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Crítica de jaly
Madrid, Jaca, España
9
Jesús
Jesús (2016)
  • 5,5
    170
  • Chile Fernando Guzzoni
  • Sebastián Ayala, Nicolás Durán, Alejandro Goic, Esteban González, ...

Largo viaje hacia la noche

1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
En Jesús, el único acto moral que alguno de los personajes de este largo viaje hacia la noche acomete, es el que tiene lugar en el último plano de la cita. Y es, en muchos sentidos, el más terrible de todos. Pero empecemos por el principio, ¿Cómo hemos llegado a esto? Sería una pregunta de difícil respuesta ante la realidad de Jesús, el protagonista de esta historia, adolescente, chileno, y animal nocturno de un contexto sin valores ni esperanza, sin un atisbo de cariño o de control de los actos y las consecuencias, sin un futuro o un pasado que importe, vividor únicamente de un presente continuo de narcótica violencia, hacia los demás y hacia si mismo.

Es cierto que Jesús evoca al cine del apocalípsis adolescente de Larry Clark (o Gregg Aaraki) pero esta referencia va más allá de lo evidente. Las películas de aquellos hablaban del proceso hormonal de estos años y su eyaculación en la violencia gratuita y el nihilismo. Con sus personajes dibujaban el panorama más grande de una generación perdida en el consumismo atroz y la falta de valores. Jesús, con su apariencia de thriller casi psicológico y de drama moral, también se convierte en cine político por el contexto en el que se narra. Recuerda el caso real que llevó en Chile a la creación de la Ley Zamudio, que en cierta manera se creó para proteger a los homosexuales, después de la paliza y la muerte de un joven en la noche santiaguina. Pero, ¿es que es necesaria una muerte para la creacion de una ley? ¿Cómo hemos llegado a esto?

Tampoco existen motivos para lo que Jesús y sus amigos propician, y también ahí hay un trasfondo politico: el de un país en el que el mayor asesino político, Pinochet, nunca pagó por sus crímenes. Y el de una generación desconectada de esos años negros y de sus propios padres porque o no están allí, o no existe nada que les vincule.

Y es esa forma de hablar de la intimidad aciaga de sus protagonistas y de convertir su historia en un símbolo de algo mucho más grande, lo que hace de Jesús una experiencia extraordinaria y terrible. Fernando Guzzoni ha hecho una cinta de cine moral, pero ni de lejos cae en lo moralista. Es terrible y las emociones por la que hay que transitar para verla son viscerales y dolorosas, pero nunca son manipuladoras. Cada escena y decisión técnica está realizada con un sentido y cuenta algo sobre estos personales pero nunca es obvio; por ejemplo, resulta fascinante como rueda los estados de ánimo de Jesús, pegándose a su rostro y moviéndose con su cuerpo, una cámara ebria peleándose en la nebulosa de un combate sin sentido; en contraposición a los de su padre, presentes fuera de foco, estáticos y fríos, vividos por ende en un mundo más grande, que conoce las consecuencias de la violencia y la culpa.

Pero todo lo que Guzzoni propone y trasmite, llega a doler porque también tiene a dos actores en estado de gracia, que se replegan en la oscuridad de estos personajes y sus relaciones. Nicolás Durán magulla su cuerpo y lo somete a la tortura que Jesús está viviendo. Lleva la película sobre sus jóvenes hombros y transita de la desesperanza a la furia, de ahí a la culpa, de la culpa al arrepentimiento, y a la imposibilidad de modificar quién es o lo que ha hecho. Su interpreración es física, visceral, y de ahí llega al trauma y al espiral de aciagas emociones por las que pasa Alejandro Goic por otra parte es su grave y hermético padre, pero los estados por los que pasa este hombre no consiguen retenerse en ese marcado rostro, y hay barreras que ni si quiera el amor incondicional de un padre, si es que alguna vez lo hubo, pueden saltar. Todo su trabajo es exquisito, pero es ese último plano el que, en forma y significado, acaba por derrumbar toda esperanza, precisamente, por inevitable.

¿Cómo hemos llegado a esto? Se dice que "ningún hombre es una isla", y parece que estos personajes están completamente desconectados del mundo, de sus semejantes, de sí mismos... Pero la violencia que les une, más que cualquier vínculo, es el mar en el que se encuentran, cruel, crispado, oscuro, injustificable.
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