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Crítica de Kosti
Alicante/Alacant, Marruecos
9
La juventud
La juventud (2015)
  • 7,1
    15.981
  • Italia Paolo Sorrentino
  • Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, ...

De la vejez y otros antídotos

95 de 114 usuarios han encontrado esta crítica útil
Puede sonar a perogrullada, pero el espíritu de La gran belleza sigue presente en Paolo Sorrentino. En su última película, Youth, explora el paso de los años, las decisiones que uno toma en su juventud y el resultado que se obtiene con ellas. Pone una mirada en el pasado para analizar el presente y el futuro, sin olvidarse de incluir su peculiar mirada artística. Michael Caine interpreta a un director de orquesta, ya retirado, al que le piden un último encargo bastante particular. Le acompaña Harvey Keitel, que da vida a un director de cine que busca firmar su última gran obra maestra, su testamento fílmico en vida. Los dos se encuentran de retiro en un centro de spa en los Alpes suizos, un lugar idílico, plagado de la fauna (animal y humana) más variada, donde explorar su tiempo, sus recuerdos y el legado conseguido, «nuestro legado, que también es una perversión».

En un mundo de “selfies”, de bicicletas de última gama a caballito, de cuerpos tallados a golpe de photoshop, de grandes dramas frente a pequeños problemas y de videoclips pop que han perdido personalidad, el legado se convierte en algo indispensable, pero es un legado que llega viciado, y que las generaciones que llegan convierten en un arma a favor de lo convencional. Sorrentino repite su discurso crítico enmascarado de comedia agridulce, en esta ocasión contra la vuelta al pasado, los arrepentimientos y los presentes autodestructivos. En su mirada encontramos pasión y hastío a partes iguales, y acude, para ello, a los recuerdos, aquellos que aún permanecen, los que ya no están presentes y los que regresan en algún paréntesis de revelaciones lúcidas. Se intuye cierto miedo del propio Sorrentino a la desaparición, al olvido de lo que algún día supuso para el cine, aunque sus intenciones parecen claras cuando apunta a que la televisión es el presente y el futuro. ¿Tendrá algo que ver la mini-serie que el realizador italiano está preparando?.

Youth resulta una descarga sensorial, tanto por lo que se ve como por lo que se oye; una perfecta coreografía orquestada por el maestro Sorrentino con la música que corre a cargo de Fred Ballinger (Michael Caine), y donde la simpleza de su sonido radica en la sencillez de sus instrumentos; una batuta al servicio de la naturaleza, única inspiración de Ballinger en este mundo que empieza a conocer, un mundo donde los sentimientos están sobrevalorados, en el que se piensa siempre en el pasado y se dice pensar en el futuro, un mundo en constante avance donde lo imposible se vuelve posible.

Sorrentino rueda la vida como si de una lección se tratase, una lección a través de unos prismáticos donde todo se ve más cerca o más lejos, dependiendo del lado por donde se mire. La distancia más corta la coloca en la juventud, pero ¿qué es la juventud? Eso es lo que nos preguntan sus protagonistas: Michael Caine, que ya no resulta tan icónico como el Jep Gambardella al que Toni Servillo dio vida en La gran belleza, pero nos ofrece un Fred Ballinger irónico y taimado; y Harvey Keitel, el director de cine hastiado, un secundario de lujo que nos regala un personaje delirante. Junto a ellos, un desfile de grandes secundarios ayuda a ver la luz al final de esa pregunta, en cabeza Paul Dano y Jane Fonda, sendos papeles pequeños pero intensos y ricos en matices interpretativos, sin olvidar la aparición estelar de la enorme representación de una conocida estrella del fútbol, una reiteración de los años de gloria y punto fuerte de la crítica cómica agridulce del italiano.

En el fondo Youth resulta un canto a la belleza, esa que acompaña a los personajes acomodados de las altas esferas, esa que parece inherente a una juventud perenne no aparejada al paso del tiempo, sino a un estado de ánimo, a un don que sólo habita en los espíritus elegidos. Por eso hay jóvenes que se comportan como ancianos, y ancianos que desbordan una juventud envidiable. Sólo hay que recordar que al final lo que queda de cara al exterior es la juventud, el divino tesoro con el que Sorrentino nos vuelve a enamorar.
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