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Críticas de antonalva
Críticas ordenadas por:
La casa de Jack
La casa de Jack (2018)
  • 6,7
    3.414
  • Dinamarca Lars von Trier
  • Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keough, ...
7
La vanidad de Satán
El director Lars von Trier es un alborotador. Sus obras suelen ser perversos mecanismos que causan incomodidad y llevan al espectador hasta los límites de su resistencia o tolerancia – e incluso más allá. Tiene la corrosiva característica de hacerse odioso y meternos el dedo en el ojo (o en nuestra boca) hasta conseguir que desviemos la mirada o se nos revuelvan nuestras tripas hasta provocarnos el vómito. Lo que pudiera tomarse como un ejercicio de fatua hostilidad o un reto insolente a nuestra capacidad de aguante, deviene así en una forma de entender el arte: promover la antipatía visceral como envoltorio para contarnos sus historias, siempre al borde de lo tremendista o de lo excesivo, nunca tomando el camino más cómodo, sino explorando los más áridos recovecos como irrenunciable exigencia narrativa.

Con un estilo moroso, alejado de los apremiantes montajes del cine comercial, nos propone la radiografía de un psicópata irreductible, de un asesino en serie que, bajo la apariencia de un educado y circunspecto ingeniero con veleidades de arquitecto, se siente impelido a desafiar el convencionalismo de un respetable padre de familia y se dedica a matar a diestro y siniestro como si de un mero entretenimiento de caza se tratase. No se nos ahorran los crueles detalles de ninguna de sus hazañas, repletas de sangre, ironía y coincidencias brutales… lo cual le hacen creerse superior a los demás mortales y digno de un destino mejor en el que se cree hasta con fuerza y arrestos de desafiar al averno. No se trata tanto del qué se nos cuenta sino del cómo: Y la textura de los materiales elegidos presagia su propia caída.

No es plato para paladares gazmoños. Tampoco es propicio para estómagos acostumbrados a la sanguinolenta crueldad de la puesta en escena del dolor ajeno como espectáculo vivificante de la perversidad humana (siempre que ésta esté dirigida hacia los demás, pero nunca hacia nosotros mismos). Porque cada golpe, cada disparo, cada crimen se clava en la retina del atónito espectador alucinado, como si de una violación estomagante, repulsiva y atroz se tratase. Nos hace partícipes de unos hechos y unas consecuencias que son inaceptables, que censuramos sin reservas, que ni su incuestionable inteligencia ni su ofensiva capacidad de ironía convierten en soportables. ¿La brutalidad o el sadismo como una de las bellas artes? Con seguridad: No.

Como tibio consuelo queda el inapelable correctivo final. Triste y ofuscado balance para una historia tan repelente como bien trazada, tan aborrecible como irritante. Buen cine que, una vez padecido con horror, permanecerá en el congelador del olvido.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
High Life
High Life (2018)
  • 5,9
    709
  • Francia Claire Denis
  • Robert Pattinson, Juliette Binoche, Mia Goth, André Benjamin, ...
6
Vida Empantanada
Creo que una de las más encomiables características del buen cine es ser capaces de concebir y eregir un mundo imaginado – ya esté ubicado en el pasado, en el presente o en un futuro incierto – y hacerlo pasar por indiscutible o al menos por veraz y verosímil, en donde se pueden llegar a suspender las reglas y leyes que nos atan a la tediosa realidad que nos envuelve y engulle por doquier. Y quizás sea ésta la mayor virtud de esta cinta francesa rodada en inglés: nos propone una distopia futurista que no por atroz e inhumana deja de tener su molesta credibilidad. No resulta una experiencia ni agradable ni indulgente para con el espectador, pero quizás más por las crueles posibilidades que presagia y no tanto porque lo que vemos sea absurdo o delirante.

Nos enfrentamos con una fábula alejada de la ciencia ficción hollywoodiense, aunque en su tosca y precaria verosimilitud – que nos remite más al feísmo intimista de Alien que a la bullanguera espectacularidad de Star Wars – prime la mugre, el fatalismo y la monotonía sobre la fastuosa megalomanía de los efectos especiales de batallas y mutantes. El individuo puede estar, en apariencia, al mando, pero en verdad es esclavo de una tecnología que lo arrolla y doblega hasta convertirlo en una marioneta quebrada, en una molesta y onerosa cobaya caduca. El pesimismo visceral que impregna las imágenes nos debiera servir de recordatorio que todo ser humano tiene unos derechos que deben ser respetados y salvaguardados, sin que puedan ser menoscabados o atropellados por lo que pueda llegar a decidir una mayoría, por muy democrática que ésta diga ser.

Claire Denis nos propone una desoladora reflexión travestida de pesadilla futurista sobre la deshumanización del presente – aunque en apariencia nos hable del futuro y nos ubique en una cochambrosa nave espacial tan alejada de la tierra como de cualquier paraíso utópico, tan ajena a la compasión como a la misericordia. El hombre es lobo para el hombre y nada mejor que pergeñar un relato que parece reflejarnos lo que podemos llegar a ser cuando en verdad no abandonamos en ningún momento el lodazal terrestre en el que apenas quedan atisbos de esperanza ni mentiras piadosas que contarnos. Vamos encaminados hacia un agujero negro que anulará cualquier promesa de redención.

Por su falta de optimismo y luminosidad, resulta una obra difícil de recomendar, pero abre un sinnúmero de espinosos interrogantes que resuenan, sin respuesta, en el vacío interestelar.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un día más con vida
Un día más con vida (2018)
  • 7,3
    1.090
  • Polonia Raúl de la Fuente, Damian Nenow
  • Animation, Miroslaw Haniszewski, Vergil J. Smith, Tomasz Zietek, ...
8
Un crepúsculo más de infamia
Las vivencias del periodista polaco Ryszard Kapuściński (1932-2007) da para un sinfín de películas, a cuál más brutal, dolorosa y atroz. Por ello es perfecta como punto de partida para bucear en una de las más largas y cruentas guerras fratricidas del siglo XX: la guerra civil que asoló de 1975 a 2002 a la excolonia portuguesa de Angola – y que prolongaba y multiplicaba lo que había sido su particular Guerra de Independencia (que se había dilatado durante casi tres feroces lustros) – con la intervención, entre otros muchos, de componentes cubanos, zaireños, sudafricanos, norteamericanos y soviéticos. La matanza – una de las múltiples manifestaciones de la infausta Guerra Fría que protagonizaron los dos bloques rivales en que se dividió el mundo tras el fin de la II Guerra Mundial – pasó tan inadvertida como casi todo lo que acontece en el continente africano, tan oscuro e impenetrable como su pasado y su futuro: desangrarse por unos ideales tan de prestado como equivocados, peones accesorios de un tablero repleto de comparsas y carente de interés para cualquiera que tuviera un ápice de decencia o de ecuanimidad.

Lo más lamentable es que Angola es un extenso territorio de casi 1.250.000 km² que posee abundantes y ricos yacimientos minerales y petrolíferos, aunque a pesar de ello, el nivel de vida de la mayor parte de los angoleños es muy bajo y, tantos sus índices de mortandad infantil como de expectativa de vida están, aún hoy, entre los peores del mundo, quedando la mayor parte de la riqueza nacional en manos de un porcentaje ínfimo de sus habitantes. Nada nuevo bajo el sol, pero especialmente doloroso cuando tanta lucha y tanta muerte pretendía instaurar un régimen marxista de justicia, igualdad y africanidad que les diferenciase de otras excolonias europeas. Este es el marco que refleja el relato que nos ocupa, los meses anteriores y posteriores a la ansiada independencia que se materializó en noviembre de 1975. Carnicería y desolación. Confusión y arbitrariedad.

