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Críticas de antonalva
Críticas ordenadas por:
La suerte de los Logan
La suerte de los Logan (2017)
  • 6,4
    811
  • Estados Unidos Steven Soderbergh
  • Channing Tatum, Adam Driver, Farrah Mackenzie, Riley Keough, ...
5
La desdicha de los espectadores
Nada más triste e irritante para un cinéfilo que perder dos horas en una sala de cine, visionando una película aburrida, insípida, macilenta, que pretende ser cómica y no pasa de treta mañosa llena de chascarrillos burdos y plomizos, con unos personajes tan manidos y previsibles que deberían de estar prohibidos por los alguaciles del buen gusto y del decoro, tanto más insoportables por su necia y porfiada obsesión por resultar cómicos y jacarandosos. Ya sabemos que el humor es cuestión de gustos, pero cuando no se ofrece nada más que una letanía soporífera de chirigotas y caricaturas, uno acaba perdiendo la paciencia y pensando en abandonar la proyección y dejar atrás – sepultar – tanto dislate obtuso, tanto despropósito cansino.

Intentaré desmenuzar y argumentar tan estentóreo párrafo inicial. Steven Soderbergh es un director que casi siempre me ha gustado o, al menos, parecido interesante; incluso algunas de sus películas más vapuleadas por la crítica o ignoradas por el público me han resultado muy estimulantes: como por ejemplo “Indomable (Haywire)” (2011), un entretenidísimo divertimento sobre una rutilante y corajuda agente secreto. Sabe dotar de ritmo a sus obras, no pierde el tiempo con innecesarias digresiones y siempre cuenta sus historias de forma eficaz y eficiente. Se suele rodear de buenos y reconocidos actores y les hace cómplices propicios de sus engrasados artefactos, acertando en el tono y estilo. Pero en este caso, el solvente reparto se involucra y hace lo que puede con el defectuoso material, incapaz de insuflar vida a los insípidos títeres que les ha tocado en desgracia encarnar. Están por completo desaprovechados.

Porque el mayor problema es el inepto, alambicado, torpe, vulgar y deslucido guión que articula una historia tan manoseada como exánime, tan mañosa como postiza, apenas un esbozo anodino de lo que pretende ser sin alcanzarlo nunca. Los embrollos y triquiñuelas que trufan el metraje se ven venir a la legua y asemeja más a un montaje patético de verbena de feria que no a un elaborado producto de la industria del cine del entretenimiento. Se especula incluso que la guionista que firma semejante engendro, Rebecca Blunt, es un seudónimo tras el que se ocultaría – por vergüenza o temor – otro nombre de mayor calado. Hay muchas ideas muy mal ensambladas, unos diálogos que quizás en otras manos – pienso en un inspirado Quentin Tarantino – podrían haber devenido ocurrentes y originales, pero que tal y como están resultan fatuos, frustrantes y desvaídos.

En definitiva, a ratos entretenida si se obvian sus carencias, a ratos simpática si se quiere ser condescendiente, pero del todo superflua y prescindible.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una mujer fantástica
Una mujer fantástica (2017)
  • 6,7
    507
  • Chile Sebastián Lelio
  • Daniela Vega, Francisco Reyes, Luis Gnecco, Aline Küppenheim, ...
5
Un empeño frustrado
Una vez más, las loables buenas intenciones que jalonan este largometraje chileno no bastan para ensamblar una obra que trascienda las limitaciones de su justo y cabal punto de partida. Siempre es útil y meritorio que se realicen, distribuyan y visionen obras que abogan por la tolerancia y el respeto de todos nuestros conciudadanos; nunca está de más que se denuncien los atropellos a la dignidad humana allí donde se producen; es conveniente y muy beneficioso revelar los desprecios a los que ciertas personas – más débiles, más inseguras, más indefensas – tienen que hacer frente en todo momento y por cualquier motivo por aquellos otros individuos que en su ciega prepotencia se creen con el derecho a socavar el amor propio de los demás por el mero hecho de formar parte de alguna minoría, del tipo y naturaleza que sea.

Pero no basta con proclamar, de buena fe, lo que debería ser y desenmascarar, con valentía y arrojo, lo que es inadmisible que prevalezca en nuestros días, ya que no hay nada más cargante y tedioso que las obras de tesis que carecen de una trama interesante y autónoma que sea capaz de mantenerse en pie más allá de la denuncia que la alimenta y le sirve de fundamento. Y en esta propuesta hay demasiado cartón piedra, demasiado desgarro tremebundo, demasiadas desgracias y contrariedades como para resultar verosímil, los tópicos saturan cada fotograma de esta cinta sin aportar hondura ni gravedad a lo que se retrata: los malos son demasiado mezquinos, los inocentes son demasiado simples, las situaciones de tan previsibles y trilladas se amontonan como lacios fardos en el cubo de la basura. Y el mayor yerro es la protagonista, su papel resulta pavisoso e irritante, recorre como alma en pena las estancias, callejea despistada y sin meta, sometida a un aquelarre vejatorio de afrentas y ultrajes, aunque del todo incapaz de hacer creíble su dolor, de volver veraz su indecisión, de persuadirnos de su pérdida, como si nada ni nadie hiciera mella en ella.

No es un problema de la actriz elegida – que cumple con solvencia su misión – sino de un guión tan mal escrito, tan zafio y deslavazado como monótono, tan arbitrario y reiterativo como plano, tan exangüe y lánguido que pese a la tragedia que pretende reflejar, alcanza sólo a ser un endeble y cándido esbozo de lo que pudo (y debió) haber sido pero no llegó a ser debido a su falta de rigor y sus manidos buenos propósitos. Secundamos y nos solidarizamos con el fin que se persigue, pero no nos queda más remedio que enumerar las flagrantes deficiencias que lo invalidan.
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5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
El muñeco de nieve
El muñeco de nieve (2017)
  • 4,7
    1.390
  • Reino Unido Tomas Alfredson
  • Michael Fassbender, Rebecca Ferguson, Charlotte Gainsbourg, Jonas Karlsson, ...
5
Anatomía de un huérfano
Promete mucho y ofrece más bien poco. No se me ocurre otra forma de resumir la sensación que me ha dejado esta película policiaca británica ambientada en una invernal Noruega cubierta de nieve, fustigada por recuerdos inhóspitos y maravillosos paisajes gélidos, traslación de una conocida novela del músico y gacetillero noruego Jo Nesbø. Y quizás su fallo fundamental radique en la propia historia que se nos narra, demasiado rebuscada, artificial e inverosímil, demasiado deudora de los talleres de ficción donde se postulan los axiomas de cómo tienen que ser las sorpresas, cómo se manejan las coincidencias, cómo se traban las simetrías y cómo funcionan los traumas con los que aderezar una crónica para que capte y mantenga la atención del público. Carece de cualquier atisbo de sinceridad, adolece de genuina pasión y se exageran hasta el desvarío las excentricidades y rarezas de esforzado diletante que jalonan el retorcido camino.

Por lo tanto, el problema radica en la trama, que en ningún momento convence ni atrapa por ser tan extremada y pretendidamente psicológica que merma la autenticidad del conjunto, que se queda en un mero artilugio prefabricado y artificioso, lleno de quiebros y requiebros pero ayuno de verdad, una enrevesada superchería que se pierde en los recovecos del postizo enigma criminal sin que nos importe demasiado su desenlace y resolución – que, por lo demás, se intuye casi desde el inicio, con un prólogo impactante pero superfluo que menoscaba el subsiguiente desarrollo del relato homicida.

Además resulta un desperdicio de talento y trabajo que la dirección de Tomas Alfredson sea solvente y estimulante, porque apenas consigue elevar y mitigar el tono mortecino de la narración, que avanza con obstinado empecinamiento, ajeno a los dislates que va abriendo a su paso. También resulta un cruel y oneroso despilfarro contar con un elenco de renombrados actores abocados a deambular como marionetas exangües durante el discursivo metraje. El entusiasmo y abnegación de Michael Fassbender en el prototípico papel de reputado policía angustiado hubiese merecido un mejor vehículo para poder aquilatar su valía, al igual que una siempre seductora Charlotte Gainsbourg hace lo imposible por insuflar vida al personaje de exesposa, tan mal armado y escrito que produce vergüenza ajena. Y los demás reconocidos comparsas son meros bultos inermes que se tuvieron que contentar con cobrar el salario de su inanición.

En definitiva, lo mejor hubiera sido no adaptar al cine una ficción tan carente de sustancia como de interés, tan alambicada como embarazosa, tan torpe como pronosticable, tan relamida como pestilente. Tal y como queda, se deja ver sin grandes penurias: correcta y pulcra, pero anodina.
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7 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
El amante doble
El amante doble (2017)
  • 5,8
    600
  • Francia François Ozon
  • Marine Vacth, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset, Myriam Boyer, ...
6
La fractura existencial
Poco tengo que objetar al rebuscado artificio de su punto de partida, o a los muchos trucos y tretas de su elegante desarrollo y puesta en escena, o a la habilidad mañosa y atildada de su desenlace. Cuando la doblez es la esencia, insolente, de la propuesta o se entra en el juego o se queda uno fuera… pero las trampas, simulaciones y argucias son la naturaleza misma del enredo y no se deberían de juzgar como tales, sino sólo evaluar si funcionan o no dentro del esquema planteado. Y a mí me funcionan aunque a veces se bordea lo inverosímil y aparatoso y se cargan las tintas en laberintos mentales y temáticos que hacen perder el contacto con la realidad… porque ese es su objetivo último.

Como en tantas cintas de François Ozon, el amaneramiento visual y la afectación narrativa es parte esencial del juego: se trata de desbordar lo convencional, lo previsible, lo canónico hasta pergeñar un mundo autónomo y paralelo donde se suspenden las leyes ordinarias de lo cotidiano, creando un universo onírico y ofuscado donde tienen cabida las más rocambolescas historias, entre el surrealismo y el delirio, en una fértil tierra de nadie donde todo es posible y nada es predecible. Buscar autenticidad sería un error porque ni lo pretende ni lo requiere, ya que desborda y anula cualquier afán por encontrar leyes y patrones que nos sirvan de asidero donde anclarnos para el periplo desaforado en montaña rusa que se despliega ante nosotros y nos arrastra y arrolla a poco que nos dejemos embaucar.

En apariencia adopta la máscara y la forma de un thriller psicológico donde nada es lo que parece ser y cualquier amaño y estratagema tiene su cobijo. Pero vista en su conjunto no cabe duda que está construida con férrea disciplina, brillante dosificación de las incógnitas y espléndido dominio de los recursos, no dejando cabos sueltos a poco atentos que estemos a todos los detalles y pormenores que jalonan la trama. Los datos manejados pudieran parecer engañosos, opacos o turbios, aunque se disfruta con delectación y asombro el paulatino esclarecimiento del embrollo, como si nos quitaran una venda de los ojos y se nos ajustara al fin la vista, pudiendo así abandonar la angustia y el desasosiego que nos ha acompañado durante casi todo el metraje.

La belleza, complicidad y compenetración del dúo protagonista resulta convincente y seductor y acrecientan el éxito del artilugio propuesto. Y siempre es un placer contar con la presencia de Jacqueline Bisset, por breve – aunque enjundioso – que sea su cometido. Imperfecta, ambigua y extravagante... pero muy disfrutable.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Blade Runner 2049
Blade Runner 2049 (2017)
  • 7,3
    13.503
  • Estados Unidos Denis Villeneuve
  • Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, ...
6
Evolución sin Emoción
Por una parte, soy un tardío fan de la cinta original. En 1983 me pareció un pestiño (era un adolescente abducido por ‘La guerra de las galaxias’); en 1992, en mi opinión, el montaje del director mejoraba (y mucho) la propuesta; pero no fue hasta hace algunos pocos años, ya en formato blue-ray, en que me sedujo y cautivó por completo y sin reservas. Por otra parte, soy un entusiasta admirador del director Denis Villeneuve, de quien sólo he visto aciertos de todo género y planteamiento, un virguero de las imágenes y del montaje, un artista incontestable y evidente, lo mejor que me he encontrado en una sala de cine en lo que va de siglo. Es decir, que iba con ganas y sana curiosidad al cine, esperando encontrar un propuesta inédita y – sea cual fuera el camino elegido – llena de aciertos… pero nada más lejos de la realidad.

Pero vayamos por partes, porque hay muchos aciertos pero también otros tantos deméritos dignos de mención. Entre lo positivo está la puesta en escena que recrea, prolonga y amplía la arrebatadora estética primigenia: esa llovizna casi constante, esa ausencia de horizonte, claridad y sol, ese opresivo presente de pesadilla que parece abocarnos al abismo, esa mezcolanza entre replicantes y humanos que vuelve confuso lo cotidiano y nos hace desconfiar tanto de lo que vemos como de lo que sentimos; una fotografía innovadora y sugerente, llena de claroscuros y contrastes, que nos engulle como un torbellino y nos escupe despojos hediondos a cada fotograma; una escenografía espeluznante que desdeña lo efímero y encumbra lo sintético y alambicado. Es decir, en cuanto al universo visual nos hallamos ante una propuesta insólita, apabullante y portentosa, llena de matices y aciertos.

Sin embargo, las flaquezas y deficiencias acaban por erigirse en las grandes protagonistas de la función. Un metraje tan desmesurado como innecesario (sobra casi toda una hora), alargando las escenas hasta la inanición y la abulia; una historia tan poco carismática y tan porfiadamente vaporosa que hace desfallecer el ánimo y obliga a esperar a que la próxima escena rescate del tedio al espectador y haga avanzar la trama hacia algún lugar digno de interés, cayendo siempre en subrayados innecesarios y en tópicos previsibles, ahogando toda ambigüedad y anulando cualquier estímulo. La calma y el reposo casan mal con una supuesta cinta de acción, por muy ensimismada y reflexiva que pretenda ser. Y las cavilaciones sobre la vida, la muerte, los milagros de la existencia y la magia de la procreación resultan tan patosas como primitivas, tan superficiales como chirriantes.

Hay algunas escenas aisladas que descuellan y deslumbran, dignas de perdurar en la memoria cinéfila (como, entro otras, ese baile erótico que sobrepone a dos personajes en abigarrado aquelarre de lo imposible o ese ‘nacimiento’ brusco y sin remilgos de una replicante abocada a su exterminio), pero son momentos inconexos y solitarios, que impresionan por su esplendor y singularidad, pero desentonan por carecer de engarce y coherencia.

En definitiva, la perfección formal asemeja una estatua inerme y granítica cuyo estatismo y falta de alma, bravura o sustancia acaban por aburrir y exasperar al más predispuesto. ¿Digna sucesora? Quizás... Pero, sobre todo, una colosal oportunidad fallida.
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161 de 228 usuarios han encontrado esta crítica útil
Estados Unidos del Amor
Estados Unidos del Amor (2016)
  • 6,0
    382
  • Polonia Tomasz Wasilewski
  • Julia Kijowska, Magdalena Cielecka, Dorota Kolak, Marta Nieradkiewicz, ...
7
Presas de la Libertad
El cine polaco es fuente inagotable de sorpresas, sopapos y soflamas, algunas veces son fogonazos pasajeros pero de calado (p. ej. Jerzy Kawalerowicz), otras son personalidades complejas y torturadas que nos acompañan durante décadas (el paradigma: Roman Polanski) o bien pueden ser autoridades tan intensas como añoradas (digamos Krzysztof Kieslowski), pero siempre nos tienen algo que decir y encuentran formas provocadoras, estimulantes e iconoclastas de expresarlo, adhiriéndose a nuestra retina cual pegajosa pesadilla que se hubiera encariñado de nuestra ingenuidad, de nuestra pulsión fisgona, no queriéndonos abandonar ya por nunca jamás a nuestro devastado infortunio… El joven cineasta Tomasz Wasilewski hace justicia a tan ilustre estirpe, ofreciendo un refinado y perverso estudio sobre los pantanosos límites de la libertad, sobre las volubles añagazas de la dicha y sobre la pertinaz tragedia del abandono. Casi nada.

Asistimos a un retablo sobre las pulsiones del amor, presenciamos un intrincado jeroglífico sobre las palpitaciones inconfesables del deseo, somos testigos entre asqueados y compasivos de las bajezas, contradicciones y trampas del sexo, somos registradores decepcionados de los espejismos y quimeras del amor… En fin, nos descubrimos – y condenamos – a nosotros mismos mientras creemos presenciar una historia lejana, gélida y ajena, originada en otra cultura, deudora de otra educación y lastrada con fealdades, zozobras y sofocos que nos resultan extraños y lamentables, un sinsentido gris y doloroso que deseamos apartar de un manotazo.

La dolorosa costumbre de la falta de libertad es una cárcel que perdura más allá de los límites temporales de su condena, nos aprisiona y condiciona nuestros movimientos y nuestra capacidad de visión, nos engaña y nos acobarda… a veces es más sencillo que nos digan lo que tenemos que hacer en vez de cargar con la dificultad de tomar nuestras propias decisiones que nos pueden acercar al éxito o abocar al fracaso. Es el miedo a la libertad que nos atenaza y que se vuelve en costumbre y cobijo, en hábito y castigo. Cuatro mujeres, cuatro historias, cuatro circunstancias, cuatro representaciones del fracaso, de la incomunicación, de la costumbre de anhelar lo que no tenemos y despreciar lo que hemos alcanzado. Las ramificaciones parecen tocarse e influirse, pero prevalece la melancolía y el aislamiento: estar en la misma habitación no implica acompañarse.

Las imágenes son portentosas, de una fuerza seca y abrupta que asemejan bofetones iracundos. Las pocas palabras son desoladoras y crueles, utilizadas como dardos y envenenadas con lágrimas de amargura. Todo el elenco es excelente y merece destacarse tanto por su arrojo físico como por su valentía emocional. Perturbador descubrimiento.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La llamada
La llamada (2017)
  • 7,1
    2.770
  • España Javier Ambrossi, Javier Calvo
  • Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, ...
7
El gustazo es una ceremonia
No tuve ocasión de ver la obra de teatro original sobre la que se basa esta atractiva cinta repleta de buenos momentos y gozosas ocurrencias. Tiene algunas innegables limitaciones – como una dirección anodina, diletante y poco ingeniosa – pero también es verdad que acierta en lo fundamental: proporciona a unos adorables personajes descarriados un vehículo sin apenas fisuras ni altibajos, que les permite su lucimiento y facilita, sin falsos disimulos ni innecesarias trabas, una complicidad arrolladora y bullanguera con el público partícipe, que asiste gozoso y agradecido a las peripecias que ante sí despliegan con brío, entrega y audacia. Es muchísimo cuando se sabe lo difícil que resulta montar un divertimento tan alocado como sensible, tan mimoso como reivindicativo, tan hilarante como hechicero.

Porque lo mejor es un tan sencillo como primoroso guión, muy bien dialogado, lleno de cariño y perspicacia, repleto de lucidez y poder de observación, que nunca pretende sermonear ni dogmatizar aunque deje siempre claras sus afinidades y querencias, sus opiniones y cortejos. Todos los integrantes del elenco hacen relucir y disfrutan con cada frase, con cada gesto, con cada entonación y cada melodía. Nos reímos con ellos pero no de ellos, nos engatusa su fragilidad tan humana, nos seduce su soberbia vulnerabilidad, su impetuoso descarrío, su afán por lograr el éxito en su mínima parcela íntima, por encontrar o reivindicar su lugar en el mundo, siempre a remolque de los demás, de todos aquellos que nos examinan, prejuzgan y avasallan aunque no queramos o no lo pretendan…Esa es su máxima virtud y su logro supremo: iluminar el alma humana al tiempo que nos entretiene y conquista. Fantástico.

Toda esta suma de aciertos solo es posible gracias a un reparto extraordinario, donde todas las actrices se complementan a la perfección, recrean con ternura sus personajes, se apoyan y se crecen, se acoplan a la perfección pese a sus diferentes experiencias y divergentes edades, todas para una, una para todas. Es de justicia mencionar a las cuatro maestras de ceremonia, que brillan con luz inmarchitable: Macarena García (un rostro cautivador y envolvente), Anna Castillo (una presencia tan energética como herida), Belén Cuesta (una oveja desorientada y dubitativa que encuentra su redil) y Gracia Olayo (un portento de la naturaleza, que sabe humanizar a lo que podría haber sido una mera caricatura).

En definitiva – y a pesar de algún demérito y tosquedad ya mencionados – la experiencia en su conjunto es un trayecto lleno de alegrías y hallazgos, de una inocencia (que no ingenuidad) del todo maravillosa, que invoca y logra la cooperación incondicional del público y nos hace pasar unos minutos esponjosos y tiernos, desbordantes de buen humor y simpatía. Un tesoro.
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30 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
Kingsman: El círculo de oro
Kingsman: El círculo de oro (2017)
  • 6,5
    3.912
  • Reino Unido Matthew Vaughn
  • Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Mark Strong, ...
6
¿Irreverente o Irrelevante?
De nuevo se acierta en el tono entre paródico y transgresor, pero lo que en la primera película fue una sorpresa, un hallazgo, una desternillante propuesta, una original mezcolanza entre James Bond y los superhéroes de quiosco, en fin, un muy recomendable pasatiempo, en la segunda entrega de la inevitable saga todo se queda en un calco, un erial yermo y adocenado, donde el exceso de vitaminas y la acumulación de batidos energizantes causa una severa inanición: todo acaba siendo episódico y prescindible, con una trama indigna de ostentar tal nombre, unas situaciones que por su obsesiva acumulación arbitraria acaban por fatigar, donde los lugares comunes engullen cualquier atisbo de ingenio, repetición cansina de las consabidas mejores jugadas que ya hemos visto antes y mejor plasmadas, en definitiva, un indecoroso refrito de mercadotecnia, cuya ramplonería y reiteración producen hastío.

Todo lo anterior no impide que la película se vea con una media sonrisa cómplice y bullanguera, que a ratos brille la ironía, que se disfrute la alocada galería de personajes y situaciones que pueblan la historia, que se paladee el sabroso crepitar de reírse de todo y de todos, que se admire la ausencia de tabúes y te seduzca la desvergonzada algarabía que se despliega sin pudor ante nuestros ojos. Pero el metraje es excesivo, todo ocurre sin ton ni son, por la caprichosa voluntad de los guionistas, renunciando a hilar fino o a proponer algo más que un artefacto caro e intrascendente, bien elaborado y dirigido pero carente de una mínima coherencia que haga olvidar las demasiado visibles costuras que delatan el artificio y achatan el resultado final.

Como casi siempre en el cine británico, los actores son lo mejor de la función. Algunos están desaprovechados – o quizás sólo se trata de presentarlos para luego sacarles partido en alguna entrega posterior – pero casi todos ellos disfrutan con las caricaturas parlantes que les ha tocado en suerte encarnar: Julianne Moore está estupenda como la pérfida narcotraficante que vive desolada por no ser reconocida y celebrada como la inigualable mujer de negocios que cree ser; Elton John está soberbio interpretándose a sí mismo y nos hace gozar burlándose sin piedad ni decoro de su propio personaje y excesos; Taron Egerton vuelve a brillar como el dandi agente secreto salido de los arrabales, gentleman a tiempo parcial y proletario sin tapujos en sus horas libres. Pero casi todo el reparto yanqui parece haber sido impuesto como pretexto para agradar a la taquilla americana, sin aportar nada más.

En resumen: simpática, simple e insignificante. Pero entretenida.
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21 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
A War (Una guerra)
A War (Una guerra) (2015)
  • 6,6
    645
  • Dinamarca Tobias Lindholm
  • Pilou Asbæk, Tuva Novotny, Dar Salim, Søren Malling, ...
7
El desasosiego (Una encrucijada)
Que la guerra es mala lo pregonamos todos, que las víctimas son siempre inocentes lo aceptamos casi todos, que las así llamadas misiones de paz son el caldo de cultivo de conflictos lo barruntamos cualquiera, que los talibanes hacen la vida imposible a propios y extraños lo vislumbramos la mayoría, que el fragor de la batalla es el caos absoluto lo suscribimos muchos, que todas las decisiones que tomamos tienen consecuencias lo comprendemos también, algunos… pero son pocos los llamados a entender la importancia del respeto y cumplimiento de la legalidad como fundamento intrínseco para la convivencia pacífica y ordenada en una sociedad que aspire a regirse por unas normas que proporcionen una estructura armoniosa, madura y sin fracturas. El bandolerismo y los atropellos son heridas tenaces por las que se desangran el bienestar y la concordia.

Estamos ante una cinta adulta y severa, que se centra en abstracciones morales y éticas de calado, que nos presenta la complejidad de unos hechos que nos golpean y soliviantan, que nos azuzan y confrontan con la dificultad de ser justos y honestos en un mundo complejo y arbitrario, retorcido e irreversible, donde el presente se diluye y escapa sin poderlo retener, donde no hay marcha atrás ni segundas oportunidades, donde el remordimiento es sólo un acto íntimo que corroe las entrañas, destruye la autoestima y lapida el sosiego… pero de poco o nada sirve para deshacer entuertos o desandar el camino tomado. Estamos ante un perverso e irresoluble dilema que emponzoña el alma y ofusca el entendimiento. Queremos ser rectos, necesitamos ser dignos, aspiramos a ser nobles, nos ilusionamos con ser íntegros, pero al final lo único que cuenta es sobrevivir entre torrenteras de hiel, crueldad y desventura. Cuando las intenciones ya no cuentan, la realidad se vuelve en nuestra adversaria, nuestra ruina.

Original propuesta que desplaza la atención de los consabidos horrores de la guerra hacia derroteros menos trillados – pero igual de complejos e intrincados – donde la transparente puesta en escena revela los múltiples matices y capas del desengaño, del fracaso y de la impotencia. Pese a su precisión inequívoca, la ambigüedad lo impregna todo, nos abofetea a bocajarro con preguntas incómodas pero no se contenta con ofrecer respuestas confortables, sino que nos tortura hasta casi asfixiarnos, convirtiéndonos en cómplices de un error y copartícipes de una mentira, desmontado las falacias de nuestros deseos que quisiéramos convertidos en paradigma de ecuanimidad y sensatez. No existen soluciones fáciles ante problemas complejos. Sólo nos queda reconocer la imposibilidad de ser juiciosos ante el laberinto del universo.
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ana, mon amour
Ana, mon amour (2017)
  • 6,3
    234
  • Rumanía Calin Peter Netzer
  • Mircea Postelnicu, Diana Cavallioti, Carmen Tanase, Vasile Muraru, ...
7
Dependencia, Independencia
El cine rumano que se está estrenando en España – en cuentagotas, pero de forma regular – suele tener mucho interés, ya que adopta una mirada fría, desapasionada, casi clínica sobre los problemas cotidianos de sus conciudadanos. Y ese enfoque en apariencia epidérmico y ecuánime le añade un barniz y lustre que lo convierten en una exploración y denuncia de una realidad social pobretona, inhóspita y gris que podría haber permanecido oculta si no hubiera obtenido el foco de atención de unos cineastas apegados a los problemas cotidianos de sus semejantes, sin afán de denuncia, sino con el objetivo de ser notarios de una existencia al borde del anonimato y del olvido. Recuperando así la tradición de la cosecha neorrealista italiana de antaño: documentar las carencias diarias sin olvidar los ensueños cotidianos.

Y ahora llega una versión asfixiante y menesterosa de ‘Dos en la carretera’ que más bien debiera llamarse ‘Dos enamorados urbanos y necesitados’. Porque en realidad estamos ante la autopsia egoísta y angustiosa de una historia de amor basada en la exigencia implícita de sumisión y dependencia y el afán disolvente y periódico de independencia, es decir, la obligación de ser amado para ahuyentar los fantasmas y terrores de la soledad, para exorcizar el sentimiento de inferioridad, para espantar el trauma de la falta de amor, para conjurar la condena del fracaso. No hay peor comienzo para una historia de amor que la fantasía de erigirse en príncipe azul salvador de princesas menesterosas: castillo de naipes, falacia suprema.

Y además se suelen encajar piezas en apariencia disímiles que encuentran un provisional acomodo en sus mutuas carencias y miserias: dos caracteres dependientes en busca de un refugio protector en el que acallar sus inquietudes y temores. Pero basta con que uno de ellos – por lo general, el que a primera vista era el más necesitados de los dos –se mueva y trate de soltar lastre y desanudar las amarras que lo ataban al amparo del mojón protector, para que todo se venga abajo y se cambien las tornas… y el independiente se vuelva dependiente, desvalido y exigente. La necesidad de ser necesitado es un cáncer que correo las relaciones humanas y provoca el naufragio de cualquier romanticismo. La sensiblería inoportuna e indigesta provoca hastío y rechazo, garantizando el fracaso del querer.

Cinta desapacible y amarga, que juega con destreza con los saltos temporales, que muestra la cara y la cruz del afecto, que desvela las mentiras inconfesables de las relaciones, que denuncia las tretas y ruindades del despecho… Quizás no nos guste vernos reflejados en este espejo doloroso, pero es lo que hay.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Detroit
Detroit (2017)
  • 7,0
    2.201
  • Estados Unidos Kathryn Bigelow
  • John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, ...
7
Las entrañas de los prejuicios
Han pasado 50 años, pero las similitudes y analogías con el momento actual angustian y horrorizan por igual. La violencia como válvula de escape sin atajos ni disimulos, la crudeza de unos disturbios dantescos que sacan a relucir lo peor de cada cual y resaltan la impotencia de unos – que además dirigen su rabia y su orgía de sangre y saqueos hacia ellos mismos y su comunidad – y la prepotencia de los otros, que tratan de defenderse de sus endémicas suspicacias y fantasías totémicas a base golpes, disparos y abusos. Nada nuevo pero relatado con garra y fuerza, aunque quizás se haga demasiado larga y repetitiva hacia el final de su excesivo metraje, pero ofrece un retablo descorazonador de las miserias más tristes y repugnantes del ser humano, que parece aferrarse como un mantra al terror hacia lo desconocido – lo diferente – cuando no queda otra forma de lenguaje a su alcance.

Quizás su mayor característica – y cortapisa – sea que la potencia de sus imágenes (la recreación de la época, la violencia exacerbada, la arbitrariedad y el terror que irrumpe a cada paso e ilustra la sinrazón del ensañamiento policial) casa mal y resulta incongruente con la debilidad de un guión demasiado plano y repetitivo, poblado por unos personajes reconocibles pero en exceso simples y sin hondura, meros clichés que sirven de pretexto para vehicular una narración intensa y desabrida, hosca y tremebunda, pero que acaba por engullir y neutralizar la ira que pretende reflejar. Vemos, padecemos y nos conmovemos con lo que ocurre, pero nos importan más los hechos y las circunstancias que las personas, el retablo en su conjunto y no tanto los individuos que padecen la vesania de un comportamiento histérico y bestial que sucumbe sin pudor a lo histriónico y de tanto repetirse acaba por repeler y hastiar. Un poco de mesura – o, al menos, una más calibrada dosificación de los atropellos – le habría sentado bien.

Por lo tanto, resulta admirable la intención inconformista y rebelde que recorre toda la cinta, lo oportuno de su denuncia, lo pertinente de su discurso reivindicativo, la virulencia de su compromiso con la igualdad de oportunidades y su acusación agresiva y sin remilgos de los fallos sangrantes y ponzoñosos de un sistema que hace aguas por doquier. Pero al finalizar la proyección queda un cierto regusto de insatisfacción. Como si el ruido y la furia hubieran ahogado los gritos de socorro de las víctimas, abandonadas a su suerte en la cuneta de los deshechos. La abrumadora tensión, virtuosismo y efectividad del montaje nos arrolla, pero no consigue poner en pie una obra inapelable, que trascienda las limitaciones de su punto de partida.
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12 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
It
It (2017)
  • 6,7
    11.643
  • Estados Unidos Andrés Muschietti
  • Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, ...
6
AI: Artificio Intrascendente
Se nos ofrece un solvente mecanismo sobre los terrores de la adolescencia, pero en exceso inclinado hacia el efectismo y la arbitrariedad – los sustos vienen provocados por el abuso machacón y redundante de estrépitos y apariciones – más atentos a la pomposa vacuidad de la sorpresa engañosa y falaz, en línea con los inanes productos de mercadotecnia prefabricada que inundan las pantallas del orbe. Quizás habría que juzgar los logros de esta pieza en función del propósito que persigue (es decir, entretener a base de sobresaltos y conmociones), pero durante todo el metraje su dolosa falsedad se hace tan manifiesta e insolente que acaba por hastiar y resulta tan molesta como perjudicial.

Una vez más, no basta con ensamblar una maquinaria bien engrasada, bien ambientada, bien interpretada y bien producida para lograr una obra que trascienda las limitaciones de su punto de partida: convertirse en un éxito inmediato y arrollador. Es como si el logro de mantener la atención durante el prolijo periplo juvenil de unos mancebos imberbes y atolondrados fuera atractivo suficiente, trufándolo con sanguinolentos desasosiegos y angustias de cartón piedra o de barraca de feria fallera, creyendo en que la descarada, chulesca y necia ausencia de toda verosimilitud, sutileza y calado pudiera hacernos olvidar los abundantes desfallecimientos y sinsentidos del relato.

No tengo nada que objetar a la pretensión de asustar al espectador con ajados trucos y ardides, pero el guión carece de fuerza y pasión, por completo indiferente al destino de sus vulnerables protagonistas, desatendiendo por completo la historia, con la vista clavada en el público y sus ganas de pasarlo mal a base de triquiñuelas y trampas, mostrando con ello su total desinterés por la compostura o consistencia de la función. Este tosco y elemental despropósito quiebra el pacto implícito: no importa lo que ocurra en pantalla, sino sólo importa engatusar al espectador a toda costa. La teatralidad engulle cualquier atisbo de dignidad y vergüenza, se pretende el aplauso incondicional y sumiso, aniquilando cualquier atisbo de complicidad o seducción.

Una vez más, la tramoya acaba devorando a sus retoños. Da igual que sus más de dos horas pasen en un soplo, da igual que durante la proyección aceptemos sin rechistar las reglas del juego viciado, da igual que se consiga inquietar durante la mayor parte del recorrido, da igual que todo funcione a la perfección… cuando todo ello deja un amargo y árido regusto a impostura y embuste. Se puede tener talento para urdir una historia amenazadora, como es el caso, pero cuando se malgasta en salvas sin pólvora, no queda sino sentirse decepcionado.
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9 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Rehenes
Rehenes (2017)
  • 6,4
    146
  • Georgia Rezo Gigineishvili
  • Merab Ninidze, Darejan Kharshiladze, Avto Makharadze, Tina Dalakishvili, ...
7
Caza de brujas en el paraíso soviético
Pero… ¿quiénes son los rehenes? Y… ¿cuáles los criminales? Estas dos preguntas van tomando cuerpo durante todo el metraje, planteando envenenadas encrucijadas que alimentan la polémica y cuestionan el uso que del lenguaje hacen los regímenes totalitarios. La propaganda de los déspotas no deja ningún resquicio para la ambigüedad, el raciocinio o la disidencia: la realidad tiene que ser constante, única e inequívoca, oficial, incuestionable y unánime. Incluso hacerse preguntas puede ser peligroso, ya que los tentáculos del poder lo infestan todo con su terca red de espías y sus terroríficos delatores. Cuando hay miedo a la libertad – por suponer una ofensa, menosprecio o burla a los pilares ideológicos que fundamentan los axiomas supremos e irrebatibles –, cuando se prohíbe a los ciudadanos llamar a las cosas por su nombre, cuando el disimulo y la mentira se convierten en una segunda piel, entonces hay que echarse a temblar. O no queda más remedio que emprender la huida.

El estilo deslavazado, inhóspito y gris elegido por el director para recrear un suceso real, resulta un completo acierto, ya que incrementa la sensación de estar asistiendo a un encubierto e irreverente documental de aquellos penosos años de la febril agonía del régimen comunista de la URSS, obtuso y empecinado coloso con pies de barro. Pero su trama también podría pasar por ser una fabulación desquiciada o un cuento para adultos de amarga moraleja o una mordaz alegoría sobre las penalidades de vivir bajo el estéril yugo de una dictadura, sea del signo que sea. La angustia del horror cotidiano deviene en pesadilla, la suma de los cochambrosos y mezquinos detalles que jalonan el mínimo recorrido configuran un tapiz macilento, deshilachado y monótono. Como si no pudiera haber luz tras atravesar las tinieblas. Auténtica y abrumadora claustrofobia.

Hacia el final de la cinta, varios jerarcas soviéticos pontifican y repiten sin descanso: “Pero si no les faltaba de nada, si lo tenían todo… ¿por qué lo han hecho?” Ante semejante proclamación de ceguera, terquedad, cerrilismo y prepotencia sólo cabe confirmar que no hay mejor ciego que el que no quiere ver. Sobre todo, cuando han transcurrido más de tres décadas y la ubicación de las tumbas de los desdichados interfectos sigue siendo una asfixiante y ofensiva incógnita para todos sus familiares. Como si se quisiera borrar el descrédito y la afrenta de aquel episodio a base de perpetuar la injusticia y manteniendo el despotismo. Las víctimas son siempre incómodas, en especial cuando ningún paisano alzó la voz o actuó para detener aquellas tropelías. En definitiva, una valiente y desesperante muestra de cine comprometido.
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5 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Verónica
Verónica (2017)
  • 6,7
    4.076
  • España Paco Plaza
  • Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, ...
6
¿Eclipse o Espejismo?
El cine de terror es un género azaroso, saturado de convenciones y clichés que pueden hacer las delicias de los amantes del sobresalto y el horror, pero que, al mismo tiempo, lo condenan a ser la mayoría de las veces un catálogo de tópicos previsibles que lo empobrecen y agostan al limitar su alcance y originalidad. Bien está que se sepan utilizar con destreza e ingenio los lugares comunes esperables, pero se corre el peligro de convertir la cinta en un cansino artefacto bien ensamblado pero vacuo, plagado de charcutería y fuegos de artificio pero ayuno de profundidad o interés.

En esta ocasión el director y coguionista Paco Plaza rescata un hecho verídico y lo convierte en un sugestivo relato sobre la soledad de una adolescente vallecana obsesionada con el ocultismo de quiosco y los interminables fascículos rocambolescos que excitaron la fantasía calenturienta y púber de nuestro pasado inmediato. Si bien no consigue sortear alguna de las engañifas más fraudulentas y estomagantes (como esa innecesaria monja grandilocuente, ciega y alucinada que parece salida de una película deplorable y de baratija), es cierto que sabe urdir con habilidad una historia perturbadora e inquietante, que si bien promete más de lo que ofrece, nos complace por su atrevimiento y desparpajo.

Su mayor acierto es la reconstrucción de una época tan reciente como obsoleta, tan insensata como reconocible, tan turbia como disparatada, tan rancia como castiza y que nos hace sonreír con amargura al vernos reflejados en esos desconchados cutres y en esa cháchara quimérica e iluminada de pacotilla. Recrear aquella caverna nigromante sin telefonía móvil ni Internet, donde cualquier mentira podía venderse por fascículos en cualquier esquina resulta entrañable y regocijante. Ahora los embustes más insensatos y pueriles salen ennoblecidos en las pantallas de cualquier dispositivo con solo dar a una tecla. Pobres de nosotros, es para echarse a temblar o llorar… pero seguro que se puede ir a peor.

También merece destacarse la asfixiante, quebradiza y opaca atmósfera que lo envuelve todo en una neblina ponzoñosa, atestada de peligros y temores, donde la ausencia de unos padres (por trabajo o defunción) pesa como una losa opresiva y acorchada que engulle los gritos de socorro de la protagonista hasta volverlos inaudibles. La soledad es una cárcel sin escapatoria aparente. Contar con un reparto cómplice y eficaz añade lustre y vigor, dotando de vida a lo que podrían haber sido meras marionetas. En conjunto, un relato gótico con gotas de ironía y salpicado de sangre. Apetitoso.
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22 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dunkerque
Dunkerque (2017)
  • 7,4
    20.743
  • Estados Unidos Christopher Nolan
  • Fionn Whitehead, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy, ...
9
Sin palabras
Hizo falta el genio intelectual y político de un Winston Churchill para convertir una atronadora derrota en una memorable victoria. Como ahora ha hecho falta el talento cinematográfico y ético de un Christopher Nolan para resucitar y recrear aquel desolador episodio con una sencillez extraordinaria y estremecedora. Porque hay mucha sabiduría y destreza en la engañosa naturalidad documental de sus imágenes, como hay raudales de clarividencia en los mínimos diálogos que puntean todo su metraje…es decir, no estamos sólo ante una obra bien urdida y ejecutada, sino que asistimos a una portentosa composición coral que descuella, sin lugar a dudas, como un hito del cine bélico de todos los tiempos. Y todo ello con una aparente humildad que la engrandece aún más ante el aturdido espectador.

No me gusta el atropello de la guerra – no me gusta la idolatría del heroísmo estéril ni el patrioterismo de cartón piedra – pero aquí nos enfrentamos a algo bien diferente: el relato de cómo la unión hace la fuerza, de cómo la sinrazón y la barbarie saca tanto lo mejor como lo peor de nosotros mismos, de cómo el exterminio es un valle de lágrimas donde sólo cabe la derrota y el dolor, de cómo olvidar nuestro pasado nos condena a repetirlo. La amnesia nos aboca a un baño de cadáveres que amenaza con anegarnos para siempre.

Hay tantos aciertos que casi resulta tan redundante como imprescindible enumerarlos: un metraje perfecto donde cada secuencia deviene en necesaria y eminente, renunciando al énfasis superfluo o la alharaca festivalera; un guión tan férreo como inexorable, que empieza en el infierno y termina en el purgatorio; una dirección que de tan aquilatada y perfeccionista – recuerda al mejor David Lean – se vuelve invisible y omnipotente; un montaje modélico que debiera servir de ejemplo curricular en toda academia de cine; una fotografía que sustituye el significado del horror por el de elegía, ofreciendo un inventario de atrocidades que deviene en un catálogo del atrevimiento anónimo; una banda sonora – y no me refiero sólo a la música de Hans Zimmer, sino a todo el conjunto de resonancias y estruendos bélicos – que impacta tanto como las imágenes, fusionándose en una experiencia sin parangón; unos actores que combinan el anonimato y el estrellato en perfecta armonía. Por pura honestidad y justicia, he intentado encontrar algún error o debilidad, pero he sido incapaz de encontrarlo.

Una derrota puede erigirse en victoria no por un mero alarde retórico, sino por su significación moral y relevancia cívica. Por ello, recordemos, para finalizar, las palabras de Winston Churchill ante el parlamento británico el 4 de junio de 1940: “Seguiremos hasta el final. Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, sea cual sea su coste. Lucharemos en las playas, lucharemos en los desembarcaderos, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos.”
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17 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un minuto de gloria (Glory)
Un minuto de gloria (Glory) (2016)
  • 7,2
    212
  • Bulgaria Kristina Grozeva, Petar Valchanov
  • Stefan Denolyubov, Margita Gosheva, Milko Lazarov, Kitodar Todorov, ...
8
¿Para qué te arrepientes, Hidra?
Kafka en Bulgaria… o camino de perdición. Podría enumerar un sinfín de títulos posibles – a cual más tremebundo, desolador o desengañado – para esta cinta y cada uno de ellos desvelaría una faceta de esta sencilla propuesta, pero ninguno de ellos sería capaz de capturar y hacer justicia del impacto emocional que puede llegar a ocasionar la astuta suma de sus sobrias imágenes y – sobre todo – de su tajante desenlace. En pocas ocasiones he transitado durante la proyección una gama tan amplia y heterogénea de opiniones: primero tuve la impresión de que me iba a aburrir como una ostra con la desaliñada cámara en mano y sus pringosas imágenes que basculan entre el apócrifo documental antropológico y el plañidero cutrerío tercermundista; pero poco a poco va creciendo la intensidad y la malicia de la cinta, ofreciendo una radiografía apabullante y áspera del calamitoso presente burocrático y cochambroso que bascula entre la funesta corrupción y el arribismo oportunista.

No es para almas pacatas o estómagos sensibles: es un mazazo rotundo y seco que te deja pegado a la butaca, abofeteado por unas imágenes que tardan en borrarse de la retina, como no queriendo abandonar nuestra memoria y dejar sitio al alivio o la esperanza, como una mala pesadilla o un delirio etílico mal metabolizado. Pocas veces ha brillado a semejante altura la cicatera ruindad de lo mezquino, pocas veces la pobreza moral y la indecencia ostentosa de la putrefacción ética ha tenido un reflejo tan austero como veraz. Una historia mínima que pudiera perecer que sólo debería ocupar apenas unos minutos de metraje se ramifica y enmaraña hasta alcanzar cotas de desasosiego e incomodidad imposibles de digerir y olvidar. El talento y el ingenio es lo que tienen: con elementos mínimos son capaces de construir un edificio en ruinas y sepultarnos bajo los escombros del descalabro total e inapelable. Es el hundimiento y abolición de la bondad, su sarcófago definitivo.

Un humor negrísimo jalona toda la trama pero en nada alivia el descorazonador hedor a descomposición que desprende su fatalista recorrido repleto de sebo y excrecencias, donde el egoísmo señorea a sus anchas y dicta una absurda lógica del fracaso. La precisión milimétrica de una planificación invisible convierte esta tragicomedia en una elegía al naufragio de cualquier confianza o ilusión; la utopía en una sociedad compasiva queda abandonada en aras de una frustración roñosa y ruin que destruye la fe en un mundo mejor y establece la tiranía de la arbitrariedad y la amargura como única realidad despótica.

Unas excelentes interpretaciones, un guión astuto y perverso, así como una dirección y montaje modélicos configuran una obra tan concisa como implacable.
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6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Baby Driver
Baby Driver (2017)
  • 6,8
    9.185
  • Reino Unido Edgar Wright
  • Ansel Elgort, Lily James, Jamie Foxx, Jon Hamm, ...
7
Arrollado por la madre ausente
Ya lo dijo Edith Piaf: ‘Cantar es una forma de escapar. Es otro mundo.’ Estamos ante una propuesta que combina la pura evasión con un barniz caballeroso y sensible que se antoja de otra época. Un engranaje endiablado salido de la imaginación calenturienta de un amante de la música que dinamita las estructuras del thriller y propone una historia romántica en la que los decibelios y la velocidad pretenden disimular la orfandad emocional de su singular protagonista. El lenguaje no es sólo sonidos, sino también signos y gestos que nacen del corazón y del silencio. Saber escuchar es un don reservado a los más atentos, a los bucean por debajo de las apariencias y entienden que la bondad no es sólo una palabra muerta sepultada en el diccionario, sino una segunda piel que nos predispone a encontrar soluciones compasivas ante problemas en apariencia exacerbados.

Dos en la carretera: es un sueño, aunque desean que se convierta en su realidad. Se han encontrado y no quieren separarse bajo ningún concepto. Pero en torno a ellos fluye un maremágnum de criminalidad, les explota y alcanza un volcán incesante de delitos y atropellos que amenaza con engullirles a cada torbellino o bandazo del camino. Se sienten amparados y protegidos cuando se miran a los ojos, pero la mirada de los demás sólo ve fajos de billetes y latrocinios por doquier, negándoles la tranquilidad y el cobijo de un puerto seguro y amoroso donde desprenderse de su capa de tristeza y malagüero, de su soledad añeja y costrosa, para así alcanzar un edén compartido que nadie les pueda arrebatar ni nada pueda malograr jamás. Pero salirse de la senda trazada por los demás es una tarea ímproba que merece todos los esfuerzos pero sin ninguna garantía de éxito.

Montada con virtuosismo, elaborada con artesanal eficacia, diseñada con esmero y tino, con un vigoroso guión bien trabado que no elude los lugares comunes pero dotándolos de abundante inventiva, chispazos y relumbrón, haciéndolos parecer así frescos y novedosos. Su máximo acierto es que arropa muy bien a todos los personajes, dotándolos de vida y turbiedad a partes iguales, pero sin tomarse muy en serio – sin por ello caer en la parodia o la payasada – la trama que les ha tocado habitar durante el frenético metraje. Una elegante ironía socarrona recorre de principio a fin este aquilatado mecanismo que sólo se propone entretener con ingenio y sentido del humor. Quizás algo previsible pero, sin duda, regocijante.

Sería descabellado ensalzarla como un prodigio sin parangón, pero resulta tan jovial como entretenida, tan centelleante como seductora, por lo cual merece nuestro sincero aplauso.
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15 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un don excepcional
Un don excepcional (2017)
  • 6,4
    1.538
  • Estados Unidos Marc Webb
  • Chris Evans, Jenny Slate, Octavia Spencer, Lindsay Duncan, ...
7
Venganza póstuma
La paternidad no es sólo una cuestión genética, sino que trasciende los meros lazos de sangre hasta erigirse en una experiencia inefable que desborda cualquier explicación racional. Como padres solemos exigir que nuestros hijos alcancen lo que nosotros no hemos sido capaces de lograr, convirtiéndolos en una fotocopia apócrifa o mejorada de nosotros mismos, cegados por la ambición y el afán de notoriedad, aunque sea por delegación. Otras veces nos sentimos incapaces de dar a nuestros vástagos todo lo que creemos que nos demandan y eso nos abruma y desalienta, como si nos enfrentásemos a una tarea titánica de utópico éxito. Y como hijos solemos admirar a nuestros progenitores como si fueran la encarnación de todas las bondades y excelencias de la tierra. O bien odiarlos sin límite ni medida porque nos sentimos ignorados o invisibles, envueltos en un resentimiento indeleble que lo mancilla todo. Nuestra incapacidad para ver nuestras propias angustias y para entender los conflictos de los demás es nuestra condena y nuestra penitencia; tanto más grave cuanto más cerca los tenemos y más cercanos los sentimos.

Estamos ante una modesta película comercial que, sin embargo, nos ofrece un microcosmos rico en matices y rebosante de vida que aborda sin tapujos ni rodeos cómo nos vinculamos con nuestros familiares, los errores que solemos cometer, los aciertos que tendemos a ignorar y las dificultades que encontramos para entablar relaciones sanas y fértiles, más allá de nuestros egoísmos y obcecaciones. Tres generaciones diferentes, cada una con sus heridas, carencias y necesidades, cada una mirando al otro como una herramienta para el propio beneficio y satisfacción, como si fuéramos inmunes a las implicaciones del afecto, del cariño y la seguridad que nos brinda el sentirnos queridos por ser llana y simplemente nosotros mismos, sin manipulaciones ni coacciones en función de unos atributos que esperan o exigen de nosotros.

Todo ello lo consigue, sin aparente esfuerzo, gracias a un excelente guión que pone en pie a unos personajes bien dibujados y llenos de matices, que nos permite entender los motivos de cada cual, dónde no hay ni buenos ni malos, sino sólo almas malheridas e imperfectas que creen estar haciendo lo correcto, pese a sus arrebatos de insensibilidad y codicia, pese a sus disimulos y ardides. Se nos da muy bien mentirnos – no hay mejor ciego que el que no quiere ver – y se nos enciende la boca con improperios y vejaciones cuando nos creemos en posesión de la verdad.

Sería un error confundir la sencillez con simpleza. Estimulante propuesta que encarna lo mejor del cine independiente, gracias a una elegante puesta en escena y a unos actores que brillan en sus respectivos cometidos: sobre todo la niña protagonista, Mckenna Grace, así como la veterana Lindsay Duncan, pero también Chris Evans en un muy encomiable cambio de registro.
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Verano 1993
Verano 1993 (2017)
  • 7,5
    3.335
  • España Carla Simón
  • Laia Artigas, Bruna Cusí, David Verdaguer, Paula Robles, ...
6
Separación, pérdida y abandono
Una vez más, las loables intenciones son mejores que la recompensa obtenida. La ambición de pergeñar una obra honda y perdurable sobre el irascible dolor de una niña que acaba de perder a su madre y es acogida por sus calmosos tíos en una masía recóndita en mitad del campo – por tanto, alejada de la Barcelona donde había vivido hasta entonces con sus mimosos abuelos – es digna de elogio y atención. Pero resulta demasiado previsible, monocorde y morosa como para enganchar del todo al predispuesto espectador, que deambula entre el aburrimiento y la complicidad sin decidirse por qué decantarse. Quizás se deba a la nula simpatía que genera la nena protagonista, que produce un notable rechazo y deviene tan insoportable como exasperante y – aunque sea algo intencionado – me parece un error que empaña de principio a fin todo su metraje.

Es una película que se centra en los detalles, tanto en lo que no se menciona de forma expresa y queda soterrado, acechando como una losa o una condena, como en momentos llenos de perspicacia y una capacidad de observación que desbordan cualquier formulación verbal. Rebosa ternura y afecto hacia sus personajes, pero se toma demasiado tiempo para cada escena y la acción no avanza sino a trompicones y ráfagas, con unos desfallecimientos y arritmias que ponen a prueba la paciencia. Esa endeblez formal agota y pese a que se puedan paladear sus innegables virtudes y aciertos, no acaban de borrar la sensación de pesadez que desbarata toda armonía.

Otro error, quizás el principal, es el deslavazado guión que se propone mucho pero no remata casi nada. Sugiere más que enuncia – lo cual podría ser una mérito – pero se queda en el esbozo de lo que pudo haber sido pero no llega a ser por un excesivo ensimismamiento que impide el normal fluir de los acontecimientos. Hay mucha verdad psicológica en lo que se cuenta y en cómo lo cuenta, pero los personajes adultos – que debieran sentirse desbordados por los acontecimientos – parecen siempre en control de la situación y muestran una clarividencia y certeza que no se corresponde con su datos biográficos. Y otros sujetos colaterales se antojan superfluos y tópicos, en absurda contradicción con el meollo central del relato. Cerrar bien un duelo es una tarea ímproba que aquí se resuelve como por casualidad.

Sin embargo, también contiene media docena de momentos impresionantes que sobrecogen y emocionan por su profundidad y precisión. Sobre todo hacia el final – y en especial la mínima escena última – que casi redimen el conjunto y lo elevan hasta cotas inesperadas. Si bien un soberbio desenlace no hace olvidar un desarrollo interesante aunque fallido.
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34 de 59 usuarios han encontrado esta crítica útil
La casa de la esperanza
La casa de la esperanza (2017)
  • 6,0
    815
  • Estados Unidos Niki Caro
  • Jessica Chastain, Daniel Bruhl, Johan Heldenbergh, Iddo Goldberg, ...
6
Cautivos del mal
Recordé un poema de Borges durante el visionado de esta cinta – ‘Los justos’ – publicado en 1981 en La Cifra. Dice así: “Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. / El que agradece que en la tierra haya música. / El que descubre con placer una etimología. / Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. / El ceramista que premedita un color y una forma. / Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. / Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. / El que acaricia a un animal dormido. / El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. / El que agradece que en la tierra haya Stevenson. / El que prefiere que los otros tengan razón. / Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.” Es decir, el mundo sólo se salva gracias a una sencilla característica común de algunas personas: la ausencia de malicia o el don de la bondad.

Aunque le sobra metraje y adolece de cierta simplificación gacetillera, en conjunto resulta agradable y está bien elaborado, pese a lo trillado del tema (el holocausto judío durante la II Guerra Mundial) y pese a lo insípido y superficial de casi todos los personajes que habitan la trama. Pretende contarnos el callado hacer de algunas personas buenas que desafiaron los riesgos y adversidades que suponía ayudar a ciertos conciudadanos que habían sido estigmatizados por los dirigentes y la propaganda nazi. Nada nuevo, nada rompedor, nada memorable; ‘La lista de Schindler’ nos ofreció una historia semejante y sentó cátedra. Pero nunca viene mal recordarnos que todas nuestras acciones – y omisiones – tienen consecuencias. Sólo aportando nuestro granito de arena podemos mejorar la existencia de nuestros semejantes.

Quizás el mayor error sea un guión prolijo, repetitivo y plano, que suaviza cualquier arista y evita todo conflicto con vistas a no espantar a los espectadores y ganar su complicidad y aquiescencia. Es muy difícil representar en el cine la generosidad y la ternura de forma creíble, ya que se tiende a caer en la ñoñería o a la simpleza o a bordear el ridículo. Por ello es más agradecido centrarse en la maldad y la depravación, porque resultan mucho más atractivas y fotogénicas. Pero al menos intenta ser un homenaje honesto y sincero de un puñado de ciudadanos anónimos que fueron conscientes de la gravedad de los acontecimientos y trataron de poner remedio, aunque les pudiera costar la vida.

Y el mayor acierto es, una vez más, la presencia de Jessica Chastain, una actriz deslumbrante que consigue hacer creíble un personaje dibujado e inverosímil.
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12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil