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Crítica de Harry Lime
Barcelona, España
10
El gatopardo
El gatopardo (1963)
  • 7,8
    15.454
  • Italia Luchino Visconti
  • Burt Lancaster, Claudia Cardinale, Alain Delon, Paolo Stoppa, ...

La más bella muestra del talento y la pasión creativa de Visconti

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A partir de “Senso”, Luchino Visconti aborda y desnuda en sus films su contradictorio y complejo mundo interior. La destrucción del núcleo familiar; la decadencia de una clase social, -la suya-, y la degradación moral serán los ejes básicos de sus tres indiscutibles obras maestras: “Rocco y sus hermanos”; “El Gatopardo” y “Muerte en Venecia”.

Adaptación de la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, enmarcada en la convulsa Italia del Rissorgimento, el Don Fabrizio de “El Gatopardo” es el “alter ego” del autor y el de un Visconti plenamente identificado con un personaje al que ama.

El estallido de la revolución garibaldina obliga a Don Fabrizio (sublime Burt Lancaster) a refugiarse con su familia en su residencia de Donnafugata. A su llegada será recibido por Don Calogero (Paolo Stoppa), alcalde y máximo representante de la vulgar burguesía dominante, a la que desprecia, pero a la que tendrá que aceptar con resignación cuando su sobrino Tancredi (Alain Delon), alistado en el ejercito garibaldino, -si queremos que todo quede como esta, es preciso que cambie todo-, se prometa con Angélica (una Claudia Cardinale de una belleza provocadoramente vulgar), hija de Don Calogero, asumiendo la llegada de un tiempo en el que no hay lugar para el.

Último representante de una clase social a caballo entre el viejo orden y el nuevo que se avecina, toma conciencia lúcida de que no encaja en ninguno de los dos. Crónica de la decadencia de una clase social, la aristocracia, y del surgimiento de otra, la burguesía, “El Gatopardo” emerge como un inmenso fresco histórico de una belleza apabullante, como uno de los mejores films de su autor y de la historia del cine.

Con una dirección magistral y una puesta en escena de fuertes influencias pictóricas, “El Gatopardo” se sustenta en un guión rico en detalles y matices de Suso Checci D’Amico y Enrico Medioli entre otros, al que Visconti viste con las mejores galas, arropado por la brillante fotografía de Giuseppe Rotunno, el suntuoso vestuario de Piero Tosi y la inmortal partitura de Nino Rota, -que adaptó una sinfonía suya inacabada, y recuperó un vals inédito de Verdi-, para regalarnos esta hermosa, lúcida y barroca reflexión sobre un mundo que se extingue serenamente en los dulces brazos de la muerte.

En nuestras retinas quedan grabados para siempre momentos de gran cine: La entrada de una deslumbrante Angélica en la cena de bienvenida a Donnafugata; la larga secuencia de la fiesta, -imprescindible para comprender el sentido último de un film irrepetible-, y sobre todo ese momento mágico en el que un Don Fabrizio cansado y una bellísima Angélica, vestida de blanco, bailan un vals como metáfora viva de un pasado que se extingue y un futuro que ya es el presente, y de que efectivamente “todo ha cambiado para que todo siga igual”.

Obra maestra absoluta y lección suprema de cine, no apta para todos los públicos.

Francesc Chico Jaimejuan
5 de junio de 2008
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