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Críticas de polvidal
Críticas ordenadas por:
Sunset Song
Sunset Song (2015)
  • 5,8
    1.286
  • Reino Unido Terence Davies
  • Agyness Deyn, Peter Mullan, Kevin Guthrie, Mark Bonnar, ...
7
Sin ornamentos
Los dramas románticos de época suelen revestirse de tantos elementos de redundancia, de exaltación de las emociones, que a menudo se acercan más a la teatralidad que al realismo del pasado. Terence Davies, fiel a su obsesión por los pequeños detalles, a su ritmo pausado, consigue con Sunset song precisamente lo contrario, que ni las actuaciones ni la fotografía ni la banda sonora eclipsen su objetivo de adaptar la novela de Lewis Grassic Gibbon de la manera más fidedigna posible.

Esta no es una historia de chismes palaciegos ni de grandes amores imposibles. Es el retrato de una época en la que la mujer debía asumir el papel de buena hija, buena esposa y buena madre. Eso se traducía en agachar la cabeza ante el autoritarismo y la violencia del padre, los deseos carnales del marido y los caprichos del hijo. La mujer como una mera sirvienta en un cosmos de domino machista, esa realidad que las grandes cintas de época suelen obviar.

Davies no escatima detalles sobre la tormentosa existencia de la protagonista durante la primera mitad de su vida, cuando tantos progenitores se aficionaban a la hebilla del cinturón como método de adoctrinamiento. La segunda mitad, con la irrupción del amor y de la guerra, resulta un poco más atropellada, con vaivenes de personalidad no tan detenidamente descritos como al principio. Pero lo que queda perfectamente reflejado es la evolución de un personaje principal sumamente atractivo, reforzado, esta vez sí, por una interpretación memorable y una fotografía hermosísima.
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15 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
El club
El club (2015)
  • 7,1
    9.255
  • Chile Pablo Larraín
  • Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, ...
9
Con la Iglesia hemos topado
Afrontar de cara un asunto tan peliagudo como los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia, sin pasar de puntillas pero tampoco recreándose en el morbo, es una decisión muy valiente. Es la que ha tomado el director chileno Pablo Larraín y que tanto le ha agradecido el público. Hay aberraciones que no permiten ambages, que ya están suficientemente silenciadas por una organización que quizá no mantenga el poder de antaño pero que sigue ejerciendo su presión en la sombra.

Ponerle el foco, darle nombre y apellidos al problema es lo que hace con maestría El club, un lugar de acogida, en un inhóspito y sórdido pueblo costero, para religiosos tarados, apartados en silencio de sus congregaciones precisamente para no enfrentarse a la justicia ni dar voz a la opinión pública. El club es esa enorme comunidad en la que viejas y nuevas corrientes (dardo también para la impoluta imagen del Papa Francisco) se tapan las peores vergüenzas. Con mayor o menor sentimiento de culpa, pero con el objetivo común de no perder fieles.

Larraín no se contenta sólo con dar voz a las víctimas, construyendo un personaje como el de Sandokan, que vomita con pelos y señales las atrocidades que le hipotecaron de por vida. También reviste de un impecable estilo visual este angustiante relato, en el que lo apacible se va descubriendo e intensificando poco a poco como algo aterrador. La denuncia envuelta en una atmósfera nebulosa y asfixiante. Doble mérito para una de las mejores películas que ha pisado esta edición del Festival de San Sebastián.
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26 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Truman
Truman (2015)
  • 7,0
    25.628
  • España Cesc Gay
  • Javier Cámara, Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Àlex Brendemühl, ...
8
Los hombres también lloran
Las mujeres son las reinas del drama en el cine. Extrovertidas, emocionales e impulsivas, son mucho más agradecidas en pantalla que los hombres, siempre forzados por genética y convicción a ocultar más sus sentimientos. De ahí que orientar una carrera cinematográfica hacia las relaciones de afecto masculinas, siempre más cohibidas, más introvertidas, menos visuales, sea toda una hazaña, la que inició Cesc Gay con Una pistola en cada mano y se afianza ahora con Truman.

En esta ocasión, es la actitud frente a la enfermedad y la muerte la que sirve como punto de partida para adentrarnos en esa mentalidad del hombre tan poco explorada cinematográficamente, como si el hombre sólo existiera en pantalla para reforzar su rasgo más superficial, el de la impetuosidad. De ahí que la presencia de dos hombres tan poco susceptibles de desprender poca hombría como Ricardo Darín y Javier Cámara sea tan importante. Demuestra que ellos, nosotros, a nuestra manera, también somos capaces de querernos.

De nuevo, Gay cede todo el protagonismo a la palabra y el talento de unos actores que sabe escoger. El mejor camino para destapar los sentimientos que normalmente quedan ocultos, silenciosos, pero implícitos. Hay dos momentos, dos abrazos en el filme que ejemplifican perfectamente esa comunicación basada en la introversión, el que se dan dos amigos como última despedida y el de un padre a un hijo. Dos instantes contenidos pero mágicos, altamente emotivos.

El director catalán, además, aborda una enfermedad tan sobada en el cine como el cáncer de la manera más pragmática posible, sin recurrir a reacciones fantasiosas y tan efectivas para la ficción como las que tiene la protagonista de la maravillosa Mi vida sin mí o al melodrama lacrimógeno de la más reciente ma ma. Aquí el personaje de Darín se preocupa por cuestiones reales, por el tamaño de la urna de sus cenizas o por dejarle el mejor hogar posible a su mejor amigo Truman. Qué gusto comprobar que la sensatez también tiene cabida en el cine y, sobre todo, qué gustazo saber que ni una sola coma del guión estará fuera de lugar.
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19 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mi gran noche
Mi gran noche (2015)
  • 5,0
    15.033
  • España Álex de la Iglesia
  • Raphael, Mario Casas, Pepón Nieto, Blanca Suárez, ...
6
Otro gran desfase de Álex de la Iglesia
Álex de la Iglesia ya es sinónimo de desfase. Y una vez asimilado eso, que para algunos será un handicap y para otros un privilegio, resulta mucho más relajado enfrentarse a sus películas, siempre corales, siempre histriónicas, siempre pasadas de rosca. Llevamos ya suficientes películas siguiendo ese patrón como para exigirle lo contrario. Pedirle encima un ejercicio de contención en una trama que nos muestra la producción entre bambalinas de un programa de variedades de Nochevieja es todo un sinsentido.

El director bilbaíno aprovecha todo el tirón de una gala navideña, de las luchas de poder en el mundo del espectáculo, para brindarnos un continuo de situaciones absurdas y surrealistas. Sin descanso ni tregua. En demasiados momentos, sin mesura. De ahí que Mi gran noche no suponga una comedia redonda, como casi nunca lo son las de la factoría De la Iglesia. Llega un momento en que el descontrol toma las riendas y todo el despliegue de gran producción y gran elenco se va al garete. Pero tenemos asumido que el realizador comparte la mentalidad de nuestras abuelas: más vale que sobre que no que falte.

Por eso, el desfile de grandes estrellas que se prestan a sus locuras resulta finalmente de lo más satisfactorio. Sólo por ver a Mario Casas encarnando a la versión cañí de Chayanne o a Blanca Suárez reconvertida en una especie de ninfómana gafe ya merece la pena el visionado. Y es que Álex de la Iglesia sí consigue sacar el lado gamberro de nuestros actores, hazaña en la que fracasó estrepitosamente Almodóvar y sus amantes pasajeros. Otro gran aliciente es convertir a Raphael en el malo malísimo de la historia, tal como hiciera Santiago Segura con José Luis Moreno, jugando a la ambigüedad que desprenden en la vida real persona y personaje (fantástico ese “No conozco a ningún Julio Iglesias”). Pero el auténtico descubrimiento de Mi gran noche está en el robaescenas de la película, el que eclipsa al mismísimo divo de la canción en el escenario. Jaime Ordóñez y su psicópata fan son el gran reclamo de la cinta, el motivo por el que este otro desfase de De la iglesia se convierte a su vez en una grata sorpresa.
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15 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Yo, él y Raquel
Yo, él y Raquel (2015)
  • 7,1
    12.741
  • Estados Unidos Alfonso Gomez-Rejon
  • Thomas Mann, Olivia Cooke, RJ Cyler, Nick Offerman, ...
4
Yo y mis problemas con determinado cine independiente
Puede que sea por la repentina saturación de películas que giran su trama en torno al cáncer, el cáncer que sea. O puede que por mi tendencia a aborrecer cierto tipo de cine independiente estadounidense, el que a base de perseguir el desmarque del discurso oficial consigue precisamente encasillarse en esa otra parcela de películas forzadamente ingeniosas pero que ya conforman un patrón nada original. El caso es que esta tragicomedia protagonizada por una adolescente enferma de cáncer y su vecino rarito me ha provocado el mismo rechazo que me producen el humor fingido, calculadoramente alternativo, y el drama lacrimógeno barato.

Quizá por eso no entiendo que una cinta como Yo, él y Raquel despierte tantas carcajadas y alabanzas y que a día de hoy sea la segunda película mejor valorada por el público del Festival Internacional de San Sebastián. Cada carcajada en la sala por cada broma absurda me hacía sentir un poco más extraterrestre. Cada comparación con Wes Anderson me hacía entrar directamente en cólera. Ya quisiera Alfonso Gómez-Rejón labrarse un estilo visual tan peculiar y único como el del director de Houston. Pero, sobre todo, ya quisiera con esta película, que ni siquiera llega a simpática, acercarse a otras grandes propuestas indies ambientadas en un instituto y que sí marcan la diferencia (léase Las ventajas de ser un marginado).

Me resultó prácticamente imposible conectar con un elenco del que únicamente puede resaltarse a Olivia Cooke, que, eso sí, repite casi al milímetro su papel de adolescente simpática y escéptica en Bates Motel. Al resto del reparto, pertenezca a la tribu de instituto que pertenezca, resulta complicado no aborrecerlo. Al protagonista y a su narración tan cool, plagada de escenas imaginarias en stop motion, lo desterraba a cualquier comedieta para adolescentes de la cadena ABC Family. Pero es que al resto del plantel, desde el padre fumado hasta el profesor alternativo, los mandaba directamente al lugar del que nunca deberían salir, el de los personajes estereotipados. Porque sí, en el cine independiente made in USA también hay perfiles que se repiten hasta la saciedad. Y son tan aborrecibles como los del cine más comercial.
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68 de 123 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sicario
Sicario (2015)
  • 6,9
    29.332
  • Estados Unidos Denis Villeneuve
  • Emily Blunt, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Victor Garber, ...
8
La consagración de Villeneuve
La escena de apertura marca el paso. Probablemente sea una de las mejores introducciones que nos ha dado un thriller en los últimos años. Un grupo de agentes del FBI irrumpe violentamente en la casa-escondite de un líder de los cárteles mejicanos de la droga. La puesta en escena es apabullante, sin ni un solo plano dejado al azar, y con una banda sonora absolutamente envolvente, consciente de la magnitud de una pesadilla terrorífica y cruel. Marca el paso, decíamos, de un recorrido de dos horas hacia el infierno. El mismo infierno que tantos directores han querido reflejar y que Denis Villeneuve ha venido a rematar. Porque si el narcotráfico en la ficción te despierta el bostezo, Sicario llega para romper los moldes del subgénero y dotarlo de la tensión y la dimensión necesarias para que no te despegues de la butaca.

La filmografía del director canadiense ya es digna de estudio. Cada nuevo proyecto, por muy diferente que sea, está a la altura del anterior, a la altura de una carrera que comenzó a dispararse con la apabullante Incendies. Y con ese mismo adjetivo podrían definirse cada una de sus nuevas propuestas. Temíamos que el tráfico de drogas entre México y Estados Unidos rompiera su racha, pero es evidente que Villeneuve conoce muy bien el terreno que pisa. Toda realidad puede generar inquietud. Sólo es cuestión de saber transmitirla.

Y tensión, inquietud, es lo que desborda Sicario, con un par de escenas en lugares tan cotidianos como un peaje y un túnel, que suponen todo un ejemplo para el cine de acción. Benicio del Toro, un clásico ya del ámbito de las drogodependencias, encaja a la perfección con el personaje antagonista de Emily Blunt. Porque entre escenón y escenón, Villeneuve se cuida también de dotar a sus personajes de la profundidad y del código moral necesarios para que la película no resulte únicamente una mera cinta de acción. Como si tal hazaña no fuera ya digna de elogio.
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161 de 182 usuarios han encontrado esta crítica útil
Regresión
Regresión (2015)
  • 5,3
    23.883
  • España Alejandro Amenábar
  • Ethan Hawke, Emma Watson, David Thewlis, Aaron Ashmore, ...
3
Amenábar navega a la deriva
No puede ser. Nos lo han cambiado. Que el responsable de un gran salto en el cine de género español, el que nos sorprendió con su ópera prima Tesis y con su espeluznante salto internacional, Los otros, nos traiga ahora, unos cuantos años y bastantes euros más tarde, este subproducto de terror carente de ingenio, sin el más mínimo atisbo de novedad en el frente. Alejandro Amenábar se está adentrando peligrosamente en ese peligroso terreno de jóvenes directores promesa engullidos por una industria que los agasaja de dólares pero que los priva de lo más importante, su propio talento.

Estrenarse en el Festival de San Sebastián, como ha sido mi caso, con una película tan menor y absurda como Regresión ha sido un inesperado contratiempo, como también lo habrá sido para una organización que seguramente confiaba en la seguridad de un nombre y apellido hasta hace no tanto infalible. Pero Amenábar empezó a resbalar a medida que los proyectos agigantaban su ambición y su presupuesto, mientras un ejército de palmeros le ocultaba la caída en picado. Hoy, tras varios innecesarios cameos en el mundo de la publicidad y del reality de famoseo, se confirman las sospechas: el realizador de origen chileno navega a la deriva.

No hay nada peor que una cinta de suspense cuyo misterio carece de interés. La resolución de un caso de invasiones satánicas nos importa un bledo desde el momento en que el planteamiento se presenta a desgana, tirando de verborrea y renunciado incluso a los elementos más efectistas, pero siempre efectivos, del género. En Regresión, la única incógnita que resulta inquietante es conocer los motivos por los que uno de los integrantes de la secta decide inmortalizar sus sacrificios con una cámara Polaroid. Es sólo un extracto de la gran sarta de despropósitos que, bordeando el ridículo, nos presenta Amenábar y que demuestran su gran talento desperdiciado. Porque hasta Ethan Hawke y Emma Watson están de pena. Ahí está el auténtico crimen.
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113 de 165 usuarios han encontrado esta crítica útil
ma ma
ma ma (2015)
  • 5,5
    3.643
  • España Julio Médem
  • Penélope Cruz, Luis Tosar, Asier Etxeandia, Teo Planell, ...
5
El plan maestro de Pe
La estrategia de Penélope Cruz ha sido impecable. Consciente de que su carrera internacional corría peligro tras condenar la ofensiva israelí en Gaza, hiriendo de lleno al importante lobby judío afincado en Hollywood, decidió arriar velas de vuelta a casa y convencer a un director patrio más o menos prestigioso, más que menos necesitado de un revulsivo en su filmografía, para que le concediese el honor y privilegio de protagonizar su próxima película.

La jugada le ha salido redonda. Hoy a Julio Medem le llueven los palos por ma ma, mientras a su nueva musa la colman de elogios por su impecable papel de madre coraje, enferma de cáncer de mama, desempleada dicharachera y gran amiga del alma. Todo en uno. Y porque la trama no le ha permitido incrustar más géneros que sino nuestra Pe sería hoy también la nueva reina del cine de terror. La actriz ha querido amortizar los euros que ha invertido en su segunda producción apostando sobre seguro, apostando a sí misma. Y de entrada ya se ha ganado todas las papeletas para subir al escenario como mejor actriz principal en los próximos Goya.

Ni las furibundas críticas a Medem ni los desbordantes piropos que se ha llevado Penélope le hacen justicia a ma ma. La película ni es tan bochornosa ni la interpretación de la protagonista tan exageradamente meritoria. Pero parte de razón esconden las reaccciones impulsivas. Se comprenden los airados ataques hacia el director cuando de repente decide romper el tono melodramático de la cinta y permite que Asier Etxeandia se marque, no una sino hasta tres sesiones de karaoke tan vergonzosas como innecesarias.

Como dice Nacho Gay en su acertadísima crítica de la película en Vanitatis, Medem hace años que tiene un serio problema con la sutileza. Prueba de ello son esos planos internos, absolutamente ridículos, del corazón de la protagonista latiendo en dos de los momentos clave del filme. Lo que en Javier Fesser y su maravillosa Camino resultaba enternecedor, aquí roza el patetismo. La trama aporta tan poco a una premisa tan sobada como el cáncer que uno se pregunta dónde fue a parar aquel ingenio que logró cautivarnos con Los amantes del Círculo Polar o Lucía y el sexo. Algunos vestigios quedan, en cambio, en su particular narrativa visual, haciendo un interesante y original uso del flashforward fundido con el presente.

Sin embargo, el peso de la película, su auténtico aliciente, recae en descubrir el amplio abanico de registros que se marca la estrella principal, aunque no todos en su beneficio. La Magda guasona del principio, forzadamente optimista y escasamente graciosa, poco tiene que ver con la sensibilidad y la cercanía que desprende el personaje en sus minutos finales. Ma ma demuestra, por tanto, que Penélope Cruz no es la actriz total que tantos desean pero tampoco el bluf que otros tantos pregonan. Demuestra, en todo caso, que su talento es más brillante en sus roles domésticos que en sus aventuras internacionales.

Pe ha vuelto a casa, al calor del hogar, y ha salido de nuevo triunfante. Medem, mientras tanto, observará en sucesivas ceremonias de premios, desde el patio de butacas, cómo los focos y aplausos se dirigen a ella, preguntándose si el negocio finalmente ha merecido la pena.
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19 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Anacleto: Agente secreto
Anacleto: Agente secreto (2015)
  • 5,6
    15.539
  • España Javier Ruiz Caldera
  • Quim Gutiérrez, Imanol Arias, Alexandra Jiménez, Carlos Areces, ...
8
Ruiz Caldera no falla
Se ha hecho realidad. Si los ingleses ya cuentan desde hace un año con su particular parodia del cine de espías, representada a la perfección por Colin Firth en Kingsman, ahora llegamos nosotros, españolitos de a pie, y nos plantamos con una digna réplica. Anacleto. Agente secreto adapta a la actualidad la caricatura de James Bond que Manuel Vázquez Gallego engendró en los años 60 para la editorial Bruguera. Sabiamente, no lo hace para contentar a los pocos incondicionales de tan remotas viñetas sino con el firme propósito de reventar la taquilla. Las cifras del primer fin de semana han sido menos apoteósicas de lo esperado. Sin embargo, la propuesta de Javier Ruiz Caldera es tanto o más satisfactoria que la de Matthew Vaughn, aunque a algunos les cueste equiparar la flema británica con nuestro humor patrio.

Complicado lo tenía el director catalán para superar 3 bodas de más, sin duda alguna una de las mejores comedias que ha parido el cine español en los últimos años. Y más con la difícil tarea de adaptar otro de nuestros clásicos tebeos. Si Fesser salió victorioso con la primera encarnación de Mortadelo y Filemón, no ocurrió lo mismo en sucesivas entregas ni con otras aventuras como las de Zipi y Zape. Caldera afrontó el reto de la forma más inteligente posible: jugando con las teclas (y los actores) que ha demostrado saber manejar.

Prácticamente el mismo elenco de secundarios que funcionó a la perfección en la comedia romántica se acopla sin problemas a este cine de aventuras repleto de diálogos y escenas desternillantes. La delirante conversación en casa de Rossy de Palma es el mejor ejemplo de que más es mejor si se cuenta con los intérpretes adecuados. A diferencia de Torrente, aquí no se trata de meros cameos más o menos afortunados, sino de apariciones breves pero que dejan huella. En ese sentido, la otrora musa de Almodóvar se lleva la palma como secundaria de lujo en una producción sin ni una sola actuación de saldo.

La elección de la pareja protagonista ha sido uno de los mayores aciertos de casting de los últimos años, a la altura de Clara Lago y Dani Rovira en Ocho apellidos vascos, salvo que en esta ocasión la apuesta era sobre dos valores seguros, un Imanol Arias que encaja como un guante en el papel de superhéroe patrio y un Quim Gutiérrez que certifica de una vez por todas su innegable talento para la comedia. El cobarde y dubitativo Adolfo podría haber caído fácilmente en el histrionismo y la sobreactuación en manos de otro actor.

Para sorpresa de muchos, mía incluida, Anacleto se ha convertido en una gratificante revelación, en otra de esas escasas películas de humor terapéutico que amortizan de pleno el pago de una entrada. Caldera resucita así a un personaje olvidado de nuestra historia del cómic y lo dota de los elementos necesarios para asegurar su continuación. Lo hace con astucia, sin acomodamiento, jugando con un entorno tan auténtico como el barrio de Bellvitge y regalándonos escenas para el recuerdo como la lucha karateka con vibrador o la reacción alérgica de Adolfo a los cacahuetes. Un divertimento de lo más disfrutable.
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33 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
Del revés (Inside Out)
Del revés (Inside Out) (2015)
  • 7,8
    75.515
  • Estados Unidos Pete Docter, Ronaldo Del Carmen
  • Animation
9
El secreto de la felicidad lo tiene Pixar
Hay sentimientos imposibles de explicar. Reacciones imprevistas, que nos descubren rincones recónditos de nuestro cerebro. Impulsos que traspasan ese perímetro de seguridad que nos mantiene cuerdos. De ahí que la idea de cinco seres entrañables y antagónicos dirigiendo nuestra mente a través de un cuadro de mandos se antoje como la mejor y más lúcida manera de explicar los complejos mecanismos que cada día dictan nuestras actuaciones.

Que nuestro destino esté en manos de los caprichos de cinco emociones tan dispares como la alegría, la tristeza, la ira, el miedo y el asco resulta reconfortante. Nos encontramos bajo los designios de sentimientos contrapuestos, que pueden escapar a nuestro control. Es todo un consuelo. Nos elude de tanta responsabilidad, de esa presión que implica actuar siempre con corrección y coherencia. Definir a nuestros semejantes a partir de los protagonistas de Inside out es además un ejercicio que le reconcilia a uno con el género humano. Todo se entiende mucho mejor si imaginamos a un muñequito maniobrando a nuestros congéneres como marionetas.

Lo que ha conseguido Pixar con esta nueva maravilla de la animación es inaudito. Ha creado todo un universo, palpable, tangible, de algo tan abstracto como la mente humana. De ahí que la introducción a esa galaxia interior que nos va narrando la más optimista de las emociones, esa Alegría siempre en busca de la felicidad a toda costa, resulte tan hipnótica y fascinante. En apenas unos minutos asumimos sin pestañeo que somos lo que somos gracias a la acumulación de sensaciones, de recuerdos, en forma de bolitas de colores. Y que en cualquier momento, cualquier circunstancia inesperada puede hacer tambalear los cimientos que conforman nuestra identidad.

En el caso de Riley, la pequeña en cuyo interior nos adentramos sin contemplación, se trata de la familia, los amigos o la diversión. Todos sus pilares comienzan a derrumbarse desde el momento en que su entorno se muda del idílico Medio Oeste americano al bullicio de San Francisco. A partir de ese momento, el control que monopolizaba Alegría cae en manos de esas otras emociones menos valoradas socialmente, pero con las que tarde o temprano deberemos aprender a convivir. Los juegos, las risas, la inocencia, dan paso a los miedos, las decepciones y la tristeza. De repente, la vida se ha vuelto más compleja.

Lejos de ofrecernos una visión disneyniana, la filial Pixar prefiere mantenerse fiel a su filosofía basada en el ingenio, el sentido del humor y la ternura. Los exponentes de esas cualidades suelen estar en los pequeños grandes detalles, como esa pareja de basureros que aspiran, con mayor o menor acierto, los recuerdos que pasarán a mejor vida o ese estudio de cine, al más puro estilo Paramount, que se encarga de construir nuestros sueños. El momento nostálgico lo encontramos también en el fundido a negro de un personaje secundario, cuando grita a las alturas “Llévala a la luna por mí”. La plasmación más amarga del adiós a la infancia y a la imaginación.

Inside out es la entrada a un apasionante parque temático donde las atracciones se inspiran en nuestros estados de ánimo. Un entorno idílico pero no utópico en el que confraternizan todos los sentimientos. Un viaje desde la infancia a la edad adulta que consiste en asimilar que la felicidad la conforman esos instantes en los que la alegría, el asco, el miedo, la ira y la tristeza logran ir de la mano.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
It Follows
It Follows (2014)
  • 6,3
    20.732
  • Estados Unidos David Robert Mitchell
  • Maika Monroe, Keir Gilchrist, Daniel Zovatto, Jake Weary, ...
7
Mil maneras de inquietar
Estamos tan acostumbrados a que el cine nos indique cuándo llorar, cuándo reír y, en este caso, cuándo gritar, que no sabemos cómo reaccionar cuando una película rompe los moldes prefabricados de la industria del espectáculo. It follows quiere infundir miedo, pero no quiere hacerlo bajo los cánones habituales del género, valiéndose de las herramientas que se saben eficaces. No renuncia a los sustos, a los golpes de efecto, a los efectos de sonido, a la banda sonora. Pero los reformula, los reinterpreta, para proponer una visión actualizada del terror. Puede que para algunos no resulte tan placentera, pero al menos asume un riesgo que merece la pena explorar.

Pocas propuestas a priori más disciplinadas logran el estado de inquietud que desprende esta cinta del prácticamente debutante David Robert Mitchell (El mito de la adolescencia). Su mérito no recae tanto en un planteamiento ingenioso, en un punto de partida intrigante (que también) sino en una puesta en escena meticulosamente estudiada, perfectamente planificada, para crear una atmósfera de tensión y de angustia muy difícil de alcanzar. Una apuesta por la cotidianidad, por un pánico casi costumbrista, que seguro costará asimilar.

Porque esta reinvención de la estética ochentera puede provocar rechazo en parte de la platea, a la que es probable que se le pongan los pelos como escarpias, no por lo terrorífico de las situaciones, sino por esos planos contemplativos, por esos travellings insistentes, esos zooms demodés. No se han enterado. Que los 80 han resucitado en el cine, hace años que lo estamos viviendo, desde la maravillosa Drive a la más reciente The guest. Mitchell lo que ha hecho es encajarlos en el subgénero del terror psicológico, ese que sugiere más que muestra, de manera que todos esos planos, todos esos travellings y zooms imposibles forman parte de una orquesta que dirige con maestría la banda sonora.

Más que las interpretaciones, más que la puesta en escena, más incluso que las ocurrentes secuencias con las que nos deleita esta película, luce la impecable banda sonora, que cumple a la perfección con su función. Música ochentera pero alternativa, minimalista, a cargo de Rich Vreeland que tanto podría servir para una sesión del Sónar de Barcelona como para sumergirnos en esta pesadilla agorafóbica, en la que el mal tiene mil caras y viene de todas partes. Una amenaza constante que convierte la vida de sus víctimas en todo un infierno, enfrentadas a lo desconocido desde una impotente soledad.

It follows contiene más escenas memorables que muchas de las cintas recientes del género. Ya el primer planteamiento de esta particular maldición sexual, que hará las delicias de los más puritanos, se expone en una tensa huida sobre silla de ruedas. Otra escena en un lago, cuando los efectos especiales hacen acto de presencia, es otro ejemplo de adrenalina perfectamente dosificada. Pero es en los minutos finales, en el interior de una piscina, cuando la película alcanza cotas de obra maestra, en un claro homenaje al brillante desenlace de Déjame entrar. Otra atípica cinta de terror que revitalizó el subgénero vampírico. La muestra de que en esto de asustar no está todo inventado.
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10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Refugiados (Serie de TV)
Refugiados (Serie de TV) (2015)
  • 4,1
    955
  • España Ramón Campos (Creator), Gema R. Neira (Creator), ...
  • Natalia Tena, David León, Will Keen, Dafne Keen, ...
4
Otra víctima del hype desorbitado hacia la ficción española
Lancemos desde aquí una advertencia a nuestras televisiones. Dejen de promocionar sus nuevas apuestas de ficción como la panacea de la ficción española, como el antes y el después que nos equiparará de una vez por todas con el panorama televisivo internacional. Traslademos también el aviso a nuestros compañeros periodistas. Avísennos cuando realmente un producto de nuestro país rompa esquemas, aporte auténticas novedades y no esté en todo momento con el ojo puesto en los grandes referentes, los que marcan tendencia. Porque de todo el arsenal de grandes novedades que nos esperaban esta temporada, sólo una, El ministerio del tiempo, ha asumido un gran riesgo y pulverizado moldes.

Flaco favor le hacemos a las productoras españolas si generamos excesiva y precipitada expectación con propuestas que, sólo faltaría, se adecuan a los nuevos tiempos pero que en realidad no tienen ni tendrán un peso determinante en el mercado internacional. Desde el momento en que, tanto desde los medios como desde los propios gabinetes de comunicación de las cadenas, se equipara una nueva apuesta con la ficción extranjera es de justicia comparar con equidistancia y sin condescendencia. Y, francamente, puede que 'Refugiados' cuente con el respaldo de la BBC, pero su trascendencia en el género de la ciencia ficción es poco más que nulo.

El gran mérito de la serie que estrenaron anoche de forma simultánea los cuatro canales de Atresmedia es haber logrado el apoyo de la cadena de referencia británica, con la que al parecer los guionistas españoles tuvieron algunas desavenencias. Y no es para menos. Son fácilmente identificables las carencias de una propuesta con más ambición teórica que práctica y que desde luego no la incorporarán en el cada vez más amplio catálogo de series influyentes de la BBC.

Si el objetivo era parir una serie que no pareciera española, no hay duda que lo han conseguido. Autores extranjeros, fotografía a la orden del día, una ambientación que bien podría estar ubicada en Estados Unidos, rodaje en inglés con un doblaje nefasto. Hasta los créditos parecen sacados de la HBO. Pero si algo ha demostrado la ficción que nos ha regalado este año la imaginación de los hermanos Olivares es que puede alcanzarse la gloria y el aplauso de crítica y público sin perder la propia identidad. Español no tiene por qué equipararse siempre con lo rancio o lo garbancero.

En todo caso, no es criticable que un producto 'made in Spain' tenga aspiraciones globales (el cine de Amenábar, por ejemplo, es cada vez menos español y más influyente). Lo que sí es condenable es desaprovechar el tirón mediático y la carta de presentación con un primer capítulo que ya pierde el ritmo una vez planteada la interesante premisa inicial. Después de situarnos en un contexto en el que tres millones de personas regresan del futuro con una lucecita roja en el pecho para intentar salvarlo, la trama quiere volverse intimista y centrarnos en un microcosmos de recelos y miedo psicológico. Podría ser para crear una atmósfera claustrofóbica, asfixixante, terrorífica. Pero sólo sirve para infundir el más profundo de los sueños.

Hay ficciones lentas y ficciones aburridas. 'Refugiados' es ambas cosas. Porque hay ritmos sosegados pero que conllevan mucho mar de fondo, que profundizan en los personajes, que te adentran en una atmósfera inquietante de la que resulta imposible escapar. Sin embargo, hay lentitudes injustificables, plagadas de altos en el camino que no aportan nada, que ralentizan la marcha sin criterio alguno. Es la dinámica de esta nueva serie, que se permite el lujo de alcanzar los bajones de intensidad que las grandes producciones suelen manifestar cuando el espectador ya está lo suficientemente enganchado como para abandonar. La emisión de dos capítulos seguidos tampoco ayudaba. Certificó al instante que el interés resucitará a golpe de 'cliffhangers'.

Mal vamos si para sobrevivir a esta miniserie de ocho capítulos debemos esperar a los clímax finales del episodio, después de minutos y minutos de relleno existencial basados en la reiteración. Una intriga de ciencia ficción como la que plantea 'Refugiados' merece un tratamiento mucho más apasionado que el que han demostrado las dos primeras entregas de la serie. 100 minutos desaprovechados, sumidos en un letargo que sólo aviva un par de golpes de efecto. Oportunidad de oro perdida que costará mucho recuperar. Frenen el ritmo de entusiasmo, queridos compañeros y gabinetes de prensa, porque tamaña expectación sólo pueden cubrirla los éxitos más inesperados.
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18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lost River
Lost River (2014)
  • 5,4
    3.013
  • Estados Unidos Ryan Gosling
  • Christina Hendricks, Saoirse Ronan, Iain de Caestecker, Matt Smith, ...
4
Ryan Gosling busca su Holy motors
Drive es lo peor que le ha podido pasar a Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling. El director regresó con Sólo dios perdona y se estampó de lleno en su intento de repetir fórmula de acción visualmente molona. Y el actor seguramente se vio tentado de pronto por la llamada de la dirección, convencido de que las obras maestras pueden calcarse y camuflarse con el disfraz de otros logros ajenos. Sí, a veces los mayores éxitos se convierten en la peor pesadilla de los creadores, incapaces de proseguir el camino a la sombra de sus grandes logros.

Imagino la enorme tesitura en la que debieron encontrarse Christina Hendricks, Saoirse Ronan y demás actores de renombre cuando Ryan Gosling les propuso participar en su debut tras las cámaras. ¿Cómo decirle que no al actor del momento? ¿Cómo negarle el capricho, aún sabiendo que con semejantes ínfulas se abocaban directamente al suicidio? Peor lo tuvo que pasar Eva Mendes, la dulce y sacrificada novia, si no quería enfrentarse a una crisis de pareja. Y esto es lo que sucede cuando nadie para los pies a los directores-celebrity, que se ponen profundos y paren esperpentos como Lost river.

Han querido compararla con el cine de Terrence Malick, con el de David Lynch, con el del propio Winding Refn, todos ellos con la personalidad y el empaque suficientes como para labrarse una carrera identitaria. A los tres ha fotocopiado Gosling sin demasiados miramientos en su ópera prima. Pero su verdadera fuente de inspiración ha sido sin duda Holy motors, la extravagancia de Leos Carax que cautivó hasta a la propia Mendes. Nada peor que un referente trascendental para un novato más conocido como sex symbol que como intelectual.

¿Estoy cuestionando la inteligencia de Gosling basándome únicamente en su belleza? Simplemente me remito a su dudoso criterio como debutante. Una jugada muy poco astuta la de iniciarse en la dirección con un tono tan pretencioso, sobre todo si nos atenemos al material de partida. Porque la decadencia del sueño americano, los estragos del capitalismo salvaje, merecían un tratamiento más digno que el simple postureo visual del que ha querido hacer gala aquí el amigo.

Es una lástima que entre tanta metáfora se diluyan tramas que habrían dado para un buen filme de debut, como esa lucha a muerte por la hegemonía en un pueblo agonizante o la no-historia de amor entre el protagonista y su vecina. Incluso esa acción tan surrealista en un local para amantes del gore tendría su atractivo si realmente condujera a algún lugar. Pero pocos elementos en Lost river llevan a buen puerto. Que filmes como este lleguen a programarse en nuestro país cuando miles de debutantes siguen haciendo cola demuestra hasta qué punto resulta imprescindible en este negocio estar de moda y estar bueno.
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14 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
El año más violento
El año más violento (2014)
  • 6,6
    10.748
  • Estados Unidos J.C. Chandor
  • Oscar Isaac, Jessica Chastain, Albert Brooks, David Oyelowo, ...
8
Cuando todo está podrido
Hubo un tiempo en que Nueva York era una ciudad inhabitable, alejada de esa urbe cosmopolita y moderna en la que todos, o casi todos, quisiéramos vivir. Ahora es el plató perfecto para comedias románticas y empanadas hipsters, pero hace sólo dos o tres décadas era el decorado ideal para películas de gángsters o sórdidos 'thrillers' (con permiso de Woody Allen). En ese contexto, irreconocible para los que mantenemos a Manhattan en un pedestal, se desarrolla la turbadora historia de un matrimonio que lucha, con métodos opuestos, por hacerse un hueco en el llamado sueño americano, reconvertido con el tiempo en toda una pesadilla para la gran mayoría de los mortales.

Abel Morales es un inmigrante sudamericano que busca asentar su negocio de transporte y convertirlo en un imperio que lo convierta a ojos de los norteamericanos en el admirado 'self-made man' al que todos aceptan y respetan. Quiere hacerlo siguiendo las reglas, evitando los atajos que puedan manchar su expediente. Pero la violencia acecha en las calles, también en las altas esferas, y los obstáculos no pueden salvarse con buenas maneras. Es el pragmático punto de vista que mantiene su esposa, consciente de que el capitalismo es una jungla de depredadores en la que sólo sobrevive el más fuerte.

Tras el paréntesis de 'Cuando todo está perdido', J.C. Chandor sigue la senda crítica que emprendió con su poderoso debut 'Margin call' y amplía el foco más allá de los implacables poderes económicos. El tono ahora es mucho más pesimista. Todos somos esclavos de un sistema perverso, susceptibles de caer en un sistema en el que la ambición se zampa a los principios. De ahí que toda la atmósfera que rodea a 'El año más violento' sea tan marrón y oscura como la visión del protagonista, enturbiada por un entorno hostil que lamina los ideales.

Después de conquistarnos en la piel de Llewyn Davis, Oscar Isaac se afianza como actor de primer nivel con un papel protagonista impecable, cargado de matices, de enorme complejidad. Abel Morales se debate continuamente entre las convicciones éticas y su ambición latente, entre el complejo del inmigrante que reniega de sus orígenes y el orgullo de quién ya saborea las mieles del poder y del éxito. En la evolución de su personaje y en la interacción con su calculadora mujer (Jessica Chastain está de Oscar) se encuentra el principal atractivo de una cinta tan dura en el mensaje como en la propuesta.

Porque no es fácil adentrarse en 'El año más violento'. Ni arranca con un gran señuelo ni con la información suficiente para entender el contexto. Pero superados los minutos iniciales, se convierte en una apasionante crónica sobre el emprendimiento, no mediante el método triunfalista de los libros de autoayuda, sino desde la desesperanza que sólo estos tiempos podrían inspirar. La búsqueda de financiación, la competencia desleal, la corrupción. Mecanismos que no se enseñan en las escuelas de negocios pero que convierten la creación de empresas en algo más complicado que un camino de rosas, al menos para los que sigan manteniendo los escrúpulos.

Chandor, por tanto, mantiene su particular pulso contra el capitalismo salvaje, esta vez con una apuesta visualmente más arriesgada y con el 'thriller' como género vehicular. Así consigue escenas de acción brillantes como la persecución en la autopista o la que termina en una estación de metro. Desprenden la misma adrenalina que una cinta del género sin recurrir a sus típicos efectos sonoros y visuales, de igual forma que golpea nuestro 'status quo' sin tirar de panfleto. Con sutileza y elegancia. Absolutamente recomendable.
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13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pride (Orgullo)
Pride (Orgullo) (2014)
  • 7,3
    12.445
  • Reino Unido Matthew Warchus
  • Ben Schnetzer, Monica Dolan, George MacKay, Bill Nighy, ...
7
We are all lesbians
Mágica. Entrañable. Enternecedora. Maravillosa. Son los adjetivos que elegiría de Pride si fuera el responsable de marketing de la distribuidora para resaltar sus mejores atributos en un póster promocional. En letras bien grandes. Sentencias que seguro que más de un crítico anglosajón, de esos tan impulsivos y exagerados, podría destacar sin pestañear en su crónica. Y no estaría faltando a la verdad, porque este insólito encuentro entre activistas gays y mineros en la Inglaterra de Margaret Thatcher sólo podía llevar a un único destino: la pura emoción.

Lo que sí es desmesurado en la promoción, y no juega muy a favor de la película, son las comparaciones. Todos sabemos que cualquier excusa es buena para atraer a más público a las salas, pero situar a Billy Elliot y The full monty como referentes de Pride es, además de injusto, un pelín sobredimensionado. Aunque es evidente que gustará a los fanáticos de ambas, la cinta no llega a las cotas de sensibilidad de la primera ni de originalidad de la segunda. Conviene saberlo para no llevarse sorpresas.

Las influencias son claras. El espíritu reivindicativo fluye en los tres proyectos por medio del humor y la fibra sensible. Imposible no empatizar con unos personajes tan marcadamente arquetipados, diseñados al milímetro para ganarse el cariño de la audiencia, aunque sea en un contexto tan duro y real como la huelga de mineros ingleses en los años 80. Resulta imposible no rendirse ante un cuento de hadas en el que las lecciones se aprenden a un ritmo vertiginoso, las adversidades se solventan en segundos y la intolerancia se resuelve mediante el diálogo. Un mundo ideal, que dirían los de Disney, del que no queremos despertar.

Pride es toda una fiesta de la diversidad, un canto a las bondades del ser humano que, desde luego, no está pensado para escépticos y cascarrabias. Resulta más gratificante rendirse a los encantos de una gran fábula que lo único que persigue es hacernos sonreír. Desde luego, lo consigue. A fuerza de trucos, de situaciones forzadas, de ciertos vicios lacrimógenos. Pero con un fin positivo y sano, al fin y al cabo.

Pasemos por alto la verosimilitud de algunas escenas del filme, porque difícilmente podrían hacerse realidad (aunque la cinta esté basada en hechos reales), y disfrutemos de su impagable contenido, como ese baile que se marca Dominic West ante una atónita audiencia minera, en un papel radicalmente opuesto al Noah de The affair. O el que protagoniza un grupo de galesas enloquecidas en locales de ambiente de Londres. Poco importa si ocurrió. Lo importante es soñar que podría suceder.

Por si el humor no fuera suficiente, Pride cumple a la perfección con su función didáctica, equilibrando muy bien las posturas y manteniendo siempre un impecable respeto por ambos colectivos. Alecciona, es evidente, pero sin caer en falsos victimismos. Los prejuicios están presentes tanto en mineros como en homosexuales, y prueba de ello son los abucheos que en una de las escenas le propinan los clientes de un local gay a un líder sindical y hetero. Por tanto, el mensaje, como todo en este filme de pocos alardes, queda perfectamente claro y definido: No a la homofobia, no a la discriminación, no a la intolerancia.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Negociador
Negociador (2014)
  • 5,8
    4.346
  • España Borja Cobeaga
  • Ramón Barea, Josean Bengoetxea, Carlos Areces, Melina Matthews, ...
6
Más valiente que mordaz
Hubo un tiempo, demasiado largo, en el que los atentados de la banda terrorista ETA abrían día sí día también los telediarios españoles. Hoy, sin saber muy bien cómo, son cosa del pasado. Se esfumaron los coches bomba, los encapuchados, las manifestaciones, los reproches. Lo que parecía irresoluble, ya no existe. Y los ciudadanos desconocemos las claves de un proceso de paz que terminó con el conflicto que durante años fue el epicentro político de nuestro país.

Borja Cobeaga ha decidido ofrecernos su visión del asunto recurriendo al humor. Como en su día hiciera Jordi Évole, él valiéndose de un polémico falso documental, para denunciar la opacidad respecto al golpe de estado del 23F. ¿Cómo se logró convencer a los etarras para que renunciasen a la violencia? ¿En qué momento se disipó la por entonces insalvable crispación política que se vivía en Euskadi y España? Los términos de un acuerdo que se alargó durante años se siguen desconociendo, o al menos no han obtenido la repercusión que merecían. Y de nuevo tiene que venir la ficción a recordárnoslo.

Abordar tan espinoso asunto con sentido del humor era tan peliagudo como osado. Y lo digo en pasado porque, prueba de que el conflicto vasco ya no levanta ampollas, es que la película no ha despertado ningún tipo de absurda polémica. La salud democrática de nuestro país, como les gusta decir a los políticos, parece que pasa por un buen momento. Ya estamos preparados para reírnos de asuntos serios. Demasiado preparados quizá, porque de Negociador esperábamos un poco más de retranca y mala uva.

La ficticia negociación, diálogo, o cómo quisieran llamarlo sus interlocutores, entre el representante vasco del gobierno español y un líder de ETA llamado Jokin en un desangelado hotel del sur de Francia da para mucha coña. Desde luego, Cobeaga sabe sacar jugo de la reunión con diálogos surrealistas, simples cuestiones terminológicas, que no hacen sino retratar todo el absurdo que rodea a nuestra clase política. Pero no lo suficiente.

Cuando uno imagina todo el potencial de este encuentro entre dos mundos antagónicos, pero capaces de converger ante un par de cervezas, no queda otra que lamentarse por ese tono a medio gas. Sobre todo porque las dos o tres escenas desternillantes, como la que protagoniza una prostituta cubana o Secun de la Rosa, podrían haber sido más la tónica que la excepción.

Más que un humor deliberadamente excéntrico, Cobeaga ha buscado para Negociador un abordaje más intimista, centrado en los detalles y en unos personajes muy bien definidos que son los que sostienen esta particular interpretación del conflicto en Euskadi. El trabajo de Ramón Barea como político vasco campechano y el de Josean Bengoetxea como el vascongado infranqueable son encomiables, reflejo de una sociedad que ha logrado entenderse y, desde luego, retrato mucho más fidedigno que el de Ocho apellidos vascos, la otra lectura del director sobre su tierra natal. Quizá un camino intermedio entre la desmesura de aquel taquillazo y la austeridad de esta obra sin altavoz mediático sería la comedia definitiva y perfecta sobre el pueblo vasco.
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13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Perdiendo el norte
Perdiendo el norte (2015)
  • 5,0
    17.579
  • España Nacho G. Velilla
  • Yon González, Julián López, Blanca Suárez, Miki Esparbé, ...
6
Al gusto de Antena 3
7 vidas. Aída. Fuera de carta. Que se mueran los feos. Nacho García Velilla está tan ligado a la comedia como lo está a Javier Cámara y Carmen Machi, dos de sus actores fetiche. En Perdiendo el norte pasan a un segundo plano, como padres de un protagonista obligado a emigrar a Alemania en busca de una oportunidad laboral. Dejan hueco a otros nombres, como los cabezas de cartel Yon González y Julián López. Pero se les echa de menos, como también se echa en falta el humor disparatado y gamberro que define la filmografía de Velilla y que aquí también da paso a otros géneros menos logrados, el de la crítica social y el drama.

La intención de denunciar el lamentable estado de nuestro país a través de la comedia es muy loable. Con el paro juvenil por las nubes, la inversión en investigación bajo mínimos y un retorno a la emigración como medio de subsistencia, el retrato de la llamada generación perdida se hacía necesario. Y más utilizando el recurso inteligente del humor. Pero el mensaje en Perdiendo el norte es tan evidente, tan poco sutil, que pierde fuerza. No hacía falta poner en boca de los personajes lo mal que lo está haciendo el gobierno o el retroceso histórico que está sufriendo nuestra sociedad. La trama hilarante debería hablar por sí sola.

El otro gran género todavía más incrustado con calzador es el que protagoniza José Sacristán. Sus recuerdos y la evolución del personaje introducen una subtrama dramática que desentona por completo con el tono que debió perseguir la cinta, convirtiéndose así en una comedia a medio gas que busca llegar a un público familiar. Justo lo que lo que persiguen ciertas telecomedias, tan del agrado de una cadena para todos los públicos como Antena 3, productora de la película.

Lástima que ese gusto cada vez mayor por llegar a una audiencia más amplia rebaje la mordacidad de una comedia que podría haber encadenado carcajadas sin problema. Material no le faltaba. Todos y cada uno de los actores cumplen sobradamente con su cometido. El esfuerzo de rodar en una ciudad como Berlín queda recompensado con preciosos planos de situación. Incluso el argumento plantea grandes situaciones de enredo, diluidas en cierta manera por esa búsqueda incesante del carácter amable.

Aún así, Perdiendo el norte guarda un par de escenas desternillantes –como la que protagonizan un par de cuernos de asno- y emocionante –el beso frente al muro de Berlín-. También alguna que otra vergonzosa –ese momento caca, culo, pedo, pis-. Un mejunje de chistes más o menos ingeniosos que recuerda en cierta manera a otra cinta de humor descafeinado –y gran hit de la temporada pasada- como Ocho apellidos vascos. Dos dignos esfuerzos por revitalizar la comedia romántica española pero que no han logrado superar en audacia y talento a la que sin duda es la obra cumbre del género en nuestro país: 3 bodas de más.
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9 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Fuerza mayor
Fuerza mayor (2014)
  • 6,3
    7.588
  • Suecia Ruben Östlund
  • Johannes Kuhnke, Lisa Loven Kongsli, Vincent Wettergren, Clara Wettergren, ...
6
Cuando se tambalean los cimientos
Sobre el hombre pesa una enorme responsabilidad dentro del imaginario familiar. La sociedad le presupone unos atributos –protección, entereza, valor- ante los cuáles sólo cabe responder sacando pecho. Sin flaquezas. Derrochando hombría. Rara vez se invierten los papeles. Todavía hoy, el sexo masculino sigue acatando por imperativo social un rol que enaltece su virilidad, que enorgullece su propio ego. Pero, ¿qué ocurre cuando el varón no responde a los cánones preestablecidos, cuando se muestra incapaz de asumir esa carga de seguridad y de estabilidad emocional en la pareja?

Es la hipotética situación que materializa el sueco Ruben Östlund en Fuerza mayor y que incluso en pantalla resulta inaceptable. ¡Un hombre abandona a su mujer y a sus hijos pequeños para refugiarse de un alud! Inadmisible. Intolerable. Bochornoso. Cobarde. Resulta casi instintivo ponerse en la piel de la pobre y afligida esposa, víctima de un marido que, ante una situación de emergencia, reacciona a la contra, poniendo en entredicho sus sentimientos y desestabilizando por completo la estructura de su hogar. Un refugio donde el derrumbamiento no es opción para hombres.

La cinta plantea un debate en platea que todos y cada uno de los personajes van desmigajando durante el metraje. Los hay que lo verbalizan directamente –como la propia afectada-; los que prefieren ocultarlo –evidentemente, el marido-; los que desenfundan las excusas –como el esforzado amigo- y, mucho más interesante, los que exteriorizan sin mediar palabra. En la figura de los dos pequeños, con un instinto inmejorable para interpretar la realidad, y del señor de mantenimiento del hotel, con esa mirada condenatoria, se ejemplifica perfectamente el gusto del director por los detalles.

Porque Fuerza mayor no es una película en la que un hecho en principio banal desencadena un desenfrenado conflicto verbal –como ocurre, por ejemplo, en Un dios salvaje, de Polanski- o una batería de inesperadas reacciones –como en la serie The slap-. Aquí los acontecimientos se suceden a ritmo de quitanieves y de Vivaldi, con la misma mirada hipnótica con la que uno observa descender los copos de nieve. Con un halo de misterio que vaticina tragedia, planos asépticos y fijos que marcan distancia, que sugieren más clímax de los que la cinta finalmente proporciona.

De ahí que cuando estallan los sentimientos, en uno de los pocos arranques del filme, la escena resulte un poco chocante, incluso grotesca. Tantos esfuerzos visuales para recrear un contexto gélido y claustrofóbico, con magníficos planos a vista de esquí o entre la niebla, deberían haberse invertido también en la construcción de un protagonista que, finalizado el metraje, todavía desconocemos si merece nuestra empatía o todo nuestro desprecio. Desconcertante planteamiento sobre el que el director prefiere no adoctrinar.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Ministerio del Tiempo (Serie de TV)
El Ministerio del Tiempo (Serie de TV) (2015)
  • 7,2
    10.632
  • España Javier Olivares (Creator), Pablo Olivares (Creator), ...
  • Rodolfo Sancho, Aura Garrido, Nacho Fresneda, Hugo Silva, ...
8
El misterio de la ficción televisiva española
Hace una semana, se estrenaba en Antena 3 Bajo sospecha, la que prometía ser una de las series de la temporada, a juzgar por las alabanzas de buena parte de la crítica. Comparada con producciones del mismo género como Broadchurch o The Killing, el piloto enseguida denotó las mismas flaquezas que suele arrastrar la ficción televisiva española: planteamiento inverosímil, errores flagrantes de casting y una puesta en escena mediocre. Un producto correcto, decente, pero sin ningún tipo de ambición internacional.

Una semana más tarde, TVE decidía enfrentar el éxito de Antena 3 con su gran apuesta de ficción para este año, El ministerio del tiempo. Y en ese momento, expuestas las dos en el prime time de los martes, se produjo el milagro, la reacción espontánea, unánime y entusiasta del público en las redes sociales. Por fin una serie española decidía arriesgar en su argumento sin provocar vergüenza ajena. Por fin una ficción patria de la que sentirse orgulloso. Al fin la mirada puesta en un horizonte más lejano que el del espectador perezoso y conformista.

Los viajes en el tiempo son un recurso tan explotado en las series de medio mundo que El ministerio del tiempo corría el grave peligro de morir por comparación. Sin embargo, Javier y Pablo Olivares, los creadores de esta valiente osadía, han conseguido que la fusión entre ciencia ficción e historia resulte novedosa y entretenida, sin imponerse los límites propios de nuestra encorsetada ficción y arriesgando con una mezcla de géneros que, sorprendentemente, ni chirría ni avergüenza.

Saltar del chiste garbancero a un humor más inteligente no es tarea fácil, y más en un contexto ambicioso que quiere abarcar tantos géneros sin morir en el intento. Pero cuando el personaje que interpreta Salvador Martí, uno de los altos cargos de este inédito ministerio, suelta la frase “Somos españoles, ¿no? Improvisen”, enseguida nos descubrimos ante un panorama distinto, capaz de unir un támpax o un teléfono móvil con el siglo XIX sin obligarnos a apartar la mirada del televisor.

Pero para que un guión tan insólito luzca como se merece hacía falta un buen reparto que lo dotase de la credibilidad necesaria. Encomiable la labor de casting, que ha huido de los rostros de moda y ha conseguido un grandioso trío protagonista: Rodolfo Sancho, Aura Garrido y Nacho Fresneda. Hasta un fichaje tan cuestionado como el Cayetana Guillén Cuervo acalla las bocas y adopta a la perfección el tono de la serie, que tan fácilmente podía haber caído en la parodia.

La serie parece que ha optado por un sistema procedimental. Cada semana viajaremos a un episodio distinto de la historia de España. Lo que en un principio podría provocar pereza, una estructura previsible y fotocopiada, lo solventan sus creadores con tramas seriadas muy estimulantes, como esa alteración de los acontecimientos para salvar la vida de la novia del protagonista o la presencia de una perfecta villana: Natalia Millán.

Pero si El ministerio del tiempo quiere huir de lo predecible, conviene que siga la estela del piloto, plagado de sorpresas y giros. La aparición repentina de una puerta que permita viajar al futuro o la llegada de una nueva orden ministerial que autorice a modificar hechos traumáticos del pasado son posibles vueltas de tuerca que enriquecerían, sin duda, el rumbo de la serie. Porque, aunque algunos directivos de RTVE seguramente opinen lo contrario, la historia de España sí podría mejorarse.

Con una parrilla pública amordazada desde primera hora hasta el late night, ¿se atreverán los guionistas de El ministerio del tiempo a abordar hechos históricos más recientes y peliagudos como la guerra civil, el terrorismo etarra o el 11M? Si la serie quiere volverse más compleja y sugerente, debería hacerlo. De momento, nos conformamos con el mérito de haber proporcionado un gran soplo de aire fresco a la historia de la ficción televisiva española.
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110 de 128 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Francotirador
El Francotirador (2014)
  • 6,4
    43.335
  • Estados Unidos Clint Eastwood
  • Bradley Cooper, Sienna Miller, Luke Grimes, Jake McDorman, ...
5
Haz la guerra y no el amor
Existe el cine bélico –o antibélico-, que describe con más o menos distanciamiento el fragor de una batalla, y, por otro lado, un subgénero mucho menos imparcial, claramente partidista y adoctrinador, que es el cine propagandista. Es el que utilizaban con descaro los regímenes totalitaristas pero también es el que siguen empleando de manera más sibilina las pequeñas, medianas y grandes potencias para justificar sus intervenciones militares. Es muy fácil de identificar. En su planteamiento sólo existen dos bandos, el de los buenos frente a los malvados. Sin excepciones ni medias tintas.

Clint Eastwood se ha convertido paradójicamente en el vivo ejemplo de estas dos maneras diametralmente opuestas de representar la guerra en el cine. Hace nueve años, Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima formaban un magnífico díptico en el que cada uno de los dos bandos de una batalla de la segunda contienda mundial tenía su propia voz. Un ejercicio admirable de empatía y a la vez de distanciamiento frente a un conflicto histórico. Esa objetividad se ha roto en mil pedazos en cuanto el director ha querido reflejar una guerra mucho más cercana, todavía abierta, como la que mantiene su país (y el nuestro) con Irak. El francotirador apunta directamente al mundo islámico y sin flaquear. Son el enemigo a batir.

Este cambio de rumbo tan radical en su ideología nos hace temer por la bipolaridad de Eastwood o, lo que es aún peor, que el que hasta ahora considerábamos como un director comprometido nos mantuviera engañados y en realidad nunca haya experimentado la sensibilidad que destilan algunas de sus obras. Porque nada que ver con Los puentes de Madison o Million Dollar baby tiene esta cinta desalmada y patriótica, ejecutada con la misma frialdad que el adoctrinamiento militar.

La historia real de Kris Kyle, el marine con el dudoso honor de haberse convertido en la máquina más letal de Estados Unidos, discurre entre los cuatro despliegues en Irak que lo convirtieron en La leyenda y su complicada conciliación de la vida militar con la familiar. Salvo la primera escena, en la que el protagonista apunta a sus dos primeros objetivos -una mujer y su hijo iraquíes-, las secuencias de acción funcionan de manera impecable pero sin mantener al espectador pegado a la butaca. Ni siquiera la rivalidad que mantiene con un francotirador enemigo se explota de la forma más impactante. Su otro eje fundamental, el drama, flaquea todavía más desde el momento en que los conflictos de pareja y la tortura psicológica se tratan de la manera más burda y elemental posibles.

¿Estaría El francotirador nominada al Oscar de no contar con la batuta de Clint Eastwood? Es evidente que no. Lo que resulta más sorprendente es que su hueco en las nominaciones desbancara a la que sin duda es la cinta bélica norteamericana del año, Corazones de acero. No sólo rehúye la propaganda y mantiene la tensión en todo momento sino que además cuenta con un protagonista, Brad Pitt, mucho más perfilado y oscarizable que Bradley Cooper. En todo caso, el patriotismo de las barras y las estrellas ha encontrado en la cinta de Eastwood, batiendo récords en la taquilla estadounidense, su nueva razón de ser.
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2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil