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Críticas de antonalva
Críticas ordenadas por:
Sicario: El día del soldado
Sicario: El día del soldado (2018)
  • 6,7
    1.205
  • Estados Unidos Stefano Sollima
  • Benicio del Toro, Josh Brolin, Matthew Modine, Catherine Keener, ...
7
El mundo actual: ¿Legal o ilegal?
Como casi siempre, la Historia nos permite entender la relevancia de ciertos conceptos que quedan diluidos o han sido usurpados por la falaz buena voluntad de los populistas y chusma de similar calaña, más atentos a cómo debería ser el mundo (desde un punto de vista ético o moral), pero ignorando con ello cómo es el mundo en realidad y cómo funciona en la práctica. Me refiero al criterio de Ciudadanía en la Antigua Roma. Ser ciudadano romano (sólo los hombres, claro, ya que las mujeres eran una ‘clase inferior’) te permitía votar y también ser elegido para un cargo público, te permitía participar en las decisiones de la ciudad y en la vida pública de la misma, es decir, te otorgaba un estatus de privilegio con respecto a todos aquellos que no eran ciudadanos romanos. Era una forma de delimitar el ‘nosotros’ afortunado del ‘vosotros’ desventurado. Y por eso tantos trataban de adquirir dicha ciudadanía – por méritos bélicos o sociales, con dinero o por influencias – ya que les convertía en individuos de primera clase.

Ahora tenemos lo mismo aunque lo llamemos nacionalidad o ‘pasaporte’: somos de dónde nacemos o de dónde nacieron nuestros padres. Y eso lo condiciona todo. Pero ahora han surgido las mafias de personas que comercian con la necesidad de cientos de miles de personas que quieren entrar en el selecto club de los privilegiados por la puerta de atrás, es decir, con la inmigración ilegal, haciendo fortuna del infortunio de los demás. Pero cuando en vez de atajar los problemas en su origen se pretende igualar a todos vaciando el concepto de ‘ciudadanía’, entonces el caos más absoluto se adueña del mundo, al convertir la compasión televisiva en moneda de cambio fraudulenta que fomenta muertes, disensiones y xenofobias de imposible solución. Ni somos iguales ni podemos serlo; que quizás debiéramos de serlo en un mundo ‘más justo’ no quita que eliminando los derechos de unos, en realidad se los estamos arrebatando a todos, originado un torbellino de desatinos de consecuencias funestas.

Tras la apariencia de un convencional thriller fronterizo – con la lucha entre cárteles de narcos como telón de fondo – bulle implícita esta reflexión: ¿quién soy y adónde pertenezco? ¿A quién le debo lealtad y quiénes son mis verdaderos aliados o enemigos? Y cómo penosa reflexión actual, no existe moraleja, sino que todo depende del cristal con el que se mira. Ser bueno o malo ya no es una categoría moral, sino que queda determinado por el lado de la frontera en la que me encuentre en cada momento, siendo esto una realidad fluctuante y permeable, muchas veces subordinada al fajo de billetes que he aceptado o de la utilidad política o televisiva que le pueda sacar, ya sea en una votación inminente o en feroces ratings de audiencia. Hemos abandonado el mundo de la ética para adentrarnos en el fango de la inmundicia cochambrosa, es decir, la impura utilidad ponzoñosa del lucro político o crematístico.

Olvidémonos que esto pueda ser una secuela. Olvidémonos de qué ideología tengo (o debería tener). Olvidémonos de las nociones de justicia y equidad. Aquí lo relevante es la pregunta con que se cierra la cinta: “¿Quieres ser un sicario?”
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hereditary
Hereditary (2018)
  • 6,7
    4.086
  • Estados Unidos Ari Aster
  • Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff, Milly Shapiro, ...
6
Linaje
El cine de terror es un género esquivo y nada sencillo. Lo peor es que desde hace décadas se ha perdido de vista que lo más importante para alcanzar el éxito es sugerir o velar todo aquello que no se muestra en pantalla o insinuar tan sólo lo que queda fuera de campo para reforzar nuestra imaginación delirante y desbocar nuestros temores y aprensiones ante lo que quizás, tal vez, podría haber pero no tenemos la certeza de si existe o de si está o de si tan siquiera llegará a manifestarse (o no). Se ha perdido por completo la brújula de la sugerencia o de la insinuación, sucumbiendo al gore más obtuso y la proliferación sanguinolenta más insípida. Quizás el predominio avasallador de los efectos especiales y el acopio redundante de indignos soniquetes de barraca de feria han devastado la inteligencia y pauperizado las propuestas. O que ya nadie se toma en serio las reglas básicas para generar el horror.

Por todo ello, quizás lo que llame más la atención de esta obra del primerizo director de largometrajes Ari Aster (también guionista) sea que se tome la molestia de haberse mirado – con provecho – las mejores muestras del cine clásico, aunque sin renunciar a los aquelarres falleros más funestos y fastidiosos que nos anegan. Al menos trata de elaborar una síntesis provechosa entre lo antiguo y lo moderno, sin dejar títere con cabeza ni proponer nada novedoso, pero habiéndose al menos esforzado en crear algo más que un mero calco insípido y macilento. En definitiva: ¿merece esta cinta los elogios unánimes o los ditirambos despistados de todos aquellos que la elogian? A buen seguro que no. Pero es verdad que dignifica, al menos, la lúgubre historia reciente de un género en franca decadencia.

Lo mejor estriba en el montaje y puesta en escena de la historia que nos ofrece, con unos personajes interesantes y una historia inquietante, mucho mejor en su primera mitad que en su insípido y truculento desenlace, tanto mejor cuando sugiere y no tanto cuando nos muestra lo que en realidad se esconde tras las bambalinas de la oxidada tramoya grandilocuente. Quizás se deba a que le falte pericia en la elaboración del guion, creyendo que un buen punto de partida le asegura, a la fuerza, un final exitoso e inapelable. Pero nada más lejos de ser cierto: cuando tienes que recurrir a coincidencias, arbitrariedades y manipulaciones para encajar las piezas del rompecabezas, queda poco espacio para la disculpa o la indulgencia.

Contar con unos actores ajustados siempre es un buen aval. La presencia de una turbadora Toni Collette es una reconfortante garantía; lo mismo cabe decir del veterano Gabriel Byrne. Imperfecta, sugerente y perturbadora – aunque algo aparatosa.
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8 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
En la playa de Chesil
En la playa de Chesil (2017)
  • 6,5
    239
  • Reino Unido Dominic Cooke
  • Saoirse Ronan, Billy Howle, Emily Watson, Anne-Marie Duff, ...
8
Naufragio del amor
Saber y no saber. Poder y no poder. Querer y no perdonar… Soy un admirador casi incondicional de las novelas de Ian McEwan, uno de los grandes escritores contemporáneos británicos. Y aquí además firma el guion y produce la adaptación de su obra, lo cual despertaba aún más mi curiosidad, ya que me parecía muy difícil llevarla al cine por su mínima trama que se limitaba a unas pocas horas, a un momento muy preciso en la vida de dos jóvenes enamorados que se enfrentan a la consumación de su anhelado matrimonio tras la nada evidente boda que acababan de sellar. Lo más importante es recordar que estamos en 1962, en la imperceptible frontera entre la revolución sexual y la mojigatería verbal, en la orilla entre la sinceridad absoluta y las elipsis bienintencionadas y turbadoras.

Chico conoce chica. Se exploran, reconocen y enamoran. Parecen hechos el uno para el otro pese a sus procedencias dispares y sus anhelos diversos. Se casan. Y fracasan ¿o no? La importancia de las palabras – las que se dicen y las que se callan – cobra aquí un protagonismo agresivo y esencial… y nos confronta con el límite de lo que podemos aceptar, comprender o disculpar, siendo un opaco arcano que puede tener unas consecuencias irreversibles. Creemos saber lo que somos capaces de admitir y cuando nuestras propias inseguridades y aspiraciones nos impiden ver el sufrimiento del otro estamos abocados a la incomunicación y la soledad. A veces habría bastado poner freno a nuestra vehemencia o a nuestro despecho o a nuestra frustración; a veces habríamos necesitado algo más de empatía o de indulgencia para ser capaces de entender lo que nos queda demasiado remoto como para abrazarlo sin reservas; a veces naufragamos porque lo queremos todo ahora y ya.

Y las consecuencias de nuestros actos son una sombra densa y pesada que nubla nuestros deseos y tuerce nuestro destino. Cuando no basta con el amor quizás debamos confiar más en la escucha del corazón herido del otro o debamos sosegar la urgencia de nuestro corazón dolido antes de actuar por despecho o por ira, siempre malas consejeras que nos abocan al abismo del rechazo y del egoísmo. Creemos tener razón y nos avala nuestro resentimiento y nuestra furia, sin darnos cuenta que erigimos una muralla infranqueable con la que edificamos nuestro fracaso y sellamos nuestra tumba en vida. Hemos llegado al momento de la desnudez más absoluta, mostrando nuestra vulnerabilidad y penurias, pero somos incapaces de tender una mano auxiliadora por orgullo o por rencor… y zozobramos.

Impresionante actuación de Saoirse Ronan, modélico guion y sutil y envolvente puesta en escena. Pero no gustará a los idólatras de lo inmediato.
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9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Western
Western (2017)
  • 6,6
    431
  • Alemania Valeska Grisebach
  • Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Waldemar Zang, Detlef Schaich
7
Frontera
Una poco conocida directora y guionista alemana, Valeska Grisebach, nos ofrece un insólito e inesperado relato sobre las relaciones humanas – de buena y mala vecindad – en los confines de la ‘opulenta’ Europa actual (a la que, por otra parte, riadas de personas, sobre todo provenientes de África o de Asia, tratan de llegar a cualquier precio y con notorio peligro para sus vidas, como si se tratara del anhelado edén terrenal o de la soñada El Dorado del siglo XXI). Aquí no hay brillos ni oropeles, no hay tesoros ni riquezas, tan sólo un duro y polvoriento quehacer diario, aderezado con enfrentamientos entre connacionales extranjeros y oriundos recelosos por la presencia de esos trabajadores provenientes de la acaudalada Alemania, que tratan de realizar su trabajo sin saber muy bien el porqué de tanta suspicacia y tanto rechazo. Por lo tanto, nos habla de la arraigada dificultad universal de comunicarse entre las personas cuando existe el aparente obstáculo de un idioma que les separa y de una situación sobrevenida que les incomoda, lo cual se refleja en un rechazo instintivo y vehemente que complica cualquier aproximación.

Aunque más allá de la división cultural o étnica se van abriendo espacios de comunicación y entendimiento entre algunas personas, entre aquellos que realmente buscan confraternizar, comprender y convivir, es decir, entre aquellos que no se fijan en tabúes divisorios sino que se centran en relacionarse como personas y no como una etiqueta o colectivo receloso, sino que busca entender, descifrar el lado humano de sus semejantes, acercándose a ellos sin la mirada turbia ni el comportamiento intoxicado por los prejuicios y la sinrazón. Sólo cuando se tiene el corazón limpio y la mente despejada queda espacio para la comprensión y la camaradería, más allá de diferencias idiomáticas o culturales, más allá de lindes artificiosos que han socavado la convivencia y sembrado de cadáveres los vetustos eriales de nuestra historia. Nada nuevo pero siempre necesario y reparador: entenderse nace de la voluntad de discernir y no del afán de hegemonía o de llevar la razón.

Visionar la película no resulta ni gratificante ni conciliador, requiere más bien un esfuerzo áspero y espinoso como los inhóspitos y pedregosos parajes que habitan sus protagonistas. La violencia late soterrada a cada paso y el peligro parece empañar cualquier acto, por inocente o trivial que pudiera parecer. Pero al mismo tiempo somos testigos de cómo, poco a poco, se abren las compuertas al intercambio de afectos y la construcción de unos lazos de hermandad que parecían imposibles al principio. Pero sólo para aquellos que han tratado desde el inicio a construir puentes y cimentar apegos.

Poco recomendable para los talibanes de la pureza de sangre o para vocingleros del nacionalismo.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con amor, Simon
Con amor, Simon (2018)
  • 6,8
    2.124
  • Estados Unidos Greg Berlanti
  • Nick Robinson, Jennifer Garner, Josh Duhamel, Katherine Langford, ...
7
Secretos y mentiras
Volver la vista atrás puede llevarnos a la nostalgia del edén perdido… pero a también a la rabia de las dificultades y de los sinsabores que tuvimos que soportar cuando entonces. Y si bien esta tragicomedia está sobrecargada del más adocenado y banal tufillo del trivial género de adolescentes norteamericano – tecnicolor inmaculado, brillantez hedionda, optimismo ingenuo y desbordado – está también barnizada de cierto tono reivindicativo de la ‘normalidad diferente’ que la hace relucir con luz propia. Y con justicia. Cuando el cine de consumo de Hollywood – en uno de sus géneros más rancios y purulentos – abraza con normalidad, respeto y sincera empatía la reivindicación de la identidad gay de un adolescente empanado… entonces es que estamos en el buen camino de la tolerancia.

Pero esta entrañable película es bastante más que la demostración palmaria que lo gay no sólo se ‘tolera’ sino que se entiende como una forma de ser distinta pero igual de respetable que cualquier otra, aunque hasta hace no tanto tiempo se pudiera abocar al suicidio (o el asesinato) de algunos adolescente por la fobia visceral que ciertos cromañones vocingleros y anacrónicos pudieran hacerles pasar las de Caín – con sus actitudes de odio y persecución – a compañeros más frágiles e inseguros que ellos, tal y como ocurrió, por ejemplo, con el estudiante Matthew Shepard (1976-1998) en Wyoming, que fue apaleado, torturado y asesinado por unos furibundos neandertales ‘heteros’, armados de antipatía, aversión y estacas por el mero hecho de que su víctima era un gay pacífico e indefenso. En apenas veinte años hemos pasado de lo más negro al más refulgente rosa sin apenas tener que pestañear (ni ponernos rímel). Ojalá no se detenga nunca esta venturosa evolución.

Familia inmaculada. Problemas de catálogo de IKEA (montables y desmontables con garbo, soltura e intrascendencia). Amistades, relaciones y amoríos tan endulzados como rezumantes de golosa nata, recubiertos de sirope de fresa y ‘toppping’ de ositos de goma multicolores (o ‘Arco Iris’ para variar). Sin embargo, lo realmente reseñable es el modélico guión escrito por Elizabeth Berger e Isaac Aptaker, que sirviéndose del más trivial catálogo de personajes que pueblan estas comedias bufas y banales, consiguen revestir a todos los protagonistas con una envoltura acorazada de autenticidad que sorprende y reconforta, dotando a los diálogos de una inesperada hondura y honestidad que conmueve. Sería fácil desmontar o despreciar la película, tirándola al cubo de la basura de los productos de consumo frívolo, pero sería injusto: tiene algo que decirnos y lo hace con gracia, sencillez y simpatía.

Todos los actores resultan encantadores y entonados, pero sobre todo merecen destacarse a los padres (Jennifer Garner y Josh Duhamel), al hijo (Nick Robinson) y al Espíritu Santo (Keiynan Lonsdale).
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9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
El repostero de Berlín
El repostero de Berlín (2017)
  • 6,7
    218
  • Alemania Ofir Raul Graizer
  • Zohar Shtrauss, Sarah Adler, Tim Kalkhof, Roy Miller, ...
7
La bombonería del amor
A veces, cuando leemos la sinopsis de una película tenemos la impresión que su contenido bordea el ridículo o transita la delgada frontera entre lo aceptable y lo inverosímil. Pero luego, cuando visionamos la cinta, nos llevamos una sorpresa al comprobar que estamos asistiendo a un ejercicio de equilibrio entre lo increíble y lo posible, configurando un mundo lleno de recovecos intransitados que nos iluminan recodos brumosos e inexplorados del alma humana, convirtiéndonos en personas más complejas y completas de lo que pudiéramos imaginar. Esto es el caso de este filme germano-israelí que nos adentra en un raro entramado de amores y querencias que nos permite alcanzar la cuadratura del círculo, asistiendo a un relato lleno de sutiles recetas que nos sorprenden a cada paso.

Estamos ante un inusual triángulo amoroso donde el tercer vértice permanece oculto durante el metraje y, sin embargo, está presente durante el paciente y medido horneado que presenciamos. Dos hombres, una mujer y un hombre, un hombre y una mujer. Variaciones sobre un mismo tema que van moldeando una bollería íntima e insondable donde lo más relevante ocurre fuera de campo (un accidente mortal, la discusión de un matrimonio que se resquebraja, la – ¿reconciliación? – improbable de unos enamorados, los numerosos viajes que jalonan el recorrido) pero en todo momento tememos que el paciente equilibrio del apunte o esbozo se interrumpa y malogre por la intransigencia o por los prejuicios o por el fanatismo trasnochado de unos pocos… o de nosotros mismos. Los lugares adquieren así la simbología del refugio, del hogar, de la calidez y del amparo; las personas nos limitamos a ser el vehículo a través del cual se manifiesta el amor.

Quien quiera paladear certezas o verdades absolutas se equivocará de elección. Aquí no asistimos a la enésima copia de lo ya conocido, sino que se nos propone ir amasando unos ingredientes fértiles y novedosos donde debemos desnudarnos con humildad y deferencia de todos nuestros tabúes y convencionalismos para adentrarnos en la espesura de la vida, con sus lamparones, sus yerros, sus embustes y sus suciedades. Quizás no alcancemos a degustar – ni tan siquiera a vislumbrar – la felicidad, pero al menos nos habremos atrevido a emprender un camino que nos hará más sabios o más comprensivos o más respetuosos. No caben soluciones o respuestas sencillas ante problemas complejos: solo nos queda emprender un viaje que quizás nos lleve a Ítaca o quizás al infortunio.

Sarah Adler es una actriz soberbia y en su rostro se entrelazan el desconsuelo y la esperanza. Y el impertérrito semblante de Tim Kalkhof nos proporciona una caja de resonancia admirable donde escrutar la complejidad de la existencia. Exiguos mimbres para una exquisita golosina.
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Jurassic World: El reino caído
Jurassic World: El reino caído (2018)
  • 6,0
    9.252
  • Estados Unidos J.A. Bayona
  • Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, ...
5
Han clonado la ilusión de una copia de un ADN desvaído
¿Amena? A ratos. ¿Muy bien dirigida? Sin duda. ¿Interesante? Pues no.

Produce rabia, fatiga y frustración ver cómo se invierten sumas ingentes de dinero en onerosos productos innecesarios con el único propósito de hacer caja en la taquilla y pasar de inmediato al olvido más estrepitoso y justificado. Y quizás sea de justicia admitir que entretiene bastante, mucho más durante su primera hora donde parece que se nos quiere relatar, dándole la vuelta al calcetín, algo interesante, pero que se desmorona durante la segunda hora al hacer uso del efectismo más industrial y adocenado. Por ello, es probable que lleve en el pecado de mi ingenuidad – por ir a ver este refrito redundante y baladí – inscrito la penitencia de creer que se puede innovar o sorprender con un atronador artículo de mercadotecnia. Pero la esperanza es lo último que se pierde y por ello me gusta ir sin juicios previos al cine para dejarme sorprender (o no) por cómo un director europeo – español y catalán para más señas – enfoca una superproducción de estas características.

Quizás todos soñemos con recobrar la quimera de una infancia ya para siempre extraviada y añosa y para consolarnos retornamos como crédulos zoquetes a parajes que la memoria conserva congelados y cubiertos de ensueño como si fueran paraísos indelebles a los que hubiera que venerar por terca obligación, aunque sean sólo unos recuerdos que el tiempo ha acicalado y la insalvable distancia ha dotado de un brillo que nunca tuvieron en su momento. Evocar el pasado – que pocas veces fue mejor y a buen seguro que fue distinto – es un recurso recurrente del cine, que canibaliza cualquier rancia bisutería con el objeto de traernos a la memoria sensaciones y emociones que tuvieron alguna relevancia en nuestras distraídas vidas. Reconocer se vuelve así sinónimo de conocer, renunciando a enjuiciar de nuevo lo que ya mantenemos etiquetado en el desván de los anales, resignándonos con aburridas repeticiones aunque tan sólo avistemos un erial emperifollado.

Desmenuzar este filme resulta superfluo. Nos encontramos con lo previsible: unos efectos especiales estruendosos e intachables, una fotografía tan vistosa como vacua, unos monstruos que basculan entre lo entrañable y lo horripilante, unos actores tan competentes como desaprovechados (mención especial merece una efímera Geraldine Chaplin, que dota de emoción y consistencia a un personaje marginal que desaparece de golpe). Entre lo peor: un guion que sondea ideas sugerentes pero que se amedrenta y lo echa a perder recurriendo al alboroto y furor del escombro, la pobrísima música de Michael Giacchino, y – sobre todo – el pésimo aquelarre facial al que se ha sometido Bryce Dallas Howard, que horripila más que las fieras.
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6 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sweet Country
Sweet Country (2017)
  • 6,6
    160
  • Australia Warwick Thornton
  • Hamilton Morris, Bryan Brown, Sam Neill, Thomas M. Wright, ...
7
Áspero Enclave
Retomar el género del western pudiera parecer un acto de nostalgia o escapismo, pero revitalizarlo, renovando sus entrañas con tanto mimo como respeto es una labor digna de elogio que merece ser resaltada. Esto es el caso del presente filme que evoca las cintas de vaqueros del Hollywood clásico pero añadiendo un brioso discurso autocrítico que lo convierten en una rareza llena de audacia y rabia. Estamos en Australia, años veinte del pasado siglo, pero sólo la alusión velada a la Gran Guerra Europea (luego llamada I Guerra Mundial) nos permite determinar la época. Y como todo país colonizado por los desteñidos europeos y con una milenaria población autóctona aborigen, el rechazo, desprecio y vejación con la que los invasores agravian a los nativos nos recuerda que todos somos culpables de unas actitudes arrogantes y racistas, por demasiado tiempo consideradas ‘normales’.

Negar la evidencia de esa infausta y perseverante ignominia visceral nos llevaría a repetir los errores del pasado. Por ello lo que podría parecer una cinta localista se erige así en una pertinente acusación intemporal contra todos aquellos que se creen superiores e inmaculados, recordándonos que la fraternidad y la compasión son tan humanas como cicateras y que conviene acordarse de dónde venimos para no tropezar de nuevo en la misma piedra de la infamia. Basta con que un nativo mate a un blanco para que el ‘sentir popular’ lo quiera linchar sin más, obviando los detalles y disquisiciones de leguleyo que permitan determinar su grado de culpabilidad o los motivos exactos de semejante suceso. Este es el meollo del relato: mostrarnos una sociedad escindida entre ‘nosotros’ los buenos por la gracia divina y los odiosos ‘otros’ criminales por naturaleza y pigmentación de la piel.

Además nos propone un recorrido punzante y nada benévolo – aunque quizás algo premioso – sobre un paisaje tan lejano como severo, tan inhóspito como rudo, es decir, de la Australia ‘profunda’ alejada tanto de las metrópolis bulliciosas como de las leyes que oficialmente rigen esos recónditos territorios quizás ya ‘independientes’ pero tanto entonces como ahora bajo el dominio de la áurea corona británica. Pocas veces se ha visto tan bien retratado el complicado tema de la justicia humana como en esta agreste propuesta a trasmano de fatigados tópicos al uso. Y al cubrir su inequívoco discurso antirracista en un envoltorio insólito y remoto nos permita apreciar mejor el esfuerzo que requiere construir un mundo cabal y recto en la bárbara lontananza de la periferia, donde impera la ley del talión.

Es admirable la reconstrucción de una época pasada y, sin embargo, aún próxima. Y aunque el ritmo demasiado moroso – elegido de forma consciente – pueda desafiar nuestra paciencia, el resultado final es encomiable y desolador.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lucky
Lucky (2017)
  • 7,3
    2.455
  • Estados Unidos John Carroll Lynch
  • Harry Dean Stanton, Ed Begley Jr., Beth Grant, James Darren, ...
8
Predicando en el desierto
Podría titularse, si no se interpretara como un demérito, ‘El paso de la tortuga’ pero también y quizás con mayor elegancia – rememorando la famosa canción versionada por Simon and Garfunkel – ‘El cóndor pasa’. Porque si algo sucede en esta austera e independiente cinta norteamericana es el inexorable paso del tiempo, sin que en apariencia nada relevante ocurra, pero con el convencimiento de que todo lo que se ve es fruto de la atenta mirada del director primerizo – y veterano actor secundario – John Carroll Lynch. Quizás se trate de una de esas raras ocasiones donde es difícil recoger por escrito un fiel compendio de lo que la película propone y ofrece, ya que su gusto por el minimalismo formal y estético hace muy difícil verter en palabras lo que tan sólo son sensaciones muy personales. Además se trata de una historia que bien pudiera espantar del cine a muchos espectadores inadvertidos, mientras que sólo unos pocos sabrán paladear el placer de su estática inacción aparente.

Elegir a un personaje protagonista de 90 años ya es una excentricidad y un atrevimiento en un mundo engullido por la glorificación nauseabunda de la juventud, de la inmediatez y de la urgencia. Retratarlo con cariño pero sin adornarlo con ninguna característica entrañable o encantadora que lo convierta en un peluche atrayente o prodigioso es todo un reto al alcance de muy pocos. Y ésta es, con seguridad, la mayor virtud de esta curiosa obra desolada: retratar la rigidez, llaneza y monotonía de la vida vulgar y modesta de un anciano lobo solitario sin caer en ñoñerías ni afectación alguna, centrándose en lo esencial, a saber, la dignidad de un ser humano cabal e íntegro que ha forjado una existencia al margen de las convenciones y de las modas con el único objetivo de completar sus días con sencillez e integridad y, sobre todo, sin lamentar tampoco nada de su extenso y humilde recorrido vital.

La cinta – a poco que nos atrevamos a desentrañar la dádiva que se nos brinda – tiene un encanto hondo, secreto y sutil que la hacen brillar más allá del árido horizonte que retrata, tan alejado del bullicio codicioso como de la adoración a ídolos de barro. Para muestra un botón: la turbadora e impresionante interpretación que lleva a cabo Harry Dean Stanton del clásico de Vicente Fernández ‘Volver, Volver’ que nos recuerda que no se requiere de un vozarrón o de ocultarse tras ninguna floritura jacarandosa para conmovernos en lo más íntimo del alma.

Y es de justicia señalar que además contiene una indeleble actuación – cerrando con un broche de oro su extensa filmografía – de un excelso Harry Dean Stanton. Atreverse con esta alhaja es como recobrar la inocencia.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Disobedience
Disobedience (2017)
  • 6,6
    792
  • Reino Unido Sebastián Lelio
  • Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola, David Olawale Ayinde, ...
6
Insumisión
Las tres últimas películas que he visto dirigidas por el chileno Sebastián Lelio, tienen dos rasgos destacables en común: por una parte contienen una potente interpretación de su actriz protagonista – en este caso, por parte del apasionado dúo de heroínas – pero al mismo tiempo adolecen de un guión farragoso e inconsistente donde las cosas ocurren porque así lo decide el demiúrgico guionista que mueve los liados hilos, desmintiendo la lógica interna de sus personajes así como del devenir de la trama que en apariencia se nos propone. El resultado final acaba estando, por lo tanto, por debajo de las interesantes expectativas iniciales suscitadas, pero disimulado bajo una carpintería brillante, sugerente y ampulosa, buscando una complicidad que se ve abortada con el desenlace arbitrario que nos lleva a presenciar una conclusión que cuestiona y debilita lo que hemos estado visionando hasta ese momento con engrasada fluidez. O casi.

Estamos ante un relato polifónico donde por una parte se nos presenta la cotidianeidad en una comunidad judía ortodoxa radicada en el Reino Unido, así como los efectos devastadores y contrapuestos que dicha claustrofóbica existencia tiene sobre dos mujeres que contravienen la fidelidad a unas normas sexuales milenarias que obligan al sometimiento y a la anulación de la voluntad personal en favor de una acartonada obediencia a los dictados rabínicos más rancios. Esta misma historia la hemos vista enmarcada en otras culturas y geografías, por ello el cambio radica en el delicado mimo por el detalle y la veracidad en la reconstrucción de una sociedad endogámica, por completo contemporánea pero alejada de la realidad más inmediata, ayuna de compasión y de empatía, cegada por el acatamiento de preceptos y leyes que no han sido revisados en milenios.

Lo novedoso viene dado por la mirada bondadosa con que se envuelve el relato, dejando claro quién cuenta con la simpatía y apoyo del guionista y director – sus desdichadas protagonistas femeninas – y quién debe ser denunciado por anticuado y caduco – es decir, el colectivo cavernoso que retrata. Pero es justamente ese planteamiento maniqueo y mañoso, por muy de acuerdo que el espectador pueda estar con el fondo de la cuestión, lo que debilita y domestica la narración, ya que exige al espectador una toma de postura unívoca y sin fisuras hacia las víctimas, no dejándole ninguna libertad a la hora de enjuiciar lo que se está viendo. Es decir, estamos ante una cinta de tesis, donde se pregona la libertad individual el tiempo que se censura la disensión de dicho mandamiento. ¿Contradictorio, no?

Sin embargo, las espléndidas interpretaciones de Rachel Weisz y Rachel McAdams – muy bien arropadas por Alessandro Nivola – nos hace olvidar las deficiencias del planteamiento y nos sumergen en el torbellino propuesto sin apenas resistencia.
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8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Caras y lugares
Caras y lugares (2017)
  • 7,4
    1.062
  • Francia Agnès Varda, JR
  • Documentary, Jean-Luc Godard, JR, Laurent Levesque, ...
8
Quiero hacer algo sólo para ti
La directora belga Agnès Varda lleva el cine en las venas. Con más de medio centenar de películas a sus espaldas, se mantiene lozana y creativa tras más de 60 años en activo y además estuvo casada hasta su muerte con el conocido director francés Jacques Demy (1931-1990). Sin embargo, creo que hasta la fecha no había visto ninguna de sus obras y ahora siento curiosidad de bucear en su filmografía repleta de títulos prestigiosos. Su última pieza, este delicioso documental, tan sencillo como fascinante, lo ha codirigido junto con el fotógrafo JR – 55 años más joven que ella – demostrando que se puede elaborar una obra interesante cuando se tiene algo singular que contar.

¿Pero qué se nos muestra aquí? Creo que lo más relevante es que se nos propone ver en directo el proceso creativo de dos artistas mientras recorremos ciertos pueblos y emplazamientos que vemos transformarse, como por arte de magia, por la inventiva y presencia de estos dos artistas singulares. Algunas entrevistas de personas anónimas se complementan con la elaboración de creaciones artísticas de JR mientras que la cámara de Varda va recogiendo todas las fases de la metamorfosis de ciertos espacios públicos elegidos con tanto tino como sensibilidad que sorprende tanto como cautiva. La intención no es crear instalaciones que resistan el paso del tiempo, sino que su intrínseca fugacidad es parte de su naturaleza esencial.

Todo fluye con naturalidad y sin énfasis, sin dar importancia a lo que estamos viendo, pero acaba configurando un retablo sugerente donde arte y vida van entrelazándose con frescura y campechanía, formando un conjunto armonioso de una delicadeza peculiar. Además consigue captar algunos momentos emocionantes que nos llegan al corazón con una fuerza y carga de profundidad inesperadas. Por ejemplo, el tañido de unas campanas, la visita a la abuela centenaria del codirector y fotógrafo donde la mirada de esa anciana mujer nos desvela todo el amor que siente hacia su nieto, el desplante grosero y prepotente al que Jean-Luc Godard somete a su supuesta amiga de tantos años y complicidades Agnès Varda, que no puede ni quiere disimular la emoción y el dolor que le causa con las pocas palabras que deja escritas en el cristal de su infranqueable caserón, o ese gesto postrero lleno de empatía y cariño de que hace gala JR para atemperar el disgusto y las lágrimas de su compañera ante la infamante afrenta y vejación a la que ha sido sometida… Y la elegancia y respeto con que la cámara recoge ese gesto de cortesía y amor.

Estamos ante una pequeña gran obra de una sencillez engañosa que nos muestra que la belleza reside en nuestra propia mirada.
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9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
El taller de escritura
El taller de escritura (2017)
  • 6,2
    385
  • Francia Laurent Cantet
  • Marina Foïs, Matthieu Lucci, Florian Beaujean, Mamadou Doumbia, ...
7
La atarazana de la violencia
Las palabras que utilizamos no son nunca inocentes ni fortuitas, sino que revelan tanto lo que pretendemos decir como lo que necesitamos callar. Sumergirse en el resbaladizo mundo del lenguaje nos adentra en el abismo de lo desconocido, de lo inescrutable, de lo misterioso donde nada es lo que parece ser y todo puede significar algo distinto, tanto para el que habla como para el que escucha. Decir algo implica elegir, decantarse por un término y desechar otros, por ello debemos de ser conscientes de que nuestra verbosidad – o nuestro silencio – tienen consecuencias de las que nos tenemos que responsabilizar. De lo contrario seríamos unos insensatos que destapamos la caja de los truenos como si se trataran de inocuos fuegos pirotécnicos sin otro objeto que incendiar el remoto firmamento pero eludiendo que con ello iluminamos paisajes que quizás queríamos conservar escondidos.

Aparte del tema de las nunca inofensivas palabras, esta cinta francesa aborda con inquietante desparpajo la gestación y eclosión de la violencia y algunas de sus multiformes expresiones y ramificaciones en el seno de una sociedad dividida y enfrentada por una serie de cuestiones que abundan en las noticias: la diversidad etnográfica y sus implicaciones sociales nunca sencillas de resolver, la frentista coexistencia de múltiples religiones y creencias, la presencia de segundas o terceras generaciones de inmigrantes que siendo franceses de nacimiento se encuentran escindidas entre sus linajes de origen y la cultura en la que han nacido y se han criado y que les ofrece muchas más oportunidades y libertades que sus monolíticos esquemas familiares… Es decir, nos encontramos ante un fresco perturbador de las características que configuran las sociedades abiertas y liberales de Europa Occidental, donde los discursos políticos parecen ignorar las innegables dificultades de convivencia que se manifiestan por doquier.

Conjugando ambos temas, el director y coguionista Laurent Cantet pergeña una turbadora propuesta donde se entremezclan realidad y ficción, entretejiendo el relato imaginario de una memoria colectiva que sobrevuela un presente desencantado – y que se va conformando con retazos de la memoria – y una acción repleta de aristas y contradicciones donde unos caleidoscópicos fragmentos audiovisuales forman parte de una narración dispersa y troceada de un rompecabezas donde debemos de completar e interpretar tanto lo que vemos y escuchamos como lo que intuimos y permanece oculto, tejiendo así un tapiz lleno de luces y sombras que nos ofusca y confunde tanto como a sus protagonistas, ya que al tener que descifrar sus claves, nos adentramos en el terreno de las suposiciones y de la fábula.

El resultado es una obra compleja que combina análisis social e invención novelesca, donde no queda espacio para respuestas sencillas ante las enmarañadas incógnitas que plantea.
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2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las estrellas de cine no mueren en Liverpool
Las estrellas de cine no mueren en Liverpool (2017)
  • 6,6
    624
  • Reino Unido Paul McGuigan
  • Annette Bening, Jamie Bell, Julie Walters, Vanessa Redgrave, ...
7
Las estrellas de cine mueren en Nueva York
¿Quién recuerda hoy a Gloria Grahame (1923-1981)? Para mí permanece en el olimpo de mis más estimados recuerdos cinéfilos su estremecedora muerte en ‘Los sobornados’ (1953) de Fritz Lang, cuando arropa su desfigurada cara con su abrigo de pieles para cubrir la afrenta de su inmerecido castigo y así abandonar este mundo envuelta en el brillo de un pasado que la alumbró y condenó por igual. Y no es la única imagen que guardo de ella, quizás una actriz secundaria no demasiado rutilante ni afamada, pero con un sinnúmero de excelentes interpretaciones en memorables películas del Hollywood de la época dorada. Y ahora guardaré como un tesoro la magnífica recreación que de ella realiza una deslumbrante Annette Bening en la cinta que nos ocupa.

Quizás podría haberse titulado esta película – o incluso esta misma reseña – ‘Cautivos del amor’, parafraseando así el nombre de la obra por la que consiguió su único y merecidísimo Oscar, pero centrándonos en lo que hay, podemos aventurar que se trata de un melodrama a la antigua usanza, donde prevalece la ‘Imitación a la vida’ sobre la realidad misma, por aprovechar otro célebre referente cinematográfico. La utilización de cantosos decorados falsarios – que son un entrañable homenaje al cine clásico de transparencias y cartón piedra – añade un punto de nostalgia y melancolía a esta arrebatada tragedia amorosa que bascula entre el anhelo y la amnesia. La sombra del pasado lo tiñe todo de desencanto, de evocación y de ternura, con un punto agridulce que nos hace perdonar sus mínimas imperfecciones y agradecer que se acometa, en un mundo cegado por la modernidad, un proyecto tan delicado como primoroso.

Adoptando el punto de vista del último amor de Gloria Grahame – el desconocido actor y escritor Peter Turner (1952-) – se nos narra, con frecuentes saltos en el tiempo, los últimos años de una defenestrada estrella de cine en el crepúsculo de su ocaso. Quizás nada nuevo, pero realizado con tanto cariño, respeto y sutileza que conmueve y convence por su extrema simplicidad y economía de recursos, utilizados siempre con creatividad y eficacia, señalando así que lo importante es tener una buena historia y unos buenos intérpretes para elaborar y recrear un relato lleno de respeto, piedad y compasión por unos personajes que ni son virtuosos ni son culpables, sino que son simplemente de carne y hueso y en los que nos podemos ver reflejados a poco que seamos indulgentes y no adolezcamos de un atisbo de sensibilidad.

Además, la química existente entre Jamie Bell y Annette Bening – ambos soberbios – nos agasaja con una de las historias de amor más nobles y emotivas de los últimos tiempos.
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Maria by Callas
Maria by Callas (2017)
  • 7,2
    236
  • Francia Tom Volf
  • Documentary, Maria Callas
7
¿Diva o Vida?
Rasgar el velo que oculta la intimidad de una estrella para adentrarse en terrenos cenagosos y explorar el corazón que late tras su máscara es una tarea quimérica que suele quedar fuera del alcance de su público o admiradores. Pero esto es lo que se propone este documental francés sobre la cantante griega – nacida en Nueva York – Maria Callas, una de las personalidades más fascinantes, publicitadas, enaltecidas y vilipendiadas de todo el siglo XX. Por ello esta obra ofrece un interés que va más allá del mero retrato biográfico de una artista llena de luces y sombras, ya que funciona a varios niveles, desbrozando no solo algunos hitos relevantes de su carrera, sino indagando en el carácter e inseguridades que la acosaron durante toda su ajetreada y glamorosa existencia.

Debo enumerar algunas de las grandes virtudes de esta pieza, que la singularizan dentro de su género: no se nos fatiga con la voz en off de un narrador omnisciente que nos cuente y explique lo que estamos viendo, sino que en todo momento la que habla - ya sea a través de sus cartas o de entrevistas televisivas - es la propia Callas. Son sus palabras las que escuchamos, son sus gestos y muecas los que vemos, es su voz la que admiramos o despreciamos, sin mediadores interpuestos, sin filtros ni comentarios. Así somos los únicos responsables de la interpretación y significado que demos a todo ello, es decir, somos coautores de la imagen que nos vamos haciendo del personaje. Somos a la vez los jueces del veredicto, sus abogados defensores y la acusación difamadora. Somos especuladores con el tiránico derecho a condenar y absolver.

Otra virtud es que nos obliga a responsabilizarnos de la imagen que nos vamos forjando de la divina y de su declive. Somos quienes nos creemos con el derecho a interpretar la veracidad o mendacidad de todo lo que escuchamos y vemos, somos juez y parte además de los verdugos ejecutores de la sentencia fatal. Somos el brazo prepotente de la ley del espectáculo: Entretenme y te perdonaré la vida, pero si me aburres te eliminaré. Estás a mí servicio y me debes vender y entregar tu alma por siempre jamás.

Pero detrás de esa especulación arbitraria trata de emerger una sencilla mujer que tan sólo buscó el amor - y fracasó -, qué tan sólo quiso hallar la calidez de un hogar - y naufragó -, qué tan sólo ansiaba sentirse acogida y confortada y se diluyó en la soledad ventosa de un crepuscular otoño parisino.
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6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una razón brillante
Una razón brillante (2017)
  • 6,5
    524
  • Francia Yvan Attal
  • Daniel Auteuil, Camélia Jordana, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, ...
6
‘La felicidad consiste en poner de acuerdo tus pensamientos, tus palabras y tus hechos’
La oratoria – el arte de hablar con elocuencia, según la RAE – tiene, de forma injusta, mala fama. Se la asocia con el engaño, con la mentira, con la seducción o con el enredo. Y es una percepción inmerecida, porque en realidad se trata de la habilidad de practicar la fluidez retórica, es decir, de ejercitarse en la difícil maestría de aprender a expresar de forma persuasiva lo que se piensa o se siente, sin dejar resquicios para la duda, tratando de ser lo más claros y concisos que sea posible, evitando andarse por las ramas o perderse en divagaciones innecesarias. Pero se asocia con las prácticas habituales que utilizan políticos y embaucadores, en vez de darnos cuenta que a todos nosotros nos sería más útil y provechoso saber formular en pocas y certeras palabras lo que queremos decir.

En un mundo ideal, sería un medio para conectar, en armonía, nuestros actos con nuestra intención y con nuestro discurso, tal y como refleja la cita de Mahatma Gandhi que he elegido como título de esta reseña. Por lo tanto, nada que objetar. Pero como toda disciplina que se puede enseñar y aprender, puede utilizarse, una vez dominada, con sabiduría (para alcanzar un buen propósito) o arteramente (para vencer y embaucar a un contrincante). Y esta contradicción es la que muestra la cinta francesa que nos ocupa: cuando lo único que parece que cuenta es derrotar al adversario a través de las palabras, con desprecio de su significado y contenido, sin tener en cuenta la veracidad o falsedad de los enunciados que se defienden.

Estamos ante una película demasiado tibia, complaciente, blanda y simplista, que más que una reflexión sobre la oratoria es un mero entretenimiento que confronta a dos individuos: una estudiante de los arrabales parisinos, nacida en Francia pero de origen magrebí, y a un reputado profesor de pura cepa francesa. La una tiene toda su vida por delante y quiere ser abogada, el otro deambula sin ilusión ni consistencia en el ocaso de una existencia fallida que nos muestra su hundimiento emocional. Dos personajes antitéticos y, en apariencia, irreconciliables, que se encuentran por azar y se vinculan por una necesidad engañosa, donde la claridad, honestidad y franqueza brillan por su ausencia.

Sólo el buen hacer interpretativo de sus dos actores principales – Daniel Auteuil y Camélia Jordana – nos hace no tener en cuenta y olvidar la falacia afectada y teatrera del arranque de la historia. Si fuéramos críticos, la propuesta sería insostenible por la cantidad de almíbar que supura, pero por una vez las buenas intenciones de fondo nos permiten excusar, parcialmente, su exceso de sacarina.
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1 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Invitación de boda (Wajib)
Invitación de boda (Wajib) (2017)
  • 6,8
    247
  • Palestina Annemarie Jacir
  • Saleh Bakri, Mohammed Bakri, Maria Zreik
7
Banquete de pluralidad
¡Qué fácil es pontificar y pregonar cómo deberían de ser las cosas en vez de esforzarse por cambiarlas! ¡Cuánto más sencillo es huir de la dificultad que quedarse y lidiar con semejantes obstáculos! ¡Qué triste y anodino es recudirlo todo a una falaz historia entre buenos y malos, en vez de reconocer que la vida es un conjunto infinito de matices y de contradicciones, donde la línea recta, la perfección formal o la armonía social brillan por su ausencia! Esta cinta palestina aborda las contrariedades, los compromisos, las renuncias, las exigencias y las decepciones que conlleva vivir la vida de forma sencilla y prudente en nuestro enrevesado e incoherente mundo actual, repleto de soflamas y sentencias pero ayuno de un planteamiento más comprensivo y humanista, alejado de absolutismos estériles y bañado de la necesaria compasión por el prójimo.

La trama pudiera parecer demasiado simplona y elemental pero no es para nada inocente. Presenciamos durante una jornada el tortuoso y anodino recorrido de un padre y de su hijo (que reside en Italia), repartiendo, puerta a puerta, las invitaciones de boda de su hija y hermana, tanto a parientes como a amigos, a allegados y patronos, asistiendo así al variopinto mosaico vital que configura la sociedad en la que se enmarca la historia. Las tensiones entre modernidad y tradición afloran a cada paso, las mentiras piadosas y las rencillas soterradas hacen acto de presencia, los prejuicios y los tópicos que podemos albergar desde la distancia se disuelven, sin apenas percibirlo, como los azucarillos que endulzan los innumerables cafés que jalonan el trayecto. En realidad asistimos a una parábola sobre los escollos de vivir en paz y concordia en un mundo híbrido y mudable donde no existen verdades inmutables ni certezas absolutas.

Lo primero que salta a la vista es lo reconocible y cercano del relato. Y no me refiero sólo al espacio físico donde se enmarca la acción (la vegetación y luminosidad mediterráneas nos resultan harto conocidas a los íberos peninsulares), sino sobre todo a ciertas tradiciones, comportamientos y usos que presenciamos (la infamia del divorcio, la condena de la mujer libre e independiente, las servidumbres de las expectativas morales, la sinrazón de mantener en pie lo que se hunde por inservible u obsolescente…). La mirada de su directora y guionista, Annemarie Jacir, despliega un agudo poder de observación, donde los detalles marginales o, en apariencia, ornamentales configuran un relato mucho más rico y enrevesado de lo que nos pudiera parecer.

Muy bien interpretada por Saleh Bakri y Mohammed Bakri (que son padre e hijo en la vida real), el relato se cierra con un sobrio y refinado plano secuencia que abre la esperanza a la reconciliación.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Custodia compartida
Custodia compartida (2017)
  • 7,4
    878
  • Francia Xavier Legrand
  • Léa Drucker, Denis Menochet, Thomas Gioria, Mathilde Auneveux, ...
8
Calvario íntimo
La violencia toma diferentes cuerpos y formas y no siempre se muestra a las claras hasta que resulta demasiado tarde como para zafarse de su yugo y sus devastadoras consecuencias. Uno de los problemas fundamentales es que, por lo general, no existen personas malas, sino que sólo existen comportamientos malvados y nocivos que se manifiestan de forma repentina en momentos y circunstancias inesperadas, tanto más aterrador cuando dicha conducta se exterioriza en la privacidad del hogar y se dirige contra las personas que conforman el núcleo familiar y a las que, al menos de palabra, se quiere más que a nada en el mundo… aunque esto implique algunas veces que se las quiere tan sólo cuando se pliegan y someten, sin resistencia, a nuestras imposiciones y mandatos, a nuestras exigencias y demandas.

Éste es el vía crucis de la violencia que se origina en la intimidad del hogar, en un ámbito que debiera rebosar de apoyo y confianza – ya sea sólo entre cónyuges o entre otros familiares cualesquiera – entre personas, al fin, que alguna vez se quisieron y respetaron pero cuyo amor ha degenerado en odio o cuya existencia deviene en un martillo implacable y feroz que acaba travistiéndose en puro exabrupto vengativo y cruel. Y cuando se trata de la fuerza bruta, todos sabemos quién suele llevar las de ganar (o de perder): el hombre. Estamos ante una excelente obra de ficción rebosante de referencias penosamente reales y cotidianas. Asistimos a una radiografía del horror y del terror que se inocula y emerge en la intimidad hasta devenir en una escalada estremecedora sobre la devastación pavorosa de la convivencia.

No se puede – ni debe – recomponer lo que se ha roto en añicos. Pero ¿cómo pedir auxilio, a quién acudir para protegernos, de qué forma desenredarse de una amenaza que no conoce de fronteras ni límites, de una maldición que no sabe expresarse sino es a través de la coacción y del envilecimiento? La crueldad de un animal herido que cree que no tiene ya nada más que perder y cuyo único objetivo y sentido es recuperar lo que se le ha hurtado, a su juicio, de forma injusta y arbitraria y no comprende que así está cavando su propia tumba y se está sepultando bajo una avalancha de indignidad e infamia que produce asco, horror y desprecio.

Con una sencillez expresiva encomiable, con una brillantez visual inesperada, con una valentía desprovista de prejuicios y sermones asistimos a un relato estremecedor sobre la perversidad humana y sobre el devastador uso del terror cuando nos creemos con derecho a todo. Quizás le sobre toda la historia relacionada con el personaje de la hija pero el conjunto es insólito y apasionante.
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8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Isla de perros
Isla de perros (2018)
  • 7,6
    5.293
  • Estados Unidos Wes Anderson
  • Animation
5
Me duele el hocico de ser tan agudo
Nada que objetar con poder disfrutar de una película tan primorosa como insustancial. Nada que reprocharle a Wes Anderson por ofrecernos un producto tan bien acabado y tan, en apariencia, original que pareciera que rompiese moldes y abriera caminos intransitados en la filmografía universal del orbe interplanetario. Aunque poco puedo decir que vaya más allá de la decepción y la fatiga de una obra tan sutil y acomodaticia que me llena, al tiempo, de admiración intelectual e indiferencia artística, como si fuera un ejercicio de estilo realizado con incuestionable talento pero carente de ninguna emoción genuina que vaya más allá del floripondio decorativo o del impacto inmediato y superficial, fruto de una sensibilidad impostada pero ayuna de verdadero calado o trascendencia.

Aun cuando la haya seguido con innegable deleite y la haya podido estimar como propuesta a contrapelo del batiburrillo mediocre que anega nuestra cartelera; sin duda repleta de ideas, trampantojos y cavilaciones aunque ajena a una sensibilidad sincera, más atenta al impacto inmediato y la admiración urgente e incondicional en vez de perseguir algún objetivo de mayor humildad y sustancia que encumbrarse en un mausoleo a la extravagancia y los fuegos fatuos de artificio. Ambiguo revoltijo de ingenio y residuos que combinan mal con una forma honesta y sincera de entender el cine como vehículo de expresión y búsqueda, sin reducirlo todo a un mero cachivache alucinado, renunciando a indagar sobre la complejidad o turbiedad del mundo, contentándose con ejercitarse como avispado artesano de un formalismo privado de coraje y brío.

Tras salir del cine me invaden el desánimo y el empacho. Por una parte me siento halagado porque su propuesta rebosa de referencias cinéfilas y culturales que me son muy queridas y cercanas a mi sensibilidad y circunstancia, pero el cine no debiera contentarse con facilitarnos un compendio de citas y claves que haya que admirar y paladear porque nos muestran que quien las ha realizado no es un zafio figurín inculto y lenguaraz que se recrea en su propia erudición y sabiduría, pavoneándose con la vastedad de sus conocimientos y el esnobismo de su saber. Para eso ya me basto yo mismo y mi afectada adicción por lo singular y lo excéntrico. Verme retratado en mi cursilería y sincretismo puede ser un baño de humildad y humillación, pero no si se espera que además aplauda a quien parece no darse cuenta de su propio envanecimiento y autocomplacencia. Digamos que yo reconozco mi mal, pero no dejo por ello de reírme de mi mismo y de mi petulancia.

Y aquí sobra solemnidad y falta juicio, tratando de disimular su impostura tras una tenue máscara humorística que se resquebraja por doquier.
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12 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Heartstone, corazones de piedra
Heartstone, corazones de piedra (2016)
  • 6,9
    629
  • Islandia Guðmundur Arnar Guðmundsson
  • Baldur Einarsson, Blær Hinriksson, Arnar Jónsson, Søren Malling, ...
7
Corazones púberes
El despertar sexual durante la adolescencia puede ser tanto motivo de alborozo como de desánimo, dependiendo de cómo seas, de quiénes te rodeen y de dónde residas. Es una historia mil veces abordada, aunque siempre se presta a un nuevo enfoque o a un nuevo matiz que añada complejidad o sutileza a lo que creíamos ya un tema agotado. Porque el júbilo o la tristeza adoptan un sinfín de máscaras y se encarnan en innumerables cuerpos. Cuando nos peleamos con nuestros más íntimos y volcánicos deseos, la frustración no conoce de latitudes ni tabúes, de límites o de escrúpulos. Entonces, sin tan siquiera haberte atrevido a entablar batalla alguna, aceptas el destrozo de ser diferente y transitas un lodazal tenebroso y resbaladizo, sintiéndote ninguneado por tus semejantes, asumiendo que no te queda otra opción que acometer la huida aunque sea hacia ninguna parte.

Esta película islandesa nos enfrenta al divergente descubrimiento pubescente de dos amigos de toda la vida. Pero mientras uno actúa y se desenvuelve con habilidad y descaro por los nuevos territorios que tantea, al otro no le queda otra opción que permanecer inerte y exangüe al no comprender primero ni aceptar después su tan inexplorada como repentina inclinación carnal. Dos puntos de vista ante una misma realidad, dos alternativas que ni elegimos ni nos enseñan a vivir en libertad, sino que nos invaden y corroen con inusitado ímpetu y ardor, trastocando nuestro plácido mundo conocido y lo convierten en una aventura incierta, llena de posibilidades y añagazas. Si fuera fácil no resultaría tan fotogénico…

La novedad en este caso radica en el punto de vista adoptado por el relato, ya que no se centra en el pobre diablo que se encuentra atrapado por el talión del deseo, sino en su fraternal amigo que lo acompaña como alma gemela hasta que sus incompatibles caminos amagan con separarles. No es tanto lo que vivimos, sino cómo percibimos e interpretamos lo que nos ocurre; y no hay mayor fiasco que el desengaño de un primer amor no correspondido. Pero el desencanto no sólo alcanza a quien lo vive, sino también a quienes nos rodean desde siempre, al no poder satisfacer las expectativas tácitas que habían configurado hasta entonces un mundo ordenado y predecible.

Quizás su mayor defecto, tal vez el único, sea su excesivo metraje. Tomarse más de dos horas para narrar una sencilla historia de desamor y decepción es un reto superfluo, sobre todo cuando de por sí el ritmo pausado y melancólico adoptado alarga todas las escenas de forma caprichosa. Pero en conjunto el resultado es satisfactorio y nos desvela, una vez más, que no quedan historias novedosas, sino tan sólo formas originales de encauzarlas.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un lugar tranquilo
Un lugar tranquilo (2018)
  • 6,8
    10.109
  • Estados Unidos John Krasinski
  • Emily Blunt, John Krasinski, Millicent Simmonds, Noah Jupe, ...
7
Un silencio perturbador
El principal logro de esta cinta es crear y sostener un clima asfixiante a través de un elemento turbador: la obligación de permanecer en silencio si se quiere sobrevivir a una amenaza depredadora y voraz. No se nos explica cómo ocurrió, ni cómo llegó a adueñarse de la tierra, sólo sabemos que el más mínimo ruido despierta al monstruo y lo convierte en una máquina de aniquilar humanos. Es decir, estamos ante una cinta de terror en estado puro donde lo de menos es la verosimilitud psicológica de la propuesta y se conforma con ofrecer un brillante ejercicio de estilo donde la forma lo es todo, dejando el contenido para mejor ocasión. Por ello hay que enjuiciarla en función de lo que pretende y alcanza, no en función de lo que a uno le gustaría encontrar al entrar a verla.

Y como engranaje de enmudecimiento e intimidación funciona muy bien. Un paisaje desolado de humanos diezmados y aterrorizados por lo inexplicable e inexpugnable permite pasar una hora y media de buen entretenimiento sin pretensiones metafísicas ni culturales. Porque no es una parábola sesuda, ni un estudio de las amenazas a las que se ve sometida una familia americana rural; tan sólo se contenta con entretener con ingenio y hábil manejo de una atmósfera inquietante, siendo otra de sus innegables virtudes su concisión e inmediatez, al no alargar en demasía una situación única y de mínimo desarrollo dramático, yendo directamente al meollo del cogollo, absteniéndose de estériles veleidades trascendentales. Quizás sucumba al imperante empeño de sacralizar al amantísimo núcleo familiar como fuente de todas las virtudes ancestrales, pero hasta ese implícito se le puede perdonar.

Entre sus muchas virtudes está no sólo la atmósfera malsana que pergeña, sino sobre todo la empatía que nos vincula hacia los aterrados cautivos del torturador sigilo que se despliega ante nosotros, nos importa lo que les pasa, nos preocupa que puedan ser descubiertos y masacrados, nos angustia el más mínimo sonido delatador, nos aflige su amenazada existencia sujeta a la represalia de la exterminación. Y durante su afligido calvario presenciamos algunas secuencias memorables que perdurarán en la memoria cinéfila más exigente: el arranque de la cinta que nos traslada a un mundo asolado y perturbador y con unas maestras pinceladas impresionistas nos bosqueja el ambiente apocalíptico al que nos enfrentamos y, sobre todo, la escena del parto, que se ramifica en una algarabía de terror que casi nos obliga a cerrar los ojos ante semejante ultimátum del horror.

Escalofriante, telúrica e inmisericorde. No hay más cera que la que arde pero lo hace con irresistible embrujo.
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15 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil