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Críticas de Kosti
Críticas ordenadas por:
Loreak (Flores)
Loreak (Flores) (2014)
  • 6,6
    8.245
  • España Jon Garaño, José Mari Goenaga
  • Nagore Aranburu, Itziar Aizpuru, Itziar Ituño, Josean Bengoetxea, ...
8
Sólo son flores
Desde hace unos años hemos podido disfrutar en pantalla de personajes femeninos con mucho gancho y fuerza, sin olvidarnos de las sempiternas Bette Davis, Katharine Hepburn o Elizabeth Taylor, por citar a algunas. Con ‘Loreak (Flores)‘ (José María Goenaga y Jon Garaño, 2014) redescubrimos la fuerza de los personajes femeninos a través de la belleza de las flores. La vida de Ane da un vuelco cuando comienza a recibir flores de forma anónima. A su vez, Tere y Lourdes también descubren ramos de flores dedicados a una persona que quisieron mucho y ya no está. Tres mujeres que ven sus vidas afectadas por las presencias florales, una amalgama policromática que llena de color e incertidumbre tres vidas a distintos niveles: el florecer de una nueva vida, la pérdida sobrellevada y el recuerdo que no quiere marchitarse.

‘Loreak’ parte de una premisa sencilla en apariencia, pero con un desarrollo sofisticado y delicioso. Los planos milimétricamente estudiados por Goenaga y Garaño nos trasportan muy suavemente a las vidas de sus protagonistas, unas vidas que nos invitan a compartir con un resultado plenamente satisfactorio, contándonos unas historias muy ricas e intensas diciendo más bien poco. Es una historia, además, de sentimientos encontrados, de tres mujeres en los que brota el amor, pero a la vez se marchita poco a poco, igual que esos ramos de flores que dejamos en el jarrón sin cambiarle el agua y sin podar los tallos. El agua y el amor no terminan de ser absorbidos por esas “heridas abiertas” a las que tanto se hacen mención, y es entonces cuando llega el fatal desenlace. El mensaje es claro: las relaciones humanas, al igual que las flores, si no se cuidan, acaban muriendo. Frente a esa idea, aparece la del aislamiento o la soledad de los personajes, ya sea en un cubículo de peaje, en una oficina, en la cabina de una grúa o en la pica de la cocina, todos encuentran la soledad en algún momento, una soledad que puede llevar al dolor, a la autocomplacencia o al recuerdo atormentado. La pérdida y el concepto de herida abierta también están presentes en ‘Loreak’ y entronca claramente con el dolor de sus personajes, un dolor a veces intencional y otras veces no pretendido, pero dolor al fin y al cabo. Todo esos temas se entremezclan para recordarnos la memoria del ser perdido; cómo afecta a nuestro día a día el recuerdo y/o el olvido de aquellos a quienes amamos.

Si otra cosa han hecho bien Goenaga y Garaño, es la elección de sus actores, y nos referimos a sus tres protagonistas femeninas que se unen, como si de un ramo se tratara, a través de un lazo masculino. Sus tres protagonistas femeninas desbordan esa policromía de la que hablábamos al principio, tres mujeres con tintes de todas las tonalidades, pasando por la pasión del rojo, la tristeza del azul, la calidez del amarillo o la alegre calma del verde, igual que las flores. Forman un tandem con contrastes muy marcados: por un lado está Ane (Nagore Aranburu) taimada y dulce, la tranquilidad perfecta, a pesar de vivir en un matrimonio apagado y sin chispa; Lourdes (Itziar Ituño) es la garra, la fuerza, el impulso hecho mujer, la que consigue lidiar con la pena internamente, pero la que mejor sabe sacar la rabia contenida; y por último está Tere (Itziar Aizpuru) la tradición personificada, la “sabia” voz del pasado en el presente, la mujer arraigada que vela por los suyos de forma incesante. Tres mujeres, tres personalidades, tres formas distintas de ver la vida y tres historias donde las flores no sólo son flores, sino un receptáculo en el que guardar sus sentimientos a la espera de que florezcan nuevamente.

Para disfrutar de una historia cargada de sentimiento y ahondar en la psique humana sin recurrir a grandes artificios.
Lo mejor: la aparente sencillez con la que llega al espectador y lo difícil que resulta sacársela de la cabeza.
Lo peor: que deja un sabor agridulce y no deja intuir un final feliz o triste, sino todo lo contrario, aunque eso, en el fondo, no es nada malo.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Coherence
Coherence (2013)
  • 7,1
    26.787
  • Estados Unidos James Ward Byrkit
  • Emily Baldoni, Maury Sterling, Nicholas Brendon, Elizabeth Gracen, ...
8
Encontrarse a uno mismo nunca cobró tanto sentido
Cuando un grupo de amigos se reúne para cenar y rememorar tiempos pasados, no se imaginan lo que está a punto de suceder. Mientras ellos charlan, un cometa surca el cielo, dejando una bella imagen para los que se encuentran bajo ese manto de estrellas. ¿Puede el paso de un cometa alterar de tal manera la vida en la Tierra que nuestra percepción nos llegue a jugar una mala pasada y veamos o imaginemos cosas que o bien no existen o son fruto de algún tipo de espejismo? Nada más alejado de la realidad. En ‘Coherence’ (James Ward Byrkit, 2013) asistimos a un experimento tipo “El gato de Schrödinger” donde la paciencia y la cordura de un grupo de amigos es puesta a prueba.

Parecía que la ciencia-ficción había encontrado su techo, y que nada más podría sorprendernos, que era imposible que nuestros ojos vieran algo novedoso y transgresor, pero vivíamos engañados. James Ward Byrkit firma con ‘Coherence’ su primer largometraje, película que dirige y escribe de forma brillante. Su guión es lo más destacable, una historia que nos enreda a placer y se mete en nuestra mente para jugar con ella a un juego de confusión medida. Byrkit sigue una línea in crescendo que nos lleva desde escenas típicas de una reunión de amigos hasta un final en el que es inevitable quedarte a mandíbula batiente, es decir, con la boca abierta. Es por eso que podemos decir que estamos ante una película con un guión sólido, donde nada (o casi nada) se deja al azar, algo por lo que toda su acción merece la mayor atención posible por parte de sus espectadores. ‘Coherence’ es de esas películas a las que hay que ir preparados, con la cabeza preparada para ser estrujada, vapuleada y llevada más allá de sus límites.

El juego del que nos hace partícipes su director encuentra también el reflejo de esa solidez y brillantez del guión en sus planos y escenas. La confusión, que es ese hilo conductor en el que se mueven los personajes y donde atrapa al espectador, se traslada a la cámara. A medida que avanzamos en la historia, los planos se vuelven escurridizos, en ocasiones muy oscuros, y la nitidez se difumina, acrecentando la confusión en la pantalla y trasladándola a las butacas. Es por eso que, a pesar de ese pulso irregular a la hora de grabar, estamos ante una herramienta más de la que se vale Byrkit para trasladarnos la tensión y la mencionada confusión, reflejada ésta también en los rostros de sus actores, un reparto nervioso y bastante heterogéneo que parece estar viviendo de verdad los sucesos que se cuentan, con una evolución digna del mejor novelista de ficción.

En realidad, cualquier cosa que puedan leer sobre esta película no podrá acercarles a la impactante realidad que encierra, al igual que jamás sabrán si el gato de Schrödinger está vivo o muerto (o ambas) si no abren antes la caja.

Para fieles seguidores de la mejor ciencia-ficción hecha con respeto hacia el espectador y mucha ilusión.
Lo mejor: Sin duda, su guión, sólido, trasparente y sin trampas.
Lo peor: Nimiedades que en nada restan calidad a su visionado.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Alguien a quien amar
Alguien a quien amar (2014)
  • 6,0
    766
  • Dinamarca Pernille Fischer Christensen
  • Mikael Persbrandt, Sofus Rønnov, Trine Dyrholm, Birgitte Hjort Sørensen, ...
6
Soledad nórdica en compañía
“Nunca sabes quién cambiará tu vida” es el eslogan elegido para promocionar ‘Alguien a quien amar’ (Pernille Fischer Christensen, 2014), el último drama familiar con tintes musicales que nos llega desde la fría Dinamarca. Thomas Jacob (Mikael Persbrandt) es un cantautor que triunfa en Estados Unidos. Cuando decide volver a Dinamarca para grabar su nuevo disco, se encontrará con su pasado, su presente y su futuro al mismo tiempo. Su hija, con la que no mantiene una relación muy buena, le presenta a su nieto Noa, con el que tendrá que aprender a convivir, al menos durante un tiempo hasta que ella salga de rehabilitación. Lo que no sabe Thomas es que su nieto será esa persona que cambiará su vida.

Desde la fría Dinamarca (como ya hemos anunciado) nos llega esta historia, fría en apariencia y aspecto, pero con un gran calor humano en su interior, tan adentro que apenas fue perceptible en gran parte de su metraje. Ese contraste frío-calor hace de la historia de ‘Alguien a quien amar’ una trama interesante y atractiva, con muchos matices, unos fáciles de percibir y otros que pasan casi desapercibidos, pero tiene todos los ingredientes para ser un drama que consiga calar con facilidad. Pero no es así. En su primera mitad es difícil vislumbrar ese calor que poco a poco debía ir derritiendo el témpano de hielo recién salido del congelador, pero cuesta, y mucho. En cierta medida es de agradecer, sobre todo porque nos presenta pequeños momentos hilarantes, pero en su mayoría sigue una línea recta que le cuesta abandonar. No es hasta su segunda mitad, con el gran mazazo que da al espectador, cuando se percibe, por primera vez, el calor, los instintos primigenios del ser humano, esa representación impulsiva de nuestra especie que tan resultona es en cualquier película. De todas formas, resulta ligeramente reconfortante esa dualidad, el contraste entre un escudo de hielo y un núcleo de lava incandescente que termina por romper la coraza superficial dejando entrar un aire cálido y esperanzador. Al resurgir de esas llamas ayuda bastante la musicalidad con la que Christensen lleva la trama. A pequeños intervalos va introduciendo temas de su personaje que, en mayor o menor medida, reflejan su situación y dejan entrever su cálido corazón, dejando que su alma se expanda junto a las notas musicales.

Si hay algo que ayuda a la película a salir hacia delante, es Mikael Persbrandt, un portento interpretativo (algo fuera de su salsa aquí, pero no demasiado) que con su voz rasgada nos recita el pesar del alma de su personaje, ese hombre prácticamente hierático, falto de sentimientos y antisocial por antonomasia. En su cabeza sólo rondan partituras, letras y melodías, y ni siquiera reencontrarse con su hija, aquejada por las drogas, y con su nieto, al que no conocía, romperán esa concentración musical que le tiene absorto de toda realidad, incluyendo a esas personas que forman su círculo más cercano, si es que alguna vez existió dicho círculo. Y si su actuación resulta grandiosa, más aún lo es su relación con su nieto al que recién conoce. Sofus Rønnov, que es el actor que da vida a Noa, es tratado y actúa como un adulto. En su rostro y en sus palabras no existe resto de la inocencia infantil que en algún momento debió tener, y ello entronca con la relación que desarrolla con su abuelo, una relación entre iguales, de un trato igualitario que en ocasiones hasta asusta. Remarcar nuevamente lo maravilloso, aunque a veces (pocas) “desafinado”, que resultó escuchar las canciones en boca de Persbrandt y el contraste tan lucido con la dulzura que irradiaba Trine Dyrholm. Todo un placer.

Para esos sensibles de corazón que llevan su armadura a cuestas, y para los que no, también
Lo mejor: Su musicalidad en boca de Persbrandt y Dyrholm
Lo peor: Su frialdad no deja ver ese atisbo de calidez humana
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un viaje de diez metros
Un viaje de diez metros (2014)
  • 6,2
    5.545
  • Estados Unidos Lasse Hallström
  • Helen Mirren, Manish Dayal, Charlotte Le Bon, Juhi Chawla, ...
7
Guerra culinaria puerta con puerta
Resulta agradable poder entrar en una sala de cine y disfrutar de una película con varios sentidos de una misma vez. Ya sé que es difícil percibir olores o sabores en este arte, pero si usamos bien la imaginación, llegan solos. Esta es la sensación que tiene uno al salir de ‘Un viaje de diez metros’ (Lasse Hallström, 2014), el último “atrevimiento” culinario del sueco más romántico que ha dado su patria. Una historia de fusiones donde el cine se mezcla con la comida, y en la que dos culturas tan diferentes como la india y la gala se dan la mano para deleite de nuestro paladar y vista. Arrancamos con la llegada de una familia india a Europa en busca de un sitio donde desarrollar su actividad hostelera y ofrecer los ricos contrastes y sabores de la cocina india. Así llegan a Saint Antonin, un pequeño pueblo francés con grandes tradiciones gastronómicas, y es que poseen uno de los mejores restaurantes de la región, galardonado con una estrella Michelín. Justo enfrente, a escasos diez metros, se instalará la familia de Hassan (Manish Dayal), donde inaugurará la “Maison Mumbay“. La guerra abierta entre ambos restaurantes no tardará en estallar, y es que Madame Mallory (Helen Mirren) no dejará que el olor a curry invada su prestigioso Château. La mayor sorpresa llega cuando te enteras que entre los productores se encuentran Steven Spielberg y Oprah Winfrey.

Siempre da gusto regocijarse con las historias sencillas y cercanas de Lasse Hallström: la suave dulzura de ‘Chocolat’ (2000); la triste melancolía de ‘Las normas de la casa de la sidra’ (1999); o incluso su tímida incursión a la potencia del thriller en ‘El hipnotista’ (2012). En ‘Un viaje de diez metros’ volvemos a encontrar esa sencillez que tanto representa a su director, una sencillez que se mueve entre fogones y con menos romanticismo del que nos tiene acostumbrados. Podríamos decir que Hallström, basándose en la novela de Richard C. Morais de homónimo título y bajo guión de Steven Knight (director y guionista de ‘Locke’), ha divido la trama en 3 partes: el viaje, la guerra y la Innovación.

“El Viaje“. He aquí donde arranca la historia. De un plumazo, Hallström se ventila el pasado de sus “héroes” y los introduce en un ambiente hostil, una tierra que desconocen y que tienen que descubrir a base de golpes de suerte y con ayuda del destino. He aquí que nos encontramos con el gancho de la película, con la parte en que nos preguntamos qué rumbo tomará la trama y si nos deparará sorpresas o será todo un producto previsible más. Por suerte (o por desgracia, no lo sé todavía), nos toparemos con ambas opciones. Si hay algo que destacar en este primer tramo es su bella fotografía llena de brillantes colores y de estupendos contrastes de luces y sombras que acompañarán a los protagonistas en todo momento. No tardamos demasiado en pasar a “la Guerra“. Es en este momento cuando la película alcanza su mayor cota de interés, donde la comicidad da paso un fluir de la trama más liviano y agradecido. Ambos restaurantes, frente a frente, pelearán por convertirse en la única opción de los habitantes de Saint Antonin a la hora de degustar una buena cena. Ahí Helen Mirren hace de anfitriona a las mil maravillas, dando un toque de elegancia al aspecto interpretativo. No sabemos muy bien qué le ha pasado a su rostro, pero sospechamos que la edad ya le está pasando una factura muy cara, y la vanidad viene haciendo el resto. Pero como no vive de su rostro, sino de sus capacidades actorales, estamos más que satisfechos. El peor error de todos es tener que llegar a la parte en que se desarrolla “la Innovación“, todo un despropósito que lastra bastante la película, con tropezones de una historia que poco interesa, aunque donde realiza una de las escenas más entrañables de toda la película y que es, realmente, lo único que merece la pena de toda esta tercera parte. Lo salva, aunque a regañadientes, un final un tanto edulcorado, pero que harán las delicias de ese público entusiasta, optimista y eternamente fiel al cine de Lasse Hallström.

‘Un viaje de diez metros’ se permite además, y me sirve así de epílogo, introducir pequeñas pinceladas de genialidad narrativa como es la pequeña incursión político-social a media película, de la que no sale mal parada, más si tenemos en cuenta la situación política que se está viviendo últimamente en Francia. Goza de unos fantásticos planos que van más allá del “Primer plano”en los que no nos aproxima a la comida, a los alimentos, a su textura, a su color, sino que nos mete de lleno en ellos, nos hace formar parte de la receta sólo con la vista, como si fuéramos un ingrediente más, y por eso no cuesta tanto imaginarse el sabor y el olor que inundan la escena. Y para terminar, una recomendación: vayan bien comidos, porque como el hambre apriete durante su visionado, será peor que una tortura. Bon appetit (Lisa Simpson dixit).

Para, y me repito, fieles incondicionales del cine de Lasse Hallström, cocinillas de vista y seguidores de programas culinarios.
Lo mejor: Su cálida sencillez, Helen Mirren y los planos gastronómicos que abren el apetito.
Lo peor: La lastrada última parte que hunde (aunque poco) su placentera trama.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Líbranos del mal
Líbranos del mal (2014)
  • 5,1
    7.538
  • Estados Unidos Scott Derrickson
  • Eric Bana, Edgar Ramirez, Olivia Munn, Joel McHale, ...
3
CSI: Exorcismos
He de empezar diciendo que no soy precisamente un erudito en esto del cine de terror, es más, suelo evitarlo, pero con ‘Líbranos del mal’ (Scott Derrickson, 2014) me dio un pálpito, como si tuviera ese radar del que presume Sarchie, su personaje principal, durante todo el metraje. Si a eso le sumamos que Eric Bana (‘Troya’) y Édgar Ramírez (‘Carlos’) eran los protagonistas, la emoción fue en aumento. Pero mi “radar”, al contrario que el de la película, necesitaba una urgente revisión. La historia es como sigue: Ralph Sarchie, un policía de Nueva York que trabaja en el turno nocturno, se encuentra investigando una serie de crímenes extraños y que parecen tener cierto aura demoniaco. Con la ayuda de un peculiar cura experto en exorcismo, intentará llegar al fondo del asunto para terminar con esta macabra situación que llegará hasta su propia casa.

El principal problema que encuentro en ‘Líbranos del mal’ es lo plano y superficial que resulta su guión, que encima se permite cerrar su historia de una forma demasiado convencional. Es cierto que en las historias de terror siempre vienen bien ciertos convencionalismos o, por decirlo de otra manera, algún tópico suelto, pero cuando te encuentras toda una película llena de los mismos, no consigue colar. En realidad podríamos decir que ‘Líbranos del mal’ funciona algo mejor como thriller que como película de terror, e incluso como una película policiaca con el inconfundible sello Bruckheimer de la saga CSI, y es que se nota la mano del productor entre bambalinas, que no creo que esté mal, es más, le insufla cierto aire fresco (aunque repetido) a la historia, aunque ésta sigue resultando bastante plana.

El terror, reclamo inconfundible de su, por otro lado, bastante aceptable trailer, fue el gran ausente en el largometraje. Así como el ya mencionado trailer tiene garra y atrapa, esa garra no aparece en la gran pantalla, se pierde como si de una ilusión se tratara o como si hubiese sido poseída por el mismísimo demonio. Ya lo decía mi madre: “No te fíes de extraños, y mucho menos de los trailers de las películas“. No se lleven a engaño, sustos hay, pero contados con los dedos de una mano. Su director parece haber querido tirar más por el desarrollo de la historia que por una auténtica película de terror, pero su gozo y el nuestro, en un pozo. En ningún momento consigue levantar lo que, en un principio, sospechamos que va a ser toda una retahíla de clichés, frases manidas e incluso insufribles chistes por el personaje gracioso de turno. El guión mató a la película, no hay más. Por su lado, Eric Bana y Édgar Ramírez hacen lo que pueden, aunque en sus diálogos se atisba un cierto “tufillo” religioso-moderno que vuelve a poner las palabras bien y mal enfrentadas en el celuloide. Otro cliché más para el manual. Y lo del final es de traca, el zénit de la decadencia fílmica en unos 15 minutos de temblores y lanzamientos de agua bendita. Sólo nos queda decir que Dios nos pille confesados y Amén.

Para los fan incorruptibles del género “terror-exorcista” que se lucren con las posesiones demoniacas y los discursos en latín.
Lo mejor: The Doors con su “People are strange” y “Break on through (To the other side)”
Lo peor: Los convencionalismos o clichés que plagan todo su metraje
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300: El origen de un imperio
300: El origen de un imperio (2014)
  • 5,4
    28.937
  • Estados Unidos Noam Murro
  • Sullivan Stapleton, Eva Green, Rodrigo Santoro, Lena Headey, ...
5
Bienvenidos al "Gym Palas Atenea"
Antes de que Leónidas dirigiera a los ‘300’ (Zack Snyder, 2006) por las Termópilas a luchar contra el enorme ejército de Xerxes, Themistocles creaba en Maratón su propio mito. ‘300: El origen de un imperio’ (Noam Murro, 2014) adapta el cómic de Frank Miller, ‘Xerxes’, que narra el nacimiento del dios-rey de los persas, las ansias de venganza de su comandante Artemisa (el temor de los mares) y la tenacidad y valor del héroe griego que plantó cara a los persas, Themistocles. Noam Murro consigue con este spin-off recrear toda la ambientación visual que ya habíamos visto en los 300 primigenios, la minoría contra un ejército colosal. La historia se repite, pero en esta ocasión no es Xerxes quien se encuentra en el lado invasor, sino Artemisa (Eva Green), una huérfana griega criada en las faldas persas que dirigirá su armada hacia su particular venganza contra los griegos, respaldados éstos por Themistocles y su ejército de aguerridos, musculosos y poco frioleros soldados.

Cuando en 2006 descubrí esa técnica imitando a la novela gráfica en la que se basaba, con una fotografía llena de claroscuros y de sombras chinescas con la intensidad carmesí de brotes y brotes de sangre, quedé maravillado. Con una pequeña historia épica, un poco de músculo falso y un aterrador espectáculo visual, quedó un trabajo muy digno. Ahora en 2014, el espectáculo visual se ha perdido bastante. De la calidez en los colores que se obtuvo en la primera entrega, pasamos a una tonalidad más fría, más plomiza, y a eso acompaña el excesivo mal tiempo importado al Mar Egeo. ¿Por qué la sangre, recurso tan explotado anteriormente, se vuelve aquí de un color negro que casi parece petróleo? Se echa de menos, pues, esos colores originarios que daban a las batallas su realismo falso, ese juego visual que hacía de la guerra un cuadro de Pollock en rojo. Eso en ‘300: El origen de un imperio’, se pierde. Y se echa de menos también a Gerard Butler, el valiente Leónidas, aunque Sullivan Stapleton, protagonista de este spin-off, no coge mal el testigo. Tiene la misma fuerza que Butler, un tanto más comedida que el escocés, pero le falta unos grados de carisma que éste sí tenía. Pero si algo gana esta segunda entrega a la primera es su villana. Nos olvidamos de Xerxes, que pasa a un tercer plano, y disfrutamos de Artemisa en la piel de Eva Green, que si ya nos presentó un papel malvado en ‘Sombras tenebrosas’ (Tim Burton, 2012), aquí lo eleva a una potencia superior. Pero ahí se acabaron los elogios.

Como si se tratase de una parodia de sí misma, cogen la historia y la destrozan con frases socarronas y trilladas haciéndolas pasar por algo ingenioso y moderno. Pero no consiguen engañar, porque lo que ya se había inventado no lo han podido reinventar, y recurren a escenas rocambolescas sacadas de una mente enferma y marchita (probablemente la del propio Miller), pero he de reconocer que, como “mente enferma” que soy, la disfruté, aunque sólo fuera un poquito, aunque el ritmo marcado era muy decadente. Empieza con potencia, lucha épica, charla insustancial, volvemos a las armas, miramos al horizonte con cara de odio y nos entregamos a la suerte del destino y los dioses, más charla insustancial, de nuevo sangre a borbotones, alguna escena subida de tono (que no está de más agradecer, por cierto),… y así hasta su desenlace. Vamos, que no se han rebanado mucho los sesos a la hora de generar el guión, y menos todavía con sus diálogos, narraciones y soliloquios.

Para aquellos que disfrutaron de ‘300’ como niños con caramelos y no les importe volver a disfrutar de unos cuerpos que parecen cincelados por el propio Miguel Ángel.
Lo mejor: La química (o la falta de ella) entre Themistocles y Artemisa, y lo poco que sale Xerxes.
Lo peor: Que no salga más Gerard Butler, su tono más oscuro y su falta absoluta de carisma y chispa.
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Cuento de invierno
Cuento de invierno (2014)
  • 4,8
    4.072
  • Estados Unidos Akiva Goldsman
  • Colin Farrell, Jessica Brown Findlay, Russell Crowe, Jennifer Connelly, ...
5
El amor a la vida: Ni frío ni calor
No se puede decir que ‘Cuento de invierno’ sea una historia romántica al uso, aunque sí es cierto que no presenta novedad alguna, sino que mezcla elementos ya conocidos por todos: el amor imposible, la eternidad desde un prisma temporal, el perpetuo sacrificio, caballos alados, un mundo de fantasía donde la humanidad convive con otros seres,… lo típico que diríamos. Lo curioso de esta película reside en su engaño, una mentira positiva que lleva al espectador a cierta sorpresa que sirve de refuerzo entusiasta ante una historia, de por sí, algo insípida. ‘Cuento de invierno’ se nos presenta como una historia de amor, un cuento romántico donde los enamorados redimen sus miedos y sus crímenes y comparten sus sueños y aspiraciones. Pero no, nada más lejos de la realidad (o irrealidad según se prefiera). Goldsman, adaptando la novela de Mark Helprin, nos enseña el amor a la vida, incluso el amor al propio amor. Se aleja del romance puramente edulcorado, de las promesas de amor eterno, y se centra en algo más grande. Resulta una idea muy bien planteada, pero que al llevar a la práctica fracasa, no estrepitosamente, pero si de manera poco solvente. El principal problema es que se recurre a una emoción impostada, muy poco natural, forzada, y eso que el ritmo de la historia es fluido, sino se convertiría en un tedio insoportable, pero no llega a ese extremo por suerte. Además, resulta una historia predecible, bastante cargada de clichés y con demasiados artificios. A pesar de todo ello, creo que es una historia que fácilmente se puede disfrutar aunque no suponga un paso hacia adelante en su género.

En cuanto a sus “estrellas”, cuenta con un reparto interesante y curioso. Si bien ya hemos visto varias veces al bueno de Colin Farrell afanado en el papel de enamorado con gran corazón, y bien que lo hacía en ‘El nuevo mundo’ (Terrence Malick, 2005), aquí se queda algo descafeinado (las comparaciones son odiosas). Cuenta con un personaje que despierta simpatía y hasta cierta empatía, empujada sobre todo por las escenas iniciales, pero su interpretación se queda corta. Le faltó un chispazo que despertara en el público la admiración hacia Peter Lake, pero no lo consiguió. Además, me van a permitir cierta licencia hacia un aspecto tan banal como el que voy a comentar, al que se le ocurrió ponerle semejante peinado en la cabeza deberían condenarlo al destierro. A ratos parecía un peluquín mal puesto, un detalle en apariencia estúpido, pero que me sacó, a ratos, de la trama. El resto del reparto, como ya he comentado antes, curioso e interesante: un Russell Crowe que parece haberle cogido el gustillo a esto de hacer de villano, aunque en esta ocasión la maldad le viene impuesta, no como en ‘Los miserables’ (Tom Hooper, 2012), en la que existe un conato de arrepentimiento. La mayor sorpresa la protagonizaron las apariciones estelares de Will Smith, William Hurt, Jennifer Connelly y Eva Marie Saint interpretando a personajes “muy secundarios” que prácticamente roban el protagonismo en sus escasas escenas, algo no muy positivo para la cinta. Nos quedamos con que son dos horas fluidas en las que nos cuentan una historia que nos hace viajar, pero que no llega a emocionar.

Para aquellos que busquen una historia romántica sin amor empalagoso con un toque de fantasía y los que aún crean en los milagros
Lo mejor: su fluidez y, en ocasiones, cierta dispersión embaucadora
Lo peor: que cae en clichés y convierte lo que podría ser una historia fantástica en otro producto más para San Valentín
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Mindscape
Mindscape (2013)
  • 5,9
    8.314
  • España Jorge Dorado
  • Mark Strong, Taissa Farmiga, Brian Cox, Indira Varma, ...
7
Jugando con los recuerdos
John Washington (Mark Strong) es un brillante telépata, capaz de introducirse en los recuerdos de la gente, que trabaja para una organización de detectives que basan su método precisamente en eso, en ser partícipe de los recuerdos de sus clientes o los investigados. Su último trabajo asignado es Anna (Taissa Farmiga), una adolescente que no se sabe bien si es una sociópata o una víctima de un hogar desestructurado. Entre el dilema y un pasado que no consigue superar, John se verá atrapado en un juego mental del que no sabrá si poder salir.

‘Mindscape’ (Jorge Dorado, 2013) no es el thriller que todos esperamos, pero se le puede exprimir bastante jugo. Para empezar, su dirección resulta refrescante y brillante. Si bien Jorge Dorado ya había demostrado cierto dominio en lo que a cortometrajes se refiere, el mundo de los largometrajes le quedaba aún lejos, pero sin duda ha conseguido moverse como pez en el agua. Crea 95 minutos de dinamismo mental, un juego de engaños entre sus dos protagonistas, una mezcla de recuerdos que confunden realidad y memoria, y eso se consigue gracias a la atmósfera aterradora creada por su director, que se atreve además a realizar filigranas con la cámara dignas de cualquier artesano. Pero donde falla ‘Mindscape’ es en su guión. A pesar de que consigue diálogos fluidos e interesantes, sobre todo las palabras que resurgen de la incógnita mente de Anna, que va más allá de la simple rebeldía adolescente, aunque cae en demasiados tópicos de dicha etapa de la vida. Precisamente Anna es el personaje mejor construido y representado de toda la trama (sus miradas a cámara son aterradoras), porque a pesar de disfrutar con Mark Strong, un actor que suele deleitar con su sola presencia, en ‘Mindscape’ parece estar fuera de sí, abstraído, como si el papel no hubiera sido pensado para él, un hombre atormentado y, en cierta medida, ingenuo. ¿Puede ser que Strong esté algo encasillado? Hasta descubrir la respuesta, nos quedamos con su faceta más gamberra y diabólica.

A pesar de los pesares, ‘Mindscape’ se disfruta y consigue lo más difícil: atrapar al espectador y engañarlo, aunque sea una sola vez. Lo más avispados o los que estén a vueltas de todo probablemente no caerán en la trampa mental que Jorge Dorado nos sugiere, pero si se dejan llevar la historia fluirá, les agarrará y no les soltará hasta el último suspiro, ese suspiro que siempre suele fallar, pero que Dorado consigue hacerlo verosímil y alentador.

Para aquellos que todavía crean poder sorprenderse en una sala de cine sin salir decepcionados
Lo mejor: su dirección, Taissa Farmiga y una banda sonora muy curiosa
Lo peor: un guión con demasiados tópicos y un personaje principal en el que Mark Strong no brilla todo lo que debería
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mandela. Del mito al hombre
Mandela. Del mito al hombre (2013)
  • 6,3
    3.582
  • Sudáfrica Justin Chadwick
  • Idris Elba, Naomie Harris, Tony Kgoroge, Riaad Moosa, ...
8
El largo camino de Nelson Mandela
El filósofo suizo Rousseau decía que “el hombre es bueno por naturaleza“, mientras que Thomas Hobbes estaba convencido de que “el hombre es un lobo para el hombre“. Lo que es cierto es que la maldad y la bondad son dos cualidades inherentes al ser humano, y cada uno, dependiendo del entorno y las circunstancias que le tocan vivir, decide nivelar su balanza hacia un lado u otro. Esta idea ha resurgido en mi mente gracias a ‘Mandela: Del mito al hombre’ (Justin Chadwick, 2013), la historia del primer presidente negro de Sudáfrica, la vida de un hombre entregado a su país y a una causa por la que mereció la pena perder casi un tercio de la misma recluido en una prisión. Una película que narra la historia no sólo de un hombre, sino de una nación conmocionada, un país aquejado, un estado en el que más de la mitad de la población vivía reprimida y aguantaba la represión, el odio, el miedo y la injusticia, hasta que no pudo más. Esta es la historia de Nelson Mandela y Sudáfrica.

Siempre tendemos a hacernos una idea preconcebida de la mayoría de películas cuando oímos hablar de ella o cuando vemos adelantos de la misma. Si se trata de una historia biográfica o biopic los prejuicios suelen ser mayores. Me duele afirmar que esta fue la sensación con la que partí al afrontar el visionado de ‘Mandela: Del mito al hombre’, pero también me alegra reconocer el error tan grande que cometí. Prácticamente desde el minuto uno comprendí que la figura que Chadwick nos estaba presentando, basándose en la autobiografía de Mandela, iba a conseguir emocionar al público, y así lo consiguió conmigo. Sería ilegítimo arrebatar ese mérito a su director, pero tanto o más como no reconocérselo al actor, Idris Elba, que realiza un trabajo sobresaliente por el que sólo podría romper en halagos. Elba consigue traspasar la pantalla y el objetivo que le graba haciéndonos creer que estamos viendo al mismísimo Mandela. Sus gestos de dolor, de alegría, de pena, de rabia, de arrepentimiento,… quedan reflejados en un rostro por el que va pasando el tiempo, una labor prostética que a ratos es bueno, pero que en su mayoría flojea. Chadwick además consigue incrementar el dramatismo de Elba con unos deliciosos primeros planos con los que no deja que perdamos detalle. Otra de las grandezas de este biopic es que, a pesar del título que se ha escogido en España, no mitifica la figura de Mandela, más bien al contrario, la desmitifica, la hace más humana y accesible, y eso, ante un personaje tan conocido como lo es “Madiba”, es un punto a su favor. Y si hablamos de trabajos interpretativos, el de Naomie Harris en el papel de Winnie Mandela no se queda atrás. Mayor personificación de la rabia y deseo de venganza que su marido, Harris se mantiene contenida en la primera mitad de la película, pero saca garra y pecho para lucirse cual pavo real y dejar clara su postura y presencia en la transición de su país, y es que no es difícil confundir personaje y actriz ante semejante interpretación.

Chadwick no sólo consigue que sus actores brillen, sino que, además, teje un fino hilo conductor que le lleva a contar una gran historia, una narración que le podría haber dado para horas y horas de metraje, pero que condensa de forma muy efectiva en escasos 140 minutos. Es por ello que puede dar la sensación de un ritmo atropellado, pero no es así. El director se centra en lo importante, e incluso le da tiempo a detenerse en detalles que, si bien no son fundamentales, resultan interesantes al espectador. Su ritmo es fluido y constante, y la historia consigue trasladarnos a la época y al lugar en el que acontecen los hechos. Sufrimos con sus personajes, pero también con la historia, referida ésta a la sucesión cronológica de hechos históricos, un espacio que ocupa más de 40 años en la vida de un hombre y su nación. Queda reflejado tanto el amor y el coraje como el odio y el miedo del ser humano, o de una sociedad hastiada; pero también podemos ver la barbarie y la desolación que la intolerancia y la ignorancia genera en el corazón del hombre, y es ahí cuando nuestros pensamientos nos hacen recordar a Rousseau, Hobbes y a sus contemporáneos. Si tuviera que definir ‘Mandela: Del mito al hombre’ con dos palabras serían conmovedora e inspiradora. Y como apuntó el propio Mandela, “el amor llega más naturalmente al corazón humano que el odio“, y damos gracias, una vez más, a Justin Chadwick y al propio Nelson Mandela por habernos enseñado a amar. Una vez visto esta película, no deberían perderse tampoco el documental ‘Complot para la paz’ (Carlos Agulló y Mandy Jacobson, 2013). Queda dicho.

Para aquellos que busquen la inspiración perdida o conocer más sobre una de las figuras más emblemáticas del siglo XX.
Lo mejor: lo bien que funciona su conjunto impulsado por unas actuaciones brillantes, una dirección sobresaliente y una banda sonora sublime.
Lo peor: una caracterización bastante pobre que estropea (sólo ligeramente por suerte) la mimetización de Idris Elba como Nelson Mandela.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La ladrona de libros
La ladrona de libros (2013)
  • 6,6
    24.464
  • Estados Unidos Brian Percival
  • Sophie Nélisse, Geoffrey Rush, Emily Watson, Nico Liersch, ...
6
Robando cultura en la Alemania nazi
Alemania, 1938. La pequeña Liesel se dirige a conocer a sus padres adoptivos a la ciudad de Munich. Todo su mundo está desvaneciéndose poco a poco, y su mayor temor es perder a las personas que le importan. Con el país ocupado por los nazis, Liesel y sus padres acogen a un joven judío que buscaba refugio. Viven con el miedo de ser descubiertos, pero Liesel encuentra pronto una actividad para olvidarse del mundo: leer, por lo que empieza a “tomar prestados” libros en medio de la caótica Segunda Guerra Mundial. Esta podría ser una pequeña sinopsis de ‘La ladrona de libros’ (Brian Percival, 2013), una historia basada en la novela de Markus Zusak, pero es sólo quedarse en la superficie de una historia que llega más allá, una historia con una llamada a la humanidad, a la bondad que se encierra en el ser humano y que cuesta tanto sacar, a una inocencia que abre los ojos para ver la cruel realidad y aún así es capaz de seguir manteniendo fe en el hombre. Desgraciadamente, ‘La ladrona de libros’ es una historia que funciona muy bien en las hojas encuadernadas, pero no tanto en la gran pantalla.

Efectivamente, contamos con una base estupenda, con esa historia que el mismísimo Steven Spielberg, ese gran manipulador de sentimientos, cogería para hacernos llorar a moco tendido, pero lo mano de Brian Percival no es tan diestra. Se nota cierta torpeza en la narración, un deje soporífero que nos aleja de sus personajes y nos hace darnos cuenta que estamos en una sala de cine y no en el Munich de la Segunda Guerra Mundial. Tiene grandes momentos emotivos, eso no se le puede negar, y, aunque peca en alguna canción de empalagoso, no deja de provocar en el espectador ese nudo estomacal o ese vuelco al corazón pretendidos. Ahora bien, si Liesel es la indiscutible protagonista de esta historia, papel correctamente interpretado por Sophie Nélisse, no puedo dejar escapar la oportunidad de romper en halagos a Emily Watson. La actriz británica interpreta a la madre adoptiva de Liesel, una mujer que al principio se presenta fría y distante, con un carácter de hierro, pero que en el fondo esconde un gran corazón que no deja ver a nadie. Watson se deshace, se rehace, se retuerce y nos engaña para presentarnos un personaje perfectamente construido e interpretado, un personaje que nos parte en dos el alma para regocijo de todos. Y como olvidarnos de Geoffrey Rush, un actor que haga lo que haga lo convierte todo en oro. Una vez más, es un placer disfrutar de su actuación.

¿Qué os vais a encontrar en ‘La ladrona de libros’? Una pregunta con fácil respuesta: una historia desgarradora, llena de alma, corazón y bondad, con unas imágenes brillantes, unos personajes cuyas relaciones se van construyendo poco a poco, de manera escalonada, pero sin pausa, y con bastante atino. Todo ello queda perfectamente aderezado con la música de John Williams y la voz en off de Roger Allam, al que es un placer escuchar como narrador e interviniente de la propia historia. Pero, y vuelvo a repetirlo, funciona mejor como historia narrada o leída que como obra visual, al menos en las manos en las que ha caído.

Para los que aún disfruten de historias “dulzonas” con mucho drama pero con bastante ternura
Lo mejor: Las dos cabezas interpretativas de Geoffrey Rush y Emily Watson, John Williams y un final que, aunque edulcorado, resulta un cierre bastante digno
Lo peor: Se pasa un poco de empalagosa, algo que se alarga demasiado, aunque lo hace de manera torpe y atropellada, consiguiendo cierto aroma de telefilm que no le pega demasiado
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Frozen. El reino del hielo
Frozen. El reino del hielo (2013)
  • 6,5
    42.952
  • Estados Unidos Chris Buck, Jennifer Lee
  • Animation
8
Vuelve la magia de Disney
Después de un año bastante flojo en lo que respecta a cine de animación (por parte de las grandes productoras), hemos tenido que esperar a noviembre para que la magia de una especie de Navidad adelantada llegara, en esta ocasión de manos de la Disney y sus dos nuevas princesas de cuento que se convertirán en otro clásico de la compañía. ‘Frozen’ (Chris Buck y Jennifer Lee, 2013) es una adaptación del cuento de Hans Christian Andersen ‘La reina de las nieves’ que narra la historia de dos hermanas, Anna y Elsa, esta última nacida con el poder de controlar la nieve y el hielo. Cuando su reino queda sumido en un invierno gélido, Anna saldrá en busca de Elsa para que el verano vuelva a brillar sobre sus cabezas.

Desde ‘La bella y la bestia’ (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991), no se recordaba un musical de Disney del calibre que ahora presenta ‘Frozen’. La magia de Disney ha vuelto, pero no es una magia cualquiera, es de ese tipo de encantamiento condenadamente dulce que nos atrapa y no nos deja escapar. Como ya hicieran películas anteriores como ‘Enredados’ (Nathan Greno y Byron Howard, 2010), ‘Brave’ (Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell, 2012) o ‘Tiana y el sapo’ (John Musker y Ron Clements, 2009), nos encontramos con un personaje principal femenino fuerte, seguro de sí mismo y con un toque pizpireto y natural que se aleja bastante de aquella idea de dama en apuros que necesita ser salvada. ‘Frozen’ está abocado a ser el clásico Disney de una nueva generación de niñas que disfrutarán más que nunca de la nieve y el hielo, y todo ello sin entrar realmente en algo novedoso o revolucionario, sino volviendo a la esencia de un cine con el que las generaciones de los 80 y los 90 crecimos. Envuelta con un manto blanco, ‘Frozen’ arranca de forma algo tormentosa o torpe (según se mire), incluso de manera algo atropellada, pero no tarda en captar la atención del espectador entregándole buenas dosis de emoción y de humor, algo que no se conseguiría sin sus tan preciados personajes secundarios, normalmente animales o criaturas de fantasía, Sven y Olaf, aunque he de reconocer que por vez primera estos personajes que suelen hacer la delicia de niños y mayores han quedado eclipsados por el magnetismo y el carisma de Anna, uno de los mejores personajes femeninos que la factoría Disney ha podido crear, a pesar que tenga características que sus predecesoras (Tiana, Rapunzel y Merida) ya presentaron en su momento. La historia no guarda más misterio que otras obras de la Disney, aunque su desenlace puede parecer que se salga de esa línea argumental a la que nos tienen acostumbrados, sin embargo ‘Frozen’ merece la pena por la fuerza y magia (reitero) de sus personajes, una baza con la que no cuenta ninguna de las grandes producciones animadas de este año.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
White God (Dios blanco)
White God (Dios blanco) (2014)
  • 6,0
    3.180
  • Hungría Kornél Mundruczó
  • Zsófia Psotta, Sándor Zsótér, Lili Horváth, Szabolcs Thuróczy, ...
8
¡¡Vivan los perros!!
Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero ¿es esa relación recíproca? ¿Es el hombre el mejor amigo del perro? ¿O acaso es otra de las múltiples relaciones de dominio que el ser humano mantiene con la naturaleza? En White God, Kornél Mundruczo es una de las muchas preguntas que intenta plantear. Lili tiene 13 años y va a pasar unos días a casa de su padre, acompañada, eso sí, de su fiel amigo y protector Hagen, un perro sin raza, de los que en Hungría hay que pagar para poder tener en casa. Ante la negativa del padre y la presión de la administración, Hagen acaba abandonado en la calle. Es entonces cuando conocemos al verdadero protagonista de la película, un ser peludo que olisquea todo y camina a cuatro patas. Pero lo que empieza como un cuento de hadas, desemboca en una historia macabra y bizarra. White God puede recordar en su inicio a esos cuentos infantiles con un toque de crueldad, o a esas películas “Disney style” muy noventeras, como De vuelta a casa, un viaje increíble (Duwayne Dunham, 1993), en la que las desgracias de tres simpáticas mascotas se convertían en el hilo conductor. Aquí pasa algo parecido, pero totalmente diferente.

En una ciudad desierta, casi inhabitada, una niña pedalea con unos zapatos poco apropiados para una bicicleta. El silencio reina en las calles, y únicamente la cadena de su bicicleta acompaña a la imagen. En medio de las calles, coches abiertos y abandonados, tiendas abiertas sin nadie que las vigile, periódicos y restos de papeles surcan el viento. Cuando Lili pasa el primer cruce, el miedo se apodera de ella. Al girar la vista, una jauría de perros cruza la esquina y comienza a perseguirla. Así es como Mundruczo nos introduce su última película, la merecida ganadora de la sección Un certain regard del Festival de Cannes 2014, una gran sorpresa para la mayoría, ya que Jauja, de Lisandro Alonso, se había postulado como la gran favorita. El húngaro juega al engaño, a meter un gol por la escuadra con un efecto parábola, o más bien de metáfora. A pesar de colocar a los perros en un plano principal, el objeto primero de estudio en White God sigue siendo el hombre, de ahí que su título no sea White Dog (como muchos confundían), y empieza su primer juego, un palíndromo de 3 letras que mezcla la realidad fáctica con la representativa, entrando en una de las mayores metáforas de la cinta. Hagen, visualmente, es el perro protagonista de White God, pero representa a cualquier minoría étnica, racial o de cualquier índole. Hay quien ve incluso una metáfora con la identidad misma del hombre, una identidad que abarca cualquier aspecto del mismo: el espiritual, el sexual, incluso a la identidad de género. Mundruczo juega también con un espejo en el que intenta reflejarnos, un reflejo crítico, de ahí que haga referencia a ese “Dios blanco”, al hombre auto-encumbrado en su creída superioridad de identidad y género. Es por ello que Hagen representa esa pequeña parte de la sociedad que estalla, que busca un cambio inmediato y un mejor estilo de vida, alejado de esas perreras (físicas y metafóricas) que a muchos les son impuestas.

Pero el juego central que mantiene el húngaro es con el espectador, un juego prácticamente mental en el que es muy fácil entrar, pero muy difícil salir. La realidad es que una vez dentro, no querrás salir. White God es, por eso, la perfecta metáfora de la vida misma: todo pinta muy bonito hasta que la realidad nos da de frente, una realidad que sorprenderá a muchos. La revolución canina que protagoniza Hagen contagia esa sorpresa al espectador, sorpresa y revolución de las que participamos y nos alegramos. Ya se sabe que la venganza es un plato que se sirve frío, y tal como lo presenta Mundruczo a la mesa, se disfruta todavía más.
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35 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Tribe
The Tribe (2014)
  • 6,6
    1.671
  • Ucrania Miroslav Slaboshpitsky
  • Grigoriy Fesenko, Yana Novikova, Rosa Babiy, Alexander Dsiadevich, ...
8
Encerrados con gestos
A finales de los años 20, irrumpió en el panorama cinematográfico el sonido. Por primera vez los diálogos, el sonido ambiental y algunos efectos sonoros sorprendían y hacían la delicia de los espectadores de la época, o al menos los afortunados que pudieron disfrutarlo. Quién les iba a decir a aquellos pioneros del sonido que casi un siglo después el cine mudo volvería a triunfar. Sólo hay que recordar el éxito que tuvo The Artist (Michel Hazanavicius, 2011). Pero ya no sólo eso, sino que el cine sin diálogos, el puramente visual, la expresión misma de la imagen, la historia contada únicamente con fotogramas, volvería a imponerse, y en 2014 sería la gran ganadora de la Semana de la Crítica de Cannes. Estamos hablando de The Tribe (плем’я), del director ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, en la que asistimos al día a día y devenires de un grupo de estudiantes sordomudos que conviven en un internado.

Desde el principio de la película ya se avisa al espectador: no existen diálogos ni subtítulos, sólo la lengua de signos es utilizada por los personajes para comunicarse, y aquél que no sepa o no entienda dicha lengua, no sacará nada más allá de lo visual. Pero poco importa qué se dicen los personajes. Con una primera mirada se intuyen o se adivinan sus sensaciones, aquello que expresan con sus manos y con su cuerpo, y es que Slaboshpitsky sabe utilizar muy bien los cuerpos de sus actores para mostrarnos el submundo en el que se mueven, un sitio donde el gris y las líneas rectas reinan sobre el silencio, una escuela donde las reglas parecen haber desaparecido, y donde la autoridad la marca el más fuerte. Realmente estamos ante un submundo tan real y tangible como el nuestro, con la única diferencia que en The Tribe no oirás más que una respiración, las pisadas de los pasillos, el roce de la ropa o incluso de las pieles. Es una película para sentir, para vivirla prácticamente en primera persona, emocionarte y también estremecerte. Una labor que el director consigue de forma notable.

The Tribe arranca con un travelling de introducción en el que conocemos a su personaje principal, Sergey (Grigoriy Fesenko), un chico menudo, más bien tímido y algo sumiso que llega nuevo a un internado plagado de normas, pero no las impuestas por el centro, sino aquellas que rigen la micro-sociedad de alumnos de la que va a formar parte, ya sea por las buenas o por las malas. En ese sentido, el realizador ucraniano no presenta ninguna novedad con su propuesta en lo que a narración se refiere, pero cultiva con gran acierto una evolución de su personaje principal que es lo que verdaderamente enriquece su película. Es de esas historias que van de menos a más en fracciones de segundos, y cuando menos se lo espera, el espectador está inmerso en ese submundo de perdición. Una crítica mordaz a una sociedad en decadencia que representa con iconos que, en principio, parecen seres inocentes, pero nada más alejado de la cruel realidad. El machismo, la decadencia, la violencia, los celos, la corrupción e incluso los actos por omisión tienen cabida en The Tribe, una historia donde no importa tanto el cómo ni el por qué, sino el quién y el dónde.

Sllaboshpitsky consigue terminar su obra con ese crescendo que comentábamos, haciendo que el espectador se revuelva en su butaca, más aún; eso si antes no lo había conseguido tras asistir a una auténtica sesión de tortura visual, el único momento en el que el sonido se alía con la imagen para sufrimiento de nuestros sentidos. Un auténtico trabajo artesanal en manos de un futuro “monstruo” del cine, entendiéndose en todos los posibles sentidos de la palabra.
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13 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Whiplash
Whiplash (2014)
  • 7,8
    56.872
  • Estados Unidos Damien Chazelle
  • Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, ...
10
Un solo de batería que llegará alto
Damien Chazelle presentó en 2013 un cortometraje en el que un estudiante y virtuoso de la batería entraba a formar parte de la banda de jazz de su conservatorio, dirigida por un estricto profesor. Esa idea cuajó y ahora nos llega la versión completa de esa historia, la tensa relación entre un alumno que se desvive por la música y un profesor que busca la absoluta perfección.

Chazelle consigue con Whiplash una conjunción perfecta entre el amor a la música y el desarrollo de sus personajes. Plano a plano la película parece construirse sólo con acordes, golpes de baquetas y resonar de las trompetas, una mezcla musical fantástica que se mueve entre Caravan y Whiplash, jazz potente que aún retumba en mis oídos. Pero no sólo de música vive esta película, ya que Chazelle consigue que profesor y alumno entren en una batalla épica de redobles y platillos, haciendo que el espectador abandone su posición pasiva y participe de forma activa en su historia. Una película que despierta la pasión por la música, aunque sea mínima, que todos llevamos dentro, y el culpable no es sólo el director, sino que sus dos protagonistas, un soberbio J.K. Simmons y un apabullante Miles Teller, ponen la piel de gallina. Una máxima que dejan bien patente en todo momento es esa búsqueda de la perfección, esa obsesión (a veces malsana) de alcanzar un nivel casi inalcanzable, algo que comparten ambos protagonistas, cada uno a su manera y por caminos distintos. Esa obsesión queda también muy bien reflejada en su difícil relación: dura, sufrida, pero llena de pasión, una pasión explosiva con un zenit inmejorable.

Llama la atención el tratamiento del sonido en Whiplash y su perfecta sintonía con la imagen. No es algo raro si tenemos en cuenta que su director es un amante reconocido de la música en general y del jazz en particular, y ese amor se nota que lo ha traslado a su mano y a su objetivo. El montaje de imágenes, repetimos, va en sintonía al sonido, a ese tronar de la batería, a los acordes de sus dos temas principales, con lo que da un ritmo trepidante (faltaría sólo eso) y un fluir de la historia muy acertado, porque no sólo de música vive Whiplash, aunque así su personaje lo pretenda con el tratamiento que de su vida real da, encontrada con su vida profesional, o la obsesión de alcanzar la maestría detrás de una batería.

Taquicardia, chorros de sudor por la espalda, los ojos y la boca abiertos al máximo y una sensación de haber estado días sentado en la misma butaca es lo que, al final, consigue Whiplash. Más de 30 minutos de pura adrenalina es lo que Chazelle junto a sus dos actores consigue transmitirnos. No hay diálogos, sólo dos hombres con su batería y su batuta, mucha fuerza, una pasión desbordada, un lugar idílico, casi de ensueño, y un escenario enorme donde lucirse. La música es la auténtica protagonista, la que sale de dos brazos con una fuerza atronadora, la que nos corta la respiración durante media hora (o al menos esa es la sensación temporal que da). Una maravilla del cine entregada a la música que tanto cinéfilos como melómanos no pueden dejar escapar. No es de extrañar por ello que tanto el público como el jurado del Festival de Sundance 2013 sucumbieran a sus encantos.
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194 de 238 usuarios han encontrado esta crítica útil
Leviatán
Leviatán (2014)
  • 7,2
    5.822
  • Rusia Andrey Zvyagintsev
  • Aleksey Serebryakov, Vladimir Vdovichenkov, Elena Lyadova, Anna Ukolova, ...
8
La vieja madre Rusia yace inerte en un mar de desolación
Hay un gran monstruo que atenaza nuestras vidas, que se expande por tierra y mar. Andrei Zvyagintsev ha sabido retratar con mucho tino ese monstruo llamado Leviathan, un monstruo que en este caso se viste de administración rusa, aunque bien podría aplicarse a las de otras nacionalidades con sus consecuentes variantes. En el ojo del huracán, una familia rota, obligada a abandonar sus tierras, y con la consecuente problemática legal que ello acarrea. Acompañamos a esta familia durante esos días en los que decir adiós a una casa es sólo el principio de una fatídica etapa. El poder político, la religión y la sociedad a juicio en esta película donde Zvyagintsev dejará hueco también para la risa.

De primeras entramos en un lugar desolado, páramos sin ápice de humanidad donde todo ha sido abandonado a su suerte, a su mala suerte, la misma que acompaña a la familia protagonista durante toda su desventura. Entre ellos el abogado, amigo y confidente, y del otro lado, el apelado, el Ayuntamiento expropiador, el corrupto avaricioso vestido de demonio, pero es un mal que se ve venir. Pero Zvyagintsev no se queda ahí. Junto al demonio coloca otro mal disfrazado de perro pastor, el que guía al rebaño pero se alía con el lobo, el poder religioso. Para retorcerlo aún más, el realizador ruso envenena también al rebaño, dándonos una narración dramática con algunos brochazos cómicos, la realidad de una sociedad que intenta salir a flote huyendo de sus propios demonios, de ese Leviathan que quiere devorarle. Pero la realidad siempre es más cruel y demoledora.

A pesar de contar con unos 140 minutos, la película tiene un ritmo muy fluido, una narración bastante correcta que nos impide perdernos en derroteros alejados y centrarnos en lo que nos cuenta, pero hay tiempo suficiente para disfrutar de ese entorno desolado que no sólo guarda ruinas, destrucción y soledad, sino también cierta belleza fría, que no frívola, esa belleza natural que suele acompañar a los lugares más silenciosos. Lo bueno es que Zvyagintsev no se calla, y nos hace gozar y estremecernos con su monstruo acuático. A nivel interpretativo no puede haber ninguna queja: pasión y serenidad en dosis perfectas de las que se encargan, entre otros, Aleksei Serebryakov, Elena Lyadova (Elena) o Vladimir Vdovichenkov (360 – Juego de destinos), un claro ejemplo de trabajo en equipo.

Andrei Zvyagintsev siempre ha destacado por hacer un cine más serio, más entregado al drama personal de sus personajes. En Leviathan no abandona ese tratamiento, pero se arriesga intercalando momentos de humor, humor a ratos negro y a otros exaltando el patetismo implícito de algunos personajes. Quien nos diría a todos que nos íbamos a reír en una película del artífice de El regreso o Elena. Además, otro de los puntos que ha variado respecto a películas anteriores, es su mirada final. Si bien en los títulos citados dejaba un camino abierto a sus personajes, en su última película los remata, les cierra la puerta a una posible continuidad, a excepción del páramo desolado con restos de vidas pasadas, que se queda tal cual lo encontramos, a esperas de un nuevo monstruo (o del mismo pero con otra cara) que nos descubra una nueva historia.
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32 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mommy
Mommy (2014)
  • 7,5
    13.491
  • Canadá Xavier Dolan
  • Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément, Alexandre Goyette, ...
8
Vivir por ella
Al hablar de Xavier Dolan es inevitable acudir al término “L’enfant terrible”. Con tan sólo 25 años Dolan ha firmado grandes títulos aclamados. El último de ellos es Mommy, que se esperaba con gran expectación después de un trabajo tan claustrofóbico y atrayente como fue Tom à la ferme. Con su nueva película descubrimos una nueva faceta del Edipo actual, la peculiar relación de una madre con su hijo hiperactivo en una Canadá distópica que permite a los padres prescindir de sus hijos si padecen alguna enfermedad psicológica que impida a aquellos cuidarlos como es debido. De antemano ya sabemos que Diane o Die como prefiere ser llamada (Anne Dorval) es un personaje excéntrico y poco centrado, una fantasía de madre moderna desfasada que vive en un mundo poco real. Del otro lado, Steve (Antoine-Olivier Pilon), su hijo, desordenado, alocado y desinhibido que saca lo mejor y lo peor de ella. Un dúo cómico-dramático con los que Dolan juega, de nuevo, a hacer un retrato, creemos, casi autobiográfico.

Lo primero que llama la atención al terminar de ver Mommy es su anarquía, en todos los sentidos. Dolan es anárquico en su formato, en su narración, en las relaciones interpersonales de sus personajes y en su ritmo narrativo. El caso es que le funciona, y bastante bien. Rompe con el formato estándar acomodándolo a la sucesión de su historia: más abierto en los momentos vívidos, y más cerrado cuando quiere centrar la atención del espectador en un sentimiento concreto. Eso hace que sus personajes se muevan con poca libertad, aunque que entren o no en el plano, tiene poca importancia, haciendo imposible que en muchas ocasiones entren en él todos los que tienen que entrar. Es la anarquía del plano. Pero ya no sólo eso, sino que Mommy tiene un ritmo irregular, va cambiando a antojo de su creador, que da auténticos bandazos de maestría tras la cámara y a la hora de guiar (o dejar guiar por sí solos sería más correcto decir) a sus personajes. Principalmente se centra en madre e hijo, desmitificando la realidad de los demás personajes que los rodean. En ellos resalta la sutilidad de Dolan, que ni los demoniza ni los santifica, sino que los deja al buen juicio del espectador. Otra labor encomiable de “L’enfant terrible”.

Pero —y esa es la auténtica pena, que exista un pero— es que Dolan podría haber rematado una historia perfecta en uno de sus momentos finales, y no alargar éste con sucesos que ni nos interesan, ni vienen a cuento. El final, si hubiera sido tan crudo como la realidad, hubiera merecido más la pena. Con esto no decimos que el final sea bueno o malo, o que sea feliz o triste, sino únicamente que, de haber sido otro el final, hubiera sido perfecto. Aún así es imposible no alabar la labor de este joven director que se sitúa en lo más alto en cuanto a nuevos realizadores, y que hará disfrutar a la gran mayoría de miembros de su generación, que no sólo se verán retratados, aunque sea en lo más mínimo, sino que disfrutarán de todo lo que rodea a Mommy, incluida su música, fiel testigo de los actuales veinteañeros (¡qué lejos queda ya!).
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23 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un monstruo en mi puerta
Un monstruo en mi puerta (2014)
  • 6,2
    703
  • Corea del Sur July Jung
  • Doona Bae, Jang Hee-Jin, Song Sae-Byeok, Kim Sae-Ron, ...
7
Adivina quién...
July Jung presenta su opera prima A Girl at my Door (Dohee-ya), el drama personal de una jefe de policía recién llegada a un pueblo costero de Corea del Sur y de una adolescente que recibe abusos en su propia casa. En principio su relación es fría y distante, pero poco a poco ambas tejerán una relación cercana que les pondrá en peligro frente a un pueblo, pesquero en su mayoría y marginal, donde reina el caciquismo del benefactor, padre de la adolescente, y cierto complejo de inferioridad reflejado en la insistencia de los orígenes de la protagonista por parte de sus habitantes. Una sociedad lastrada por su pasotismo, por su despreocupación en temas de importante trascendencia, y que únicamente parece reaccionar cuando es demasiado tarde.

July Jung consigue un retrato psicológico perfecto de la adolescente atormentada, Dohee, una chica que sólo quiere bailar, ir de compras y comer fideos calientes, lo habitual en toda adolescente, pero le ha tocado una vida dura, marcada por el abandono de su madre y la dureza insoportable de compartir casa con un padre/tutor alcohólico y poco cariñoso. Ese retrato queda además perfectamente encuadrado en el rostro de Kim Sae-ron (Una vida nueva), que siembra la duda sobre sus auténticas intenciones, ¿estamos ante una chica con ínfulas maquiavélicas, o todavía reina la más absoluta inocencia en ella? Sus movimientos parecen arbitrarios, pero hay en ella una cierta mirada calculadora. Lo bueno de su personaje es que no sabes por dónde va a salir hasta el momento anterior en que se revela.

Junto a ella, Doona Bae (El atlas de las nubes), hierática y fría en la primera mitad del metraje, pero que poco a poco, y sin prisa, va mostrando su ternura y su calidez. Efectivamente, su personaje toma este cariz a raíz del descubrimiento de la razón de su traslado de la ciudad a un lugar más remoto. A pesar de ello, su personaje, Young-Nam, no pierde en ningún momento su compostura, y aún en los momentos más alegres o más demoledores, no pierde ese atisbo de frialdad estática. Y es que toda A Girl at my Door está envuelta del misterio de varios secretos de sus protagonistas, asunto éste que lleva a su directora a alargar la historia un poco más de lo normal, un propósito que parece responder más a una fácil digestión por parte del público que un anhelo de eternizar su final.

July Jung demuestra tener buena mano a la hora de desarrollar sus personajes, pero más aún al narrar la tensa relación entre las dos protagonistas, y entre éstas y el pueblo. Una película bastante recomendable que gana con la última media hora, a pesar de rematarla de forma demasiado convencional; pero se le puede perdonar, ya que firma un drama tenso con mucho brío que entronca con su forma pausada y calmada de narrarnos una historia llena de amor y cariño, pero también de la desalentadora condición humana y sus inexplicables actos de desprecio que tienen, como siempre, su lógica respuesta, aunque ésta sea reprochable.
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11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dos días, una noche
Dos días, una noche (2014)
  • 6,8
    10.953
  • Bélgica Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
  • Marion Cotillard, Fabrizio Rongione, Pili Groyne, Simon Caudry, ...
9
Marion Cotillard busca no sumarse a la cola del paro
Los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne han presentado Deux jours, une nuit (Two days, one night), o lo que vendría siendo dos días y una noche, el tiempo que tiene Sandra, una recuperada depresiva a la que han echado del trabajo, para recuperar su puesto, recurriendo a la compasión de sus compañeros para que renuncien a una importante prima que recibirán a cambio de que Sandra deje de trabajar en la empresa. Una odisea en la que se planta Marion Cotillard dando el do de pecho.

Deux jours, une nuit es un drama intenso, de esos que con poco consiguen sacudirte el alma y la mente. Esa era la intención de los Dardenne, y han dado en el clavo. Acompañamos a los directores en su personal visión de la lucha entre obreros y empresa, una lucha indirecta, pero a la que asistimos de forma clara. Pero no es una lucha de poderes, sino de supervivencia, y no es precisamente la del más fuerte, pues la debilidad de Sandra es, en todo momento, palpable. Sandra es un personaje agotado, recién salida de una depresión, que sólo aboga por lo que es suyo, el derecho a volver a trabajar en su puesto. Pudiera parecer una obra panfletaria en pro de los derechos laborales, y aunque es verdad que tratando el tema es casi imposible huir de ello, los Dardenne se centran más en el drama personal de Sandra dejando un reducto final para un pequeño mensaje sindical, nada fuera de la pura lógica. Lo importante es que su visionado deja un poso empático. Nos enamora Sandra y sufrimos con ella.

El hecho de que el personaje de Sandra cause tal empatía es gracias, como es obvio, al desarrollo que los Dardenne hacen de ella, pero la mayor culpable de ello es Marion Cotillard que hace el personaje suyo, atractivo pero sencillo. Hace de sus emociones las nuestras, y remueve al público, lo acongoja y lo alegra, pero también nos hace sufrir, o más bien os hace partícipes de su sufrimiento, del proceso que está viviendo, con sus alegrías y sus penas, sin evitar sacar fuerzas de flaqueza y arrancar alguna sonrisa. Su final es apoteósico y deja muy buen sabor de boca. Pero lo mejor de Marion Cotillard no ha sido sólo su interpretación considerada de forma aislada, sino la manera en que interactúa con sus compañeros de reparto, que metidos en la trama, consigue una simbiosis sublime, cómo el simple hecho de solicitar un apoyo para recuperar su trabajo provoque las diversas reacciones a las que asistimos, algunas de ellas auténticas explosiones interpretativas.

Deux jours, une nuit es una película de la que hay que ser partícipe, difícilmente se podrá entrar en ella si no es así, y con un estado de ánimo fuerte, ya que es de las películas que se propone tocar (o trastocar mejor dicho) el alma y la mente del espectador, y lo consigue.
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11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
La sal de la Tierra
La sal de la Tierra (2014)
  • 8,1
    8.042
  • Francia Wim Wenders, Juliano Ribeiro Salgado
  • Documentary, Sebastião Salgado
8
La humanidad desde un objetivo único
El último documental de Wim Wenders, que comparte créditos con el brasileño Juliano Ribeiro Salgado, tiene como protagonista al padre de este último, o más bien sus fotografías, que cuentan relatos sobre la historia del mundo, unas de una belleza envidiable, otras descorazonadoras, pero todas ellas tienen un nexo en común, The salt of the Earth, la sal de la Tierra, nosotros mismos, una humanidad capaz de recrear los parajes más bellos de nuestro planeta, pero también de mostrar la cara más amarga y cruel de la propia condición humana. Más de 40 años al servicio de la fotografía resumidos en 100 minutos de un maravilloso documental.

A través de las fotografías que a lo largo de su vida ha ido realizando Sebastião Salgado asistimos a un auténtico prodigio cinematográfico. Con un arranque sensacional, nos sumergimos en una mina del corazón de Brasil para ser testigos de la dureza con la que los hombres retratados buscan el sueño de hacerse ricos, o así lo explica el propio Salgado, con una vida llena de viajes, de idas y venidas, de etapas importantes, destacándose en la documental su actividad como fotógrafo social, una especie de nexo entre nuestra realidad y la de miles de personas que no han tenido la suerte de vivir una vida plena o con al menos alguna alegría, esas víctimas del mal llamado tercer mundo donde las guerras, la hambruna o las grandes expatriaciones dejaron imágenes desoladoras de las que, por suerte, Salgado fue testigo. En esa gran etapa de su carrera realiza un trabajo sincero, sin tapujos, mostrando la realidad tal cual se la encuentra, consiguiendo trabajos no aptos para todos los públicos, principalmente por la crudeza de esas obras de arte llamadas fotografías. Pero por suerte para nosotros, el objetivo de Salgado también consigue retratar la belleza de nuestro mundo, la belleza natural, incluso rincones de nuestro planeta que nos recuerdan a tiempos pasados. El trabajo de toda una vida que Sebastião Salgado comparte con nosotros en imágenes y palabras.

La labor de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado es la de contarnos esas fotografías, y las historias que se esconden detrás de ellas, los momentos que su autor vivió antes y después de presionar el botón de su cámara, directamente el por qué de sus fotografías, algo que no se puede entender si no acudimos también a su vida personal. El retrato de esa vida se va conjugando con los momentos y las etapas de su carrera profesional y su ansia de mostrar, de enseñar al mundo lo que hay allá afuera, lejos de nuestras vidas acomodadas, y eso lo mezclan Wenders y Salgado de una manera magistral consiguiendo un resultado tan bello como cruel, pero sobre todo auténtico y real que llega a lo más profundo del espectador. Una labor de montaje además encomiable, que entreteje las imágenes estáticas de Salgado con imágenes del propio fotógrafo y su estilo, así como la presencia del propio fotógrafo en algunas de sus obras. Un retrato de retratos imprescindible que rompe los límites de una película documental.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hermosa juventud
Hermosa juventud (2014)
  • 6,3
    3.440
  • España Jaime Rosales
  • Ingrid García Jonsson, Carlos Rodríguez, Juanma Calderón, Inma Nieto, ...
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Ni tan hermosa ni tan joven
Hermosa juventud es el quinto largometraje de Jaime Rosales, una película donde explora la juventud española de nuestros tiempos en la piel de Natalia y Carlos y los sitúa en un entorno hostil, una España en crisis donde la juventud apenas encuentra una oportunidad laboral o personal. En ese sentido Rosales no sólo dirige, sino que interpreta una parte de la sociedad de nuestro país en un marcado espacio temporal.

Lo primero que te encuentras al abordar Hermosa juventud es precisamente eso, una joven hermosa, que bien podría ser cualquiera, de una belleza natural, real, con los pies en el suelo, pero con algo que le ronda la cabeza. Ella es Natalia (Ingrid García Jonsson). Por otro lado está Carlos (Carlos Rodríguez) novio de Natalia y encargado de cuidar a su madre impedida. Él va de curro en curro cobrando una miseria, la realidad actual de gran parte de los jóvenes españoles, una idea en la que Rosales incide de forma constante en sus escenas y diálogos, a los que carga con más pesimismo según avanza. La vida de estos dos jóvenes va dando tumbos, siempre a causa o por la falta de dinero, otra realidad que azota, no sólo a los jóvenes, sino ya al resto del país, representados en las familias de ambos. Natalia y Carlos resultan tan interesantes como cualquier joven del extrarradio de Madrid, Logroño o cualquier ciudad española, pero Rosales (al igual que otros antes) se preocupa de mostrarlo al público.

La narración en Hermosa juventud resulta curiosa. Si bien comienza como una historia al uso, como una reivindicación social más, Rosales, aprovechando el boom tecnológico que revoluciona a las sociedades occidentales, tira de método móvil/tablet para contarnos aspectos y momentos cruciales (o no tanto) de la vida de Natalia y Carlos: whatsapps en forma de texto e imágenes, aplicaciones que te ayudan a llegar de una estación de metro a otra o videojuegos que entroncan con esa dura realidad que golpea a los jóvenes (y a los no tanto también). Una nueva forma de narrar bastante acertada, y además sin artificios, simple pero efectiva, pura imagen donde el sonido sólo hace entrada como representación de aquélla. Con ello Rosales hace lo que más nos gusta hacer en España: la demanda social en pantalla grande, un grito claro y alto a una sociedad echada a perder, y cuyo destinatario principal no hace falta nombrar. Si hay un pero que se le pueda poner, es que su director cae (aunque en pocas ocasiones) en sus propias trampas narrativas de reiteración, y eso tampoco hacía falta. Pero una nimiedad viendo la obra en su conjunto.

Los actores principales parece que no hacen ni el mínimo esfuerzo para presentarnos a sus personajes, pero en el fondo están haciendo que Natalia y Carlos lleguen con claridad al público y puedan incluso sentirse identificados con ellos. En el punto interpretativo, las películas de Rosales siempre han derrochado naturalidad, y en Hermosa juventud, la cosa no cambia: actuaciones a simple vista libres y abiertas a la improvisación. A esa naturalidad también ayuda que la textura que le da su director siempre sea la adecuada: la cámara casera, el apesadumbrado granulado o la vista desde la pantalla de un móvil. Hermosa juventud es, en resumidas cuentas, una película real, actual y en cierto punto, pesimista, pero arrancará al inconformista que todos llevamos dentro.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil