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Críticas de Tony Montana
Críticas ordenadas por:
Esperanza y gloria
Esperanza y gloria (1987)
  • 6,7
    1.178
  • Reino Unido John Boorman
  • Sebastian Rice-Edwards, Sarah Miles, Sammi Davis, David Hayman, ...
8
Amarcord
John Boorman es uno de esos cineastas a los que cuesta ceñir a un estilo, un hombre que ha nacido para llevar el calificativo de inclasificable por toda la extensión de su larga obra, un hombre que se ha enfrentado a multitud de retos audiovisuales y que, aún con una tremenda irregularidad en el global de su carrera, nunca ha dejado indiferente a nadie. Y es que, quizás, habría que hablar de él como del hombre cuyo estilo era el no tener un estilo, sino ser cambiante (no en un modo despectivo) y poder elegir de qué forma encarar una nueva producción. Y, como director inclasificable que es, quizás la rareza dentro de su filmografía sea una de las películas más sencillas en apariencia: Esperanza y Gloria, basada en las memorias del propio realizador inglés durante su infancia a través de la Segunda Guerra Mundial. Y, como casi todas sus películas, marcada casi inevitablemente por la irregularidad, porque nos encontramos con una película llena de momentos admirables, pero también con otros fragmentos ciertamente poco llamativos y a los que, quizás, les faltaba un punto de maduración en el guión.

Y es que al hablar de Esperanza y Gloria hay que hacerlo desde dos perspectivas bien diferentes, tal y como se divide la película: enfrentándonos a escenas de costumbrismo, con las actividades de los adultos, quizás la parte menos interesante (aunque no deja de ser necesaria), y aquellas en las que el joven Billy, Alter Ego de Boorman, nos muestra su visión de la guerra como un patio de recreo, con el disfrute de los pequeños detalles aunque también hay que puntualizar que el relato está basado enteramente en el punto de vista de nuestro joven protagonista. ¿Por qué? Porque desde la situación más inocente a la más dramática están intrínsecamente relacionadas, dependiendo única y exclusivamente del mundo casi fantasioso que se ha ideado el pequeño personaje y su grupo de pequeños gamberretes que campan a sus anchas por las desoladas calles del suburbio donde vive la familia. Y es que la película se desliza suavemente de un mundo al otro, con dureza y ternura, intentando introducirnos en la complejidad de la guerra sin olvidar que, en definitiva, estamos presenciando casi una comedia. Un poco lo que intentó, con escasa fortuna, Roberto Benigni en La vida es bella. Por suerte, el realizador de El sastre de Panamá está más afortunado y es infinitamente más sutil que el italiano.

Porque no había otra forma de acercarse a una historia así, donde se toma la guerra casi como un hecho mágico, que la sutileza. Por ejemplo, en una de las escenas más bellas de toda la cinta, la cámara recorre las casas destrozadas en un travelling lateral, mostrando en primer plano cómo los adultos intentan buscar cosas entre los escombros, sus enseres personales y cosas aún utilizables, mientras al fondo del plano, recortados en silueta por el horizonte, un grupo de los amigos de Billy recorren los escombros buscando (y festejando al encontrarlo) su preciado botín de guerra: la metralla, algo así como los cromos de fútbol para los niños, que compiten entre ellos a ver quién tiene más y mejor. Ese contraste es constantemente el que batalla en la cinta, el intento de adentrarnos en un mundo mágico, de aventuras y donde cada hecho es sorprendentemente espectacular, con un intento costumbrista cercano al que nos ha mostrado, aunque con más acierto, Terence Davies en películas como Voces distantes.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
I... como Ícaro
I... como Ícaro (1979)
  • 7,6
    700
  • Francia Henri Verneuil
  • Yves Montand, Michel Etcheverry, Roger Planchon, Pierre Vernier, ...
8
La autoridad del Estado
Cuando el cine político de calidad, que cuestionaba al propio sistema capitalista, llegó a Europa, lo hizo de forma muy visceral. Generalmente se consideran los dos pilares del movimiento europeo a Pontecorvo y Costa Gavras, quienes denunciaron con un estilo seco y directo el colonialismo europeo y americano en el resto de continentes, sin ambages, y le dieron voz a quien hasta ahora no la tenía: Europa también estaba dirigida por los mismos hombres que decidían el destino del mundo. Y a esa clase de películas pertenece la tremendamente actual I... como Ícaro, del comercial cineasta francés Henri Verneuil. Una de las cabezas visibles del polar francés, habitualmente centrado en el género del thriller policíaco y la acción, decidió acometer la película más madura, contundente y áspera de su filmografía con un thriller político de corte sobrio en el que lo importante es el guión y no la caligrafía, en el que analizaría las teorías que hablan del asesinato de Kennedy ordenado por la CIA, situando la trama en un país ficticio con una bandera parecida a la de Estados Unidos y en donde se habla francés. Y para ello contó con uno de los musos de Costa-Gavras, el siempre excelente Yves montand, quien interpreta a un fiscal que ve demasiadas irregularidades en el informe que determina cómo murió el presidente y decirle no darlo por válido ante las quejas de sus compañeros del comité.

Resulta inevitable acordarse de la barroca y complejísima obra periodística de Oliver Stone JFK (JFK, 1991), puesto que la trama que desgrana es la misma. Pero mientras el realizador norteamericano ponía mucho énfasis en el detallismo minucioso y puntillista con cada aspecto de la investigación llevada a cabo por el personaje de Kevin Costner, con una narración asfixiante y con un (extraordinario, por otra parte) montaje marcadísimo, Verneuil opta por simplificar conceptos y alejarse de cualquier intención verista como haría años después el realizador de Platoon (Platoon, 1986). Verneuil, aun siendo obvio que habla de Kennedy, utiliza las ideas, su arma más poderosa, y para llegar a ellas se sirve del ejemplo del magnicidio más famoso del siglo XX, por lo cual el caso importa realmente poco o nada. Eso sí, no busca tomar por tonto al espectador, y esa simplificación de detalles no va unida a una simplificación de conceptos, puesto que todo es expuesto con claridad gracias a un guión hábil, con sus minúsculas trampas, pero que funciona como un reloj. Es decir, elige el fondo antes que la forma. Y es una forma inteligente, ya que no queda nada en el tintero al final de esas dos brevísimas horas de metraje. Verneuil nunca fue un esteta, muy alejado de la capacidad de jugar con el montaje y con los encuadres, como sí fue Melville, así que optar por dejar hablar a los actores y al guión es la mejor opción posible.
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11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Forajidos de leyenda
Forajidos de leyenda (1980)
  • 6,5
    2.049
  • Estados Unidos Walter Hill
  • Keith Carradine, David Carradine, Dennis Quaid, James Keach, ...
6
Jinetes eternos
En un momento en el que el western estaba dando sus últimos coletazos tras el sonado fracaso de La puerta del cielo (Heaven's Gate, 1980), Hill buscó realizar un ejercicio de morriña y respeto por un género que parte de la mítica como base de su estructura. Y si antes hablábamos de Monument Valley como un lugar clave e icónico de las películas del oeste, no es menos importante la historia que los bandidos y su leyenda han tenido en ella, y de esa mitificada raza trata precisamente este acercamiento: Jesse James y su banda, compuesta por él y su hermano, los Younger (interpretada por los hermanos Carradine) y los Miller (los hermanos Quaid), además de la aparición de Charlie y Bob Ford (los Guest), en un intento de dotar de verosimilitud las relaciones fraternales entre los protagonistas. Esto es algo que, posteriormente, descubrimos que es un detalle insignificante, ya que, salvo David Carradine, ningún actor parece estar cómodo con su personaje, con trabajos anodinos que aprueban la tarea, pero no dejan momento alguno para enmarcar en el imaginario. Porque no encontramos buenos personajes en Forajidos de leyenda, todo lo contrario: meras marionetas que giran en torno a la trama en función de la necesidad de ésta, con la pequeña excepción de Cole Younger y mínimamente Jesse Jame. Por tanto, el primer error de la película es del cásting de la banda, ya que las interpretaciones necesitaban ser carismáticas y con garra, y nos encontramos ante una sosa corrección.

No obstante, y en beneficio del trabajo de Hill como director y del equipo de guionistas, hay que decir que la película fue masacrada en la sala de montaje. La historia que se nos narra no transcurre con fluidez, hay demasiadas lagunas y los personajes no alcanzan en momento alguno un arco dramático satisfactorio y pleno, dando la sensación de que el productor, en una errónea decisión, eligió la vía de la acción desenfrenada para tener mayor éxito comercial, y destrozando el intento de crear ese híbrido nostálgico-crepuscular que busca el realizador. Junto al ya nombrado tratamiento de personajes, la subtrama que más se resiente de este corte es el conflicto surgido entre el norte y el sur contado a través de los ojos de ese policía yanki encargado de detener a la banda de los James. Desde el primer momento se ha presentado a la banda como una panda de recalcitrantes sureños que combatieron en la guerra civil y que odian al norte por encima de todo.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Camino a la libertad
Camino a la libertad (2010)
  • 6,5
    14.185
  • Estados Unidos Peter Weir
  • Jim Sturgess, Ed Harris, Colin Farrell, Saoirse Ronan, ...
8
El eterno retorno
Como ya hizo en Master & Commander, el cineasta australiano elige abordar una historia clásica desde un punto de vista convencional, si por convencional entendemos una narración sobria, donde la historia se relata con honestidad, y se insufla grandeza vía anamórfico. Weir no trata en ningún momento de innovar ni de sentar las nuevas bases de una rama del cine bastante sobada y usada. Al contrario, reafirmándose como uno de los últimos clásicos vivos, parece querer dinamitar la concepción moderna de este tipo de cine volviendo al estilo clásico. Porque, y volviendo a usar al director de Breve encuentro como referente, Weir se zambulle de lleno en la psique de sus personajes, abordando, de forma sutil, diferentes puntos de vista sobre una época del mundo ya extinta, y utilizando el montaje para dilatar el tiempo y provocar el tedio a la vez en espectadores y personajes.

Porque, como el genio Fincher en Zodiac, que utilizaba la ausencia de destino en la segunda parte de su magistral fresco sobre los 70 para llevar deambulando a los personajes de un lado a otro durante hora y cuarto de metraje en el que la cosa no avanzaba, el realizador de Gallipoli parece querer seguir sus pasos. Decisión que puede causar revuelo, y más teniendo en cuenta que en una película de aventuras debe primar, casi siempre, el ritmo de la narración. Pero, como él mismo dice en una entrevista, para llevar a cabo una película como The Way back hay que tener mucha experiencia, y donde cualquier novato contratado por los estudios hubiera tropezado, Weir triunfa haciendo clara su propuesta: los espectadores han de sentirse tan desolados y faltos de rumbo como los protagonistas que recorren medio mundo buscando la libertad. Porque sí, estos tienen un destino, todos y cada uno de ellos pretenden huir de ese gulag y volver a casa (si es que, parias todos ellos, aún la conservan), pero el camino consiste en andar y andar y andar sin más descanso que las paradas obligatorias para buscar comida, en la mayor parte de los casos inexistentes. Elige la épica de la antiépica, mostrando lo que cualquier otra película eliminaría por la elipsis. Por tanto, la total ausencia de espectacularidad elimina cualquier atisbo de acción, y resolviendo las escenas más "comerciales" (entiéndase por comercial una escena de "acción") a la manera en que Lean resolvía la batalla de Akaba con una panorámica hacia el cañón inútil: una tormenta de arena es resuelta con apenas tres planos.

Para ello, el autor no teme, con la clara inspiración de David Lean, en pasar de ampulosos y bellos planos generales a angostos y violentos primeros planos donde se muestran las marcas del camino en forma de heridas y costras. Suaves panorámicas y travellings sirven para describirnos las localizaciones, ubicándonos en la monstruosidad del espacio y jugando con los escenarios narrativamente con un lenguaje portentoso.
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8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
[•REC]
[•REC] (2007)
  • 6,6
    82.689
  • España Jaume Balagueró, Paco Plaza
  • Manuela Velasco, Ferrán Terraza, Jorge Serrano, Pablo Rosso, ...
8
Terror hiperrealista
De pequeño solía ir con mi familia cada fin de semana a una casa de campo de la que son dueños mis abuelos. La clásica casa de campo vieja, con cierto aspecto tétrico y realmente inquietante si tienes una edad propensa a soñar con monstruos bajo la cama y fantasmas de esos que hacen ruidos que te hielan la sangre mientras te tapas con las sábanas hasta la cabeza, independientemente de la época del año. Entre los juegos inocentes que tenía con mis primos estaba el subir a la segunda planta, donde no dormía nadie y cuyos dormitorios se usaban como almacén para ropa vieja y utensilios varios, y que, vista desde fuera, asustaba, pues, de vez en cuando aparecía alguna luz encendida o las ventanas estaban abiertas sin que, aparentemente, nadie lo hubiera hecho. Íbamos tres o cuatro niños de no más de ocho o nueve años subiendo las escaleras que se bifurcaban en dos partes que conducían a sendas puertas. Ese breve momento en las escaleras era la idea básica del pánico, mirando hacia arriba y viendo que las puertas parecían abrirse para, una vez dentro, no volver a salir. Es decir, cinematográficamente, la subida de escaleras del detective Arbogast en Psicosis, lenta y cargada de tensión.

Una vez allí, intentábamos pasar el mayor tiempo posible mientras nuestro corazón iba a mil por hora y la casa parecía gemir, más producto de nuestra sugestión que del posible interés del mobiliario en asustarnos. En medio de la oscuridad, sin saber si eso con lo que te topabas era una cama, o el brazo de algún monstruo que anduviese por allí, sin saber si el ruido que escuchábamos era el de una cañería o algún fantasma que se movía lentamente hacia nosotros, la tensión y el miedo que experimentábamos iba increscendo conforme nos adentrábamos en la oscuridad, hasta que de repente uno salía corriendo y los demás le seguíamos gritando despavoridos entre las viejas estancias hasta que veíamos un rayo de luz a través de la puerta entreabierta y volvíamos seguros al salón familiar. Lo que se sentía en esos momentos era el puro terror, el horror, el asfixiante miedo en su más pura concepción, ese que te atenaza y que no puedes sacudirte de encima, ese miedo que casi exclusivamente pueden experimentar los niños, aquellos con capacidad para soñar tanto para lo bueno como para lo malo. En el cine, esa sensación sólo la había tenido mientras una pelota que bajaba de la inhabitada segunda planta golpeaba la escalera como si fuera un martillo y un acongojado e incrédulo George C. Scott se acercaba a comprobarla en Al final de la escalera. Ni obras maestras del género como El Resplandor o La semilla del diablo me hicieron experimentar la sensación del miedo, un miedo que te domina y te deja inmóvil. Con [REC] volví a aquella segunda planta, a aquella oscuridad impenetrable, volví a tener nueve años y a pensar que debajo de mi cama podría haber algo que me agarrase el pie en mitad de la noche y me arrastrase con él.
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9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hipótesis del cuadro robado
Hipótesis del cuadro robado (1979)
  • 7,0
    248
  • Francia Raoul Ruiz
  • Jean Rougeul, Anne Debois, Alix Comte, Jean Narboni, ...
4
La hipótesis de la hipótesis
No soy especial fan del cine de Jean Luc Godard más allá de un par de películas y algunos detalles sueltos del resto de su larga carrera, pero en su aspecto como crítico y teórico cinematográfico no puedo profesar otra cosa que el más absoluto respeto, y considero sus opiniones "por encima de la media". Una de las frases que más curiosidad han despertad oen mí desde que tengo uso de conciencia cinematográfica (por llamarla de algún modo) es ésa de "la fotografía es verdad, y el cine son 24 verdades por segundo", porque irónicamente el cine se ha creado para mostrar mundos imposibles, historias ficticias. Pero entrando en su juego, y aceptando que dicha frase es un axioma innegable, puesto que quieras que no, lo que ves es lo que ves, y en definitiva en éso consiste el cine, me pregunto: ¿Qué pasaría si lo que se nos cuenta es mentira? La hipótesis del cuadro robado, cinta del cineasta franco-chileno Raoul Ruiz, parece querer discutirle a Jean Luc Godard esa afirmación y dinamitarla por completo estableciendo un complejísimo juego de espejos casi calidoscópicos basándose en una premisa absolutamente irreal. De hecho, iré más allá, directamente una premisa inexistente.

¿Por qué inexistente? Puestos a teorizar sobre una teoría, la película no deja de ser una simple hipótesis, algo sujeto al mero pensamiento, a la categoría de posibilidad, a la idea de subjetividad. ¿Tendrá razón el coleccionista de arte? ¿Realmente puede ser posible dicha idea de la división de una obra de arte en otras tantas? ¿O directamente Ruiz pretende ponerse filosófico de forma banal, jugar con el espectador partiendo de la nada y soltarnos un rollazo que, al menos es justo reconocérselo, únicamente nos quita una hora de nuestra vida? A mí, como "expectador" virgen, desconocedor de la obra del cineasta, y sin saber realmente a qué me exponía, me ha costado incluso discernir el momento en el que arrancaba la cinta. No el momento justo en el que comienza el metraje, el comienzo físico de la película, si no donde todo arranca, en qué momento justo todo echa a andar. Al comienzo se nos muestra a un narrador intradiegético y a otro extradiegético que parecen entablar de vez en cuando un diálogo, como si el primero le explicase al segundo sus pesquisas (de forma curiosa, cuando él primero da una cabezadita, el segundo habla más bajo). Pero no logro averiguar qué les hace ponerse a debatir, quién es quién y qué es qué dentro del complejo relato que propone Ruiz. Es compleja antes incluso de comenzar a ser, puesto que podemos afirmar que la cinta no empieza, si no que hemos pillado infraganti al coleccionista divagando.
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9 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Red Riding: 1983, Parte 3 (TV)
Red Riding: 1983, Parte 3 (TV) (2009)
  • 6,8
    1.001
  • Reino Unido Anand Tucker
  • David Morrissey, Lisa Howard, Chris Walker, Shaun Dooley, ...
8
Make yourself comfortable, this is Yorkshire
Decir que la televisión le saca varias cabezas hoy en día al cine sería comentar una obviedad y, a pesar de que me encantan las obviedades, no la cometeré. Hoy he terminado de enfrentarme a esa hercúlea y épica saga que es Red Riding. Y no es que sea especialmente larga, ni que cuente una historia medieval ni nada por el estilo. Son sólo tres capítulos de hora y media de duración cada uno, pero cada minuto esta cargado de una densidad para cuyo comparativo utilizaré una canción de Jethro Tull: Thick as a brick. Y es que Red Riding juega la baza del film noire más puro, ese de "te llevo por aquí... ¡Pero no!" que se sabe grande. Pero empecemos por el principio. ¿Qué es Red Riding? Adaptación de las novelas de David Peace por parte del Channel4 que conforman la tetralogía Red Riding, es decir, que se han conmido una de las cuatro que la conforman, 1977. Dirigida por tres diferentes realizadorez: 1974, por Julian Jarrold; 1980, por James Marsh (cuyo documental Man on wire ganó el Oscar el año pasado); y 1983, por Anand Tucker. Es deudora del gran cine americano e inglés del género policíaco y negro por su trama, pero totalmente alejado de este por su tratamiento a nivel visual y su tratamiento literario. No estamos ante el brillante Dennis Lehane, si no más bien ante el Fincher más oscuro y tenebroso. Y es que si hubiera que utilizar una película para compararla con esta ambiciosa producción no habría solución posible, por lo que habría que mezclar dos: Zodiac, el Fincher más denso, obsesivo y estudioso de la psicología de los personajes, y Seven, el Fincher más críptico, truculento y pesimista que sacudió al cine en los 90. Buenos referentes, pero, ¿Cumple con las expectativas?.

Para empezar, hay que decir que Red Riding cumple con lo que se propone: el espectador tiene que ver las tres partes enganchado cual colegiala a Física o Química. Es imposible no estar atento a la pantalla durante esa hora y media simplemente magnética que dura cada episodio. El hipnotismo con el que los directores ilustran la historia hace que todo se nos muestre ante nosotros de una forma puramente psicológica, casi freudiana. Red Riding se clava en tu subconsciente por la inteligente utilización de la fotografía y del sonido, es una película llevada de forma meticulosa en su vertiente más técnica. Nunca antes se había mostrado una Inglaterra más deprimente, nunca antes Yorkshire se había mostrado como un lugar tan poco humano, tan enfermizo, donde vivir es morir cada día un poco. Como dijo Paul Schrader, el cine negro es una cuestión de estilo, casi una forma de vida, y desde la producción se le ha dejado claro a los tres directores. En los sitios que visitamos, ya sean ciudades como Manchester o pueblecitos comandados por un cacique chuloputas, nos topamos con días más negros que grises, donde el sol está más solicitado que un trabajo, y donde las oportunidades de prosperar pasan por ser policía, y no honrado precisamente.
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25 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Caché (Escondido)
Caché (Escondido) (2005)
  • 6,6
    18.877
  • Francia Michael Haneke
  • Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou, Annie Girardot, ...
7
Beyond the wall
Leí el otro día una definición sobre el cine que, más o menos simple, no deja de ser muy acertada: las películas comienzan cuando algo rompe la normalidad. Pues bien, con Caché Haneke parece querer retorcer este planteamiento reduccionista y darle la vuelta hasta hacer que sea la propia realidad la que irrumpe dentro de la realidad en un sin par juego de espejos. ¿Cómo es esto posible? Esa grabación con la que arranca el film, donde se nos muestra una calle de un lugar no identificado y que, de no ser porque de repente la imagen se rebobina y las voces de Juliette Binoche y Daniel Auteuil interrumpen, tomaríamos como el verdadero inicio de una película donde, en breve, va a suceder algo relacionado con los protagonistas. Y de forma sutil nos indica algo que hacen esta pareja de burgueses de vida aparentemente perfecta: alteran la realidad a su gusto y manera, si algo no les gusta lo cambian o lo tratan con desprecio. Actúan con una venda en los ojos ante aquello que sucede en el mundo (Georges pasa junto a la cámara y ni se percata de ella) de forma bastante elitista, tienen la capacidad de decidir qué desechar y la utilizan sin miramientos. Una forma cruel y fría de vivir, pero la elegida por este par de snobs y su hijo. Poseedora de un discurso duro, dentro de su irregularidad como película, la fuerza y la convicción con que narra los hechos (más bien con los que se detiene en ellos) la convierten en toda una experiencia que juega a quitarle la máscara a una sociedad como la actual, más preocupada de apariencias que de atender a las necesidades reales del mundo, por básicas que estas sean.

El realizador se disfraza parcialmente de Hitchcock (con toques buñuelianos) al utilizar un mcguffin para narrar una historia de suspense con un fondo dramático, es decir, las cintas no valen para nada en la trama, son la chispa que enciende el motor. Lo único que Haneke buscaba era una justificación para analizar a la sociedad burguesa contemporánea, ya que no se nos aclara en ningún momento quién ha sido el autor de las grabaciones ni se nos dan respuestas sobre lo planteado. Es más, la película finaliza como empieza, y podríamos estar viendo de nuevo a ese ser misterioso captando fragmentos de la vida de los Laurent. La inquietante reflexión en que se basa la película ataca directamente a los intelectuales sumidos en un mundo no real, tanto él que trabaja en la televisión como ella (trabaja en una editorial literaria, no tengo más que decir) y su hijo (pijito que en su tiempo libre va a nadar) forman un microcosmos imperturbable en esa casa. Es ese detalle el que interesa a Haneke, poner al hombre en pugna con sus miedos y temores reales, esos que nunca vas a conseguir dejar atrás. Por ello Georges y Anne se indignan soberanamente cuando la policía les dice cómo es el procedimiento habitual de desapariciones, o cuando ella decide contratar un detective, a lo que él, de una forma cínica en exceso, le conteta que "has visto muchas películas".
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los Conchords (Flight of the Conchords) (Serie de TV)
Los Conchords (Flight of the Conchords) (Serie de TV) (2007)
  • 7,5
    2.939
  • Estados Unidos James Bobin (Creator), Jemaine Clement (Creator), ...
  • Jemaine Clement, Bret McKenzie, Rhys Darby, Kristen Schaal, ...
10
El aparatoso y sin retorno vuelo de The Conchords
Nueva Zelanda, sí, ¡como El Señor de los Anillos!. Nueva Zelanda, si exiges poco te encantará. Nueva Zelanda, como Escocia pero más lejos. Nueva Zelanda, a sólo 18 horas de vuelo. ¿Qué había producido Nueva Zelanda antes del 2001? ¿Qué nos había dado esa pequeña doble isla antes de que Peter Jackson se atreviese a llevar allí el rodaje de El Señor de los Anillos? Que yo recuerde, nada. Y los propios neocelandeses parecen ser conscientes de ello y se toman muy poco en serio a sí mismos, o por el contrario, deben odiar a Jemaine Clement y Bret Mckenzie (quien por cierto, salió en El Retorno del Rey como acompañante de Arwen). ¿Quiénes son estos dos personajes? Pues Jemaine Clement y Bret Mackenzie, o lo que es lo mismo, Flight of the Conchords. Los cuatro eslóganes que he puesto al principio del post son algunos de los hilarantes mensajes con los que el gobierno neocelandés vende el turismo en su país. O al menos eso nos quieren hacer creer Bret y Jemaine, Jemaine y Bret, acompañados por el no menos genial Murray, probablemente el peor representante de bandas (y ayudante del agregado cultural neocelandés en Nueva York) de toda la historia de la humanidad. Los Conchords son dos pequeñas hormiguitas que llegan a la gran ciudad pensando que todo es como en el pueblo, pero no son más que alguien a quien ridiculizar. Porque el sentimiento neocelandés está planteado de forma brillante, puesto que son el último mono en todo, y siempre son el blanco de las bromas de los australianos, o de Dave, el friki que afirma que vive con compañeros de piso y no con sus padres aunque tengan fotos con él de pequeño y se parezcan muchísimo, y que afirma que el neocelandés es un lenguaje que “se habla improvisando, que no tienen un idioma concreto”. Y sí, su primer ministro es tan zopenco o más como los propios protagonistas. Si John Ford viviese en nuestros tiempos trabajaría en televisión, y si hiciera una comedia, probablemente haría The Flight of the Conchords por el fuerte sentimiento patriótico que tiene.

¿De qué va Flight of the Conchords? Es difícil especificarlo en una sola palabra, es más, es difícil especificarlo en una sola frase. Se podría decir que va sobre la (no) carrera de un par de músicos amateurs que han decidido hacer las américas y que les tomen en serio. No tienen talento, no son atractivos (al menos sin peluca de Art Garfunkel) y ambos comparten casa, dormitorio... y en algún momento incluso novia. Pero dejemos líos aparte y tratemos de definir de qué va. Bret es un tipo inocente, guitarrista, que además de la música tiene interesantes tareas, como construir un casco de bicicleta que se asemeje a su pelo. Jemaine es también un tipo inocente, bajista, que además tiene también muy interesantes tareas, como… ¿Dormir?.

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15 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Celda 211
Celda 211 (2009)
  • 7,7
    115.789
  • España Daniel Monzón
  • Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Carlos Bardem, ...
8
La grandeza del género
Cuando uno termina de ver Celda 211 y aparece Dirigido por Daniel Monzón, lo primero que pasa por su cabeza es qué falta en España para hacer más cine como este, de género, arriesgado, valiente. ¿Falta de talento? ¿Guionistas incapaces? ¿Productores que prefieren no arriesgarse y seguir viviendo de las subvenciones del gobierno para cubrir presupuesto en lugar de crear un producto atractivo para el público? Pero me centro en la película y me olvido de caraduras. Ha sido alguien que ya intentó acercarnos al cine mainstream patrio hace años con la irregular aunque curiosa El corazón del guerrero, y que luego con La caja Kovak aunque sin demasiada suerte. Consciente de sus limitaciones como director, buen artesano aunque excesivamente inconsistente para considerarle un gran director, Monzón crea aquí, con la colaboración del habitual guionista de Álex de la Iglesia, un guión férreo en sus aspectos principales, que únicamente languidece en detalles menores, pequeñas trampas y resortes que no lastran el resultado final de la película, amén de un reparto bastante irregular, por no decir malo, pero que si se hubiesen pulido podrían haber hecho de Celda 211 una de las mejores obras maestras que el cine a nivel mundial ha contemplado en muchos años. Y es que, sin abandonar el código del cine carcelario, esta estimulante propuesta sabe ser película y no remiendo de homenajes, con un universo propio, donde el trabajo de Monzón, salvo en algunos momentos, es brillante, y donde esa conjunción literaria y técnica dan como resultado un agobiante thriller que bordea entre el psicológico y el suspense más puro y duro sin abandonar nunca la que parece ser principal idea de la cinta: cargar contra el estamento público y la doble moral de la sociedad del bienestar.

El primer plano de la película ya nos muestra el infierno donde nos vamos a adentrar. El dueño de la celda que da nombre a la cinta se corta las venas y vemos el lento suicido de un hombre que no podía aguantar más la muerte aún más lenta a la que estaba siendo sometido en ese infierno terrenal que es la cárcel. Comienza a jugar sus cartas y a someter al espectador a un pulso mental que le llevará a adentrarse en el juego del ratón y el gato que lleva la película constantemente en un ejercicio de funambulismo kafkiano que recuerda, no obstante, a la también interesantísima Distrito 9. Es necesario acudir a la influencia de Fritz Lang en esta cinta. ¿Qué obliga al protagonista, un irregular Alberto Ammann, a ir un día antes de comenzar su trabajo, en lugar de quedarse con su mujer embarazada en casa? ¿Qué le obliga a ir para, casualidades de la vida, golpearse por puro azar con una piedra caída del techo y terminar metido en la chabolo 211, un lugar casi maldito, en lugar de haber sido llevado a la enfermería? La apariencia.
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5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Damned United
The Damned United (2009)
  • 6,9
    7.356
  • Reino Unido Tom Hooper
  • Michael Sheen, Timothy Spall, Colm Meaney, Jim Broadbent, ...
7
Clough/Revie: El desafío
Recuerdo perfectamente una tarde de sábado, en la que el Leeds United de Anthony Yeboah goleó en casa al siempre humilde Wimbledon, y luego fui a la librería que estaba al lado de mi casa. Allí vi un librito de bolsillo titulado Los 20 clubes más grandes de Europa, y me lo compré. Ojeándolo de camino a casa, veía cómo hablaban de todos los monstruos del deporte: Real Madrid, Bayern Munich, Barcelona, Milán, Inter, Juventus, Liverpool... hasta que me paré en uno que ni me sonaba: Nottingham Forest. Empiezo a leer su ficha y lo primero que me llama la atención es lo que dice en sus títulos: dos Copas de Europa ganadas en dos años consecutivos en manos de su entrenador más legendario, Brian Clough, a pesar de ser un equipo sin tradición alguna de grande, y que desde ese momento se convirtió en una de las grandes escuadras del fútbol inglés. Icono del fútbol británico durante dos décadas, era conocida su relación de odio absoluto con Don Revie, maestro de la vieja escuela del fútbol británico. Este es el punto de partida de The Damned United, en la que Peter Morgan vuelve a diseccionar algo que parece obsesionarle de forma enfermiza: el poder y la ambición desmedida, tomando un patrón parecido a su magnífico trabajo en Frost/Nixon, la confrontación entre dos personalidades de fuerte carácter unidas contra su voluntad por un destino juguetón (las bolas del sorteo de la FA Cup).

Y es que, si nos detenemos a analizar las figuras construidas por este solvente guionista en sus anteriores films, podemos formar una trilogía sobre protagonistas a la sombra del poder. Tanto en The Queen como en la citada revisión de la entrevista al más polémico presidente americano hasta Bush comparten con The Damned United el protagonismo de un personaje sometido a otro: tanto Isabel II a la mayor popularidad de la siempre cargante Lady Di al David Frost incapaz de domar el poderío del flebítico Nixon son primos hermanos de este Brian Clough de ecos shakesperianos, quien siempre intentó superar ese muro que fue el brillante trabajo de Don Revie en el Leeds United por un desprecio que le hizo cuando se enfrentaron y Clough entrenaba al modesto Derby County. Nos enfrentamos a la clásica historia de ascenso y caída de un personaje al que podríamos calificar de magnicida (por su intento de destronar a Revie): egocéntrico, maniático, obsesivo, y prepotente. Brian Clough es más parecido a un gangster coppoliano o walshiano extraídos a su vez de los modelos shakespirianos de la épica y la traición y posterior caída que el clásico entrenador de fútbol de un equipito inglés: gran cerebro, manipulador, frío, y con un gran consejero. Descrito con precisión milimétrica, Morgan opta por desarrollar esto a través de su relación con su mejor amigo y casi hermano, Peter Taylor, aquel que le aconsejaba en los fichajes y del que muchos sospechan que fue quien realmente construyó la grandeza de los equipos entrenados por Clough.
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33 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dillinger, enemigo público nº 1
Dillinger, enemigo público nº 1 (1945)
  • 6,5
    276
  • Estados Unidos Max Nosseck
  • Lawrence Tierney, Edmund Lowe, Anne Jeffreys, Eduardo Ciannelli, ...
5
The assassination of John Dillinger
La historia de John Dillinger, así como la de otros tantos compañeros generacionales del ambiente criminal, ha sido tan trastornada y edulcorada con el paso de los años que cuesta por tanto diferenciar leyenda de realidad, a modo de western. Así comienza la desmitificadora cinta de Max Nosseck, cargada de tantas virtudes como errores, sobre todo la ausencia de un personaje con un drama que le motive y la plana puesta en escena del cineasta. Mientras se proyectan unas imágenes en un cine narrando las fechorías del romántico ladrón, el público contempla estas con expectación, puesto que el plato estrella de la noche está por aparecer: el propio padre de la estrella, quien comienza a narrar ante la atónita platea cómo fue la vida de su hijo. Se puede apreciar una clara intención del realizador y del guionista en esta ubicación espacial: enlazar un documental con la palabra de alguien que, en condiciones normales, no podría mentir sobre la vida de Dillinger, es decir, la pretensión de la cinta es la de trazar un retrato lo más verista (casi objetivo, a la manera de Zodiac) sobre una figura que arroja tantas luces como sombras a los historiadores y mitómanos. Pero del mismo modo tenemos que volver a fijarnos en la ubicación del personaje, el centro de atención de una sala de cine: la pantalla. Contradiciendo a Godard, el cine son 24 mentiras por segundo, y si no mentiras, si engaños o medias verdades, y esta película no es otra cosa que una gran media verdad a la que se le cae su pretensión de realidad al terminar siendo una mediocre cinta de acción que olvida pronto a sus personajes.

Dillinger es presentado como un sanguinolento psicópata de gatillo fácil pero no se justifica, únicamente porque sí. No es por tanto una versión mitificadora y dulcificada de la leyenda, todo lo contrario, algo sorprendente en la época, puesto que no nos propone la clásica visión de un moderno Robin Hood carismático, si no la de un enfermo vengativo que es capaz de matar a sangre fría después de jugar con la víctima, e incluso como un cobarde que le tiene miedo a la silla del dentista. Pero todo ello son meros esbozos que se intuyen y que nunca se llegan a mostrar. La interpretación de Tierney se reduce a poner cara de enfado, aunque salva el papel logrando que, durante algunos momentos muy contados, pasemos por la mente del ladrón, especialmente en los minutos anteriores a su muerte, agazapado como un animal herido en su madriguera. Por tanto, tenemos muchos secundarios que únicamente actúan como peleles de Dillinger pero que no tienen vocación de personaje, únicamente quedan convertidos en actantes cuya función es morir o traicionar al protagonista.
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7 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Red de mentiras
Red de mentiras (2008)
  • 6,6
    27.694
  • Estados Unidos Ridley Scott
  • Leonardo DiCaprio, Russell Crowe, Mark Strong, Michael Gaston, ...
7
La policía del mundo
El principal problema que puede presentar al espectador Red de mentiras es esperar de ella algo más de lo que verdaderamente es y puede llegar a dar bajo cualquier interpretación posible. Por su confuso tráiler podíamos esperar un intrincado thriller psicológico y político con el actual conflicto palestino de fondo. Funciona del modo que hace un par de años cuando algunos se llevaron un chasco tremendo al ver Diamantes de sangre, del siempre pirotécnico Edward Zwick, y comprobar que únicamente se trataba de una película de acción bien realizada a la manera del modelo del sistema de estudios: historia de amor y secuencias de acción para un thriller camuflado de pretendida denuncia social servido con una gran realización a manos de un artesano bastante más que competente. Y es que no hay más, ni trucos de magia ni dobles lecturas, ni la complejidad intelectualoide y el sabelotodismo naif de Syriana ni la vacuidad de La sombra del reino ni el virulento dramatismo de Jarhead, una trama sencilla que el guión pretende llevar al límite mediante un juego de espejos literario y un subtexto tan evidente que es la perfecta muestra de cómo funciona el sistema actual: Hollywood da la oportunidad al espectador de pensar que hay una posible crítica a Occidente desde dentro del propio enjambre con una superproducción con un ex ídolo teen y uno de los mejores actores del mundo cuyo pasatiempo es armar gresca allá por donde pasa y que termina siendo una versión muy light de Lawrence de Arabia, y que si funciona, más allá de por la idealizada presencia del personaje de Di Caprio, atrapado entre dos mundos, es por la cruda imagen que se muestra de la mayor potencia de este mundo convertida aquí en una especie de Partido orwelliano que todo lo ve y controla.

No deja de ser una versión cibernética y modernizada del clásico de aventuras de los años 60: un tipo que trabaja para una potencia de occidente trabaja en mitad de un conflicto en Oriente Medio y comienza a sentirse incómodo con su país por sus mentiras al tiempo que se hace a la cultura autóctona y decide ser un musulmán más. Le incluimos un romance con calzador y ahí tenemos Red de mentiras. Los personajes son planos a la vez que la trama lo es, aunque busque engañar al espectador, y el protagonista, interpretado por Di Caprio, llega a cansar de lo romántico de su construcción. Es un T.E. Lawrence de diseño cuyos remordimientos están sujetos a la subtrama romántica que afea el conjunto y a un compañero muerto al principio, un lugareño utilizado por los Estados Unidos y desechado cuando llega el momento.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Harry Potter y el prisionero de Azkaban
Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004)
  • 6,9
    77.099
  • Reino Unido Alfonso Cuarón
  • Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson, David Thewlis, ...
7
Harry el sucio
Al inicio de la saga, Columbus lograba moverse con comodidad y con aparente interés en este género tan complicado, en el que constantemente se trata al público al que va dirigido como pequeños becerros a los que hay que indicarle cada pequeño paso para que sus tranquilas cabecitas no se pierdan. Era entretenida, aunque poco más se le podía pedir, más allá de unos sentimientos de diseño, buenas intenciones y moralina, personajes acartonados y puesta en escena algo almidonada y una estructura supeditada a algo que Hitchcock odiaba: la sorpresa final injustificada. Es uno de los grandes lastres, el punto final sobre el que se asienta el guión, siempre el mismo, jugando a indicar al espectador quién es el malo para, ¡sorpresa!, al final ser otro y dejar a más de uno con un pasmo de narices. El funcional trabajo se repitió en la segunda entrega, para mi subvalorada no sé por qué, pero la que, para mi gusto, tiene más interés en su tratamiento y un final más interesante y menos previsible que el de la primera entrega, y un ennegrecimiento de la trama que le venía bastante bien al alelado y repelente Harry, además de la divertida aparición del siempre bien recibido Kenneth Brannagh. La tercera parte viene a confirmar que las debilidades de la saga potteriana vienen por los libretos más que por el trabajo de los directores y los actores, puesto que se repiten los mismos tics de todas las entregas anteriores, desde un comienzo calcado con su familia adoptiva, que de tan pretendidamente malvados que son tan kitsch que hasta se agradece su presencia, personajes importantísimos de los que realmente no sabemos nada, y un giro final de guión precedido por un epílogo explicativo que echa por lastre todo lo montado anteriormente.

Pero para compensar ese miedo spielbergiano a que el espectador se vaya insatisfecho a casa por no haber entendido la trama y tener que explicárselo todo, se pone la historia en manos de alguien con el suficiente conocimiento de la técnica y de los sentimientos como Cuarón, y aquí es donde El prisionero de Azkaban barre a sus precedesoras: La dirección. El poderío visual que el mexicano es capaz de alcanzar eleva el apartado de realización de la saga a cotas no vistas hasta ahora, y la cámara se mueve con una soltura y un barroquismo impropios de una cinta comercial y pretendidamente infantil como ésta. El director de Y tu mamá también hace creíble y tangible ese mundo inalcanzable en las dos primeras entregas, y por primera vez consigue que sus personajes respiren de verdad y actúen según sus consecuencias, y aleje un poquito más del tono detectivesco-sabelotodo que tenían, derivando hacia caminos más sutiles y evocadores como el thriller psicológico. Llena los paisajes de un ambiente malsano, propio del cine de terror de la Universal, con niebla por doquier y espacios claustrofóbicos, aunque estos sean abiertos como un bosque o el patio del instituto. A modo de versión teen y edulcorada de Seven, casi siempre llueve o está nublado.
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2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dead Set: Muerte en directo (Miniserie de TV)
Dead Set: Muerte en directo (Miniserie de TV) (2008)
  • 6,8
    13.143
  • Reino Unido Charlie Brooker (Creator), Yann Demange
  • Davina McCall, Riz Ahmed, Liz May Brice, Warren Brown, ...
6
Esta noche, en directo desde marte, el último expulsado de Gran Zombie
Cuando terminas de ver Dead Set tienes una impresión bien clara: se les ocurrió mezclar GH con zombies y se quedaron en eso, no escarbaron más allá de quedarse con lo evidente, que los fans de Gran Hermano son unos carroñeros que únicamente buscan carnaza, y el productor, de forma evidente en la serie, se la da. Una decisión valiente, pero la falta de ingenio hace que, en definitiva, no vaya más allá de mezclar el reality, la forma en que los fans de la telebasura devoran la vida de sus fans, y la estética de 28 días después, con homenajes al cine de Romero (crítica a los medios, a los policías, la forma en que la estructura de la sociedad destruye las relaciones entre personas) y a Amanecer de los muertos . Respeta el entramado zombie de pe a pa, podemos hablar casi de un decálogo que resume todo lo que nos ha dado el género desde La noche de los muertos vivientes, pasado por el tamiz del toque documental-realista-verista que pretende tener aquí, algo que ya vimos en la muy mediocre El diario de los muertos. Es interesante la exploración que hace de la relación entre la sociedad actual y el poder de los medios de comunicación, y el modo en que los grandes hermanos son el centro totémico de nuestro mundo actual, generando el culto absurdo y simiesco de todo ello, pero no tiene profundidad suficiente para considerarla una obra de más enjundia, pues se queda en medio de dos aguas, provocando un relativo desinterés mientras se va viendo.

Se presentan personajes cuyas historias no se llegan a desarrollar, y justo cuando parece que van a hacer algo se los cargan; estereotipos planísimos, como el de Pippa, el productor o el gay; trampas de guión de principiante, como parar a los personajes a la mínima excusa para que se los carguen o encontrarles un refugio en mitad de la nada; los personajes están realmente mal conectados, con lagunas emocionales enormes provocadas por todos estos errores que da como resultado que no consigamos entender qué les pasa por la cabeza a los personajes. Se repiten siempre los mismos patrones en cada capítulo, cayendo en la monotonía, que únicamente se rompe cuando los personajes tienen que salir de la casa a buscar medicinas a un hospital, casualmente el capítulo más ameno, puesto que hay más variedad en el planteamiento. Al final se nos transmite la sensación de aceleración, de prisa por acabar, de quitarse de en medio la serie para no rematar la faena con unos guiones más cuidados y una duración mayor. Y hay también cierto aire rimbombante, de importancia y gravedad mesiánica, que impide tomarse en serio la serie. Da la sensación de pretender ser la obra definitiva sobre zombies, atacando a la banalidad de la tv, y se echa en falta algunos toques ligeros. Siendo británica, el humor debería haber sido una parte importante, para relajar una tensión que es imposible mantener constantemente, lo que hace que haya muchos bajones de ritmos por los ya comentados fallos de guión que provocan un estancamiento en la historia.
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15 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
La sombra del poder (State of Play) (Miniserie de TV)
La sombra del poder (State of Play) (Miniserie de TV) (2003)
  • 7,6
    611
  • Reino Unido David Yates
  • David Morrissey, John Simm, Kelly MacDonald, Amelia Bullmore, ...
9
All the editor's men
Hace unos años, Buenas noches y buena suerte nos narraba las vicisitudes de un tótem de la libertad de expresión, los riesgos que corrió por la verdad y la presión política que tuvo para que cerrarse la boca. Era una oda al periodismo de calidad, al de investigación, el de aferrarse a una idea que se cree justa, aunque no por ello dejaba de ser crítica con ciertos aspectos informativos, o normas de la cadena o grupo empresarial tras el periodista. Clooney evidenció un profundo respeto hacia la profesión, pero eso no le impidió lanzar alguna puyita que dolió a más de uno, siendo coherente y retratando un mundo que no es feliz, y que hace del claroscuro su forma de ser y existir. El periodismo como tal es el tema central de State of play, en la se radiografía la tarea del reportero, del redactor, del editor, y, por qué no decirlo, la mentira como forma de relacionarnos. La miniserie de Yates busca ofrecernos el retrato más fiel posible del idealismo periodístico, la deuda recíproca entre estos hombres y la sociedad, pero no es un idealismo dulzón, feliz, si no que tiene dos caras. No hay triunfadores, sólo profesionales que saben perfectamente a lo que se acogen. El trabajo tiene riesgos, y aquí se exponen de forma cruda y evidente. Como los policíacos, el periodista puede descender a los infiernos en pos de publicar la verdad, pues junto a su buena intención van añadidas una gran cantidad de responsabilidades y problemas morales inapelables. Es el poso final de la miniserie, el verdadero valor de la verdad, el precio de desenmascarar la mentira, las dudas que suponen hacer lo correcto, y parece decirnos que no hay triunfo sin derrota.

Yates asume, de manera indiscutible, un referente claro: el thriller político y periodístico de los años 70, ese que tan de moda se ha puesto ahora. Los Lumet, Pakula o Frankenheimer, tan irregulares como brillantes, son grandes referentes del género actualmente, e incluso la televisión lo de muestra. El uso de la imagen granulada, los teleobjetivos abundantes, el perfecto desmenuzamiento de la historia en el guión, State of play es en sí misma un sincero homenaje al thriller político, mezclada con algunas de las taras televisivas que nunca se lograron quitar algunos realizadores de dicho medio, como el excesivo uso de primeros planos. ¿Por qué supone eso un problema para un producto televisivo? Porque es lo más cercano a cine que se ha realizado en la pequeña pantalla. Antes del boom de las series actual, antes de la llegada del maná televisivo, Paul Abbot tomó los ingredientes del séptimo arte y construyó un férreo castillo de naipes para la televisión al que casi no se le notan las costuras para crear un producto adulto y bien realizado en el que pesase más la historia que cualquier otro elemento, sabiendo que no había prisa alguna, puesto que se contaban con seis capítulos para ello, lo que permite que casi ninguna subtrama quede descolgada y se cierre todo de una forma excepcional, por no decir perfecta.
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25 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
La joven de la perla
La joven de la perla (2003)
  • 6,4
    16.013
  • Reino Unido Peter Webber
  • Scarlett Johansson, Colin Firth, Tom Wilkinson, Cillian Murphy, ...
7
La críptica del amor y el sexo
Explicaba Hitchcock a Truffaut a raíz de Vértigo que la escena en que Jimmy Stewart le pide a Kim Novak que se arregle el pelo como la difunta Madeleine la tenía completamente desnuda a falta de quitarle las braguitas, y que esa sería la última concesión que le faltaba para tenerla absolutamente a su merced y proceder a tirársela. Era la especial habilidad que tenía Hitchcock para poner caliente al personal sin necesitar quitarle ni un centímetro de ropa a su actriz protagonista, todo fruto de la inteligenciaen montaje y puesta en escena. Sexo absolutamente visceral sin mostrar ni el roce de las manos, escondido bajo una aparente capa de frialdad e indiferencia. En esa inteligente decisión de Peter Webber radica el principal acierto de La joven de la perla, que podríamos definir perfectamente como una película que navega entre el melodrama y las formas hitchcockianas a pesar de su aparente recreación histórica de un hecho cuanto menos ficcional, basada en uno de los cuadros más misteriosos de la historia (de alguien tan tiquismiquis y especialito como era Vermeer). Y es que no resulta nada problemático identificar a la aquí deslumbrante Scarlett Johansson con una de esas rubias gélidas que tanto amaba Don Alfredo y a Colin Firth como alguien equiparable al Scottie Ferguson de Vértigo o al John Robie de Atrapa a un ladrón, fascinados enteramente por un personaje femenino que hace que se olviden de todo. Es una fulminante historia de amor imposible, romántica hasta el hartazgo, una desnaturalizada y críptica versión de Romeo y Julieta que hace de su simbología su gran fuerte para vencer al tedio que pudiesen provocar sus imágenes, puesto que el mensaje que se encuentra soterrado en la profundidad de la cinta es lo que justifica todo aquello que se nos muestra de una manera algo fría, la pasión bajo el hielo, los sentimientos por encima del comportamiento cerebral.

La película está envuelta en una espectacular ambientación gracias al sobresaliente trabajo en la fotografía de Eduardo Serra, quien diseña un complejo juego de luces y colores semejante al que utilizaba el pintor holandés. Es fría como un témpano porque así busca ser la película, y sin embargo no importa lo más mínimo, pues la gran satisfacción de la película es ver un encuadre tras otro, cada uno mejor que el anterior, y donde cada composición supone también un homenaje a los cuadros de no sólo de Vermeer, si no de numerosos contemporáneos del barroco (algunos interiores nocturnos son puro Rembrandt), ya que no es un esteticismo vacuo y facilón como el de, por ejemplo, Alatriste. Es descaradamente pictoricista, e incluso en algunos momentos abraza en exceso el academicismo que, por regla general, abunda en cualquier película de tratamiento histórico, pero abruma, y atrapa por la fuerza de sus imágenes y por la inteligencia con la cámara de Webber.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
El curioso caso de Benjamin Button
El curioso caso de Benjamin Button (2008)
  • 7,2
    119.312
  • Estados Unidos David Fincher
  • Brad Pitt, Cate Blanchett, Taraji P. Henson, Tilda Swinton, ...
7
La (fría) estética de la fugacidad
Salí del cine sin saber bien qué pensar. ¿Me había encantado o me había dejado igual? ¿Realmente era para tanto o me dejó insatisfecho? Creo que la mejor forma de definirlo sería esa misma palabra, insatisfacción, quizás alcé las campanas al vuelo demasiado pronto viendo todo lo que reunía esta nueva película, tras una serie de trailers sencillamente espectaculares, y un equipo a todas luces impresionante. Pero mientras la veía no dejaba de preguntarme: Todo es sencillamente acojonante, pero... ¿Por qué me da todo absolutamente igual?. Hace un tiempo, hablando con un amigo de arte, pusimos los ejemplos de Antonio López, calcador de la realidad, y de Velázquez, como ilustrador de la realidad, y afirmé que la diferencia entre uno y otro era que el pintor madrileño recreaba la praxis con tal exactitud y minuciosidad que se había olvidado de meter la vida en el lienzo, mientras que Velázquez hacía que la vida de sus retratados se escapase por sus ojos. Saco este ejemplo a relucir porque hablamos de una película perfectamente imperfecta, de un acabado tan preciosista que resulta frío, alucinante y pictorialista, pero vacío y sin alma, como la obra de alguien que se sabe un genio y se ensimisma en su descomunal talento recreando historias fastuosas pero se olvida de insuflarles vida para ser algo más que una ilustración hiperrealista. Algo de lo que muchos acusaron a la anterior cinta del realizador, la historia del asesino del zodiaco, y que sin embargo hacía de esa desnudez formal casi artesanal su principal virtud.

a su favor, hay que decir que me gusta el retrato que realiza de Estados Unidos. Es puro Americana, y es que es donde más fácil resulta encuadrar esta epopeya romántica de aspiraciones algo grandilocuentes. Es la cara oscura de América, pues todos los protagonistas están en una situación llamémosla inféliz, al contrario que el país en los momentos en que es retratado: El señor Gateau, inventor del reloj, muere de pena por el fallecimiento de su hijo en la Gran Guerra; o el propio padre de Benjamin, representanción del capitalismo más exacerbado (destruye el método artesanal de la fábrica de botones por uno masivo e industrial acorde con el nuevo mercado) abandona a su hijo el día que se declara la victoria norteamericana en dicho conflicto en un geriátrico, y que, a pesar de su poder, cae víctima de sus enfermedades y vive atormendato por la muerte de su ex-mujer. Y los personajes son clásicos del universo fincheriano: El capitán del barco amigo de Benjamin es la figura cínica y desencantada que ya interpretaron Morgan Freeman o Robert Downey Jr. en otras cintas del realizador, y el propio Benjamin no es más que una extensión del detective Mills de Seven o del Edward Norton de El club de la lucha, sujetos a los que la situación les sobrepasa y son incapaces de cambiar las cosas, y finalmente terminan manipulados o dirigidos por alguien, o derrotados.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Watchmen
Watchmen (2009)
  • 6,8
    73.996
  • Estados Unidos Zack Snyder
  • Jackie Earle Haley, Malin Akerman, Patrick Wilson, Billy Crudup, ...
8
Pesimismo ilustrado
Tomando como base literaria la ucronía, Moore fue capaz de llevar hasta los límites insospechados el pánico de la guerra fría e introducir una historia de decadencia y perdición digna del noire clásico, tanto el literario como cinematográfico. Así, Rorschach no deja de ser la versión más oscura de Philip Marlowe o del agente de la Continental hammetiano, y el desencantado y cínico Eddie Blake, El Comediante, parece salido de la clásica historia de derrotados hustonianos, afrontando con estoicismo su propia caída mientras observa el caos en que se ha convertido todo. Revolviendo las bases de todos los géneros que toca, el excelente trabajo de Moore terminaba siendo una mezcla tan convincente como madura que retrataba una realidad tan real que asustaba. Todo ello combinado con cierto toque kitsch que le daba mucho encanto a la historia, pues los propios protagonistas, con el paso de los años, son conscientes del ridículo que solían hacer por ahí, y otros, sin embargo, lo aprovechan y son conscientes de las posibilidades que esa máscara les otorga a nivel social. Watchmen te agarra y no te suelta, pues te quedas prendado de sus personajes, de los grandes detalles y de esas tonterías que, pudiendo parecer puras virguerías sin sentido, aportan muchísimo a la ya de por sí compleja recreación de ese 1985 totalmente inventado. La imperfección y la ruina, la mezquindad y el antiheroísmo hechos arte y carne gracias a la magnífica labor de uno que va camino de convertirse en grande del entretenimiento, Zack Snyder, quien supera con creces la prueba que tenía por delante, y es que si bien hay cambios notables en algunos momentos el respeto al original es de una pulcritud casi enfermiza, atendiendo a cada pequeño detalle con pura pasión de frikazo.

El cómic arrancaba con la muerte del protofascista El Comediante, el personaje más realista de la novela por cuanto que ha visto la verdadera cara del mundo y se pasa la vida matando por pura diversión "porque es la naturaleza del hombre". Este sensacional capítulo recordaba a películas como La condesa descalza o Cautivos del mal, ya que sentaban a los personajes a hablar sobre la vida en común que tuvieron con el personaje que se ha ido o que, en el caso de la obra maestra de Minnelli, quiere regresar de su exilio. Este afán constructivista nos permite, en apenas una secuencia, conocer el modus operandi de todos y cada uno de los personajes, sus relaciones y la forma en que todo va a producirse, y que resume de manera bastante acertada el capítulo que abarca este fragmento en el cómic. Presentado como un ser despreciable y completamente amoral, terminamos sintiendo una especie de lástima por su persona, compasión por un alma que destruyó tantísimas vidas. Ésto es gracias a la magnética interpretación de Jeffrey Dean Morgan, que dota de una versatilidad total a un personaje tan antipático como complejo, la versión realista de lo que se han convertido el American Dream y su paladín novelero, el Capitán América.
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7 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Paso de ti
Paso de ti (2008)
  • 5,7
    12.612
  • Estados Unidos Nicholas Stoller
  • Jason Segel, Kristen Bell, Mila Kunis, Russell Brand, ...
8
El hombre intranquilo
Cuando me pongo ante una película de Judd Appatow soy bastante exigente, me ha demostrado saber qué quiere contar siempre, y hacerlo de una manera sencillamente inmejorable. Para los puristas quizás sea tosco, grosero, políticamente incorrecto, y hasta caiga en el abuso de chistes fáciles, pero no menos cierto es que sabe coger todo ello y aún así crear películas donde nos logremos identificar con aquello que se nos propone. Y es que en su factoría, los personajes tienen una razón de ser, y todo ello para desmontar los clichés del género abusando de ellos. Pero no es una parodia, no consiste en homenajear al género que se toque, todo lo contrario, a partir de tópicos deconstruye dicha historia y la vuelve a armar de un modo completamente diferente. Es, en cierto modo, una negación de lo visto anteriormente en ese género. Paso de ti va en la misma línea que Lío embarazoso, y francamente logra golpear de lleno con su planteamiento casi existencial del desamor de la manera más gamberra que uno pueda esperarse, con un tratamiento de temas adultos con un fondo comprensible para todos los públicos, lo que siempre quiso conseguir y jamás logró Kevin Smith. Personajes reales con situaciones absolutamente reales que todos nos hemos planteado más de una vez o que a todos, sin excepción, nos han sucedido. Appatow hace un cine extraído directamente de la vida, lo que lo convierte en una especie de versión vitriólica del neorrealismo.

El buen trabajo de Stoller tras las cámaras es un complemento más al pulido guión escrito por el propio Jason Segel, protagonista de la cinta. Desde el primer momento se nos presenta al antihéroe appatoniano con una gran economía de lenguaje, conciso y directo, y tenemos claro que nos encontramos ante el personaje prototípico de esta saga: un inmaduro. Así es. Un personaje que se ha pasado tanto tiempo sosteniéndole el bolso a su novia que se ha olvidado de vivir. Clásico perdedor peterpanesco con miedo a salir al mundo exterior y asumir el dolor, incapaz de hacer algo sin su novia e incapaz de olvidarla una vez que se entera que esta le pone los cuernos. Incluso cuando tiene miedo de tener una enfermedad de carácter sexual acude al pediatra, quizás consciente de su infantilismo y su apego a la niñez. Como el Carrel de Virgen a los 40, el personaje de Segel es un romántico incurable, es un personaje atormentado que busca encontrar una pareja, ni más ni menos. Como muestra de ello, los antológicos momentos en los que mantiene relaciones con varias mujeres y son presentadas como verdaderos esperpentos con desviaciones sexuales algo estúpidas. Aquí, a diferencia de las comedias románticas tradicionales con Julia Roberts o la también insoportable Reese Witherspoon, es el hombre quien llora y las mujeres quienes le buscan las cosquillas.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil