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Críticas de reporter
Críticas ordenadas por:
Los del túnel
Los del túnel (2017)
  • 4,5
    3.884
  • España Pepón Montero
  • Arturo Valls, Natalia de Molina, Raúl Cimas, Neus Asensi, ...
6
Game Over
Ahí estabas, en aquella barbacoa, en aquel estupendo evento social que tanto tiempo te había llevado preparar. A ti y a tu querida mujer, claro... y a tu queridísima hija, también, cuyo apoyo incondicional a todas tus empresas se vio también reflejado en esta nueva aventura. "¡Claro que podemos montar una barbacoa en el jardín de atrás, papá!", dijo ella, hará unas dos semanas, "Somos un equipo, ¿no? ¡Juntos podemos lograr cualquier cosa!" Y así fue. La familia aunó esfuerzos y, una vez más, triunfó. Montó la comilona más espectacular jamás celebrada en ese soberbio barrio donde vivía ese padre, y esa madre y esa hija tan cachondos, y tan simpáticos y tan bien compenetrados. Sí, la vida era bonita. Más que esto, era preciosa. Y luminosa, y divertida, y memorable en todos los segundos, minutos, horas y días que ofrecía. La vida era tan... tan... todo, que era épica. Así, en general. Solo que en realidad, no. En realidad, esas hamburguesas, chuletas, salchichas y chorizos que se estaban cociendo al aire libre, tenían una pinta bastante sospechosa. En realidad, las bromitas que se gastaba tu grupo de amigotes no tenían puñetera gracia. En realidad, tus colegas daban bastante pena. En realidad, tu familia era lo peor...

Te diste cuenta, por fin, de que todo aquello era insoportable; de que daba puto asco. Tanto, que ni todas las arcadas que pudiera generar tu estómago iban a bastar para hacerte sentir mejor. Aquella gente, aquel panorama... "aquello", exigía medidas más drásticas, más desesperadas. Un ataque al corazón o un ictus parecían, en aquel momento y circunstancias, las opciones más racionales. Las únicas posibles. Y así empezó a manifestarse aquella presión en el pecho, aquella parálisis en el brazo, aquel dolor punzante en la cabeza... Tu organismo estaba a punto de colapsarse, pero en vez de invadirte el pánico, sólo sentiste un alivio que si no llegó a total, fue porque temiste que aquel derrumbe se prolongaría más de lo deseado. "Ojalá me muera ya", te dijiste a ti mismo; "¡Ojalá me muera ya!", gritaste a los invitados. Pero nada. Ahí no pasó nada. Tras unos pocos instantes de -bienvenido- silencio, Paco, uno de los compis de la oficina, se acercó a ti, te dio unas palmaditas en la espalda y comentó, en voz altísima, que tú y sólo tú eras siempre el alma de la fiesta. Prosiguieron las risas, aquellas carcajadas que dejaban entrever el intestino grueso del sujeto. Tu mujer sonrío vagamente mientras negaba con la cabeza, tu hija escupió no una, sino dos veces en el césped y los choricillos siguieron emanando ese jugo grasiento que seguramente obraría más milagros que aquel intento de infarto que acababas de sufrir.

Desaparecieron los dolores físicos. Permaneció ese malestar interior. No moriste aquel día, en aquella barbacoa infecta... No porque tu cuerpo sanara por arte de magia, sino porque ya llevabas mucho tiempo muerto. Game Over, amigo. ¿Pero cuándo sucedió eso? ¿En qué momento se convirtió todo en una puta porquería? ¿Cuándo dejaste de molar? ¿Cuánto tiempo desde que dejaste de estar oficialmente vivo? Y te perdiste, por siempre jamás, en el túnel; en tus propios recuerdos. En una galería espantosa de memorias distorsionadas a conveniencia del consumidor. Una ficción, una mentira meticulosamente auto-diseñada para que la mierda que te rodeaba cada día no te matara del pestazo. Pero claro, llegó el momento en que el tufo se hizo tan fuerte, que ni los mantras buenrollistas repetidos frente al espejo, ni todas las tazas y/o pósters motivacionales de Mr. Wonderful pudieron evitar el derrumbamiento. Y ahí te quedaste, soterrado por las ruinas de todos tus proyectos; por el peso de tu propia ineptitud a la hora de construir algo que precisara de algo más que humo. Tu cuñado, siempre a los controles de la situación, intentó tranquilizarte diciendo que todo esto no era más que un pequeño bache, un bajón, la típica depresión que tal como vino, se iría... aunque claro, por algo era tu cuñado. Tu puto cuñado...

En éstas que llega a nuestras salas 'Los del túnel', nuevo trabajo de la dupla Pepón Montero & Juan Maidagán, quienes empezaran a destacar, en el año 2008 en la pequeña pantalla, agitando (todo lo que se pudo) el panorama nacional con un producto ('Plutón BRB Nero', la serie espacial impulsada por Álex de la Iglesia) ciertamente atípico dentro del conservadurismo y ranciedad que rigen normalmente en la oferta televisiva española. Ahora, casi diez años después, y tras varios proyectos juntos más, la pareja artística hace por fin el salto a la gran pantalla, sorprendiendo para bien (aunque en ocasiones, desconcertando para mal) con una película que, no hay dudas al respecto, se aleja también de los sabores con los que suele "deleitarnos" nuestra cinematografía. Su escena de apertura ya es impactante, no por el poder de las imágenes o de los sentimientos con los que juega, sino por cómo destroza los tempos de aquel film que esperabas... y que finalmente (y afortunadamente) no vas a recibir.
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23 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
La ciudad de las estrellas (La La Land)
La ciudad de las estrellas (La La Land) (2016)
  • 7,5
    50.138
  • Estados Unidos Damien Chazelle
  • Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie Dewitt, ...
8
A los que miran, escuchan y sueñan...
Son exactamente las siete de una mañana cualquiera de noviembre, y hace un calor inhumano. Hace también dos horas que se ha apoderado de tu cuerpo una fuerte alergia hacia todo lo que tenga que ver con el género humano, así como hacia el mundo que éste ha construido. Todo da urticaria; todo despierta arcadas. Estás en Los Angeles (¿dónde sino?), ese asco de ciudad en la que hay que ir montado sobre cuatro ruedas hasta para conseguir una maldita barra de pan. El caso es que estás atrapado en ese ritual matutino al que en las otras partes del planeta se conoce como “atasco”. Aquí es simplemente un peaje. Otro más. Coches inmóviles a la izquierda, a la derecha, delante y atrás. Todos igualmente atascados; todos cómplices necesarios de esa trampa taquicárdica que cualquier sofocante día de esos, lo sabes, va a acabar contigo... A no ser que acabes tú antes con ella. Llegados a este punto, sólo dos opciones parecen entrar en los siempre estrictos límites de lo racional. Primera, la de Michael Douglas en 'Un día de furia': hacerte con un revólver, o una metralleta, o una escopeta recortada, o una carga de dinamita, o un bazooka (o lo que sea...) y ajustar con ello números con un universo que sin lugar a dudas es deudor de una cuenta de proporciones literalmente astronómicas.

Segunda, encender la radio y olvidarte, por un momento, de esa manía tan tuya de pensar que la música (y ya puestos, el cine) de hoy en día no vale nada. Navega un poco por el mar de emisoras y encuentra aquella en la que te sientas más a gusto. Y déjate llevar. Canta con todas las energías que tengas en el cuerpo. Fuera complejos, porque el cretino del coche de la izquierda, fíjate, está haciendo exactamente lo mismo que tú. Y el de la derecha. Y el de delante. Y el de atrás. Ya no son idiotas, sino criaturas gráciles, amables y virtuosas. Y cuando te has dado cuenta, resulta que aquella autopista infecta, la misma ratonera en la que estabas convencido de que ibas a morir miserablemente cinco minutos antes, se ha convertido durante este breve pero intensísimo período de tiempo, en la pista de baile más increíble que se haya visto jamás. Los de la carretera de al lado, atónitos ante tal espectáculo, detuvieron también sus vehículos y se apuntaron a la fiesta. Ni pudieron ni quisieron reprimir las ganas de formar parte de aquello. Y así, la juerga se extendió hasta los límites de la área urbana. Y los sobrepasó, y conquistó el país, y el continente, y el mundo entero... y por un momento, la vida volvió a ser maravillosa. Nos dimos cuenta, y ya había empezado 'La La Land'.

No estábamos aún en “La ciudad de las estrellas”, sino en la de los canales. En el Lido, para ser más exactos, con la excusa de la 73ª edición del Festival de Cine de Venecia. Tras el tropiezo del año anterior con la indigna 'Everest', de Baltasar Kormákur, la organización tuvo a bien volver a dar a su película de apertura toda la envergadura que dicha institución merece, recordándonos de paso que inaugurar un gran festival, más que un privilegio (que también), es una responsabilidad. Así pues, prohibido dormirse en los laureles, mucho más amedrentarse. Y apareció Damien Chazelle... otra vez. En 2014, recordemos, en la 30ª edición del Festival de Sundance, tuvimos ocasión de conocerle. Se nos vendió que aquella película que presentaba a concurso era su debut... y en realidad no, pero como si lo fuera. El hombre (el chico, para ser más exactos) era un astro cuyo brillo todavía no había sido detectado por la mayoría de radares. Con 'Whiplash', que así se titulaba aquella bestialidad, lo pusimos por fin en el mapa. Dicha cinta, por cierto, sirvió como pistoletazo de salida para aquel certamen, y sin nosotros saberlo, ya estaba todo vendido en Park City. A ritmo de desenfrenada percusión jazzística, Chazelle arrasó. En Sundance, y en Cannes... y a poco se quedó de repetir en los Oscar.

Nada mal para un -falso- debut. Pues bien, dos años después, Venecia puso toda su confianza en el mismo niño prodigio... y volvimos a dar en el clavo. Y nos regodeamos en los placeres que sólo pueden ofrecer esas canciones irremediablemente pegadizas, que vamos a tararear para nuestros adentros hasta que el cerebro no pueda más. De esto va en parte la nueva propuesta de Chazelle, de recordarnos la inmortalidad de ciertas expresiones artísticas a las que quizás dimos por muertas demasiado pronto. Llámelo jazz; llámelo género musical. Al salir del pase de prensa de 'La La Land' en la Sala Darsena (donde se fueron encadenando los aplausos durante la proyección) era inevitable reencontrarse con buena parte de las sensaciones de aquel año en Sundance. No había dudas al respecto: Chazelle lo había vuelto a hacer. Y lo hizo perfeccionando su propia fórmula del éxito. Si en su -auténtico- debut, 'Guy and Medeline on a Park Bench' el cine y la música se enamoraron a primera vista; en 'Whiplash' se dieron una soberana paliza... y ahora en 'La La Land' danzaban y cantaban en perfecta armonía, demostrando que no existe mejor pareja de baile que una cámara ágil y una de esas partituras que contagia eso que sólo puede describirse como “la alegría de vivir”.
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21 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Silencio
Silencio (2016)
  • 6,3
    11.639
  • Estados Unidos Martin Scorsese
  • Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, ...
7
La última tentación de Cristóvao Ferreira
Para ir de Lisboa a Nagasaki, hay que pasar antes por Goa y Macao. Para ello, se requieren meses de navegación penosa, luchando contra las fuerzas de la naturaleza y todo tipo de enfermedades, recorriendo la costa africana occidental y buena parte de las inclementes aguas del Océano Índico y Pacífico. El Canal de Suez, en la época en la que transcurre la acción, no llega ni a ensoñación descabellada del ingeniero más loco, y las noticias tardan todavía meses (a veces años) en cruzar los charcos. Y así, de un año para otro, el padre Ferreira, idolatrado seminarista portugués y heroico misionero en tierras japonesas, deja de informar sobre sus esfuerzos evangelizadores en tierras paganas. A partir de ahí, el más angustioso de los silencios. Nada. Sólo espacio y tiempo para que los rumores (algunos más malintencionados que otros) empiecen a ennegrecer el recuerdo de la virtud. Se dice, se comenta, se teme... que el pastor ha apostatado. Ante tales calumnias, Sebastiao Rodrigues y Francisco Garpe, dos de los alumnos más aventajados de Ferreira, deciden embarcarse en el viaje de sus vidas para demostrar que todas las injurias volcadas sobre su maestro no son más que esto, una dolorosa mentira.

De Lisboa a Goa va un puñado de meses de puro sufrimiento. De Goa a Macao, otro via crucis. De Macao a Nagasaki, más tormento... Y una vez en tierras niponas, aguarda la peor de las torturas: la que ataca directamente al alma. Para llegar de un extremo al otro del planeta, más que requerirse medios, se necesita mucha fe. Fe en que la palabra del Señor será bien recibida en territorio desconocido, fe en que ninguno de los incontables obstáculos que se van a encontrar durante el camino van a resultar insalvables... Fe en que el padre Ferreira no haya renunciado a la suya. El proceso de Martin Scorsese para adaptar al cine 'Silencio', novela pilar en el legado artístico del escritor nipón Shusaku Endo, también cabría definirlo como un auténtico salto de fe. De Lisboa a Nagasaki va una infinidad de millas náuticas, y de las páginas a la pantalla grande, van años... incluso décadas. Tiempo durante el cual el cineasta se desvive para que el proyecto no muera, batallando constantemente para que el olvido, el destino al que no pocos le condenan, acabe marcando el punto final de la travesía.

Hasta que llega el año 2016 (uno más, en el mundo no-tan civilizado), y justo cuando termina la temporada de festivales, la promesa se convierte en realidad. Ésta se materializa, dígase ya, en una traducción perfecta. Es tal el respeto que Scorsese muestra hacia el material ofrecido por Shusaku Endo, que la novela hasta podría adquirir el carácter de “sagrada escritura”. No se trata sólo de hacer una traducción, por así llamarla, literal (aunque también, al verse la práctica totalidad de diálogos, reflexiones y descripciones propuestas por el escritor, directamente reflejada en la película que ahora nos ocupa), sino también, y sobre todo, espiritual. Una vez más, toca hablar de fe... y de comprensión de los medios. De sus caprichos, necesidades y posibilidades. Y es que con los grandes discursos (y éste, sin duda lo es), para poder recitar, antes se tiene que haber entendido la lección. Si con 'El lobo de Wall Street' Scorsese se reencontró con su mejor versión para completar así la que se ha catalogado como la trilogía del American Gangster (compuesta también por 'Uno de los nuestros' y 'Casino', no en vano, dos de sus trabajos más logrados), ahora con 'Silencio' hace lo propio con el ya conocido como tríptico sobre la espiritualidad.