Estamos ante una película que combina dibujos animados (para adultos) con imágenes reales, con entrevistas actuales a algunos de los protagonistas de aquel entonces, con fotografías de aquella infausta época y con textos del propio Kapuściński sacados de su crónica periodística de aquellos aciagos días y publicada en forma de libro en 1976. Sobrecoge comprobar que se haya derramado tanta sangre para alcanzar tan poco, tan penoso y tan ajado. Los humanos estamos agotados por la costumbre de tropezar una y otra vez sobre la misma piedra, sin aprender nada, sin comprender nada, sin enmendar nada. Somos animales de costumbres ancestrales, repetitivas e inquebrantables.

Destaca la inusitada agilidad del relato, desengañado y sin moralejas. Un aldabonazo inmisericorde.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Expediente 64: Los casos del departamento Q
Expediente 64: Los casos del departamento Q (2018)
  • 6,6
    314
  • Dinamarca Christoffer Boe
  • Nikolaj Lie Kaas, Fares Fares, Nicolas Bro, Anders Hove, ...
6
Q…ualquier tiempo pasado fue peor
Las hemerotecas (palabra que, a más de uno, acostumbrado a navegar por internet, le sonará a reliquia de un pasado remoto) están llenas de casos y sucesos sepultados, inverosímiles e incomprensibles que ahora nos hielan la sangre y nos ponen los pelos como escarpias. Pero debemos sopesar que lo que ahora nos parece normal no lo fue hace tan solo unos años y que debemos enjuiciar cada época considerando los valores morales y sociales predominantes en cada momento, diferenciando entre lo que ahora nos parece normal y admisible de lo que pudieron ser los criterios prevalentes en un pasado ni tan remoto ni tan alejado de nosotros como para considerarlo un agravio al sentido común o un insulto a nuestras creencias. Y también deberíamos saber que lo que ahora nos parece universal e inapelable, dejará de serlo en un futuro próximo, en que otros se llevarán las manos a la cabeza y nos tacharán de bestias, salvajes y palurdos.

Esta cinta policiaca danesa nos habla tanto del pasado como del presente, de las lacerantes actitudes habidas en otras épocas, de la tiranía de la venganza cuando nos han humillado, de cómo a veces nuestra imaginación es nuestra peor condena y nos cierra las puertas de la necesaria redención. Y las segundas oportunidades son casi siempre imposibles o no están al alcance de nuestra mano. Es decir, tras un envoltorio de thriller, nos encontramos con una exploración nada complaciente del pasado de un país tan encumbrado por el progreso como salpicado por el sarampión de la superioridad racial. Por lo tanto, nos enfrenta a los despojos morales de lo que todos los países de todas las latitudes han sufrido a lo largo del infausto siglo XX, lleno de ideas supremacistas y de leyes que ahora nos hacen sonrojar de vergüenza. Nadie estamos libre de culpa y por ello es necesario que volvamos la vista atrás y denunciemos todas aquellas conductas que nos hacían creer que tenemos lo que otros carecen: compasión y rectitud.

La trama es convencional, el desarrollo es algo simplón y sin garra, pero el tema – a poco que nos interese el mundo que habitamos – es de acuciante pertinencia. Las explicaciones son siempre las más verosímiles, pero desconocer nuestro pasado nos condena a repetirlo y por ello es digno de señalar que se haga un mínimo de autocrítica para reconciliarnos con la raza humana y concluir que la humildad siempre será nuestra mejor aliada.

En resumen, tiene más interés su exploración histórica que su desarrollo detectivesco y nos presenta escenarios que no por ignorados debemos de obviar ni arrojar al cajón del olvido. A destacar la labor de Fares Fares.
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3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Roma
Roma (2018)
  • 7,2
    15.925
  • México Alfonso Cuarón
  • Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Marco Graf, Diego Cortina Autrey, ...
9
Amor
De los engaños y espejismos de la vida nos damos cuenta tarde. Y cuando volvemos la vista atrás nos queda la amarga sensación de no haber sido capaces de leer e interpretar los detalles con suficiente atención o antelación. Hemos dejado que la inercia, el tesón o la ingenuidad fueran nuestra guía, cuando en realidad era tan solo una forma de mantener al macho al mando y a la hembra sometida. La consideración hacia tus semejantes es el único tesoro que debemos admirar y conservar. Lo demás son juegos vanos de artificio que nos nublan la vista y quiebran nuestra lucidez. Con estos mínimos elementos urde Alfonso Cuarón un tapiz sobre los pilares de nuestra existencia: el amor, de lo que nos hace humanos, de lo que nos aleja de las fieras, de lo que fortalece el clan y nos permite salvar las adversidades. Podemos llamarlo familia o tribu, pero lo esencial es el respeto hacia uno mismo y el cuidado apegado y sincero hacia todas las personas queridas.

El rasgo común con otra de las grandes películas del año – ‘Cold War’ de Pawel Pawlikowski – es el uso del blanco y negro para urdir el tapiz de la nostalgia que se nos propone. Lo que en la cinta polaca abarca quince años de relaciones, encuentros y desencuentros, en esta obra mexicana apenas cubre un año. Todo es más concentrado, más intenso, más volcánico y más íntimo. Es una apología del amor materno – ya sea consanguíneo o adoptado – que se convierte así en un elogio de la fuerza motriz de la civilización y de las relaciones humanas: la maternidad y sus múltiples cuidados y esfuerzos para sacar adelante a la prole, mientras el macho cachondo se entretiene en fertilizar y utilizar a cuanta mujer deseable y propicia que se cruza por su camino. Es la admiración hacia el desvelo y diligencia maternal perenne sobre el irascible e indiscriminado afán de preñar y desatender del macho cabrón. Y la premisa no resulta en absoluto forzada porque la realidad la desenmascara e ilustra con suficiente elocuencia.

No censura los defectos del varón, sino que ensalza las virtudes de la mujer: su afán titánico por el cuidado, por el respeto y los desvelos para dar continuidad a la raza humana y su linaje, cualquiera que sea la desdicha o circunstancia. Ellas son el sexo fuerte y la esencia de la familia. Ellas nos nutren, nos cobijan, nos protegen y nos sacan adelante. Luego ya nos encargaremos cada uno de nosotros por seguir nuestro propio camino y repetir aciertos o yerros según nuestras inclinaciones y apetencias. Pero es de bien nacidos ser agradecidos y por ello estamos ante una loa universal: un homenaje al seno materno.
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23 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil
Entre dos aguas
Entre dos aguas (2018)
  • 6,9
    817
  • España Isaki Lacuesta
  • Israel Gómez Romero, Francisco José Gómez Romero, Rocío Rendón, Yolanda Carmona, ...
7
A la deriva
En pocas ocasiones me ha costado tanto esfuerzo contemplar una obra tan a contracorriente como ésta que, sin embargo, me estaba gustando casi desde el inicio de su proyección. La calidad cinematográfica, en mi opinión, no se puede discutir, pero no resulta fácil dejarse cautivar por una historia llena de tiempos muertos, de fracasos, de decepciones y de paradojas que, en resumen, nos permite vernos reflejados como en un espejo deformante. La tristeza que impregna sus imágenes nos empapa por completo y nos engulle como un remolino fatal que arrambla con cuanto encuentra a su paso: nuestros recuerdos, nuestros sueños, nuestras esperanzas. Cuando parece que no hay futuro, tratamos de asirnos al edén perdido – nuestra infancia o adolescencia – cuando todo parecía aún posible y al alcance de la mano. Pero cuando hemos perdido el rumbo y zozobramos, ya no queda más que esperar que alguien o algo nos salve, porque ya no tenemos fuerzas y nos anega el pesimismo.

Lo mejor es la recreación de un escenario, una atmósfera, un colorido y una textura lleno de verdad y saturado de compasión hacia todos sus personajes. En ningún momento se juzga o condena, tan sólo se nos muestra el calamitoso y anodino devenir de unos seres heridos por el azar, zarandeados por el infortunio y agobiados por la dificultad de encontrar un trabajo legal con el que salir adelante o llegar a fin de mes sin dispendios ni lujos estrambóticos. No es por falta de voluntad ni por ninguna maldición siniestra. Y eso nos lleva a otra de las virtudes que jalonan el metraje: no pretende señalar con el dedo acusador a los posibles culpables, ni aspira a conocer las respuestas ni a pontificar sobre los problemas e incógnitas de la vida. Lo que vemos es lo que hay. Por ello es importante que el espectador complete el lienzo que se despliega ante él con sus conocimientos, conjeturas y reflexiones, ensamblando así las astillas de un jeroglífico apenas esbozado.

Lo menos afortunado – siendo una elección artística y estética adoptada con tanto rigor como honestidad – sea el ritmo moroso, las repeticiones banales o los pormenores insulsos. Todo ello pone a prueba la resistencia, complicidad y atención del espectador, ya que en ningún momento se facilita la empatía ni se permite un resquicio para la sensiblería o el apego. Se adopta la fría distancia del observador impasible que ni comenta, ni embellece, ni toma partido. Aunque también se podría razonar que tanta sequedad sarmentosa sea el mayor de sus tesoros.

Contiene algunas secuencias de inesperada hondura y belleza emocional. El brillo de lo poético se abre camino entre vertederos, desguaces y penurias. Fusionar semejante alhaja de contrastes es puro cine.
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9 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Viudas
Viudas (2018)
  • 6,3
    3.629
  • Reino Unido Steve McQueen
  • Viola Davis, Michelle Rodriguez, Elizabeth Debicki, Colin Farrell, ...
7
Vengadoras
Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un thriller de género tan convencional como bien ejecutado. Mucho más dinámico, entretenido, cautivador y vigoroso de lo que estamos habituados a visionar, con personajes que, si bien no se apartan de ciertos tópicos y brochazos al uso, consigue lo que se propone con una ligereza envidiable: divertir y satisfacer el gusto tanto del cinéfilo sibarita como del espectador común. Quizás su desdeñosa recepción crítica se deba más a las expectativas que se pudieran albergar al estar dirigida por el mimado icono del cine ‘trascendente’ Steve McQueen, que no por los estimables resultados que en realidad existen. Hay demasiados censores talibanes de las esencias del cine prestos a pontificar cómo debería ser lo que ven, en vez de valorar, sin juicios previos, lo que se les ofrece.

Estamos ante una atractiva pieza de cámara que subvierte las reglas del cine de acción. Por una parte, cuatro abigarrados machotes repletos de testosterona, por otra parte, sus cándidas parejas sentimentales, que viven de espaldas a los tejemanejes y latrocinios de sus cónyuges. Pero, una vez más, la vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes, por lo que un imprevisto desencadena la verdadera trama: tres de las ahora viudas deben enfrentarse a los obstáculos de su ingenuidad y tomar las riendas de su vida para no verse arrastradas por el precipicio de su necedad y sucumbir a las fatales consecuencias de los desmanes de sus varones. Esperar a que el tsunami te aniquile pudiera parecer la opción más acomodaticia, pero no hay nada que de más fuerza que querer reivindicarse ante las afrentas y atropellos padecidos. La ira como elixir reparador del duelo.

Gracias a un habilidoso guion que dosifica tanto la información como las sorpresas con estudiada eficacia, al tiempo que enmarca con claridad las caleidoscópicas circunstancias y permite entender y acompañar la evolución de todos sus personajes, la historia se despliega con vertiginosa astucia, convirtiendo al espectador en cómplice agradecido. Ya lo dice el refrán: quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón. No dejarse seducir por este juego de ingenio perverso sería una lástima, ya que combina crítica social, reprobación política y censura sexual con una destreza y hechizo embriagadores. Y con incisivas dosis de humor negro que hacen tambalear los conciliadores cimientos de cualquier ciudadano conformista. La venganza puede ser placentera, sobre todo si pensamos en nuestro propio resarcimiento y no perseguimos como único objetivo el mal ajeno.

Alabar el talento de la puesta en escena de Steve McQueen es de justicia. Pero su mayor logro es contar con un reparto modélico que nos hace disfrutar sin reservas. Sobre todo, Viola Davis, Elizabeth Debicki, Daniel Kaluuya y Robert Duvall.
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11 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tres caras
Tres caras (2018)
  • 6,7
    370
  • Irán Jafar Panahi
  • Jafar Panahi, Behnaz Jaffari, Maedeh Erteghaei, Narges Delaram, ...
8
Pasado, presente y futuro
Perseverar no es sinónimo de vencer, pero al menos permite desentrañar todo aquello que el discurso oficial – ya sea político o religioso – mantiene al margen, tratándolo de acallar, censurar y reprimir. El inmovilismo empecinado es un vicio recurrente de las ideologías más rancias y caducas, más acostumbradas a prohibir, denunciar y condenar que a permitir que las personas se emancipen y hagan uso de su libre albedrío y se responsabilicen por sí mismas de sus éxitos y fracasos, alejadas de las convenciones y los atavismos recalcitrantes. Pero cuando se cree tener la exclusiva de la VERDAD – ya sea revelada o doctrinaria – resulta tentador obligar a todos a seguir la única senda posible: o sometido o apestado.

Por eso se agradece tanto la mirada lúcida del iraní Jafar Panahi, ya que explora la vida cotidiana bajo la teocracia de los ayatolás con su acostumbrado tono mordaz y humilde elaboración técnica, entre el falso documental costumbrista y la afilada comedia rural. Todo queda reflejado como si estuviéramos asistiendo a una clase de antropología, dando voz a todos sus personajes, lo cual hace innecesario cualquier subrayado maniqueo o la tentación de poner una voz en off que comente lo que estamos viendo. Por la boca muere el pez… y no hay nada mejor que darle cuerda a la gente, con la que se acabarán colgando. Tras un acabado pobretón, realizado sin apenas recursos, late agazapado la más corrosiva de las denuncias: la realidad.

Estamos ante una propuesta que, en lo formal, está alejada del pulcro acabado al que el cine industrial nos tiene acostumbrado. Pero si entramos en este precario juego de privaciones, nos encontramos con una paulatina y sabrosa radiografía que nos desvela, a través de lo percibido, de la sugerencia, de lo que completamos con nuestra intuición, un mundo cerril y angosto, aislado por la terquedad rústica, oprimido por el sometimiento esclavo de la mujer y asfixiado por el devoto bucolismo labriego: ser mujer y tener voluntad propia es anatema. La historia no es sólo lo que presenciamos, sino también todo aquello que estamos invitados a concluir gracias a los comentarios y sobreentendidos de todos los personajes masculinos (ya que las féminas permanecen, serviles y sumisas, en un frugal y humillado segundo plano).

Por lo tanto, Jafar Panahi nos invita a sacar nuestras propias conclusiones sin esperar a que nos comente o explique los pormenores que se escapan a la vista. Así denuncia un mal universal: la hipocresía. Se adora a las actrices de los culebrones, pero se condena, por frívola, a una adolescente que quiere huir del pueblo para estudiar en Teherán y convertirse en artista. No hay nada más subversivo que dar voz a lo real.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
El veredicto (La ley del menor)
El veredicto (La ley del menor) (2017)
  • 6,2
    636
  • Reino Unido Richard Eyre
  • Emma Thompson, Stanley Tucci, Fionn Whitehead, Jason Watkins, ...
7
La duda
Aplicar, impasible, los preceptos legales no es siempre sinónimo de justicia. Sobre todo, cuando permanecemos abducidos por la urgencia de lo inmediato y persistimos en el hábito de lo prestigiado por el paso del tiempo y que sancionamos como inamovible y completado. Nada más falaz que creer que todo seguirá siendo siempre igual a lo que ya conocemos porque no conseguimos imaginar otra posibilidad. Cada caso particular merece ser tratado con mimo y dedicación, con la debida atención y cariño como si fuera único e irrepetible. Y en nuestra vida cotidiana deberíamos aplicar este mismo axioma: hoy nada es igual a cómo ayer lo fue, sino que está sometido a las mudanzas y alteraciones que el tiempo marca con su inexorable erosión y descuido. Creer cualquier otra cosa es mantenerse de espaldas a la realidad.

Una vez más, Ian McEwan nos propone, tanto en su novela original como en su guion adaptado, una historia en apariencia ordinaria que encubre abismos de desasosiego y ponzoña que van más allá de lo evidente. Por una parte, tenemos un matrimonio de mediana edad, sin hijos, entre un profesor universitario y una juez cuya relación parece resentirse de la corrosión del tiempo y el orgullo. Por otra parte, un caso judicial de extrema urgencia: unos tercos padres, Testigos de Jehová, que niegan a su hijo adolescente una transfusión para facilitar el tratamiento contra la leucemia que lo está postrando en su lecho de muerte. Pero ambas historias se acaban cruzando hasta converger en una única, en la que las certezas de la inconmovible magistrada se ven socavadas, al tiempo que entabla una ambigua relación con el menor hospitalizado, que – una vez repuesto – busca su tutela y guía.

Sin embargo, ante la pregunta: ¿de qué va todo? cabe decir que no es unívoca. La ambigüedad puede causar inquietud en aquellos que necesitan certezas y ser llevados de la mano para evitar el temor o la incertidumbre. Pero, en mi opinión, ésta es una de las virtudes de la cinta, que no antepone las posibles respuestas ante la intranquilidad que su desarrollo nos puede ocasionar. Como personas libres que somos, debemos enfrentarnos a la turbación que se nos abre durante el desarrollo de la trama, sin dejarnos condicionar ni por lo que sabemos ni por lo que estamos viendo. Deberemos sacar nuestras propias conclusiones – y si no nos atrevemos a aceptar el envite, es que somos huérfanos del libre albedrío que tan alto pregonamos como, en lo íntimo y callado, podemos lamentar. Si la vida fuera fácil, ¿qué mérito o provecho habría en transitarla?

Resaltar la excelente interpretación de Emma Thompson. Y quien sepa todas las respuestas que oposite a demiurgo.
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9 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Guilty
The Guilty (2018)
  • 7,0
    2.248
  • Dinamarca Gustav Möller
  • Jakob Cedergren, Jessica Dinnage, Omar Shargawi, Johan Olsen, ...
8
Consejos vendo, que para mí no tengo
O bien: ‘Dime de qué presumes y te diré de qué careces’. Ya lo dejó escrito el novelista decimonónico Alphonse Karr: ‘Todo hombre tiene tres variedades de carácter: el que realmente tiene; el que aparenta, y el que cree tener.’ Es decir, estamos ante una obra que, si bien parece que nos brinda la exploración de un personaje que se desvive por ayudar a los demás, en realidad nos ofrece la radiografía de un ser incapaz de ayudarse a sí mismo y vive atormentado por la culpabilidad y la frustración. Todo ello oculto tras el ropaje de un conciso thriller sobre el asfixiante rapto de una mujer por su exmarido maltratador. Y si ‘las apariencias engañan’, entonces debemos estar atentos para atar los cabos sueltos que se van desvelando ante nosotros porque, como dijo ya en el Renacimiento Nicolás Maquiavelo: ‘Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos’.

El título original, Den skyldige, nos anuncia: hay un culpable. Pero aún desconocemos a qué infractor se está aludiendo y deberemos aguardar el desarrollo de la acuciante trama para saber de qué va todo el embrollo, sin dejarnos confundir por la urgencia de lo inmediato y sin despistarnos, porque los prejuicios son cegadores… Y ‘quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra’. Una llamada nocturna al servicio de emergencias 112 desencadena la intriga. Y otra llamada – no sabremos nunca a quién e ignoraremos su contenido – la cierra. Entre ambos hitos se despliega la vertiginosa crónica de un secuestro. Nunca veremos a la víctima ni a su verdugo, ya que permanecerán en un angustioso fuera de campo visual, del que tan solo nos llegarán palabras de congoja. Y serán las distintas voces que escuchamos las que hagan avanzar la acción hasta su desenlace.

Decir que el debutante director y coguionista hace trampas (u oculta información) es no darse cuenta de que estamos asistiendo a la dolorosa toma de conciencia y expiación de un crimen, que, como es habitual, permanecerá invisible a nuestros ojos. Porque, si somos avispados, se nos proponen dos relatos: el aparente y el real. El imaginado y el oculto. Queriendo resolver, contrarreloj, un apremiante crimen que se nos dice que se ha producido nos hace olvidar lo que con diáfana claridad estamos viendo: a un arisco y chulesco policía extralimitándose en sus atribuciones, embravecido por sus ansias de demostrar que sabe más que los demás y que es el único capaz de ayudar a la perjudicada. Asumiremos sus interpretaciones y desearemos que logre su vindicación.

Pero la verdadera historia permanece en todo momento perfectamente visible al espectador. Un único protagonista y una amarga agonía: la autopsia de una mentira.
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15 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una receta familiar
Una receta familiar (2018)
  • 6,2
    160
  • Singapur Eric Khoo
  • Tsuyoshi Ihara, Seiko Matsuda, Takumi Saito, Jeanette Aw, ...
6
Una fórmula aguachinada
Quizás lo más justo que se pueda decir de este menú asiático es que te permite saborearlo con apetito y glotonería e incluso llegue a conmover al paladar indulgente, aunque se le note un regusto meloso, fruto de una condimentación acaramelada y festivalera que, si bien no acaba de malograr el conjunto, resulta demasiado melindroso y complaciente. Es decir, las costuras de las buenas intenciones culinarias acaban siendo demasiado evidentes y, al final, el plato resultante se asemeja más a una cadena de comida rápida, por completo alejada de la alta cocina ‘fusión’ que pretende alcanzar. Siendo la primera película que veo proveniente de Singapur, no sé si esa equidistancia entre cocina autóctona y préstamos culinarios forasteros es un rasgo nacional o sólo fruto de esta simpática creación de bazar pintoresco.

Lo peor es un guion cuya estructura y progreso resulta demasiado rígido, anquilosado y evidente, como si se tuviera miedo de dejar que los atribulados personajes se desenvolvieran con libertad por una trama que se va desvelando poco a poco, pero que desde un comienzo estaba trazada con tiralíneas y sin posibles sorpresas incómodas. Sin embargo, lo mejor para un espectador occidental – como es mi caso – es que te permite obtener información sobre una remota parte del mundo y las consecuencias funestas y desgarradoras de la II Guerra Mundial en Asia, algo que casi siempre hemos visitado desde el punto de vista norteamericano y que por lo tanto reducía los matices y condicionaba la atención en unos detalles que a buen seguro ni tan siquiera habríamos tenido en consideración.

El exiguo microcosmos familiar que retrata, entre pucheros, cuencos y fogones, resulta sin duda entrañable. Aunque nos podamos perder los matices del lenguaje – se utilizan varios dialectos chinos, así como el japonés – la realización y los diálogos dejan claro todo aquello que nuestro poco diestro oído es incapaz de aprehender. Y así nos adentramos no sólo en los misterios de la cocina asiática, sino que de paso asistimos a una clase de historia ejemplar, que nos permite comprender las heridas del pasado, las afrentas del recuerdo, las amarguras de las víctimas anónimas – que, si bien pudieron ganar la guerra, perdieron sin remisión la vida – que pavimentan los olvidos y que cimientan nuestros desmemoriados días. Sólo por eso – y por alguna escena conmovedora que llega hasta el fondo del más obtuso corazón – merece la pena ver esta alambicada propuesta singapurense. La emoción es universal y conmoverse por el dolor y el perdón ajeno, por distante que éste sea, nos hace más humanos.

Lo dije al principio: hay trampa y cartón piedra. Pero si nos dejamos arrastrar por el íntimo retrato familiar hecho añicos, disfrutaremos de un suave manjar.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dogman
Dogman (2018)
  • 7,1
    2.299
  • Italia Matteo Garrone
  • Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi, ...
8
Maltrato
Casi nadie es capaz de comprender o de encontrar una respuesta satisfactoria de cómo es que ciertas parejas en las que se produce maltrato – ya sea físico, psíquico o de cualquier otra índole – se puedan mantener por tanto tiempo unidas y sin romperse, sin que la víctima sea capaz de reunir la fuerza y voluntad necesarias para zafarse de ese vínculo dañino. Y si bien la trama de esta cinta nos propone un relato por completo alejado y en apariencia del todo diferente a la circunstancia antes descrita, en realidad todo su desarrollo nos está ilustrando esa nefasta y angustiosa dependencia que se produce entre maltratador y perjudicado, que encadena, como un castigo interminable, a un futuro sin esperanza y a un mañana sin consuelo. Asistimos aquí, con minucioso detalle recubierto de crueldad y congoja, a la penosa y hermética dificultad que existe para romper ese tipo de relación, tan infecunda como tóxica.

La tristeza que impregna todo el metraje es desoladora. La elección – consciente – de una fotografía apagada, bañada en colores ocres, casi mortecinos, sin brillo alguno y sin claridad diurna, nos subraya en todo momento que no existe ninguna vía de escape posible cuando nos ha atrapado una bestia feroz y nos devora poco a poco nuestra ilusión, nuestra autoestima y nuestra capacidad de oponernos. Transitamos un erial inhóspito y atroz en la más absoluta soledad e incomprensión. Esperamos, contra toda esperanza, que nuestros esfuerzos, nuestra lealtad, nuestros desvelos y nuestra buena fe se vean alguna vez recompensados. Esperamos, como niños indefensos y necesitados de amor, reconocimiento y amparo, que el canalla que nos tiene bajo su férreo control y su despótico dominio vea, por fin, la luz y valore nuestra sumisión, nuestros esfuerzos inhumanos, nuestras dilatadas privaciones y nuestro ciego empeño por darle siempre lo mejor y nos premie, como creemos que nos merecemos, por nuestra modélica conducta perruna. En vano.

Asistir durante dos horas a esta asfixiante experiencia del infierno machacón y salvaje de un ser en esencia bondadoso y afable, se hace difícil de presenciar y resistir. Va en contra de nuestra educación y nuestras creencias en donde la generosidad (aunque mal entendida) se premia y la vileza se castiga. Pero eso son tan solo meras suposiciones. La realidad es mucho más siniestra, rebuscada y falaz. Aguantamos porque esperamos el anhelado premio que alguien, alguna vez, nos hizo creer que obtendríamos. Pero cuando se nos rompe el corazón, el alma y la paciencia y tratamos, por una vez, de hacer entrar en razón al infame que nos ha sometido sin tan siquiera percibirnos como una persona digna de alabanza o consideración ya es tarde. Hemos perdido la batalla y permaneceremos para siempre condenados por nuestra ceguera.
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25 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
El ángel
El ángel (2018)
  • 6,8
    2.004
  • Argentina Luis Ortega
  • Lorenzo Ferro, Chino Darín, Cecilia Roth, Daniel Fanego, ...
6
Sin perfidia
Basarse en hechos reales – y ser fieles a las peripecias originales – no garantiza que se alcance un plus de veracidad o de inspiración sobre lo que se nos cuenta. Aquí podemos admirar la laboriosa y eficaz reconstrucción de una época, la excéntrica recreación de un microcosmos familiar tan esperpéntico como tóxico, pero adolece, en mi opinión, de un error básico que perjudica los logros del proyecto y diluye su impacto: la elección de un actor protagonista sin carisma ni gancho que convierte en incomprensible y arbitrario el rocambolesco recorrido de la narración. Quizás Lorenzo Ferro se parezca, en cuanto al físico, al originario belcebú que trata de encarnar, pero carece de cualquier seducción mefistofélica o de un íntimo atractivo aciago que permita intuir el don maligno que su antecesor pudo haber albergado. Y eso es un yerro fundamental para su triunfo.

Tomar como eje del relato a un criminal desalmado pudiera parecer que garantiza el éxito inmediato, tan subyugados como estamos ahora en seguir las peripecias funestas de cualquier vistoso personaje, mientras más extremo y malvado tanto más embaucador. Pero amontonar robos, crímenes, magnicidios y desengaños acaba resultando un estéril ejercicio de narcisismo si no se propone, además, una mirada lúcida o reflexiva sobre lo que se nos está mostrando. Los luctuosos sucesos se van encadenando con vertiginosa y sanguinolenta urgencia, pero se elige prescindir de cualquier atisbo de lucidez o reflexión sobre las posibles circunstancias o motivaciones que pudieron propiciar semejantes hechos, quedándose siempre en una opaca y anodina epidermis, sin ofrecer nada más que un mero inventario de delitos y atropellos, una galería truculenta del disparate.

La dirección de Luis Ortega es seca y contundente, sacándole partido a los escenarios donde se desarrolla la acción y mimando a los actores que componen el escabroso elenco de la función. Sin embargo, su guion, firmado junto con Sergio Olguín y Rodolfo Palacios, resulta lo menos satisfactorio del conjunto, ya que se reduce a encadenar los acontecimientos sin con ello lograr trascender el punto de partida, quedándose en una chata y monocorde sucesión de fechorías, violencias y lujurias, casi siempre impactantes en su temeraria inmediatez y necedad, pero ayuna de cualquier deseo de profundidad o análisis. Todo fluye con presteza, nos desasosiega y entretiene, pero sentimos que algo falta para seducirnos por completo, quedándonos con ganas de saber más y tener un mejor entendimiento de los bacanales de muerte y desolación que presenciamos. La locura puede ser fascinante y misteriosa, pero el conjunto se resquebraja ante la indiferencia de una mirada demasiado indulgente.

Pese a la molesta salvedad de su protagonista, los demás actores están muy ajustados en sus respectivos cometidos, mereciéndose destacar a Chino Darín, Daniel Fanego y Mercedes Morán. Interesante, aunque insatisfactoria.
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10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lazzaro feliz
Lazzaro feliz (2018)
  • 7,4
    2.017
  • Italia Alice Rohrwacher
  • Adriano Tardiolo, Alba Rohrwacher, Agnese Graziani, Luca Chikovani, ...
8
Humanidad desgraciada
Atípica e impactante alegoría sobre la sociedad de nuestro tiempo, donde la bondad está ausente de las relaciones humanas, donde la utilización del más débil o indulgente se ha convertido en la forma normal de relacionarse entre los individuos de una población que sólo conoce el beneficio egoísta de cada uno como motor del comportamiento. Comienza como un relato realista y sobrecogedor, que a mitad de proyección deviene en una fábula o ensoñación sobre la conducta cainita y depredadora de unas relaciones que vienen dictadas por el lucro personal y la manipulación del entorno para conseguir una mínima ganancia temporal, por efímera que ésta sea. El aprovechamiento del prójimo se erige en ley universal inapelable que dicta su sentencia en favor de los desalmados que no muestran ninguna caridad e ignoran toda compasión.

Un pueblo acinado, atrasado y aterrado por la presencia de unos lobos de los que tan solo percibe sus aullidos aterradores. Una latifundista explotadora y desalmada que los mantiene en la pobreza e ignorancia para facilitar así su prosperidad económica. El más fuerte se aprovecha así del más necesitado. Pero también entre los aldeanos se da el mismo proceder: todos ellos utilizan a Lázaro, el tonto bondadoso y útil, a quien encomiendan todas las tareas más ingratas y esforzadas, porque nada pide y nunca se niega a satisfacer sus inagotables y abusivas demandas. El mismo comportamiento que el de su usurera señora, sin asomo de arrepentimiento ni mala conciencia, con la única excusa de que si el joven no se queja es que no hay motivo para cambiar de práctica. Un microcosmos donde la maldad parece anegada en un páramo de insensibilidad.

Pero se produce un abrupto corte en el relato. El esclavismo de la señora marquesa es desenmascarado por la policía local y los ‘esclavos’ son ‘liberados’ y devueltos al mundo real. Pasa el tiempo y nos encontramos en una gran ciudad. Lázaro ‘resucita’ y va en busca de sus compañeros perdidos, ahora que el pueblo yace abandonado y la casa señorial permanece cerrada y es saqueada por unos mezquinos ladrones. Y nos damos cuenta de que la maldad, que la inquina, que la manipulación y explotación del fuerte frente al débil parece ser el pan nuestro de cada día, que no se requiere de títulos nobiliarios para explotar al semejante, sino que basta con creernos más necesitados que los demás, que nos han hurtado algo vital para poder aprovecharnos de los otros.

Esta es la pesimista parábola que urde Alice Rohrwacher. No queda ni un resquicio para la compasión ni para la camaradería. El hombre es lobo para el hombre. Aprovecharse de los demás es la cantinela desesperanzada y sombría que se repite, perpetua.
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16 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Bohemian Rhapsody
Bohemian Rhapsody (2018)
  • 7,5
    26.149
  • Reino Unido Bryan Singer
  • Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee, ...
5
Recopilación deslavazada
El primer pensamiento que me viene durante la proyección de esta cinta es: ¿cómo se puede ensamblar algo tan deshilvanado, insulso y desvaído contando como eje motriz con uno de los personajes más carismáticos y exuberantes del mundo de la música pop del último tercio del siglo XX? Y la segunda incógnita que me martillea y entristece es: ¿para qué se comercializa con tanta pompa y alharaca un pastiche tan hueco y esaborío? Supongo que la respuesta a ambos interrogantes se encuentra en la actitud mercachifle y cortoplacista que rige el mundo del cine desde hace décadas: hacer caja lo más rápido posible, amontonándolo acto seguido en el desván de los destrozos inconfesables, ya que el próximo proyecto grandilocuente y sin alma está esperando impaciente entre bastidores. Saquear de forma tan descarada, tan pueril y tan indigna el nombre tanto de Queen como de Freddie Mercury sería disculpable, si no estuviera a la orden del día en el mundo audiovisual que nos anega.

Lo más triste es que tras salir del cine sé tanto sobre Freddie Mercury como antes de entrar, es decir, casi nada. Que nació en Zanzíbar (Tanzania) en 1946 y que – tras permanecer ocho años interno en un colegio en la India – se fue con su familia a vivir al Reino Unido en 1964. De allí al laborioso estrellato, a la vorágine, a la enfermedad y a la precipitada muerte a los 45 años en Londres. Todo ello amenizado con algunas canciones memorables – aunque utilizadas sin originalidad ni un mínimo de garra o empuje – y engalanado con una chocante guardarropía barroca, aunque tan previsible como carente de impacto. ¿Quién era en realidad Farrokh Bomi Bulsara – ya para siempre Freddie Mercury? ¿Qué lo atormentaba? ¿De qué huía o adónde quería llegar? ¿Qué le hechizaba o de qué sentía aversión? ¿Cuáles eran sus ocultos sueños y cómo eran sus más temidas pesadillas? Tendremos que seguir esperando a que alguien nos desvele esos íntimos arcanos, porque nada de lo que vemos nos ilumina ni nos sugiere algo con lo que barruntar una respuesta.

Siendo honestos, no hay casi nada que se pueda salvar de la quema. Una aislada escena descuella y está a la altura de sus personajes, aunque no redime del letargo y desinterés a este engendro: su apoteósica intervención durante el concierto de Live Aid en julio de 1985. Vibramos con la recreación de aquel portentoso instante que forma parte de la historia de la música. Forma y fondo encuentran ahí su horma y nos contagia un entusiasmo inusitado y vislumbramos algunas posibles respuestas a las múltiples preguntas que habíamos abandonado hacia tiempo por insolubles. Pero es apenas un destello aislado, engullido entre un marasmo de sopor.
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42 de 58 usuarios han encontrado esta crítica útil
Quién te cantará
Quién te cantará (2018)
  • 7,2
    2.371
  • España Carlos Vermut
  • Najwa Nimri, Eva Llorach, Carme Elías, Natalia de Molina, ...
9
Vampiresa
Empecemos por el final: pocas veces se ha utilizado con tanto provecho una canción tan melancólica y quejumbrosa como ‘Procuro Olvidarte’ (de Manuel Alejandro) como colofón luminoso de una cinta tan repleta de incertidumbres y ausencias como es el caso. Retratar el vacío del alma es algo tan abstracto e intangible como querer sujetar la luz del día o domesticar las olas del mar… Y sin embargo consigue lo que pareciera imposible: ilustrar el desgarro interior cuando lo único que nos queda es languidecer exangües y ya no tenemos ni fuerzas para abrazar el vacío de una existencia falaz, ya para siempre quebrada.

El juego de espejos, calcos, simulaciones y reencarnaciones que nos propone Carlos Vermut es tan complejo como diáfano. Pudiera parecer laberíntico en cuanto a su indagación sobre el extravío y búsqueda de nuestra propia personalidad, pero en realidad nos ofrece una cristalina y lacerante radiografía de lo que significa vivir sin compasión, sin amor y sin misericordia. Cuando vivimos de espaldas a los demás – o ignorando sus necesidades, anhelos y congojas – nos volvemos en unos crueles trituradores de egos y aprovechamos cualquier oportunidad para explotar a los otros en nuestro íntimo y egoísta beneficio, sin darnos cuenta que en realidad estamos cavando nuestra propia tumba sobre la que se cierne una losa inexpugnable que nos lapidará para siempre y que nos impedirá alcanzar, saborear y disfrutar las satisfacciones y alegrías que creíamos reservadas sólo para nosotros y nuestros méritos.

Nos ofrece una exploración sobre las cárceles del corazón que arrasan con todo y acaban convirtiendo en un erial el utópico mundo que nos rodea. Habitamos una existencia que ya nos es ajena, tratamos de permanecer inasequibles al desaliento cuando hace tiempo que se nos ha escapado, sin darnos cuenta, el último hálito de vida. Creemos que nos encontramos llenos de fuerza y energía cuando ya solo somos una flor marchita, sin raíces, sin vigor y sin futuro. Pálidas orquídeas de invernadero que quizás florecen orgullosas e imperturbables pero que en realidad no son sino la falacia de una exuberancia congelada, ajadas por falta de oxígeno, de tierra y de nutrientes. Nada más triste que el éxito en soledad o la gloria en la cumbre si eres incapaz de agradecer y compartir cada uno de tus dones y virtudes con quien de verdad te importa o a quien todo lo debes.

Esta impresionante cinta sobre la desdicha de la fama – o el vacío del fracaso – no sería tan perfecta y perturbadora si no contase con unas actrices sublimes. Quizás sea Eva Llorach quien robe la función, pero todas ellas (Najwa Nimri, Carme Elías y Natalia de Molina), desde registros muy diferentes, se complementan y engrandecen con astucia.
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29 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Petra
Petra (2018)
  • 7,0
    1.029
  • España Jaime Rosales
  • Bárbara Lennie, Àlex Brendemühl, Joan Botey, Marisa Paredes, ...
8
Sudario de Silencio
He visto casi todas las películas de Jaime Rosales y – por muy diferentes motivos y razones – siempre me han fascinado y seducido a partes iguales. Esta vez fui con cierta aprensión, ya que había recibido el calificativo de ser la más ‘comercial’ y menos ‘hermética’ de las suyas y temí que hubiera sido abducido por la necia necesidad (o imposición) de conseguir el espaldarazo o aplauso del público – pero a mí me ha parecido que sigue en la coherente estela de toda su filmografía previa: exigencia artística, rigor narrativo e insobornable búsqueda de los atributos esenciales de unos personajes engullidos por su íntimo y tenaz laberinto emocional que les lleva a habitar una prisión cristalina, traslúcida, sin muros de hormigón ni cancerberos evidentes pero repleta de amargura, desamparo, abandono y nostalgia de un edén proscrito.

Lo novedoso estriba en que se abrace con disciplina cartesiana la estructura de la tragedia griega para encauzar unas simples pero esenciales preguntas vitales: ¿De quién soy y de dónde provengo? ¿Quién soy yo en verdad? ¿Cuál es el objetivo o sentido de mi existencia? Porque el tema central sobre el que gravita toda la cinta es el de la búsqueda de respuestas a una, en apariencia, cándida pregunta: “¿Quién es mi padre?” Pero lo que queda en la penumbra y no se encara de forma explícita es: ¿Para qué necesito saberlo? ¿Qué me aporta ese obsesivo y mínimo dato circunstancial que en realidad me proporcione alguna revelación o epifanía esclarecedora sobre mí mismo? Pero, como en toda buena odisea, lo que es de vital importancia para la heroína lo es también para el espectador e impulsa el motor de la acción y desencadena las funestas hecatombes que se ciernen sobre la acrisolada cárcel que nos atrapa.

Sobrecoge la luminosa y cálida fotografía que parece querer ahuyentar o negar los densos e infaustos nubarrones que acechan a cada uno de los personajes que habitan el relato. Como si toda esa luz, urbanidad y elegancia pudieran ser un antídoto eficaz contra la mentira, el despotismo, la rabia o la crueldad. La cámara entra y sale de escena como un personaje más, siguiendo – sin apremiar ni asediar – a sus protagonistas, dejando siempre suficiente espacio y tiempo para que se expresen y manifiesten en aparente libertad. Pero lo que callan es tan importante como lo que dicen y por eso debemos permanecer atentos para comprender y ensamblar el rompecabezas que se despliega ante nuestros ojos y oídos. Nada es trivial – aunque el desencadenante del drama nos lo pudiera parecer – y por ello es importante estar alerta a los pormenores y a las refinadas elipsis que jalonan el metraje.

Todo lo que se nos hurta acaba volviendo, trágicamente.
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12 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Climax
Climax (2018)
  • 6,9
    3.090
  • Francia Gaspar Noé
  • Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub, Kiddy Smile, ...
7
Crepúsculo
El límite entre el éxtasis físico y el ocaso emocional es una frontera tenue y temeraria qué puede dar como resultado un salvaje aquelarre que bascula entre la locura y la anarquía. Cuando se tiene un objetivo en la vida – como en este caso, montar una coreografía desquiciada y rupturista – puede activar lo mejor de nosotros mismos, pero cuando se anulan los diques de contención de la cordura, de la convivencia y del freno social básico y se destierran las normas de una mínima convivencia, abriéndose los diques del desenfreno, el resultado puede ser tan aciago como trastornado, destapándose la caja de pandora, anulando cualquier sociabilidad y quedando a merced del delirio y del resentimiento. Nuestros instintos primarios más irrefrenables y coléricos se vuelven en nuestros íntimos enemigos, ya que no controlamos ni su dirección ni su objetivo y nos engullen como un tsunami atroz que nos arrastra por el camino de la vesania y la lujuria.

Esta ingrata y ponzoñosa exploración sobre las drogas psicodélicas no es para paladares inocentes o gazmoños. Asistimos al infierno de la degradación, de la demencia y de la voluptuosidad más horripilante e iracunda que produce tanto asco como fascinación. Presenciar la liviandad de los límites y contrapesos sociales que hacen posible la convivencia nos permite asistir – como si estuviéramos en un aséptico laboratorio o visionando un insólito documental – a los efectos insalubres y tóxicos de los instintos desbocados, crueles y salvajes de una sociedad que todo lo permite, sin sentirnos limitados por ningún juicio moral ni freno ético o estético. El resultado es tan turbador como chocante e increíble. Presenciamos nuestros más íntimos deseos, visionamos nuestras infaustas y atolondradas fabulaciones anímicas, comprobando que tras una fachada de talento, donaire y aparente tacto no queda sino la funambulesca máscara de la muerte, con sus infamantes vicios y espantos.

Al director y guionista se le va a veces la mano en la acumulación de truculencias y despropósitos – quizás debido a que inició el rodaje con apenas media docena de páginas escritas – dejando a la improvisación y al albur de su elenco de talentosos y entregados danzarines y actores, el desarrollo de una acción mínima y sin apenas evolución. La cinta es fruto de un inteligente montaje que combina algunas secuencias muy bien planificadas – como la espectacular danza inicial que subyuga, seduce y asombra en unos diez minutos memorables de un impresionante plano-único telúrico – con otras escenas mucho más breves, toscas, ásperas y abruptas que son como fogonazos del infierno más frenético. A veces tiene uno la sensación de no poder aguantar ya más y uno quiere que todo termine; como un mal viaje o como una resaca vomitiva. Pero ahí radica su máximo logro: el hacinamiento.
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13 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cold War
Cold War (2018)
  • 7,3
    7.899
  • Polonia Pawel Pawlikowski
  • Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, ...
9
Ven conmigo
Contiene esta breve y sobria cinta polaca un caudal de virtudes y aciertos difíciles de resumir en una reseña. Empezaré por lo más obvio: su tersa, inmaculada y portentosa fotografía en blanco y negro que recupera para el espectador sibarita la textura del mejor cine clásico y nos envuelve y subyuga con el aroma de lo añejo – aunque intemporal –, sacando el máximo partido a los rostros y enmarcando el relato en el crisol inmaculado de lo imperecedero. Esta humilde elección – que va a contracorriente del cine comercial – le viene como anillo al dedo e incrementa la verdad y hondura de la historia, elevándola al olimpo de lo inolvidable. La mirada que nos propone su director y coguionista Pawel Pawlikowski, está teñida de nostalgia y de evocación: por lo tanto, este detalle en apariencia nimio o autoindulgente se vuelve en la columna vertebral que articula toda la trama.

En algunas ocasiones, lo que nos engancha de una narración es querer conocer su desenlace, en otras ocasiones lo que nos intriga es poder asistir al desarrollo de un acontecimiento inaudito, pero en muy pocas ocasiones ternemos la poliédrica satisfacción de presenciar los pormenores de una historia trivial que, sin embargo, tanto en su progreso como en su final iluminan los recovecos insondables del alma y nos desvelan los momentos álgidos de una existencia fracasada. Porque en este caso se nos ofrece una serie de cuadros que abarcan quince años y que componen un retablo inmisericorde sobre el lento crepúsculo de un amor que ansía vivirse en plenitud pero que en realidad no alcanza a prender la mecha del apogeo y debe resignarse a consumirse como el pálido rescoldo del ocaso.

Por lo tanto, el final de la película nos hace comprender la dimensión trágica de todo lo visto hasta entonces. Los pormenores a los que asistimos – y que parecen preludiar la enésima y reiterativa historia de amor de una pareja vulgar y gris – se elevan a la categoría de amargo melodrama que rompe cualquier molde manido y subvierte nuestra ansiada esperanza de felicidad. Como en la vida misma: queremos lo que no tenemos, despreciamos lo que está al alcance de nuestra mano y malversamos las intangibles cartas de la fortuna que nos ha repartido el destino. Somos juguetes obnubilados en manos de los infaustos dioses que juegan con nosotros porque están hastiados de nuestros torpes desvaríos.

Con maestría y destreza, Pawlikowski urde un laberíntico mosaico del deseo y del fracaso confeccionado con retales de la memoria y despojos de la historia desdichada de su nación, mil veces asediada y descuartizada y mil veces recompuesta y renacida. La espiral de la eterna desgracia esencial – donde perecer equivaldría a resucitar – impregna cada fotograma del metraje. Y nada más intenso, conmovedor y perdurable que sostener en un austero fuera de campo, despojado de cualquier adorno o alarde superfluo, todo desenlace de cualquier vida.
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30 de 44 usuarios han encontrado esta crítica útil
El reino
El reino (2018)
  • 7,4
    12.589
  • España Rodrigo Sorogoyen
  • Antonio de la Torre, Josep Maria Pou, Nacho Fresneda, Ana Wagener, ...
8
El barrizal
En mi opinión, el tráiler de esta película no le hace justicia y con probabilidad aleje a muchos espectadores que no sienten la menor necesidad de ver reflejado en la pantalla grande lo que llevamos años (incluso décadas) contemplando y padeciendo en la pantalla chica, a saber, la enésima demonización y censura de toda la clase política a causa de sus bochornosas e infames corruptelas, sus triquiñuelas bastardas, sus enriquecimientos ilícitos y abusos fraudulentos de su posición de poder y dominio sobre todas las facetas de la vida que tienen que ver con el cobro de comisiones ilícitas y escarceos ilegales de similar calaña. Produce un cansancio indecible y una desgana tremenda tener que asistir de nuevo al bochorno nacional que todos dicen censurar, pero nadie remedia.

Y sería una pena perderse esta frenética intriga política que refleja con maestría todo lo antedicho, pero que sobre todo nos ofrece una turbadora radiografía de la podredumbre institucionalizada que nos envilece tanto como nos corroe, pero envuelta en un apasionante relato de cine negro donde no hay buenos ni malos, sino sólo detestables ladrones de guante blanco y alma renegrida, donde las palabras se pervierten para maquillar los hechos y encalar los latrocinios, reduciendo todo a penosas excepciones en vez de echar a todos los mangantes a la basura y empezar de nuevo, dejando en el vertedero de la infamia a quienes, abusando de su posición y aprovechándose de unas leyes que permiten resquicios y amaños que, de nuevo, todos denuncian pero nadie enmienda.

Porque ante todo estamos ante un potente thriller – uno de los mejores que he visto realizado en España – donde lo de menos es la mucha verdad que refleja sobre la abyecta clase política (siendo esto muy bueno y de unánime validez) y lo de verdad logrado y elogiable es el loco relato policiaco que sirve de motor a toda la vertiginosa acción que sostiene el atroz retablo del deshonor y la vergüenza que se nos presenta. No deja títere con cabeza ni cenagal sin revolver, pero lo hace con tanto tino, con tanta mala leche, con tanta rabia que produce admiración, náusea y espanto, aunque nada de lo que se nos ofrezca nos pueda ya pasmar ni se nos revuelvan las tripas de puro hastío.

Excelente tanto la dirección como el guion (en colaboración con Isabel Peña) de Rodrigo Sorogoyen, pero ante todo cabe alabar – y ojalá sean premiados – a todo el soberbio reparto coral repleto de grandes intérpretes que brillan a un altísimo nivel y de una brillantez escalofriante: Antonio de la Torre, José María Pou, Nacho Fresneda, Luis Zahera, Ana Wagener, Bárbara Lennie o Mónica López. No nombrarles sería una injusticia; y una estafa perdérsela.
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20 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil