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Críticas de antonalva
Críticas ordenadas por:
Dogman
Dogman (2018)
  • 7,1
    1.033
  • Italia Matteo Garrone
  • Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi, ...
8
Maltrato
Casi nadie es capaz de comprender o de encontrar una respuesta satisfactoria de cómo es que ciertas parejas en las que se produce maltrato – ya sea físico, psíquico o de cualquier otra índole – se puedan mantener por tanto tiempo unidas y sin romperse, sin que la víctima sea capaz de reunir la fuerza y voluntad necesarias para zafarse de ese vínculo dañino. Y si bien la trama de esta cinta nos propone un relato por completo alejado y en apariencia del todo diferente a la circunstancia antes descrita, en realidad todo su desarrollo nos está ilustrando esa nefasta y angustiosa dependencia que se produce entre maltratador y perjudicado, que encadena, como un castigo interminable, a un futuro sin esperanza y a un mañana sin consuelo. Asistimos aquí, con minucioso detalle recubierto de crueldad y congoja, a la penosa y hermética dificultad que existe para romper ese tipo de relación, tan infecunda como tóxica.

La tristeza que impregna todo el metraje es desoladora. La elección – consciente – de una fotografía apagada, bañada en colores ocres, casi mortecinos, sin brillo alguno y sin claridad diurna, nos subraya en todo momento que no existe ninguna vía de escape posible cuando nos ha atrapado una bestia feroz y nos devora poco a poco nuestra ilusión, nuestra autoestima y nuestra capacidad de oponernos. Transitamos un erial inhóspito y atroz en la más absoluta soledad e incomprensión. Esperamos, contra toda esperanza, que nuestros esfuerzos, nuestra lealtad, nuestros desvelos y nuestra buena fe se vean alguna vez recompensados. Esperamos, como niños indefensos y necesitados de amor, reconocimiento y amparo, que el canalla que nos tiene bajo su férreo control y su despótico dominio vea, por fin, la luz y valore nuestra sumisión, nuestros esfuerzos inhumanos, nuestras dilatadas privaciones y nuestro ciego empeño por darle siempre lo mejor y nos premie, como creemos que nos merecemos, por nuestra modélica conducta perruna. En vano.

Asistir durante dos horas a esta asfixiante experiencia del infierno machacón y salvaje de un ser en esencia bondadoso y afable, se hace difícil de presenciar y resistir. Va en contra de nuestra educación y nuestras creencias en donde la generosidad (aunque mal entendida) se premia y la vileza se castiga. Pero eso son tan solo meras suposiciones. La realidad es mucho más siniestra, rebuscada y falaz. Aguantamos porque esperamos el anhelado premio que alguien, alguna vez, nos hizo creer que obtendríamos. Pero cuando se nos rompe el corazón, el alma y la paciencia y tratamos, por una vez, de hacer entrar en razón al infame que nos ha sometido sin tan siquiera percibirnos como una persona digna de alabanza o consideración ya es tarde. Hemos perdido la batalla y permaneceremos para siempre condenados por nuestra ceguera.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
El ángel
El ángel (2018)
  • 6,9
    1.288
  • Argentina Luis Ortega
  • Lorenzo Ferro, Chino Darín, Cecilia Roth, Daniel Fanego, ...
6
Sin perfidia
Basarse en hechos reales – y ser fieles a las peripecias originales – no garantiza que se alcance un plus de veracidad o de inspiración sobre lo que se nos cuenta. Aquí podemos admirar la laboriosa y eficaz reconstrucción de una época, la excéntrica recreación de un microcosmos familiar tan esperpéntico como tóxico, pero adolece, en mi opinión, de un error básico que perjudica los logros del proyecto y diluye su impacto: la elección de un actor protagonista sin carisma ni gancho que convierte en incomprensible y arbitrario el rocambolesco recorrido de la narración. Quizás Lorenzo Ferro se parezca, en cuanto al físico, al originario belcebú que trata de encarnar, pero carece de cualquier seducción mefistofélica o de un íntimo atractivo aciago que permita intuir el don maligno que su antecesor pudo haber albergado. Y eso es un yerro fundamental para su triunfo.

Tomar como eje del relato a un criminal desalmado pudiera parecer que garantiza el éxito inmediato, tan subyugados como estamos ahora en seguir las peripecias funestas de cualquier vistoso personaje, mientras más extremo y malvado tanto más embaucador. Pero amontonar robos, crímenes, magnicidios y desengaños acaba resultando un estéril ejercicio de narcisismo si no se propone, además, una mirada lúcida o reflexiva sobre lo que se nos está mostrando. Los luctuosos sucesos se van encadenando con vertiginosa y sanguinolenta urgencia, pero se elige prescindir de cualquier atisbo de lucidez o reflexión sobre las posibles circunstancias o motivaciones que pudieron propiciar semejantes hechos, quedándose siempre en una opaca y anodina epidermis, sin ofrecer nada más que un mero inventario de delitos y atropellos, una galería truculenta del disparate.

La dirección de Luis Ortega es seca y contundente, sacándole partido a los escenarios donde se desarrolla la acción y mimando a los actores que componen el escabroso elenco de la función. Sin embargo, su guion, firmado junto con Sergio Olguín y Rodolfo Palacios, resulta lo menos satisfactorio del conjunto, ya que se reduce a encadenar los acontecimientos sin con ello lograr trascender el punto de partida, quedándose en una chata y monocorde sucesión de fechorías, violencias y lujurias, casi siempre impactantes en su temeraria inmediatez y necedad, pero ayuna de cualquier deseo de profundidad o análisis. Todo fluye con presteza, nos desasosiega y entretiene, pero sentimos que algo falta para seducirnos por completo, quedándonos con ganas de saber más y tener un mejor entendimiento de los bacanales de muerte y desolación que presenciamos. La locura puede ser fascinante y misteriosa, pero el conjunto se resquebraja ante la indiferencia de una mirada demasiado indulgente.

Pese a la molesta salvedad de su protagonista, los demás actores están muy ajustados en sus respectivos cometidos, mereciéndose destacar a Chino Darín, Daniel Fanego y Mercedes Morán. Interesante, aunque insatisfactoria.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lazzaro feliz
Lazzaro feliz (2018)
  • 7,4
    892
  • Italia Alice Rohrwacher
  • Alba Rohrwacher, Adriano Tardiolo, Agnese Graziani, Luca Chikovani, ...
8
Humanidad desgraciada
Atípica e impactante alegoría sobre la sociedad de nuestro tiempo, donde la bondad está ausente de las relaciones humanas, donde la utilización del más débil o indulgente se ha convertido en la forma normal de relacionarse entre los individuos de una población que sólo conoce el beneficio egoísta de cada uno como motor del comportamiento. Comienza como un relato realista y sobrecogedor, que a mitad de proyección deviene en una fábula o ensoñación sobre la conducta cainita y depredadora de unas relaciones que vienen dictadas por el lucro personal y la manipulación del entorno para conseguir una mínima ganancia temporal, por efímera que ésta sea. El aprovechamiento del prójimo se erige en ley universal inapelable que dicta su sentencia en favor de los desalmados que no muestran ninguna caridad e ignoran toda compasión.

Un pueblo acinado, atrasado y aterrado por la presencia de unos lobos de los que tan solo percibe sus aullidos aterradores. Una latifundista explotadora y desalmada que los mantiene en la pobreza e ignorancia para facilitar así su prosperidad económica. El más fuerte se aprovecha así del más necesitado. Pero también entre los aldeanos se da el mismo proceder: todos ellos utilizan a Lázaro, el tonto bondadoso y útil, a quien encomiendan todas las tareas más ingratas y esforzadas, porque nada pide y nunca se niega a satisfacer sus inagotables y abusivas demandas. El mismo comportamiento que el de su usurera señora, sin asomo de arrepentimiento ni mala conciencia, con la única excusa de que si el joven no se queja es que no hay motivo para cambiar de práctica. Un microcosmos donde la maldad parece anegada en un páramo de insensibilidad.

Pero se produce un abrupto corte en el relato. El esclavismo de la señora marquesa es desenmascarado por la policía local y los ‘esclavos’ son ‘liberados’ y devueltos al mundo real. Pasa el tiempo y nos encontramos en una gran ciudad. Lázaro ‘resucita’ y va en busca de sus compañeros perdidos, ahora que el pueblo yace abandonado y la casa señorial permanece cerrada y es saqueada por unos mezquinos ladrones. Y nos damos cuenta de que la maldad, que la inquina, que la manipulación y explotación del fuerte frente al débil parece ser el pan nuestro de cada día, que no se requiere de títulos nobiliarios para explotar al semejante, sino que basta con creernos más necesitados que los demás, que nos han hurtado algo vital para poder aprovecharnos de los otros.

Esta es la pesimista parábola que urde Alice Rohrwacher. No queda ni un resquicio para la compasión ni para la camaradería. El hombre es lobo para el hombre. Aprovecharse de los demás es la cantinela desesperanzada y sombría que se repite, perpetua.
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6 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Bohemian Rhapsody
Bohemian Rhapsody (2018)
  • 7,6
    10.658
  • Reino Unido Bryan Singer
  • Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee, ...
5
Recopilación deslavazada
El primer pensamiento que me viene durante la proyección de esta cinta es: ¿cómo se puede ensamblar algo tan deshilvanado, insulso y desvaído contando como eje motriz con uno de los personajes más carismáticos y exuberantes del mundo de la música pop del último tercio del siglo XX? Y la segunda incógnita que me martillea y entristece es: ¿para qué se comercializa con tanta pompa y alharaca un pastiche tan hueco y esaborío? Supongo que la respuesta a ambos interrogantes se encuentra en la actitud mercachifle y cortoplacista que rige el mundo del cine desde hace décadas: hacer caja lo más rápido posible, amontonándolo acto seguido en el desván de los destrozos inconfesables, ya que el próximo proyecto grandilocuente y sin alma está esperando impaciente entre bastidores. Saquear de forma tan descarada, tan pueril y tan indigna el nombre tanto de Queen como de Freddie Mercury sería disculpable, si no estuviera a la orden del día en el mundo audiovisual que nos anega.

Lo más triste es que tras salir del cine sé tanto sobre Freddie Mercury como antes de entrar, es decir, casi nada. Que nació en Zanzíbar (Tanzania) en 1946 y que – tras permanecer ocho años interno en un colegio en la India – se fue con su familia a vivir al Reino Unido en 1964. De allí al laborioso estrellato, a la vorágine, a la enfermedad y a la precipitada muerte a los 45 años en Londres. Todo ello amenizado con algunas canciones memorables – aunque utilizadas sin originalidad ni un mínimo de garra o empuje – y engalanado con una chocante guardarropía barroca, aunque tan previsible como carente de impacto. ¿Quién era en realidad Farrokh Bomi Bulsara – ya para siempre Freddie Mercury? ¿Qué lo atormentaba? ¿De qué huía o adónde quería llegar? ¿Qué le hechizaba o de qué sentía aversión? ¿Cuáles eran sus ocultos sueños y cómo eran sus más temidas pesadillas? Tendremos que seguir esperando a que alguien nos desvele esos íntimos arcanos, porque nada de lo que vemos nos ilumina ni nos sugiere algo con lo que barruntar una respuesta.

Siendo honestos, no hay casi nada que se pueda salvar de la quema. Una aislada escena descuella y está a la altura de sus personajes, aunque no redime del letargo y desinterés a este engendro: su apoteósica intervención durante el concierto de Live Aid en julio de 1985. Vibramos con la recreación de aquel portentoso instante que forma parte de la historia de la música. Forma y fondo encuentran ahí su horma y nos contagia un entusiasmo inusitado y vislumbramos algunas posibles respuestas a las múltiples preguntas que habíamos abandonado hacia tiempo por insolubles. Pero es apenas un destello aislado, engullido entre un marasmo de sopor.
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16 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Quién te cantará
Quién te cantará (2018)
  • 7,2
    1.765
  • España Carlos Vermut
  • Najwa Nimri, Eva Llorach, Carme Elías, Natalia de Molina, ...
9
Vampiresa
Empecemos por el final: pocas veces se ha utilizado con tanto provecho una canción tan melancólica y quejumbrosa como ‘Procuro Olvidarte’ (de Manuel Alejandro) como colofón luminoso de una cinta tan repleta de incertidumbres y ausencias como es el caso. Retratar el vacío del alma es algo tan abstracto e intangible como querer sujetar la luz del día o domesticar las olas del mar… Y sin embargo consigue lo que pareciera imposible: ilustrar el desgarro interior cuando lo único que nos queda es languidecer exangües y ya no tenemos ni fuerzas para abrazar el vacío de una existencia falaz, ya para siempre quebrada.

El juego de espejos, calcos, simulaciones y reencarnaciones que nos propone Carlos Vermut es tan complejo como diáfano. Pudiera parecer laberíntico en cuanto a su indagación sobre el extravío y búsqueda de nuestra propia personalidad, pero en realidad nos ofrece una cristalina y lacerante radiografía de lo que significa vivir sin compasión, sin amor y sin misericordia. Cuando vivimos de espaldas a los demás – o ignorando sus necesidades, anhelos y congojas – nos volvemos en unos crueles trituradores de egos y aprovechamos cualquier oportunidad para explotar a los otros en nuestro íntimo y egoísta beneficio, sin darnos cuenta que en realidad estamos cavando nuestra propia tumba sobre la que se cierne una losa inexpugnable que nos lapidará para siempre y que nos impedirá alcanzar, saborear y disfrutar las satisfacciones y alegrías que creíamos reservadas sólo para nosotros y nuestros méritos.

Nos ofrece una exploración sobre las cárceles del corazón que arrasan con todo y acaban convirtiendo en un erial el utópico mundo que nos rodea. Habitamos una existencia que ya nos es ajena, tratamos de permanecer inasequibles al desaliento cuando hace tiempo que se nos ha escapado, sin darnos cuenta, el último hálito de vida. Creemos que nos encontramos llenos de fuerza y energía cuando ya solo somos una flor marchita, sin raíces, sin vigor y sin futuro. Pálidas orquídeas de invernadero que quizás florecen orgullosas e imperturbables pero que en realidad no son sino la falacia de una exuberancia congelada, ajadas por falta de oxígeno, de tierra y de nutrientes. Nada más triste que el éxito en soledad o la gloria en la cumbre si eres incapaz de agradecer y compartir cada uno de tus dones y virtudes con quien de verdad te importa o a quien todo lo debes.

Esta impresionante cinta sobre la desdicha de la fama – o el vacío del fracaso – no sería tan perfecta y perturbadora si no contase con unas actrices sublimes. Quizás sea Eva Llorach quien robe la función, pero todas ellas (Najwa Nimri, Carme Elías y Natalia de Molina), desde registros muy diferentes, se complementan y engrandecen con astucia.
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21 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
Petra
Petra (2018)
  • 7,0
    697
  • España Jaime Rosales
  • Bárbara Lennie, Àlex Brendemühl, Joan Botey, Marisa Paredes, ...
8
Sudario de Silencio
He visto casi todas las películas de Jaime Rosales y – por muy diferentes motivos y razones – siempre me han fascinado y seducido a partes iguales. Esta vez fui con cierta aprensión, ya que había recibido el calificativo de ser la más ‘comercial’ y menos ‘hermética’ de las suyas y temí que hubiera sido abducido por la necia necesidad (o imposición) de conseguir el espaldarazo o aplauso del público – pero a mí me ha parecido que sigue en la coherente estela de toda su filmografía previa: exigencia artística, rigor narrativo e insobornable búsqueda de los atributos esenciales de unos personajes engullidos por su íntimo y tenaz laberinto emocional que les lleva a habitar una prisión cristalina, traslúcida, sin muros de hormigón ni cancerberos evidentes pero repleta de amargura, desamparo, abandono y nostalgia de un edén proscrito.

Lo novedoso estriba en que se abrace con disciplina cartesiana la estructura de la tragedia griega para encauzar unas simples pero esenciales preguntas vitales: ¿De quién soy y de dónde provengo? ¿Quién soy yo en verdad? ¿Cuál es el objetivo o sentido de mi existencia? Porque el tema central sobre el que gravita toda la cinta es el de la búsqueda de respuestas a una, en apariencia, cándida pregunta: “¿Quién es mi padre?” Pero lo que queda en la penumbra y no se encara de forma explícita es: ¿Para qué necesito saberlo? ¿Qué me aporta ese obsesivo y mínimo dato circunstancial que en realidad me proporcione alguna revelación o epifanía esclarecedora sobre mí mismo? Pero, como en toda buena odisea, lo que es de vital importancia para la heroína lo es también para el espectador e impulsa el motor de la acción y desencadena las funestas hecatombes que se ciernen sobre la acrisolada cárcel que nos atrapa.

Sobrecoge la luminosa y cálida fotografía que parece querer ahuyentar o negar los densos e infaustos nubarrones que acechan a cada uno de los personajes que habitan el relato. Como si toda esa luz, urbanidad y elegancia pudieran ser un antídoto eficaz contra la mentira, el despotismo, la rabia o la crueldad. La cámara entra y sale de escena como un personaje más, siguiendo – sin apremiar ni asediar – a sus protagonistas, dejando siempre suficiente espacio y tiempo para que se expresen y manifiesten en aparente libertad. Pero lo que callan es tan importante como lo que dicen y por eso debemos permanecer atentos para comprender y ensamblar el rompecabezas que se despliega ante nuestros ojos y oídos. Nada es trivial – aunque el desencadenante del drama nos lo pudiera parecer – y por ello es importante estar alerta a los pormenores y a las refinadas elipsis que jalonan el metraje.

Todo lo que se nos hurta acaba volviendo, trágicamente.
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9 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Climax
Climax (2018)
  • 7,1
    1.532
  • Francia Gaspar Noé
  • Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub, Kiddy Smile, ...
7
Crepúsculo
El límite entre el éxtasis físico y el ocaso emocional es una frontera tenue y temeraria qué puede dar como resultado un salvaje aquelarre que bascula entre la locura y la anarquía. Cuando se tiene un objetivo en la vida – como en este caso, montar una coreografía desquiciada y rupturista – puede activar lo mejor de nosotros mismos, pero cuando se anulan los diques de contención de la cordura, de la convivencia y del freno social básico y se destierran las normas de una mínima convivencia, abriéndose los diques del desenfreno, el resultado puede ser tan aciago como trastornado, destapándose la caja de pandora, anulando cualquier sociabilidad y quedando a merced del delirio y del resentimiento. Nuestros instintos primarios más irrefrenables y coléricos se vuelven en nuestros íntimos enemigos, ya que no controlamos ni su dirección ni su objetivo y nos engullen como un tsunami atroz que nos arrastra por el camino de la vesania y la lujuria.

Esta ingrata y ponzoñosa exploración sobre las drogas psicodélicas no es para paladares inocentes o gazmoños. Asistimos al infierno de la degradación, de la demencia y de la voluptuosidad más horripilante e iracunda que produce tanto asco como fascinación. Presenciar la liviandad de los límites y contrapesos sociales que hacen posible la convivencia nos permite asistir – como si estuviéramos en un aséptico laboratorio o visionando un insólito documental – a los efectos insalubres y tóxicos de los instintos desbocados, crueles y salvajes de una sociedad que todo lo permite, sin sentirnos limitados por ningún juicio moral ni freno ético o estético. El resultado es tan turbador como chocante e increíble. Presenciamos nuestros más íntimos deseos, visionamos nuestras infaustas y atolondradas fabulaciones anímicas, comprobando que tras una fachada de talento, donaire y aparente tacto no queda sino la funambulesca máscara de la muerte, con sus infamantes vicios y espantos.

Al director y guionista se le va a veces la mano en la acumulación de truculencias y despropósitos – quizás debido a que inició el rodaje con apenas media docena de páginas escritas – dejando a la improvisación y al albur de su elenco de talentosos y entregados danzarines y actores, el desarrollo de una acción mínima y sin apenas evolución. La cinta es fruto de un inteligente montaje que combina algunas secuencias muy bien planificadas – como la espectacular danza inicial que subyuga, seduce y asombra en unos diez minutos memorables de un impresionante plano-único telúrico – con otras escenas mucho más breves, toscas, ásperas y abruptas que son como fogonazos del infierno más frenético. A veces tiene uno la sensación de no poder aguantar ya más y uno quiere que todo termine; como un mal viaje o como una resaca vomitiva. Pero ahí radica su máximo logro: el hacinamiento.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cold War
Cold War (2018)
  • 7,5
    3.671
  • Polonia Pawel Pawlikowski
  • Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, ...
9
Ven conmigo
Contiene esta breve y sobria cinta polaca un caudal de virtudes y aciertos difíciles de resumir en una reseña. Empezaré por lo más obvio: su tersa, inmaculada y portentosa fotografía en blanco y negro que recupera para el espectador sibarita la textura del mejor cine clásico y nos envuelve y subyuga con el aroma de lo añejo – aunque intemporal –, sacando el máximo partido a los rostros y enmarcando el relato en el crisol inmaculado de lo imperecedero. Esta humilde elección – que va a contracorriente del cine comercial – le viene como anillo al dedo e incrementa la verdad y hondura de la historia, elevándola al olimpo de lo inolvidable. La mirada que nos propone su director y coguionista Pawel Pawlikowski, está teñida de nostalgia y de evocación: por lo tanto, este detalle en apariencia nimio o autoindulgente se vuelve en la columna vertebral que articula toda la trama.

En algunas ocasiones, lo que nos engancha de una narración es querer conocer su desenlace, en otras ocasiones lo que nos intriga es poder asistir al desarrollo de un acontecimiento inaudito, pero en muy pocas ocasiones ternemos la poliédrica satisfacción de presenciar los pormenores de una historia trivial que, sin embargo, tanto en su progreso como en su final iluminan los recovecos insondables del alma y nos desvelan los momentos álgidos de una existencia fracasada. Porque en este caso se nos ofrece una serie de cuadros que abarcan quince años y que componen un retablo inmisericorde sobre el lento crepúsculo de un amor que ansía vivirse en plenitud pero que en realidad no alcanza a prender la mecha del apogeo y debe resignarse a consumirse como el pálido rescoldo del ocaso.

Por lo tanto, el final de la película nos hace comprender la dimensión trágica de todo lo visto hasta entonces. Los pormenores a los que asistimos – y que parecen preludiar la enésima y reiterativa historia de amor de una pareja vulgar y gris – se elevan a la categoría de amargo melodrama que rompe cualquier molde manido y subvierte nuestra ansiada esperanza de felicidad. Como en la vida misma: queremos lo que no tenemos, despreciamos lo que está al alcance de nuestra mano y malversamos las intangibles cartas de la fortuna que nos ha repartido el destino. Somos juguetes obnubilados en manos de los infaustos dioses que juegan con nosotros porque están hastiados de nuestros torpes desvaríos.

Con maestría y destreza, Pawlikowski urde un laberíntico mosaico del deseo y del fracaso confeccionado con retales de la memoria y despojos de la historia desdichada de su nación, mil veces asediada y descuartizada y mil veces recompuesta y renacida. La espiral de la eterna desgracia esencial – donde perecer equivaldría a resucitar – impregna cada fotograma del metraje. Y nada más intenso, conmovedor y perdurable que sostener en un austero fuera de campo, despojado de cualquier adorno o alarde superfluo, todo desenlace de cualquier vida.
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16 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
El reino
El reino (2018)
  • 7,6
    5.284
  • España Rodrigo Sorogoyen
  • Antonio de la Torre, Josep Maria Pou, Nacho Fresneda, Ana Wagener, ...
8
El barrizal
En mi opinión, el tráiler de esta película no le hace justicia y con probabilidad aleje a muchos espectadores que no sienten la menor necesidad de ver reflejado en la pantalla grande lo que llevamos años (incluso décadas) contemplando y padeciendo en la pantalla chica, a saber, la enésima demonización y censura de toda la clase política a causa de sus bochornosas e infames corruptelas, sus triquiñuelas bastardas, sus enriquecimientos ilícitos y abusos fraudulentos de su posición de poder y dominio sobre todas las facetas de la vida que tienen que ver con el cobro de comisiones ilícitas y escarceos ilegales de similar calaña. Produce un cansancio indecible y una desgana tremenda tener que asistir de nuevo al bochorno nacional que todos dicen censurar, pero nadie remedia.

Y sería una pena perderse esta frenética intriga política que refleja con maestría todo lo antedicho, pero que sobre todo nos ofrece una turbadora radiografía de la podredumbre institucionalizada que nos envilece tanto como nos corroe, pero envuelta en un apasionante relato de cine negro donde no hay buenos ni malos, sino sólo detestables ladrones de guante blanco y alma renegrida, donde las palabras se pervierten para maquillar los hechos y encalar los latrocinios, reduciendo todo a penosas excepciones en vez de echar a todos los mangantes a la basura y empezar de nuevo, dejando en el vertedero de la infamia a quienes, abusando de su posición y aprovechándose de unas leyes que permiten resquicios y amaños que, de nuevo, todos denuncian pero nadie enmienda.

Porque ante todo estamos ante un potente thriller – uno de los mejores que he visto realizado en España – donde lo de menos es la mucha verdad que refleja sobre la abyecta clase política (siendo esto muy bueno y de unánime validez) y lo de verdad logrado y elogiable es el loco relato policiaco que sirve de motor a toda la vertiginosa acción que sostiene el atroz retablo del deshonor y la vergüenza que se nos presenta. No deja títere con cabeza ni cenagal sin revolver, pero lo hace con tanto tino, con tanta mala leche, con tanta rabia que produce admiración, náusea y espanto, aunque nada de lo que se nos ofrezca nos pueda ya pasmar ni se nos revuelvan las tripas de puro hastío.

Excelente tanto la dirección como el guion (en colaboración con Isabel Peña) de Rodrigo Sorogoyen, pero ante todo cabe alabar – y ojalá sean premiados – a todo el soberbio reparto coral repleto de grandes intérpretes que brillan a un altísimo nivel y de una brillantez escalofriante: Antonio de la Torre, José María Pou, Nacho Fresneda, Luis Zahera, Ana Wagener, Bárbara Lennie o Mónica López. No nombrarles sería una injusticia; y una estafa perdérsela.
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12 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Girl
Girl (2018)
  • 7,2
    883
  • Bélgica Lukas Dhont
  • Victor Polster, Arieh Worthalter, Valentijn Dhaenens, Oliver Bodart, ...
8
Cómo me veo y cómo necesito que me vean
Debe de ser terrible cuando uno mismo no se reconoce en el cuerpo que le ha tocado en desgracia nacer. Debe de ser una tortura cuando uno se siente mujer y sin embargo se encuentra atrapado en un cuerpo de hombre al que necesita dejar atrás, con legítima ansia, como una crisálida, para renacer espléndido con los atributos propios de tu sentir y tu pensar. Debe de ser un calvario verse día a día reflejado en el espejo y no reconocerse como quien se es en realidad. Y entonces te devora y consume la exasperación, la ansiedad, la urgencia por someterte al cambio definitivo, por dejar atrás unos atributos que a los ojos de los demás te definen pero que a los tuyos propios no son sino la afrenta de un extravío de la naturaleza.

Sorprende que esta obra sea el primer largometraje del director y coguionista Lukas Dhont porque está realizada con una seguridad, sabiduría y sensibilidad que hacen pensar en alguien más experto y bregado en los quehaceres cinematográficos. No ejecuta ningún paso en falso, no se le nota esfuerzo alguno en encontrar el tono justo y el ritmo adecuado para contarnos el sufrimiento de una adolescente no sólo en su aspiración de ser una bailarina de ballet clásico, sino, sobre todo, en luchar por encontrar la forma de salir del doloroso atolladero en el que se encuentra: dejar atrás su cuerpo masculino para alcanzar una feminidad intrínseca y esencial con la que se identifica y que necesita para verse completa y genuina. Nos sumerge, sin concesiones a la hipocresía o al sentimentalismo, en un mundo pocas veces explorado y casi siempre asociado a la depravación o al delirio y lo convierte en un tesoro de delicadeza y ternura que rezuma autenticidad.

Cabe destacar que no se persiga la complicidad maniquea o manipuladora del ‘debería ser’, sino que se nos ofrece el sereno y lacerante relato de una desgarradora lucha contra el tiempo y la exigencia de verse transformada de una vez y para siempre, para poder dejar atrás un cuerpo inservible y así habitar de una vez el cuerpo que en verdad responde a la evidencia íntima que una percibe. Y lo hace sin que se maquille ni disculpe la obsesiva y turbadora desazón de su protagonista – que con su impaciencia está dificultando y casi boicoteando su sueño –, ni se disimulen las dificultades físicas de una transformación lenta, paciente y guiada que no permite ir más deprisa sin descuidar la salud y el bienestar de su atormentada heroína.

Por último, es de justicia alabar la impresionante actuación del debutante Victor Polster, que encarna con maestría el tormento del apremio.
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9 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
El capitán
El capitán (2017)
  • 6,9
    865
  • Alemania Robert Schwentke
  • Max Hubacher, Milan Peschel, Frederick Lau, Bernd Hölscher, ...
7
El horror
El inagotable – aunque a ratos se nos antoje extenuado o repetitivo – filón de la II Guerra Mundial nos depara, de vez en cuando, alguna sorpresa perturbadora como la presente obra teutona… Pareciera que ya todo está explorado, inventariado y dicho, pero siempre nos queda el estupor fortuito de encontrar un enfoque novedoso e inquietante que nos permite bucear en los recovecos más oscuros y lacerantes del alma, así como en la locura individual y colectiva que favoreció aquella contagiosa masacre de los fundamentos básicos de la convivencia, de la educación, de la cultura y de la bondad humanas. Todos podemos llegar a perder la cordura, pero el contexto bélico y las circunstancias brutales favorecen la explosión de bellaquerías y vilezas que se nos presenta aquí con destreza y amargura.

Los últimos días o semanas de la contienda debieron de ser un carrusel infame de disparates o un aquelarre abyecto de matanzas que a buen seguro favorecieron los ajustes de cuenta, las revanchas y los linchamientos más atroces entre los aterrorizados alemanes que estaban perdiendo una guerra truculenta y sin piedad que habían iniciado con altivez bajo el patrocinio de un canalla carismático, inculto, rencoroso y vengativo como lo fue el infausto necio de Adolf Hitler. Cuando la vida pierde todo su valor, cuando se rompen los diques de la sensatez y la justicia, cuando la única posesión que nos queda es nuestra propia vida y nuestra palabra, nos refugiamos en la impostura y tratamos de obtener un beneficio, aunque sea fugaz y sin futuro. Nos volvemos en la peor versión de nosotros mismos – tal y como habíamos sido testigos que triunfaban antaño los jefes supremos de nuestros abortados designios.

Quizás sea cierto que se basa en hechos reales, aunque en todo momento uno tiene la necesidad de creer que está asistiendo a una ficción desenfrenada, casi inverosímil de puro extrema, porque se nos antoja inconcebible que todo eso pudiera haber pasado en realidad, aunque fuera en un momento en que todos habían entrado en una atroz psicosis colectiva del terror al tener que enfrentarse a la inminente y total derrota final. Pero que sea cierto lo que vemos – o que la anécdota que da pie a la trama se base en una peripecia verídica – no cambia en nada la apreciación sobre lo que estamos viendo: el repugnante y sanguinario contagio de la demencia cuando se ha perdido cualquier contacto con nuestra compasión y sensibilidad.

Las imágenes mudas sobre las que se proyectan los títulos de crédito de cierre pueden parecernos una excentricidad o un sinsentido, pero nos muestran que aquello puede repetirse ahora y que conviene estar alerta para impedir que de nuevo se instale entre nosotros la barbarie.
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20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Rider
The Rider (2017)
  • 7,0
    1.314
  • Estados Unidos Chloé Zhao
  • Brady Jandreau, Tim Jandreau, Lilly Jandreau, Cat Clifford, ...
8
Sin Rodeos
Si tu mundo, tus sueños y tu vida entera sólo conoce de entrenar broncos caballos, de llanuras machacadas por el sol y asoladas por el viento, de montar potros salvajes o reses vacunas bravas durante unos breves segundos que rezuman valor y poderío y representan tu única forma de entender tu existencia… Si todo eso se pierde, repentinamente, en el ocaso agostado del edén perdido a causa de un desafortunado accidente que te deja lisiado y con secuelas imborrables que te impiden reanudar tu andadura en el punto en el que la dejaste, entonces todo cambia y te preguntas qué sentido tiene seguir adelante con tus absortos amigos, con tu escasa familia, con tus lúgubres días y anhelas recibir un tiro de gracia compasivo que ponga fin a tu tormento, a tu angustia y a tu calvario.

Estamos ante una película minimalista, sin apenas acción, de una cotidianeidad lacerante, que bordea la desgana vulgar de la tragedia, que te sumerge en un universo donde el respeto fraternal hacia los animales y las personas nos parece un anacronismo porque vivimos embargados por ideas preconcebidas, por prejuicios culturales que nos impiden entender la grandiosidad de lo diferente, de lo extremo, de lo remoto, de lo que nos es ajeno. Preferimos juzgar en vez de entender, elegimos alejarnos de la desdicha para no enfrentarnos al dolor, optamos por censurar todo lo que nos parecen bravuconadas, aunque sólo sean la forma en que se encarna el vigor cuando vives sólo con el cuerpo, las emociones y la adrenalina y dejas el trabajo intelectual a quien no sepa apreciar el roce del aire o la delicadeza de una fiera o el perfume de una flor.

Recordé la primera estrofa de la sobrecogedora canción de Chavela Vargas ‘Las simples cosas’ (texto de Armando Tejada Gómez y música de César Isella): “Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas / Lo mismo que un árbol en tiempos de otoño queda sin sus hojas / Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas / Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón” porque de esto es que nos habla aquí la directora y guionista, Chloé Zhao, de todo lo que, poquito a poco, vamos dejando atrás y va configurando un cruel e inexorable separarse, de lo que amamos (nuestra madre, nuestras ilusiones, nuestra forma de ser que porfiábamos eterna) y tenemos que forzarnos a cambiar sin ser desleales a nuestros allegados ni a nuestras quimeras más íntimas.

No gustará a los fanáticos de la impaciencia, a los idólatras del frenesí o a los papanatas del estruendo, pero entusiasmará a los que tengan la mirada limpia, el corazón abierto y un atisbo de sensibilidad.
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11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todos lo saben
Todos lo saben (2018)
  • 6,7
    5.325
  • España Asghar Farhadi
  • Penélope Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín, Eduard Fernández, ...
7
… y nadie lo dice
Las tres películas anteriores del iraní Asghar Farhadi me han parecido excelentes, seductoras, inquietantes y ariscas – sobre todo, la impresionante y sobrecogedora “Nader y Simin, una separación” – por lo que sentía muchísima curiosidad por su ‘proyecto español’ y cómo se iba a desenvolver en un entorno, en apariencia, tan alejado de sus orígenes (y tan cercanos a los míos). Y el balance final me parece frustrante. En mi opinión, su mayor defecto es un guion desvaído, farragoso y enrevesado que parece no decantarse con precisión en cuanto a qué nos quiere contar ni cómo abordarlo de una forma clara y precisa. Sin embargo, también nos ofrece algunas de sus más señaladas virtudes, a saber: un elenco de actores magistralmente dirigidos, un majestuoso manejo del espacio narrativo en el que se desarrolla la acción y algunas secuencias ejemplares (como la última, con la que se remata la cinta).

No entiendo del todo – porque la historia no lo requiere ni le saca partido – la razón por la que la protagonista reside en Buenos Aires (donde vive con su marido argentino y sus dos hijos) y sólo vuelve de vez en cuando a su pueblo natal. Pueblo que tiene un evidente resplandor y fragancia castellanos, aunque durante toda la jaranera boda sus invitados parezcan palmeros andaluces desubicados. Tampoco se entiende el sentido de que la hermana pequeña se case ahora con un catalán (dato anecdótico y trivial); pareciera que sólo para escuchar dos o tres frases dichas en ese idioma. La diversidad suele añadir verdad, pero cuando se queda en anécdota, resulta chirriante y baladí. Y podría seguir enumerando pequeños detalles mínimos, que por sí solos no harían desmerecer la obra, pero en conjunto parecen debidos a que se ignora lo que se nos quiere decir. Y acaban desanimando.

Lo mejor, sin duda, son los actores. Ninguno desafina y todos están soberbios y tienen breves momentos de gloria e inspiración. Son lo más destacable de la función y sólo por ellos merece verse la propuesta. Sin embargo, sus personajes están muy por encima del confuso y artificioso relato que se nos brinda, donde las cosas suceden por imperativo del guionista y no porque vaya fluyendo con naturalidad y destreza. Se quiere construir una tragedia donde sólo cabe un folletín enmohecido. Y eso se nota en exceso: demasiadas costuras y desgarrones para un ropaje tan escaso.

Quizás había puesto el listón de mis expectativas demasiado alto y esperaba mucho más – y mejor – de lo que me he encontrado. Quizás. Pero me gusta que me sorprendan y sólo puedo señalar que el asombro brilla por su ausencia y sólo he encontrado un amañado dramón rústico que apenas remonta el vuelo.
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14 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hotel Salvación
Hotel Salvación (2016)
  • 6,2
    129
  • India Shubhashish Bhutiani
  • Adil Hussain, Lalit Behl, Geetanjali Kulkarni, Palomi Ghosh, ...
3
Albergue Tormento
¡Qué película más aburrida! ¡Qué desatino tan insulso! ¡Qué pérdida de tiempo tan mortificante! En apenas tres semanas he visto tres cintas indias o paquistaníes – quizás sea anatema ponerlas en el mismo saco, aunque se asemejen – y ésta se lleva la palma de ser la más soporífera y esaboría del tríptico aleatorio visionado. Es probable que para un hindú tenga sentido lo que aquí se plantea – irse a morir a Benarés, a orillas del Ganges, para alcanzar una muerte santa y seguir con la infatigable rueda de las reencarnaciones – pero para un europeo obtuso y secular como yo me ha resultado un irritante suplicio que no puedo recomendar ni al peor de mis enemigos, ni tan siquiera a quien sufra de insomnio o de otra dolencia análoga.

El cine de estampita con texturas y pigmentaciones del terruño y con evidente aroma localista me parece el socorrido recurso de los ineptos que no nos tienen nada interesante que contar y confían, como en un mantra, en que el atrezo tercermundista de desconchados, masificación y miseria nos seduzca con su irresistible encanto de bazar de gangas refulgentes. Pero yo le exijo a una historia que nos ilumine el alma humana o nos proponga una exploración sugerente que nos permita conocer algo novedoso que por otros medios sería casi imposible conseguir (salvo que uno fuera un adinerado político que fuera capaz de viajar por el mundo como si fuera la palma de su mano o tuviera todo el tiempo y ocio del mundo para fatigar añejas bibliotecas o husmear en reputadas enciclopedias o, incluso, pudiera dejarse iluminar por doctas tesis doctorales superlativas que compendien y divulguen todo el saber inabarcable del orbe).

Pero estamos ante un macilento perifollo de bisutería, ante un insípido bodrio indigesto, ante un monótono y aturullado ejercicio de autocomplacencia que ni distrae, ni esclarece, ni explica, ni conmueve, ni instruye, ni enseña nada que no supiéramos ya antes ni que no vayamos a olvidar al momento. La muerte es un tema relevante en todas las culturas, ya sea porque representa el tránsito a lo desconocido o porque nos presagia el camino hacia a un mundo mejor o porque nos permite albergar la esperanza en una reencarnación más lisonjera o porque nos proporcione el ansiado descanso perenne de nuestras ancestrales fatigas terrenales. Pero no es el caso, ya que torturan al espectador con este simulacro de telefilme de sobremesa que amodorra tanto como estraga.

Quisiera poder alabar algo de su forma o de su fondo para no ser tachado de europeísta rancio o para probar que soy un esclarecido multiculturalista de mente abierta y corazón esponjoso. Pero por mucho que el detritus de vista de sari, detritus se queda…
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La novia del desierto
La novia del desierto (2017)
  • 6,4
    359
  • Argentina Cecilia Atán, Valeria Pivato
  • Paulina García, Claudio Rissi
5
La sencillez del candor
Cuando se cuenta con la participación, en el papel protagonista, de una actriz tan fascinante y extraordinaria como la chilena Paulina García, pareciera que todo lo demás fuera engullido por su talento, presencia y magia: es capaz de dotar de sustancia, vida, alma y autenticidad al más vacuo e insignificante de los personajes que encarna. Y esto es lo que ocurre en esta modesta producción argentina, donde encarna a una humilde mucama, que tras más de treinta años sirviendo sin descanso y con devota entrega en una mansión, es despachada a más de mil kilómetros de distancia como un fardo obsoleto e inútil, ya que tienen que prescindir de su asistencia (sin quedar del todo clara la motivación, aunque se infiera que es por la ruina de sus patronos).

Nos encontramos con la perfecta muestra de una película llena de sereno encanto y seductora inocencia, pero cuyos méritos estéticos quedan muy por debajo de su intencionalidad artística y de sus buenos propósitos narrativos. Resulta fácil alabar su escueta factura, su voluntad de mostrarnos el crecimiento personal de una mujer en la cincuentena, expulsada de su hogar de adopción al cual creía pertenecer ya para siempre… pero resulta innegable que todo deviene más en un interesante boceto impresionista al cual no se ha sabido redondear ni ensamblar con eficacia o destreza, quedándose en una insulsa y árida tierra de nadie, donde deambula sin demasiado lustre ni aliciente un personaje que se habría merecido un vehículo más enjundioso y diestro.

La estructura bebe tanto de la road-movie yanqui como del género del ‘Bildungsroman’ (o relato de aprendizaje) teutón y sabe sacar provecho de esa vaporosa armazón donde tiene cabida casi todo y nos ofrece la oportunidad de asistir al crecimiento y toma de conciencia de su heroína a contracorriente. Sin embargo, todo cuanto acontece resulta embotado, carece de mordiente o genuino interés. Las situaciones se suceden con cierta desgana y los saltos en el tiempo – donde se refleja por una parte el edén perdido y, por otra parte, el penoso periplo hacia un destino incierto – apenas añaden contenido o matices a lo que estamos visionando, más con paciente resignación que con auténtico alborozo. La cinta es muy breve, apenas 80 minutos, pero uno tiene la recurrente sensación de presenciar un corto desmedido, que ha sido hinchado en exceso, sin haberse atrevido a someterlo a una necesaria criba o a una sustancial mejora que justifique su fatigante duración.

Concluyo como inicié este comentario: la presencia de Paulina García proporciona un gozo y una admiración que la obra en sí no merece. Está bien arropada por un apto antagonista desorientado, Claudio Rissi, pero el espectador se queda al margen.
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4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Carmen y Lola
Carmen y Lola (2018)
  • 7,2
    1.020
  • España Arantxa Echevarria
  • Zaira Morales, Rosy Rodriguez, Moreno Borja, Carolina Yuste, ...
7
Tabú y Osadía
A veces el cine español da en la diana cuando uno menos se lo espera. Temía encontrarme con una cinta saturada de tópicos, buenas intenciones y costumbrismo rancio… y para mi sorpresa descubrí un filme lleno de sensibilidad, desgarro, algarabía y fraternidad, que, si bien resulta poco imaginativo en su desarrollo, acierta a retratar con respeto, calidez y veracidad un mundo tan próximo como desconocido, tan ensombrecido por los prejuicios, tan rechazado por una indeleble mala fama ancestral, tan vituperado como ignorado como son los gitanos. Y además se atreve – con descaro y habilidad – a centrarse en un amor adolescente entre dos mujeres, enfrentándolas al imperante machismo intransigente de sus hombres y al pánico turbador del qué dirán de sus mujeres.

Por lo tanto, aborda con insospechado éxito dos asuntos tenazmente inexplorados (como si fueran invisibles o inexistentes): el lesbianismo y el mundo calé. Y creo que el mayor acierto – entre los muchos que pueden destacarse – estriba en un juicioso y sólido guion que sabe dar vida a unos personajes creíbles, creando situaciones cotidianas llenas de colorido y sinceridad, que rezuman frescura y atención, que hacen avanzar el dramatismo de la trama sin fastidiosos énfasis ni subrayados, que enmarca con destreza y mimo lo asfixiante de una realidad que engulle al individuo hasta convertirlo en prisionero de los arcaicos mandatos de su comunidad. Y lo logra mostrando siempre una legítima ternura y empatía hacia cada una de las reacciones y motivaciones de todos los implicados, sin forzar la emoción, sin impostar el tono, sin negar la congoja y sin menospreciar a nadie.

Quizás la dirección de este primer largometraje de Arantxa Echevarria (así mismo responsable del guion y de la producción) sea lo menos brillante del conjunto, aunque sí consigue acoger y dar prestancia tanto a la atormentada odisea juvenil como a las pinceladas localistas llenas de textura, embrujo y fragancia que permiten apreciar mejor el retrato claustrofóbico y obsesivo donde se encuadran los hechos. La abigarrada coctelera en la que se agitan y hierven costumbres, hablas, comportamientos e idiosincrasias resulta tan deslumbrante como verosímil, configurando un retablo cautivador que seduce y engancha desde el inicio. También la excelente elección y aplomo de un compacto elenco de actores – en su mayoría primerizos – añade un toque encomiable de naturalidad y hondura a sus cometidos.

Se agradece tanto el toque de atrevimiento y hedonismo que preside la obra como el clamor irrenunciable hacia un mundo más libre, acogedor y comprensivo, donde la diferencia, del tipo que sea, forme parte innata de la vida. Además, nos regala con una secuencia estremecedora entre una madre y su hija, donde se entrecruzan el amor, la incomprensión, el desconsuelo y la angustia. Memorable.
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16 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
El viaje de Nisha
El viaje de Nisha (2017)
  • 7,1
    651
  • Noruega Iram Haq
  • Maria Mozhdah, Adil Hussain, Ekavali Khanna, Rohit Saraf, ...
6
La huida sin fin
A veces hablar bien o mal de una cinta puede deberse a un (pre)juicio político o religioso que te puede convertir en la diana de alabanzas o diatribas por parecer que tomas partido de sus postulados o intenciones, en vez de estar ponderando sus virtudes o defectos reales. Yo al menos trato siempre de diferenciar con claridad entre las intenciones con la que parece haberse realizado y las cualidades artísticas que pueda albergar un filme. Esta prolija introducción se debe a que esta sugerente obra europea sobre el destino de una adolescente noruega nacida de padres paquistaníes puede soliviantar a los musulmanes al tiempo que puede despertar el beneplácito y apoyo de las feministas – pero al mismo tiempo puede desembocar en que seas tachado de islamófobo si alabas su crítica al islam y su maltrato a las mujeres al tiempo que seas etiquetado de machista si no alabas el retrato de las penosas vicisitudes de su atormentada protagonista. ¿Cómo salir del atolladero?

Vayamos por partes. La historia se basa en la propia experiencia autobiográfica de su directora y guionista, ya que ella también fue raptada por su familia con el objeto de llevarla al Paquistán de sus antepasados y así aprendiera a ser una buena mujer sometida a los preceptos coránicos y limpiar ‘el qué dirán’ de la comunidad musulmana en la vivía junto a sus padres en la liberal y acogedora Noruega. Por lo tanto, estamos, por una parte, ante una película de denuncia que muestra el sufrimiento de una adolescente por ir contra lo que la comunidad musulmana exige y proclama: la sumisión de la mujer y su ausencia de opinión en sus propios asuntos. Y también estamos ante una película reivindicativa en cuanto al papel de la mujer, con sus derechos y salvaguardas legales – al menos en Occidente, aunque no llegue a cumplirse en todo su territorio con la misma equidad, ya que los defensores del multi-culturalismo y del relativismo moral, dicen que todas las culturas valen lo mismo y hay que respetar las diferencias de todos y no preferir el liberal hetero-patriarcado cristiano sobre la femenina hetero-sumisión del islam. Arcano difícil de comprender, pero del todo respetable…

Es decir, estamos ante una agria polémica sobre la que su directora toma partido. Y yo, desde mi convicción liberal me adhiero a su denuncia del islam (integrista) y su defensa de la mujer (occidental). Pero en cuanto a los logros cinematográficos mi juicio es menos favorable. Resulta demasiado melodramática, demasiado maniquea y en exceso complaciente con sus loables intenciones. Se producen incoherencias dramáticas y el comportamiento de sus personajes es demasiado rígido. El mensaje atrofia la narración y merma su efectividad.

Interesante pero imperfecta.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las distancias
Las distancias (2018)
  • 6,5
    1.014
  • España Elena Trapé
  • Alexandra Jiménez, Miki Esparbé, Isak Férriz, Bruno Sevilla, ...
8
Las cenizas
Cuando echamos la vista atrás, tenemos la tentación de justificar o explicar nuestra vida con interpretaciones disparatadas o quiméricas para que las piezas de nuestro íntimo o colectivo rompecabezas encajen y nos veamos como el héroe (o antihéroe) de nuestra propia película. Y nos obsesionamos con ignorar que echando la culpa a circunstancias externas o imprevistas nos exoneramos de ver, sopesar y evaluar lo que somos y de lo que hemos alcanzado (o no). Ahora se ha puesto de moda – y como toda moda resulta cómoda y superficial – de estigmatizar y convertir en el demonio salvífico y redentor de todos nuestros infortunios, equivocaciones y fracasos vitales a la reciente y lacerante crisis financiera (y de valores) padecida. Culpando a la coyuntura económica y social de nuestros descalabros, yerros y fantasías evitamos asumir nuestra responsabilidad y podemos seguir creyendo que nos hubiésemos merecido un futuro más resplandeciente. Y si no lo logramos, los culpables fueron otros.

Estamos ante una comedia agridulce sobre el fin de los sueños juveniles, sobre la dramática realidad de nuestro mediocre presente, sobre la añoranza de los paraísos perdidos y sobre la dificultad de crecer cuando se está con el eterno síndrome de Peter Pan, queriendo alcanzar nuestra ensoñación fantástica de un futuro radiante, pero desconociendo que, como ya dijo John Lennon “la vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes”. Es decir, crecer y madurar es soltar y despedirnos del pasado y dar la bienvenida y abrazar el presente, asumiendo que nunca nada acaba siendo ni lo que deseábamos ni lo que creíamos merecer, pero que tratar de mantener a flote una quimera hundida nos aboca al descalabro seguro.

Las virtudes de esta película comienzan ya por su soberbio título. Podría también haberse llamado ‘las despedidas’ o ‘los desencantos’, pero sin lugar a duda nos emplaza a asumir la grisura del cielo encapotado y sin lustre que preside la narración claustrofóbica y dolorosa de un Berlín desolado, tan mustio como unas amistades extenuadas que quizás antaño fueron radiantes, tan ajado como unos amores marchitos que quizás en el pasado lo llenaron todo de colores, tan opaco como un presente vacío de excusas y perdones que nos enfanga en un lodazal sin porvenir. Quedarse atrapado por el pasado – por lo que pudo ser o por lo que debería de haber sido – nos condena a ser un mero simulacro de vida. Asumir los fracasos nos ayuda a crecer.

Además del excelente guion (con unos diálogos de engañosa sencillez que encubren abismos de amargura) y de la sobria dirección que ilumina los recovecos más obtusos de los personajes, cuenta con un inestimable reparto que da brillo a unos sujetos tan mediocres como anodinos, tan reales como nosotros mismos.
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20 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Misión imposible: Fallout
Misión imposible: Fallout (2018)
  • 6,9
    7.812
  • Estados Unidos Christopher McQuarrie
  • Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Henry Cavill, Simon Pegg, ...
7
Maquinaria mañosa: Asombro
La obsesión calamitosa del cine actual por idolatrar y empeñarse en el-más-difícil- todavía resulta un ansia compulsiva e irritante. No es tanto que se encumbre lo inverosímil como categoría suprema del cine de acción, sino que se lleva a cabo sin otro fin que el de impactar y abrumar al público, pero dejando de lado el tradicional tesón por cuidar, confeccionar y pergeñar una trama que nos enganche y entretenga más allá de los hiperbólicos fuegos de artificio que parecen haberse convertido en el único medio para atraer a los menguantes espectadores a las salas de cine. Es una indigestión compulsiva que persigue la sorpresa sobre el suspense y la inverosimilitud sobre la seducción, como si ahora fuéramos más lerdos y más mentecatos que hace unos años.

Si bien la reflexión anterior es válida para casi todos los artefactos que anegan las pantallas (ya sea el estirado James Bond o sucedáneos de similar calaña), la verdad es que algunas – pocas – veces parece que se acierta con esa coreografía rocambolesca de lo imposible. Y en esta obra estamos ante la rara excepción que confirma la regla. Nada de lo que vemos tiene ni pies ni cabeza, pero dejando de lado esa antigualla extemporánea de que se nos cuente una historia que permita entenderse sin necesidad de prolijas explicaciones verbales, la verdad es que su director Christopher McQuarrie consigue poner en pie un oneroso juguete que se sostiene por la mera sucesión de escenas a cuál más loca, más descerebrada y más absurda. Por una vez, el hacinamiento rebosante de adrenalina basta para disfrutar de casi dos horas y media que pasan en un humilde suspiro – si bien no de placer, al menos de incauta satisfacción.

Como en tantas superproducciones de la nueva escuela, hay que dejar nuestro cerebro a buen recaudo en nuestra casa, no sea que se nos malogre el disfrute insustancial de una acción carente de todo interés, de unos personajes desprovistos de cualquier enjundia, de unas situaciones ayunas de la más mínima dramaturgia, de unas sorpresas que de tan alambicadas nos podrían producir vergüenza ajena, de unos villanos tan pérfidos que casi se nos antojan fantoches entrañables, de unos héroes que de tan inmaculados nos podrían parecer meras caricaturas angelicales. Si partimos de la base que vamos al cine para olvidar lo cotidiano y que exigimos que nos entretengan por el precio de una entrada, al menos vale la pena sorber un efervescente cóctel de energía que nos atrapa sin apenas resistencia – porque hemos decidido dejar que nos embauquen como a niños mimados.

El gran acierto de esta cinta es la potente, trepidante y tenaz dirección de Christopher McQuarrie, construyendo un descabellado castillo de naipes.
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11 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Nos vemos allá arriba
Nos vemos allá arriba (2017)
  • 6,8
    834
  • Francia Albert Dupontel
  • Albert Dupontel, Nahuel Pérez Biscayart, Niels Arestrup, Émilie Dequenne, ...
7
Papá... ¡mírame! Estoy aquí abajo
La I Guerra Mundial (1914-1918), tan cruel como innecesaria, tan salvaje como olvidada… Significó el fin rotundo del antiguo régimen clasista, elitista y predemocrático que hoy nos resulta tan lejano como incomprensible, que además señaló el entierro de la ensimismada, prepotente y opulenta Europa como dueña y señora en materia política, económica y cultural. Los millones de muertos y mutilados por aquella farsa promovida por unas aristocracias ajadas – que creían poder resolver los conflictos en meriendas versallescas ajenas a las necesidades de sus conciudadanos – aún no han sido ni sepultados ni sanados. Nadie como Kubrick en su magistral “Senderos de gloria” (1957) reflejó aquel aquelarre funesto y patético que trajo unos diluvios nacionalistas que aún hoy asolan nuestras fatigadas tierras patrias, que malviven hurgándose el ombligo y desdeñando, como avestruces, los problemas reales que nada tienen que ver con la ajada estructura política que tenemos.

Esta película francesa – adaptación de una novela de éxito – vuelve sobre aquellos aciagos días bañados de sangre, trincheras infectas y mugre purulenta, tratando de recrear aquella matanza europea, basculando entre la farsa y el esperpento, para desentrañar algunas de sus tenaces consecuencias que aún nos asolan: corrupción, picaresca, insensibilidad y barbarie. Cuando ignoramos de dónde venimos, estamos abocados a repetir los errores y horrores del pasado. Aunque el tema central de esta cinta orbita sobre un dolor más intimo y personal: la mirada (ausente o indiferente) del padre. Cuando creemos que nuestro progenitor no nos ama o nos rechaza, nuestra orfandad semeja un pozo sin fondo donde nos hundimos sin remisión y donde el resentimiento tiñe nuestra mirada hasta volvernos ciegos. Querer ser vistos, identificados y aprobados es nuestra común aspiración y nada de lo que podamos acometer tendrá gusto alguno si no percibimos al acompañamiento y complicidad de nuestra progenie.

Por ello, al tiempo que se nos ofrece un retablo sobrecogedor de aquella infausta carnicería se nos presenta una herida más honda y visceral que no tiene cura ni bálsamo cicatrizante que la sane: la apatía o rechazo de nuestra estirpe, la falta de amor, la ausencia de cariño y tolerancia por quién somos – aunque eso signifique no cumplir con las expectativas que habían depositado implícita o explícitamente sobre nosotros. El abandono y soledad en la que ese repudio e incomprensión nos despeña nos durará toda la vida y nos marcará para siempre como un juguete roto, inservible para la vida.

Barroca y teatrera, ampulosa y sobrecargada, sin embargo, nos consigue emocionar y seducir pese a su excesiva exuberancia y artificiosidad. Hay mucho amor en la mirada que nos refleja el calvario íntimo de dos perdedores de una contienda incivil y fraudulenta. Y cuando llega el perdón, volamos.
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8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil