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Crítica de Luis Guillermo Cardona
Medellín, Colombia
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Los Nibelungos: la venganza de Krimilda (Los Nibelungos Parte II)
Los Nibelungos: la venganza de Krimilda (Los Nibelungos Parte II) (1924)
  • 7,8
    1.373
  • Alemania Fritz Lang
  • Margarete Schön, Rudolf Klein-Rogge, Georg John, Theodor Loos, ...

“¡No permitáis que se maten los que se aman!”

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Después de sentenciar a Hagen Tronje a esperar su irremisible venganza, Krimilda anuncia la muerte de la reina Brunhild -sutil y bellamente sugerida por el director, Fritz Lang, mostrándola a ella saliendo de campo y enlazando, a continuación, el balanceo de una campana-, y tras acompañar largo rato el mausoleo de su amado Sigfrido... comienza aquí, la segunda parte: <<LOS NIBELUNGOS (La Venganza de Krimilda)>>.

Enterado de su viudez, el rey Etzel (Atila), pide entonces la mano de Krimilda, y tras hacer prometer a su enviado, Rüdiger, que el soberano la defenderá contra cualquiera que la haya ofendido, Krimilda acepta -con propósitos premeditados-, marchar a aquel reino donde la espera un ambiente sucio y empobrecido, en el que pareciera que ninguna mujer –y menos hombre- ha puesto mano alguna durante largo tiempo. Empero, se encontrará con un rey que, lo que tiene de feo y de desaliñado, lo recompensa con su sumisión y caballerosidad, además de su entera disposición a complacer a aquella mujer que, para él, ¡es toda una reina!

A primera vista, no parece que pudiésemos espera mucho cuando lo que se aviene es el plan de venganza de Krimilda contra el nibelungo que asesinó a su esposo y contra todo el que se sume a su defensa, ¡así sean sus propios hermanos! Sin embargo, en este meollo de apariencia trivial, y ya harto trillado en el cine de la manera más arquetípica a todo lo largo del siglo XX, ese realizador colmado de visión social y humana llamado, Fritz Lang, consigue abstraerse de la superficie para lograr una magistral y poderosa guerra interior donde cada personaje se debate en el sostenimiento de unos valores y principios que lleva enraizados en cada célula de su cuerpo. Así, a la lealtad ni la destruye el acero ni la funde el fuego; al amor ni lo agota el odio, ni lo renace el agradecimiento; y la sed de venganza ni la apagan los lazos de sangre, ni se conduele con nadie.

En este compromiso que bulle desde lo más hondo, huelgan sentimientos de menor peso para cada uno, se resquebraja el alma, y cada personaje antepone el carácter a cualquier otra cosa; y de esta manera, Lang logra como resultado un cuento majestuoso, donde la guerra de adentro se impone rotunda, dramática y soberbiamente, haciendo de este filme una perenne obra maestra.

Queda resaltar la vigorosa presencia de Margarete Sdjön como Krimilda; la fuerte semblanza que logra, Hans Adalbert Sdjlettow del nibelungo Hagen Tronje; y la siempre efectiva caracterización de Rudolf Klein-Rogge (el recordado Dr. Mabuse), ahora como el singular rey Etzel.
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