpórea, esquiva pero siempre presente, consuelo y tormento.
Eben vive exclusivamente para ella. Para esperarla. Para los momentos perfectos en los que están unidos. Para agonizar lentamente cuando no está. Para pintar un retrato de ella que es el retrato mismo del amor inmortal, del eterno femenino, de la belleza absoluta. Una belleza de ojos tristes y de aura espiritual que no pertenece a este mundo material.
De fondo, un Nueva York encantado. Un blanco y negro y un sepia con sfumattos, texturas de lienzos, polvo de estrellas, velados claroscuros, crepúsculos de ensueño, brumas que difuminan suavemente los contornos, escenarios que parecen sacados de alguna litografía decimonónica.
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59 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Demasiado azúcar en un excelente café
"Jennie" parte de una brillante idea. Es como un cuento de hadas terrorífico sobre las musas, la inspiración, el concepto del arte, la intemporalidad, y la eternidad de la belleza y el amor.

Y la parte técnica es un portento. Muy bien realizada, una fotografía adecuadamente onírica y algunas secuencias realmente magistrales.

Pero en este terremoto artístico falla el epicentro. Las escenas de amor son empalagosas como ellas solas. No estoy en contra de unas buenas escenas melosas, pero éstas rezuman melaza por todos los poros. Y aunque Cotten hace lo que puede, lo de Jennifer Jones es de aurora boreal.

En resumen, una obra maestra echada a perder por culpa del exceso, no del defecto. Las sirenas no han de rozarse con los marinos, las hadas madrinas sólo usan la varita para tocar a los agraciados, y las musas no se abrazan con los artistas. Si llega a más, se sugiere pero no se muestra. Las reglas de los cuentos de hadas son estrictas.
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59 de 77 usuarios han encontrado esta crítica útil