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Críticas de polvidal
Críticas ordenadas por:
Nightcrawler
Nightcrawler (2014)
  • 7,3
    35.413
  • Estados Unidos Dan Gilroy
  • Jake Gyllenhaal, René Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, ...
8
Atención: Esta película puede herir su sensibilidad
La imagen de Pedro Piqueras advirtiendo a los espectadores de lo espeluznantes, terroríficas, sobrecogedoras que son las imágenes que vienen a continuación sobrevuela todo el metraje de Nightcrawler. Uno se lo imagina cuál Rene Russo, la directora de informativos en esta adictiva ficción, salivando con el material audiovisual más impactante y sanguinario, sufriendo auténticos orgasmos sólo de pensar en los picos de audiencia del día siguiente. Es la lectura más fácil, la de criminalizar a las televisiones, empresas desalmadas sin otro objetivo que el lucro. Pero el punto de mira de esta maravillosa opera prima en realidad es mucho más amplio. Apunta directamente a nuestra frente.

Ese personaje abominable y sin escrúpulos que representa Lou Bloom es el espejo, hiperbolizado si se quiere, en el que todos podríamos reflejarnos. Porque ¿quién no ha provocado colas kilométricas en la autopista para retener el máximo de detalles tras un accidente de tráfico? En plena vorágine de smartphones y redes sociales ese morbo casi inherente a nuestra condición humana se ha agudizado, se ha perfeccionado para adecuarse a los cánones del periodismo, esa profesión degradada que cualquiera es capaz de aprender en cuestión de minutos.

Sorprende la rapidez con la que un pobre desgraciado asume las leyes más elementales y menos reputadas del periodismo actual, el que tanto abre los titulares de Piqueras como moviliza a la redacción de Ana Rosa Quintana. Una cámara y cero escrúpulos son suficientes para convertir a un don nadie en un codiciado proveedor de contenidos truculentos. En ese sentido, Nightcrawler no escatima en escenas y diálogos brillantes sobre el mercadeo de noticias, esa subasta en la que la vida de un blanco de un barrio residencial tiene más valor que un tiroteo entre dos bandas hispanas.

Jake Gyllenhaal y Rene Russo representan el tándem perfecto sobre el cinismo y la ambición del periodismo más incómodo. Hay conversaciones entre ellos, sobre todo la que acontece en un restaurante mejicano, que son magistrales lecciones sobre la inmoralidad. Estímulos verbales en una cinta cargada de clímax, que no da pie al descanso en su alocada búsqueda del suceso más rentable y macabro, que funciona perfectamente como película de acción, como thriller oscuro y, sobre todo, como profundo retrato de un antihéroe.

Porque Nightcrawler sería impensable sin la mirada gélida y perturbadora de Jake Gyllenhaal. Lleva ya tiempo demostrando lo bien que le sienta el lado oscuro. Lo hizo el año pasado con Prisioneros y poco después con Enemy, pero ha sido con este impresionante debut de Dan Gilroy que el actor se ha adentrado de lleno en los suburbios más oscuros de la interpretación, los que ponen los pelos de punta pero no reciben ningún tipo de gratificación. Importa bien poco. Lo que es noticia lo deciden unos. Lo que perdura lo decidimos entre todos.
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8 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia)
Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia) (2014)
  • 7,1
    69.052
  • Estados Unidos Alejandro González Iñárritu
  • Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Zach Galifianakis, ...
8
Nada es por amor al arte
Al final, todo se reduce al ego. El que los actores necesitan alimentar cada vez que suben a un escenario o se plantan delante de una cámara, pero que camuflan bajo el manto del arte, como un acto altruista hacia los espectadores, como un bien social. O como el que se autoadministran los críticos cuando señalan el rumbo de una obra tras la comodidad de una pantalla de ordenador, conscientes de su poder de movilización de masas. Si ya a pequeñísima escala uno ya escribe pensando en el número de seguidores, en la relevancia social, qué no ocurrirá con los grandes astros del cine, almas en el fondo acomplejadas en búsqueda constante del titular.

Sobre esa industria del entretenimiento, siempre necesitada de teletipos, y sobre los que de alguna manera se encuentran atrapados en ese círculo vicioso trata valientemente Birdman. No sólo porque lanza escupitajos hasta al apuntador, público incluido, sino porque supone un giro radical en la carrera de su director, un Alejandro González Iñárritu bastante habilidoso en el terreno del drama social pero que ahora se demuestra también virtuoso en un ámbito mucho más complicado, el de la crítica intelectual.

Porque la historia de Riggan, una estrella del cine de superhéroes en horas bajas, es todo un mazado de crudeza y honestidad para un star-system tan ocupado mirándose el ombligo, tan autoconsciente de su trascendencia, que no se da cuenta de lo volátil y efímera que se ha convertido la fama. En la era de los tweets, las visitas y los fenómenos virales, la lucha por el trending topic se ha vuelto encarnizada, hasta el punto que los minutos de gloria se alcanzan a base de esperpentos.

Riggan se encuentra inmerso en esa espiral de constante insatisfacción, obsesionado con llegar a un público anónimo y desalmado, una audiencia ávida de la carnaza suficiente para rellenar sus conversaciones de bar y sus timelines, ese otro foro del narcisismo en el que todos buscamos nuestro pequeño espacio de relevancia. De ahí que la escena del protagonista corriendo en calzoncillos por Times Square, ante cientos de smartphones en busca del mejor ángulo, sea tan brillante y paradigmática de la situación actual, que sólo puede condenar al fracaso y la frustración a aquellos que buscan sobresalir con dignidad de la muchedumbre.

Rodada en un falso plano secuencia, por momentos asfixiante, Birdman en realidad está plagada de pequeñas grandes escenas, en las que interpretaciones, diálogos y puesta en escena se alinean a la perfección para dejar en evidencia el show business. El rapapolvo de la hija de Riggan (fantástica e irreconocible Emma Stone) o la conversación con la todopoderosa crítica del The New York Times la noche antes del gran estreno de Broadway con el que el protagonista busca encauzar su carrera no tienen desperdicio, por no mencionar la batalla interior que Michael Keaton libra con su propia conciencia, un superhéroe alojado en el pragmatismo del dólar.

En un ejercicio de metaficción sobresaliente, Iñárritu escoge un plantel de actores cuya situación real encaja perfectamente con el argumento de la cinta. Un olvidado Keaton busca despegarse de la máscara del hombre murciélago con un registro radicalmente distinto, pero un intérprete más consolidado (Edward Norton se sale durante todo el metraje) eclipsa en cierta manera su enorme esfuerzo. Al final, Birdman es el mejor ejemplo de su propia máxima: la popularidad se persigue, pero el prestigio se gana. Iñárritu, desde luego, se lo ha ganado.
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9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
St. Vincent
St. Vincent (2014)
  • 6,5
    9.645
  • Estados Unidos Theodore Melfi
  • Bill Murray, Melissa McCarthy, Naomi Watts, Jaeden Lieberher, ...
8
Mejor dejarse llevar
Juntemos a un niño adorable con un viejo refunfuñón y obtendremos enseguida el filme sensiblero perfecto. Si encima lo aderezamos con una exótica prostituta y una madre en apuros, la fórmula se convertirá en infalible. Es el secreto que pregona a voces St. Vincent, una película que en ningún momento disimula su voluntad de tocar la fibra sensible y ante la que únicamente caben dos actitudes: el escepticismo o la entrega absoluta a la causa lacrimógena. Evidentemente, para garantizar una experiencia plena y satisfactoria se recomienda encarecidamente dejarse arrastrar por todos y cada uno de sus trucos. Saldrán de la sala totalmente renovados.

La historia se repite. Un jubilado antisocial y solitario se ve forzado a convivir con personas de bien, que irrumpen en su vida sin previo aviso y trastocan los cimientos de su desestructurada existencia. En este caso es una madre separada y su hijo de catálogo, tan avispado, sensible y educado que sólo podía estar destinado a un bullying de campeonato. El cuarteto se completa con una prostituta rusa, fantástica Naomi Watts en el papel más zafio y sorprendente de su carrera. Cóctel de personajes antagónicos obligados a extraer su buen fondo.

Porque en películas como St. Vincent no hay lugar para la maldad. Hasta el ser más execrable esconde un motivo que justifica su odio hacia el universo. Y desde el primer minuto del metraje sabemos que de un ser abominable como el que protagoniza Bill Murray terminaremos extrayendo las mejores intenciones. Lo vivimos con el Melvin de Jack Nicholson en Mejor… imposible (el entrañable perro se sustituye aquí por un lindo gatito) y más recientemente con Max von Sydow en Tan fuerte, tan cerca. Sabemos que terminaremos encariñándonos con el viejo cascarrabias. Y probablemente por ese pacto implícito entre el guionista y el espectador la pócima sigue funcionando sin fisuras.

Murray se entrega en cuerpo y alma. Quizá no llegue a la brillantez de Nicholson pero a su favor cuenta con el mérito de otorgar la máxima credibilidad a un personaje mucho más arquetípico, que roza e incluso traspasa por momentos lo caricaturesco. Si existe un manual del perfecto antihéroe de ficción, Vincent lo cumple a rajatabla. El niño antagonista tampoco se queda corto, hasta el punto que uno se pregunta dónde narices encuentran a pequeños actores tan convincentes (por favor, que alguien le pase referencias al cine español). Un elenco de altura para una ópera prima que probablemente no sobreviviría a otro plantel.

En todo caso, y obviando la estratagema de la cinta para activar nuestras glándulas lagrimales, St. Vincent funciona con suma eficacia en su afán de entretener y emocionar. Que seamos capaces de vaticinar con suma precisión el desenlace no la hace menos disfrutable. Justo lo contrario. A veces, la magia del cine consiste en arrastrarnos a un mundo utópico en el que todo el mundo tiene derecho a la redención y a las segundas oportunidades. Tan falso y cursi como las navidades, ante las que siempre vale más entrar al trapo que cargarse de amarga incredulidad.
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9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mommy
Mommy (2014)
  • 7,5
    13.473
  • Canadá Xavier Dolan
  • Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément, Alexandre Goyette, ...
9
Después de Mommy, ¿quién puede odiar a Dolan?
Cuenta Xavier Dolan que escribió Yo maté a mi madre como venganza hacia su progenitora tras una sonora bronca y que Mommy le ha servido para resarcir aquella puñalada. Chico complicado debe ser este canadiense que sin embargo con sólo 25 años ha logrado gestar cinco notables películas, la última de ellas sin duda la más emocionante e intensa. Bonita manera de reconciliarse con una madre, regalándole a ella y a medio mundo el homenaje más puro y honesto, libre de atajos y almíbar.

Es admirable cómo Dolan ha conseguido labrarse en tan poco tiempo una legión de seguidores y detractores tan pronunciada. Y resulta bastante sencillo identificarse con ambas posturas. Mientras los primeros, modernos ellos, han encontrado en el joven director el soplo de aire fresco que hacía falta en sus vidas, los haters siguen centrándose en la extrema juventud y en las evidentes influencias del que consideran otro niño caprichoso con ínfulas de cineasta. Fácil empatizar hasta ahora, porque a partir de Mommy es imposible negarle al canadiense un talento que desborda cualquier tipo de antipatía.

Dolan ya ha rechazado públicamente a Almodóvar, Tarkovsky o Fassbinder como fuentes de inspiración. En un ataque de sinceridad (o de arrogancia) asegura que su mayor influencia está en películas que vio de niño. Filmes como Batman, Sra. Doubtfire o Titanic y que certifican que, o bien el resto de mortales no supimos entenderlas o bien este chico cuenta con una mente privilegiada. Porque resulta impensable encontrar en cualquiera de ellas una mínima semejanza con Mommy.

¿Cómo abordar la compleja relación entre una madre viuda y su hijo adolescente con TDA e hiperactividad sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia? Las señas de identidad de Dolan, ese cierto histrionismo verbal y visual, no parecían las más adecuadas. El formato 1:1, sin ir más lejos, se antojaba como un recurso gratuito y desesperado para llamar la atención y, sin embargo, adquiere enseguida un sentido en la trama que no hace sino reforzar el mensaje de libertad y opresión, los dos estados de ánimo entre los que esta obra maestra se mueve con pasmosa habilidad.

Como si de su propio alter ego se tratara, el Steve que construye Dolan también busca desesperadamente captar la atención del espectador. No es un protagonista amable, puede provocar rechazo, y en cambio Antoine-Olivier Pilon lo convierte en un ser entrañable, capaz de generar una gran complicidad no sólo con sus dos compañeras de reparto, soberbias tanto Anne Dorval como Suzanne Clément, sino con toda una platea sumergida en ese maravilloso microcosmos construido por un trío de seres marginales.

Porque lejos de una relación maternofilial habitual, la de Steve y su madre se adereza con una tercera presencia indispensable, la de una vecina tartamuda con vida acomodada pero nada plena. Un vacío que llenan dos seres inestables, violentos, imprevisibles, pero tan puros y transparentes que son los únicos que consiguen que las palabras fluyan de su boca sin cohibiciones ni miedos. Hay momentos entre estos tres protagonistas que son la mejor representación de la felicidad que se haya proyectado nunca en pantalla. Y sí, uno de ellos lo protagoniza una canción de Céline Dion.

Entre la libertad y la opresión, decíamos, se va desenvolviendo esta preciosa historia, que refleja pero no edulcora la complejidad de las relaciones humanas, cargadas de sueños, de esperanza, de felicidad, pero también de miedos, desaliento y decepciones. Por todos esos estados de ánimo va pasando detenidamente Xavier Dolan, con una madurez incontestable y una asombrosa puesta en escena. A críticos o fans, espectadores todos, sólo nos queda rendirnos ante la evidencia de que, efectivamente, estamos asistiendo a la consolidación de un pequeño gran autor. Filias y fobias aparte, es innegable que Mommy es pura y llanamente una genialidad.
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13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 1
Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 1 (2014)
  • 5,6
    37.504
  • Estados Unidos Francis Lawrence
  • Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Philip Seymour Hoffman, ...
5
Noshajo (Parte 1)
Nos ha jodido de nuevo la industria de Hollywood. No contenta con disponer de trilogías que expanden su negocio a lo largo de tres largos años, decide implantar la moda de desdoblar la última entrega, como en su día hicieron Crepúsculo y previamente la heptalogía reconvertida en octología de Harry Potter. Así, nos encontramos en Sinsajo Parte 1 con unos preliminares inútilmente extendidos que culminan en un frustrante coitus interruptus con promesa de orgasmo tántrico, el que a priori nos proporcionará (dentro de otros interminables doce meses) Sinsajo Parte 2. Sólo se me ocurre una forma de analizar un filme dividido en dos y es utilizando su maquiavélico método, el del [Continuará…]

Los juegos del hambre han pasado a mejor vida. Ahora es momento del Sinsajo y para una nueva etapa en esta franquicia todavía por descubrir, ya que en esta innecesaria primera parte sólo hay hueco para los preámbulos. Si En llamas repetía con modesto ingenio los logros del debut en pantalla grande de Katniss Everdeen, Sinsajo se adentra en los preparativos de una futura revolución, la que enfrentará a los distritos desprotegidos contra el Capitolio liderado por el presidente Snow, una batalla que… [Continuará…]

¿Cómo llenar dos horas con una gran nada argumental? Pues con grandes disertaciones, situaciones forzadas, alguna excesivamente cómica, y un gran final que por fin caliente motores. Quince minutos finales que no compensan el resto de metraje, en el que asistimos al declive de una Katniss en horas bajas, sujeto pasivo en manos de unos líderes revolucionarios que la teledirigen de igual forma que el reality show que le dio fama y gloria. Una lideresa en stand by que sin embargo está llamada a triunfar… [Continuará…]

La única razón de Sinsajo Parte 1 es su insistente reflexión sobre cómo se construye un héroe de masas. Una crítica nada sutil a los mecanismos de manipulación ciudadana que pierde fuerza precisamente por la obviedad de su planteamiento, hasta el punto que uno termina aborreciendo a todo el equipo de asesoramiento de imagen de Katniss, nuevamente convertida en un títere sin ningún margen para la improvisación. Pero una vez diseñada la estrategia de conquista del poder, es evidente que la protagonista desplegará de nuevo sus alas de fuego para dejarnos otra vez… [Continuará…]

Mientras llega ese esperadísimo desenlace, este sinsajo en forma de burdo negocio ya ha conseguido su cometido, reventar las taquillas de medio mundo. Poco importa si el guión es fiel a la novela original o si el espectador puede llegar a sentirse estafado por una maniobra que resquebraja en dos el apoteósico clímax final. El caso es que el año que viene pasemos de nuevo por caja y en fila india. ¿Habrá merecido la pena? [Continuará…]
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16 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Interstellar
Interstellar (2014)
  • 7,9
    93.644
  • Estados Unidos Christopher Nolan
  • Matthew McConaughey, Anne Hathaway, David Gyasi, Jessica Chastain, ...
6
¿Qué tal un viaje al espacio interior?
Después de este viaje a los confines del universo, ¿qué le queda por explorar a Christopher Nolan? El director ha entrado en una espiral de ambición y desmesura que le costará mucho abandonar, sobre todo porque su legión de seguidores también se ha dejado arrastrar por un rumbo hacia el quién da más muy difícil de superar. Cada nuevo proyecto multiplica las expectativas y puede que con Interstellar haya sucedido lo inevitable: la lluvia de decepciones.

Tras el brillante cierre de la trilogía del caballero oscuro, Nolan ha querido elevar su sentido del espectáculo hasta lo más alto, hasta el infinito, brindándonos todos los elementos necesarios para una historia apabullante, inabarcable, la historia total. Apocalipsis, ciencia ficción, romance, filosofía, drama. 170 minutos abrumadores, algunos deslumbrantes, pero que sobre todo en su tramo final nos hacen desear que el inglés toque por una vez de pies a tierra.

Su delirio por la física en general y por las singularidades espaciotemporales en particular quedó exótico y resultón en la sobrevalorada Origen. Algunos todavía siguen devanándose los sesos para entender su final. Pero esta vez su farragosa mente ha ido demasiado lejos, aglutinando en el desenlace conceptos tan complejos y situaciones tan disparatadas que a uno se le quitan las ganas de romperse la cabeza para comprender algo que simplemente parece inexplicable.

Tras un prólogo innecesariamente largo pero muy atractivo en el que asistimos a la debacle de una Tierra asaltada por tormentas de polvo y a la presentación del hogar del piloto Cooper, Interstellar despega hacia un apasionante cosmos de agujeros de gusano, planetas inexplorados y todo lo que hace del espacio ese lugar misterioso y tan fascinante para los terrícolas. Abducidos por la belleza de las imágenes, entendemos por qué el universo es uno de los temas científicos más consumidos por la audiencia. La atracción por lo desconocido se hace palpable en una cinta que aprovecha al máximo su enorme despliegue de medios.

Hasta ese momento, Nolan intercala de forma notable las aventuras galácticas de Cooper con sus dramas terrenales, junto a un esfuerzo de divulgación de los conceptos más complejos que hacen de la película una experiencia de lo más disfrutable. Lástima que el tráiler desvelara más de la cuenta sobre los planetas inexplorados, porque esa ola gigante o ese paisaje helado resultarían mucho más impactantes si pillaran al espectador desprevenido. En cualquier caso, las diferentes percepciones del paso del tiempo y los videomensajes del astronauta con su familia consiguen la dosis de emoción necesaria para sostener la película.

Pero de repente Interstellar decide introducirse de lleno en un agujero negro de reacciones inverosímiles (las de una determinada estrella invitada), de situaciones indescriptibles e insufribles, incluso cómicas (el fantasma de la librería), que desembocan en un final sonrojante. ¿Tres horas de metraje, de elenco de infarto y de poderío visual para terminar en zona de confort y con sensación de déjà vu (¿de nuevo los edificios colgantes?)? Cabe advertirle al señor Nolan que con tanto aturdimiento corre el riesgo de aburrir. Para próximos viajes quizá le convenga explorar paisajes menos grandilocuentes, más cercanos. ¿Qué tal un viaje al espacio interior?
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5 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dos días, una noche
Dos días, una noche (2014)
  • 6,8
    10.949
  • Bélgica Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
  • Marion Cotillard, Fabrizio Rongione, Pili Groyne, Simon Caudry, ...
8
Insolidaridad obrera
No hace falta recurrir a los periódicos. La sencilla trama de una empleada que busca mantener su trabajo convenciendo a sus compañeros para que renuncien a una prima es el reflejo perfecto de una situación económica que desangra a los más necesitados y, por extensión, el retrato más fiel de un sistema social perverso donde el bien común es el menos común de los bienes.

Este viaje puerta a puerta de Sandra es en realidad una dolorosa ruta hacia nuestra conciencia, o para ser más exactos, hacia nuestra ausencia de ella. Porque aunque desde la butaca del cine contemplemos con estupor los argumentos que van esgrimiendo sus compañeros para amarrarse a los ansiados 1000 euros, todos sabemos que el altruismo se diluye en cuanto pica al timbre e invade nuestro territorio. De ahí que Dos días, una noche sea tan jodidamente paradójica, enfrenta a nuestra vertiente solidaria con nuestro lado más profundamente miserable.

Las diferentes reacciones ante el ruego de Sandra, que se siente mendiga, son fácilmente reconocibles, desde el que reclama su pleno derecho a la prima hasta el que le echa en cara su osadía, pasando por la que directamente se esconde tras la puerta. Respuestas ingratas, cobardes, despreciables, que la protagonista va encajando con sorprendente educación. El espectador espera que en algún momento su estado inestable, comprensible, la lleve en algún momento a estallar. Pero los hermanos Dardenne mantienen casi todo el tiempo la contención, el respeto y la coherencia hacia un personaje que para colmo padece depresión.

Marion Cotillard asimila con pavorosa verosimilitud el estado de tristeza y decaimiento de una madre recién salida del precipicio y abocada de nuevo al borde por culpa de una maquiavélica crisis económica. La misma que coloca a los trabajadores de una pequeña empresa entre la espada y la pared. La que deja el futuro de una empleada en manos de sus compañeros y la sitúa en el punto de mira, juzgando sus facultades mentales y su capacidad laboral a cambio de una renuncia que nunca será gratuita.

Por suerte, la cinta no es lo suficientemente pesimista (o realista) y abre un resquicio para la esperanza. La reacción de uno de los trabajadores cuando recibe la visita de Sandra pidiendo clemencia es de las que pone los pelos de punta y devuelve en cierta manera la confianza en el género humano. El desenlace, sin desvelar spoilers, es otro ejemplo de hasta qué punto los Dardenne han preferido ser misericordiosos con sus congéneres.

Dos días, una noche realiza un recorrido por momentos frío y aséptico en torno al compromiso social, ese concepto hueco plagado de intereses individuales y falsa condescendencia. Todo un azote a nuestra dudosa ética que nos sitúa ante una gran disyuntiva moral, contemplar la obra desde el escepticismo o lanzarse a los brazos de la fe en la humanidad. Para ambas posturas la película será igualmente una auténtica genialidad.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Relatos salvajes
Relatos salvajes (2014)
  • 7,7
    59.564
  • Argentina Damián Szifrón
  • Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas, ...
9
Yo quiero ser Szifrón
Pedro Almodóvar ha estado más presente que nunca en la última edición del festival de Sitges. Aunque sea indirectamente. Primero, tras deshacerse en elogios hacia Carlos Vermut y su Magical girl, “la gran revelación del cine español en lo que va de siglo”. Alabanzas del manchego que llegan justo días antes del estreno simultáneo de su última adquisición, una Relatos salvajes que llega precedida de una enorme campaña a favor. Y no es para menos. En un gesto solidario, imprevisto para sus detractores, Almodóvar invita “vehementemente” y en carta abierta a ver los dos filmes, proyectados ambos en el certamen fantástico. Imprescindible recomendación.

Los hermanos de El Deseo han puesto el ojo en un joven talento argentino, Damián Szifrón, que con su tercer filme se ha abierto de par en par las puertas del cielo. O más bien del infierno, porque esta antología sobre las miserias mundanas traspasa los límites de la corrección y se coloca en un oscuro, absolutamente placentero, extremo en el que no hay lugar para el decoro. Un descenso a las profundidades de nuestro lado más irracional que convierte a Un día de furia en un mero juego de niños.

Porque esta especie de mujeres y hombres al borde de un ataque de nervios no recurre al humor costumbrista de la obra emblemática de Almodóvar sino a un humor negro, negrísimo que la convierte en una experiencia mucho más hilarante. Cada uno de estos seis salvajes relatos, con la desesperación como único nexo en común, representa una pequeña obra de arte, en la que guión y puesta en escena andan perpetuamente de la mano. Como un perfecto matrimonio.

La historia de apertura ya es absolutamente brillante. Mediante un diálogo de lo más ingenioso, los pasajeros de un avión van descubriendo poco a poco que les une algo más que el lugar de destino. Y lo que comienza como un apacible viaje termina derivando en un episodio de histeria colectiva desternillante. Los aplausos en el auditorio del hotel Melià de Sitges no se hicieron esperar. El público intuye desde el primer momento que asiste a una gozada inmejorable.

El gran reto de un filme dividido en seis cortos es mantener el interés del espectador a lo largo de todo el trayecto. Sin embargo, Szifrón consigue que todos y cada uno de los relatos no tengan desperdicio, desde el que sigue a los títulos de crédito en un bar de carretera (con una fantástica Rita Cortese) hasta la guinda de pastel nupcial que cierra la cinta, con otra mayúscula Erica Rivas. Aunque el capítulo más redondo es el que protagoniza Leonardo Sbaraglia en una carretera desértica que ríete tú de El diablo sobre ruedas. El absurdo de la violencia cotidiana elevado a la enésima potencia.

Relatos salvajes es un fantástico decálogo contra la compostura, una inteligente locura que caricaturiza la jungla que en realidad se esconde tras nuestra aparente sociedad civilizada. Una sátira sobre la sinrazón humana absolutamente paradójica. Mientras el común de los mortales nos deleitamos con este ensayo sobre nuestra propia estupidez, rabiamos de envidia hacia su creador. Envidia y celos por no disponer de una mente privilegiada, la de Damián Szifrón, que desborda talento e ingenio en cada fotograma.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Orígenes
Orígenes (2014)
  • 6,8
    22.539
  • Estados Unidos Mike Cahill
  • Michael Pitt, Brit Marling, Astrid Bergès-Frisbey, Steven Yeun, ...
9
Una maravilla que cautiva la vista y despierta emociones
“Ahora mismo existe un extraño miedo al sentimiento”. Lo dijo Mike Cahill durante la presentación de su última película en el festival de Sitges. Y debe andar en lo cierto, porque hacía tiempo que una película no me ponía los pelos de punta. Nada menos que en tres ocasiones. Tres maravillosos instantes con los que Orígenes ya se gana un ineludible visionado pero que son sólo tres reacciones subjetivas ante un filme elegante, reflexivo y muy redondo. Una de las más gratas sorpresas del certamen fantástico.

La primera respuesta epidérmica se produce al poco tiempo de empezar la película, cuando Ian Gray, un estudiante de biología molecular, se queda prendado de un par de ojos multicolores. Inmortalizados con su cámara, son el único rasgo que conserva de la misteriosa joven que conoció en una fiesta de disfraces. A partir de ahí comienza una intensa búsqueda que culmina en un vagón de metro con unos cascos y la magnífica canción que dio comienzo a su relación. La gran historia de amor a primera vista que sólo unos pocos afortunados vivirán más allá de la gran pantalla.

Pero el romance en Orígenes no se ciñe exclusivamente a la pareja que forman Michael Pitt y la bellísima Astrid Bergès-Frisbey. Es también el reflejo de una pasión tan poco atractiva para el cine como la pasión por la ciencia. Los hipnóticos primeros planos de iris son el estímulo visual para poder plasmar la obsesión del joven científico y su becaria por encontrar el origen del ojo humano. Una visión romántica de la investigación que conducirá a un intenso debate entre la razón y las creencias.

Antes de alcanzar el tono más reflexivo, cuando parecía todo encarrilado, la trama da un giro de 180 grados. Una escena imprevista, un duro golpe al espectador con el que Cahill provoca el segundo gran erizamiento de piel, no sólo por el sorprendente suceso sino también por su poderoso tratamiento audiovisual. El shock ahoga el sonido, el grito de dolor que sólo un gran trauma impediría escuchar. Una de las grandes interpretaciones en la interesante carrera de Michael Pitt.

Y la tercera gran conmoción, capaz de hacerte levantar para aplaudir a su responsable, se reserva para el final del metraje, cuando Orígenes se adentra en la India y en el manido tema de la reencarnación. De manera intrigante y espléndida, Cahill nos va planteando el eterno dilema entre ciencia y religión, apelando primero a los datos y a la propia experiencia después. El razonamiento y la observación a los que se debe todo científico quedan en entredicho ante las puertas de un ascensor. Sobrecogedora escena que devuelve la fe en los milagros, al menos en los que pueden llegar a producirse en una platea.

Puede que Cahill tenga razón, que los sentimientos no se prodiguen últimamente en el cine. Quizá por eso Orígenes se degusta como aire fresco, sin el sabor rancio de las películas románticas y con un filtro pretendidamente moderno, hipster para algunos, que se aplica desde en la puesta en escena hasta la banda sonora. Una maravilla que cautiva la vista y que, sin rozar la cursilería, despierta emociones.
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99 de 124 usuarios han encontrado esta crítica útil
Musarañas
Musarañas (2014)
  • 6,2
    11.691
  • España Juanfer Andrés, Esteban Roel
  • Macarena Gómez, Nadia de Santiago, Hugo Silva, Luis Tosar, ...
7
El gran salto de Macarena Gómez
La conocemos por su particular físico, de ojos saltones y figura enclenque. Intuíamos su talento, que se entrevé por las rendijas de pequeños grandes papeles, casi siempre dotados de garra, histeria y nervio, los mismos atributos por los que Penélope Cruz recibe Oscars. Pero ella jamás se ha encontrado con las puertas abiertas de par en par. Percibíamos su potencial pero nunca tuvimos la oportunidad de explorar sus registros más allá de la comedia. Hasta que llegó Álex de la Iglesia y lo apostó todo por ella. Macarena Gómez.

Musarañas es la gran ocasión de la cordobesa para demostrar a sus miles de incondicionales que tenían razón, que su enorme capacidad para hacernos reír era sólo un indicio de su gran desparpajo frente a las cámaras. Porque Macarena acepta el reto de un complejo papel protagonista y nos restriega todo el abanico de matices que hasta el momento le habían impedido desplegar. La pequeña, frágil e histriónica actriz, eterna secundaria del cine español, se hace grande, fuerte y solemne gracias a Montse, el personaje más rico y galardonable de toda su carrera.

Montse es una joven costurera auto-recluida entre las cuatro paredes de su hogar. No conoce más mundo. Traumatizada por la muerte de su madre y la agresiva presencia de su padre, se refugia en los brazos de la religión y en el férreo control de su hermana pequeña, construyendo un búnker viciado e impenetrable. Hasta que aparece un apuesto vecino pidiendo auxilio y se remueven los cimientos de la prisión y de su propio equilibrio. De la contención y el autocontrol deriva a un desboque de nervios sin vuelta atrás. Altibajos emocionales que Macarena Gómez extrapola al espectador. Aterra, seduce y enternece con una pasmosa facilidad.

Aseguran que Musarañas la ha dirigido un par de directores noveles, Juanfer Andrés y Esteban Roel, pero por el tono, la atmósfera y, sobre todo, por su desmadre final cualquiera diría que es la nueva película de Álex de la Iglesia. Su implicación en el proyecto parece ir más allá de la mera financiación. No sólo lo confirma la presencia de Carolina Bang en el reparto, también su inconfundible humor negro, que aunque no llega a dominar todo el metraje sí que enturbia el dramatismo y el sosiego que hasta la primera mitad caracterizaba a la cinta.

Musarañas abandona la oportunidad de profundizar en ese ambiente de opresión y claustrofobia en el que vive enclaustrada Montse para entregarse a los brazos de la locura y el desenfreno. Se agradece el delirio al que De la Iglesia nos tiene acostumbrados pero nuevamente se pasa de rosca. Entre gritos, sangre y patadas en los huevos, la cinta va perdiendo carácter y acercándose peligrosamente a los peores vicios del director bilbaíno. Por momentos, hasta la Macarena más cómica parece pedir paso.

Por suerte, la actriz contiene a Lola en Mirador de Montepinar y mantiene el pulso durante toda la cinta. Un thriller meritorio, notable y entretenido pero que se disfrutaría lo mínimo sin la presencia de su gran estrella. Porque si Musarañas cumple un propósito no es otro que el de reivindicar a una actriz en mayúsculas. Macarena Gómez por fin da con esta película un gran golpe sobre la mesa, el que reclama su merecido puesto entre las estrellas y el que le abre las puertas a un nuevo mundo, el de la versatilidad.
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51 de 70 usuarios han encontrado esta crítica útil
[•REC] 4: Apocalipsis
[•REC] 4: Apocalipsis (2014)
  • 4,3
    7.838
  • España Jaume Balagueró
  • Manuela Velasco, Héctor Colomé, Mariano Venancio, Críspulo Cabezas, ...
6
Abriendo Sitges, ¿cerrando saga?
Tal y como recordó su productor, [REC] ha formado parte del festival de Sitges desde sus inicios, cuando debutó por todo lo alto con su atrevida propuesta, hasta sus secuelas, que lo único que han hecho es reforzar la hazaña de su progenitora. Tras una segunda parte que alargaba innecesariamente la trama del edificio barcelonés y una tercera dirigida por Paco Plaza que directamente lanzaba al retrete todas sus virtudes, el desenlace llegaba al Hotel Melià con la presión de cerrar con dignidad la historia de Ángela. ¿Lo consigue? Quizá no con la rotundidad deseada, pero sí al menos con más fidelidad y destreza de la esperada.

[REC]4 arranca con la irrupción del ejército en el antiguo bloque del Eixample, con la misión de derribar el edificio y rescatar a los supervivientes, entre los cuáles se encuentra la famosa periodista. Tras los títulos de crédito, despertamos junto a la protagonista en un buque en alta mar, mediante una elipsis tan desconcertante como rebuscada. En su afán de alcanzar el no va más, Balagueró prefiere sacrificar la coherencia para brindarnos un nuevo escenario que, por otro lado, termina siendo apasionante. No entendemos qué demonios pinta una abuela en camisón o por qué un barco y no una isla, pero nos da igual. Ambos dan su juego.

La apuesta era técnicamente arriesgada y en ese aspecto termina saliendo vencedora. La factura es impecable y demuestra que la gran inversión ha sido debidamente empleada, con unos efectos especiales que no chirrían en ningún momento y que bien podrían provenir del otro lado del Atlántico. La mejor escena de la película, protagonizada por un mono mutante en las cocinas del barco, arrancó una sonora ovación en el público de Sitges. No es para menos. Demuestra que en el apartado técnico la industria española ya puede navegar por libre.

El ritmo de la película es imparable, aunque el manejo de los tiempos sea algo más discutible. Balagueró decide interrumpir las diferentes escenas de acción para intercalarlas simultáneamente, desde un rincón al otro del buque. Lo que para algunos supondrá un buen empleo de los diferentes clímax para mí supone una constante interrupción de la tensión dramática, una manera un tanto burda e insatisfactoria de dosificar la adrenalina en el espectador.

Pero si algo caracteriza esta cuarta y última entrega es la histeria. La que por momentos desprende el montaje y la que desde luego apenas sabe manejar un elenco de actores de perfil bajo. Hay situaciones absurdas, como los gritos de Manuela Velasco a la yaya del camisón, y lo son en buena medida por culpa de su inexperiencia. Salvo las valiosas actuaciones de Héctor Colomé e Ismael Fritschi, el resto del reparto responde al terror sin la naturalidad y el campechanismo de los vecinos que fueron parte del éxito de la primera entrega. Sí, puede que [REC] sea la única saga española de terror, pero como sucede con todas, ha perdido toda su frescura y originalidad por el camino. Y, como todas, terminará volviendo.
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3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cómo defender a un asesino (Serie de TV)
Cómo defender a un asesino (Serie de TV) (2014)
  • 6,9
    6.042
  • Estados Unidos Peter Nowalk (Creator), Bill D'Elia, ...
  • Viola Davis, Billy Brown, Jack Falahee, Aja Naomi King, ...
7
Bienvenidos a ShondaLand
Se ha convertido en todo un talismán. Proyecto que toca Shonda Rhimes, proyecto que se convierte enseguida en un imán para los fieles seguidores de su estilo. Un estilo que la cadena ABC se ha sabido apropiar y que parece contener la pócima perfecta para captar adeptos. Sólo así se entiende que Anatomía de Grey lleve ya once temporadas en antena y que ahora How to get away with murder arrancara el pasado jueves como el mejor estreno de la temporada. Ni Steven Spielberg ni J.J. Abrams. Ella tiene las claves del éxito.

La noche de los jueves ya se ha convertido en la noche de Shonda en la televisión norteamericana y poco pueden hacer sus contrincantes para remediarlo. El desembarco de How to get away with murder ha conformado un trío de ases infalible, el que cierran esta nueva Annalise Keating con Meredith Grey y Olivia Pope. Todo un woman power televisivo con el que Rhimes se ha asegurado un puesto de honor en el olimpo de las más influyentes, marcándose ya un tête à tête con la mismísima Oprah Winfrey.

Con un toque femenino, incluso feminista, consigue convertir el clásico procedimental en un agitado y adictivo enredo. No importa si estamos en los pasillos de un hospital o ahora en las aulas de una prestigiosa facultad de derecho. El ritmo siempre es frenético, sin pie al aburrimiento. Shonda tiene la fórmula secreta y seguro que pasa por un reparto variopinto e intergeneracional, con todas las opciones posibles de interacción, y por una cuidada selección musical. Siempre con una buena dosis de locura, la que sólo sus seguidores son capaces de tolerar.

De ahí que How to get away with murder sólo sea apta para Shondadictos. Porque a pesar de una premisa en principio tan alejada de Anatomía de Grey y de Scandal, la serie no pertenece al género thriller ni al género legal. Pertenece al género Rhimes. Y eso significa que el rigor y la verosimilitud se sacrifican por el bien del espectáculo. Así pues, pasando por alto que la figura protagonista, una eminente profesora de derecho que involucra a los alumnos en sus casos, es insostenible y que los propios sucesos son meras excusas para embrollar la trama de sus protagonistas, el piloto se disfruta como una montaña rusa. Subidones, giros, adrenalina y escasos segundos para reflexionar.

La serie arranca fuerte, con cuatro de sus personajes principales involucrados en un asesinato. De ahí a un flashback que nos sitúa tres meses atrás y que nos muestra la rivalidad entre un centenar de estudiantes para hacerse un hueco en el prestigioso bufete de su estricta maestra. A continuación, otro caso de asesinato, infidelidades, flirteos, traiciones, sexo gay y hasta un cunnilingus. Jamás 40 minutos dieron para tanto.

Pero, sin duda, el gran logro, y la gran baza, de la serie es el fichaje de Viola Davis, omnipresente e indispensable durante todo el capítulo. Esta nueva femme fatale de la televisión, agresiva, ambiciosa y sin escrúpulos, promete darnos grandes dosis de ambigüedad y de imprevistos. La protagonista perfecta para una productora que no se anda con sutilezas. Agárrense fuerte, porque si Shonda ha descargado tamaño arsenal en el piloto, es que todavía dispone de artillería pesada. Imposible ya detenerla.
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7 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
La isla mínima
La isla mínima (2014)
  • 7,2
    65.836
  • España Alberto Rodríguez
  • Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Nerea Barros, Antonio de la Torre, ...
9
Malditas coincidencias
Mientras Daniel Monzón se atiborra estos días con el festín que le ha brindado una potente campaña de marketing a su correcta, efectiva y bien resuelta El niño, esta semana Alberto Rodríguez estrena su isla mínima con el respaldo unánime de una crítica lanzada a sus pies pero probablemente sin la maquinaria de propaganda suficiente como para convertir a esta película en lo que es, el nuevo gran paradigma del cine español.

Podría haberse conformado con entregar un gran thriller, siguiendo a rajatabla los cánones del género, sin desviarse un ápice del camino. Hoy estaríamos aplaudiendo la impecable factura que envuelve a su crimen por resolver. Pero el director andaluz demuestra por segunda vez que no basta con cumplir el expediente. Si en Grupo 7 enriquecía su relato policial ambientándolo en la Sevilla de los años previos a la Expo, esta vez ha decidido retroceder unos años más y situar la intriga en ese no tan ejemplar tránsito entre la dictadura y la democracia españolas. Un esfuerzo de contexto que cubre de matices la investigación de dos policías antagónicos en un pueblo de la Andalucía más recóndita.

Las marismas sirven de escenario perfecto para una puesta en escena insólita en nuestro país. Planos aéreos abismales que desde los títulos de crédito ya nos sitúan en un páramo inhóspito, tan inaccesible como aterrador. Entre hierbajos y humedales se presenta una escena del crimen angustiante y envolvente, la versión andaluza del frío y gélido cine negro sueco.

Sin enredarse en una maraña de pistas falsas y vías muertas, el guión nos va conduciendo de la forma más sencilla y elegante posible desde la desaparición de dos adolescentes durante las fiestas del pueblo hasta la resolución del caso, siempre desde el punto de vista de dos agentes que representan a las dos Españas, la de la violencia y la opresión frente a la que mira al frente con ganas de olvidar el pasado. Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo conforman un tándem también inaudito en el ámbito de la interpretación española, repleto de tormento y contención, sin ruido ni estridencias. A tono con la atmósfera del metraje.

Rodríguez podría haberse contentado con todos estos elementos y, sin embargo, arriesga de nuevo jugando con la cámara, regalándonos planos como el que nos presenta la escena del crimen desde una camioneta repleta de patos o el que nos sitúa en el asiento del copiloto en plena lluvia durante un registro, por no mencionar su particular mirada sobre la fauna local, testigo omnipresente de la atrocidad humana. Pero sin duda la escena que se lleva la palma y que más logra palpitarnos el corazón es la que tiene lugar entre dos coches en una carrera nocturna cargada de miedo y de tensión. A la altura del mejor Fincher. Ni siquiera se le puede reprochar la falta de valentía en el final, tan atípico como cargado de simbolismo.

Lástima que la casualidad haya querido que La isla mínima coincidiera en el tiempo con la reciente y exitosa 'True detective', porque las comparaciones lamentablemente están fundadas. Dos policías atormentados enfrentándose a un crimen en el que el paisaje también tiene su rol particular. Imposible ignorar la sensación de 'déjà vu'. Pero lo mismo le ocurrió hace unos años a Pablo Berger y su maravillosa Blancanieves con The artist. Malditas coincidencias que empañan en cierta manera la gran hazaña de sus propuestas pero que incluso han logrado reforzarlas. Marcan la diferencia hasta entre sus enormes semejantes.
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15 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Gotham (Serie de TV)
Gotham (Serie de TV) (2014)
  • 6,6
    8.530
  • Estados Unidos Bruno Heller (Creator), Danny Cannon, ...
  • Ben McKenzie, Donal Logue, David Mazouz, Sean Pertwee, ...
7
Arranque sin brío pero con potencial
Qué gran idea. Una precuela de género policíaco con todo el imaginario de Batman de trasfondo. Los jefazos de la Fox debieron frotarse las manos cuando les plantaron encima de la mesa un producto tan fácil de vender. Es cierto que la Marvel les tomó la delantera el año pasado con los agentes de SHIELD, pero sin los resultados esperados. En cambio los superhéroes de cosecha propia, Flash y Arrow, han sido el gran acierto del canal CW. Batman, por tanto, no podía fallar. Christopher Nolan había dejado el listón demasiado alto.

En ese brillante precedente está precisamente el talón de Aquiles de Gotham. Imposible alcanzar en televisión los índices de calidad de una trilogía que por primera vez trataba al público de superhéroes como a adultos. Descartable trasladar a un canal generalista esa atmósfera decadente y oscura con la dosis de realismo de El caballero oscuro. Pero una vez realizado ese ejercicio de comprensión, sin embargo, la propuesta de Danny Cannon se vislumbra como una alternativa lo suficientemente atractiva como para proporcionar grandes momentos a los seguidores del hombre murciélago, que se remontan ya a la versión de Tim Burton de los años 90.

La gran baza, y quizá también el gran error, del piloto de Gotham es el arsenal de grandes secundarios y villanos con los que cuentan las inagotables viñetas de DC. En tan sólo los 40 minutos de este primer episodio desfilaron ante nuestras narices las versiones infantiles y rejuvenecidas de Catwoman, Hiedra venenosa, Falcone, el Pingüino, Alfred y, por supuesto, el detective James Gordon y Bruce Wayne. Incluso algunos ya han visto a Joker en ese joven que ensayaba un monólogo frente a Fish Mooney. Demasiadas apariciones estelares concentradas en un solo capítulo, demasiados cartuchos malgastados y que restan munición para los siguientes episodios.

En todo caso, la serie ha sabido aprovechar el universo corrupto y depravado de Gotham para enfilar una trama con potencial. Aunque el dúo protagonista no deja de representar al arquetipo de pareja policial (primero se odian, luego se quieren) y aunque parece que la estructura será procedimental (así lo han asegurado sus responsables), la interacción de todos estos personajes emblemáticos será el auténtico estímulo de una precuela que de bien seguro se ganará la enemistad de los seguidores más acérrimos de Batman y la confianza de los menos exigentes con la fidelidad al cómic. A fin de cuentas, ¿existe alguna saga de superhéroes que mantenga la coherencia interna?

La serie ya ha planteado los suficientes interrogantes como para compensar la rigidez de los casos semanales ¿Quién mató a los Wayne? ¿Cómo se forjarán los villanos? ¿Qué secreto esconde la mujer de Gordon? Con una puesta en escena que no desentona en absoluto con el gris oscuro casi negro de sus predecesoras en pantalla grande, Gotham quizá no ha arrancado con el brío esperado pero sí con el empaque suficiente como para cautivar a una audiencia amplia. Con más giros y sorpresas será un boom. Con simpleza y redundancia, un sonoro batacazo.
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4 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
El corredor del laberinto
El corredor del laberinto (2014)
  • 5,9
    31.898
  • Estados Unidos Wes Ball
  • Dylan O'Brien, Thomas Brodie-Sangster, Kaya Scodelario, Will Poulter, ...
8
A la caza de Katniss
A la sombra de Crepúsculo, de Harry Potter, de Los juegos del hambre. Las sagas para adolescentes crecen como setas alrededor de sus grandes referentes con la esperanza de captar un resquicio de sol. Pero no tantas lo consiguen. Ahí están El juego de Ender, Hermosas criaturas o The host para atestiguar que no es tan sencillo calentar motores en las redes, hacerse un hueco en los medios y finalmente ganarse el favor de un público sobrecargado.

El corredor del laberinto, por suerte, ha sido una de las afortunadas en pasar la criba de la taquilla y asegurarse una segunda parte, siguiendo la estela de Divergente. Sus desquiciantes Continuará no quedarán en suspenso para la eternidad, como sucede con esas series súbitamente interrumpidas, sin un final, por culpa de las temibles cancelaciones. La comparación con la ficción televisiva no es pueril. La cinta condensa tantos clímax en tan sólo 110 minutos que una temporada de 13 capítulos se quedaría pequeña para abarcarlos.

En todo caso, la densidad de acontecimientos sólo juega a favor de una película que no deja lugar para el aliento. Sin preámbulos, sin rellenos ni mensajes forzados. Directamente al grano. Se agradece que, de una vez por todas, una cinta de aventuras sea honesta consigo misma y con el espectador, brindándole la dosis esperada de adrenalina, sin buscar el aplauso de la crítica pero tampoco suscitando sus iras. El corredor del laberinto es puro entretenimiento.

La trilogía de James Dashner es el combustible perfecto para una maquinaria infalible. Si ya el libro desarrolla con eficacia la intrigante historia de un grupo de adolescentes encerrados entre los muros de un interminable laberinto, su adaptación suprime sin miramientos los elementos menos visuales de su resolución para brindarnos un palpitante cúmulo de escenas de infarto. Desde el comienzo, con ese asfixiante ascenso en montacargas, hasta el final, pasando por esa impresionante carrera a contrarreloj contra los muros del laberinto.

Ante un público cada vez más exigente y menos impresionable, El corredor del laberinto se comporta como un producto plenamente eficaz y consigue algo tan complicado como remover al personal de su asiento. Lo hace además con un elenco de jóvenes actores que despiertan levemente los recuerdos de aquella entrañable e irrepetible pandilla de Los Goonies. Conforma, por tanto, una perfecta producción para adolescentes con acceso a un universo de imaginación y apocalipsis tanto o más adictivo que Los juegos del hambre. Una nueva saga que marcar en el calendario de acontecimientos imprescindibles.
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2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Boyhood (Momentos de una vida)
Boyhood (Momentos de una vida) (2014)
  • 7,3
    45.908
  • Estados Unidos Richard Linklater
  • Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Lorelei Linklater, ...
8
Grandioso experimento que no alcanza la obra maestra
Hoy no estaríamos hablando de Boyhood con la misma intensidad y euforia de no ser por la increíble ingeniosidad de su director. Sorprende que a nadie se le ocurriera antes extender el rodaje de una película a lo largo de doce años, captando como nunca antes la evolución física de sus protagonistas. Sin artificios ni maquillajes. Con la única intervención del inviolable paso del tiempo. Elipsis temporales, genuinas y reales, que son el auténtico anzuelo de una historia que de cualquier otro modo jamás hubiese llamado nuestra atención.

¿Alguien se imagina la vida del joven Mason fragmentada por una sucesión de carteles aclarando que ha transcurrido un año después? ¿O recurriendo a un casting que no desentonara demasiado con esa complicada evolución de la infancia a la adolescencia? Es imposible separar el relato de la enorme ocurrencia de Richard Linklater, que ha llevado a un estadio superior la ya de por sí brillante propuesta de su trilogía de Antes de. Porque Boyhood no se entendería, ni se gozaría, sin esa apasionante (incluso morbosa) tribuna con vistas privilegiadas al avance de los años.

La transformación física que va experimentando el protagonista y su entorno familiar está muy por encima de un relato plagado de momentos entrañables, sobre todo en la etapa infantil, pero también de minutos de relleno que sobrecargan la cinta, sobre todo en esa época tan poco agradecida de la vida que es la adolescencia. Así, se disfrutan mucho más los guiños costumbristas de principios del siglo XXI, como ese baile de la pequeña Samantha machacando a su hermano con Britney Spears o las partidas a la Xbox y la Wii, que los años previos al ingreso en la universidad. Será que en el cine la infancia también resulta mucho más atractiva.

En todo caso, aunque el relato carezca del clímax o de los giros inesperados a los que todo filme debería recurrir, contiene los suficientes instantes como para empatizar con cada uno de los ángulos que componen este desestructurado y tan moderno cuadrado familiar. Comprendemos a esa madre debatiéndose entre su propia felicidad y la educación en exclusiva de sus hijos, tan sensata y neurasténica como permite la brillante actuación de Patricia Arquette. Conectamos con el padre molón, ese que aparece de uvas a peras, que se agencia los mejores instantes, espíritu libre y egocéntrico que, sin embargo, inyecta a sus descendientes esa dosis necesaria de sana locura. Ethan Hawke se consolida aquí como el muso particular de Linklater. Y sobre todo entramos de lleno en la visión de los más inocentes, primeras víctimas de los logros y los desvaríos paternales. Retrato familiar de primer orden.

Lástima que Boyhood caiga por momentos en vicios telefílmicos, como esas escenas de maltrato tan toscas o el chirriante llanto final de Arquette, porque son las que impiden que la película pueda considerarse, como muchos afirman, una obra maestra. Nadie puede negarle el mérito a Linklater de haber hecho historia con su mágica idea pero no deja de ser un poquito decepcionante que no la aprovechara del todo para convertir esta meritoria obra en algo más que un gran experimento cinematográfico.
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3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Niño
El Niño (2014)
  • 6,2
    34.052
  • España Daniel Monzón
  • Jesús Castro, Luis Tosar, Eduard Fernández, Jesús Carroza, ...
7
No parece española (enésima parte)
Lo ha vuelto a conseguir. La poderosa maquinaria de Telecinco Cinema y Mediaset se ha puesto otra vez en marcha y ha logrado catapultar a los más alto de la taquilla española a su nueva creación, como en su día hizo con ‘Lo imposible’, ‘No habrá paz para los malvados’ o la anterior producción de Daniel Monzón, ‘Celda 211’. ‘El niño’ se ha convertido en el mejor estreno español del año, por delante incluso de ‘Ocho apellidos vascos’, y si lo ha conseguido es en gran parte gracias al espectacular despliegue de medios de un equipo de marketing, el del grupo liderado por Paolo Vasile, que no tiene rival en nuestro país.

Presencia omnipresente en prácticamente todos los espacios de sus canales de televisión, avance simultáneo, espectacular premiere, conexiones en directo desde el informativo nocturno con los protagonistas encaramados en un helicóptero. La técnica de estos genios de la promoción es tan minuciosa y experimentada que difícilmente un producto, por mediocre que sea, pasará desapercibido para la gran audiencia. ¿Le resta mérito esta estrategia a una cinta con tintes de superproducción? En los tiempos que corren, cualquier esfuerzo por levantar las cifras del cine español parece pequeño.

La cuestión es si la película está a la altura de tamaña propaganda, si el resultado satisface las enormes expectativas creadas. Y, a juzgar por el desfile de acción y efectos especiales, efectivamente lo está. ‘El niño’ cumple a la perfección con los atributos encomendados. Es un ágil y solvente ‘thriller’ policial con un par de escenas de infarto impecablemente resueltas. Y lo más importante: contexto e interpretaciones aparte, no parece una cinta española. Paradójicamente, es el gran mérito que persigue buena parte de nuestro cine.

Sin embargo, reducir las virtudes de un filme a dos secuencias de acción sería insuficiente. Sobre todo si esas persecuciones en alta mar son capaces de ejecutarlas desde la industria de Hollywood sin apenas pestañear. Mal vamos si nuestra única aspiración creativa consiste en alcanzar los fuegos artificiales que desde el otro lado del charco llevan décadas fabricando. Más allá de la técnica, quizá que busquemos otras señas de identidad.

Afortunadamente, Monzón no se conforma alardeando de presupuesto. Aprovecha a la perfección una premisa que parece mentira que no se explotara antes. Y es que conocemos a la perfección, gracias al cine y la televisión, las tensiones en la frontera de México con Estados Unidos o las de Israel con Palestina. Sin embargo, un polvorín tan cercano y tan peculiar como el que separa en tan pocos kilómetros a España, Reino Unido y Marruecos apenas había tenido visibilidad en pantalla. Un tremendo choque de culturas que aporta a ‘El niño’ ese pequeño (aunque no suficientemente explotado) toque diferencial.

Lástima que el otro gran reclamo de la cinta, junto a los efectos especiales, sean simplemente dos ojos azules, los de una historia tan mediática como la del churrero que logra convertirse de la noche a la mañana en actor. Hacen falta sólo un par de escenas con Luis Tosar, Eduard Fernández o incluso su joven compañero Jesús Carroza para certificar que se necesita algo más que la cara bonita de Jesús Castro para llenar la pantalla. Los dos atributos que ha resaltado la publicidad de ‘El niño’ son precisamente los que más juegan en su contra. Con un guaperas solvente como Rubén Cortada y con menos metraje surcando las olas, puede que al fin la cinematografía española hubiese alcanzado su Santo Grial: la superproducción de autor.
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3 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Killing (Serie de TV)
The Killing (Serie de TV) (2011)
  • 7,5
    10.696
  • Estados Unidos Veena Sud (Creator), Ed Bianchi, ...
  • Mireille Enos, Joel Kinnaman, Michelle Forbes, Bill Campbell, ...
9
Coherente de principio a fin
Gracias al alma caritativa de Netflix, que la rescató del lodazal de las series canceladas con final abierto, The Killing ha gozado de un privilegio del que pocas pueden presumir, el de poder cerrar la trama y despedirse de sus fieles seguidores. No lo ha tenido nada fácil. Toda la paciencia que crítica y público demuestra con producciones de supuesto prestigio, no se manifestó con este absorbente thriller, castigado sin posibilidad de redención por no resolver el caso Larsen al finalizar la primera temporada. Una reacción tan apresurada como injusta, ya que la serie ha evidenciado una coherencia de principio a fin bastante insólita en el ámbito de la ficción televisiva.

Esta enésima oportunidad ha permitido a The Killing decir adiós de forma digna. Sin hacer ruido pero por la puerta grande. Sin sufrir el desgaste de los reproches, las cancelaciones y las renovaciones de última hora. Con la cabeza bien amueblada y, sobre todo, con un respeto hacia sus personajes principales, los inolvidables Linden y Holder, que la convierten en un clásico imprescindible del género negro.

Por primera vez en la televisión, el policía antisocial y atormentado que ahoga sus penas en la resolución obsesiva de un caso criminal no es un hombre, una premisa que ha hecho más por la igualdad de género que tantas otras series catalogadas injustamente como feministas. Sarah Linden, con toda su complejidad, sus nulas dotes para el roce y el cariño, su frialdad, ha normalizado a la mujer despojándola de todos aquellos atributos con los que la ficción suele etiquetarla.

Pero su evolución sería inapreciable sin la presencia del agente Holder, con el que conforman un tándem tan antiheroico como entrañable que otras producciones, como The bridge, han intentado emular sin el mismo resultado. El mejor ejemplo de esa química que logra traspasar la pantalla lo encontramos en la escena con la que The Killing echa el cierre para siempre y en la que por fin los sentimientos salen a la luz. Podría discutirse si el happy end concuerda con el tono gris y apesadumbrado de la serie, pero ese pañuelo azul y las palabras finales de Linden ponen los pelos de punta. Porque para nosotros ese coche bajo la lluvia incesante de Seattle también ha sido nuestro pequeño gran refugio televisivo.

Estos seis capítulos extra también han servido para brindarnos un nuevo caso con el que perfilar el retrato del inframundo que tan bien ha sabido precisar la serie. Los alumnos de la academia militar St. George, como lo fueron en la tercera temporada las adolescentes obligadas a ejercer la prostitución, representan esa realidad incómoda que toda gran ciudad busca esconder, el patio trasero en el que se acumulan todas las miserias y en el que apenas hay lugar para la esperanza. Un nuevo crimen para jugar otra vez al despiste y que sobre todo ha merecido la pena por la presencia de una Joan Allen midiendo sus fuerzas con la agente Linden. Otro gran fichaje a la altura del inquietante Peter Sarsgaard.

La serie no ha querido olvidarse de sus más fervientes seguidores, los que la hemos defendido a capa y espada, deleitándonos con referencias que cierran el círculo con broche de oro. La aparición estelar de Richmond o el regreso a la primera escena del crimen, ese lago boscoso y sórdido en el que comenzó todo, son el perfecto homenaje para un espectador entregado. Con ese viaje en carretera por los parajes de la cabecera, Linden por fin encuentra la paz consigo misma. Y decide quedarse. Se queda para siempre en nuestra memoria seriéfila.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Guardianes de la galaxia
Guardianes de la galaxia (2014)
  • 6,9
    56.183
  • Estados Unidos James Gunn
  • Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, ...
4
Guardianes de la Diosa Marvel
Qué tipo más listo Kevin Feige. Lo destacaban este mes Cinemanía y Fotogramas pero hasta que uno no ve Guardianes de la galaxia no se percata de la astucia sin límites de este hombre de negocios. Consciente de que el público de Marvel Studios va envejeciendo y de que deben hacerlo siguiendo su calculado ciclo vital (ahora en plena fase dos), decidió sacudir un poco el piloto automático con el que avanza cómodamente la compañía introduciendo dos novedades en su universo cinematográfico: los 80 y La Guerra de las Galaxias. ¿Qué mejor guiño para los que ya rebasamos los 30? ¿Qué mejor manera de tomarle la delantera a J.J. Abrams?

Pues bien, hace falta algo más que un walkman y cuatro hits ochenteros para que me sienta identificado mínimamente con el personaje molón de Chris Pratt y, desde luego, mucho más que el rojo, amarillo, verde y azul de parchís con el que se distinguen algunas de las razas de este universo para acercarse siquiera al imaginario de George Lucas. Pero no importa. La maquinaria de Marvel y la entrega de sus millones de espectadores se demuestra a prueba de bombas.

Sólo así se explica que crítica y público hayan acogido con los brazos abiertos una trama de lo más convencional, una apuesta que pretendía dar un golpe de timón a la trayectoria del estudio y que finalmente ha terminado siendo una previsible y hueca lucha entre el bien y el mal. Un cúmulo de planteamientos, situaciones y, sobre todo, un sentido del humor dudoso que son la antítesis del ingenio y del riesgo. Una pieza más para el engranaje indestructible de la Marvel.

Es cierto que se la jugaban con Guardianes de la galaxia. La suma de sus cinco protagonistas no alcanza el carisma de uno solo de Los vengadores. Los chistes no sobrepasan el nivel de “no es un bolso, es una bandolera”. Los villanos, como esa especie de Darth Maul con tez azulada y martillo de Thor, son tan planos que ni siquiera causan inquietud. Sí, cualquier estudio se la hubiera pegado bien grande con este subproducto de La guerra de las galaxias. Pero la entrega y la benevolencia son absolutas cuando hablamos de la todopoderosa.

Quizá esté envejeciendo a pasos agigantados o mi humor no pase por uno de sus mejores momentos, pero la sucesión de chorradas sobre la fisonomía de Rocket (que su un hámster, que si un mapache) o la enésima repetición del Yo soy Groot me retornaron a la infancia menos creativa. Dibujos animados de mi niñez tenían más gracia que, por ejemplo, el baile que se marca el protagonista ante el malvado Ronan y que, en carne y hueso, resulta cuanto menos ridículo.

Como no podía ser de otra forma, la técnica salva los muebles de este entretenimiento de escasa ambición, pero ni aún con ese despliegue de medios logra impresionar. El uso del 3D, con esa fantástica flecha del mercenario azul, está justificado, pero la puesta en escena ni se esfuerza en disimular el abuso de croma ni en deslumbrar con decorados que tanto recuerdan a la arquitectura de Calatrava. El mínimo esfuerzo para un solo propósito: superar el no va más de Los vengadores fusionándolos con estos guardianes de la galaxia para una futura fase tres. Bravo por Feige. Ha logrado que interioricemos su hoja de ruta con la incuestionable y ciega fe de los más devotos.
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56 de 93 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Knick (Serie de TV)
The Knick (Serie de TV) (2014)
  • 7,7
    9.049
  • Estados Unidos Jack Amiel (Creator), Michael Begler (Creator), ...
  • Clive Owen, André Holland, Eve Hewson, Juliet Rylance, ...
8
El revulsivo para Cinemax
Esto no es House o Anatomía de Grey. Aquí la maquinaria quirúrgica de última generación no se acompaña de música molona para impresionar al espectador. Aquí la banda sonora y la estética, tanto o más modernas que en las series médicas de gran popularidad, ejercen de contrapeso ante los rudimentos de la medicina de principios del siglo pasado, cuando la anestesia se alcanzaba con éter o comenzaban a gestarse las primeras cesáreas. Una época de utensilios y remedios prehistóricos que The Knick logra recrear a conciencia, sin tapujos y con absoluta precisión, alcanzando cotas de espectacularidad mucho más altas que la tecnología más rompedora.

Porque los artilugios futuristas y la ciencia ficción están muriendo de éxito, quizá convenía echar una mirada al pasado para innovar en el campo de la ficción médica. Los de la HBO y su hermana menor Cinemax han sabido encontrar un filón apasionante en los avances que revolucionaron la historia de la medicina. Hartos de diagnósticos y tratamientos ultraeficaces, de tecnología punta, de CSIs, nos ofrecen una visión mucho más cercana de la profesión médica que las tramas actuales.

Absténganse los hipocondríacos, porque The Knick abre sus puertas con una intervención quirúrgica en la que no se escatiman los primeros planos. Bisturís, incisiones, tijeras, esponjas y sangre, mucha sangre, es lo que desprenden los primeros planos de una serie que no cree en los milagros y los finales felices sino en los avances y retrocesos de una época de plena experimentación, en la que la medicina avanzaba a tientas y sin patrón.

El encargado de impartir esta asignatura avanzada sobre Historia de la cirugía es el Dr. John W. Thackery, algo así como el Gregory House de 1900 pero sin cojera y con adicción a la cocaína. Brusco y detestable como su colega en el Princeton-Plainsboro, ambos comparten una miserable existencia absolutamente entregada al trabajo. La gran diferencia es que The Knick no lleva el nombre de su protagonista sino el de un hospital. Pequeño gran matiz que permite ofrecer una visión amplia y global del sistema de salud en la Nueva York de los primeros años del siglo XX.

Los derechos del paciente, la enfermería, las urgencias, la filantropía. Nada es como solía ser en aquella época, tal como rezaban los diez diferentes carteles promocionales de la serie y que ya vaticinaban su gran amplitud de miras. Tampoco la igualdad de oportunidades ni la religión, representadas por dos de los personajes más prometedores de The Knick, el médico negro de impecable currículum y la monja pingüino adicta al tabaco y al sarcasmo.

Por si todas las virtudes que ha mostrado el piloto (y alguna flaqueza, como la tendencia al arquetipo) no fueran suficientes, la serie queda en manos de Steven Soderbergh, que parece haberle encontrado el gustillo a la televisión tras el éxito de Behind the Candelabra. No es una impronta cualquiera. Con su abanico de planos de riesgo y una agilidad en el ritmo que recuerda a Ocean’s eleven, consigue dotar de la más rabiosa actualidad a una serie de época. La dosis de talento y prestigio que le faltaba a Cinemax para convertirse en otro canal de referencia.
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75 de 78 usuarios han encontrado esta crítica útil