Primero fue 'La última tentación de Cristo', después 'Kundun' y ahora otro brillante ejercicio de mezcla (más bien de violento choque) entre la esfera íntima y la colectiva. Dos realidades y dos niveles narrativos (el de la crónica histórica y el de la reflexión espiritual) que avanzan paralelamente y que conviven como reflejo recíproco, compartiendo la naturaleza de la misma angustia, la que surge del escalofriante silencio del mentor (en este caso, Ferreira / Dios) ante una situación para la que éste no parece habernos preparado. En dicho escenario, el sujeto se ve obligado a lidiar con un más que comprensible complejo de abandono, que no hace más que magnificar su drama interior... hasta convertir su sufrimiento en una carga que pasa de personal e intransferible, a irremediablemente compartida. No sólo con las personas a su alrededor, sino también, claro está, con el propio espectador. Y recordamos de nuevo, por obra y gracia de Martin Scorsese, ese maestro siempre a nuestro lado, que la buena adaptación no se limita a copiar, sino a respetar las virtudes de la(s) referencia(s) con la(s) que trabaja.

En este sentido, Shusaku Endo planteaba en su libro un crescendo trágico que avanzaba implacablemente, y de forma cada vez más apresadora, hacia un clímax final desolador ante el que era casi imposible mantenerse impermeable. En esa devastación, el novelista (criado en el catolicismo, al igual que el realizador que ahora le homenajea) conseguía que la crisis de fe del protagonista en la ficción tuviera su réplica en una cuestión mucho más global, nunca mejor dicho. Así, la odisea de Sebastiao Rodrigues se convertía en la excusa perfecta para que Endo cuestionara el carácter universal del mensaje cristiano, una actitud que, en un presente marcado, entre cosas, por el avance imparable del movimiento globalizador, da un renovado interés a la obra en cuestión. Scorsese hace lo propio en una película que, hablando de reciprocidad, se beneficia de la exquisitez en la puesta en escena (sólo empañada ligeramente por alguna decisión estética algo desconcertante) y la dirección de actores (Andrew Garfield, por ejemplo, cumple con solvencia la auténtica primera prueba de fuego a la que se ha tenido que someter) y la nitidez en la narración de quien mueve ahora los hilos, para que su mensaje llegue ahora al receptor con igual -o incluso más- fuerza.
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Elvis & Nixon
Elvis & Nixon (2016)
  • 5,8
    1.238
  • Estados Unidos Liza Johnson
  • Michael Shannon, Kevin Spacey, Evan Peters, Ashley Benson, ...
6
Shannon contra Spacey
La imagen es simple. Tanto que a simple vista (nunca mejor dicho) no merecería ni un minuto de nuestra atención. El análisis debería exigir aún menos tiempo, y es que los ojos se niegan a detenerse demasiado en algo que parece tan obvio como carente de chichca. Pero claro, como ya se sabe, las apariencias engañan. Éstas nos hablan de un hortera estrechándole la mano a un vejestorio. El segundo sonríe más que el primero, como si para él, dicha instantánea supusiera mucha más satisfacción que para el otro. Las espaldas de ambos están protegidas por cinco banderas que tienen pinta de hacer referencia a los Estados Unidos. En la parte derecha de la fotografía aparece una estantería en la que destacan varios objetos decorativos que ahora mismo causarían furor en cualquier fiesta de ''pongos'' que se precie. En aquella época, eso sí, lo que parece no ir más allá que un bonsái cutre y un par de figuritas de porcelana de mercadillo debían ser el colmo de la distinción. A saber. Teorizar acerca de esto es inofensivo y, por lo visto, es también lo más divertido que nos puede ofrecer esta nueva chorrada con la que hemos decidido ocupar nuestro tiempo.

El caso es que un segundo vistazo aclara un poco más el panorama, y en cierta medida lo vuelve más interesante. El del mal gusto (en el vestir, en el look capilar...) es ni más ni menos que Elvis Presley; el viejales que hace todo lo posible para ocultar la amargura que le corroe por dentro es, oh sorpresa, Richard Nixon, el considerado como peor presidente de la historia de los Estados Unidos. El mismo que, para compensar un poco los agravios, quedó como eterno recordatorio de unos tiempos que, efectivamente, fueron mucho mejores que los que nos ha tocado vivir... ¿o acaso recordamos la última vez que vivimos una dimisión a raíz de un escándalo político? Yo desde luego, no. En-fin, que ahí estaba el Rey, pavoneándose por el Despacho Oval, poco antes de que al líder del mundo libre le diera por registrar toda conversación / charla / discusión / ruido que ahí se diera. Total, que más allá de una imagen y del testigo de gente que por motivos obvios no debería tenerse en excesiva consideración, queda un inmenso vacío informativo ideal para regodearse en los sagrados placeres de la ignorancia. Nos queda pues la especulación... y librarnos a la atracción de la bufonería.

Los títulos de introducción de la nueva película de Liza Johnson, por lo que nos cuentan y por el modo en que son usados, dan buena cuenta de este espíritu (¿filosofía vital?). Prohibido confundirse: la obra no está sujeta al engorro del rigor histórico, más allá de la necesaria contextualización empleada, en esta ocasión, para empezar a construir chistes, los cuales se descubren al poco rato como el único punto de apoyo del producto. Esto podría interpretarse como un síntoma de pobreza en los argumentos, aunque tampoco cabe descartar la fe ciega en un modelo que fomente su efectividad en, precisamente, su simpleza. Lo complicado del asunto es que la directora no se da ninguna prisa en darnos pistas para disipar dudas al respecto. Así, los primeros compases de 'Elvis & Nixon' se suceden siempre al lado de la incómoda incertidumbre de no saber hasta qué punto sus responsables son conscientes de la tontería que están firmando... Hasta que aparece en pantalla el más ''jackass'' de todos: Johnny Knoxville. A decir verdad, la presencia del gurú de las memeces más dolorosas poco o nada aporta al conjunto, pero su entrada en escena es como si nos animara a quitarnos los complejos (tanto a los que miramos como a los que están filmando) y a no sentir ningún tipo de culpabilidad (¿por qué deberíamos?) por aquello de tomarnos la Historia con tanta ligereza.

Al fin y al cabo, la imagen, que ciertamente vale más que mil palabras, nos habla a grito pelado del que seguramente fue uno de los episodios más freaks jamás vividos en la Casa Blanca. Y ya es decir, que no en vano hablamos de un escenario en el que, por ejemplo, por poco no se presenció el asesinato del hombre más poderoso del mundo a causa de la maléfica intervención de una galleta. A la espera de que Liza Johnson se decida a adaptar tan memorable capítulo, queda conformarse, y no es poco en tiempos de crisis, con el constante amalgama de sensaciones encontradas (casi siempre resuelta con regusto dulce) que produce el ver a dos colosos de la interpretación enfrentarse al reto de reinterpretar a dos hitos desde la más bruta de las caricaturas. Con estos ingredientes sobre la mesa, lo más normal era terminar engullido por la vergüenza ajena. Por suerte, Michael Shannon y Kevin Spacey raramente se conforman con semejantes bajezas. Éste desde luego no es el caso. De hecho, sólo por la composición que ofrecen ambos, tanto por separado como cuando comparten encuadre, la película ya queda totalmente justificada... y hasta nos deja con las ganas de futuras entregas, no dedicadas a Elvis y/o Nixon, sino a Shannon y/o Spacey poniéndose el disfraz de uno y otro. El menosprecio para con las segundas lecturas, interpretaciones o análisis mínimamente riguroso de la situación es total. No hay contenido, sólo el vacío que pueden ofrecer los placeres de las buenas tonterías.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Malas madres
Malas madres (2016)
  • 5,0
    4.452
  • Estados Unidos Jon Lucas, Scott Moore
  • Mila Kunis, Kristen Bell, Kathryn Hahn, Christina Applegate, ...
3
Las madres perfectas
La mamá número 1 es una esclava de su propia condición. Desde que diera a luz por primera vez, se ha visto superada por eso de criar a los vástagos. Está que no puede con su alma porque se desvive por los demás. A la neurótica de su hija mayor le hace de psicóloga, día sí-día también. Al vago de su hijo le hace siempre los deberes y al inútil de su marido... le arregla directamente la vida. La mamá número 2 es como la mamá número 1, solo que en versión extrema, seguramente por un -inquietantemente- desarrollado gusto masoquista. A la pobre mujer, ya sea porque se lo cree o porque se lo han inculcado de mala manera, lo del patriarcado más rancio hasta parece que le viene bien. Como anillo de compromiso al dedo. La mamá número 3 ya pasa olímpicamente de todo. Encadena trujas con ligues a los demás papás de sus amigas. Es, por ello, y con toda seguridad, la más lista de todas las mamás. No del grupo, sino de todo el instituto, las cuales están gobernadas con mano de hierro por una cruel y maquiavélica reina de hielo que en realidad no hace más que volcar sus -infinitas- amarguras interiores en sus vasallas.

El panorama es ciertamente desolador, pero como siempre con los genios, el punto está en saber ver la comedia inherente en el drama. Por desgracia, en la dirección ni Jon Lucas ni Scott Moore se acercan siquiera a los mínimos de esa tan anhelada genialidad, de modo que toca sacar las risas sin sutilezas. A patadas, ¿por qué no? Cueste lo que cueste, vaya, sin importar cuánto tengan que gastarse en la lista de la compra. Por todos es sabido que a las fiestas americanas (a las universitarias, por no desmerecer el tono de la cinta) se va o bien porque el anfitrión es lo más y existe la posibilidad de impregnarse de su popularidad, o bien porque el muy pringado ha decidido tirar la casa por la ventana. Con aquel equipo de música y aquel DJ que van a despertar a todo el vecindario, con aquellas estructuras hinchables que van a convertir su casa en el mejor parque recreativo, y sobre todo con aquella carga etílica (aderezada con otras drogas más o menos duras) que hará que la resaca de la mañana siguiente sea la más dulce(mente jodida) de toda la historia de la humanidad. En este segundo escenario nos movemos ahora...

... supuestamente. El modelo a seguir es el de otras tantas películas veraniegas del género. Siete años después, seguimos el rebufo (ya desgastado) de aquel punto de inflexión dirigido por Todd Phillips. 'Resacón en Las Vegas', cuyo guión venía firmado por los aquí realizadores, era una deliciosa y desmadrada celebración del síndrome de Peter Pan elevado a la enésima potencia. Algo así como una terapia de shock (con mucho rohypnol) a la crisis de los cuarenta, o si se prefiere, a la mierda ésa de ser una persona adulta con responsabilidades. Lo que pretende 'Malas madres' no dista demasiado de los objetivos conquistados por aquella -desternillante- revolución pueril, por desgracia, los resultados quedan demasiado atrás con respecto tanto a lo prometido como a lo pretendido. El problema, o el más importante, está en la escasa (por no decir nula) capacidad de Lucas y Moore a la hora de ahondar, ni que sea lo más mínimo, en el titular de la propuesta. De gamberras va la cosa, entendido, pero con sólo esto es imposible llenar más hora y media de metraje. Es que de hecho, sumando todos los momentos que consiguen arrancar sonrisas (no pedimos más), ni debe llegarse a los diez minutos. Los noventa restantes quedan en el ya clásico e incómodo limbo del silencio.

Y ahí estoy, en otro pase de prensa (perdón, en oootro pase de prensa) en el que los personajes en pantalla se lo pasan infinitamente mejor que los personajazos que estamos sentados en el patio de butacas... Excepto aquel que se ríe tanto por dentro (se supone), y aquel otro que sí se ríe de verdad, aunque seguramente sólo sea por la desesperación crónica acumulada a lo largo de tantos años al servicio de la noble y muy agradecida (y valoradísima, claro que sí) causa de la crítica cinematográfica. (Dios, ¿éste es el futuro que me espera a mí?) La historia, la de esta película, construida sin duda a partir de alguna playlist de grandes éxitos de Spotify, es un encadenado de situaciones en las que el exceso no hiere; sólo carga, y en las que la provocación de la irreverencia se confunde con la vergüenza -ajena- del petardeo. De acuerdo, a lo mejor los impulsos sádicos que rigen nuestras emociones se deleitan viendo la degeneración psico-física de alguna ex-estrella y cómo el prestigio (?) de determinadas actrices se hunde a ritmo de Icona Pop. A lo mejor el ''I don't care'' (en cristiano, ''Me la suda'') sigue teniendo su gracia... A lo mejor aquí no hay rastro de ella. A lo mejor he tirado a la basura otros 101 minutos de mi vida. A lo mejor hay algo de cómico en todo esto... y a lo mejor, para mí, no.
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6 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Infierno azul
Infierno azul (2016)
  • 5,3
    11.583
  • Estados Unidos Jaume Collet-Serra
  • Blake Lively, Óscar Jaenada, Brett Cullen, Sedona Legge, ...
6
Evasión y victoria
Los inconfundibles acordes de guitarra de Santo & Johnny empezaron a invadir acústicamente la sala. Para cuando llegaron a los tímpanos de James Cole, éste supo inmediatamente que aquel era el mejor sitio en todo el planeta. Sonaba el ''Sleepwalk'', aquella canción que tantas veces había escuchado antes... y que tantas otras veces tenía pensado escuchar de nuevo. No importaba la cantidad de repeticiones a las que la hubiera sometido, pues a cada nueva reproducción sonaba mejor, y ya de paso parecía incitar más y más la producción de esas endorfinas que tan a gritos le pedía el cuerpo. Y es que el pobre Cole no pasaba precisamente por el mejor de sus momentos. La vida y el universo en general venían puteándole de lo lindo desde el mismísimo momento en que adquirió conciencia, pero especialmente durante sus últimas semanas de vida. Su cuerpo y mente estaban al borde del colapso, y lo único que en ese momento crítico iba a servir de salvación sería un poco de esa siempre tan deseada evasión.

Y a eso se puso el pobre diablo. Aupado por el hilo musical que impregnaba la habitación, se concentró al máximo y fijó todos sus sentidos en la imagen que tenía delante suyo: una playa tropical bañada por el sol y, obviamente, un océano de aguas cristalinas. La cálida arena blanca invadía el espacio entre los dedos de sus pies y el romper de las olas estaba en perfecta sintonía con aquel ''Sleepwalk'' que jamás había sonado tan bien. Además, la palmera en la que estaba apoyado formaba un ángulo con respecto al horizontal del suelo ideal para apoyar en él todo el peso de su aquejada espalda, y las hojas del árbol, tambaleadas por la suave brisa marina que soplaba continuamente, llevaban a cabo un control casi quirúrgico de su temperatura corporal. Todo era perfecto; la felicidad, absoluta. En ese momento, el bueno de James giró ligeramente la cabeza hasta establecer contacto visual con uno de los pintorescos nativos que pasaban por ahí. ''Perdona'', dijo para romper el hielo, ''este sitio es fantástico... ¿Me podrías recordar cómo se llama?'' A lo que el otro, sin prácticamente inmutarse, respondió con una sonrisa y un misterioso silencio.

No es que los habitantes originarios de la región guardaran con recelo el nombre geográfico de dicho enclave por miedo a que la industria turística se enterara de su existencia y que, por consiguiente, acabara por agotar toda su esencia... es que en realidad, aquel lugar no existía. No era más que un cuadro colgado en una pared; una canción que despertaba viejos recuerdos y eternos anhelos; una metáfora, si se prefiere. De lo que no tenemos y, por ende, deseamos; de aquello que, aunque puede que no exista, sigue estando allí para ayudarnos a no pensar demasiado en ese día a día que nos mata por dentro. Lenta y dolorosamente. Es verano, no sólo en el calendario, sino también en una climatología que te obliga a salir de estas cuatro paredes que ahora mismo te están aplastando el alma. Miras a través de la ventana y ves a los chavales correteando libremente por la calle mientras tú... no. Sigues estudiando, o pegado a la pantalla de tu smartphone para lidiar con los problemas familiares/sentimentales de siempre, o escribiendo una crítica por la que no te van a pagar un duro pero que al menos, esto dicen, te va a servir para seguir hinchando el curriculum. Es la dictadura del CV... ante esto, ¿qué nos queda?

No mucho, la verdad. El consuelo de las pequeñas cosas. Y no, esto no va de vender cerveza, sino de otros placeres más o menos equiparables, pero supuestamente más nobles. Volvemos a la playa de marras. Atrás quedan las preocupaciones más rutinarias. Una carrera universitaria que no avanza ni a patadas, un padre que no deja de dar por saco, el recuerdo dolorosamente imborrable de una madre que se fue antes de lo previsto... Nada de esto parece importar en este sitio mágico que sabes que vas a tener que abandonar en poco tiempo, pero que precisamente por esto pretendes disfrutar al máximo cada segundo que pases en él. La playa no tiene nombre, pues no existe; la sala de proyecciones tampoco, pues puede ser cualquiera. El cine también tiene esto, que cuando más lo necesitas, más raudo acude (a veces) al rescate. En forma de boya a la que agarrarse para no morir ahogado; en forma de pistola lanza-bengalas para emitir señales de socorro; en forma de Blake Lively medio-flirteando con Óscar Jaenada, medio-enamorándose de ''Steven Seagull''... e intentando sobrevivir a los constantes y terribles ataques de un tiburón gigantesco.

Los caminos del entretenimiento palomitero (sus formas, al menos) son ciertamente inescrutables... que no imprevisibles. 'Infierno azul', nuevo film del catalán afincado en Estados Unidos Jaume Collet-Serra, es un producto que se debe a otros productos, tanto del pasado (la mención a la fundacional 'Tiburón', de Spielberg, no por obvia debe pasarse por alto) como de un presente al que, después de la experiencia, para nada le cambia la cara, pero que por el contrario, sí vemos con mejores ojos. Más complacidos, seguro. Cosas de adecuar la vista a las promesas apriorísticas. Éstas nos hablan, primero, de un proyecto maldito (el guión de Anthony Jaswinski fue pasando, durante años, de estudio en estudio sin que nadie se atreviera a hincarle el diente) a un tráiler que cuando por fin ve la luz, llama la atención, entre otras cosas, por el esmero con que retrata, durante sus primeros segundos, esas imágenes y sonidos que tan fácilmente identificamos con el eternamente deseada salvación del escape. Los posteriores bocados del escualo, por tantas veces visto antes, casi que no importan. Lo que realmente pesa son esos momentos previos de calma en los que poder desconectar el cerebro y zambullirse, porque ya va siendo hora, en ese mar de sensaciones (más o menos impostadas, qué más da) que tanto placer proporcionan. No hay playa, de acuerdo, pero no importa, siempre y cuando logremos engañar al sistema neuronal.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todos queremos algo
Todos queremos algo (2016)
  • 6,2
    6.150
  • Estados Unidos Richard Linklater
  • Blake Jenner, Juston Street, Ryan Guzman, Tyler Hoechlin, ...
7
Momentos del 80
Por un -brevísimo- instante estuviste muy a punto de sentirte mal, pero por suerte, tan rápido como te vino ese arrebato de mala conciencia, igualmente rápido se fue. El choque de sensaciones en el que te hallabas no era para menos, y como al fin y al cabo no eres impermeable, te viste casi obligado a sentirte mal. Ni que fuera sólo un poco. El caso es que todo el mundo a tu alrededor se estaba ahogando en un mar de lágrimas; estaban que no podían respirar de la angustia. Tus padres, tus tíos, tu abuelo, tu hermana pequeña, tus colegas de toda la vida... y tú, mientras, que no cabías en tu cuerpo de tanta alegría, de la ilusión, de la excitación... de las ganas de comerte el mundo. De modo que pusiste rumbo a la universidad y pisaste a fondo el pedal del gas. Atrás, ya pequeño en el retrovisor, quedó aquel viejo y algo destartalado edificio (el instituto, vaya), convertido en poco más que un punto borroso. En el horizonte frontal aparecía el próspero y fértil verde de los terrenos de juego, que se mezclaba con los anhelos cárnicos de los cotos de caza. Los campos (de baseball) en el campus (universitario, se entiende).
Pasada la pubertad, era el momento de la edad ''adulta''. Atrás la década de los 70, delante la de los 80. Los frenos del coche no funcionaban, pero a ti esto no te importaba; ni quisiste darte cuenta. Ellos estaban tristes porque te ibas, y tú estabas exultante por esto mismo. Sonaba a todo trapo el ''My Sharona'' de The Knack... y no, no podías estar más on fire. Estabas tan pletórico que en realidad no importa demasiado si las sensaciones, recuerdos y otros detalles sobre los que se construye este cuento son ciertos o no; si llegaron a existir o si, por el contrario, no fueron más que una alocada ensoñación. De esto se trataba entonces, de fantasear; de fantasmear. Lo que venía a ser librarse al exceso. Con 'Todos queremos algo' se puede decir sin miedo a equivocarse que Richard Linklater vuelve a la escena del crimen, 23 años después en la vida real, y sólo 4 en la no-tan-real. El autor tejano llega a la cita tan confiado (no en vano, el remate de la trilogía ''Antes de...'' y la colosal 'Boyhood' le han puesto por fin, al menos entre la crítica cinematográfica, en el lugar que tanto se merece), que le sobra confianza y autoridad (faltaría más) para declarar que ha rodado la ''secuela espiritual'' de 'Movida del 76'. Y sí. Es exactamente así.

El título original de aquella cinta de culto era, por cierto, 'Dazed and Confused', ilustrativa alusión tanto al aturdimiento como a la confusión que impregnaban buena parte de aquel relato sobre los ritos iniciáticos socio-tribales que marcan el tempo en esa etapa en la que el sistema hormonal empieza a tomar el control del cuerpo. En lo que aquel título ocultaba mejor las cartas era en lo que nuestra traducción sí destapaba, esto es, el -divertidísimo- desmadre que implicaba el tener a tanto joven suelto por la calle. Lo mejor es que en el espacio dejado entre una versión y la otra, aparecía ese otro vacío (generacional, existencial) gracias al cual el espectador hasta podía llegar a adaptar el producto al estado de ánimo (incluso espiritual) con el que llegaba al último fotograma. Saber poner el punto final (?) a la historia (uno de los mejores dones de los que siempre ha hecho gala Linklater) se tradujo en una mezcla prácticamente perfecta entre lo estimulante y lo amargo presente en cada uno de esos grandes saltos en los que la imposibilidad de volver atrás iba de la mano del desconocimiento absoluto sobre lo que aguardaba al otro lado.

Así, lo que a priori tenía todos los números para ser ''otra-estúpida-comedia-sobre-y-para-mandriles'', se convirtió, por puro genio, en acertadísima radiografía vital marcada por la angustiosa amenaza de verse fuera del clan. En 'Todos queremos algo' parece que estemos en las antípodas de este miedo del paria. Adiós a los ''slackers''... o no. Los protagonistas de esta función forman el núcleo duro del equipo de baseball de la universidad (de la que sea). Sus integrantes son en su amplia mayoría (y en espera de una riqueza financiera que a lo mejor está por llegar) la versión simpática del carisma ''cristianoronaldista''. Son jóvenes, guapos, buenos jugadores... pero es que además, caen bien. Normal que organicen las fiestas más apetecibles de toda la ciudad; normal que no se pierdan ni una. Normal que Linklater se apunte a todas ellas. La excusa está servida y la cuenta atrás (el puñado de días previos a empezar a rendir cuentas al curso académico) está activada. La base es ésta, y parece que todo lo demás avance por simple e insultante inercia. Casi como quien no quiere la cosa; como si los logros conquistados estuvieran al alcance de cualquiera... solo que, como nos ha enseñado la experiencia, no. Será por esa maldita obsesión en dejarse cegar por el highlight; por no saber interpretar el silencio entre notas.
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11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dioses de Egipto
Dioses de Egipto (2016)
  • 4,2
    8.894
  • Estados Unidos Alex Proyas
  • Gerard Butler, Nikolaj Coster-Waldau, Geoffrey Rush, Brenton Thwaites, ...
4
¡Mis ojos! ¡Mis ojos!
Todo está a punto para el evento más importante del último milenio. El pueblo llano y los dioses han dejado aparte sus diferencias y han decidido mezclarse (aunque sin revolverse demasiado) para celebrar por todo lo alto la coronación del que será nuevo rey de Egipto durante, por lo menos, los próximos mil años. El padre, Osiris, que es muy justo, sabio y benevolente, ha decidido abdicar y ceder la responsabilidad del cargo a su hijo, Horus, que es un golferas empedernido, pero que es tan guapo, tan inteligente y tan encantador, que no hay quién no caiga rendido ante su gigantesco carisma. De modo que todo el mundo contento e ilusionado, a más no poder, ante tal relevo generacional. La euforia se palpa en el ambiente, en las ostentosas y algo lujuriosas galas con las que los devotos han acudido a la cita, en las toneladas de confeti arrojadas, en cómo brillan las hojas de aquellas palmeras colosales que presiden la gran avenida de la capital del reino. Pero espera un segundo, ¿de qué están hechos esos magníficos árboles? De rubíes. ¿De rubíes? De rubíes, sí. Olé. Viva el lujo, viva el derroche, viva el deslumbre, viva la ceguera que me está causando todo esto... ¡Viva el mal gusto!

Así están los ánimos. Así va la juerga. Se impone la algarabía, el furor, la despreocupación... La desproporción. Hasta tal punto que las defensas (ante lo que pueda surgir) bajan por debajo de cero, y claro, así los malos se pasean por el escenario como Seth por el desierto. Hablando de... se hace el silencio cuando el hermanísimo proscrito del magno rey irrumpe en la fiesta. Las risas, los cánticos y los vítores cesan de repente. En la memoria de los invitados, muy fresco está, todavía, el recuerdo de la última fiesta en la que se invitó a tal energúmeno. El tipo se puso borracho perdido, a base de un peligroso cóctel compuesto por cerveza, hidromiel, amargura y resentimiento. Antes de que se sirviera el segundo plato, ya estaba manoseando a las pobres camareras, se había meado dos veces en las palmeras de rubí (¡no, en los rubíes no!) y se había encargado de cagarse (no literalmente) en todos los muertos de los invitados. Por supuesto, el muy desgraciado no llegó a los postres. Para entonces, el bueno de Osiris ya le había arrojado al Nilo, donde el muy trompa se quedó sobando la mona, flotando cuesta abajo cual mesías en un cesto. No se supo nunca más de él... hasta hoy. Silencio en la sala. Pura tensión; puro mal rollo. Y volvemos a empezar, solo que esta vez no va a mediar palabra o insulto alguno. El follonero va al grano, cometiendo el más brutal de los regicidios jamás visto, y abalanzándose, a los pocos segundos, sobre el siguiente eslabón en la línea sucesoria. Cuando nos hemos querido dar cuenta, Osiris yace muerto en el suelo, y Horus agoniza patéticamente. Dos chorrazos de oro emanan de sus ahora vacías cuencas oculares. El pobre diablo sólo es capaz de gesticular dos palabras: ''¡Mis ojos! ¡¡Mis ojos!! ¡¡¡Mis ojos!!! ¡¡¡MIS OJOS!!!''

A un volumen tan alto, que sus alaridos traspasan la pantalla y su eco resuena, ad eternum, en el patio de butacas. ''¡Mis ojos!'', grita un crítico; ''¡¡Mis ojos!!'', responde otra crítica... A los pocos segundos, el clamor se ha generalizado: ''¡¡¡OH DIOSES, MIS OJOS!!!'', bramamos todos al unísono. Es el pase de prensa de 'Dioses de Egipto', una de las experiencias más inmersivas que nos ha dado el cine en muchos años. Ahí está el guaperas de Nikolaj Coster-Waldau, lamentando la pérdida de visión a la que su cruel tío le ha condenado... y ahí estamos nosotros, haciendo lo propio, pero con Alex Proyas como principal (como único, vaya) criminal. Muy felices nos las prometíamos algunos antes de entrar en la sala. Las charlas previas venían presididas por un inequívoco sentimiento de mofa en desternillante mayoría absoluta. Por lo menos los dos tercios de la cámara admitieron acudir a la cita con la curiosidad de ver en qué resultaba uno de los peores tráilers de la temporada, y obviamente, una de las cintas que con peor feedback llegaban a nuestro territorio. En efecto, y como casi siempre, los dioses desembarcaron en otros terrenos, antes que tener que profetizar en el desierto que es el mercado doméstico, y allí, al otro lado del charco, ya empezaron a ser dilapidados. Masacrados. Sin piedad.

El elemento morboso, principal aliciente apriorístico, nos explotó en toda la cara, en cruel cumshot facial de más de dos horas de duración. La cosa, por así llamarla, era realmente tan mala como parecía... incluso más, brindándonos así la Divina Providencia una ocasión de oro para poner a prueba la ancestral regla de la valoración circular de los chistes. ¿Sabes aquellas bromas que son tan-tan terribles que no te queda otra que partirte de la risa? Pues más o menos así. 'Dioses de Egipto' es un desastre de tales magnitudes que sería injusto no reconocer al genio que está moviendo sus hilos. Es parte de la gracia, y al final, de la tragedia. De proporciones griegas, quién sabe si egipcias. Es tan ruidosa, es tan absurda, está tan acelerada (aburrirse, también hay que admitirlo, es imposible)... es tan excesiva, que hasta podría ser una obra maestra. Solo que no. Todo lo contrario. Lo fascinante (y triste) del asunto es que Alex Proyas sigue mostrándose como un cineasta único en su especie, atrapado en una suerte de limbo pesadillesco ente las alas liberadoras de la autoría y el frío y calculador cerebro de la comercialidad. El monstruo resultante es, efectivamente, una aberración... de la que no obstante cuesta dioses y ayuda despegar la vista.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Eddie el Águila
Eddie el Águila (2016)
  • 6,4
    3.198
  • Reino Unido Dexter Fletcher
  • Taron Egerton, Hugh Jackman, Christopher Walken, Jim Broadbent, ...
6
Whisky con leche
La historia del olimpismo está marcada, como no podía ser de otra manera, por grandes hazañas; por historias de esfuerzos titánicos recompensados con los mayores honores. Por esa voluntad inquebrantable de romper las barreras físicas y mentales que supuestamente marcan los límites del ser humano. Se reduce todo, en definitiva, a querer ir más allá de estas fronteras; a desearlo con tanto convencimiento, y a tener tanto talento, que lo que antes parecía imposible, pase ahora a formar parte de la más fantástica de las probabilidades. Está todo esto, claro... pero también lo que viene por detrás. Porque resulta que debajo del podio también hay vida inteligente, y ésta puede ser tanto o más fascinante que la que ocupa los cajones más altos de la gloria. Es este sub-mundo de perdedores anunciados o de triunfadores contra todo pronóstico, en el que las distancias vuelven a adquirir estas proporcionas tan humanas (¿mundanas?), factor imprescindible para que se produzca la identificación del espectador para con el show que está presenciado... que de esto también (sobre todo) viven los Juegos, ¿no?

De modo que siempre toca admirar el mérito colosal que tienen monstruos del calibre de Jesse Owens, Usain Bolt, Haile Gebrselassie o Michael Phelps, por pulverizar todos los records habidos y por haber; por hacernos vibrar con cada nueva marca histórica conquistada... Pero no menos respeto merecen ''esos otros'', desde el mítico nadador Éric Moussambani, quien por poco no se ahogaba cada vez que saltaba a la piscina, hasta el bueno de Steven Bradbury, quien se colgara, sin quererlo ni buscarlo, una de las medallas de oro más increíbles de la historia de la humanidad, pasando por otras leyendas como Paula Barila Bolopa, Hamadou Djibo Issaka, Philip Boit o Trevor Misipeka... Todos ellos (y los que nos quedan) forman parte de una especie de Olimpo freak; una suerte de gran familia de hijos bastardos de algún semi-dios descarriado. Puede que su llama no arda con mucha fuerza, pero sin duda siguen llevando su testigo, pues sus aptitudes y su nivel competitivo a lo mejor ni lleguen a la excelencia de las plusmarcas regionales, pero su lucha (contra las tendencias, la historia y, en general, el mundo) es una carrera de obstáculos igualmente trepidante, y con la que, muy fácilmente, se puede empatizar. Ahí está la magia.

¿O no fueron los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Calgary los más épicos de la historia? ¿Y no lo fueron gracias a, por ejemplo, Devon Harris, Dudley Stokes, Michael White, Samuel Clayton y Howard Siler (es decir, el equipo jamaicano de bobsleigh)? ¿Y qué decir de Michael Edwards? Perdone... ¿quién? A los primeros les tenemos ubicados en el mapa gracias a aquel clásico (bueno, no tanto) de la Disney con John Candy, titulado 'Elegidos para el triunfo', pero el segundo no nos suena tanto... Hasta la llegada de 'Eddie el águila', nuevo filme de la que, a estas alturas, ya puede definirse como la factoría Matthew Vaughn. El director, guionista y productor aparece en esta ocasión en calidad de lo último, auspiciando así el tercer largometraje del actor (de profesión) Dexter Fletcher, quien para la ocasión rescata del olvido una de esas pequeñas historias que hacen del deporte algo tan grande. Grosso modo, la cosa va de seguir los pasos que llevaron al joven Michael ''el águila'' Edwards (¿ya va sonando más?) a convertirse en el primer representante de la Gran Bretaña en la modalidad olímpica de salto de esquí, en los citados Juegos de Invierno de 1988.

Ésta fue la conquista... ridícula, quizás, a escala de medallero, pero brutal, seguro, a ojos de un viejo y algo amargado escayolista inglés, quien descubrió, de un día para otro, que el cabezota de su hijo salía por la tele, y que se había convertido en un ídolo de masas. ¿Pero lo fue realmente? ¿O no pasó de anomalía que los medios de comunicación explotaron, muy sádicamente, por aquello de ceder a la tentación de la mofa pública? Seguramente fue ambas cosas. Seguramente el tipo fue un héroe y a la vez un payaso; seguramente el perdedor ganó; y seguro, segurísimo, que la leche casa con el whisky. 'Eddie el águila' tiene la discreta pero muy bien aprovechada virtud de la combinación; de conocer la naturaleza bicéfala de su historia, y de saber que así mismo nos la va a presentar. En otras palabras, Dexter Fletcher hace de la comprensión del material de base el fundamento para una presentación que, tanto por comicidad como por emotividad, convence, divierte y hasta hace vibrar. Lo que debía ser adaptación se convierte así en reinterpretación, que seguramente ignora la realidad cuando más le conviene (el personaje de Hugh Jackman es ficticio, por ejemplo), pero que nunca falla a la verdad, en lo referente a conservar los valores de aquella intrascendente proeza de Calgary '88.

En éstas que entra en escena un casi irreconocible Taron Egerton, convertido en el ya famoso Michael Edwards. El tipo (el actor) se esconde detrás de unas gafas más granes que su cara, y de una serie de muecas que no se sabe si están levantando, o por el contrario derribando muros entre persona y personaje. En esta dualidad, tan extrañamente atrayente, se asienta la película, y sabe sacarle partido durante su poco más de hora y media de metraje, en la que los mecanismos de la feel-good movie deportiva quedan tan expuestos (véase la manera de regodearse en los clásicos montajes musicales para sintetizar los momentos de entrenamiento), que a lo largo de todo el recorrido nos acompaña la -maravillosa- incertidumbre de no saber distinguir entre el ''reírse-de'' y el ''reírse-con''. Poco importa, ya que una opción parece tan legítima como la otra. Y es que aunque pueda parecerlo, no hay ni pizca de mala intención, pues pensado con frialdad, el saltador se prestaba tanto a la burla como al abrazo. Su entrenador, no se sabe si el que existió o el que ha creado la (semi-)ficción cinematográfica, en este mismo debate se encuentra.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Warcraft: El Origen
Warcraft: El Origen (2016)
  • 5,7
    19.314
  • Estados Unidos Duncan Jones
  • Travis Fimmel, Toby Kebbell, Paula Patton, Ben Foster, ...
3
El mundillo de Warcraft
Randy Marsh, geólogo y padre de familia afincado en un pequeño y pacífico pueblo de Denver, estaba en estado de shock. Acababa de tener una bronca brutal con su querido hijo, Stan, a causa de un demoníaco videojuego y la no menos demoníaca influencia que éste ejercía sobre él. La cosa ya hacía tiempo que iba mal, pero lo del último fin de semana fue la gota que colmó el vaso. Los nubarrones que asolaban la localidad desde hacía meses se habían disipado por fin, y aún así, el chaval se negaba a salir del hogar... Es que ni de la habitación se le podía sacar. Aquello no era vida. ''Mira hijo, sinceramente creo que deberías mover un poco el culo, levantarte de la silla, ejercitar un poco las piernas, que te dé un poco el aire... Deberías estar socializando con tus amigos'', dijo el padre, a lo que el mocoso espetó: ''¿Eres retrasado, papá? ¿Es que acaso no ves que ya estoy socializando con mis colegas? ¿No entiendes que estoy conectado a un MMORPG con gente de todo el mundo y que estoy ganando puntos de experiencia junto a mis colegas mientras uso el teamspeak?'' La contestación cayó como una losa y se hizo el más incómodo de los silencios, tras el cual, simplemente: ''No soy un retrasado...''

Y así se quedó el pobre Randy, repitiendo para sus adentros ese instintivo y tonto contraataque, que para nada le sirvió a la hora de proteger una autoestima que, también sea dicho, ya llegaba maltrecha a aquel fatídico momento. ''No soy un retrasado...'', se decía a él mismo, ''No soy un retrasado... No soy un retrasado...'' Pero lo cierto es que no había entendido un carajo de lo que su retoño le acababa de escupir. Ni media palabra. ''No soy un retrasado...'' ¿MMORPG? ¿Puntos de experiencia? ¿Teamspeak? ''No soy un retrasado...'' O tal vez sí lo era. Lo era, no había dudas al respecto, a ojos de una comunidad que, sin haberse él enterado, había creado (y se había encerrado-en) su propio mundo. Azeroth, lo llamaban, un nombre filo-mitlógico cuya mera pronunciación en voz alta era capaz de desatar una avalancha de buenas memorias y sensaciones en cualquiera que hubiera visitado, ni que fuera durante unos pocos minutos, sus vastas tierras. Randy Marsh, triste geólogo de profesión y devastadísimo padre de familia, no se encontraba entre estos afortunados, y claro, al verse tan desplazado; tan fuera de su elemento, no pudo sino sentirse como un auténtico retrasado.

A Trey Parker y Matt Stone, resolver la escena les llevó poco más de veinte segundos. En ellos, lograron comprimir la mismísima esencia del eterno choque intergeneracional, pero también el que surge cada vez que la burbuja freaky se ve obligada a entrar en contacto con el mundo real, el mismo en el que, muy a su pesar, existe. La tensión está más que garantizada; la explosión entre incomprensiones e incomprendidos, también. Visto con la necesaria distancia, el asunto tiene -mucha- gracia. Los responsables de South Park supieron verla y plasmarla no sólo en la secuencia comentada, sino también, en un capítulo para enmarcar (''Make Love, Not Warcraft'') que, por si no fueran suficientes todas las risas brindadas a lo largo de -otros- veinte gloriosos minutos, ayudó a encumbrar aún más en los altares, tanto la serie televisiva (faltaría más) como la saga de videojuegos a la que, a pesar de todo, se rendía homenaje.

La jugada fue redonda, un win-win antológico en el que ambos productos y formatos salieron ganando, y de qué manera. En esto debería traducirse cada acercamiento a ese material por el que, teóricamente, tanto amor profesas, ¿no? Esto mismo debería suceder, vaya, con cada adaptación, sin importar de dónde venimos, y mucho menos dónde terminamos. Pues va a ser que no. 'Warcraft: El origen', nueva película de Duncan Jones, es un desastre de tales proporciones que ya de entrada cuesta determinar por dónde debe empezarse el diagnóstico. Es el conocido como Síndrome Montgomery Burns, en el que la única razón que explica el no-colapso del cuerpo infectado, es que las enfermedades se acumulan de tal manera que se estorban las unas a las otras. Desde el punto de vista científico, hasta podría ser fascinante... a ojos del espectador, el glaucoma en la retina está, ya a la media hora, en plena metástasis. ¿Es esto posible? Por lo visto, con el hijo de David Bowie y Blizzard Entertainmente uniendo fuerzas, sí. Los nerds lo van a llamar ''Fel'', pero que no te líen. No eres un retrasado, esto no es más que una gran energía... tan potente como potencialmente venenosa.

Entonces... ¿por dónde empezamos? Por lo que se ve a simple vista; por lo que nos está causando el cáncer de ojos, vaya. Por una dirección de actores nefasta (con Dominic Cooper no se logra entender qué demonios pretende en ninguna de las escenas en las que aparece, y es sólo un ejemplo de los muchos que encontramos en, sin duda, uno de los castings más tristemente inexplicables de los últimos años) o por un guión empeñado en hacer de lo simple algo desesperantemente complicado. En este sentido, es de lamentar que un texto que tiene la valentía de tomarse tantos riesgos, nos descubra que ninguno de ellos importa lo más mínimo. El problema está, seguramente, en las deficiencias en el zoom con las que se trabaja. Falta perspectiva, planificación y sobre todo, (auto-)conciencia de producto. De repente, nos olvidamos de la coletilla que le hemos puesto al título, o dejamos de creer en los prólogos con chicha. La introducción y el posterior desarrollo y resolución de los diversos frentes se hace siempre a través de la torpeza del atropello. Como el -mal- alumno que no se da cuenta, hasta que no faltan diez minutos para entregar el examen, de todo el tiempo que ha derrochado durante las dos horas que le han dado para responder todas las preguntas.

Por su parte, Duncan Jones, autor de, recordemos 'Moon' y 'Código fuente', está totalmente desaparecido en combate. No se sabe si por exigencias del estudio o si directamente, por ineptitud ante el reto. Más allá de
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21 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
Francofonia
Francofonia (2015)
  • 6,4
    751
  • Francia Aleksandr Sokurov
  • Louis-Do de Lencquesaing, Vincent Nemeth, Benjamin Utzerath, Johanna Korthals Altes, ...
6
El arca francesa
El corazón de la nación más potente del mundo hace tiempo que perdió dicha consideración. A lo mejor la geografía le sigue dando la razón, pero todo lo concerniente a la economía, demografía, política... no podía irle más en contra. La antaño bomba de sangre ahora no se sabe muy bien qué es exactamente; mucho menos a qué función obedece. Simplemente está ahí. Sigue en pie, que vista la tormenta que cayó, no es poco. Y es que la que en su día (nos remontamos un siglo en la máquina del tiempo) llegara a ser la ciudad que registrara un mayor ritmo de crecimiento en todo el planeta, ahora conocía la amargura de encabezar la dinámica más inversa. La culpa, como con otros muchos males de nuestro tiempo, era de la crisis, de su austeridad y de esas angustiosas y renovadas obsesiones por encontrar dinero de dónde fuera. Detroit se hundía y si no se hacía nada al respecto, desaparecería, sin siquiera dejar rastro de su existencia... Hasta que a algún iluminado se le ocurrió tomarla con el arte. Bingo, la capital histórica del motor había ido acumulando, a lo largo de los años, un patrimonio que había llenado, como en pocos otros sitios del mundo, sus museos. Y claro, ¿qué se iba a priorizar? ¿Las escuelas? ¿Los hospitales...? ¿O los cuadros?

Pues eso. En uno de los muchos -desesperados- intentos por reanimar la maltrecha salud de la ciudad, el ayuntamiento decidió desprenderse de lo que, a sus ojos, era poco más que una carga. Un lastre por el que, eso sí, se podía sacar una pasta gansa... y así, hasta que pasara el temporal. Al fin y al cabo, el arte se valora por aquello que los ricachones están dispuestos a pagar por él, ¿no? Pues... No. Porque de lo que se trata aquí, precisamente, es de saber mirar más allá de las fronteras en las que se nos ha enseñado a estar; de trascender las convenciones para hacer justicia al propio objeto de estudio. Olvidémonos, pues, de la perversión ésa del valor de mercado, y ya puestos, de todos aquellos mecanismos básicos a través de los cuales, dicen, se puede crear una película. Pongamos que a un loco le da por hacer un largometraje que pasa de la hora y media, y que para ello, tira de un único plano secuencia. En un un único (y gigantesco) escenario, con aproximadamente dos mil actores en escena, con tres orquestas tocando en directo y con el peso de más de más de trescientos años de historia sobre cada una de las treinta y tres salas en las que se compartimenta ese coloso de San Petersburgo llamado Hermitage.

Denso, ¿no? Bastante, sí, pero a la práctica, no tanto como cabía temer. Por la comentada secuencialidad en la narración, que le daba a la propuesta la fluidez que seguramente le faltaba sobre el papel, pero también por el sentido que Aleksandr Sokurov (el loco de marras) era capaz de darle al discurso. Para no complicarnos demasiado (que tampoco se trataba de esto), lo que quería 'El arca rusa', que así se titulaba aquella película, era darle cuerpo al pretexto, hasta convertirlo en el propio mensaje. En otras palabras, la belleza en la(s) forma(s) como la mejor (¿la única?) manera para homenajear ese templo, patrimonio de la humanidad, en el que converge todo el amor, odio y, en esencia, fascinación que se puede sentir hacia un pueblo o, ya puestos, hacia una cultura. En aquella ocasión, el protagonista de la historia era un diplomático francés que miraba a la Madre Rusia entre la sonrisa y el fruncimiento de ceño... En ésta, en la que ahora nos ocupa, tenemos a un cineasta ruso encerrado en su despacho, que se debate entre la francofilia y la francofobia, y que está peleado tanto contra los elementos como contra sí mismo, por aquello de acabar de darle forma a un film que, supuestamente, va sobre uno de los mayores monumentos de la nación (y la historia, claro está) francesa.

Del Hermitage al Louvre para llegar a 'Francofonia', en la que de nuevo es fundamental distinguir la fachada del interior, por mucho que una nos dé pistas sobre el otro... y viceversa. En esta ocasión, el virtuosismo se ha transformado en unas ganas desbocadas por experimentar con cualquier forma y formato. Tanto que a ratos no se sabe si estamos viendo una ficción documentalizada o un documental ficcionado. Seguramente ambas respuestas sean correctas, y seguramente esto sea cierto por la multiplicidad de caras que adquiere un relato que, no obstante, no se separa ni un milímetro de la línea recta que traza su autor. La recreación se estira hasta parecer documento histórico, como sucede, de hecho, con buena parte del arte expuesto en los pasillos del museo por que el que nos paseamos ahora. Sokurov no duda en meterse en los terrenos de la meta-cinefília, no por ego (bueno, no sólo por esto), sino más bien para dotar de argumentos y consistencia a un mensaje con el que difícilmente se puede estar en desacuerdo.
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11 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
La venganza de Jane
La venganza de Jane (2016)
  • 5,4
    2.994
  • Estados Unidos Gavin O'Connor
  • Natalie Portman, Joel Edgerton, Ewan McGregor, Noah Emmerich, ...
5
Jane la superviviente
De la película que ahora mismo nos concierne ('La venganza de Jane' en España; 'Jane Got a Gun' en el mundo civilizado), empezamos a tener noticia a mediados del año 2012. Recordemos, porque nunca se sabe, que estamos en 2016, es decir, entre la presentación oficial del proyecto y el desembarco del producto acabado a nuestras salas, ha pasado ni más ni menos que una Olimpiada. A los de Rio, hasta les habrá dado tiempo a acabar de construir todas las instalaciones deportivas prometidas. Nosotros, mientras, mirábamos cómo avanzaba el calendario, y nos preguntábamos, de paso, si ese famoso western de Natalie Portman no era más que un bulo. La secuencia de noticias que nos iban llegando no era para menor escepticismo. Lancémonos pues a un breve repaso a través de los titulares que marcaron dicho proceso de gestación. El comienzo lo marca, cómo no, la confirmación del máximo responsable en las labores de dirección. Éste es en realidad ''ésta'', y responde al nombre de Lynne Ramsay, quien viene de causar sensación en el festival de Cannes con su último trabajo, 'Tenemos que hablar de Kevin'.

A partir de ahí, toca hablar de volatilidad, porque pocos meses después del anuncio, estalla la primera bomba: En el primer día de rodaje, con el equipo técnico y artístico al completo listo para entrar en acción, descubrimos que a la Ramsay le ha dado por no presentarse. Conmoción tanto dentro como fuera del rodaje. El productor Scott Steindorff asegura una y otra vez que de ahí no se mueve nadie, porque el remplazo está al llegar. La directora original, mientras, sigue sin dar señales de vida. ''No coge el teléfono'', literalmente, o esto nos dicen. Al cabo de pocos días, los peces gordos (si es que puede hablarse de tal concepto en el cine independiente... no olvidemos la -poca- envergadura del proyecto en cuestión) cumplen con su promesa y encuentran sustituto: Gavin O'Connor. El problema es que, mientras esperábamos, siguieron habiendo fugas. Michael Fassbender, teórico protagonista masculino de la cinta, se fue por incompatibilidades de agenda (la última entrega de ''X-Men'' mandaba); quién le seguía, Jude Law, corrió el mismo destino al estar, por lo visto, su participación condicionada a la de Lynne Ramsay. Más madera... ¿Me sigues? Porque no hemos acabado.

En una jugada magistral, los responsables de casting consiguen hacerse con los servicios de uno de estos nombres que pueden vender, ellos solitos, una película entera. Es así como se vincula a Bradley Cooper a un proyecto que definitivamente estaba decidido a no dejarse morir tan fácilmente... Desgraciadamente, lo de vivir con Mr. Cooper apenas duró un mes. La estrella se sumó a la lista de tránsfugas, y de repente, todo el mundo se puso a hablar del ''western maldito de Natalie Portman''. La nomenclatura, efectivamente, estaba bien pensada, y la mala suerte seguiría su curso a golpe de pura esquizofrenia: el intérprete que se iba a dormir siendo el villano de la función, podía despertarse siendo el héroe... y viceversa. Así hasta la traca final; la última broma cruel del destino, en forma de destrucción de Realtivity Media, empresa responsable de este auténtico desastre enciclopédico de la producción. Pues bien, a pesar de todo esto (y de algún que otro cambio de más en la asignación de roles de los actores), la película siguió viva; siguió avanzando... y a la postre, se las ingenió para estrenarse comercialmente, que visto lo visto, no es premio menor. Nunca lo es; aquí, mucho menos.

Revisar los antecedentes de Jane, más que ser un ejercicio para satisfacer nuestra curiosidad periodística, se convierte en la crónica de una casi-muerte anunciada, imprescindible para entender los resultados discretos que finalmente ofrece la película. Y es que a primera vista, y sin disponer de esta información, podría sorprender el que una cinta con semejante reparto, y comandada por un director tan ambicioso como Gavin O'Connor, se limite a cumplir con los mínimos establecidos por las necesidades, exigencias y modas más o menos pasajeras del western supuestamente moderno. Así es 'La venganza de Jane', una película que se ve con la facilidad y el agrado que proporciona su cartel promocional, pero que desgraciadamente, no va más allá, ya sea por vagancia, por falta de ideas o, como se ha dicho, por los incontables problemas registrados en las cuentas de producción. Teniendo esto último en cuenta, es de agradecer que al menos nos haya llegado un filme narrativamente comprensible, técnicamente competente y, en resumen, más que aceptable a la hora de conjugar sus principales activos. Para no andarnos demasiado por las ramas: Cada uno de los actores, con su respectivo prestigio, luce lo justo bajo ese tan característico sol justiciero del viejo y salvaje oeste. Nada nuevo debajo de éste (ni en la estética ni en la manera de presentar y desarrollar la clásica historia de venganza fronteriza); nada especialmente reseñable o memorable... Nada que moleste especialmente. Todo en orden. Ante las dificultades, solidez. Ya es algo.
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2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
El otro lado de la puerta
El otro lado de la puerta (2016)
  • 4,3
    1.937
  • Reino Unido Johannes Roberts
  • Sarah Wayne Callies, Jeremy Sisto, Sofia Rosinsky, Suchitra Pillai, ...
3
Tú a Gran Bretaña y yo a la India
La pobre Maria se volvió a quedar sola en casa. Y no en cualquier casa, sino en la mansión de corte colonial que su marido se compró en la India. Seis años atrás, cuando ambos decidieron, de muy mutuo acuerdo, que lo mejor para fundar una familia era irse al este y dejar atrás los negros nubarrones de su tierra natal, poco podían imaginarse que los que se iban a encontrar en su nuevo hogar serían mucho peores. Y es que por muy bien que empezaran las cosas (y efectivamente, así fue), la situación no tardó nada en dar un giro dramático de ciento ochenta grados. Llegaron las lluvias del monzón, y con ellas, un incremento exponencial en el caos de la ya de por sí caótica circulación en las ciudades indias. Una cosa llevó a la otra, y en un abrir y cerrar de ojos, Oliver desapareció. Para siempre. La pérdida irreemplazable del hijo primogénito arrastró a todos sus seres queridos, pero sobre todo a Maria, su madre, hacia una espiral de desconsuelo, amargura, desesperación, y claro está, miedo.

Esto mismo sentía ella en aquel preciso instante. La sensación nació en el estómago y recorrió, unos segundos después, toda su espina dorsal hasta convertirse en puro terror. Ahí estaba, sola en la mansión. Fuera, caía una tormenta que amenazaba con inundar al país entero; dentro, los sucesos paranormales se sucedían a la velocidad de la luz. En el piso de arriba, donde teóricamente no había nadie (¿se ha dejado ya claro que María estaba sola en la mansión?), se oían pasos, cada vez más rápidos; cada vez más violentos. No sólo esto, sino que alguien (¿sería la misma persona que estaba armando tanto alboroto en el piso de arriba?) se había dedicado a mover todos los muebles. Pelos de punta, porque una cosa era haber visto antes todo esto en aproximadamente unas diez mil películas de terror ''distintas'', pero experimentar todo aquello en sus propias carnes era algo demasiado insoportable. Aunque no lo fue tanto como la siguiente experiencia extrasensorial que el destino le tenía preparada. Y es que cuando parecía que las cosas parecían estar calmándose, el viejo piano de cola del recibidor empezó a emitir sonidos. De nuevo, nadie podía estar tocando dicho instrumento, pero ahí estaba esa dichosa melodía diabólica para llevarle la contraria a la razón, pues no había aleatoriedad en la secuencia de notas tocadas, sino que éstas venían a reproducir, con total exactitud, la misma canción que al pequeño Oliver tanto le gustaba hacer sonar.

Mientras, ahí estaba yo, desperdiciando otra hora y media de mi patética vida, en otro insignificante pase de prensa en Barcelona. Aquella mañana, el ambiente entre los asistentes estaba un poco más animado de lo normal, lo que significa que la habitual decrepitud generalizada había ascendido a la categoría de sosería-no-demasiado-depresiva. Ya era algo. Y no era para menos, pues las películas de género nos van, al menos a los cuatro freaks que nos dedicamos a esto de la crítica cinematográfica. Para aquella peli sobre el día de la madre nos escaqueamos como las sabandijas que somos, pero con ésta fichamos a gustísimo. Y esto que las referencias con las que llegaba a nuestro territorio el nuevo trabajo de Johannes Roberts eran, por lo menos, preocupantes. Y esto que la distribuidora tuvo a bien el advertirnos que la proyección iba a ser en Versión Pervertida. Ojo ahí. Botón de pausa, y pequeña nota del autor, porque esto forma parte del código interno de los pases de prensa. Algo así como una ''internal-joke'' diseñada a modo de declaración de intenciones, concerniendo la calidad (?) del film en cuestión. En otras palabras, que la ausencia de Versión Original en estos lares suele indicar que lo que se está a punto de ver, poco (o nada) merece la pena. Aunque claro, si hablamos de una cinta protagonizada por una actriz tan floja como Sarah Wayne Callies, puede que el doblaje sea para proteger, al menos, el oído del espectador.

Pero ni así. Y es que no hay cómo salvar un desastre del calibre de 'El otro lado de la puerta'. Básicamente porque sus propios responsables se niegan a ello. La desgana se funde con la ineptitud en el enésimo ejercicio de lectura de manual que tiene de todo (es un decir), menos inspiración. Cuatro años después de que Joss Whedon y Drew Goddard expusieran tan bien los peligros de un género (en este y ese caso, el terror) encerrado en el conformismo de las fórmulas repetidas, nos damos cuenta de que todo sigue exactamente igual. Para muestra, la película que ahora nos concierne, demostración, en última, negativa y estiradísima instancia, de que la globalización sigue su curso implacable. No importa si estamos en Reino Unido o en la India: el producto es exactamente el mismo. Igual de malo, se entiende. El exotismo es una falsedad, una más en la lista casi interminable de barateces a las que nos somete Johannes Roberts. Niños siniestros, trucos sobadísimos de espejos y la siempre inefable ayuda del aumento abusivo de volumen para hacer saltar del asiento, quizás, a quien no haya visto antes un film de -supuesto- terror en su vida. Así, cuando ni algo tan fácil como el mero susto funciona, se desnudan, con demasiada facilidad, el resto de carencias sobre las que intenta sustentarse el producto. La técnica visual es digna, siendo generosos, de trabajo de final de carrera; la narración no conoce otra arma que el aburrimiento para hacer avanzar la historia; las interpretaciones caen demasiado a menudo en los infectos territorios de la vergüenza ajena... y así, hasta robarle a tu alma otra hora y media. Esto sí que es terrorífico.
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11 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Trumbo. La lista negra de Hollywood
Trumbo. La lista negra de Hollywood (2015)
  • 7,0
    12.716
  • Estados Unidos Jay Roach
  • Bryan Cranston, Diane Lane, Helen Mirren, John Goodman, ...
6
Dalton cogió su máquina de escribir
Entonces, quedamos en que la Guerra Fría, más o menos, fue así. Eran, básicamente, dos bandos enfrentados: los Estados Unidos y la Unión Soviética; el capitalismo contra el comunismo; el libre (es un decir) mercado contra la economía planificada; la democracia contra... bueno, contra aquello otro. Lo que fuera. El caso es que el conflicto estuvo marcado por la tensión; por esa insoportable y continua angustia ante la posibilidad, más que palpable, de que el planeta al completo fuera a estallar, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Todo lo demás, fue consecuencia más o menos directa de estas circunstancias. Cuba, Corea, Vietnam, Afganistán, Checoslovaquia, Egipto, Camboya, Alemania... El mapa-mundi se quedaba sin rincones por marcar a cada día que pasaba, y el miedo, mientras, iba confirmándose como la única manera de entender el mundo. Llegados a este punto, y sin final a la vista en el proceso de encadenado de cimas (a cada cual más alta) en la escalada, era el momento de demostrar que cobarde no era quien sintiera pánico, sino quien se dejara dominar por él.

Así de gordos eran los nubarrones atómicos. Tanto que hasta llegaron a tapar las siempre resplandecientes colinas de Hollywood. Ni rastro del sol de California, ni allí estábamos a salvo. Es más, especialmente en la llamada meca del cine, las alarmas por bomba sonaban más fuerte que en ningún otro sitio. De la imagen, principalmente, vivía el negocio, de modo que tocaba evitar sospechas, y más que ser ''americano'', uno tenía que esforzarse en aparentarlo. La diferencia entre una cosa y la otra era tan sutil como compleja y, a la postre, crucial para librarse del fuego, que no era otro que el de la hoguera inquisitorial. La caza de brujas había vuelto, y con ella, las listas negras, y con ellas, los vetos, y con ellos, la desesperación. Tanto por parte de los señalados como, más adelante, del arte al que daban forma... Y a todo esto, perdón por la poesía barata, por la versión (mal-) resumida del asunto y por la falta de profundidad en el análisis, pero es que manda el formato del texto, el hambre de quien escribe, su agotamiento psico-físico y todas las demás excusas de quiero-no-puedo que puedan venir a la cabeza.

Total, son las dos de la madrugada, me estoy helando porque la ventana del comedor ha decidido no cerrarse, la conexión inalámbrica del albergue es tan asquerosa como el café de la máquina de la recepción, y las probabilidades de cobrar algo (lo que sea) por estas palabras es tan remota como el triunfo de los principios básicos de la ética (laboral, al menos esto) en esto del periodismo cinematográfico. En fin, que ¿a quién le importa? Exacto. Esto mismo... El problema, es que nos debemos a una(s) persona(s) que sin duda merece(n) mucho más. Pero así están las cosas, ni peor ni mejor que antes, sino exactamente igual de mal, y claro está, con unas formas bastante diferentes. De apariencias va el asunto, no hay dudas al respecto. Con esto, y con poco más, se entiende hasta dónde llega (o mejor dicho, dónde se queda) 'Trumbo', biopic dedicado al mítico guionista de cuyo nombre, por alguna razón u otra razón (¿incultura cinéfila?), no nos queremos acordar. Por suerte, ahí están las coletillas a la española para aclarar un poco las ideas. ''La lista negra de Hollywood'' facilita las presentaciones con conceptos mucho más familiares, y de paso, nos da pistas sobre la -poca- sutileza del producto.

Empaquetado con el oficio típico de la (buena) TV movie, el nuevo trabajo de Jay Roach se apoya en el retrato personal (a veces, incluso íntimo) para trascender hasta la radiografía de época. Es, para entendernos, una lección de historia que no pierde nunca de vista el factor humano. Los resultados no son para nada magistrales, pero sí amenos; a ratos mucho, tanto que la (son)risa logra reivindicarse como el más reconfortante y lícito de los contraataques. Como quien usaba la escritura para demostrar aquello de que la pluma es más fuerte que la espada. En estas intenciones es donde el alegato (si es que así podemos llamarlo) gana enteros... para más tarde perderlos (al menos, gran parte de ellos) a causa de una ejecución a medio camino entre la complacencia y la indulgencia, mostrándose ambos defectos en todo su reflexivo esplendor. Y que el Altísimo nos pille confesados: Mediocres del mundo, absolvámonos los unos a los otros, pues a la hora de la verdad, pocos reproches podemos ponerle a la ''dramedie'' de manual. En esta ocasión, la combinación entre la injusticia y la posterior réplica ingeniosa (formulada, ésta última, con la valentía que otorga el casi impenetrable escudo del paso del tiempo) sorprende tan poco como la satisfacción con la que se acaba saldando la experiencia.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cegados por el sol
Cegados por el sol (2015)
  • 5,9
    2.802
  • Italia Luca Guadagnino
  • Ralph Fiennes, Dakota Johnson, Matthias Schoenaerts, Tilda Swinton, ...
7
Jump Into the Fire
El destino, así como tu inigualable poderío, te ha dado la oportunidad de oro de pasar un fin de semana con aquellos amigos del alma que tanto hace que no ves. Ha sido todo muy improvisado, y de hecho, este es parte del encanto. Digamos que tú estabas por la zona, que ellos estaban más o menos disponibles y que... bueno, que te morías de ganas de verlos. Así que hiciste las maletas, compraste los primeros billetes de avión disponibles (para ti y para la que muchos consideran tu último ligue... pero no, que en realidad es tu hija), te montaste en el aéreo, te pediste tres copazos del licor más caro del catálogo, te enfundaste los auriculares y te reventaste los tímpanos a base de algunos de los grandes éxitos de la historia del rock. Cuando te diste cuenta, ya estabais a punto de aterrizar, de modo que decidiste pasarte por el forro todas las medidas de seguridad, desabrochándote el cinturón, marcándote un baile antológico entre los asientos y encendiendo el móvil para llamar a tus colegas y comunicarles que en los próximos días, te ibas a instalar en su choza... porque claro, con tanta excitación, se te había pasado lo de avisar con antelación.

El corazón, por poco que no se te para, que al fin y al cabo, y por muy pletórico que te sientas, ya no tienes el cuerpo para los trotes a los que le sometías en tus años mozos. Pero da igual, ¿a quién le importa? Esto no ha hecho más que empezar, y todavía tienes que darlo todo. Y que te quiten lo bailao'. Con este estado de ánimo arranca (y ahí mismo se mantiene) la nueva película de Luca Guadagnino; con esas ganas irrefrenables de, como dijo el maestro Harry Nilsson, escalar una montaña, de nadar en el mar... de saltar al fuego. Sin miedo a quemarse, es más, con el deseo suicida e irrefrenable de alcanzar la gloria abrasado en las llamas del mismísimo sol. Con la fuerza de los astros, efectivamente, arranca la historia. Con el estadio de San Siro (o Giuseppe Meazza, como guste), ni más ni menos, a los pies de una de las mayores estrellas de nuestros tiempos. No, no hablamos de la final de la Champions, sino de 'A Bigger Splash', traducida aquí con un título horroroso marca de la casa, 'Cegados por el sol', y que es remake de 'La piscina', cinta francesa de culto de 1969, dirigida por Jacques Deray.

Por si Paolo Sorrentino y Matteo Garrone no lo habían dejado claro con sus últimos trabajos, presentados ambos dos en Cannes, llegó Guadagnino, este último a Venecia, para confirmar la tendencia. 2015 fue, definitivamente, el año en que el cine italiano (el de autor, al menos) se abonó a la internacionalización. Así, vemos como en el caso que ahora nos concierne, los personajes de la función se las apañan entre el italiano, el francés (permiso para malpensar) y sobre todo el inglés, para no verse demasiado frustrados ante ese tan frustrante invento que ha sido siempre la comunicación humana. Esperando a recuperar la voz tras una intervención quirúrgica, una estrella del rock (Tilda Swinton, estupenda, como siempre) se toma unos días de descanso en una idílica finca italiana, junto a su joven pareja sentimental (Matthias Schoenaerts), solo que como sucede casi en todas las ocasiones en la Mostra, la calma y el buen rollo se ven bruscamente interrumpidos. Esta vez por la entrada en escena de un amigo en común y ex-manager (y algo más) de ella (Ralph Fiennes), así como de su encantadora y enigmática hija (Dakota Johnson). La tensión (generacional, racial, sexual... la que sea) está garantizada, el desastre, también.

Hacia allá se dirige el propio film, el cual después de unos dos primeros actos irresistiblemente disfrutables, merced al estilo inquieto y juguetón de Guadagnino y a la aportación de un Ralph Fiennes tan omnipresente como magistralmente desmadrado (lo suyo ya es de Oscars, uno por cada escena en la que aparece), toma la decisión sorprendente (y por qué no decirlo, encomiable) de consumar el harakiri. Por el orgullo en la negación de la edad adulta, quizás; por el placer de la auto-combustión, sin duda. Todo esto sin que a uno se le quite la sonrisa de la cara. Tan insensato como, a la postre, genial. ¿O acaso no era esto mismo mezclar las farras de la Europa de primera clase con la crisis de los refugiados? A cada escena que pasa, el director se libra más y más a un sentido de la comedia (despiadada donde las haya) que atrapa por su atmósfera enrarecida, y también por el incómodamente sugerente diálogo que establece con el material fílmico original. Hasta casi llegar a ese punto en el que parezca que cualquier parecido con el modelo primigenio es mera casualidad. Más o menos, como lo que hizo Herzog con el 'Teniente corrupto' de Ferrara. En aquella ocasión, se trataba de ver hasta donde cubrían los excrementos del primero, el cuerpo (mente y alma) del segundo; ahora, hay mejores vibraciones entre ambas partes, aunque a modo de filosofía vital, sigue imperando esa tan saludable irreverencia hacia lo que teóricamente debería ser sagrado. Y ríanse, por favor, que ésta es, en parte, la intención de la cinta, porque en determinadas ocasiones (y más ahora, con los tiempos que corren), nos damos cuenta de que no hay nada más gracioso que un plato roto, que un coche averiado o que, ya puestos, un cadáver en el fondo de la piscina.
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9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
El libro de la selva
El libro de la selva (2016)
  • 6,7
    24.946
  • Estados Unidos Jon Favreau
  • Animation, Neel Sethi
7
King of the Jungle
Casi como el multimillonario Charles Foster Kane en el lecho de muerte... Te levantaste ayer en plena noche con la frente empapada de ese apestoso sudor frío, gritando cual poseso el título de aquel libro que tanto asocias a esa infancia perdida. Cuando recuperaste el control de ti mismo, comprobaste cuatro veces (por lo menos) que nadie hubiera presenciado tan lamentable espectáculo. Acto seguido, te abalanzaste hacia la biblioteca, en desesperada búsqueda de aquel maldito tomo... sólo para darte cuenta de que no estaba allí. Drama absoluto. A la mañana siguiente, emitiste la orden de caza y captura. Mensajes de socorro en el muro de todas las redes sociales en las que abriste una cuenta, disección del catálogo virtual de las bibliotecas de tu ciudad, llamadas telefónicas a familiares y a otra gente de confianza... Hasta que alguien respondió. Tu tío segundo por parte de prima en tercer grado. Aquel cretino al que, no obstante, tanto cariño le tienes (y por algo será). ¿Cómo no haber pensado en él primero? Imperdonable... Pero bueno, que ya tendrás tiempo de ajustar cuentas con él cuando por fin te dé el tan ansiado...

... e-book? ¿En formato electrónico? ¿En serio? Cuando te da su reader con el libro descargado ahí y te dice que no te preocupes, que te lo presta durante el tiempo que necesites, no sabes si abrazarle o si darle un puñetazo. Al final no haces ni una cosa ni la otra. Te limitas a aceptar el regalo con la mejor cara que puedes poner y a liquidar el compromiso social de la manera más rápida e indolora posible. No hay tiempo que perder, tienes que volver rápido a casa y recuperar cuanto antes mejor el contacto con ese tan amado material sin el cual, por lo visto, no estás completo. Cuando por fin te pones a ello (no sin antes haber tomado todas las medidas necesarias para aislarte del mundanal mundo), te das cuenta de lo desconectado que estás del siglo XXI. Has necesitado 5 minutos sólo para averiguar cómo demonios se enciende el cacharro ese... y otros 20 para captar la navegación a través de las páginas digitales. Todo esto, desde luego, no es tan intuitivo como dicen los gurús del marketing. De hecho, esto es un asco. No hay por dónde cogerlo. Pasas de un capítulo al otro sin quererlo, se te cambia el idioma solo, pierdes el punto una y otra vez y la vista se te cansa a las primeras de cambio.

Es justo en el momento en que empiezas a considerar, muy seriamente, la opción de desempolvar el muñeco vudú y usarlo contra el desgraciado de tu tío segundo por parte de prima en tercer grado, que empiezas a pillarle el tranquillo al asunto, y cuando descubres, de paso, que la cosa no está tan mal como pensabas. Realmente la lengua puede determinarse toqueteando cuatro tonterías en los ajustes generales del sistema, y al cabo de un rato, los ojos parecen haberse acostumbrado a los pixels, y en comparación, es mucho más cómodo ir de un sitio a otro con este elegante y ligerísimo dispositivo. Una vez superados los prejuicios, las posibilidades parecen ilimitadas. Exactamente así se nos presenta la enésima revisión cinematográfica de la las Selváticas Escrituras de Rudyard Kipling, y así es, efectivamente, la nueva película de Jon Favreau, ese director que quince años y ocho películas después de su debut oficial, despierta los mismos sentimientos que ese ser querido / odiado al que no sabemos si agradecemos o si lamentamos su compañía. Como sucede en las mejores familias, vaya.

Aunque siendo justos con el personaje, después de la última reunión, la balanza se decanta mucho más a su favor. 'El libro de la selva' del año 2016 es claramente un producto de nuestra época. Suena obvio y realmente lo es, pero hay que verlo con un mínimo de espíritu analítico para entenderlo. Milagros del s. XXI, ahora mismo, para recrear una jungla entera, así como toda la fauna que la puebla, no hace falta ir más allá de los estudios en los que está instalada la productora. Pues lo de siempre en el cine, ¿no? Sí, pero llevado a otro nivel. A uno mucho más salvaje, si se prefiere. Tanto que el rodaje no necesita ir más allá de unas cuantas plantas de un edificio en pleno corazón de esa selva urbana que es Los Angeles. Donde antes entraban los decorados clásicos, el maquillaje, los animatrónicos y otros trucos del atrezo de toda la vida, aquí lo hace la pantalla verde, el diseño gráfico y las computadoras de ultimísima generación. La artesanía ha sido sustituida por la ingeniería, solo que esta última se presenta con tal grado de sofisticación, que por el camino parece que no se haya perdido ni un gramo de romanticismo. Por una vez, los ojos no engañan, y visto lo visto, nunca mejor dicho, la tecnología no va reñida con el alma.

Lo primero es lo primero, y sin ir más allá del 2016, si alguien quiere superar el espectáculo visual que nos da este ''Libro de la selva'', tendrá que sacarse de la chistera algo parecido a los mejores efectos visuales de la historia. Cosas de contar con el músculo financiero de la que seguramente sea ahora mismo la empresa más potente de la industria. Cosas de la identidad empresarial de una corporación que si bien trata a los periodistas como el monstruo que es (va uno a sus pases de prensa sintiéndose, primero ganado bovino y después sospechoso habitual), acostumbra a hacer justo lo contrario con su propio patrimonio, consciente de que es esta herencia cultural la principal causa de su innegable poderío económico. Pues si así tiene que funcionar el business, que así sea. Encantados de pasar por caja. El calendario, por su parte, nos dice que estamos todavía en la temporada del tsunami ''realista'' de la Disney, si es que así podemos llamar a la fiebre de la factoría del ratón Mickey por pasar todos sus mitos de la animación a lo que tradicionalmente se ha conocido como cine de ''carne y hueso''... Sin olvidar, claro está, que el cine espectáculo de hoy en día, no concibe ni una cosa ni la otra sin el paso (previo y posterior) del ordenador.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Julieta
Julieta (2016)
  • 6,3
    15.563
  • España Pedro Almodóvar
  • Emma Suárez, Adriana Ugarte, Daniel Grao, Inma Cuesta, ...
7
Si no te vas...
Sé que lo nuestro (llámalo cariño, llámalo amistad, llámalo amor) ha alcanzado quizás ese punto de no retorno en el que ya no haya nada que hacer. Sé que una vez llegados aquí, la peor decisión sería la de seguir juntos. Porque te necesito, y tú me necesitas a mí, pero juntos, no nos aportamos más que dolor. Nos estamos destruyendo el uno al otro. Lo entiendo, de veras, y en el fondo sospecho que, tal vez, a la larga, esta separación va a ser la mejor decisión que hayamos tomado en nuestra vida. Aun así, no puedo (ni quiero) evitar ser egoísta, y dejar de pensar en lo que el corazón me pide ahora mismo, de modo que... Si no te vas, te voy a dar mi vida. Si no te vas, vas a saber quién soy, vas a tener lo que muy poca gente. Algo muy tuyo. Mucho, mucho amor. Ay, cuánto diera yo por verte una vez más, amor de mi cariño. Por Dios que si te vas me vas a hacer llorar como cuando era un niño. Si tú te vas se va a acabar mi mundo, el mundo donde sólo existes tú. No te vayas, no quiero que te vayas porque si tú te vas, en este mismo instante, muero yo.

Y claro, ¿cómo te quedas? Ya puestos, dime, ¿cuánto has tardado en leerlo? ¿Y en asimilarlo? A la hora de interpretarlo, que de esto se trata, Chavela, según cómo tuviera la noche, podía liquidarlo en poco más de dos minutos, pero si las palabras despertaban demasiados sentimientos (que de esto va también el asunto), la duración de la función podía hasta quintuplicarse. No hay tiempo previamente pactado que pueda respetarse. Cada persona, y cada situación, requiere el suyo. Pedro Almodóvar, por ejemplo, necesita más de hora y media para solventarlo. El dolor, el auténtico, el que más duele (y perdón por la obviedad), tiene esto, que cada uno lo lleva como puede; que para ello no existe un manual sobre cómo gestionarlo; que cada uno lo lleva, y lo sufre, como mejor sabe. Chavela vivía con él, y se acostumbró tanto a su compañía, que no le quedó otra que compartirlo con los demás. Por aquello de aligerar la carga, pero también por lo de recordarnos que el arte, en parte, está aquí por esto. De nuevo, no existen (o no deberían) hojas de ruta al respecto, las entrañas no entienden de esto.

En el año 2016, y con una veintena de películas a sus espaldas, al director más internacional con el que cuenta nuestra cinematografía se le nota, y de qué manera, el libro de estilo. No es algo malo, sino seguramente la reafirmación de uno de los sine qua non de su autoría. Su cine aparentemente poco tiene que ver con el de sus movidísimos inicios, pero en esencia, conserva todo aquello que en un principio lo hizo distinto del de los demás, y poco después lo elevó ya como manifestación artística única y, en parte por ello, preciosa. En otras palabras, el buen envejecimiento del genio nos ha llevado a una fácilmente constatable sofisticación en su forma de expresarse, pero detrás, sigue habiendo la misma voluntad de agitar, mezclar y remover aquello que parece que sólo pueda hacerse a través de gritos, bofetadas y grandes catarsis. Pero no. No necesariamente. Está claro, las formas cambian, pero la esencia se mantiene. El volcán ya no ruge, pero sigue echando humo; la actividad no se reduce a simples indicios, sino que queda registrada en incontestables evidencias sismográficas.

Dicho de otra manera, quien tuviera que esperar fuera de la sala durante aquel pase (el que fuera) de 'Julieta', seguramente no le quedaría otra que quedarse (más allá de algún brote voyeur) con aquello que le indicaban los decibelios que se filtraban a través de las puertas y las paredes de la sala. No debió sacar mucho de la experiencia... hasta toparse, al final de todo, con la cara de algunos de los asistentes. Durante la proyección, las orejas no habrían detectado síntomas de grandes broncas, ni de arrebatos marca de la casa en la banda sonora de Alberto Iglesias, y sin embargo, ahí estaban algunos, atestiguando un sufrimiento que iba mucho más allá de la dimensión del oído. Por supuesto, esto no era suficiente ni para con Chavela. En el caso de Pedro, hablamos de cine, claro; de cine en estado puro, con lo que efectivamente, hacen falta más sentidos. La cuenta no se detiene con la vista, sino que debe seguir hasta alcanzar el intangible de la sensibilidad, fruto de la unión no sólo sensorial, sino, por supuesto, sentimental.

Tras su genial pero algo fallido último garbeo con la comedia, Almodóvar vuelve en 'Julieta' al drama puro. Estableciendo el punto de partida en la adaptación del mundo literario de Alice Munro, nos topamos con una historia que, a manos del manchego, podría llevarnos, en más de una ocasión, a la tentación del déjà vu. Grosso modo, loc conceptos familia y tempestad se nos vuelven a presentar como sinónimos indisociables. La circunstancia, que en cualquier otro caso habría sido un handicap casi insalvable, se salda aquí con . Las formas, ni falta hace decirlo, son fundamentales. Tanto, que el narcisismo, que lo hay, es compartido; tanto que el ''cómo'' supera al ''qué''; la narración a lo narrado... en fin, el séptimo arte, a todo lo que se le intenta parecer. No hay dudas al respecto: después de la maduración, viene la sublimación, y ahora mismo, nos encontramos en este punto. Volvamos, por ejemplo, a la partitura de Iglesias, en la forma en que ésta renuncia a sus tradicionales picos de intensidad, para convertirse en un implacable hilo conductor emocional. Hablemos de la magia en la puesta en escena, en cómo las mismas sábanas, que respiran cual animal herido, presencian tanto la pasión del amor más ardiente, como el sobrecogedor último momento de lucidez de ese ser querido. Hablemos, para seguir con los ejemplos, de cómo Adriana Ugarte y Emma Suárez, colosales ambas dos, se convierten en las dos caras de una moneda (la de un universo femenino inconfundible) que brilla como casi nunca antes lo había hecho.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
El juez
El juez (2015)
  • 5,9
    1.054
  • Francia Christian Vincent
  • Fabrice Luchini, Sidse Babett Knudsen, Miss Ming, Berenice Sand, ...
4
Con la venia del Sr. Cochran
Tras una serie de acaloradas deliberaciones, el jurado parecía ya listo para emitir el tan esperado veredicto. Había sido un proceso apasionante, con sus más y sus menos; con sus idas y venidas, pero siempre haciendo gala de un nivel de interés que poco o nada tenía que envidiar a otros grandes juicios de la historia de la humanidad, como el del Pueblo contra OJ Simpson, mítico litigio donde los haya, en el que el no menos legendario abogado Johnnie Cochran presentó en sociedad la más letal de sus argucias dialécticas. La que posteriormente se conocería como ''Táctica Chewbacca'', consistía en captar la atención de todos los miembros de la sala, para poco después llevarla hacia donde más convenía, es decir, a la basura. La cosa, para no andarnos con excesivos rodeos, se reducía a reflexionar sobre cómo la disparidad en el origen etimológico de las palabras ''Wookie'' (la raza alienígena a la que pertenecía el peludo compañero de Han Solo) y ''Kashyyk'' (el planeta de procedencia de dichas criaturas) era un indicativo inequívoco de lo mal diseñado que estaba el universo ideado por George Lucas. La perorata trazaba así un movimiento circular ininterrumpido alrededor de ''Este es chewie, y es un wookie... y viene de Kashyyk'', y de ''¿Cómo es esto posible?'', y por último, de ''¡Nada de esto tiene sentido!''
Y efectivamente, no lo tenía. Nada lo tenía. Y... ''Mierda, ¿de qué estábamos hablando?'' Exacto, ésta era la intención: llegar e instalarse en el más intrascendente de los cacaos mentales. Para entonces, el desconcierto era tal que se había levantado la sesión sin nada que se pareciera lo más mínimo a una sentencia, y con el criminal de marras coleando alegremente en la calle, bien lejos de unos barrotes que lo llamaban a gritos. Y mientras, ahí estábamos los cuatro gatos de siempre, congregados para otra depresiva sesión de pases de prensa en Ciudad Condal. El lugar de reunión en aquella ocasión fue el Instituto Francés de Barcelona, o como dijo la directora de dicha institución, ''Institut Français de Barcelone''. Básicamente, la mujer no hablaba un carajo de castellano. ''¿Habláng ustédès français?'', inquirió. A lo que algunos valientes contestaron ''Oui, oui...'' Y entonces: ''Parfait. Alors, nous allons vous montrer deux films. Après le premier, il y aura une pause pour le petit-déjeuner. Après, on verra le deuxième. Je vous remercie de votre assistance, et j'attends vous revoir à tous bien tôt.'' Silencio... Se había desmontado la mentira. Algunos aplaudieron tímidamente, otros abuchearon (tanto unos como otros, por aquello de hacer algo). Al fondo de todo, el de siempre ya había empezado a roncar.

Así empezó la proyección de 'El juez', (la francesa, no la americana)... y exactamente así salimos algunos de ella. Con el mismo e insoportable estado de agitación mental, producido por uno de los peores combinados a los que se puede someter el cerebro. Esto es, una colección de inputs que se entiende por separado, pero cuya intención en tanto a colectivo es del todo indescifrable. ''No lo entiendo...'', farfullaba uno; ''No estoy entendiendo nada...'', repetía otro, a modo de sincerísimo eco. El panorama era desolador, bastante más de lo habitual en este tipo de sesiones. Los intentos por comprender lo visto se estampaban, una y otra vez, contra el muro de la ineptitud. La misma que impregna la triste existencia de todos aquellos que seguimos años luz de, precisamente, iluminados de la talla de Christian Vincent. Su nuevo trabajo, que por cierto está escrito por él mismo, es una sucesión constante de apuntes sobre... no se sabe muy bien el qué. Tratemos de resolverlo en el cine-forum posterior, entre croissants, zumitos de naranja y alguna que otra taza de café au lait. ''La cosa va sobre el sistema judicial francés'', opina uno. ''¿Ah sí? Pues yo hubiera jurado que iba sobre la relación sentimental entre un juez y una miembro del jurado'', contesta otro. ''Vaya, pues a mí me pareció que se nos estaba hablando sobre la compleja heterogeneidad de la sociedad francesa'', dice el de más allá. ''Que no, que no... que no va de nada de esto...'', afirma convencidísimo el de las siestas. El silencio que deja al final de la frase no sirve para introducir el concepto que tanto se nos escapa a los demás, sino como antesala de un sonoro eructo. Y ya.

A todo esto, si los terrícolas vienen del planeta Tierra, ¿por qué cojones son los wookies de Kashyyk? A saber... Esta aleatoriedad mental es la que preside el tribunal. A lo largo de hora y media, Christian Vincent se debate entre el drama y la comedia; entre el romance y la denuncia; entre la corte de justicia y la farmacia; entre los letrados y el ciudadano de a pie... Va aquí y allá sin parar, con el bisturí en una mano y el pack de ibuprofenos en la otra, atreviéndose con cada tema y escenario mencionado, pero sin incidir realmente en ninguno de ellos. El experimento se traduce en una suerte de pareja poligámica de hecho entre los '12 hombres sin piedad' de Lumet, 'La clase' de Cantet, y alguna comedia cursilona del montón, solo que en este caso, la unión no hace la fuerza. Las tonalidades grisáceas imperantes en el trabajo fotográfico de Lauent Dailland dan a la cinta un tono filo-documental que contrasta con los eventuales destellos de luz emanados de la ficción más pomposa. Es desconcertante, sí, pero en el mal sentido, porque de ahí no salimos.
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8 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Kiki, el amor se hace
Kiki, el amor se hace (2016)
  • 6,3
    23.265
  • España Paco León
  • Paco León, Ana Katz, Belén Cuesta, Natalia de Molina, ...
7
El sabor del higo
La cena de ayer fue muy extraña. Marta, esa medio prima, medio amiga tuya de toda la vida, montó una fiesta en su casa, el motivo del cual no quedó del todo claro. Ningún cumpleaños, ni santo, ni comunión se divisaba en el calendario, y que tú supieras, recientemente tampoco se había producido nada que mereciera ser celebrado. Pero bueno, que tampoco estabas para poner demasiadas preguntas. Disfrutabas de la compañía de Marta y ella con la tuya. Todo lo demás no importaba... ¿o si? Porque cuando te plantaste allí, aquello estaba más desierto que el Sahara... y más húmedo que el Amazonas. Ni rastro de los invitados. Ni estaban ni se les esperaba. Sólo Marta. Y tú. Y Marta... y tú. La temperatura en aquel piso no era normal. El calor era volcánico, y la ropa como que empezaba a sobrar... Y la comida... Aquella comida... Aquella comilona. No faltaba nada, porque el hambre, y la sed, eran insaciables. Para ello, nada mejor que un poco de jugo de sandía, y lechecita, claro está. Y salchichas, y peras, y pirulos tropicales, y almejas, y melones... ¡qué melones! Los estrujaste, y te adueñaste cual poseso de todos los higos que te cabían en la boca. Ella, mientras, atacaba otras frutas de la pasión, y te enseñaba, de paso, todos los usos que se le pueden dar a la morcilla de Burgos.

No os quedasteis embarazados (los dos, sí) de milagro, pues no había protección posible ante la lascivia de aquellas miradas, de aquellas mordeduras, de aquellos lametones. Ríase usté del sexo tántrico... aquello lo superaba todo. ¿Pero qué pasó exactamente? ''Joder, ¿pero mojaste o no?'', te preguntan a ti; ''A ver tía, ¿hubo temita?'', le inquieren a ella. En ambos casos, la respuesta es la misma. Silencio, acompañado, cómo no, de la más tonta de las sonrisitas. Una de esas que dan ganas de borrar con un señor puñetazo que haga saltar, ya puestos, algún que otro piño. Pero oiga, que le quiten a uno/a lo bailao', porque el sexo (o el amor, qué más da) no se comenta... se hace. Y punto. Porque ahí está el placer, y porque en el año 2016 de nuestro Señor, el tema ése nos sigue dando un corte del copón. Lo que pasa en la cama es como lo que pasa en Las Vegas: está de putísima madre (en teoría), pero ahí se queda. Al salir, ni mu del pecado. Por suerte, ahí está la invención más intrusiva de todas (esto es, la cámara) para entrar donde en principio no se debe, para tirar de la manta, para levantar lo que haga falta, par hablar de lo que nos ruboriza... en definitiva, para que al final de la sesión, hayamos aprendido algo sobre aquello que siempre quisimos saber, pero no nos atrevimos a preguntar.

Por suerte, detrás (y delante) del instrumento del voyeur se encuentra Paco León, que con éste su tercer largometraje sigue consagrándose como uno de los talentos más frescos y potentes de nuestra cinematografía. Después del imprescindible díptico de presentación de ''Carmina'', en el que realidad, ficción y familia formaban parte del mismo lazo sanguíneo, el cómico nacido en Sevilla da un paso más en el camino para auto-definirse como lo que cada vez está más claro que es: un -puto- genio de los cojones, y perdón por la vulgaridad, pero hay temas con los que no deberían emplearse palabras no-ofensivas. Consciente de ello, el director, co-guionista y co-protagonista de la cinta deja claro, ya desde la primera escena, que no tiene miedo a dar ese pequeño / gran paso: el que nos lleva de la blancura de la insinuación a la suciedad del polvo. Hemos venido a lo que hemos venido (dígase claro: a follar, ¿no?), y a pesar de que, al fin y al cabo, no nos engañemos, mandan los imperativos del cine no necesariamente comercial, pero sin duda comercializable, es de aplaudir el que no se perciba miedo alguno a la hora de abordar algunos de los mayores tabús impuestos por la misma industria.

Recordemos, sino, la infame 'Cincuenta sombras de Grey', despropósito rematado por la -irrisoria- castidad con la que se trataban temáticas supuestamente tan picantes y, por lo visto, tan insoportablemente incómodas. En este último aspecto es donde Paco León se crece. Tanto él como, claro está, sus genitales, cuya forma cuadriculada se impone en la presentación y posterior desarrollo de los distintos frentes, cada uno en forma de atracción sexual inconfesable. No lo olvidemos, nos movemos entre sábanas, es decir, donde la atracción se convierte muy fácilmente en fobia. Así, palabrotas como Dacrifilia, Elifilia, Somnofilia y Harpaxofilia (exacto, se puede ser guarro y estiloso a la vez, y si no, atentos a la fotografía de Kiko de la Rica) se convierten en la excusa ideal, no sólo para articular la coralidad del texto, sino también para activar las risas en el patio de butacas y obviamente, para poner a prueba los limites del espectador. No en vano, en uno de los pocos aspectos en que 'Kiki, el amor se hace' no es irregular es a la hora de desconcertar, tanto para mal como, sobre todo, para bien. No solo en la manera de bascular entre una historia y la otra, sino a la hora de explorar las posibilidades que éstas ofrecen... sin pensar demasiado, durante el proceso, en unas consecuencias que de ninguna manera pueden detectarse en el caliente de la cama. No hay dudas al respecto, el amor, o lo que sea esto, se hace.
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13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Primavera en Normandía
Primavera en Normandía (2014)
  • 5,6
    898
  • Francia Anne Fontaine
  • Gemma Arterton, Fabrice Luchini, Jason Flemyng, Isabelle Candelier, ...
6
Madame Bovery
Entre baguette y baguette, al pobre Martin se le escapaban cada vez más suspiros. En éstos, se le iba de paso buena parte de su propia vitalidad. Podía contar con los dedos de las manos los años que habían pasado desde que su padre muriera y, consecuentemente, él se viera obligado a volver a Normandía para recuperar el negocio familiar. Tampoco hacía tanto de esto, le decía el calendario, pero las entrañas opinaban que ya había pasado, mínimo, una eternidad y media. Con su carnet de identidad, pasaba tres cuartos de lo mismo. Cada noche, antes de irse a dormir, y cuando se aseguraba que nadie le miraba, sacaba de la cartera aquel maldito documento, localizaba la calculadora y se ponía a hacer restas. ''Veamos, si hoy estamos a... y yo nací el... esto significa que...'' Aquello no eran matemáticas, era auto-fustigación pura y dura. Su ojos veían aquella terrorífica cifra, pero su cerebro se negaba a procesarla. ''No. De ninguna de las maneras... esto no puede ser''. El pobre Martin se había hecho viejo, pero él no se sentía así. ¿Qué le había pasado? ¿Cómo había llegado a este punto?

Varios factores. El primero, el más obvio. La edad, que por mucho que no fuera aceptada, seguía estando ahí. Pesando. El segundo, la memoria, recordatorio constante de lo que hubiera podido llegar a ser... pero nunca fue. El tercero, la ubicación. La campiña francesa, realmente a pocos kilómetros del mundo civilizado, pero por lo visto, a varios siglos de distancia. El aislamiento, que no sólo era geográfico, era asfixiante. El cuarto era el más importante de todos porque, básicamente, era el resultado lógico de la suma de todos los puntos anteriores. Martin, literato devoto, y de profesión panadero, se aburría. Se aburría soberanamente. Tanto, que a veces pensaba que el tedio en el que se había sumido su día a día, algún día de estos le impediría respirar. Éste sería su triste final. Cuando menos lo esperara, la pesada de su mujer, harta de que sus grititos no encontraran respuesta, iría corriendo a la trastienda para pegarle la enésima bronca, y ahí se lo encontraría, tendido sobre la mesa, nadando, en ridículo rigor mortis, en la harina que a lo largo de la última eternidad y media, se había convertido en su sustento y condena.

Hasta que dos nuevos elementos se introdujeron en la ecuación, cambiando para siempre el resultado final de todas las variables. Cuando parecía que el aburrimiento normando iba a invadir los últimos rincones del alma de Martin, aparecieron los nuevos vecinos. Una joven pareja de recién casados británicos, dispuestos ambos dos a vivir un sueño romántico a la francesa, alejados de los negros nubarrones de su país natal. Él se llamaba Charlie y ella Gemma. Gemma Bovery. ¿Perdón? ¿Cómo ha dicho? ¿Gemma Bovery? Indeed. Al panadero se le iluminaron los ojos, y por primera vez desde hacía una eternidad y media, se acordó de sonreír. Éste podría ser perfectamente el punto de partida de 'Primavera en Normandía' (horrorosa traducción del título original 'Gemma Bovery'), si no fuera porque el grueso de la narración está planteado a modo de flashback que, en principio, pretende esclarecer las razones del drama con el que inicia la película. A saber, el bueno de Charlie ha montado una fogata en el jardín de su casa. En ella, arroja todo lo que le recuerde a Gemma... porque efectivamente, Gemma ya no está. Se fue. C'est la vie. Y a partir de ahí, a investigar.

Para ello, aparquemos los reparos morales, porque no hay nada mejor que el diario personalísimo de ella. Para todo esto, ya puestos, nadie mejor que Fabrice Luchini, ilustre fisgón que aquí, cómo no, se siente como pez en el agua. Como ya hiciera en, por ejemplo, 'En la casa', se enfrasca (y nos enfrasca a nosotros, de paso) en la lectura de esos textos cuyo carácter prohibido no hace sino añadir incentivos (en forma de morbo, todos ellos) al asunto. De esto va, mayormente, la nueva película de Anne Fontaine, y de esto iba también, la novela gráfica originaria de Posy Simmonds. De la -irresistible- tentación del voyeurismo. De cómo ésta se convierte, irónicamente, en el mejor espejo de nosotros mismos. De todo y, claro está, del aburrimiento. A Flaubert y a su Madame Bovary nos remitimos. El resto corre a cargo de esa pedantería tan característica de la región (hablamos tanto de Normandía como de Francia, en general), eternamente obcecada en que la ficción artística se encuentre con la farsa vital. Manías intelectualoides... tics de gente que, evidentemente, se aburre a más no poder.

Afortunadamente, Fontaine es consciente del origen del problema, con lo que decide poner la distancia suficiente entre narrador y narración. Con esto, y con un muy hábil juego con los puntos de vista, consigue convertir esta 'Primavera en Normandía' en un divertido y desconcertante (en el mejor de los sentidos) artificio que rinde muy bien tanto en la reflexión como en el ''simple'' entretenimiento. Como recopilación de infidelidades conyugales, satisface por la carnalidad de la Arterton y de sus compañeros de baile; como maliciosa y juguetona manipulación de los tópicos que rigen en el género del drama romántico (y ahora sí que sólo hablamos de cine) sorprende, y a ratos cautiva, por esa inquietante e hilarante mirada de Luchini, entrañablemente grimosa, con la que, una vez más, uno puede verse tan fácilmente identificado. El rush final (que recordemos, es en realidad el inical), tan alocado en el contenido como lúcido en las formas, confirma las buenas sensaciones que la directora ha ido insinuando a lo largo de una primera hora y cuarto de metraje en que drama y comedia se han sucedido con la misma gracia en que realidad y ficción se solapan en los buenos universos meta-artísticos. Que no nos pueda el aburrimiento al que normalmente nos somete la cartelera. Las apariencias engañan, y ésta, por todo lo comentado, no es ni mucho menos ''una película más''. Es algo especial. Casi único.
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1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil