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Críticas de antonalva
Críticas ordenadas por:
Hotel Salvación
Hotel Salvación (2016)
  • 6,3
    106
  • India Shubhashish Bhutiani
  • Adil Hussain, Lalit Behl, Geetanjali Kulkarni, Palomi Ghosh, ...
3
Albergue Tormento
¡Qué película más aburrida! ¡Qué desatino tan insulso! ¡Qué pérdida de tiempo tan mortificante! En apenas tres semanas he visto tres cintas indias o paquistaníes – quizás sea anatema ponerlas en el mismo saco, aunque se asemejen – y ésta se lleva la palma de ser la más soporífera y esaboría del tríptico aleatorio visionado. Es probable que para un hindú tenga sentido lo que aquí se plantea – irse a morir a Benarés, a orillas del Ganges, para alcanzar una muerte santa y seguir con la infatigable rueda de las reencarnaciones – pero para un europeo obtuso y secular como yo me ha resultado un irritante suplicio que no puedo recomendar ni al peor de mis enemigos, ni tan siquiera a quien sufra de insomnio o de otra dolencia análoga.

El cine de estampita con texturas y pigmentaciones del terruño y con evidente aroma localista me parece el socorrido recurso de los ineptos que no nos tienen nada interesante que contar y confían, como en un mantra, en que el atrezo tercermundista de desconchados, masificación y miseria nos seduzca con su irresistible encanto de bazar de gangas refulgentes. Pero yo le exijo a una historia que nos ilumine el alma humana o nos proponga una exploración sugerente que nos permita conocer algo novedoso que por otros medios sería casi imposible conseguir (salvo que uno fuera un adinerado político que fuera capaz de viajar por el mundo como si fuera la palma de su mano o tuviera todo el tiempo y ocio del mundo para fatigar añejas bibliotecas o husmear en reputadas enciclopedias o, incluso, pudiera dejarse iluminar por doctas tesis doctorales superlativas que compendien y divulguen todo el saber inabarcable del orbe).

Pero estamos ante un macilento perifollo de bisutería, ante un insípido bodrio indigesto, ante un monótono y aturullado ejercicio de autocomplacencia que ni distrae, ni esclarece, ni explica, ni conmueve, ni instruye, ni enseña nada que no supiéramos ya antes ni que no vayamos a olvidar al momento. La muerte es un tema relevante en todas las culturas, ya sea porque representa el tránsito a lo desconocido o porque nos presagia el camino hacia a un mundo mejor o porque nos permite albergar la esperanza en una reencarnación más lisonjera o porque nos proporcione el ansiado descanso perenne de nuestras ancestrales fatigas terrenales. Pero no es el caso, ya que torturan al espectador con este simulacro de telefilme de sobremesa que amodorra tanto como estraga.

Quisiera poder alabar algo de su forma o de su fondo para no ser tachado de europeísta rancio o para probar que soy un esclarecido multiculturalista de mente abierta y corazón esponjoso. Pero por mucho que el detritus de vista de sari, detritus se queda…
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
La novia del desierto
La novia del desierto (2017)
  • 6,5
    251
  • Argentina Cecilia Atán, Valeria Pivato
  • Paulina García, Claudio Rissi
5
La sencillez del candor
Cuando se cuenta con la participación, en el papel protagonista, de una actriz tan fascinante y extraordinaria como la chilena Paulina García, pareciera que todo lo demás fuera engullido por su talento, presencia y magia: es capaz de dotar de sustancia, vida, alma y autenticidad al más vacuo e insignificante de los personajes que encarna. Y esto es lo que ocurre en esta modesta producción argentina, donde encarna a una humilde mucama, que tras más de treinta años sirviendo sin descanso y con devota entrega en una mansión, es despachada a más de mil kilómetros de distancia como un fardo obsoleto e inútil, ya que tienen que prescindir de su asistencia (sin quedar del todo clara la motivación, aunque se infiera que es por la ruina de sus patronos).

Nos encontramos con la perfecta muestra de una película llena de sereno encanto y seductora inocencia, pero cuyos méritos estéticos quedan muy por debajo de su intencionalidad artística y de sus buenos propósitos narrativos. Resulta fácil alabar su escueta factura, su voluntad de mostrarnos el crecimiento personal de una mujer en la cincuentena, expulsada de su hogar de adopción al cual creía pertenecer ya para siempre… pero resulta innegable que todo deviene más en un interesante boceto impresionista al cual no se ha sabido redondear ni ensamblar con eficacia o destreza, quedándose en una insulsa y árida tierra de nadie, donde deambula sin demasiado lustre ni aliciente un personaje que se habría merecido un vehículo más enjundioso y diestro.

La estructura bebe tanto de la road-movie yanqui como del género del ‘Bildungsroman’ (o relato de aprendizaje) teutón y sabe sacar provecho de esa vaporosa armazón donde tiene cabida casi todo y nos ofrece la oportunidad de asistir al crecimiento y toma de conciencia de su heroína a contracorriente. Sin embargo, todo cuanto acontece resulta embotado, carece de mordiente o genuino interés. Las situaciones se suceden con cierta desgana y los saltos en el tiempo – donde se refleja por una parte el edén perdido y, por otra parte, el penoso periplo hacia un destino incierto – apenas añaden contenido o matices a lo que estamos visionando, más con paciente resignación que con auténtico alborozo. La cinta es muy breve, apenas 80 minutos, pero uno tiene la recurrente sensación de presenciar un corto desmedido, que ha sido hinchado en exceso, sin haberse atrevido a someterlo a una necesaria criba o a una sustancial mejora que justifique su fatigante duración.

Concluyo como inicié este comentario: la presencia de Paulina García proporciona un gozo y una admiración que la obra en sí no merece. Está bien arropada por un apto antagonista desorientado, Claudio Rissi, pero el espectador se queda al margen.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Carmen y Lola
Carmen y Lola (2018)
  • 7,2
    421
  • España Arantxa Echevarria
  • Zaira Morales, Rosy Rodriguez, Moreno Borja, Carolina Yuste, ...
7
Tabú y Osadía
A veces el cine español da en la diana cuando uno menos se lo espera. Temía encontrarme con una cinta saturada de tópicos, buenas intenciones y costumbrismo rancio… y para mi sorpresa descubrí un filme lleno de sensibilidad, desgarro, algarabía y fraternidad, que, si bien resulta poco imaginativo en su desarrollo, acierta a retratar con respeto, calidez y veracidad un mundo tan próximo como desconocido, tan ensombrecido por los prejuicios, tan rechazado por una indeleble mala fama ancestral, tan vituperado como ignorado como son los gitanos. Y además se atreve – con descaro y habilidad – a centrarse en un amor adolescente entre dos mujeres, enfrentándolas al imperante machismo intransigente de sus hombres y al pánico turbador del qué dirán de sus mujeres.

Por lo tanto, aborda con insospechado éxito dos asuntos tenazmente inexplorados (como si fueran invisibles o inexistentes): el lesbianismo y el mundo calé. Y creo que el mayor acierto – entre los muchos que pueden destacarse – estriba en un juicioso y sólido guion que sabe dar vida a unos personajes creíbles, creando situaciones cotidianas llenas de colorido y sinceridad, que rezuman frescura y atención, que hacen avanzar el dramatismo de la trama sin fastidiosos énfasis ni subrayados, que enmarca con destreza y mimo lo asfixiante de una realidad que engulle al individuo hasta convertirlo en prisionero de los arcaicos mandatos de su comunidad. Y lo logra mostrando siempre una legítima ternura y empatía hacia cada una de las reacciones y motivaciones de todos los implicados, sin forzar la emoción, sin impostar el tono, sin negar la congoja y sin menospreciar a nadie.

Quizás la dirección de este primer largometraje de Arantxa Echevarria (así mismo responsable del guion y de la producción) sea lo menos brillante del conjunto, aunque sí consigue acoger y dar prestancia tanto a la atormentada odisea juvenil como a las pinceladas localistas llenas de textura, embrujo y fragancia que permiten apreciar mejor el retrato claustrofóbico y obsesivo donde se encuadran los hechos. La abigarrada coctelera en la que se agitan y hierven costumbres, hablas, comportamientos e idiosincrasias resulta tan deslumbrante como verosímil, configurando un retablo cautivador que seduce y engancha desde el inicio. También la excelente elección y aplomo de un compacto elenco de actores – en su mayoría primerizos – añade un toque encomiable de naturalidad y hondura a sus cometidos.

Se agradece tanto el toque de atrevimiento y hedonismo que preside la obra como el clamor irrenunciable hacia un mundo más libre, acogedor y comprensivo, donde la diferencia, del tipo que sea, forme parte innata de la vida. Además, nos regala con una secuencia estremecedora entre una madre y su hija, donde se entrecruzan el amor, la incomprensión, el desconsuelo y la angustia. Memorable.
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10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
El viaje de Nisha
El viaje de Nisha (2017)
  • 7,1
    522
  • Noruega Iram Haq
  • Maria Mozhdah, Adil Hussain, Ekavali Khanna, Rohit Saraf, ...
6
La huida sin fin
A veces hablar bien o mal de una cinta puede deberse a un (pre)juicio político o religioso que te puede convertir en la diana de alabanzas o diatribas por parecer que tomas partido de sus postulados o intenciones, en vez de estar ponderando sus virtudes o defectos reales. Yo al menos trato siempre de diferenciar con claridad entre las intenciones con la que parece haberse realizado y las cualidades artísticas que pueda albergar un filme. Esta prolija introducción se debe a que esta sugerente obra europea sobre el destino de una adolescente noruega nacida de padres paquistaníes puede soliviantar a los musulmanes al tiempo que puede despertar el beneplácito y apoyo de las feministas – pero al mismo tiempo puede desembocar en que seas tachado de islamófobo si alabas su crítica al islam y su maltrato a las mujeres al tiempo que seas etiquetado de machista si no alabas el retrato de las penosas vicisitudes de su atormentada protagonista. ¿Cómo salir del atolladero?

Vayamos por partes. La historia se basa en la propia experiencia autobiográfica de su directora y guionista, ya que ella también fue raptada por su familia con el objeto de llevarla al Paquistán de sus antepasados y así aprendiera a ser una buena mujer sometida a los preceptos coránicos y limpiar ‘el qué dirán’ de la comunidad musulmana en la vivía junto a sus padres en la liberal y acogedora Noruega. Por lo tanto, estamos, por una parte, ante una película de denuncia que muestra el sufrimiento de una adolescente por ir contra lo que la comunidad musulmana exige y proclama: la sumisión de la mujer y su ausencia de opinión en sus propios asuntos. Y también estamos ante una película reivindicativa en cuanto al papel de la mujer, con sus derechos y salvaguardas legales – al menos en Occidente, aunque no llegue a cumplirse en todo su territorio con la misma equidad, ya que los defensores del multi-culturalismo y del relativismo moral, dicen que todas las culturas valen lo mismo y hay que respetar las diferencias de todos y no preferir el liberal hetero-patriarcado cristiano sobre la femenina hetero-sumisión del islam. Arcano difícil de comprender, pero del todo respetable…

Es decir, estamos ante una agria polémica sobre la que su directora toma partido. Y yo, desde mi convicción liberal me adhiero a su denuncia del islam (integrista) y su defensa de la mujer (occidental). Pero en cuanto a los logros cinematográficos mi juicio es menos favorable. Resulta demasiado melodramática, demasiado maniquea y en exceso complaciente con sus loables intenciones. Se producen incoherencias dramáticas y el comportamiento de sus personajes es demasiado rígido. El mensaje atrofia la narración y merma su efectividad.

Interesante pero imperfecta.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las distancias
Las distancias (2018)
  • 6,6
    603
  • España Elena Trapé
  • Alexandra Jiménez, Miki Esparbé, Isak Férriz, Bruno Sevilla, ...
8
Las cenizas
Cuando echamos la vista atrás, tenemos la tentación de justificar o explicar nuestra vida con interpretaciones disparatadas o quiméricas para que las piezas de nuestro íntimo o colectivo rompecabezas encajen y nos veamos como el héroe (o antihéroe) de nuestra propia película. Y nos obsesionamos con ignorar que echando la culpa a circunstancias externas o imprevistas nos exoneramos de ver, sopesar y evaluar lo que somos y de lo que hemos alcanzado (o no). Ahora se ha puesto de moda – y como toda moda resulta cómoda y superficial – de estigmatizar y convertir en el demonio salvífico y redentor de todos nuestros infortunios, equivocaciones y fracasos vitales a la reciente y lacerante crisis financiera (y de valores) padecida. Culpando a la coyuntura económica y social de nuestros descalabros, yerros y fantasías evitamos asumir nuestra responsabilidad y podemos seguir creyendo que nos hubiésemos merecido un futuro más resplandeciente. Y si no lo logramos, los culpables fueron otros.

Estamos ante una comedia agridulce sobre el fin de los sueños juveniles, sobre la dramática realidad de nuestro mediocre presente, sobre la añoranza de los paraísos perdidos y sobre la dificultad de crecer cuando se está con el eterno síndrome de Peter Pan, queriendo alcanzar nuestra ensoñación fantástica de un futuro radiante, pero desconociendo que, como ya dijo John Lennon “la vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes”. Es decir, crecer y madurar es soltar y despedirnos del pasado y dar la bienvenida y abrazar el presente, asumiendo que nunca nada acaba siendo ni lo que deseábamos ni lo que creíamos merecer, pero que tratar de mantener a flote una quimera hundida nos aboca al descalabro seguro.

Las virtudes de esta película comienzan ya por su soberbio título. Podría también haberse llamado ‘las despedidas’ o ‘los desencantos’, pero sin lugar a duda nos emplaza a asumir la grisura del cielo encapotado y sin lustre que preside la narración claustrofóbica y dolorosa de un Berlín desolado, tan mustio como unas amistades extenuadas que quizás antaño fueron radiantes, tan ajado como unos amores marchitos que quizás en el pasado lo llenaron todo de colores, tan opaco como un presente vacío de excusas y perdones que nos enfanga en un lodazal sin porvenir. Quedarse atrapado por el pasado – por lo que pudo ser o por lo que debería de haber sido – nos condena a ser un mero simulacro de vida. Asumir los fracasos nos ayuda a crecer.

Además del excelente guion (con unos diálogos de engañosa sencillez que encubren abismos de amargura) y de la sobria dirección que ilumina los recovecos más obtusos de los personajes, cuenta con un inestimable reparto que da brillo a unos sujetos tan mediocres como anodinos, tan reales como nosotros mismos.
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13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Misión imposible: Fallout
Misión imposible: Fallout (2018)
  • 7,0
    6.138
  • Estados Unidos Christopher McQuarrie
  • Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Henry Cavill, Simon Pegg, ...
7
Maquinaria mañosa: Asombro
La obsesión calamitosa del cine actual por idolatrar y empeñarse en el-más-difícil- todavía resulta un ansia compulsiva e irritante. No es tanto que se encumbre lo inverosímil como categoría suprema del cine de acción, sino que se lleva a cabo sin otro fin que el de impactar y abrumar al público, pero dejando de lado el tradicional tesón por cuidar, confeccionar y pergeñar una trama que nos enganche y entretenga más allá de los hiperbólicos fuegos de artificio que parecen haberse convertido en el único medio para atraer a los menguantes espectadores a las salas de cine. Es una indigestión compulsiva que persigue la sorpresa sobre el suspense y la inverosimilitud sobre la seducción, como si ahora fuéramos más lerdos y más mentecatos que hace unos años.

Si bien la reflexión anterior es válida para casi todos los artefactos que anegan las pantallas (ya sea el estirado James Bond o sucedáneos de similar calaña), la verdad es que algunas – pocas – veces parece que se acierta con esa coreografía rocambolesca de lo imposible. Y en esta obra estamos ante la rara excepción que confirma la regla. Nada de lo que vemos tiene ni pies ni cabeza, pero dejando de lado esa antigualla extemporánea de que se nos cuente una historia que permita entenderse sin necesidad de prolijas explicaciones verbales, la verdad es que su director Christopher McQuarrie consigue poner en pie un oneroso juguete que se sostiene por la mera sucesión de escenas a cuál más loca, más descerebrada y más absurda. Por una vez, el hacinamiento rebosante de adrenalina basta para disfrutar de casi dos horas y media que pasan en un humilde suspiro – si bien no de placer, al menos de incauta satisfacción.

Como en tantas superproducciones de la nueva escuela, hay que dejar nuestro cerebro a buen recaudo en nuestra casa, no sea que se nos malogre el disfrute insustancial de una acción carente de todo interés, de unos personajes desprovistos de cualquier enjundia, de unas situaciones ayunas de la más mínima dramaturgia, de unas sorpresas que de tan alambicadas nos podrían producir vergüenza ajena, de unos villanos tan pérfidos que casi se nos antojan fantoches entrañables, de unos héroes que de tan inmaculados nos podrían parecer meras caricaturas angelicales. Si partimos de la base que vamos al cine para olvidar lo cotidiano y que exigimos que nos entretengan por el precio de una entrada, al menos vale la pena sorber un efervescente cóctel de energía que nos atrapa sin apenas resistencia – porque hemos decidido dejar que nos embauquen como a niños mimados.

El gran acierto de esta cinta es la potente, trepidante y tenaz dirección de Christopher McQuarrie, construyendo un descabellado castillo de naipes.
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11 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Nos vemos allá arriba
Nos vemos allá arriba (2017)
  • 6,9
    521
  • Francia Albert Dupontel
  • Albert Dupontel, Nahuel Pérez Biscayart, Niels Arestrup, Émilie Dequenne, ...
7
Papá... ¡mírame! Estoy aquí abajo
La I Guerra Mundial (1914-1918), tan cruel como innecesaria, tan salvaje como olvidada… Significó el fin rotundo del antiguo régimen clasista, elitista y predemocrático que hoy nos resulta tan lejano como incomprensible, que además señaló el entierro de la ensimismada, prepotente y opulenta Europa como dueña y señora en materia política, económica y cultural. Los millones de muertos y mutilados por aquella farsa promovida por unas aristocracias ajadas – que creían poder resolver los conflictos en meriendas versallescas ajenas a las necesidades de sus conciudadanos – aún no han sido ni sepultados ni sanados. Nadie como Kubrick en su magistral “Senderos de gloria” (1957) reflejó aquel aquelarre funesto y patético que trajo unos diluvios nacionalistas que aún hoy asolan nuestras fatigadas tierras patrias, que malviven hurgándose el ombligo y desdeñando, como avestruces, los problemas reales que nada tienen que ver con la ajada estructura política que tenemos.

Esta película francesa – adaptación de una novela de éxito – vuelve sobre aquellos aciagos días bañados de sangre, trincheras infectas y mugre purulenta, tratando de recrear aquella matanza europea, basculando entre la farsa y el esperpento, para desentrañar algunas de sus tenaces consecuencias que aún nos asolan: corrupción, picaresca, insensibilidad y barbarie. Cuando ignoramos de dónde venimos, estamos abocados a repetir los errores y horrores del pasado. Aunque el tema central de esta cinta orbita sobre un dolor más intimo y personal: la mirada (ausente o indiferente) del padre. Cuando creemos que nuestro progenitor no nos ama o nos rechaza, nuestra orfandad semeja un pozo sin fondo donde nos hundimos sin remisión y donde el resentimiento tiñe nuestra mirada hasta volvernos ciegos. Querer ser vistos, identificados y aprobados es nuestra común aspiración y nada de lo que podamos acometer tendrá gusto alguno si no percibimos al acompañamiento y complicidad de nuestra progenie.

Por ello, al tiempo que se nos ofrece un retablo sobrecogedor de aquella infausta carnicería se nos presenta una herida más honda y visceral que no tiene cura ni bálsamo cicatrizante que la sane: la apatía o rechazo de nuestra estirpe, la falta de amor, la ausencia de cariño y tolerancia por quién somos – aunque eso signifique no cumplir con las expectativas que habían depositado implícita o explícitamente sobre nosotros. El abandono y soledad en la que ese repudio e incomprensión nos despeña nos durará toda la vida y nos marcará para siempre como un juguete roto, inservible para la vida.

Barroca y teatrera, ampulosa y sobrecargada, sin embargo, nos consigue emocionar y seducir pese a su excesiva exuberancia y artificiosidad. Hay mucho amor en la mirada que nos refleja el calvario íntimo de dos perdedores de una contienda incivil y fraudulenta. Y cuando llega el perdón, volamos.
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mamma Mia: Una y otra vez
Mamma Mia: Una y otra vez (2018)
  • 6,2
    2.557
  • Reino Unido Ol Parker
  • Amanda Seyfried, Lily James, Christine Baranski, Julie Walters, ...
6
Un placer culpable: o cómo saborear lo indigesto
Mi infancia está sazonada con canciones de ABBA, cuando nadie las tomaba en serio y su música era catalogada como Euro-Pop-Trash (basura pop europea). Apenas una década (de 1972 a 1982) les bastó para convertirse en una de las bandas más comerciales y reconocibles de los años setenta, vendiendo una cantidad ingente de discos – de hecho, supusieron para Suecia, su país de origen, la fuente de divisas más importante tras el consorcio VOLVO. Pero con su disolución pasaron al ostracismo más absoluto y al ninguneo obcecado por parte de los sesudos críticos, que no vieron en ellos más que una vacua maquinaria de generar ventas millonarias sin ningún interés artístico o relevancia cultural. Una música destinada al consumo indocto de las masas, a la escucha fugaz y al olvido inmediato… Hasta que en 1994 la inclusión de algunos de sus temas en las bandas sonoras de “Las aventuras de Priscilla, reina del desierto” y “La boda de Muriel”, les hizo recobrar el favor inmediato del público y obtener, al fin, el perdón condescendiente de la crítica, que percibieron por primera sus méritos.

Es decir, la música de ABBA despierta en mí una nostalgia indisimulada ya que me retrotrae a mi niñez y años mozos, por lo que sus armoniosas melodías me evocan la añoranza de los lustros transcurridos, cuando todo mi mundo se limitaba al titilante frescor de unas lentejuelas y plataformas chillonas y desfasadas. Pero esta obnubilación de la memoria no hace que ahora sea incapaz de ver que estamos ante una chirriante e innecesaria secuela, diseñada con el único objetivo de recaudar dinero con la excusa de expoliar algunas briosas tonadillas engarzadas en una trama carente de (casi) cualquier interés cinematográfico.

Sin embargo, no cabe duda que el producto se deja ver con fluidez y encanto, ya que hilvana muy bien unas baladas pegadizas dentro de un relato que tiene la melancolía por la pérdida y la reivindicación de la maternidad como ejes fundamentales. Esto se debe al habilidoso guión, cuya estructura ha corrido a cargo de Richard Curtis, quien ha sabido reutilizar la carcasa de “El Padrino 2” – perdón por mencionar esta Obra Maestra. A saber: nos ofrece la juventud del personaje principal de la primera parte combinado con los efectos que dejó tras de sí con su desaparición, con destreza, garra y buenas coreografías. Y poco más.

Y también ha llegado el momento de que alguien le diga a Cher que se ha convertido en un patético teleñeco embalsamado – o que si quiere presentarse al casting de momia de Lenin aún le quedan algunas operaciones de cirugía plástica antes de que le den el papel.
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11 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
La revolución silenciosa
La revolución silenciosa (2018)
  • 7,1
    407
  • Alemania Lars Kraume
  • Jonas Dassler, Judith Engel, Tom Gramenz, Michael Gwisdek, ...
7
Un minuto de silencio o Una vida amordazada
Interesante película que refleja el calvario de vivir bajo las libérrimas y proletarias dictaduras comunistas durante la triste y omnisciente guerra fría, cuando el mundo parecía dividirse, como si fuera un axioma inapelable, en dos bloques antitéticos e irreconciliables: el capitalismo explotador y el comunismo redentor. Considerando que esta arbitraria definición de los dos bloques era una ponzoñosa falacia, impregnada por la propaganda liberticida que pretendía maquillar lo que en realidad era una lucha ideológica entre democracia y dictadura (sin epítetos rimbombantes) – y que aún hoy ensombrece los discursos de tantos políticos y periodistas que se dicen defensores de las clases y los pueblos oprimidos – nos encontramos con que denunciar lo que ocurrió entonces sigue siendo motivo de indignación, controversia y escarnio, como si no hubiéramos aprendido nada.

Quizás el mejor ejemplo de aquel despropósito lo podamos encontrar en el insalubre y delirante régimen inquisitorial de la ya extinta DDR, perfecta síntesis del peor nazismo y del atroz comunismo, creando una claustrofóbica aberración donde se enaltecía la delación y se glorificaba al estado policial, como baluarte de la defensa del nuevo orden proletario, donde ser hijo de un licenciado te cerraba, de forma automática, las puertas de la universidad (ya que había que humillar y destruir a las élites burguesas para así alcanzar el anhelado paraíso terrenal del trabajador manual u obrero), destruyendo así la clase media, encumbrando a las personas en función de su origen social y no por su capacitación o méritos. En vez de mimar y fomentar la igualdad de oportunidades de todos sus ciudadanos, se impedía progresar a los más aptos y se encumbraba a los más dóciles o a los más útiles. Cuando las decisiones se basan en prejuicios doctrinarios de cómo debería ser el mundo, la justicia deja paso a la venganza.

El director y guionista Lars Kraume se fija en lo que pudiera parecer una anécdota inocente pero que nos muestra la sinrazón de un Estado con delirio de persecución, donde toda disidencia quedaba proscrita, donde cualquier opinión se tomaba como afrenta al dogma establecido, donde pensar podía significar la anulación de los derechos civiles y la conculcación de la libertad, como prenda por edificar un sistema más justo, una sociedad más igualitaria. Pero cuando la retórica de los discursos enmascara la imposibilidad de tener criterio y de poderlo expresar en libertad, entonces estamos ante el advenimiento del terror, de la cárcel y del deshonor.

Quizás algo discursiva, sensiblera y simplista, aunque muy necesaria para no olvidarnos de dónde venimos y de que la libertad es un bien escaso y frágil que necesita ser cultivado y protegido si no queremos repetir los horrores del pasado.
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9 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sicario: El día del soldado
Sicario: El día del soldado (2018)
  • 6,6
    2.153
  • Estados Unidos Stefano Sollima
  • Benicio del Toro, Josh Brolin, Matthew Modine, Catherine Keener, ...
7
El mundo actual: ¿Legal o ilegal?
Como casi siempre, la Historia nos permite entender la relevancia de ciertos conceptos que quedan diluidos o han sido usurpados por la falaz buena voluntad de los populistas y chusma de similar calaña, más atentos a cómo debería ser el mundo (desde un punto de vista ético o moral), pero ignorando con ello cómo es el mundo en realidad y cómo funciona en la práctica. Me refiero al criterio de Ciudadanía en la Antigua Roma. Ser ciudadano romano (sólo los hombres, claro, ya que las mujeres eran una ‘clase inferior’) te permitía votar y también ser elegido para un cargo público, te permitía participar en las decisiones de la ciudad y en la vida pública de la misma, es decir, te otorgaba un estatus de privilegio con respecto a todos aquellos que no eran ciudadanos romanos. Era una forma de delimitar el ‘nosotros’ afortunado del ‘vosotros’ desventurado. Y por eso tantos trataban de adquirir dicha ciudadanía – por méritos bélicos o sociales, con dinero o por influencias – ya que les convertía en individuos de primera clase.

Ahora tenemos lo mismo aunque lo llamemos nacionalidad o ‘pasaporte’: somos de dónde nacemos o de dónde nacieron nuestros padres. Y eso lo condiciona todo. Pero ahora han surgido las mafias de personas que comercian con la necesidad de cientos de miles de personas que quieren entrar en el selecto club de los privilegiados por la puerta de atrás, es decir, con la inmigración ilegal, haciendo fortuna del infortunio de los demás. Pero cuando en vez de atajar los problemas en su origen se pretende igualar a todos vaciando el concepto de ‘ciudadanía’, entonces el caos más absoluto se adueña del mundo, al convertir la compasión televisiva en moneda de cambio fraudulenta que fomenta muertes, disensiones y xenofobias de imposible solución. Ni somos iguales ni podemos serlo; que quizás debiéramos de serlo en un mundo ‘más justo’ no quita que eliminando los derechos de unos, en realidad se los estamos arrebatando a todos, originado un torbellino de desatinos de consecuencias funestas.

Tras la apariencia de un convencional thriller fronterizo – con la lucha entre cárteles de narcos como telón de fondo – bulle implícita esta reflexión: ¿quién soy y adónde pertenezco? ¿A quién le debo lealtad y quiénes son mis verdaderos aliados o enemigos? Y cómo penosa reflexión actual, no existe moraleja, sino que todo depende del cristal con el que se mira. Ser bueno o malo ya no es una categoría moral, sino que queda determinado por el lado de la frontera en la que me encuentre en cada momento, siendo esto una realidad fluctuante y permeable, muchas veces subordinada al fajo de billetes que he aceptado o de la utilidad política o televisiva que le pueda sacar, ya sea en una votación inminente o en feroces ratings de audiencia. Hemos abandonado el mundo de la ética para adentrarnos en el fango de la inmundicia cochambrosa, es decir, la impura utilidad ponzoñosa del lucro político o crematístico.

Olvidémonos que esto pueda ser una secuela. Olvidémonos de qué ideología tengo (o debería tener). Olvidémonos de las nociones de justicia y equidad. Aquí lo relevante es la pregunta con que se cierra la cinta: “¿Quieres ser un sicario?”
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hereditary
Hereditary (2018)
  • 6,7
    7.344
  • Estados Unidos Ari Aster
  • Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff, Milly Shapiro, ...
6
Linaje
El cine de terror es un género esquivo y nada sencillo. Lo peor es que desde hace décadas se ha perdido de vista que lo más importante para alcanzar el éxito es sugerir o velar todo aquello que no se muestra en pantalla o insinuar tan sólo lo que queda fuera de campo para reforzar nuestra imaginación delirante y desbocar nuestros temores y aprensiones ante lo que quizás, tal vez, podría haber pero no tenemos la certeza de si existe o de si está o de si tan siquiera llegará a manifestarse (o no). Se ha perdido por completo la brújula de la sugerencia o de la insinuación, sucumbiendo al gore más obtuso y la proliferación sanguinolenta más insípida. Quizás el predominio avasallador de los efectos especiales y el acopio redundante de indignos soniquetes de barraca de feria han devastado la inteligencia y pauperizado las propuestas. O que ya nadie se toma en serio las reglas básicas para generar el horror.

Por todo ello, quizás lo que llame más la atención de esta obra del primerizo director de largometrajes Ari Aster (también guionista) sea que se tome la molestia de haberse mirado – con provecho – las mejores muestras del cine clásico, aunque sin renunciar a los aquelarres falleros más funestos y fastidiosos que nos anegan. Al menos trata de elaborar una síntesis provechosa entre lo antiguo y lo moderno, sin dejar títere con cabeza ni proponer nada novedoso, pero habiéndose al menos esforzado en crear algo más que un mero calco insípido y macilento. En definitiva: ¿merece esta cinta los elogios unánimes o los ditirambos despistados de todos aquellos que la elogian? A buen seguro que no. Pero es verdad que dignifica, al menos, la lúgubre historia reciente de un género en franca decadencia.

Lo mejor estriba en el montaje y puesta en escena de la historia que nos ofrece, con unos personajes interesantes y una historia inquietante, mucho mejor en su primera mitad que en su insípido y truculento desenlace, tanto mejor cuando sugiere y no tanto cuando nos muestra lo que en realidad se esconde tras las bambalinas de la oxidada tramoya grandilocuente. Quizás se deba a que le falte pericia en la elaboración del guion, creyendo que un buen punto de partida le asegura, a la fuerza, un final exitoso e inapelable. Pero nada más lejos de ser cierto: cuando tienes que recurrir a coincidencias, arbitrariedades y manipulaciones para encajar las piezas del rompecabezas, queda poco espacio para la disculpa o la indulgencia.

Contar con unos actores ajustados siempre es un buen aval. La presencia de una turbadora Toni Collette es una reconfortante garantía; lo mismo cabe decir del veterano Gabriel Byrne. Imperfecta, sugerente y perturbadora – aunque algo aparatosa.
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17 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
En la playa de Chesil
En la playa de Chesil (2017)
  • 6,4
    495
  • Reino Unido Dominic Cooke
  • Saoirse Ronan, Billy Howle, Emily Watson, Anne-Marie Duff, ...
8
Naufragio del amor
Saber y no saber. Poder y no poder. Querer y no perdonar… Soy un admirador casi incondicional de las novelas de Ian McEwan, uno de los grandes escritores contemporáneos británicos. Y aquí además firma el guion y produce la adaptación de su obra, lo cual despertaba aún más mi curiosidad, ya que me parecía muy difícil llevarla al cine por su mínima trama que se limitaba a unas pocas horas, a un momento muy preciso en la vida de dos jóvenes enamorados que se enfrentan a la consumación de su anhelado matrimonio tras la nada evidente boda que acababan de sellar. Lo más importante es recordar que estamos en 1962, en la imperceptible frontera entre la revolución sexual y la mojigatería verbal, en la orilla entre la sinceridad absoluta y las elipsis bienintencionadas y turbadoras.

Chico conoce chica. Se exploran, reconocen y enamoran. Parecen hechos el uno para el otro pese a sus procedencias dispares y sus anhelos diversos. Se casan. Y fracasan ¿o no? La importancia de las palabras – las que se dicen y las que se callan – cobra aquí un protagonismo agresivo y esencial… y nos confronta con el límite de lo que podemos aceptar, comprender o disculpar, siendo un opaco arcano que puede tener unas consecuencias irreversibles. Creemos saber lo que somos capaces de admitir y cuando nuestras propias inseguridades y aspiraciones nos impiden ver el sufrimiento del otro estamos abocados a la incomunicación y la soledad. A veces habría bastado poner freno a nuestra vehemencia o a nuestro despecho o a nuestra frustración; a veces habríamos necesitado algo más de empatía o de indulgencia para ser capaces de entender lo que nos queda demasiado remoto como para abrazarlo sin reservas; a veces naufragamos porque lo queremos todo ahora y ya.

Y las consecuencias de nuestros actos son una sombra densa y pesada que nubla nuestros deseos y tuerce nuestro destino. Cuando no basta con el amor quizás debamos confiar más en la escucha del corazón herido del otro o debamos sosegar la urgencia de nuestro corazón dolido antes de actuar por despecho o por ira, siempre malas consejeras que nos abocan al abismo del rechazo y del egoísmo. Creemos tener razón y nos avala nuestro resentimiento y nuestra furia, sin darnos cuenta que erigimos una muralla infranqueable con la que edificamos nuestro fracaso y sellamos nuestra tumba en vida. Hemos llegado al momento de la desnudez más absoluta, mostrando nuestra vulnerabilidad y penurias, pero somos incapaces de tender una mano auxiliadora por orgullo o por rencor… y zozobramos.

Impresionante actuación de Saoirse Ronan, modélico guion y sutil y envolvente puesta en escena. Pero no gustará a los idólatras de lo inmediato.
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18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Western
Western (2017)
  • 6,6
    503
  • Alemania Valeska Grisebach
  • Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Waldemar Zang, Detlef Schaich
7
Frontera
Una poco conocida directora y guionista alemana, Valeska Grisebach, nos ofrece un insólito e inesperado relato sobre las relaciones humanas – de buena y mala vecindad – en los confines de la ‘opulenta’ Europa actual (a la que, por otra parte, riadas de personas, sobre todo provenientes de África o de Asia, tratan de llegar a cualquier precio y con notorio peligro para sus vidas, como si se tratara del anhelado edén terrenal o de la soñada El Dorado del siglo XXI). Aquí no hay brillos ni oropeles, no hay tesoros ni riquezas, tan sólo un duro y polvoriento quehacer diario, aderezado con enfrentamientos entre connacionales extranjeros y oriundos recelosos por la presencia de esos trabajadores provenientes de la acaudalada Alemania, que tratan de realizar su trabajo sin saber muy bien el porqué de tanta suspicacia y tanto rechazo. Por lo tanto, nos habla de la arraigada dificultad universal de comunicarse entre las personas cuando existe el aparente obstáculo de un idioma que les separa y de una situación sobrevenida que les incomoda, lo cual se refleja en un rechazo instintivo y vehemente que complica cualquier aproximación.

Aunque más allá de la división cultural o étnica se van abriendo espacios de comunicación y entendimiento entre algunas personas, entre aquellos que realmente buscan confraternizar, comprender y convivir, es decir, entre aquellos que no se fijan en tabúes divisorios sino que se centran en relacionarse como personas y no como una etiqueta o colectivo receloso, sino que busca entender, descifrar el lado humano de sus semejantes, acercándose a ellos sin la mirada turbia ni el comportamiento intoxicado por los prejuicios y la sinrazón. Sólo cuando se tiene el corazón limpio y la mente despejada queda espacio para la comprensión y la camaradería, más allá de diferencias idiomáticas o culturales, más allá de lindes artificiosos que han socavado la convivencia y sembrado de cadáveres los vetustos eriales de nuestra historia. Nada nuevo pero siempre necesario y reparador: entenderse nace de la voluntad de discernir y no del afán de hegemonía o de llevar la razón.

Visionar la película no resulta ni gratificante ni conciliador, requiere más bien un esfuerzo áspero y espinoso como los inhóspitos y pedregosos parajes que habitan sus protagonistas. La violencia late soterrada a cada paso y el peligro parece empañar cualquier acto, por inocente o trivial que pudiera parecer. Pero al mismo tiempo somos testigos de cómo, poco a poco, se abren las compuertas al intercambio de afectos y la construcción de unos lazos de hermandad que parecían imposibles al principio. Pero sólo para aquellos que han tratado desde el inicio a construir puentes y cimentar apegos.

Poco recomendable para los talibanes de la pureza de sangre o para vocingleros del nacionalismo.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con amor, Simon
Con amor, Simon (2018)
  • 6,7
    2.973
  • Estados Unidos Greg Berlanti
  • Nick Robinson, Jennifer Garner, Josh Duhamel, Katherine Langford, ...
7
Secretos y mentiras
Volver la vista atrás puede llevarnos a la nostalgia del edén perdido… pero a también a la rabia de las dificultades y de los sinsabores que tuvimos que soportar cuando entonces. Y si bien esta tragicomedia está sobrecargada del más adocenado y banal tufillo del trivial género de adolescentes norteamericano – tecnicolor inmaculado, brillantez hedionda, optimismo ingenuo y desbordado – está también barnizada de cierto tono reivindicativo de la ‘normalidad diferente’ que la hace relucir con luz propia. Y con justicia. Cuando el cine de consumo de Hollywood – en uno de sus géneros más rancios y purulentos – abraza con normalidad, respeto y sincera empatía la reivindicación de la identidad gay de un adolescente empanado… entonces es que estamos en el buen camino de la tolerancia.

Pero esta entrañable película es bastante más que la demostración palmaria que lo gay no sólo se ‘tolera’ sino que se entiende como una forma de ser distinta pero igual de respetable que cualquier otra, aunque hasta hace no tanto tiempo se pudiera abocar al suicidio (o el asesinato) de algunos adolescente por la fobia visceral que ciertos cromañones vocingleros y anacrónicos pudieran hacerles pasar las de Caín – con sus actitudes de odio y persecución – a compañeros más frágiles e inseguros que ellos, tal y como ocurrió, por ejemplo, con el estudiante Matthew Shepard (1976-1998) en Wyoming, que fue apaleado, torturado y asesinado por unos furibundos neandertales ‘heteros’, armados de antipatía, aversión y estacas por el mero hecho de que su víctima era un gay pacífico e indefenso. En apenas veinte años hemos pasado de lo más negro al más refulgente rosa sin apenas tener que pestañear (ni ponernos rímel). Ojalá no se detenga nunca esta venturosa evolución.

Familia inmaculada. Problemas de catálogo de IKEA (montables y desmontables con garbo, soltura e intrascendencia). Amistades, relaciones y amoríos tan endulzados como rezumantes de golosa nata, recubiertos de sirope de fresa y ‘toppping’ de ositos de goma multicolores (o ‘Arco Iris’ para variar). Sin embargo, lo realmente reseñable es el modélico guión escrito por Elizabeth Berger e Isaac Aptaker, que sirviéndose del más trivial catálogo de personajes que pueblan estas comedias bufas y banales, consiguen revestir a todos los protagonistas con una envoltura acorazada de autenticidad que sorprende y reconforta, dotando a los diálogos de una inesperada hondura y honestidad que conmueve. Sería fácil desmontar o despreciar la película, tirándola al cubo de la basura de los productos de consumo frívolo, pero sería injusto: tiene algo que decirnos y lo hace con gracia, sencillez y simpatía.

Todos los actores resultan encantadores y entonados, pero sobre todo merecen destacarse a los padres (Jennifer Garner y Josh Duhamel), al hijo (Nick Robinson) y al Espíritu Santo (Keiynan Lonsdale).
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10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
El repostero de Berlín
El repostero de Berlín (2017)
  • 6,8
    364
  • Alemania Ofir Raul Graizer
  • Zohar Shtrauss, Sarah Adler, Tim Kalkhof, Roy Miller, ...
7
La bombonería del amor
A veces, cuando leemos la sinopsis de una película tenemos la impresión que su contenido bordea el ridículo o transita la delgada frontera entre lo aceptable y lo inverosímil. Pero luego, cuando visionamos la cinta, nos llevamos una sorpresa al comprobar que estamos asistiendo a un ejercicio de equilibrio entre lo increíble y lo posible, configurando un mundo lleno de recovecos intransitados que nos iluminan recodos brumosos e inexplorados del alma humana, convirtiéndonos en personas más complejas y completas de lo que pudiéramos imaginar. Esto es el caso de este filme germano-israelí que nos adentra en un raro entramado de amores y querencias que nos permite alcanzar la cuadratura del círculo, asistiendo a un relato lleno de sutiles recetas que nos sorprenden a cada paso.

Estamos ante un inusual triángulo amoroso donde el tercer vértice permanece oculto durante el metraje y, sin embargo, está presente durante el paciente y medido horneado que presenciamos. Dos hombres, una mujer y un hombre, un hombre y una mujer. Variaciones sobre un mismo tema que van moldeando una bollería íntima e insondable donde lo más relevante ocurre fuera de campo (un accidente mortal, la discusión de un matrimonio que se resquebraja, la – ¿reconciliación? – improbable de unos enamorados, los numerosos viajes que jalonan el recorrido) pero en todo momento tememos que el paciente equilibrio del apunte o esbozo se interrumpa y malogre por la intransigencia o por los prejuicios o por el fanatismo trasnochado de unos pocos… o de nosotros mismos. Los lugares adquieren así la simbología del refugio, del hogar, de la calidez y del amparo; las personas nos limitamos a ser el vehículo a través del cual se manifiesta el amor.

Quien quiera paladear certezas o verdades absolutas se equivocará de elección. Aquí no asistimos a la enésima copia de lo ya conocido, sino que se nos propone ir amasando unos ingredientes fértiles y novedosos donde debemos desnudarnos con humildad y deferencia de todos nuestros tabúes y convencionalismos para adentrarnos en la espesura de la vida, con sus lamparones, sus yerros, sus embustes y sus suciedades. Quizás no alcancemos a degustar – ni tan siquiera a vislumbrar – la felicidad, pero al menos nos habremos atrevido a emprender un camino que nos hará más sabios o más comprensivos o más respetuosos. No caben soluciones o respuestas sencillas ante problemas complejos: solo nos queda emprender un viaje que quizás nos lleve a Ítaca o quizás al infortunio.

Sarah Adler es una actriz soberbia y en su rostro se entrelazan el desconsuelo y la esperanza. Y el impertérrito semblante de Tim Kalkhof nos proporciona una caja de resonancia admirable donde escrutar la complejidad de la existencia. Exiguos mimbres para una exquisita golosina.
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8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Jurassic World: El reino caído
Jurassic World: El reino caído (2018)
  • 5,9
    13.169
  • Estados Unidos J.A. Bayona
  • Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, ...
5
Han clonado la ilusión de una copia de un ADN desvaído
¿Amena? A ratos. ¿Muy bien dirigida? Sin duda. ¿Interesante? Pues no.

Produce rabia, fatiga y frustración ver cómo se invierten sumas ingentes de dinero en onerosos productos innecesarios con el único propósito de hacer caja en la taquilla y pasar de inmediato al olvido más estrepitoso y justificado. Y quizás sea de justicia admitir que entretiene bastante, mucho más durante su primera hora donde parece que se nos quiere relatar, dándole la vuelta al calcetín, algo interesante, pero que se desmorona durante la segunda hora al hacer uso del efectismo más industrial y adocenado. Por ello, es probable que lleve en el pecado de mi ingenuidad – por ir a ver este refrito redundante y baladí – inscrito la penitencia de creer que se puede innovar o sorprender con un atronador artículo de mercadotecnia. Pero la esperanza es lo último que se pierde y por ello me gusta ir sin juicios previos al cine para dejarme sorprender (o no) por cómo un director europeo – español y catalán para más señas – enfoca una superproducción de estas características.

Quizás todos soñemos con recobrar la quimera de una infancia ya para siempre extraviada y añosa y para consolarnos retornamos como crédulos zoquetes a parajes que la memoria conserva congelados y cubiertos de ensueño como si fueran paraísos indelebles a los que hubiera que venerar por terca obligación, aunque sean sólo unos recuerdos que el tiempo ha acicalado y la insalvable distancia ha dotado de un brillo que nunca tuvieron en su momento. Evocar el pasado – que pocas veces fue mejor y a buen seguro que fue distinto – es un recurso recurrente del cine, que canibaliza cualquier rancia bisutería con el objeto de traernos a la memoria sensaciones y emociones que tuvieron alguna relevancia en nuestras distraídas vidas. Reconocer se vuelve así sinónimo de conocer, renunciando a enjuiciar de nuevo lo que ya mantenemos etiquetado en el desván de los anales, resignándonos con aburridas repeticiones aunque tan sólo avistemos un erial emperifollado.

Desmenuzar este filme resulta superfluo. Nos encontramos con lo previsible: unos efectos especiales estruendosos e intachables, una fotografía tan vistosa como vacua, unos monstruos que basculan entre lo entrañable y lo horripilante, unos actores tan competentes como desaprovechados (mención especial merece una efímera Geraldine Chaplin, que dota de emoción y consistencia a un personaje marginal que desaparece de golpe). Entre lo peor: un guion que sondea ideas sugerentes pero que se amedrenta y lo echa a perder recurriendo al alboroto y furor del escombro, la pobrísima música de Michael Giacchino, y – sobre todo – el pésimo aquelarre facial al que se ha sometido Bryce Dallas Howard, que horripila más que las fieras.
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6 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sweet Country
Sweet Country (2017)
  • 6,6
    302
  • Australia Warwick Thornton
  • Hamilton Morris, Bryan Brown, Sam Neill, Thomas M. Wright, ...
7
Áspero Enclave
Retomar el género del western pudiera parecer un acto de nostalgia o escapismo, pero revitalizarlo, renovando sus entrañas con tanto mimo como respeto es una labor digna de elogio que merece ser resaltada. Esto es el caso del presente filme que evoca las cintas de vaqueros del Hollywood clásico pero añadiendo un brioso discurso autocrítico que lo convierten en una rareza llena de audacia y rabia. Estamos en Australia, años veinte del pasado siglo, pero sólo la alusión velada a la Gran Guerra Europea (luego llamada I Guerra Mundial) nos permite determinar la época. Y como todo país colonizado por los desteñidos europeos y con una milenaria población autóctona aborigen, el rechazo, desprecio y vejación con la que los invasores agravian a los nativos nos recuerda que todos somos culpables de unas actitudes arrogantes y racistas, por demasiado tiempo consideradas ‘normales’.

Negar la evidencia de esa infausta y perseverante ignominia visceral nos llevaría a repetir los errores del pasado. Por ello lo que podría parecer una cinta localista se erige así en una pertinente acusación intemporal contra todos aquellos que se creen superiores e inmaculados, recordándonos que la fraternidad y la compasión son tan humanas como cicateras y que conviene acordarse de dónde venimos para no tropezar de nuevo en la misma piedra de la infamia. Basta con que un nativo mate a un blanco para que el ‘sentir popular’ lo quiera linchar sin más, obviando los detalles y disquisiciones de leguleyo que permitan determinar su grado de culpabilidad o los motivos exactos de semejante suceso. Este es el meollo del relato: mostrarnos una sociedad escindida entre ‘nosotros’ los buenos por la gracia divina y los odiosos ‘otros’ criminales por naturaleza y pigmentación de la piel.

Además nos propone un recorrido punzante y nada benévolo – aunque quizás algo premioso – sobre un paisaje tan lejano como severo, tan inhóspito como rudo, es decir, de la Australia ‘profunda’ alejada tanto de las metrópolis bulliciosas como de las leyes que oficialmente rigen esos recónditos territorios quizás ya ‘independientes’ pero tanto entonces como ahora bajo el dominio de la áurea corona británica. Pocas veces se ha visto tan bien retratado el complicado tema de la justicia humana como en esta agreste propuesta a trasmano de fatigados tópicos al uso. Y al cubrir su inequívoco discurso antirracista en un envoltorio insólito y remoto nos permita apreciar mejor el esfuerzo que requiere construir un mundo cabal y recto en la bárbara lontananza de la periferia, donde impera la ley del talión.

Es admirable la reconstrucción de una época pasada y, sin embargo, aún próxima. Y aunque el ritmo demasiado moroso – elegido de forma consciente – pueda desafiar nuestra paciencia, el resultado final es encomiable y desolador.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lucky
Lucky (2017)
  • 7,2
    3.423
  • Estados Unidos John Carroll Lynch
  • Harry Dean Stanton, Ed Begley Jr., Beth Grant, James Darren, ...
8
Predicando en el desierto
Podría titularse, si no se interpretara como un demérito, ‘El paso de la tortuga’ pero también y quizás con mayor elegancia – rememorando la famosa canción versionada por Simon and Garfunkel – ‘El cóndor pasa’. Porque si algo sucede en esta austera e independiente cinta norteamericana es el inexorable paso del tiempo, sin que en apariencia nada relevante ocurra, pero con el convencimiento de que todo lo que se ve es fruto de la atenta mirada del director primerizo – y veterano actor secundario – John Carroll Lynch. Quizás se trate de una de esas raras ocasiones donde es difícil recoger por escrito un fiel compendio de lo que la película propone y ofrece, ya que su gusto por el minimalismo formal y estético hace muy difícil verter en palabras lo que tan sólo son sensaciones muy personales. Además se trata de una historia que bien pudiera espantar del cine a muchos espectadores inadvertidos, mientras que sólo unos pocos sabrán paladear el placer de su estática inacción aparente.

Elegir a un personaje protagonista de 90 años ya es una excentricidad y un atrevimiento en un mundo engullido por la glorificación nauseabunda de la juventud, de la inmediatez y de la urgencia. Retratarlo con cariño pero sin adornarlo con ninguna característica entrañable o encantadora que lo convierta en un peluche atrayente o prodigioso es todo un reto al alcance de muy pocos. Y ésta es, con seguridad, la mayor virtud de esta curiosa obra desolada: retratar la rigidez, llaneza y monotonía de la vida vulgar y modesta de un anciano lobo solitario sin caer en ñoñerías ni afectación alguna, centrándose en lo esencial, a saber, la dignidad de un ser humano cabal e íntegro que ha forjado una existencia al margen de las convenciones y de las modas con el único objetivo de completar sus días con sencillez e integridad y, sobre todo, sin lamentar tampoco nada de su extenso y humilde recorrido vital.

La cinta – a poco que nos atrevamos a desentrañar la dádiva que se nos brinda – tiene un encanto hondo, secreto y sutil que la hacen brillar más allá del árido horizonte que retrata, tan alejado del bullicio codicioso como de la adoración a ídolos de barro. Para muestra un botón: la turbadora e impresionante interpretación que lleva a cabo Harry Dean Stanton del clásico de Vicente Fernández ‘Volver, Volver’ que nos recuerda que no se requiere de un vozarrón o de ocultarse tras ninguna floritura jacarandosa para conmovernos en lo más íntimo del alma.

Y es de justicia señalar que además contiene una indeleble actuación – cerrando con un broche de oro su extensa filmografía – de un excelso Harry Dean Stanton. Atreverse con esta alhaja es como recobrar la inocencia.
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13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Disobedience
Disobedience (2017)
  • 6,6
    1.236
  • Reino Unido Sebastián Lelio
  • Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola, David Olawale Ayinde, ...
6
Insumisión
Las tres últimas películas que he visto dirigidas por el chileno Sebastián Lelio, tienen dos rasgos destacables en común: por una parte contienen una potente interpretación de su actriz protagonista – en este caso, por parte del apasionado dúo de heroínas – pero al mismo tiempo adolecen de un guión farragoso e inconsistente donde las cosas ocurren porque así lo decide el demiúrgico guionista que mueve los liados hilos, desmintiendo la lógica interna de sus personajes así como del devenir de la trama que en apariencia se nos propone. El resultado final acaba estando, por lo tanto, por debajo de las interesantes expectativas iniciales suscitadas, pero disimulado bajo una carpintería brillante, sugerente y ampulosa, buscando una complicidad que se ve abortada con el desenlace arbitrario que nos lleva a presenciar una conclusión que cuestiona y debilita lo que hemos estado visionando hasta ese momento con engrasada fluidez. O casi.

Estamos ante un relato polifónico donde por una parte se nos presenta la cotidianeidad en una comunidad judía ortodoxa radicada en el Reino Unido, así como los efectos devastadores y contrapuestos que dicha claustrofóbica existencia tiene sobre dos mujeres que contravienen la fidelidad a unas normas sexuales milenarias que obligan al sometimiento y a la anulación de la voluntad personal en favor de una acartonada obediencia a los dictados rabínicos más rancios. Esta misma historia la hemos vista enmarcada en otras culturas y geografías, por ello el cambio radica en el delicado mimo por el detalle y la veracidad en la reconstrucción de una sociedad endogámica, por completo contemporánea pero alejada de la realidad más inmediata, ayuna de compasión y de empatía, cegada por el acatamiento de preceptos y leyes que no han sido revisados en milenios.

Lo novedoso viene dado por la mirada bondadosa con que se envuelve el relato, dejando claro quién cuenta con la simpatía y apoyo del guionista y director – sus desdichadas protagonistas femeninas – y quién debe ser denunciado por anticuado y caduco – es decir, el colectivo cavernoso que retrata. Pero es justamente ese planteamiento maniqueo y mañoso, por muy de acuerdo que el espectador pueda estar con el fondo de la cuestión, lo que debilita y domestica la narración, ya que exige al espectador una toma de postura unívoca y sin fisuras hacia las víctimas, no dejándole ninguna libertad a la hora de enjuiciar lo que se está viendo. Es decir, estamos ante una cinta de tesis, donde se pregona la libertad individual el tiempo que se censura la disensión de dicho mandamiento. ¿Contradictorio, no?

Sin embargo, las espléndidas interpretaciones de Rachel Weisz y Rachel McAdams – muy bien arropadas por Alessandro Nivola – nos hace olvidar las deficiencias del planteamiento y nos sumergen en el torbellino propuesto sin apenas resistencia.
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10 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Caras y lugares
Caras y lugares (2017)
  • 7,4
    1.247
  • Francia Agnès Varda, Jean René
  • Documentary, Jean-Luc Godard, Jean René, Laurent Levesque, ...
8
Quiero hacer algo sólo para ti
La directora belga Agnès Varda lleva el cine en las venas. Con más de medio centenar de películas a sus espaldas, se mantiene lozana y creativa tras más de 60 años en activo y además estuvo casada hasta su muerte con el conocido director francés Jacques Demy (1931-1990). Sin embargo, creo que hasta la fecha no había visto ninguna de sus obras y ahora siento curiosidad de bucear en su filmografía repleta de títulos prestigiosos. Su última pieza, este delicioso documental, tan sencillo como fascinante, lo ha codirigido junto con el fotógrafo JR – 55 años más joven que ella – demostrando que se puede elaborar una obra interesante cuando se tiene algo singular que contar.

¿Pero qué se nos muestra aquí? Creo que lo más relevante es que se nos propone ver en directo el proceso creativo de dos artistas mientras recorremos ciertos pueblos y emplazamientos que vemos transformarse, como por arte de magia, por la inventiva y presencia de estos dos artistas singulares. Algunas entrevistas de personas anónimas se complementan con la elaboración de creaciones artísticas de JR mientras que la cámara de Varda va recogiendo todas las fases de la metamorfosis de ciertos espacios públicos elegidos con tanto tino como sensibilidad que sorprende tanto como cautiva. La intención no es crear instalaciones que resistan el paso del tiempo, sino que su intrínseca fugacidad es parte de su naturaleza esencial.

Todo fluye con naturalidad y sin énfasis, sin dar importancia a lo que estamos viendo, pero acaba configurando un retablo sugerente donde arte y vida van entrelazándose con frescura y campechanía, formando un conjunto armonioso de una delicadeza peculiar. Además consigue captar algunos momentos emocionantes que nos llegan al corazón con una fuerza y carga de profundidad inesperadas. Por ejemplo, el tañido de unas campanas, la visita a la abuela centenaria del codirector y fotógrafo donde la mirada de esa anciana mujer nos desvela todo el amor que siente hacia su nieto, el desplante grosero y prepotente al que Jean-Luc Godard somete a su supuesta amiga de tantos años y complicidades Agnès Varda, que no puede ni quiere disimular la emoción y el dolor que le causa con las pocas palabras que deja escritas en el cristal de su infranqueable caserón, o ese gesto postrero lleno de empatía y cariño de que hace gala JR para atemperar el disgusto y las lágrimas de su compañera ante la infamante afrenta y vejación a la que ha sido sometida… Y la elegancia y respeto con que la cámara recoge ese gesto de cortesía y amor.

Estamos ante una pequeña gran obra de una sencillez engañosa que nos muestra que la belleza reside en nuestra propia mirada.
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10 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil