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Críticas de antonalva
Críticas ordenadas por:
Perfectos desconocidos
Perfectos desconocidos (2017)
  • 7,0
    3.804
  • España Alex de la Iglesia
  • Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, ...
7
La cara oculta de la luna
Son muchos los llamados, pero pocos los elegidos… La comedia es un género más difícil y esquivo, porque parece sencillo hacer reír, pero se antoja un cometido ingrato y tortuoso cuando se falla en el empeño, ya sea quedándose sin el premio de la ansiada risotada o provocando indecorosos bostezos e incluso sentimientos de vergüenza ajena. Por ello, resulta encomiable el empeño voluntarioso y la insistencia desinhibida de Álex de la Iglesia por la comedia en cualquiera de sus vertientes: el esperpento, la parodia, el enredo, la bufonada, el delirio, etc. Y por bien o regular que lo haga, casi siempre resulta interesante y entretenido, quizás porque conoce como ninguno los más secretos e insondables mecanismos del tinglado.

Y estamos ante un innegable acierto, lleno de fuerza, gracejo, brillantez, agudeza y chispa que contagia la risa y el buen humor casi desde el inicio y que no se permite desfallecer durante su breve, frenético y sabroso metraje. La situación única se vuelve un festín para el espectador, que asiste agradecido a una cascada de carcajadas, sonrisas y muecas de satisfacción que consiguen disimular la mínima enjundia de la trama (que no es sino un pretexto), centrándose en ofrecernos un desternillante catálogo de tópicos, lugares comunes, trivialidades y artificios que funcionan como un engrasado reloj de precisión, sin tiempos muertos ni digresiones, sin olvidarse en ningún momento que sólo pretende hacernos sonreír o troncharnos (según la inclinación y gusto de cada cual) y lo consigue sin falsos disimulos ni remordimientos pedestres.

Aunque se basa en una reciente película italiana, la cinta evoca lo que antaño se denominó la ‘comedia madrileña’, puro estallido de humor castizo y cañí pero no exenta de cierta malicia endiablada, iconoclasta y norteña, sacándole punta a todos sus personajes, por romos o planos que nos pudieran parecer a simple vista. El colmillo retorcido de su director y coguionista nos permite disfrutar de la escabechina blanca y sin aderezos que despliega un inteligente y conciso guión trufado de picardía y aderezado con sorna, aunque la historia sea más simple y banal que el mecanismo de un chupete. El acierto está en centrarse y exacerbar su desaforado ritmo que nos obliga a obviar cualquier reserva que pudiéramos tener.

Para ello cuanta con uno de los mejores repartos corales de la reciente cartelera española, mereciendo destacarse entre todos ellos a Belén Rueda, Ernesto Alterio, Juana Acosta y Dafne Fernández, aunque todos ellos brillan con descarado aplomo y alborozado encanto. El que quizás alguno de nosotros nos podamos ver retratados en lo que se cuenta, añade un extra de astucia, regodeo y picante al manjar. Regocijante.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Wonder
Wonder (2017)
  • 7,3
    1.082
  • Estados Unidos Stephen Chbosky
  • Jacob Tremblay, Julia Roberts, Owen Wilson, Izabela Vidovic, ...
7
Encanto
Un niño con problemas, unos padres entregados, un clan que lo ha protegido hasta el delirio, una sociedad que presta sólo atención al aspecto de las cosas y de las personas y no a la esencia de las mismas, una obsesión apoteósica por los ojos que te miran y el examen estricto e inapelable que tienes que pasar en todo momento y en cualquier circunstancia, es decir: la fijación por el parecer y no por el ser. Esto es en esencia la presente cinta, prototipo de cine divulgativo de superación y buenos sentimientos de que hace siempre gala Estados Unidos en general y Hollywood en particular. Si quieres, puedes; y si quieres mucho más, lo puedes todo.

Por lo general este tipo de cine ha quedado relegado a la televisión pero, de vez en cuando, vuelve a asomar su cabecita tullida en las salas de cine, aprovechando que alguna estrella ha accedido a participar en el proyecto. Así también en este caso, donde la mediática Julia Roberts encabeza un compacto reparto donde descuellan otros señeros nombres como Owen Wilson, Mandy Patinkin o Sonia Braga. Y si bien este subgénero casi nunca me gusta ni interesa, la verdad es que la presente película es digna y resulta muy agradable de ver, sobre todo porque no carga las tintas en la tragedia, ni busca la sensiblería a toda costa, ni ambiciona extorsionar al espectador con sollozos repentinos ni cursilerías de baratija. Pretende contar una historia interesante y lo consigue.

Nada memorable pero si cautivador: que te importe lo que pasa y que te reconforte el desenlace feliz con el que se cierra la historia (dentro de las limitaciones de una felicidad convencional y verosímil que no ponga a prueba la credulidad del espectador). ¿Y cómo se consigue esto? Centrándose en lo básico y esencial: un sólido guión, bien construido y que da voz a casi todos los personajes, con buenos diálogos y un acerado dibujo de caracteres, que no se recrea en la tragedia ni carga las tintas en lo morboso de la situación, al tiempo que rehúye de las simplificaciones optimistas o de la fabulación descontrolada. Además cuenta con unas buenas interpretaciones llenas de matices y muy cercanas y creíbles, sin falso glamour ni exceso de cochambre, al tiempo que el director trata con respeto la historia que se trae entre manos, potenciando el factor humano y realzando la solidaridad natural cuando hay genuino amor sosteniéndola.

En definitiva, es exactamente como me la imaginaba… pero bastante mejor de lo que me esperaba. Quizás por la presencia de un elenco excelente, un guión bien engrasado y una dirección esmerada.
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6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tierra firme
Tierra firme (2017)
  • 6,8
    434
  • España Carlos Marques-Marcet
  • Oona Chaplin, Natalia Tena, David Verdaguer, Trevor White, ...
7
Amor inestable
Tres personajes, una historia de amor, un gato muerto, una madre ‘new age’, una barcaza como hogar flotante y una sensibilidad a flor de piel. Con estos frugales elementos ensambla Carlos Marques-Marcet una obra que sorprende tanto por sus aparentes limitaciones formales como por la vastedad de los sentimientos que aborda con descaro y aplomo. Pocas veces he visto tan bien reflejado en una pantalla lo difícil que resulta armonizar voluntades dentro de una relación romántica, cómo las pequeñas diferencias pueden tornarse en arenas movedizas que engullen todo cuanto encuentran a su paso, cimentando desencuentros y construyendo bombas de relojería que acaban dinamitando los fundamentos del cariño y del apego. Si no estamos atentos, podemos despistarnos con detalles sin importancia y perdernos lo esencial: integrar la voluntad del otro en nuestro universo íntimo y hacerla también nuestra.

Dos mujeres enamoradas hasta el tuétano. De eso no cabe duda. Pero una de ellas desea ser madre y eso crea una complicada trama de rechazos tácitos e incomprensiones calladas que subvierten la cadencia de un relato que hace que el tranquilo fluir del tiempo se estanque y pierda frescura y lozanía, amenazando con pudrir las raíces del afecto. Nada puede volver a ser lo mismo cuando nos enfrentamos a la negligencia y egoísmo de una de las partes si ninguno de los dos está dispuesto a ceder un poco o a transigir en algo o a adivinar la importancia que para el otro tiene aquello que con tanto ahínco nos suplica nuestro ser más querido y con quien hemos decidido compartir nuestra vida. El hedor de la podredumbre socaba el entendimiento y establece el límite que no estamos dispuestos a traspasar para salvar nuestra relación. Y entonces soltamos amarras y navegamos a la deriva, incapaces de volver a un puerto seguro donde recalar para encontrar cobijo y rescatarnos de nuestro extravío.

Un guión excelente, unos diálogos sutiles, una interpretaciones desgarradoras en su sencillez, una estructura cuidada con esmero y mimo, impregnada de un ritmo telúrico imperceptible pero tenaz, unas imágenes repletas de verdad y hondura, que juega con las metáforas pero sin devenir en afectación ni pomposidad, todo sucede bajo la piel pero se muestra con tanto cariño y delicadeza que desnuda y desarma cualquier pudor… Asombrosa pieza de cámara que ofrece mucho más de lo que a simple vista se vislumbra y alcanza cotas de sinceridad y audacia envidiables, sin por ello eludir la ligereza de lo tragicómico.

Portentosa muestra de buen cine, bien urdido y cincelado, primorosamente esclarecido por el luminoso elenco (Oona Chaplin, Natalia Tena, David Verdaguer y Geraldine Chaplin) y rebosante de creatividad. Una joya.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Spoor (El rastro)
Spoor (El rastro) (2017)
  • 5,5
    217
  • Polonia Agnieszka Holland
  • Agnieszka Mandat-Grabka, Jakub Gierszal, Katarzyna Herman, Andrzej Grabowski, ...
5
LoPeor (o El vertedero)
La chaladura – cada vez más extendida – de concebir ceñudos vehículos de propaganda o chabacanos panfletos irrebatibles en vez de contarnos historias abiertas, radiantes o universales que puedan albergar (o no) algún tipo de mensaje o moraleja resulta siniestro, zafio y cansino. Tanto más cuando la que lo perpetra es una veterana cineasta polaca, Agnieszka Holland (nacida en 1948 y en activo desde hace más de 40 años), que nos ha dado muestras de su probado oficio y talento, con independencia de los temas abordados. Sobre todo cuando la moralina estomagante de esta turbia e impetuosa fábula entra en flagrante contradicción con su propia biografía personal (hija de un judío asesinado por la dictadura comunista y de una luchadora católica que bregó contra los invasores nazis), ya que el presente libelo sectario parece enaltecer hasta el disparate el uso de la violencia y el crimen cuando se tiene una GRAN CAUSA que proclamar.

No hay grandes causas cuando el vehículo para defenderlas o reivindicarlas es un alegato en favor de la pena de muerte, del fratricidio, de la venganza y del delito. Y lo peor es que encima se le llena la boca en ruedas de prensa manifestando que ha pergeñado una obra combativa y sufragista… con paladines de latrocinios como ella, la supuesta razón que defiende se desprestigia y los fines (por buenos o loables que sean) quedan infamados. Si cualquier opinión – por digna o peregrina que pudiera ser – merece ser apoyada por las armas y el magnicidio en vez de por la palabra y la reflexión, estamos abocados al exterminio como cultura y al hundimiento como sociedad.

El problema es que la cinta alberga el germen de una buena alegoría que, enfocada de otra manera, podría haber originado un fértil relato sobre un ecologismo luminoso o la necesaria comunión del ser humano con la naturaleza o del papel y responsabilidad irrenunciable de todo individuo en la construcción de un mundo mejor o en el devenir salutífero de una humanidad más justa y razonable, más en paz consigo misma y con su entorno. Pero el resultado es una indecente, desquiciada y funesta arenga en favor del homicidio como única herramienta de combate para alcanzar cualquier fin perseguido. Con abogados como ella, el pleito está perdido.

Su mejor baza es una carismática, magistral y electrizante interpretación de Agnieszka Mandat-Grabka (con toda justicia premiada en la Seminci de Valladolid) que nos arrastra y seduce, que nos avasalla, destroza y pisotea hasta suprimir nuestro discernimiento sobre la corrosiva y letal carnicería proselitista que se despliega ante nuestros atónitos ojos. El apostolado sanguinario, tóxico y malintencionado de esta soflama animalista es un desvarío despreciable e infame. Y, para nada, feminista.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
En realidad, nunca estuviste aquí
En realidad, nunca estuviste aquí (2017)
  • 6,5
    1.694
  • Reino Unido Lynne Ramsay
  • Joaquin Phoenix, Alessandro Nivola, John Doman, Judith Anna Roberts, ...
7
En realidad, nunca cerraste los ojos
Desasosegante, turbio y violento thriller de Lynne Ramsay, que indaga sobre las secuelas de los excesos y perversiones en un mundo enfangado en el caos y abocado al exterminio farragoso del prójimo. Quizás su ritmo, a ratos premioso a ratos frenético, pueda descolocar a aquellos espectadores que esperen una cascada de matanzas y un baño de sangre asfixiante, pero en realidad estamos ante un estudio psicológico de un ser trastornado por el furor de la batalla y desorientado por la sinrazón de la vida. Un ‘solucionador’ de problemas al margen de la ley, un sicario que se toma la justicia a martillazos, que acepta encargos pestilentes que amenazan con desvelar lo más oscuro y nauseabundo de la existencia humana.

Las heridas más profundas e incurables son las del alma. Cuando nos quiebran la voluntad, nos convertimos en juguetes rotos, en material de desguace, que deambula como muertos vivientes en un mundo que nos es ajeno y nos importa una higa, incapaces de conectar con nuestras emociones o con las emociones de los demás, meros autómatas comatosos que se mueven a golpe de talonario, manipulables y sin voluntad, esclavizados por la desgracia y atormentados por un sentimiento de culpa angustioso, abocados a ponerse al servicio del mejor postor, porque no hay nada mejor que hacer que sacar partido de la cochambre que todo lo impregna y destruye. Hasta la inocencia.

Estamos ante un abrumador ejercicio de estilo. Los diálogos son mínimos y, casi siempre, ininteligibles, nunca se dice nada de forma directa ni clara, sino que debemos de mantenernos alerta para reconstruir lo que bulle, agazapado, por debajo de las palabras y así poder adivinar o descubrir lo que en realidad ocurre, desbrozando y sacando a la luz todo aquello que no tiene nombre o se calla por pudor o ignorancia. La dirección es portentosa, desbocada, febril, sustentada en un montaje brillante y creativo lleno de hallazgos y rebosante de originalidad. Nos arrastra durante todo el metraje sin darnos tregua, ni siquiera en los momentos de quietud o misantropía que puntean el recorrido a ráfagas impredecibles, falsos remansos de paz que preludian un descenso aún más cruento a los infiernos. El abismo lo engulle todo, desterrando la cordura y la piedad.

Asistimos a un rompecabezas donde las piezas parecen no querer encajar ni a porrazos. La brutalidad casa mal con la poesía y, sin embargo, no queda del todo proscrita de esta fábula manierista donde la barbarie señorea a sus anchas. Y nos desvela como el germen de la violencia, de la venganza, de la atrocidad corre el riego de mancillar cualquier esperanza de redención. El final simula optimismo, pero encubre la semilla del diablo.
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9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Coco
Coco (2017)
  • 8,3
    4.325
  • Estados Unidos Lee Unkrich, Adrián Molina
  • Animation
7
Exquisitos Cadáveres
La impresionante y cada vez más esplendorosa perfección técnica a que nos tiene acostumbrados Pixar es un deleite visual y un inagotable e imprevisible caudal de hallazgos admirables. Cada plano es un festín y cada personaje una gozada de caracterización y delicadeza. Y, además, sus historias suelen estar repletas de buenas ideas convertidas en felices y amenísimas experiencias cinematográficas para espectadores de cualquier edad, gusto y condición. Con la presente propuesta, tan étnica como arrolladora, vuelve a dar en la diana, aunque a mí no me haya convencido del todo, quizás porque hace un uso abusivo e indiscriminado de los tópicos más enloquecidos y trillados que los gringos tienen de sus desaforados vecinos del sur. El guión, aunque vibrante y delicioso, resulta superficial y carente de genuino gracejo, más orientado a sorprender, apabullar y complacer, que a contarnos una historia original, perdiéndose en anécdotas innecesarias, cayendo en digresiones redundantes, ofreciendo un folklorismo de opereta que acaba cansando, como si renunciara a tomarse en serio el relato y se contentara con entretener a cualquier precio.

Mis reservas y objeciones no invalidan la obra, pero acaban por achicarla: lo que pudo haber sido un descubrimiento luminoso y enardecido de una cultura diferente, desconocida para muchos, sepultada bajo toneladas de prejuicios y desinterés, acaba siendo un recopilatorio tosco de todo lo chocante y marginado que se pretendía alumbrar, más cercano a la suspicacia confirmada o a la censura subrepticia, que al redescubrimiento radiante y venturoso de lo que se pretendía acercar. Aunque la brillantez formal es innegable, la endeblez argumental es demasiado vergonzosa como para poder ignorarla u obviarla. El guión ha sido descuidado y se conforma con expoliar algunas imágenes, simulando un conocimiento del tema tratado que revela desinterés y tibieza hacia aquello que, en apariencia, pretendía homenajear. Y esta espiral cansina de paradojas resulta molesta.

No cabe duda que hay también aciertos y es de justicia resaltar algunos hitos memorables: el prólogo que combina velocidad narrativa con destreza psicológica, la importancia que se le confiera al linaje de cada cual, ya que somos el eco nada fortuito de nuestros antepasados, tanto remotos como cercanos, a quienes debemos nuestra vida, que nos influyen tanto en nuestras querencias como aversiones, que nos acogen en momentos de flaqueza, que nos encaminan lo mejor que saben hacia la madurez, que se equivocan y tropiezan sin maldad ni rencor… Lo abracemos o lo rechacemos, nos debemos a nuestras familias (entendidas de la forma más amplia, abierta y rica que se quiera) y no al azar. Estos sencillos mensajes – no por conocidos menos evidentes – son lo mejor del metraje.
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10 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tierra de Dios
Tierra de Dios (2017)
  • 7,3
    418
  • Reino Unido Francis Lee
  • Josh O'Connor, Alec Secareanu, Gemma Jones, Ian Hart, ...
8
Ciénaga de hombres
Quizás nosotros – los instruidos, prepotentes y atolondrados urbanitas – estemos habituados a llamar a cada cosa por su nombre, a estar advertidos y de vuelta de todo, a pensar que la vida es sencilla y que todos tenemos la posibilidad (¡y el derecho!) de elegir nuestro futuro. Quizás no nos demos cuenta que hay tantos impedimentos y condicionantes en la existencia de cada cual que casi nunca es ni natural ni frecuente que tengamos la autonomía de tomar cualquier camino que se nos antoje. Nos debemos a nuestros familiares, a nuestros vínculos afectivos, a nuestra estirpe, a nuestro terruño, a nuestros semejantes e, incluso, a nuestros prejuicios. Las ataduras que impiden escoger lo que nos venga en gana son más feroces y rocosas de lo que sospecharse o enumerarse puedan.

Los hilos invisibles que nos atan y amordazan semejan grilletes indestructibles y tenaces que nos asfixian sin matarnos, que nos oprimen sin percibirlo, que nos paralizan sin sospecharlo, que nos recluyen entre barrotes invisibles y cancerberos insospechados. Salir del cautiverio que nos aprisiona no requiere que cambiemos de lugar o mudemos nuestra naturaleza o nos exiliemos de nuestro entorno y allegados. Sólo nos exige tomar conciencia de lo que somos, tener claro qué es lo que queremos, identificar nuestros sentimientos y respetar nuestros afectos. Pero todo esto se convierte en una quimera cuando nadie nos ha enseñado a cómo vivir, ni adónde mirar, ni con quién sincerarnos ni en quién confiar. Damos palos de ciego, nos destruimos a fuerza de sentirnos inadecuados, diferentes, desechados, ajenos a lo que de verdad nos preocupa: pero somos incapaces de reconocerlo. La libertad no es un lugar recóndito, allende de nosotros mismos, sino una vivencia profunda e íntima que debemos desentrañar paso a paso y con tiento, tanto más fértil si es en compañía de un ser querido que nos enseña a desbrozar el secreto sendero.

Esta ópera prima de Francis Lee nos muestra con delicados trazos – que, sin embargo, rehúyen la mojigatería y el disimulo trasnochado – el doloroso aprendizaje de un joven granjero británico que deambula entre la dipsomanía y el sexo canalla, embrutecido, carente de toda empatía, incapaz de percatarse de sus verdaderas necesidades, esclavizado por su montaraz, chulesco y cruel comportamiento. Gracias a la atención, paciencia y cuidado de un jornalero rumano aprenderá lo que es la ternura, lo que significa el compromiso, lo que representa en nuestras vidas el amor y el ser capaces de mostrar nuestro cariño por las personas que nos importan: una perseverante y profunda revelación que le cambiará todo su ser.

En definitiva, una aquilatada joya que habla de grandes temas sin levantar la voz ni eludir la compasión. Conmovedora.
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12 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
El autor
El autor (2017)
  • 6,6
    1.493
  • España Manuel Martín Cuenca
  • Javier Gutiérrez, Antonio de la Torre, Adelfa Calvo, María León, ...
6
La obsesión o Los renglones torcidos
Vivimos en un mundo en el que pareciera que todo es posible, que basta con proponerse algo con ahínco para lograr alcanzarlo, en el que basta con aprender cómo se hacen las cosas para lograr el éxito que se ansía. Se confunde logro con fama, empeño con destreza, voluntad con ingenio. Aunque queramos ser buenos atletas y nos empecinemos en emular a alguna estrella, no nos sirve de nada que nos expliquen hasta la extenuación cómo debemos de correr, de saltar o de darle a la pelota para obtener el fruto que tanto anhelamos: si falta el talento o la predisposición, la insistencia no es sino una quimera baldía que nos aboca al desengaño y la frustración. Lo mismo ocurre para los que quieren ser pintores o escritores o músicos, etc. Querer ser lo que no se es nos lleva a la locura y al delirio, perseverando en una ceguera que nos engulle y aprisiona sin remedio.

Este es el punto de partida de la adaptación al cine de una novela de Javier Cercas, uno de esos autores en boga, reputado y de renombre que mezcla fingida biografía con presunta literatura y lo único consigue es pergeñar obras amenas, ligeras, pretenciosas en su ficticia complejidad, fáciles de leer y aún más fáciles de olvidar. Lo etéreo travestido de sinuosa profundidad. Perfectas para un verano ocioso, pero tan ajenas al arte como prefabricadas para ser un best-seller de centro comercial (porque ya no quedan librerías). Y quizás la película le haga justicia, porque desvela la terquedad de un panoli con ínfulas de escritor que pretende lograr lo imposible: ser quien no es a base de cabezonería y contumacia. Porque lo mejor es el retrato de un perdedor que extravía su capacidad de observación a fuerza de olvidarse de lo esencial: ser uno mismo. Se cree un demiurgo todopoderoso sin darse cuenta que es un mero peón fracasado, al albur de los designios y voluntad de los demás. Un ciego con ojos pero sin vista, un cotilla que no cae en la cuenta que es espiado. Y utilizado.

Lo mejor son los actores. Se lleva la palma una exuberante Adelfa Calvo que roba todos los planos y merece un éxito que le es esquivo; casi parece una redundancia alabar a Antonio de la Torre, pero consigue hacer palidecer a todos los demás cuando aparece; unas pocas escenas le bastan a María León para resultar odiosamente irresistible; y el protagonismo absoluto es de Javier Gutiérrez que sostiene y hace creíble lo imposible: que sintamos lástima por un personajillo repelente y sin compasión.

Quizás imperfecta pero un buen retablo de los horrores que nos acechan.
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22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
La librería
La librería (2017)
  • 6,4
    1.433
  • España Isabel Coixet
  • Emily Mortimer, Patricia Clarkson, Bill Nighy, Honor Kneafsey, ...
6
Antigualla baldía
Quizás la novela de la británica Penelope Fitzgerald (1916-2000) – publicada en 1978 – tenga un encanto y un aroma que la directora y guionista Isabel Coixet no ha sabido trasladar en su adaptación: no por falta de empeño, porque se nota que la ha hilvanado con amor y esmero, pero todo huele a rancio, la acción resulta morosa, los personajes apenas se deslindan del cartón piedra, las emociones parecen impostadas, la minuciosa recreación de los años cincuenta carece de vida, vigor y fuerza, la afición por los libros deviene en un axioma irrefutable, casi un acto de fe… Es decir, todo el mimo y dinero invertido en llevar a la gran pantalla esta historia melancólica, impregnada de nostalgia libresca, destaca por su estilizada pulcritud, pero adolece de alma, de tensión, de veracidad.

Es triste escribir un comentario sobre una cinta que a todas luces nace fruto de la pasión por la literatura, por el entusiasmo por la letra impresa, por la importancia simbólica que cobra una librería como expresión de un mundo que se está desmoronando a nuestro paso, donde la cultura parece que no tiene razón de ser y su vigencia se cuestiona a cada paso. Pero cuando tan buenas y loables intenciones no consiguen emocionarnos, ni convencernos, ni subyugarnos, no cabe sino preguntarse a qué puede deberse este craso error. Y no queda sino apuntar a su máxima perpetradora: Isabel Coixet, que dice haber albergado desde hace décadas el sueño de adaptar la novela original desde que cayó en sus ávidas manos de lectora. Compartir – como comparto – el amor por los libros, no basta para pergeñar una obra de valía, ni tan siquiera una obra relevante, cuando se yerra en lo fundamental: todo resuena a superchería, un cansino ejercicio de estilo repleto de artificio y falsificación.

Los actores británicos suelen ser capaces de dotar de vida hasta a los personajes más mustios, pero aquí se estrellan contra un muro insalvable de acartonamiento. Ni Emily Mortimer resulta una viuda creíble en su obcecada y laboriosa fragilidad, ni Bill Nighy puede salvar los papeles desde su atalaya claustral. Deambulan perdidos e indolentes, recitando frases lapidarias carentes de enjundia y sentido. James Lance sucumbe ante su cargante y engolada representación de odioso petimetre y ni siquiera la estupenda (norteamericana) Patricia Clarkson puede salvar los muebles como una pérfida contrincante, ya que su motivación es ficticia y carece de fundamento.

He enumerado muchos rasgos negativos y para ser del todo justos habría también que señalar que se deja ver con cierta simpatía y benevolencia por tu tono de fábula atemporal que adopta. Y el cierre, apenas unos segundos del lánguido metraje, es soberbio, aunque ya extemporáneo.
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16 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Amor a la siciliana
Amor a la siciliana (2016)
  • 5,8
    138
  • Italia Pierfrancesco Diliberto (AKA Pif)
  • Pierfrancesco Diliberto, Miriam Leone, Andrea Di Stefano, Stella Egitto
5
Bufonada a la italiana
En guerra por amor… o cómo sepultar chispazos de humor entre ráfagas de tragedia. El actor, director y guionista Pierfrancesco Diliberto (más conocido como Pif) se nutre de toda de una estimable tradición burlesca patria para pergeñar una obra tragicómica que mezcla la farsa con el drama pero sin lograr que convivan de forma armónica y coherente. La parodia acaba siendo demasiado tosca y la desdicha demasiado impostada, siendo el laureado guión su punto más débil y fallido. Este desequilibrio entre lo caricaturesco y lo reflexivo acaba lastrando el resultado final, que deviene en un pastiche simpático y festivo, a ratos ácido y sangrante (lo mejor de la función), a ratos patético y extravagante (lo peor y más deslucido del conjunto).

Cada vez más, el cine que vemos estrenarse en nuestras pantallas adolece de un buen punto de partida – es decir, si nos limitamos al resumen de la trama, resulta vistoso e interesante, lleno de posibilidades y sugerencias – pero plasmado luego tan sin brío, originalidad y convicción que genera irritación por quedarse tan por debajo de sus oportunidades e intenciones. Es como si los productores se contentaran con dar luz verde a unos proyectos que parecen albergar el embrión de una buena cinta, pero desdeñaran el esfuerzo de supervisar y controlar si el guión definitivo y la realización postrera están a la altura de la idea primitiva que se les ha vendido con tanto entusiasmo como embuste. Un buen propósito se queda en nada si no se le arma de contenido y se le dota de sustancia, limitándose a ser en un simple esbozo intrascendente abocado al consumo rápido y al olvido.

Sin duda, la película contiene algunos logros nada desdeñables: la recreación de la agónica postrimerías de la II Guerra Mundial en suelo siciliano, la ácida crítica de la connivencia de la mafia local y de la Democracia Cristiana naciente que marcará toda la segunda mitad del siglo XX italiano, la importancia de los inmigrantes en el devenir plural y caleidoscópico de los EEUU, la parodia de los rasgos idolátricos del fascismo mussoliniano, el microcosmos disparatado y fallero de la vida en un recóndito poblacho de provincias que sirve de lanzadera para el feliz golpe mortal al nazismo… Pero todo ello queda asfixiado bajo una obstinada avalancha deslavazada y caótica de fingida comedia de costumbres – entre romántica, quijotesca e ingenua – que ni resulta creíble, ni resulta simpática, ni resulta graciosa. A lo sumo despierta una sonrisa condescendiente fruto de la indulgencia y la exasperación.

En definitiva, un producto tan bien hecho como prescindible, tan afectado como tramposo, tan trivial como alienado. Otra oportunidad malversada.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
A Ghost Story
A Ghost Story (2017)
  • 6,6
    2.433
  • Estados Unidos David Lowery
  • Rooney Mara, Casey Affleck, Rob Zabrecky, Will Oldham, ...
3
Espectros sin misterio
Pocas veces una idea tan sugerente se ha quedado tan lejos de sus intenciones, pocas veces noventa minutos se convierten en un calvario tan árido, tan antipático, tan sin sustancia, tan pesado y tan repetitivo que produce desesperación por su metraje excesivo, pocas veces unos actores tan intensos y reputados se estrellan y fracasan ante la inanición exangüe de una crónica tan reiterada, tan plana, tan lánguida y tan malograda. Apenas los últimos quince minutos elevan el tono de la cinta, pero ya es demasiado tarde como para rescatar del sopor aletargado al sufrido espectador. Pudo y debió ser mejor, pero falla el guión, que no sabe desarrollar y dotar de interés una historia que, resumida, pareciera una gema en bruto, fértil fermento para un enfoque diferente al trillado mundo de las almas en pena y de los amores contrariados. Pero no, tal y como está, resulta una desilusión, un engaño, una bravuconada mustia y sin sentido ni razón de ser.

Fui al cine con ganas de dejarme sorprender y embaucar, ya que había leído algunas razonadas y entusiastas críticas que avivaron mi curiosidad; además el planteamiento narrativo parecía sugerir un enfoque a contracorriente del adocenado cine de sustos, conmociones y verbenas falleras saturadas de efectos especiales que inundan la cartelera en estas fechas. Y, en efecto, se sale de lo habitual, ambiciona un enfoque diferente, proponiendo un ritmo por completo alejado del frenesí descerebrado que nos anega, urdiendo un relato que busca la introspección antes que la vistosidad, urdiendo un cuento lúgubre e infausto sobre los amores cercenados, sobre el paso del tiempo y sus estragos, sobre lo injusta que es la vida, sobre la desdicha de la pérdida y la desolación de la espera, sobre los destrozos de la separación y las heridas del desamparo. Todo muy loable si se llevara a buen término, pero fracasa en lo esencial: no interesa ni lo más mínimo, ni lo que pasa, ni lo que pudo haber sido y no fue, ni nada. Un galimatías tan saturado de tedio y tan monocorde que genera fastidio, rechazo y apatía.

Quizás un guión mejor ensamblado nos hubiera permitido disfrutar de la propuesta, pero apenas alcanza a ser un pálido y agostado borrador que aguas a cada recodo, se pierde en vericuetos desmayados, sin fuste ni brío, se repite más que una sopa de ajo y cebolla, cansa al más predispuesto e invalida todo el crédito que su ambicioso y peculiar planteamiento nos había hecho albergar. Y tanto más irritante porque a mitad del metraje – por si no somos espabilados – un redundante personajillo deletrea hasta la náusea la intención de la cinta. Deplorable.
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16 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
El tercer asesinato
El tercer asesinato (2017)
  • 6,3
    458
  • Japón Hirokazu Koreeda
  • Masaharu Fukuyama, Koji Yakusho, Suzu Hirose, Yuki Saito, ...
7
Inmolación o Condena
Una frase de la película resume el propósito de este thriller policiaco japonés: ‘no quiero hacer como que no veo’. Todo gira en torno a un hecho delictivo que presenciamos al comienzo de la cinta – el asesinato de un empresario, que deja tras de sí a una joven viuda y a una huérfana impedida –, pero en realidad aborda una compleja reflexión sobre la culpa y su expiación. Podría entenderse como un tradicional relato sobre un crimen y su castigo, aunque si bien los hechos son contumaces, todo aquello que no hemos presenciado tiene tanta o mayor importancia que lo que la realidad ofrece a primera vista: sólo se trata de no apartar la mirada y dejar que las piezas del rompecabezas vayan encontrando su acomodo hasta desvelarnos un cuento gótico repleto de dolor y suciedad que lo impregna todo hasta la náusea.

Quizás peque de lentitud, prolijidad y verborrea, pero si se acepta el ritmo premioso y se disculpa el exceso de diálogo, se ofrece un retrato adulto, complejo y lleno de matices sobre el valor de todo ser humano, de la importancia que cada cual puede tener en la vida de los demás, con independencia de los yerros anteriores o de aparentes logros presentes. Los caminos del señor no son siempre rectos ni cristalinos, los peores actos pueden deberse a las mejores de las intenciones, los mayores crímenes pueden contener una simiente de bondad y justicia. Nada es lo que parece – como todo buen enigma que se precie – y nadie es tan bueno ni tan malo que no guarde en su fuero interno una cara oculta que nos impactaría, turbándonos y haciéndonos palidecer de incredulidad u horror si fuéramos capaces de desentrañarla. Sólo hay que saber observar.

Lo que comienza como una pieza hermética, discursiva, sin un centro de gravedad aparente, contradictoria y tosca, deshilvanada y premiosa, va tomando cuerpo y cogiendo altura poco a poco, en la misma medida en que las capas del misterio se van revelando en sutil paradoja tras innumerables embustes, máscaras y artificios, sembrando la incomodidad y el asombro en el espectador. Tras la argucia bienintencionada de unos abogados que intentan librar a su defendido de la pena de muerte se esconde un abismo ético irresoluble, donde la verdad no brilla, donde la justicia quizás vence pero no nos convence, donde la clemencia permanece desterrada y donde la condena se vuelve calvario…

Imperfecta pero también un prodigio de ambigüedad moral. No es para paladares inquietos, ni para los que anhelan un mundo idealizado. Se paladea sobre todo al finalizar su proyección. Difícil de recomendar pero estimable.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
La suerte de los Logan
La suerte de los Logan (2017)
  • 6,4
    1.903
  • Estados Unidos Steven Soderbergh
  • Channing Tatum, Adam Driver, Farrah Mackenzie, Riley Keough, ...
5
La desdicha de los espectadores
Nada más triste e irritante para un cinéfilo que perder dos horas en una sala de cine, visionando una película aburrida, insípida, macilenta, que pretende ser cómica y no pasa de treta mañosa llena de chascarrillos burdos y plomizos, con unos personajes tan manidos y previsibles que deberían de estar prohibidos por los alguaciles del buen gusto y del decoro, tanto más insoportables por su necia y porfiada obsesión por resultar cómicos y jacarandosos. Ya sabemos que el humor es cuestión de gustos, pero cuando no se ofrece nada más que una letanía soporífera de chirigotas y caricaturas, uno acaba perdiendo la paciencia y pensando en abandonar la proyección y dejar atrás – sepultar – tanto dislate obtuso, tanto despropósito cansino.

Intentaré desmenuzar y argumentar tan estentóreo párrafo inicial. Steven Soderbergh es un director que casi siempre me ha gustado o, al menos, parecido interesante; incluso algunas de sus películas más vapuleadas por la crítica o ignoradas por el público me han resultado muy estimulantes: como por ejemplo “Indomable (Haywire)” (2011), un entretenidísimo divertimento sobre una rutilante y corajuda agente secreto. Sabe dotar de ritmo a sus obras, no pierde el tiempo con innecesarias digresiones y siempre cuenta sus historias de forma eficaz y eficiente. Se suele rodear de buenos y reconocidos actores y les hace cómplices propicios de sus engrasados artefactos, acertando en el tono y estilo. Pero en este caso, el solvente reparto se involucra y hace lo que puede con el defectuoso material, incapaz de insuflar vida a los insípidos títeres que les ha tocado en desgracia encarnar. Están por completo desaprovechados.

Porque el mayor problema es el inepto, alambicado, torpe, vulgar y deslucido guión que articula una historia tan manoseada como exánime, tan mañosa como postiza, apenas un esbozo anodino de lo que pretende ser sin alcanzarlo nunca. Los embrollos y triquiñuelas que trufan el metraje se ven venir a la legua y asemeja más a un montaje patético de verbena de feria que no a un elaborado producto de la industria del cine del entretenimiento. Se especula incluso que la guionista que firma semejante engendro, Rebecca Blunt, es un seudónimo tras el que se ocultaría – por vergüenza o temor – otro nombre de mayor calado. Hay muchas ideas muy mal ensambladas, unos diálogos que quizás en otras manos – pienso en un inspirado Quentin Tarantino – podrían haber devenido ocurrentes y originales, pero que tal y como están resultan fatuos, frustrantes y desvaídos.

En definitiva, a ratos entretenida si se obvian sus carencias, a ratos simpática si se quiere ser condescendiente, pero del todo superflua y prescindible.
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10 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una mujer fantástica
Una mujer fantástica (2017)
  • 6,7
    726
  • Chile Sebastián Lelio
  • Daniela Vega, Francisco Reyes, Luis Gnecco, Aline Küppenheim, ...
5
Un empeño frustrado
Una vez más, las loables buenas intenciones que jalonan este largometraje chileno no bastan para ensamblar una obra que trascienda las limitaciones de su justo y cabal punto de partida. Siempre es útil y meritorio que se realicen, distribuyan y visionen obras que abogan por la tolerancia y el respeto de todos nuestros conciudadanos; nunca está de más que se denuncien los atropellos a la dignidad humana allí donde se producen; es conveniente y muy beneficioso revelar los desprecios a los que ciertas personas – más débiles, más inseguras, más indefensas – tienen que hacer frente en todo momento y por cualquier motivo por aquellos otros individuos que en su ciega prepotencia se creen con el derecho a socavar el amor propio de los demás por el mero hecho de formar parte de alguna minoría, del tipo y naturaleza que sea.

Pero no basta con proclamar, de buena fe, lo que debería ser y desenmascarar, con valentía y arrojo, lo que es inadmisible que prevalezca en nuestros días, ya que no hay nada más cargante y tedioso que las obras de tesis que carecen de una trama interesante y autónoma que sea capaz de mantenerse en pie más allá de la denuncia que la alimenta y le sirve de fundamento. Y en esta propuesta hay demasiado cartón piedra, demasiado desgarro tremebundo, demasiadas desgracias y contrariedades como para resultar verosímil, los tópicos saturan cada fotograma de esta cinta sin aportar hondura ni gravedad a lo que se retrata: los malos son demasiado mezquinos, los inocentes son demasiado simples, las situaciones de tan previsibles y trilladas se amontonan como lacios fardos en el cubo de la basura. Y el mayor yerro es la protagonista, su papel resulta pavisoso e irritante, recorre como alma en pena las estancias, callejea despistada y sin meta, sometida a un aquelarre vejatorio de afrentas y ultrajes, aunque del todo incapaz de hacer creíble su dolor, de volver veraz su indecisión, de persuadirnos de su pérdida, como si nada ni nadie hiciera mella en ella.

No es un problema de la actriz elegida – que cumple con solvencia su misión – sino de un guión tan mal escrito, tan zafio y deslavazado como monótono, tan arbitrario y reiterativo como plano, tan exangüe y lánguido que pese a la tragedia que pretende reflejar, alcanza sólo a ser un endeble y cándido esbozo de lo que pudo (y debió) haber sido pero no llegó a ser debido a su falta de rigor y sus manidos buenos propósitos. Secundamos y nos solidarizamos con el fin que se persigue, pero no nos queda más remedio que enumerar las flagrantes deficiencias que lo invalidan.
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8 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
El muñeco de nieve
El muñeco de nieve (2017)
  • 4,7
    1.865
  • Reino Unido Tomas Alfredson
  • Michael Fassbender, Rebecca Ferguson, Charlotte Gainsbourg, Jonas Karlsson, ...
5
Anatomía de un huérfano
Promete mucho y ofrece más bien poco. No se me ocurre otra forma de resumir la sensación que me ha dejado esta película policiaca británica ambientada en una invernal Noruega cubierta de nieve, fustigada por recuerdos inhóspitos y maravillosos paisajes gélidos, traslación de una conocida novela del músico y gacetillero noruego Jo Nesbø. Y quizás su fallo fundamental radique en la propia historia que se nos narra, demasiado rebuscada, artificial e inverosímil, demasiado deudora de los talleres de ficción donde se postulan los axiomas de cómo tienen que ser las sorpresas, cómo se manejan las coincidencias, cómo se traban las simetrías y cómo funcionan los traumas con los que aderezar una crónica para que capte y mantenga la atención del público. Carece de cualquier atisbo de sinceridad, adolece de genuina pasión y se exageran hasta el desvarío las excentricidades y rarezas de esforzado diletante que jalonan el retorcido camino.

Por lo tanto, el problema radica en la trama, que en ningún momento convence ni atrapa por ser tan extremada y pretendidamente psicológica que merma la autenticidad del conjunto, que se queda en un mero artilugio prefabricado y artificioso, lleno de quiebros y requiebros pero ayuno de verdad, una enrevesada superchería que se pierde en los recovecos del postizo enigma criminal sin que nos importe demasiado su desenlace y resolución – que, por lo demás, se intuye casi desde el inicio, con un prólogo impactante pero superfluo que menoscaba el subsiguiente desarrollo del relato homicida.

Además resulta un desperdicio de talento y trabajo que la dirección de Tomas Alfredson sea solvente y estimulante, porque apenas consigue elevar y mitigar el tono mortecino de la narración, que avanza con obstinado empecinamiento, ajeno a los dislates que va abriendo a su paso. También resulta un cruel y oneroso despilfarro contar con un elenco de renombrados actores abocados a deambular como marionetas exangües durante el discursivo metraje. El entusiasmo y abnegación de Michael Fassbender en el prototípico papel de reputado policía angustiado hubiese merecido un mejor vehículo para poder aquilatar su valía, al igual que una siempre seductora Charlotte Gainsbourg hace lo imposible por insuflar vida al personaje de exesposa, tan mal armado y escrito que produce vergüenza ajena. Y los demás reconocidos comparsas son meros bultos inermes que se tuvieron que contentar con cobrar el salario de su inanición.

En definitiva, lo mejor hubiera sido no adaptar al cine una ficción tan carente de sustancia como de interés, tan alambicada como embarazosa, tan torpe como pronosticable, tan relamida como pestilente. Tal y como queda, se deja ver sin grandes penurias: correcta y pulcra, pero anodina.
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8 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
El amante doble
El amante doble (2017)
  • 5,8
    876
  • Francia François Ozon
  • Marine Vacth, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset, Myriam Boyer, ...
6
La fractura existencial
Poco tengo que objetar al rebuscado artificio de su punto de partida, o a los muchos trucos y tretas de su elegante desarrollo y puesta en escena, o a la habilidad mañosa y atildada de su desenlace. Cuando la doblez es la esencia, insolente, de la propuesta o se entra en el juego o se queda uno fuera… pero las trampas, simulaciones y argucias son la naturaleza misma del enredo y no se deberían de juzgar como tales, sino sólo evaluar si funcionan o no dentro del esquema planteado. Y a mí me funcionan aunque a veces se bordea lo inverosímil y aparatoso y se cargan las tintas en laberintos mentales y temáticos que hacen perder el contacto con la realidad… porque ese es su objetivo último.

Como en tantas cintas de François Ozon, el amaneramiento visual y la afectación narrativa es parte esencial del juego: se trata de desbordar lo convencional, lo previsible, lo canónico hasta pergeñar un mundo autónomo y paralelo donde se suspenden las leyes ordinarias de lo cotidiano, creando un universo onírico y ofuscado donde tienen cabida las más rocambolescas historias, entre el surrealismo y el delirio, en una fértil tierra de nadie donde todo es posible y nada es predecible. Buscar autenticidad sería un error porque ni lo pretende ni lo requiere, ya que desborda y anula cualquier afán por encontrar leyes y patrones que nos sirvan de asidero donde anclarnos para el periplo desaforado en montaña rusa que se despliega ante nosotros y nos arrastra y arrolla a poco que nos dejemos embaucar.

En apariencia adopta la máscara y la forma de un thriller psicológico donde nada es lo que parece ser y cualquier amaño y estratagema tiene su cobijo. Pero vista en su conjunto no cabe duda que está construida con férrea disciplina, brillante dosificación de las incógnitas y espléndido dominio de los recursos, no dejando cabos sueltos a poco atentos que estemos a todos los detalles y pormenores que jalonan la trama. Los datos manejados pudieran parecer engañosos, opacos o turbios, aunque se disfruta con delectación y asombro el paulatino esclarecimiento del embrollo, como si nos quitaran una venda de los ojos y se nos ajustara al fin la vista, pudiendo así abandonar la angustia y el desasosiego que nos ha acompañado durante casi todo el metraje.

La belleza, complicidad y compenetración del dúo protagonista resulta convincente y seductor y acrecientan el éxito del artilugio propuesto. Y siempre es un placer contar con la presencia de Jacqueline Bisset, por breve – aunque enjundioso – que sea su cometido. Imperfecta, ambigua y extravagante... pero muy disfrutable.
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6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Blade Runner 2049
Blade Runner 2049 (2017)
  • 7,2
    17.969
  • Estados Unidos Denis Villeneuve
  • Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, ...
6
Evolución sin Emoción
Por una parte, soy un tardío fan de la cinta original. En 1983 me pareció un pestiño (era un adolescente abducido por ‘La guerra de las galaxias’); en 1992, en mi opinión, el montaje del director mejoraba (y mucho) la propuesta; pero no fue hasta hace algunos pocos años, ya en formato blue-ray, en que me sedujo y cautivó por completo y sin reservas. Por otra parte, soy un entusiasta admirador del director Denis Villeneuve, de quien sólo he visto aciertos de todo género y planteamiento, un virguero de las imágenes y del montaje, un artista incontestable y evidente, lo mejor que me he encontrado en una sala de cine en lo que va de siglo. Es decir, que iba con ganas y sana curiosidad al cine, esperando encontrar un propuesta inédita y – sea cual fuera el camino elegido – llena de aciertos… pero nada más lejos de la realidad.

Pero vayamos por partes, porque hay muchos aciertos pero también otros tantos deméritos dignos de mención. Entre lo positivo está la puesta en escena que recrea, prolonga y amplía la arrebatadora estética primigenia: esa llovizna casi constante, esa ausencia de horizonte, claridad y sol, ese opresivo presente de pesadilla que parece abocarnos al abismo, esa mezcolanza entre replicantes y humanos que vuelve confuso lo cotidiano y nos hace desconfiar tanto de lo que vemos como de lo que sentimos; una fotografía innovadora y sugerente, llena de claroscuros y contrastes, que nos engulle como un torbellino y nos escupe despojos hediondos a cada fotograma; una escenografía espeluznante que desdeña lo efímero y encumbra lo sintético y alambicado. Es decir, en cuanto al universo visual nos hallamos ante una propuesta insólita, apabullante y portentosa, llena de matices y aciertos.

Sin embargo, las flaquezas y deficiencias acaban por erigirse en las grandes protagonistas de la función. Un metraje tan desmesurado como innecesario (sobra casi toda una hora), alargando las escenas hasta la inanición y la abulia; una historia tan poco carismática y tan porfiadamente vaporosa que hace desfallecer el ánimo y obliga a esperar a que la próxima escena rescate del tedio al espectador y haga avanzar la trama hacia algún lugar digno de interés, cayendo siempre en subrayados innecesarios y en tópicos previsibles, ahogando toda ambigüedad y anulando cualquier estímulo. La calma y el reposo casan mal con una supuesta cinta de acción, por muy ensimismada y reflexiva que pretenda ser. Y las cavilaciones sobre la vida, la muerte, los milagros de la existencia y la magia de la procreación resultan tan patosas como primitivas, tan superficiales como chirriantes.

Hay algunas escenas aisladas que descuellan y deslumbran, dignas de perdurar en la memoria cinéfila (como, entro otras, ese baile erótico que sobrepone a dos personajes en abigarrado aquelarre de lo imposible o ese ‘nacimiento’ brusco y sin remilgos de una replicante abocada a su exterminio), pero son momentos inconexos y solitarios, que impresionan por su esplendor y singularidad, pero desentonan por carecer de engarce y coherencia.

En definitiva, la perfección formal asemeja una estatua inerme y granítica cuyo estatismo y falta de alma, bravura o sustancia acaban por aburrir y exasperar al más predispuesto. ¿Digna sucesora? Quizás... Pero, sobre todo, una colosal oportunidad fallida.
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195 de 274 usuarios han encontrado esta crítica útil
Estados Unidos del Amor
Estados Unidos del Amor (2016)
  • 5,9
    479
  • Polonia Tomasz Wasilewski
  • Julia Kijowska, Magdalena Cielecka, Dorota Kolak, Marta Nieradkiewicz, ...
7
Presas de la Libertad
El cine polaco es fuente inagotable de sorpresas, sopapos y soflamas, algunas veces son fogonazos pasajeros pero de calado (p. ej. Jerzy Kawalerowicz), otras son personalidades complejas y torturadas que nos acompañan durante décadas (el paradigma: Roman Polanski) o bien pueden ser autoridades tan intensas como añoradas (digamos Krzysztof Kieslowski), pero siempre nos tienen algo que decir y encuentran formas provocadoras, estimulantes e iconoclastas de expresarlo, adhiriéndose a nuestra retina cual pegajosa pesadilla que se hubiera encariñado de nuestra ingenuidad, de nuestra pulsión fisgona, no queriéndonos abandonar ya por nunca jamás a nuestro devastado infortunio… El joven cineasta Tomasz Wasilewski hace justicia a tan ilustre estirpe, ofreciendo un refinado y perverso estudio sobre los pantanosos límites de la libertad, sobre las volubles añagazas de la dicha y sobre la pertinaz tragedia del abandono. Casi nada.

Asistimos a un retablo sobre las pulsiones del amor, presenciamos un intrincado jeroglífico sobre las palpitaciones inconfesables del deseo, somos testigos entre asqueados y compasivos de las bajezas, contradicciones y trampas del sexo, somos registradores decepcionados de los espejismos y quimeras del amor… En fin, nos descubrimos – y condenamos – a nosotros mismos mientras creemos presenciar una historia lejana, gélida y ajena, originada en otra cultura, deudora de otra educación y lastrada con fealdades, zozobras y sofocos que nos resultan extraños y lamentables, un sinsentido gris y doloroso que deseamos apartar de un manotazo.

La dolorosa costumbre de la falta de libertad es una cárcel que perdura más allá de los límites temporales de su condena, nos aprisiona y condiciona nuestros movimientos y nuestra capacidad de visión, nos engaña y nos acobarda… a veces es más sencillo que nos digan lo que tenemos que hacer en vez de cargar con la dificultad de tomar nuestras propias decisiones que nos pueden acercar al éxito o abocar al fracaso. Es el miedo a la libertad que nos atenaza y que se vuelve en costumbre y cobijo, en hábito y castigo. Cuatro mujeres, cuatro historias, cuatro circunstancias, cuatro representaciones del fracaso, de la incomunicación, de la costumbre de anhelar lo que no tenemos y despreciar lo que hemos alcanzado. Las ramificaciones parecen tocarse e influirse, pero prevalece la melancolía y el aislamiento: estar en la misma habitación no implica acompañarse.

Las imágenes son portentosas, de una fuerza seca y abrupta que asemejan bofetones iracundos. Las pocas palabras son desoladoras y crueles, utilizadas como dardos y envenenadas con lágrimas de amargura. Todo el elenco es excelente y merece destacarse tanto por su arrojo físico como por su valentía emocional. Perturbador descubrimiento.
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
La llamada
La llamada (2017)
  • 7,1
    3.835
  • España Javier Ambrossi, Javier Calvo
  • Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, ...
7
El gustazo es una ceremonia
No tuve ocasión de ver la obra de teatro original sobre la que se basa esta atractiva cinta repleta de buenos momentos y gozosas ocurrencias. Tiene algunas innegables limitaciones – como una dirección anodina, diletante y poco ingeniosa – pero también es verdad que acierta en lo fundamental: proporciona a unos adorables personajes descarriados un vehículo sin apenas fisuras ni altibajos, que les permite su lucimiento y facilita, sin falsos disimulos ni innecesarias trabas, una complicidad arrolladora y bullanguera con el público partícipe, que asiste gozoso y agradecido a las peripecias que ante sí despliegan con brío, entrega y audacia. Es muchísimo cuando se sabe lo difícil que resulta montar un divertimento tan alocado como sensible, tan mimoso como reivindicativo, tan hilarante como hechicero.

Porque lo mejor es un tan sencillo como primoroso guión, muy bien dialogado, lleno de cariño y perspicacia, repleto de lucidez y poder de observación, que nunca pretende sermonear ni dogmatizar aunque deje siempre claras sus afinidades y querencias, sus opiniones y cortejos. Todos los integrantes del elenco hacen relucir y disfrutan con cada frase, con cada gesto, con cada entonación y cada melodía. Nos reímos con ellos pero no de ellos, nos engatusa su fragilidad tan humana, nos seduce su soberbia vulnerabilidad, su impetuoso descarrío, su afán por lograr el éxito en su mínima parcela íntima, por encontrar o reivindicar su lugar en el mundo, siempre a remolque de los demás, de todos aquellos que nos examinan, prejuzgan y avasallan aunque no queramos o no lo pretendan…Esa es su máxima virtud y su logro supremo: iluminar el alma humana al tiempo que nos entretiene y conquista. Fantástico.

Toda esta suma de aciertos solo es posible gracias a un reparto extraordinario, donde todas las actrices se complementan a la perfección, recrean con ternura sus personajes, se apoyan y se crecen, se acoplan a la perfección pese a sus diferentes experiencias y divergentes edades, todas para una, una para todas. Es de justicia mencionar a las cuatro maestras de ceremonia, que brillan con luz inmarchitable: Macarena García (un rostro cautivador y envolvente), Anna Castillo (una presencia tan energética como herida), Belén Cuesta (una oveja desorientada y dubitativa que encuentra su redil) y Gracia Olayo (un portento de la naturaleza, que sabe humanizar a lo que podría haber sido una mera caricatura).

En definitiva – y a pesar de algún demérito y tosquedad ya mencionados – la experiencia en su conjunto es un trayecto lleno de alegrías y hallazgos, de una inocencia (que no ingenuidad) del todo maravillosa, que invoca y logra la cooperación incondicional del público y nos hace pasar unos minutos esponjosos y tiernos, desbordantes de buen humor y simpatía. Un tesoro.
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33 de 44 usuarios han encontrado esta crítica útil
Kingsman: El círculo de oro
Kingsman: El círculo de oro (2017)
  • 6,4
    5.710
  • Reino Unido Matthew Vaughn
  • Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Mark Strong, ...
6
¿Irreverente o Irrelevante?
De nuevo se acierta en el tono entre paródico y transgresor, pero lo que en la primera película fue una sorpresa, un hallazgo, una desternillante propuesta, una original mezcolanza entre James Bond y los superhéroes de quiosco, en fin, un muy recomendable pasatiempo, en la segunda entrega de la inevitable saga todo se queda en un calco, un erial yermo y adocenado, donde el exceso de vitaminas y la acumulación de batidos energizantes causa una severa inanición: todo acaba siendo episódico y prescindible, con una trama indigna de ostentar tal nombre, unas situaciones que por su obsesiva acumulación arbitraria acaban por fatigar, donde los lugares comunes engullen cualquier atisbo de ingenio, repetición cansina de las consabidas mejores jugadas que ya hemos visto antes y mejor plasmadas, en definitiva, un indecoroso refrito de mercadotecnia, cuya ramplonería y reiteración producen hastío.

Todo lo anterior no impide que la película se vea con una media sonrisa cómplice y bullanguera, que a ratos brille la ironía, que se disfrute la alocada galería de personajes y situaciones que pueblan la historia, que se paladee el sabroso crepitar de reírse de todo y de todos, que se admire la ausencia de tabúes y te seduzca la desvergonzada algarabía que se despliega sin pudor ante nuestros ojos. Pero el metraje es excesivo, todo ocurre sin ton ni son, por la caprichosa voluntad de los guionistas, renunciando a hilar fino o a proponer algo más que un artefacto caro e intrascendente, bien elaborado y dirigido pero carente de una mínima coherencia que haga olvidar las demasiado visibles costuras que delatan el artificio y achatan el resultado final.

Como casi siempre en el cine británico, los actores son lo mejor de la función. Algunos están desaprovechados – o quizás sólo se trata de presentarlos para luego sacarles partido en alguna entrega posterior – pero casi todos ellos disfrutan con las caricaturas parlantes que les ha tocado en suerte encarnar: Julianne Moore está estupenda como la pérfida narcotraficante que vive desolada por no ser reconocida y celebrada como la inigualable mujer de negocios que cree ser; Elton John está soberbio interpretándose a sí mismo y nos hace gozar burlándose sin piedad ni decoro de su propio personaje y excesos; Taron Egerton vuelve a brillar como el dandi agente secreto salido de los arrabales, gentleman a tiempo parcial y proletario sin tapujos en sus horas libres. Pero casi todo el reparto yanqui parece haber sido impuesto como pretexto para agradar a la taquilla americana, sin aportar nada más.

En resumen: simpática, simple e insignificante. Pero entretenida.
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26 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil