arrow
Crítica de Quim Casals
Barcelona, España
10
Julieta
Julieta (2016)
  • 6,3
    15.539
  • España Pedro Almodóvar
  • Emma Suárez, Adriana Ugarte, Daniel Grao, Inma Cuesta, ...

El perquè de tot plegat

42 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me piden algunos amigos que escriba algo para justificar mi nota a esta película y siento que es extremadamente difícil, porque aunque me vea obligado a poner una cifra nunca he pensado en ella en términos numéricos. Francamente, no creo que el arte sea puntuable (en este sentido, jamás dejará de sorprenderme la capacidad analítica de quienes reclaman puntuaciones con varios decimales, y más aún tratándose el cine de una disciplina coral, donde tantos elementos intervienen en su realización). Cuando marco la nota más alta, lo que pretendo expresar con ello, más allá de una presunta y en el fondo siempre falaz idea de “perfección”, es que esa película me ha ofrecido todo aquello que el arte puede darme, que me ha colmado plenamente hasta derramarse por todos los poros de mi ser.

Recalco esta idea de ofrenda, que gusto de reivindicar en mi actitud como espectador. Tengo la sensación que uno de los mayores males que tradicionalmente afectan a buena parte de quienes ven películas con ánimo de juzgarlas (qué terrible cada vez más me parece este verbo), y que no es descartable que sean los mismos que están convencidos que el valor de una pieza de arte es reductible a una cifra, mejor con decimales, es que para dicho juicio acostumbran a basarse en la comparativa entre lo que se ha visto y lo que se desearía haber visto, entre la película tal como es y la película ideal que tienen en mente, cada cual según sus constructos mentales acerca de lo que el cine es o debe ser. Yo siempre he preferido pensar que el cine será lo que sus artistas hagan que sea.

¿Y qué me ha ofrendado “Julieta”? Pues yo diría que espero me haya concedido un poquito más de sabiduría. Pues lo primero que se me ocurre es pensar que esta película está rebosante de ella, que quién la ha engendrado ha de ser por fuerza una persona sabia. Alguien que conoce qué destellos y temblores anidan en los abismos más insondables del alma humana, creándola, destruyéndola, renaciendo de sus cenizas. Así emerge del barro del demiurgo Julieta, como las pequeñas figuras de Ava, y el creador comprende –y, por ello, no juzga– a una mujer que, convocando como testigos al deseo, al miedo, al dolor, a la pérdida, al silencio, a la esperanza, a la culpa, sí se juzga a sí misma hasta que comprende.

Y, coherentemente, la piel donde habita la obra se desnuda de todo lo accesorio para hurgar en la herida de la esencia. Y besarla. Como besa Julieta en primerísimo plano el tatuaje en el hombro de Xoan con las iniciales de su nombre y el de su hija. Y con el beso cicatrizarla. Y crear belleza. Cuánta belleza en esa música omnisciente que envuelve las imágenes (y que algún crítico profesional tildó de inadecuada porque no evoca al drama sino al thriller –ay, de nuevo, los moldes preestablecidos– sin atender acaso que no estamos sino indagando ante nuestros más impenetrables misterios). Cada plano de esta película es bello porque es el único posible. Porque utiliza todos los elementos del oficio cinematográfico para generar significados, ideas, sensaciones, emociones. Cuánta belleza en esa imagen onírica, nocturna y deseante del ciervo en celo corriendo junto al tren que Julieta observa tras la ventanilla del vagón. Cuánta belleza cuando ella y nosotros, en deslumbrante cuadro pictórico, vemos por primera vez el mar, también a través del ventanal de la casa de Xoan, el mismo emplazamiento desde donde más tarde observará con sufrimiento el clamor de las olas embravecidas. Cristales y ventanas remarcando su presencia como marco interpuesto entre Julieta y el objeto de su mirada: no en vano Julieta definirá (ejemplarmente, por cierto) su posterior depresión como un sentirse tan solo espectadora de la vida, de la vida de los otros y de la suya propia, sin participar. Esa misma Julieta adulta a la que ya hemos visto asomada también de noche desde su balcón, captada en esa ocasión por vez primera con temblorosa cámara en mano, sin contraplano hitchcockiano: en esa ausencia están todas sus ausencias y la ausencia de sí misma.

Son solo ejemplos formales entre muchos. Si tuviera ganas y me pagaran bien, podría desmenuzar el film plano a plano, frase a frase, latido a latido. Podría explicar que la razón por la que ningún espectador se levantó de su butaca hasta que terminó la canción entera de Chavela Vargas que acompaña el último plano general de la película, sin que nada ocurra en él y mientras se sobreimpresionan los primeros créditos (cuya sola aparición se ha convertido en el cine de hoy en la invitación a levantarse), fue porqué aunque nunca leyeran a Paul Schrader supieron que ese era el momento absolutamente trascendente y necesario de la estasis. Podría hurgar analíticamente en la multiplicidad de concatenaciones, reflejos y rimas que se forman entre todos los recovecos de la historia y que la convierten en un sueño filmado.

Resonancias, en fin, inagotables, que nos llevan también a la propia carrera de su director. Volver, hable con ella, entre tinieblas o la flor de mi secreto podrían haber sido más títulos para esta historia, depuración máxima de toda la obra anterior, tal vez pórtico de entrada a un período no ya de madurez, que esa ya llegó hace más de quince años, sino, como en la última etapa de Yasujiro Ozu, de la serenidad de quién ha comprendido y nos regala, nos ofrece que decía, no ya buenas películas o aquello que llamamos obras maestras, sino pedazos de sabiduría que nos ayudan a conocernos, nos transforman y nos invitan a ser mejores personas.

Retomo, pues, el interrogante inicial, y escribo que si le puse un diez a “Julieta” fue porque cuando salí del cine, yo ya era otro.


[Con cariño, para Raquel]
¡Haz que tu opinión cuente valorando la crítica!
Ver más críticas del usuario Quim Casals
Ver más críticas de la película Julieta