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Críticas de keizz
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Lucky
Lucky (2017)
  • 7,3
    1.794
  • Estados Unidos John Carroll Lynch
  • Harry Dean Stanton, Ed Begley Jr., Beth Grant, James Darren, ...
8
Entrañable Harry
En un pequeño pueblo en el desierto americano vive Lucky (Harry Dean Stanton), un hombre de noventa años que vive solo. Cada día se levanta, hace ejercicios en casa, acude a la cafetería donde se saluda con el camarero diciendo “No eres nada”, hace un crucigrama, se va a casa a ver concursos televisivos, y por las noches se va a un bar nocturno a tomarse un bloody-mary y charlar con sus amigos.

La película la dirige John Carroll Lynch, y se trata del último film que protagonizó el gran Harry Dean Stanton antes de morir, lo que supone un aliciente extra para ir a verla. Sin que sucedan grandes cosas, la película reflexiona sobre la existencia, sobre la realidad de las personas que están en el ocaso de sus vidas, sobre la soledad, el sentido de la vida, la familia y la muerte.

Pese a todas las divagaciones existenciales y hasta filosóficas del film, no hay nada de pedantería en el mismo. En absoluto. Las preguntas, dudas, miedos y pensamientos que se presentan son los mismos que tendría cualquiera, por lo que nos podemos poner perfectamente en el papel de los protagonistas, más allá de algunos pensamientos surrealistas (especialmente los del personaje que protagoniza David Lynch).

No es el típico retrato lastimero sobre los últimos días de la vida de alguien. En “Lucky” la vejez es solo un estado más, algo natural y llevadero. El protagonista disfruta de sus recuerdos y se adapta al presente, a su realidad, haciendo funcionar su mente dentro de esa amalgama de huesos y pellejo que es su cuerpo. “Estar solo no es lo mismo que sentirse solo”, dice con sabiduría este personaje encantador, que a pesar de su desolador aspecto, pasea su nonagenaria existencia transmitiendo una razonable felicidad que adereza con pensamientos, sarcasmo e integridad.

La trama no es importante ni va a ninguna parte. Lo que importa es el camino. Así, la película discurre de un modo sereno y fluído, entre reflexiones, conversaciones, bromas y buena música. Se intenta desdramatizar la muerte y la vejez, y nos lo cuentan con un sentido poético poco visto en este tipo de historias, y con un sentido del humor siempre latente, incluída la pequeña broma con que el director cierra la película.

Lucky se hace entrañable para el espectador desde el principio del film. En seguida nos parece conocerlo. Sus rutinas gimnásticas, sus crucigramas, sus andares trémulos, su irrenunciable cigarrillo (confiesa que fuma un paquete al día, yo creo que más) o su afición a la música mexicana, nos hace tomarle simpatía. No es un viejo cascarrabias, ni tampoco un tierno viejecito, es simplemente un tipo normal que tiene muchos años, al que no sabemos con seguridad como ha tratado la vida (apenas sabemos que fue a la guerra) y que sigue pensando por su cuenta y planteándose cosas hasta el final.

El film está muy bien realizado, y no parece una ópera prima, pero lo es. John Carroll Lynch debuta como director con este largometraje y lo hace de un modo más que correcto. Con una inesperada eficacia para un debutante, nos deleita con una película elegante, sencilla y llena de sensibilidad. Con algunas escenas que son pura poesía. Su ritmo pausado no aburre, y demuestra tener muy buen gusto a la hora de elegir canciones, y mucho talento para conmover sin ser sensiblero.

Pero a pesar de la buena dirección, hay que admitir que todo el protagonismo recae sobre el actor principal. Habitual secundario de lujo (salvo en “Paris, Texas”, y no se si alguna más, creo que siempre le he visto de secundario), es precisamente en su última película en la que es protagonista casi absoluto, por fin. Y eclipsa todo y a todos, desde el director hasta los compañeros de reparto. Unos compañeros de reparto, por cierto, nada desdeñables. Ahí aparecen Ron Livingston, Beth Grant, Ed Begley Jr., Tom Skerrit y hasta el mismísimo David Lynch, que tiene un papel muy acorde con su estilo de hacer películas.

Dice Lucky en una de sus primeras reflexiones que: “el realismo es aceptar una situación tal y como es. Lo que ves es lo que hay. Pero lo que tu ves no es lo mismo que lo que veo yo” (más o menos, no recuerdo la frase literal, pero algo así). Y así es. Quizá por eso, no tiene pudor en mostrarnos el mal aspecto que tiene un cuerpo de noventa años, y nos hace saber con su interpretación que le aterra la llegada de la muerte, que cada día de vida es un regalo y que es dramático no tener más, que maldice el tiempo perdido en tonterías y que se arrepentirá hasta el fin de sus días de haberle quitado su canto a aquel ruiseñor al que disparó siendo niño.

Para un admirador de Harry Dean Stanton como yo, ver esta película era una obligación. Siempre me ha provocado ternura, pero esta vez se ha superado a sí mismo. Ver “Lucky” es viajar al futuro. Si la vida me respeta, alguna vez seré Lucky. Todos lo seremos. Y cuando llegue ese momento, será algo conocido, porque ya lo he visto. Esa sonrisa cómplice que Stanton nos dedica a todos justo al final de la película, y con la que se despide de los espectadores y de la vida es de esas imágenes que uno se queda para siempre.

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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Custodia compartida
Custodia compartida (2017)
  • 7,5
    763
  • Francia Xavier Legrand
  • Léa Drucker, Denis Menochet, Thomas Gioria, Mathilde Auneveux, ...
8
Acojonante, en los dos sentidos de la palabra.
Se trata del primer largometraje de Xavier Legrand, quien también es responsable del guión del film. Y lo hace a lo grande, con un drama familiar rebosante de autenticidad que poco a poco va dando paso a un thriller arrebatador, duro, implacable, que te va calando poco a poco y que, con muy pocos momentos de respiro, te mantiene pegado a la silla sin pestañear durante todo el metraje.

Los primeros minutos del film nos muestran los alegatos de las respectivas abogadas ante la juez del caso. Mientras lo vemos nos parece un poco largo asistir al juicio completo, con esos farragosos legalismos, pero en realidad nos están poniendo en situación. Es la manera que Legrand elige para describir la situación desde ambos puntos de vista, el de la madre y el del padre, diametralmente opuestos, mediante los argumentos de sus respectivas abogadas.

Legrand por una parte narra con naturalidad, tratando de ser imparcial y que el espectador juzgue, pero por otro lado influye, presentando un padre voluminoso con un rostro en el que se percibe una capacidad de ser violento, y una madre frágil. Quizá estereotipa demasiado a ambos. Por el contrario, la figura del niño sí que desprende autenticidad, impactando más en el espectador gracias a sus silencios y su mirada asustadiza.

El director nos pone en la piel del niño. Es su visión de las cosas la que vemos, más que las de sus respectivos progenitores. Percibimos sus miedos y nos ponemos en su situación, especialmente en los viajes en coche con su padre y las comidas con los abuelos paternos. También es magistral la forma en que se centra en el rostro de Josephine cuando en la fiesta de cumpleaños interpreta “Proud Mary” con una cara de inexpresivo espanto, sabiendo y haciéndonos saber que algo está pasando ahí fuera.

De este modo, pese a que en la escena inicial del juicio se nos presentaba una película en la que la cosa iba de la típica pugna por la custodia de un hijo en una pareja divorciada, a partir de ahí la cosa va cambiando y nos damos cuenta de que no se trata de los padres y sus desencuentros, sino de los hijos. Son los hijos, en el centro del cuadrilátero, los que a menudo reciben los golpes que se lanzan sus padres entre sí. El pequeño Julien nos conmueve, es imposible no empatizar con él. Es el eje de todo. Pero además, es el más vulnerable, y que que más expuesto está en la guerra de sus padres.

Evidentemente, hay que valorar el excelente trabajo de Thomas Gioria en el papel de Julien. Aunque sería injusto hacer de menos al resto del elenco. Especialmente Denis Menochet, que está absolutamente espectacular también. Las dos mujeres (madre e hija) están bien, pero lejos, muy lejos, de las interpretaciones de los dos protagonistas masculinos.

La parte final de la película, desde la fiesta de cumpleaños en adelante, es tremenda. Uno ya estaba metido en la película, sin posibilidad de escapar, ya que por momentos en lugar de estar en una sala de cine sientes que vas dentro de esa furgoneta con el padre y el niño, pero es que en la parte final te agarras al asiento como si estuvieras montado en una montaña rusa. Es una barbaridad. Un final impactante que da paso a los créditos y al silencio. Es raro ver la aparición de los créditos sin música ninguna. Aquí simplemente acaba, los espectadores estamos boquiabiertos, y la oscuridad, el silencio y los créditos apareciendo ceremoniosamente nos anuncian que ya podemos destensarnos, que somos libres, que podemos irnos.

No es una película cómoda, todo lo contrario. Hacía tiempo que no lo pasaba mal (en el buen sentido) en una sala de cine. Hay demasiadas cosas latentes, no explicitadas en el film que te llegan inexorablemente. No es sólo lo que ves, sobre todo es lo que barruntas, lo que captas de un modo soterrado. Es acojonante (en los dos sentidos de la palabra).

Quizá los personajes de la pareja de divorciados podrían ser algo menos esterotípicos, pero a pesar de ello y algún otro error menor, parece mentira que una ópera prima desprenda tanta madurez. Xavier Legrand hace un debut potente y pone el listón muy alto para sus próximas obras. Su profundidad y su autenticidad contrasta con su minimalista en su puesta en escena, y hacen de “Custodia compartida” una experiencia cinematográfica difícil de olvidar.

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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una razón brillante
Una razón brillante (2017)
  • 6,5
    483
  • Francia Yvan Attal
  • Daniel Auteuil, Camélia Jordana, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, ...
6
Indiscutiblemente entretenida, lo demás es discutible.
Se han visto muchas veces este tipo de historias en el cine, y la verdad es que dan juego. El profesor maduro, próximo a la jubilación, de vuelta de todo, quejoso de la miseria intelectual de sus alumnos, mezquino y egocéntrico, provoca deliberadamente a sus alumnos con el fin de estimularlos culturalmente. Por otra parte, la chica joven y humilde, en las antípodas de su profesor, tanto en edad como en creencias, talante y perspectiva de la vida. Pero los extremos se tocan, y por eso cuando les toca, a regañadientes, formar equipo de trabajo para preparar un concurso de dialéctica, la cosa funciona.

A medida que empiezan a trabajar y a conocerse, van cediendo paulatinamente, para tratar de acercarse a las posiciones del otro. El profesor utiliza el libro de Schopenhauer “El arte de tener razón” para enseñar a su alumna a argumentar sus razones, para que entienda que en la discusión es más importante el modo en que se expresan los razonamientos que éstos en sí mismos. Que no se trata tanto de defender la verdad como de saber imponer tu criterio con locuacidad.

Attal opta por narrarnos la historia más desde el punto de vista de la chica que con el del profesor. Así, asistimos a sus viajes en metro o autobús, sus rutinas en casa, los ratos con los amigos del barrio o su incipiente relación amorosa con su vecino Mounir (Yasin Houicha). En cambio, no se nos muestra apenas nada de la vida del profesor fuera de las aulas, salvo cuando está con ella preparando el concurso.

El film transcurre siempre por cauces amables. Es una pena que Attal no haya sido un poco más atrevido. Su apuesta por la comedia ligera y por la comercialidad le evita indagar a fondo en temas como la desigualdad social, la falta de interés por la cultura, los problemas de integración de los inmigrantes, y hasta el machismo. Todo se toca de pasada, de refilón, para no ofender. La comedia está bien lograda, pero le falta acidez. Parece más una comedia norteamericana que una europea.

Llama la atención el trabajo de los dos principales intérpretes. De Daniel Auteuil no sorprende, le conozco desde sus películas de principios de los noventa y siempre ha estado a la altura. En cambio, Camelia Jordana es una grata sorpresa. El director además sabe utilizar su rostro expresivo y luminoso en algunos planos para dotar de una emoción extra a algunas escenas. Y lo mejor es que Auteuil y Jordana se mejoran mutuamente, desprendiendo una gran química interpretativa entre ellos, que hace que suban de nivel en las escenas que comparten.

El resultado final de todo es una película entretenida, divertida, y llena de buenas intenciones. Lo peor que tiene es que es bastante previsible (totalmente, de hecho) y que su humor y su mensaje están bastante almibarados. Pero bueno, aún así se ve con agrado y algunas escenas tienen bastante gracia.

Además, siempre está muy bien que haya películas que reivindiquen la cultura, que den importancia al lenguaje, que fomente el disfrute intelectual y de paso alerte (aunque yo creo que en vano) del peligro de los prejuicios. Para pasar un buen rato y al salir tener ganas de leer a Schopenhauer.

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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
1945
1945 (2017)
  • 6,8
    151
  • Hungría Ferenc Török
  • Péter Rudolf, Tamás Szabó Kimmel, Dóra Sztarenki, Bence Tasnádi, ...
7
Que vienen los judíos!
Un día de agosto de 1945, los habitantes de un pueblo de Hungría se preparan para la boda del hijo de un representante municipal. Mientras, del tren que llega al pueblo se bajan dos judíos que transportan dos misteriosas cajas, con las que se dirigen al pueblo. Este preboste del pueblo (a su vez dueño de una tienda) y otros habitantes empiezan a temer que los judíos que llegan sean familiares de los judíos que fueron deportados por los nazis, que vuelven para reclamar sus propiedades. Unas propiedades que llevan unos años ya usurpadas por la gente del pueblo.

Ferenc Torok dirige esta película, rodada en blanco y negro (no se por qué hay este empecinamiento en rodar en blanco y negro este tipo de películas), en la que se nos narra un drama rural en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo húngaro tomado por las fuerzas soviéticas y donde se pone de relieve la bajeza del ser humano mostrando la situación de este pequeño pueblo que es extrapolable a Europa entera.

Los judíos llegan a la estación del tren, bajan las cajas, y contratan un carro para que les lleve al pueblo. Suben las cajas al carro y ellos van caminando a su lado, dirigiéndose al pueblo, mientras un policía corre a avisar al representante municipal de la llegada de los judíos. La película se desarrolla contando lo que pasa en el pueblo mientras dura el trayecto a pie de los judíos desde la estación hasta el pueblo, por lo que la historia parece desarrollarse en tiempo real.

Vemos todas las maquinaciones, las idas y venidas, las amenazas, las acusaciones, los miedos y el desasosiego general que causa la noticia de la llegada de los judíos, presuntamente a reclamar lo que es suyo. Hasta que, por fin, los judíos llegan. Ya al final de la película.

Sin necesidad de que los judíos lleguen al pueblo, la simple advertencia de su llegada hace que los habitantes del pueblo se alboroten y la mala conciencia que tienen sobre lo que hicieron, primero entregando a los judíos a los nazis, y luego quedándose con sus propiedades, hace que todo termine estallando por los aires y las vidas de varios de los habitantes del pueblo se desmoronen por completo. Los judíos no hacen nada, no intervienen, simplemente caminan hacia el pueblo. Pero la simple presencia de sus figuras caminando hacia ellos hace que toda la comunidad de la aldea se desestabilice por completo.

Torok maneja la narración de manera admirable y en la hora y pico que tardan los judíos en llegar al pueblo nos muestra la detonación que supone para el pueblo la llegada de esas dos figuras amenazantes, con su ceremonioso caminar, y sus consecuencias en forma de conflictos familiares, trapos sucios que salen a la luz, traiciones y rencores que toman cuerpo a raíz de la llegada de los judíos justamente el día en que se iba a celebrar una boda apañada por los padres entre dos jóvenes que no se amaban.

A pesar de que la película se disfraza de tratar sobre un aspecto poco explorado de la Segunda Guerra Mundial, lo que sucedió en los pueblos y ciudades al acabar la guerra cuando regresaron los que habían sido deportados; en realidad se trata más de una película costumbrista y una parábola sobre el comportamiento humano. Se incide mucho más analizar la condición humana y sus miserias morales, tanto como seres individuales como sociales, que a hacer una crónica histórica sobre unos acontecimientos concretos.

La fotografía es magnífica y los actores cumplen sobradamente con su cometido. Especialmente Peter Rudolf, que interpreta de maravilla el papel de cacique de pueblo. El resto del reparto, los para mí desconocidos Bence Tasnadi, Tamas Szabo Kimmel, Dora Sztarenki, Agi Szirtes y Jozsef Szarvas.

Como puntos flojos del film diría que al narrarse en tiempo real hay algunos tramos que se hacen un poco pesados. Las tramas secundarias nunca llegan a alcanzar el interés que deberían. Por otra parte, me parece que la falta algo de filo para que el espectador se sienta más agredido por los acontecimientos. Me parece que para esa propuesta, el resultado debería ser más demoledor. Deberías salir del cine más tocado de lo que sales.

Pero bueno, la película es más que interesante. Una obra artística humilde pero bella y al mismo tiempo sólida. Con las características del cine centroeuropeo pero haciendo guiños constantes a los viejos westerns con forasteros que llegan al pueblo y se arma parda. Me gustó, rebosa dignidad y no me molestan sus imperfecciones. Seguramente dentro de un tiempo volveré a verla.

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La muerte de Stalin
La muerte de Stalin (2017)
  • 6,4
    1.660
  • Reino Unido Armando Iannucci
  • Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Michael Palin, ...
7
Berlanga a la rusa
El 2 de Marzo de 1953, Josef Stalin recibe un disco grabado esa misma noche exclusivamente para él, que contiene una nota. Tras leerla, sufre un infarto cerebral y cae desplomado en su despacho. Nadie se atreve a entrar hasta la mañana siguiente. Una vez descubierto, y sin que nadie se atreva a tocar el cuerpo, los más destacados miembros del Partido Comunista se reúnen a su alrededor para decidir qué hacer. Aún no ha muerto, pero resulta que los mejores médicos del país han sido asesinados o exiliados, por lo que los médicos que llegan para tratarle no son demasiado competentes. Tras su inevitable muerte, los miembros del Politburó comienzan a mover sus piezas para intentar hacerse con el poder vacante.

Armando Ianucci dirige esta sátira política que resulta ser la adaptación de un cómic francés de Fabien Nury y Thierry Robin. El film se inicia en la última noche de la vida de Stalin, y en las primeras escenas se nos muestra la oscura realidad de aquellos tiempos. El miedo a decir algo inapropiado sobre Stalin, las detenciones y ejecuciones que ordenaba, y el modo en que sus más cercanos miembros del gobierno le adulan y le temen. El dictador quiere la grabación de un concierto que ya ha terminado, y como no se ha grabado, el concierto vuelve a ejecutarse, con otro director y con espectadores cogidos de la calle. Llevamos diez minutos de película, ya nos hemos reído y tenemos la sensación de estar ante una película de Berlanga a la rusa.

Ianucci nos relata estos sucesos históricos en modo de comedia negra, y es un gran acierto, puesto que los hechos que narra son terribles pero al mismo tiempo tan disparatados que son mucho más fáciles de digerir si nos los tomamos a risa. Pero lo hace utilizando el humor en su justa medida, para que el film no caiga en el esperpento. Los hechos son evidentemente ridiculizados (aunque habría que ver si la realidad no superó la ficción) pero tratados con un humor contenido a la vez que sostenido, por lo que te ríes pero al mismo tiempo tomas conciencia de lo que debieron ser aquellos días en la Union Soviética.

El humor negro es especialmente despiadado y mordaz cuando aborda las ejecuciones y las torturas de la época, lo cual parecería a simple vista pasarse de la raya, pero el director logra que no tengamos esa sensación, y sí más bien la de que ridiculiza un gobierno caprichoso y tiránico.

El excelente guión (no conozco el cómic, así que no puedo decir si está más o menos bien adaptado) se basa en unos diálogos chisposos y rápidos apoyados por el movimiento de cámara que le otorga aún más ritmo a la película. El humor a veces subyacente y otras más explícito (muy inglés siempre) hace que el espectador no llegue a tener nunca claro hasta qué punto lo que se le cuenta fue real, y hasta qué punto llega la caricatura de los hechos y los personajes. Poco importa, la película es a un tiempo didáctica y desternillante.

Para que no haya dudas, en la cena de Stalin con sus colaboradores al principio de la película, el director nos muestra un cartel con los nombres de todos, así les identificamos desde el principio. Son Lavrenti Beria (Simon Russell Beal), mano derecha de Stalin (y georgiano como él) e implacable ejecutor de las purgas que se llevaban a cabo en la postguerra soviética, Nikita Kruschev (Steve Buscemi) que acabaría siendo presidente de la Unión Soviética, Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor) que era el sucesor formal de Stalin, aunque poco espabilado y un tanto blando, era carne de cañón para que no le permitieran serlo, y Vyacheslav Molotov (Michael Palin), sí el del cóctel, que estaba en la lista de sacrificados políticos y al que salvó la repentina muerte de Stalin.

La película se centra básicamente en las interacciones de estos cuatros personajes, sus maquinaciones y manipulaciones, sus idas y venidas, sus alianzas y desacuerdos, todos ellos buscando dentro de las directrices del Partido Comunista, su beneficio personal, lo que da lugar a situaciones tan cómicas como la que se produce cuando el dictador agonizando señala un cuadro en el que se ve una pastora dando el biberón a un cordero, y cada uno de ellos intenta interpretar en ese gesto una cosa diferente, en una de las escenas más desternillantes de la película.

Las interpretaciones son muy buenas. Inevitablemente exageradas pero nunca sobreactuadas. Mi adorado Michael Palin me hace reir aunque no diga nada, solo con verle ya me hace gracia (en la escena de las votaciones del Comité es el Palin de los Monty Python en estado puro), pero destacan sobre todos el siempre brillante Steve Buscemi y Simon Russell Beal en el papel menos amable que el del resto del reparto.

En cuanto a los puntos negativos, a mi juicio el final es un tanto confuso, no por lo que pasa, sino por el tono que adquiere. Me dio la sensación de que la película se cerraba de un modo más dramático y menos humorístico de lo que había sido el resto del film, lo que te deja una sensación de ligero desconcierto. Por otra parte, me dió la impresión de que no se tratan adecuadamente los personajes de los hijos de Stalin, Svetlana (Andrea Riseborough) y Vasily (Rupert Friend), aunque tampoco podría asegurarlo.

Resumiendo, para quien les interese el tema es una película absolutamente recomendable siempre y cuando tengan sentido del humor y sepan que están viendo una parodia. Ianucci nos brinda una obra en la que a través de unos diálogos eléctricos e inteligentes, una puesta en escena sencilla, un humor negro y fino, indispensable para lubricar la terrible realidad que nos relata, y unos intérpretes muy dotados para las escenas que rozan la teatralidad, se logra un retrato tan demoledor como tronchante de Stalin y los que le rodeaban.

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3 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Party
The Party (2017)
  • 6,5
    1.711
  • Reino Unido Sally Potter
  • Patricia Clarkson, Bruno Ganz, Cherry Jones, Emily Mortimer, ...
7
Así deberían ser todas las fiestas
Janet (Kristin Scott Thomas) acaba de ser nombrada ministra, y para celebrarlo da una fiesta en su casa junto con su marido Bill (Timothy Spall). A ella acuden varios amigos: April (Patricia Clarkson) y su marido Gottfried (Bruno Ganz), la pareja lésbica formada por Martha (Cherry Jones) y Jinny (Emily Mortimer), y Tom (Cillian Murphy) que acude solo, avisando de que su mujer, Marianne, llegará más tarde. La reunión comienza siendo una celebración pero empiezan a surgir confesiones que harán que termine siendo una velada trágica.

Sally Potter dirige esta película de planteamiento poco original (reunión de amigos en las que empiezan a salir trapos sucios y acaban como el rosario de la aurora ya hemos visto unas cuantas), con estructura teatral y particularidades reseñables como el uso del blanco y negro (apoyado en una fotografía excelente) que le da un toque clásico que queda muy bien, y su metraje inusualmente exiguo (apenas 70 minutos de película, prácticamente un mediometraje).

En este tipo de películas de estructura teatral, en mi opinión hay dos elementos claves: los personajes y los diálogos. Si los personajes están bien construidos y tienen interés, y los diálogos son buenos, para mí casi siempre funcionan. Y en este caso, a mí me gustó porque esos dos elementos me parecieron bien logrados. Incluso diría que los diálogos son demasiado buenos. Tanto, que se hacen poco creíbles de tan buenos que son. La gente, por inteligente que sea, no suele improvisar frases tan brillantes.

Potter elabora una comedia mordaz, que empieza ya con el mismo título (“Party” en inglés significa fiesta, pero también partido político), en la que critica con un humor afilado e inteligente a la clase política, a la sociedad moderna, la amistad y sobre todo a las relaciones de pareja. Una película que sabe reirse de las cosas serias, con ese humor británico tan característico que no todo el mundo capta.

No es normal tomarse a broma la política, la maternidad, el feminismo, el adulterio, la enfermedad, y mucho menos la muerte. Sin embargo, Potter se permite hacerlo con brillantez. Cuando te quieres dar cuenta te encuentras metido en aquella casa riéndote con situaciones que no tienen nada de cómicas en sí mismas, pero que tratadas con esos diálogos sutilmente lacerantes no puedes evitar que lo parezcan.

Toda la película se desarrolla en la casa de Janet. En la cocina, en el jardín y en el baño se van generando subtramas, con conversaciones de parejas aparte, o de unos pocos que hablan en privado, y al final todas esas pequeñas subtramas convergen en el salón, que es el escenario central en el que todo estalla.

Como dije antes, es clave que los personajes estén bien perfilados y tengan interés, y en esta película esto se produce. Muy poco tiempo después de conocer a cada uno de ellos ya sabes cuales son sus características. Pero para que los personajes funcionen, no solo tienen que estar bien perfilados y desarrollados en el guión, es imprescindible que también estén bien interpretados. Y a fe que Sally Potter ha sabido poner cuerpo a cada uno de ellos, rodeándose de un reparto deslumbrante.

De entre todos, para mí destaca Patricia Clarkson, con un carisma arrebatador mezcla de Lauren Bacall y Bette Davis, interpretando a April, creando un personaje de mujer cínica, absolutamente ácida y sugerente, te hechiza con su voz y su presencia de principio a fin. El resto, un peldaño por debajo, pero todos bien. Kristin Scott Thomas (a la que no recuerdo una interpretación floja) aguanta los primeros planos con una solvencia digna de todo elogio. Bruno Ganz está perfecto haciendo contrapunto a todos sus compañeros de reparto (es el único extranjero, y el único que parece estar fuera del sistema). Cherry Jones está perfecta en el papel de lesbiana recia que se desmorona con una frase conmovedora. Timothy Spall brilla en su papel de personaje taciturno y sorprendente. Por su parte, Emily Mortimer y Cillian Murphy cumplen bien con sus roles (ella, la lesbiana frágil; él completamente desquiciado por el dolor).

Con algunas frases para el recuerdo, la película se pasa en un suspiro (aunque durando 70 minutos esto no tiene mérito). Parece mentira que en tan poco tiempo, Potter sea capaz de tratar tantos asuntos y de dar tanta caña, incluso diría que a dejar en paños menores al ser humano actual, en el que hay una gran diferencia entre lo que se aparenta y lo que en realidad somos. La película es divertida si la vemos desde fuera, pero deprimente si nos vemos reflejados en ella.

Película no recomendable para todos los públicos. No todo el mundo responderá igual ante el ingenioso humor y las mastodónticas dosis de ironía que hay en sus diálogos. Un film que no tiene piedad con sus personajes, a los que deja en pelotas para que percibamos su miseria moral, que en el fondo es la nuestra. Quizá por eso terminamos tomándoles cariño y disfrutando la paradoja de reirnos de cosas que no tienen gracia, salvo que les pasen a otros.

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The Florida Project
The Florida Project (2017)
  • 7,3
    5.706
  • Estados Unidos Sean Baker
  • Brooklynn Prince, Willem Dafoe, Bria Vinaite, Caleb Landry Jones, ...
8
Verano de contrastes
La película, que dirige Sean Baker, es una visión poco amable de la vida que se esconde debajo del “sueño americano”. Justo al lado de uno de los lugares más supuestamente idílicos del planeta, Disney World, el sueño de los niños, hay un barrio en el que los niños se hacinan, se malcrían y juegan en realidades muy distintas a las que tienen los visitantes del parque de atracciones más famoso del mundo.

Es habitual en el cine indie norteamericano este hurgar en la cara oculta del sueño americano, este mostrarnos que, al lado del lujo y la prosperidad convive irremediablemente un ejército de personas que sobreviven de un modo nada glamouroso. Lo que Baker aporta de novedoso en esta película es mostrar esas vidas quebradas y sin futuro a través de los ojos de los niños, unos ojos llenos de fantasía, inocencia y vitalidad.

Baker nos sumerge en su mundo desde la primera escena, en la que los niños se comunican a gritos en la distancia hasta que suena la canción “Celebration” de Kool & The Gang junto a los créditos iniciales. Niños jugando y una música alegre y positiva que nos introducen, a traición, en una historia de exclusión social. Nos encandila con música y niños para mostrarnos la derrota humana.

Y hay que decir que lo hace muy bien. Utilizando una fotografía preciosista que inunda la pantalla de colores, y asentando la película sobre la irrisistible presencia de Brooklynn Prince, la niña protagonista que con un desparpajo descomunal nos roba el corazón irremediablemente.

Y como en la película todo son contrastes (los pobres viviendo cerca de los ricos, los niños con los adultos, la alegría escondiendo la pena, etc.), tenemos a Willem Defoe dando el contrapunto a la inocente exhuberancia infantil de la protagonista con su aplomo, su experiencia y su pulcritud interpretativa. La mezcla es perfecta y funciona, mejorándose el uno al otro en las escenas que comparten.

Lo más flojo de la película es la trama, puesto que no deja de ser una sucesión de situaciones cotidianas sin más interés que el de mostrarnos las agrietadas vidas de esas personas y su incierto presente. Con un desenlace previsible pero bien hilado, mucho más emotivo de lo que en principio me esperaba cuya hermosa forma de producirse compensa. Un final no sorprendente pero bello.

El film rebosa realismo, y la aportación de los niños, su candidez y vigor, mitigan un tanto lo deprimente de su mensaje. Es indudablemente incómoda de ver, porque la irresponsabilidad de la madre de Moonee nos irrita, y porque no podemos evitar sentirnos mal al presenciar algunas de las cosas que los niños tienen que ver, con su mirada de estupor. Afortunadamente, igual que a los niños al poco rato se les olvida lo malo y vuelven a su mundo cotidiano de juegos, nosotros salimos del cine y se nos pasa el mal rollo.

Está muy bien el modo en que Baker filma las secuencias más duras. Las vemos como en segundo plano. La pelea de las dos madres delante del niño o la escena en que Moonee tiene que cerrar las cortinas del baño cuando está jugando ajena a lo que sucede al lado. Además hay otras escenas que se te quedan grabadas por irreverentes y atrevidas (el concurso de eructos o la compresa en el cristal) y que terminan por dar identidad a una película que definitivamente nos termina ganando, que no podemos evitar tomarle afecto, igual que Bobby a Moonee a pesar de sus travesuras.

“The Florida Project” me parece una magnífica película más por los detalles que por su conjunto. Me gusta que Baker no se ceba con la miseria de sus personajes y su situación al límite, sino que mantiene el ritmo con agilidad y positivismo, un ritmo que marcan los niños, los verdaderos protagonistas de una historia que no entienden y que no están dispuestos a sufrir. Para ellos el verano es tiempo de juegos, de travesuras, de comer helados y de experimentar. El resto son cosas que pasan a su alrededor. El infierno puede estar justo al lado de Disney World. Puro contraste.

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Yo, Tonya
Yo, Tonya (2017)
  • 7,1
    7.427
  • Estados Unidos Craig Gillespie
  • Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Caitlin Carver, ...
8
El día mundial de la actriz
Tonya Harding (Margot Robbie) fue una famosa patinadora estadounidense que en 1991 se convirtió en la primera norteamericana en lograr hacer un triple axel en competición. Pero su fama no solo le llegó por sus éxitos deportivos, sino también por otro incidente que se convirtió en unos de los mayores escándalos de la historia del deporte.

Dirigida por Craig Gillespie y producida por la propia Margot Robbie, “Yo, Tonya” es un biopic inusual en el que se nos muestra la insólita vida de Tonya Harding narrada a modo de documental y en el que cada personaje aporta su punto de vista de cada uno de los acontecimientos que fueron ocurriendo en la vida personal y profesional de la patinadora.

Tonya Harding empezó a patinar antes de los cuatro años y su madre, LaVona Golden (Allison Janney) se empeñó en que la niña se convirtiese en patinadora profesional, utilizando métodos espartanos con la niña, a la que no dudaba en golpear e insultar si no progresaba tanto como ella esperaba.

A pesar de su gran talento, Tonya no recibía las calificaciones que merecía. Pueblerina y maleducada, criada en una familia desestructurada y sometida al maltrato de una madre déspota, Tonya no era del agrado de los jueces que tenían que puntuar sus actuaciones. En un deporte en el que se tiene mucho en cuenta la elegancia, la femineidad y los elementos superfluos, ella no respondía al cánon requerido. Competía con trajes hechos en casa y era muy poco refinada a la hora de lucir peinados, uñas, y en lugar de música clásica solía acompañar sus actuaciones con canciones de rock.

Casada a los 19 años con Jeff Gillooly (Sebastian Stan), quien también la maltrató físicamente, la vida de Tonya era todo menos edificante y modélica, y eso la pasaba factura en la competición, no solo en la calidad de sus ejercicios sino también en la puntuación que recibía de los jueces. Por el contrario, su principal rival, Nancy Kerrigan, era una chica grácil, elegante, educada y criada en una familia estable.

La película es una auténtica tragicomedia que tiene al espectador boquiabierto desde el principio, que no te da respiro y que mantiene el interés desde el principio hasta el final. Y más allá, porque cuando terminas de verla quieres saber más sobre la vida de Tonya. Es de esos biopics en los que parece mentira que la realidad esté (como mínimo) a la altura de la ficción, pero resulta que sí, que lo está. Hay vidas de película, y la de Tonya Harding es una de ellas.

El ritmo vibrante (además de las interpretaciones) es el punto fuerte de la película. Se consigue gracias a un montaje perfecto y a la estructura narrativa a caballo entre el falso documental y la comedia negra, con saltos temporales adecuados que hacen que el espectador no parpadee siquiera y se combine la risa con la estupefacción ante lo que ve.

En lo tocante a las interpretaciones, hay que descubrirse. Todos están bien, pero las dos actrices principales tocan literalmente el cielo interpretativo. Margot Robbie me ha sorprendido. La tenía como una de las tres mujeres más guapas del universo (aunque aquí, por tener que parecerse a la Harding, no lo parece tanto), pero no me imaginaba que llegase a tener este talento como actriz. Hace un papelón antológico. Pero si Margot Robbie está sorprendentemente fantástica, no tengo palabras para definir el trabajo de Allison Janney. Su interpretación de la perversa y grotesca madre de Tonya no es de este mundo. De verdad que es una cosa de locos, diga lo que diga me quedo corto.

Y luego están las canciones. Una colección excelente y muy bien utilizada de temas que realzan aún más la película. Suenan “Barracuda” de Heart, “25 or 6 to 4” de Chicago, “Shooting star” de Bad Company, “Sleeping bag” de ZZ Top, “How can you mend a broken heart” de Chris Stills, “Dream a little dream on me” en una versión que no identifiqué, “Gone daddy gone” de Violent Femmes, una versión en inglés de “Gloria” de Tozzi, “The chain” de Fleetwood Mac (me dió mucha rabia cuando la cortaron), “Goodbye stranger” de Supertramp, “Romeo and Juliet” de Dire Straits y “The passenger” de Souxsie and the Banshees al final de la película.

La película combina perfectamente el hecho de contarnos una historia tan real como lamentable y vergonzosa con una crítica lacerante a la sociedad en general y a la norteamericana en particular, y al mismo tiempo logrando ser divertida, atractiva y tremendamente entretenida.

Me ha gustado por todo lo que he explicado anteriormente y porque he sucumbido a su agilidad, su autenticidad y su mala leche. Y creo que esta noche me costará conciliar el sueño recordando a Allison Jenney (con Margot Robbie ya sueño habitualmente). Habría sido imperdonable no ver esta película.

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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La forma del agua
La forma del agua (2017)
  • 6,6
    27.767
  • Estados Unidos Guillermo del Toro
  • Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Octavia Spencer, ...
5
Como el agua: sin sabor ni sustancia.
Guillermo del Toro dirige esta película en la que da rienda suelta a su habitual fantasía y nos intruduce en su particular universo de monstruos, villanos, magia y misterio. Una especie de película de Walt Disney para mayores en el que los malos son muy malos y los buenos son todos seres humanos marginales: una mujer de la limpieza muda y solitaria que se masturba ritualmente en la bañera, un artista homosexual preocupado por su calvicie, un científico soviético más preocupado por la ciencia que por la patria…

Del Toro tira de puesta en escena para recrear su universo de fantasía años 60, a base de tonos verdosos, dotando a la película de una estética particular y característica de su director. La reconocible y excelente música de Alexandre Desplat contribuye con su belleza a materializar el mundo fantástico que nos muestra el realizador mexicano.

Las intenciones de Del Toro son loables. Nos habla del amor, la amistad, la integridad, especialmente entre personas desfavorecidas. De la capacidad que tenemos de mostrar afecto aún en las más difíciles circunstancias. Nos dice que importa más el corazón que cualquier cosa, y que para amar no existen barreras en forma de edad, sexo, raza, o apariencia. El mensaje es magnífico y lo respaldo, pero personalmente, no me llegó.

La película nunca llega, no ya a gustarme, sino a interesarme siquiera. Y no es que me importe mucho que la historia no sea creíble, es que además es muy previsible y a la media hora de película ya te puedes ir porque sabes todo lo que va a pasar hasta el final. Y lo poco que no sabes carece de interés. A pesar de la gran puesta en escena, de la magnífica música y del buen trabajo de los actores, la película no me llama la atención. Y, obviamente, es debido al guión, tremendamente simple y carente de profundidad narrativa.

Porque los actores también están muy bien. Sally Hawkins es una especialista en este tipo de papeles de mujer discapacitada y se marca una actuación muy buena. A su lado, Michael Shannon, siempre eficiente, compone un personaje de villano insuperable. Completa el trío de actuaciones memorables Richard Jenkins, que es un titán de la interpretación y también lo borda. En menor escala, pero también solventes, Octavia Spencer interpreta a la mujer de la limpieza amiga de la protagonista, Michael Stuhlbarg al científico soviético y Doug Jones a la criatura hombrepez.

Quizá el problema sea mío y no de la película, pero me parece que los temas que trata y la manera en que parece ser que intenta Del Toro que reflexionemos sobre ellos no se corresponden con el estilo del film. La película es demasiado fantasiosa y algunas situaciones demasiado absurdas como para que me la llegue a tomar en serio. El mensaje está ahí pero no es consistente, no consigo meterme en la película, no me llega a interesar lo que veo y se me hace hasta pesada por momentos.

La historia de amor no me parece creíble. Y no porque se trate de una muda y un monstruo, sino por la forma en que se produce y se desarrolla. Hay que currarse un poco más las historias. No puede ser que la limpiadora y la bestia estén locamente enamorados tras verse un par de veces, y todo gracias a los huevos cocidos. Tiene huevos la cosa.

Película de buenos y malos en la que todo es blanco o negro, cubierta por un precioso envoltorio técnico pero que no contiene nada especial. Una historia sosa, predecible, empalagosa, y carente de originalidad. Bonita por fuera pero vacía por dentro, sin sustancia, sin veracidad, y además manipuladora. Me temo que le gustará a mucha gente, pero tengo que ser honesto, a mí no me gustó. Y mira que siempre que voy al cine intento que me guste lo que veo, pero esta vez pinché.

No tengo claro si recomendarla o no. Depende de cada uno. La película está bien hecha, bien interpretada, y visualmente es potente. Pero para mí, eso no basta. El guión está lleno de despropósitos, mal elaborado, y así es muy difícil que me guste. Del Toro intenta hacer una película romántica y sensible, y le ha salido una cursilada un poquito vergonzosa, a mi modo de ver.

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9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sin amor (Loveless)
Sin amor (Loveless) (2017)
  • 7,1
    2.221
  • Rusia Andrey Zvyagintsev
  • Maryana Spivak, Aleksey Rozin, Matvey Novikov, Marina Vasilyeva, ...
8
Desgarradora
Andrey Zvyagintsev es, sin duda, el director ruso de la actualidad más reputado merced a sus películas conmovedoras en las que suele indagar en el sentimiento de culpa y retratar sin piedad una sociedad rusa decadente y descompuesta. Después de su anterior trabajo (“Leviatán”) no podía resistir la tentación de ver su última película, y no me ha defraudado. Este hombre es toda una garantía para mí.

Zvyagintsev me vuelve a seducir desde el primer fotograma. Su puesta en escena deslumbrante, esa fotografía preciosa y elegante, con ese paisaje frío y desolador del otoño moscovita, esa banda sonora precisa y perfecta, y esa atmósfera sombría que magistralmente crea en cada película, con esos tonos azules y ocres que potencian la sensación de angustia y pesimismo. En el aspecto formal, es imposible encontrar un pero al trabajo de Zvyagintsev.

Aunque el film pone en solfa los problemas de la sociedad rusa, la historia nos llega porque es universal. No hay espacio para la indiferencia. Es inevitable sentir y reflexionar sobre el matrimonio, la relación paternofilial, la endeblez de las relaciones de pareja, la indiferencia que sentimos ante las terribles cosas que pasan en el mundo. Parece que nos importa más lo que sucede en nuestro teléfono móvil que en nuestra sociedad o en nuestra propia vida. Los patéticos personajes de esta película podríamos ser cualquiera de nosotros, que cada vez somos más egoístas, más ensimismados y más lisiados emocionalmente.

“Sin amor” tiene la virtud de contar una historia que nos resulta familiar y conocida de un modo distinto. La sensibilidad narrativa que demuestra Zvyagintsev hace que lo que podría haber sido una historia convencional y previsible se transforme en algo muy distinto. Su atípico desarrollo formal hace que la película coja vuelo y su interés siempre vaya creciendo. Su nula complacencia con el público hace que el film vaya adquiriendo potencia a medida que avanza. La ausencia del niño nos va generando más angustia y la forma en que lo vemos nos termina devastando emocionalmente. Si esta película no te parte el corazón es porque no tienes.

Todo son trabas para la búsqueda de Alyosha. Las respectivas nuevas parejas de Boris y Zhenia, la adicción de ésta a su smartphone, el jefe de Boris que no acepta divorciados en su empresa, la policía que se desentiende del caso y les invita a que pidan ayuda a un grupo de voluntarios… Y a todo estoy hay que unir el despiadado otoño ruso, cuando el frío y la nieve llegan a Moscú y dificultan más las cosas.

Hay desesperación en los padres a medida que pasa el tiempo y el niño no aparece. Pero también están preocupados por sus nuevas vidas, por sus nuevas parejas. La ilusión de lo nuevo se mezcla con la desesperación y el sentimiento de culpa por el hijo que no aparece. Una mezcla explosiva y cruel. Y Zvyagintsev nos lo retrata de un modo majestuoso y brutal.

Siempre intento decir buscar algo negativo en las películas que reseño, por mucho que me hayan gustado. En esta ocasión lo tengo difícil, pero diré que las críticas políticas a Rusia las veo un tanto pobres. El recurso de las noticias por la tele o por la radio para meterse con el Estado no es muy efectivo y no aporta nada a la historia. Por otro lado, estimo que alguna escena quizá se alarga innecesariamente. Pecata minuta ante tantas virtudes, el film es visualmente impactante y hay varias escenas que me costará mucho tiempo olvidar.

En fin, una película desgarradora tejida con la destreza habitual de Zvyagintsev, con esos planos largos y bellos, esa falta de compasión por sus personajes y esos mensajes sutiles hacia la sociedad y a los seres humanos. Una experiencia amarga. Sales del cine bien jodido. Y deseando que llegue su próxima película.

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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tres anuncios en las afueras
Tres anuncios en las afueras (2017)
  • 7,7
    29.285
  • Reino Unido Martin McDonagh
  • Frances McDormand, Woody Harrelson, Sam Rockwell, John Hawkes, ...
9
Dolorosamente divertida
Con inevitable regusto a los Coen, Martin McDonagh dirige este peliculón que se construye a partir de dos pilares fundamentales: su magnífico guión y las espléndidas interpretaciones de sus protagonistas. McDonagh construye un relato en el que no hay buenos y malos. O más bien, diría que no hay buenos. Tanto la madre que busca justicia como la policía tienen parte de razón, no está claro a quién apoyar. Aunque las formas que emplean para defenderla hace que vayamos alternando la antipatía entre uno y otro bando.

La historia tiene poca gracia, y sin embargo McDonagh hace que el público se ría. Es una comedia negra, políticamente bastante incorrecta, que hace que te sientas mal al reírte pero que no puedas evitarlo. Aunque es inevitable recurrir a ciertos tópicos al ambientar la película en la llamada América profunda, la forma descarnada e irreverente en que se narra la historia termina derrumbando los estereotipos cinematográficos característicos de este tipo de historias rurales.

Conservadurismo, violencia, venganza, machismo, incultura, corrupción policial, McDonagh le dispara a todo sin silenciador. Con el corrosivo sentido del humor como único (y eficaz) bálsamo, y la confianza en que la inteligencia del espectador sepa interpretar lo que se esconde tras lo evidente, el desgarro que subyace tras cada pincelada de humor. Porque hay realidades tan tristes que sólo a través de la ironía podemos acercarnos a ellas.

McDonagh construye personajes tortuosos, y sabe transmitir el tormento interior de los mismos al espectador, a pesar de que lo envuelva en diálogos ocurrentes y situaciones desternillantes. Hay mucho dolor en esa madre, lo hay en los hijos, en los policías y en la mayoría de los principales protagonistas.

Es aquí donde McDonagh da el do de pecho: los personajes. La creación y sobre todo el desarrollo de los mismos. Además, la brillantez de sus diálogos permite que entremos más profundamente en el interior de todos ellos. A través de los personajes y sus diálogos se va tejiendo la trama, sin prisa pero siempre con solvencia, gracias a un guión formidable que nos permite entrar y vivir la historia sabiendo lo que sienten y cómo han llegado a esa situación todos los personajes sin necesidad de que nos lo cuenten de manera explícita.

Aparte del guión, lo más sobresaliente son las interpretaciones. Los tres principales protagonistas están sobresalientes. Frances McDormand lo borda en un personaje que le viene a medida de sus cualidades, interpretando a una encorajinada madre en busca de venganza (o justicia, según se mire). La actriz, da todo un recital interpretativo, haciéndonos reir pero al mismo tiempo transmitiendo rudeza, vulnerabilidad, ternura y dolor interior, todo en la misma película, y a veces en la misma escena. Y lo mejor es que lo hace sin alardes, con divina naturalidad.

A su lado, le dan réplica dos actores que mejoran cada vez que les veo. Sam Rockwell demuestra que está para cosas serias, y que nos dará gloriosos trabajos si sigue en esta línea. Su interpretación de Dixon, un policía al que conocemos por lo que cuentan de él otros personajes y que tiene tanta rabia interior como Mildred aunque por diferentes motivos, es toda una oda al oficio de actor. Por su parte, Woody Harrelson también está espléndido como sheriff honesto, aportando la sensatez y el equilibrio que hace que el pueblo y la película funcionen y tengan sentido, dando contrapunto a tanto odio enfermizo.

De todos modos, el personaje de Mildred es decisivo, porque es a partir de ella que se vertebra la historia, y es desde el punto de vista de ella como la vamos viendo. Incluso los personajes, los vemos más como los ve ella que como son en realidad. Así, los policías son unos inútiles, vagos y corruptos, la joven novia de su marido es tontita, el enano (magnífico una vez más Peter Dinklage) es penoso, y Dixon al principio es un auténtico hijo de puta que no quiere investigar la muerte de su hija, pero luego cuando se pone de su parte se transforma en una buena persona. Vemos la película, como ella quiere que la veamos.

Es obligatorio que recomiende esta película. Por supuesto que no es perfecta, y seguramente alguno dirá que le recuerda demasiado a los Coen o que está harto de tantas historias de paletos sureños, pero yo me lo pasé en grande y no puedo decir otra cosa. Y para rematar, hay canciones a-co-jo-nan-tes, que ponen la guinda a la cinta. Canciones de Townes Van Zant, de Monsters of Folk, o la maravillosa e inesperada “Walk away Renee”, terminan de completar esta gran experiencia cinematográfica.

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2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Disaster Artist
The Disaster Artist (2017)
  • 7,0
    10.263
  • Estados Unidos James Franco
  • James Franco, Dave Franco, Seth Rogen, Alison Brie, ...
8
El arte del desastre
Al más puro estilo Wiseau, James Franco también lleva su proyecto personal hasta el final, produciendo, dirigiendo y protagonizando esta película. Y para que todo quede en casa, el papel coprotagonista lo interpreta su hermano Dave. En esta mezcla de comedia y biopic, Franco pone respeto y cariño en el personaje de Wiseau, al que dibuja como un excéntrico narcisista pero también alguien sensible y con un alto sentido de la amistad.

Es inevitable que te venga a la mente “Ed Wood”, de Tim Burton. Wood está considerado el peor director de la historia, pero eso es porque Wiseau no ha dirigido más películas que “The room”, de lo contrario estaría la cosa muy pareja. Evidentemente, Franco hace comedia sobre el tema, pero no cae en la fácil tentación de ridiculizar a Wiseau (al menos, no más de lo que se ridiculizó a sí mismo el propio Wiseau al hacer su película), sino que lo parodia con pasión y respeto. Tanto es así, que uno no puede evitar acabar enternecido con el personaje y deseando ver “The room”.

Aprovechando la ocasión, Franco no solo nos muestra el desternillante y rocambolesco rodaje de “The room” sino que también nos habla en profundidad de la industria del cine, nos muestra los entresijos de Hollywood, y también nos habla de los sueños, de los compromisos y de la amistad. El hecho de que sea una historia real acrecienta la parte cómica, pues de lo contrario no seríamos capaces de creernos el personaje de Wiseau ni la película que fue capaz de perpetrar, y que está ahí para quien quiera verla (en Estados Unidos se sigue proyectando regularmente en salas, y el público corea en alto los diálogos más famosos).

Pero si el trabajo de James Franco como director de esta excelente película es admirable, su faceta de actor asombra aún más. James Franco no interpreta a Tommy Wiseau sino que literalmente se convierte en él. Más allá de su sensacional caracterización, Franco se transmuta absolutamente en el personaje que interpreta, si veis las dos películas en versión original os daréis cuenta del increíble parecido que consigue Franco a la hora de imitar el modo de hablar de Wiseau. Yo creo que ni él mismo podría haberlo hecho tan bien.

La película te absorbe, no deseas que termine nunca, te arranca carcajadas y te hace sentir vergüenza ajena (la misma que probablemente hacía sentir Wiseau a su entorno). Hay situaciones tan extravagantes, actos tan absurdos y momentos tan disparatados que realmente cuesta trabajo creer que todo eso sucedió de verdad. Pero sí, todo eso sucedió, la honestidad de Franco con su personaje es absoluta.

En estos tiempos de comedias mediocres, se agradecen trabajos como el de Franco. Su parodia resulta más verdadera que casi cualquier documental. Tan pronto aparece el dislate más desenfrenado que te hace reir como te ves atrapado por un momento de tristeza sin que casi te hayas dado cuenta del proceso. Y eso es porque llevas un rato dentro de la película. Y no dentro de cualquier película, dentro de una película que está a su vez dentro de otra película.

Estamos ante una alegoría de la contradicción. Una película absolutamente genial hecha a partir de una película absolutamente desastrosa. Una película notablemente compleja disfrazada de simple comedia ligera. Una de las películas más divertidas que he visto últimamente en la que subyace un poso de tristeza. Y para colmo de contradicciones, la interpretación de James Franco, una de las que más me ha impresionado en los últimos tiempos, es haciendo el papel del que seguro que ha sido el peor actor que se ha puesto delante de una cámara.

“The disaster artist” no es una parodia de “The room”, es la película que la completa, que la complementa. Una engrandece a la otra, y viceversa. En fin, un peliculón sumamente interesante, para disfrutar de verdad. Quienes no conozcan “The room” se sorprenderán y saldrán del cine con unas irrefrenables ganas de verla. Para quienes ya la conozcan, será un disfrute aún mayor. Un canto a la pasión por el cine, un film indispensable.

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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
En la playa sola de noche
En la playa sola de noche (2017)
  • 6,5
    914
  • Corea del Sur Hong Sang-soo
  • Kim Min-hee, Seo Young-Hwa, Jae-yeong Jeong, Seong-kun Mun, ...
6
Nostalgia a la oriental
Hong Sang-soo es un experto y prolífico director coreano que tiene un estilo muy reconocible que, depende de cómo te pille o de lo inspirado que estén él y sus actores, te puede atrapar (como me atrapó el año pasado su “Ahora si, antes no”) o hacer languidecer. Sus películas están cortadas por el mismo patrón: capítulos bien diferenciados, cámara fija que recoge largas conversaciones, generalmente alrededor de una mesa en la que se come y se bebe (especialmente se bebe), tratamiento de temas amorosos, protagonistas que tienen que ver con el mundo del cine, e intérpretes que aparecen en la mayoría de sus películas, como si formaran parte de su equipo.

En el caso de Kim Min-hee, es lógico, puesto que ella, aparte de su musa cinematográfica, ha sido su amante (o lo sigue siendo, no lo tengo claro). Pero no es solo ella, también Jeong Jae-yeong es un habitual de sus películas, y Kwon Hae-hyo, lo mismo.

En esta ocasión, asistimos al sufrimiento inevitable tras el fin del amor de la protagonista, y lo hacemos en dos capítulos claramente diferenciados: el primero en Hamburgo, donde Younghe tiene largas conversaciones con una amiga sobre lo que fue su relación y sobre lo que piensa hacer en el futuro, así como bellas situaciones de nostalgia (¿Estará él ahora pensando en mí como yo en él?).

La segunda parte se desarrolla en Corea, y está estructurada en base a conversaciones, primero con un amigo en la mesa de una especie de cafetería, luego en una cena de amigos en la que se emborracha y sorprende a todos, y finalmente en una escena memorable en la que se enfrenta a su expareja (el director de cine) rodeados de la gente de su equipo de rodaje.

Si algo bueno tiene el cine de Sang-soo es la veracidad que desprende. Cualquiera que haya sufrido un abandono amoroso se podrá sentir identificado con el papel de Kim Min-hee, con su incertidumbre, su desconcierto, su sensación de estar fuera de lugar en el mundo. Sus conversaciones son siempre sobre el mismo tema, pues sus pensamientos también lo son. Y su inestabilidad hace que beba de más, se confunda continuamente entre lo que siente, dice y hace, y su mirada triste y nostálgica nos duele de verdad.

Lo malo del film es que no tiene más. No hay historia. Es un puro asistir al momento de la vida de la protagonista. No es poco, porque la maravillosa Kim Min-hee por sí sola ya justifica ver la película, pero al final tienes la sensación de que lo que te han contado podrían haberlo hecho en un cortometraje de diez minutos.

Por cierto, en la película la protagonista nunca está sola en la playa de noche. Está acompañada en la playa de noche (en Hamburgo) y creo recordar que sola y acompañada en la playa de día (en Corea). Sin embargo, el tono de la película es ese: estar solo en la playa de noche, un título que rezuma melancolía, que es como se siente la protagonista, esté donde esté.

Personalmente, la película no me llegó mucho. Creo que las conversaciones podrían haber tenido mucho más calado (en este sentido, me gustó mucho más “Ahora sí, antes no”), y que la situación que plantea y el morbo de una historia autobiográfica me parece que daban para una película más profunda. O tal vez en la tarde de Diciembre en que la ví no estaba yo en mi mejor momento para una película que requiere un grado de receptividad alto por parte del espectador. El caso es que me esperaba algo más.

Pero es de justicia alabar el trabajo de Sang-soo, un director de cine que es un auténtico explorador de las emociones humanas, y que nos sabe sumergir en ellas investigando todos sus recovecos. Todo ello sustentado por su personalísima forma de rodar, sus interminables planos secuencia, su minimalismo escénico y esos característicos e inesperados zooms que parecen hechos por un amateur, y que, no sabemos cómo, pero a él le quedan bien.

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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Muchos hijos, un mono y un castillo
Muchos hijos, un mono y un castillo (2017)
  • 7,6
    3.222
  • España Gustavo Salmerón
  • Documentary, Gustavo Salmerón, Julia Salmerón
8
Buscando la vértebra desesperadamente
Gustavo Salmerón dirige su primer largo con este documental en el que retrata a su excéntrica madre, una mujer octogenaria llena de vitalidad y con un pasado muy interesante que contar. Hablando con ella delante de la cámara, Julita le revela a su hijo menor que guarda una vértebra de su abuela, asesinada en la guerra, pero que no sabe exactamente dónde la tiene. Esto hace que toda la familia se ponga a buscar la vértebra en los centenares de cajas que tiene Julita guardadas por toda la casa.

En realidad, la película parece un documental familiar de estos caseros que en algunas familias se hacen de vez en cuando, montando trozos de películas familiares. Uno al verla piensa que cualquiera puede hacer una película así. Pero lo cierto es que funciona. Puede parecer chocante si lo piensas, ¿a quién le puede interesar la vida de esta señora? En principio, a nadie, salvo a su propia familia (ella misma lo dice en la película), y sin embargo estás en el cine atrapado por la película y la ves con absoluto interés durante todo su metraje.

Gustavo Salmerón nos introduce dentro de su extensa familia y tardamos poco en sentirnos cómodos dentro de ella. Julita nos va contando su vida con una naturalidad, una espontaneidad y un sentido del humor que te absorbe desde el principio. Lo cuenta todo sin tapujos, se siente cómoda delante de la cámara y lo mismo lo hace mientras se come unas tostadas que mientras está en la cama a punto de acostarse, quejándose una vez más que si se muere durante la noche su marido no se va a enterar porque está sordo.

La búsqueda de la vértebra de la bisabuela de Gustavo pone a toda la familia en faena y nos brinda escenas divertidas en las que descubrimos que Julita guarda cientos de cajas con contenidos tan inesperados y jocosos como las etiquetas que les pone a cada una de ellas. Julita no tira nada, todo lo guarda. Según ella, tirar cosas es tirar parte de tu vida. Así que encontrar la vértebra entre tanto trasto es toda una misión, muy difícil de lograr.

Gustavo Salmerón ha estado rodando este documental durante los últimos catorce años. Supongo que sin saber muy bien cómo dar forma al material que iba grabando. Tantas horas de película para al final elegir un montaje y darle una dirección al film. Finalmente, la búsqueda de la vértebra es lo que vertebra (valga la redundancia) el film. A partir de ahí se va hilando todo, y el documental es la historia de una familia pero en el que se pueden ver reflejadas muchas familias de varias generaciones de españoles, pues más allá de las peculiaridades de cada uno, hay comportamientos sociales y situaciones en las que todos nos podemos ver reflejados, y aspectos familiares que no nos resultan ajenos en absoluto.

El experimento de Gustavo Salmerón es todo un éxito. Le ha salido una película digna de verse y que seguramente pasará a la historia. Un documental diferente a todos, una comedia emocionante y enérgico en el que se nos muestra sin pudor una familia que en la que las han pasado de todos los colores pero que en las buenas y en las malas siempre han estado unidos. Cuando la crisis económica hace que pierdan el castillo, Julita está contenta porque aunque ha perdido su bien más valioso, tiene a todos sus hijos allí con ella varios días ayudando a hacer la mudanza de las incontables cosas (la mayoría absurdas) que guarda Julita, quien se niega a tirar nada.

Vale la pena pasar 90 minutos en el cine para descubrir a esta mujer que soñaba que hacía croquetas de Primo de Rivera, que quiere que cuando muera la claven una aguja de punto por si acaso no ha muerto del todo, que fue de la Falange y aún no se ha borrado, por lo que tiene uno de los números de afiliación más bajos, pero al mismo tiempo se declara masona, y que a sus ochenta años le recrimina a su marido que ya no la toque (“se que ya no me tocas porque estoy gorda, pero tú estás sordo”, le dice en la mesa).

“Muchos hijos, un mono y un castillo” es una propuesta insólita que no hay que perderse. Y Gustavo Salmerón, todo un hallazgo. Espero que sea la primera de una larga carrera como director. Estamos ante una película diferente a todas, que desprende autenticidad, un film que hipnotiza, divierte y emociona. Una película que podría hacer cualquiera. Pero la ha hecho él.

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Perfectos desconocidos
Perfectos desconocidos (2017)
  • 6,7
    19.439
  • España Álex de la Iglesia
  • Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, ...
8
Extraños en la noche
Remake de la película italiana “Perfetti sconosciuti”, Alex de la Iglesia dirige este film que protagonizan Eduardo Noriega, Eduard Fernández, Pepón Nieto, Ernesto Alterio, Belén Rueda, Juana Acosta, Dafne Fernández y Beatriz Olivares. El director vasco pone de manifiesto su categoría en esta película, con una espléndida dirección de actores, una contención técnica inusual en él, y una demostración incuestionable de talento narrativo, con un espectacular dominio del espacio y su habitual precisión a la hora del encuadre.

La historia hace que el espectador se interese por ella desde el principio, con la breve presentación de las parejas y la llegada a la cena. Luego, cuando comienza el juego, ya es imposible salir de la pantalla. Las inmensas posibilidades que se pueden plantear al estar todos los móviles encima de la mesa, con el posible contenido al alcance de todos hacen que el público esté expectante y ansioso ante lo que pueda pasar.

Alex de la Iglesia va desgranando la historia con solvencia, esmero y pulcritud, manteniendo un ritmo narrativo excelente, gestionando con habilidad los continuos diálogos y midiendo sabiamente la intensidad de las emociones. Pocas veces le había visto tan certero en los detalles, tan competente a la hora de captar un gesto o transmitir un sentimiento. Su capacidad para la diversión y el humor negro, por el contrario, no nos sorprende porque ya lo conocíamos.

Lo primero que hace la película es divertirnos. Si buscas una película divertida, no te lo pienses más. Pero al mismo tiempo, también es una película tremendamente dramática. Te ríes a carcajadas pero también te incomoda mucho y te produce cierto malestar darte cuenta cómo somos los seres humanos y la escasa semejanza que hay entre lo que somos y lo que hacemos ver que somos.

Evidentemente, el formato de la historia tiene más de obra de teatro que de película, sin embargo De la Iglesia logra que en ningún momento tengas esa sensación de teatro que se suele tener en las películas de una solo localización. Su habilidad en la colocación de la cámara y su modo de rodar las secuencias desde diferentes ángulos hacen que no tengamos esa sensación claustrofóbica de este tipo de películas.

Como dije antes, la dirección de actores es una de las cosas más destacadas. Álex de la Iglesia logra sacar un rendimiento óptimo de todo el elenco. Personalmente, creo que los más destacados son Ernesto Alterio y el siempre excelente Eduard Fernández. Pero el resto de intérpretes también está a muy buen nivel, incluso Eduardo Noriega no desentona.

Los personajes están bien trabajados, todos ellos muy bien desarrollados, bien definidos, con su personalidad clara y bien dibujada para que el espectador no tenga dudas de las peculiaridades de cada uno. Luego, la buena labor de los actores les da el toque final.

Me lo pasé muy bien. Es una película muy divertida, comedia negra de las de antes, en las que te diviertes y al mismo tiempo no puedes evitar reflexionar. Y si la véis en pareja, el debate posterior está asegurado. Con el toque habitual de Álex de la Iglesia pero en esta ocasión sin sus habituales excesos. Impecable en lo técnico y en lo interpretativo. Si a esto le añadimos unos diálogos magníficos, lo tiene todo para que te enganches a ella de principio a fin.

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12 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Destinos
Destinos (2017)
  • 6,8
    171
  • Bulgaria Stephan Komandarev
  • Ivan Barnev, Georgi Kadurin, Borislava Stratieva, Anna Komandareva, ...
8
Sofia la nuit
“Destinos”, dirigida por Stephan Komandarev e interpretada por Ivan Barnev, Georgi Kadurin, Borislava Stratieva, Anna Komandareva y Vassil Vassilev entre otros, nos retrata la dramática situación de Bulgaria a través de pequeñas historias que suceden en los taxis en una noche en Sofia. Magníficamente rodada y con vocación de documental, la película con sus tremendas historias cotidianas embriagan al espectador, que se queda con ganas de más historias y de saber qué pasa al final con cada pasajero y cada taxista.

No he estado en Bulgaria, pero después de ver esta película, es casi como si hubiera estado. El retrato que hace Komandarev es definitivo. “En Bulgaria solo existen los optimistas, puesto que los pesimistas y los realistas emigran”, dice uno de los protagonistas. La desigualdad, la corrupción, el pesimismo y la pobreza ahogan a una población que no ve salida a su situación.

Es inevitable evocar películas como la iranesa “Taxi”, de Panahi, o la inolvidable “Night on Earth”, de Jarmusch, que son otras películas que se desarrollaban en taxis. Pero ésta no se parece a ninguna de aquellas, salvo en el hecho de que se trate de historias que suceden en los taxis. No tienes en ningún momento la sensación de estar viendo algo que ya has visto antes. Es una película distinta, y lo que cuenta no tiene nada que ver con aquellas que mencioné antes.

El gancho que atrapa al espectador es la veracidad que desprende la película. No parece una película que haya requerido montaje, es como si todo se hubiera rodado en una sola toma, lo que hace que el público se implique inevitablemente con lo que ve, es como si nosotros también viajáramos en el taxi y viviéramos la historia.

En la película se da a entender que uno se hace taxista como último recurso. Ninguno de los taxistas ha llegado a serlo por elección, sino por que ha termiando conduciendo un taxi por las circunstancias de la vida o problemas de su pasado. Hay incluso un cura conduciendo un taxi. En apenas un par de frases, el espectador se entera del motivo que ha llevado a cada taxista a ejercer ese oficio. Aunque se supone que los pasajeros son los de las historias importantes, son los taxistas los personajes más interesantes de la película, a mi juicio.

Por los asientos de esos vehículos amarillos que recorren nocturnamente las calles de Sofia pasan borrachos, jóvenes violentos, putas, mentirosos, pusilánimes y hasta algún profesor desesperado que quiere suicidarse (“Hablo siete idiomas, soy doctor en filosofía, y sin embargo gano 600 levs al mes y mis alumnos se ríen de mi”). Los diferentes perfiles que tienen los clientes y los taxistas dotan a la película de la diversidad necesaria para que el espectador esté siempre interesado en lo que ve, a pesar de que todos los personajes están cubiertos por el mismo velo de precariedad social.

Lo mejor de la película es el guión, excelentemente estructurado y capaz de hacer que todas las historias tengan interés (cosa muy difícil de conseguir cuando hay tantas pequeñas tramas) y estén bien conectadas las unas con las otras. También me gustó mucho la atmósfera que crea el director, esa noche en Sofia visualmente demoledora, la potencia de sus imágenes y los pequeños pero efectivos toques de humor entre tanta miseria humana.

En cuanto a lo menos bueno, poco puedo decir. Quizá la historia del reencuentro con el pasajero que recoje en el aeropuerto me resultó poco creíble tanto en su planteamiento como en su desarrollo. Pero no desmerece en absoluto en el resultado final de un film que para mí es una de las mejore películas europeas del año.

Y es que si la película te atrapa por completo y la ves con interés creciente, si cuando termina te quedas con ganas de más… no puedes hacer otra cosa que alegrarte de que en medio de tanta tristeza que vive Bulgaria, al menos haya un motivo de alegría. Y me congratulo de que se haya hecho precisamente allí una película con esa elocuencia narrativa, que haya sido capaz de mostrarnos el paisaje social de todo un pueblo y transmitir la problemática de todo un país desde un punto de vista tan limitado como lo es el cubículo de un taxi.

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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
En realidad, nunca estuviste aquí
En realidad, nunca estuviste aquí (2017)
  • 6,1
    5.298
  • Reino Unido Lynne Ramsay
  • Joaquin Phoenix, Alessandro Nivola, John Doman, Judith Anna Roberts, ...
8
En realidad, yo sí estuve
Película perturbadora e incómoda, dirigida por Lynne Ramsay, quien también se encarga del guión basado en la novela de Jonathan Ames. Salvando las distancias, estamos ante una Taxi Driver revisitada, referencia ineludible que cualquier espectador evocará, con Joaquin Phoenix como nuevo Robert de Niro y Ekaterina Samsonov como la nueva Jodie Foster. La similitud con la película de Scorsese en éstos y otros detalles son innegables.

Ramsay atrapa al espectador desde el principio a base de crear una atmósfera oscura y angustiosa. Nos inunda de primerísimos planos que hace que nos aplastemos contra la butaca, abusa del plano fijo y tira del manual del cine negro con escenas reflejadas en los espejos, acciones en segundo plano y otras que no vemos pero escuchamos. La violencia, unas veces latente y otras explícita, es constante. El desasosiego nos cubre y hace que no paremos de cambiar de postura, ya que nunca terminamos de estar cómodos.

Joaquin Phoenix es el nazareno que lleva a cuestas la carroza de la película, absolutamente. Su interpretación descomunal, diría que más física que técnica, nos muestra un Joe taciturno, resignado, desencantado, repleto de cicatrices por dentro y por fuera. Un hombre cuya intimidatoria presencia física contrasta con su ausencia anímica. Como dice el título del film, está pero en realidad no está. En su interior ya murió hace muchos años, debido a las atrocidades que sufrió durante su infancia y nos son mostradas mediante impactantess flashbacks.

A pesar de que la película tiene poco de novedosa y los personajes y situaciones nos resultan conocidos, hay algo en ella que engancha. Hemos visto demasiados tipos con la personalidad rota, destrozados por la vida, que se desahogan violentamente contra los malos. Demasiadas adolescentes decididas a echarse a perder y demasiados salvadores. Demasiados conflictos entre padres, madres e hijos. Casi nada de lo que pasa en la película nos sorprende. Pero aunque no nos sorprenda lo que pasa, nos cautiva el modo en que suceden esas cosas. Por eso las películas son mucho más que contar una historia, es el modo en que se cuenta lo importante, más que la historia misma.

De la película te quedan escenas grabadas en la cabeza, más que la historia en sí. Hay una escena en la que John Dorman le está explicando a Joaquin Phoenix cual será su próxima misión, mientras éste está tumbado en un sofá con unos caramelos en la mano. Mientras Dorman le da detalles de lo que tiene que hacer y cuánto le van a pagar, Phoenix está pensando en los colores de los caramelos y lamentando que no haya verdes, que son los que le gustan. De pronto encuentra uno verde y hay un primerísimo plano de los dedos de Phoenix aplastando el caramelo verde. En ese momento Dorman termina de hablar, y ni nosotros ni Phoenix nos hemos enterado de lo que decía. Nos habíamos quedado atrapados en el detalle del caramelo. Pues con la película pasa lo mismo, algunas escenas nos atrapan de tal manera que pasan a ser más importantes que el todo al que pertenecen.

La linea argumental de la historia importa poco. El estilo está por encima del contenido. Es visualmente demoledora, y te quedas impactado por las escenas sin que te importe si pierdes el hilo de algo. Hay senadores por ahí, policías, corrupción y vicio, pero no importa para nada enterarte bien del entramado de la historia. Tampoco te quieres enterar mucho. Mejor no saberlo. Como Joe cuando se ponía la bolsa en la cabeza, lo que pasa fuera no cuenta.

Como dije antes, la película es incómoda y no es fácil digerirla. Se trata de un retrato del dolor, la personalización del sufrimiento. Es descarnada y creo que me impresionaron más las escenas de violencia que quedaban fuera de plano que las más explícitas. Y lo mejor es que a mí me pareció que todo eso no era gratuito, que había bastante lirismo en esa violencia, que lo brutal y lo poético podían ir de la mano, como la inolvidable escena en que un moribundo y su asesino están tumbados agarrados de la mano tarareando “I’ve never been to me”, que sonaba en la radio.

Me parece una película muy recomendable, siempre que no esperes una película familiar. Es dura, amarga e incómoda. Lynne Ramsay tiene un estilo definido y particular. No se si tiene querencia a los primerísimos planos o es que esta película lo requería, ya lo iré descubriendo en sus próximas obras. Pero en cualquier caso, a mí me ha parecido un film valiente, por momentos fascinante, y creo que dará que hablar, para bien.

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3 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
A Ghost Story
A Ghost Story (2017)
  • 6,3
    5.599
  • Estados Unidos David Lowery
  • Rooney Mara, Casey Affleck, Rob Zabrecky, Will Oldham, ...
6
Más allá de la sábana
Una joven pareja (Casey Affleck y Rooney Mara) viven en una casa en las afueras, a la que acaban de mudarse. Un día, él sufre un accidente de tráfico y muere. Pero al poco tiempo regresa convertido en un fantasma vestido con una sábana, a la casa en la que vivía. Allí simplemente es un sujeto pasivo que contempla la vida de la mujer que ama.

David Lowery dirige esta extraña película de bajo presupuesto, tirando de austeridad narrativa y minimalismo cinematográfico hasta sus últimas consecuencias, y exigiendo al espectador un nivel de complicidad artístico-filosófica que dudo que muchos estén dispuestos a asumir. A mí me pilló por sorpresa, la verdad. Pensé que iba a ver una película en la que no tendría que poner tanto de mi parte.

Antes que nada, me quito el sombrero ante el valor que le ha echado Lowery. No cualquiera se atreve a hacer una película así. A unos les gustará mucho, y a la mayoría les parecerá una tomadura de pelo, pero Lowery ha hecho la película que quería hacer, se ha atrevido con un ritmo narrativo absolutamente inusual y con un guión anodino a más no poder para contar lo que subyace más que lo que se ve. Salí del cine pensando que había visto una mierda de película, tres horas después al recordarla creía que no estaba tan mal, y al día siguiente la tienes en la cabeza y te apetece volver a verla, sin saber muy bien para qué.

Quien, como me pasó a mí, acuda al cine sin saber nada de lo que va a ver, se sentirá desconcertado continuamente. El fantasma no es ningún truco cinematográfico como tantas veces hemos visto, no. Es un tipo con una sábana y dos agujeros a la altura de los ojos. La primera vez que aparece en pantalla no puedes evitar sonreir, te parece una broma, la película es muy seria y de repente el fantasma con la sábana resulta grotesco. Pero a medida que te vas acostumbrando, incluso te gusta que sea así, que tenga esa estética infantil que lo hace más tierno y real, dentro de lo real que puede ser un fantasma.

Pero el desconcierto no se queda en eso. Principalmente desconcierta el tiempo narrativo. Hay escenas inusualmente largas en las que no pasa nada importante. Una pareja besándose en la cama y acurrucándose antes de dormir normalmente se resuelve en cine en diez segundos. Aquí los protagonistas se hacen carantoñas durante dos o tres minutos hasta que se duermen, y al público también le dan ganas de dormirse.

Sin duda, la palma se la lleva la escena de la tarta. La protagonista se sienta en el suelo a comerse una tarta (o una empanada, o algo así redondo que no se sabe muy bien qué es) y se la zampa enterita en un plano secuencia que se hace interminable, seis minutos de plano fijo y ella comiendo, hasta que por fin se levanta a vomitar. Y uno no entiende nada, acostumbrado como está a un tipo de narración, te quedas a cuadros y no sabes si has visto una genialidad o una gilipollez.

Estaba en mi butaca estupefacto y no podía evitar mirar el reloj. Pero al final la cosa empieza a tomar sentido, al menos para mí. Cuando la mujer abandona la casa, la película cambia. Las secuencias largas, aparentemente irrelevantes, dan paso a otras más aceleradas, incluso algunas demasiado, y a elipsis y saltos temporales abruptos. Finalmente, el tono mejora, las cosas que no me cuadraban me empiezan a cuadrar, y terminas entendiendo algo. Pero lo grande es que, al menos en mi caso, no lo terminas de entender del todo hasta que no pasa el tiempo y pensando en le película le vas encontrando sentido. Un sentido muy particular, que quizá no es el que el director quería expresar, pero es el que yo he sacado para mí.

Es como esas canciones que no te dicen nada hasta que un día te fijas y te cambian totalmente la percepción que tenías, o como ese poema que según te pille te parece una bobada o algo sublime. “A ghost story” es poesía en la pantalla, una película difícil, que requiere una audiencia receptiva que sepa entender más allá de lo que se le muestra. Que entienda que no está viendo una película al uso, algo obvio, masticado. Que es una metáfora en imágenes, y como todas las metáforas, hay que entenderlas para poder encontrar un significado.

No la recomiendo en absoluto. Quien se atreva a verla, que se atenga a las consecuencias. Pero también tengo claro que yo seré uno de esos que me compraré el DVD en cuanto salga, para poder verla de vez en cuando.

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¡Lumière! Comienza la aventura
¡Lumière! Comienza la aventura (2016)
  • 7,8
    606
  • Francia Thierry Frémaux
  • Documentary, Thierry Frémaux, Auguste Lumière, Louis Lumière, ...
9
Así empezó todo
Thierry Fremaux dirige y narra este documental en el que se nos muestran de manera sucesiva 108 películas, de menos de un minuto de duración cada una, de los hermanos Lumière. Fueron las primeras películas de la historia, por lo que se trata de un viaje a los orígenes del cine, además de una interesante mirada al mundo tal y como era justo antes de empezar el siglo XX.

Estas pequeñas joyas del incipiente cine van desfilando por la pantalla sorprendentemente bien restauradas, y a través de ellas Fremaux va tejiendo un apasionante documental, tan estético como pedagógico, aderezando las imágenes con comentarios que el propio director hace de las mismas, para que el espectador conozca cómo era el mundo en la época en que los hermanos Lumière y sus colaboradores se dedicaban a grabar las primeras escenas cinematográficas de la historia.

En este documental se pone de manifiesto que los Lumière ya hacían cine. No se limitaban a poner la cámara y grabar. Hacían cine tal y como lo entendemos ahora. Sus pequeñas grabaciones tenían su guión, sus actores (terribles, pero actores al fin y al cabo), buscaban las localizaciones precisas, ponían mucho esmero en los encuadres y hasta iniciaron los trucos cinematográficos. Eran ya pequeñas películas intencionadamente, no simples grabaciones sin más.

Además de eso, sus cintas retrataron la sociedad de entonces, y lo hicieron con una herramienta completamente nueva. Nadie antes había hecho películas. Ellos fueron los primeros. No tenían referentes ni nadie de quién aprender, a quien copiar, a quien intentar mejorar. Estaban creando un lenguaje artístico completamente nuevo. Un modo de expresión que hoy en día sigue vigente como vehículo artístico mediante el cual crear universos de los cuales disfrutamos millones de espectadores.

No es un documental al uso. No hay entrevistas ni un guión que seguir. Es una sucesión de pequeñas películas, una detrás de otra, con las explicaciones didácticas y humorísticas del director. Es algo tan simple como elegir 108 cortos de los Lumière, hacer el montaje y narrar un texto sobre esas imágenes. Así de simple y así de hermoso. A un tiempo divertido e histórico.

Impresiona el uso que hacían los Lumière de la cámara. Impresiona la profundidad de campo, algo que apenas se usa hoy en día, ya que siempre se tiende a centrar la atención en la acción principal desdeñando el resto. Usaban casi siempre la cámara fija, pero ya hicieron sus pinitos con el travelling, algo que llama muchísimo la atención tratándose de aquella época en que no había prácticamente máquinas relacionadas con el cine.

Los cortometrajes de los Lumière no se limitan a mostrarnos la vida en su Lyon, ni siquiera en Francia. Sus operadores viajan por todo el mundo y se nos muestran grabaciones realizadas en Barcelona, Ginebra, Biarritz, Jerusalem, Berlin, Chicago, Japón, África… un montón de sitios que quedaron registrados para siempre en sus cámaras.

Otra curiosidad. La famosa “Salida de los obreros de la fábrica” tiene tres versiones diferentes. Es muy curiosa la explicación que da Fremaux sobre esa película, a la primera versión que hicieron le faltaba el coche de caballos, que sí aparece posteriormente. En las tres son las mismas puertas (una grande y otra pequeña) y el mismo modo de salir. Primero las mujeres, luego un pequeño grupo de hombres, luego más mujeres, y al final varios hombres, algunos en bicicleta. Y por ahí en medio un perro. En las tres es más o menos igual, con el añadido final del coche de caballos. Sin darse cuenta, los Lumière habían inventado también el remake.

Se nota mucho que a Fremaux le encanta el cine y le apasionan las imágenes antiguas. El documental está hecho con mucho cariño. Esa pasión que pone el director traspasa la pantalla y llega al espectador, que disfruta aprendiendo, o aprende disfrutando, que es como nos decían en el colegio que era la mejor forma de aprender.

Para el público de cine de pasar el rato no la recomiendo, pero para los cinéfilos es toda una gozada. Es impagable contemplar los primeros gags de la historia del cine, actores que miran a la cámara, figurantes que se ríen de manera desmedida para subrayar que la escena es cómica, o planos increíblemente espectaculares para la época como el de las mujeres lavando ropa y los hombres fumando en un plano superior. De verdad, una gozada.

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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
El último traje
El último traje (2017)
  • 6,4
    384
  • Argentina Pablo Solarz
  • Miguel Ángel Solá, Ángela Molina, Martín Piroyansky, Natalia Verbeke, ...
6
Nunca es tarde si el reencuentro es bueno
Abraham Bursztein (Miguel Ángel Solá) es un anciano sastre judío que huye de su casa en Buenos Aires, donde su familia lo quiere encerrar en un geriátrico, hacia Polonia, para reencontrarse con un amigo que lo salvó de la muerte al final de la Segunda Guerra Mundial. Con todo en contra, Abraham intenta llegar hasta Polonia y cumplir al promesa que le hizo a su amigo hace setenta años.

El reconocido guionista e incipiente director argentino Pablo Solarz se atreve con una nueva película relacionada con la Segunda Guerra Mundial. En este caso la historia se desarrolla muy lejos del conflicto bélico pero su presencia es evidente ya que los terribles recuerdos de aquellos años son el motor que lleva a Abraham a regresar y cumplir la promesa que le hizo a su amigo polaco.

Tras una especie de prólogo en el que se pone de manifiesto lo terrible que es la vejez, cuando te das cuenta de que eres un lastre del que tu familia, por quienes lo diste todo, se quiere deshacer, la película se convierte en una especie de road movie bastante pintoresca, con un relleno absolutamente dramático cubierto de una capa de comedia ligera que hace el producto más digerible.

La película es amable y al espectador no le cuesta nada empatizar con el protagonista. La fuerza emocional de un reencuentro siempre funciona, y más cuando tiene el añadido del sufrimiento del holocausto. Si a eso le añadimos el componente de la vejez y el casi desprecio familiar que padece el protagonista de la película, es obvio que los espectadores se meten en la historia y desean casi tanto como Abraham que el viejo y terco judío argentino logre llegar donde quiere y encontrar a su amigo.

Ante la enorme dificultad de lograr el objetivo del anciano, Solarz le brinda tres apoyos en forma de mujer. Tres mujeres que le ayudarán a llevar a cabo su empresa. Tres mujeres que representan tres lugares distintos: España, a donde llega Abraham para hacer escala desde Buenos Aires (Ángela Molina); Alemania, donde debe parar para cambiar de tren y cuya tierra no quiere pisar (Julia Beerhold) y Polonia, donde nació y donde quiere volver para quedarse (Olga Boladz).

Estas tres mujeres cumplen una labor que no se termina de entender. Es algo que queda colgando en la trama, el papel que juegan las tres y la manera en que apoyan a Abraham sin motivo aparente. Aún el personaje de Ángela Molina queda levemente esbozado, pero en los otros dos casos el desarrollo es nulo. Y hay una cuarta mujer importante en la película, se trata de Claudia, la hija de Abraham, interpretado por Natalia Verbeke, que tiene una única escena que debería haber dado mucho más juego del que da.

En cualquier caso, las actrices (y el otro actor importante del film, el argentino Martín Piroyanski) lo tenían muy complicado. Y es que Miguel Ángel Solá se como la película él solito. Su destacadísima interpretación eclipsa por completo al resto del reparto, que podrían haber sido sustituído por simples figurantes y nadie habría notado la diferencia. Todo el peso interpretativo de la película recae sobre él, y lo solventa con eficacia y brillantez, a pesar del, a mi juicio, exceso de maquillaje que era un lastre con el que tenía que cargar.

La película es interesante, el tema atractivo y la actuación de Miguel Ángel Solá ya vale por sí misma el precio de la entrada, pero en mi opinión no está muy bien narrada. Los personajes son importantísimos en cualquier historia, y en este caso no están trabajados. No sabemos nada de Leo, el chico aficionado a la música al que conoce en el avión y con quien luego sigue en contacto en Madrid, no entendemos la frialdad con que la hija recibe a su padre tantos años después por una simple discusión, no entendemos el afán de las tres mujeres desconocidas por ayudar a Abraham, no entedemos… o mejor dicho, yo no lo entendí, igual es cosa mía.

Pero ver “El último traje” no es tiempo perdido. Es una película sencilla que, a pesar de los defectos, logra conmover. El personaje de Abraham está lejos de ser un venerable anciano, es más bien un viejo resentido lleno de defectos, pero por eso se hace más humano y entrañable. Y es de agradecer eso de tocar por enésima vez el tema del holocausto desde un punto de vista diferente del habitual.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil