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Crítica de Quim Casals
Barcelona, España
8
A Roma con amor
A Roma con amor (2012)
  • 5,8
    25.698
  • Estados Unidos Woody Allen
  • Jesse Eisenberg, Ellen Page, Roberto Benigni, Woody Allen, ...

Delitos menores sin falta

4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Se dirá que esto no es serio, pero yo, qué quieren que les diga, sonrío y río con esta película. Incluso llego al ataque incontrolado de risa con todo lo que se relaciona con cierta ducha, para mí ya la segunda por antonomasia del cine, después de la de “Psicosis”.

El Woody Allen contemporáneo es como el Valentino Rossi de 35 años, que solo corre por placer. Ya no opta al título mundial y ni siquiera casi nunca a ganar las carreras; pero eso no les importa en absoluto a sus incondicionales, que hacen suyo ese placer del corredor. Woody Allen ya ganó también sus títulos mundiales, y probablemente sucedió hace ya bastante tiempo. Pero me place enormemente que siga rodando. Es más, creo que los últimos años sus títulos “menores”, asumidos en sus intenciones como meros “divertimentos” por parte de su autor, resultan especialmente encantadores.

En “A Roma con amor” Allen saca del cajón pequeñas historias, acaso esbozos, de esas que lleva años anotando, con el acierto, a mi parecer, de mantener en ellas su carácter de sketch, de cortometraje a fin de cuentas. Ya he citado la ducha, y de esa pieza cabria destacar también la química entre Woody y su vieja socia Judy Davis y lo divertido que resulta como actor el tenor Fabio Armiliato.

La historia que protagoniza Baldwin es probablemente la más característicamente alleniana, la que habrían protagonizado él mismo y Diane Keaton 35 años atrás, y que en la interpretación de sus jóvenes actores denota esa influencia. No faltan, pues, las clásicas réplicas ingeniosas tan caras a su autor. Pero por eso mismo quizás se emparenta más con la filmografía más prototípica del director que con el tono del resto de episodios de la película.

El de Benigni es un puro gag, una única y surrealista situación cuyo propio enunciado ya limita y delimita la sátira y la metáfora que contiene. Por eso es la que más claramente ilustra el acierto del que hablaba antes: no es necesario tratar de rizar el rizo y añadir vericuetos argumentales. La fuerza está en la propia situación, y en la gracia única con la que la encarna Benigni. Naturalmente, la simpatía que despierte la particular figura del intérprete ya es cuestión de gustos. Para mí mismo, dos horas seguidas de Benigni en pleno éxtasis histriónico probablemente me resulten cargantes, pero en pequeñas dosis, como en este caso, me resulta francamente tronchante, al igual que me ocurría con el antológico monólogo al frente de un taxi en “Noche en la tierra", de Jim Jarmusch.

El episodio de la joven pareja recién casada participa de esa inmediatez. Me hizo pensar en lo que Hitchcock contaba a Truffaut sobre que en “Los pájaros” podría haber rodado una escena que presentara verosímilmente la aparición en Bodega Bay de una ornítóloga, pero eso seria hacer perder el tiempo al espectador. Allen hace lo mismo, lo que le interesa es la situación de enredo y malentendido y llega a ella lo más rápido que puede. Lo que me gusta de este episodio y lo convierte en mi preferido de la cinta es cómo realmente se convierte en un delicioso tributo a la "commedia all'italiana", con guiños especialmente marcados a “El jeque blanco” de Fellini, la comedia preferida de Woody Allen. No es ninguna casualidad que el personaje del actor no se asemeje para nada a los cánones de lo que sería un galán cinematográfico en la actualidad y ostente en cambio un físico muy parecido al de Alberto Sordi. Las dos mujeres, Penélope Cruz y la que para mí es el gran descubrimiento del film, Alessandra Mastronardi, con su rostro bellísimo, cándido y pícaro a un tiempo, proporcionan los mejores ingredientes para un episodio que perfectamente podría formar parte de las más recordadas viejas comedias italianas de sketches.

Lo demás, todo lo demás, que diríamos a la manera alleniana, como la tan criticada estampa de tópicos y de tarjetas postales, francamente, como esta vez diría Rhett Butler, me importa un bledo. Lo que me importa es salir a la calle y mientras los ojos aún se acostumbran a la luz, sentir que durante las dos horas previas he estado en un lugar mágico y encantador, que me ha hecho soñar y reír de una manera muy simple y muy directa, y que me olvidara completamente de mis tribulaciones cotidianas.

Y sí, siempre que queramos podremos regresar a Manhattan y admirar las películas "mayores" de Woody Allen, aquellas que hacen que por defecto su nombre se incluya en cualquier diccionario sobre los grandes cineastas de la historia. Pero mientras tanto, yo no dejaré de divertirme con estos pequeños y humildes placeres que me hacen pasar un rato muy, pero que muy agradable.
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