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Críticas de odaesu
Críticas ordenadas por:
Fariña (Serie de TV)
Fariña (Serie de TV) (2018)
  • 7,7
    7.986
  • España Carlos Sedes, Jorge Torregrossa
  • Javier Rey, Tristán Ulloa, Antonio Durán, Carlos Blanco, ...
8
Se neva, que neve
El audiovisual italiano ha situado a la mafia y a la corrupción sistémica en el foco de su análisis sobre la deriva del país. Romanzo Criminale, 1992, La mafia uccide solo d'estate o Gomorra han sido un enorme éxito a niveles artísticos y económicos, traspasando fronteras y teniendo impacto en medio mundo. El poder de fascinación de la mafia reside en el hecho de que es algo netamente italiano, pero a la vez se sustenta y explica mediante conceptos universales (el poder, la dominación, la familia, el dinero…).

En Galicia, a partir de los 80, se produjo un fenómeno de corte similar, aunque obviamente a menor escala, al de la mafia italiana: el narcotráfico, con características parecidas a las de su hermana mayor del país transalpino: corrupción masiva de las fuerzas de seguridad, financiación ilegal de partidos políticos, blanqueo de dinero a gran escala, control efectivo del territorio, intensas conexiones con otros actores del crimen organizado nacional y extranjero y cierto (retorcido) prestigio social… El impacto del narcotráfico en Galicia es innegable, mucho menos violento que el de la mafia, pero con unas repercusiones socio-sanitarias durísimas: toda una generación de jóvenes gallegos convivió con el tráfico y consumo de drogas, que causó durante los años 80 y 90 fallecimientos que se cuentan por millares.

Teniendo en cuenta esta realidad, resulta sorprendente que la cultura gallega en general y el audiovisual en particular, hayan ahondado tan poco en la industria ilegal del tráfico de drogas y en sus corruptas relaciones con los actores que ejercen el poder público. Sin embargo, dentro de un panorama en el que están aflorando los dramas que navegan por las corruptelas que acucian al país, tanto en el cine (Grupo 7, La isla mínima…), como en la televisión (La zona, La peste…), el narcotráfico gallego puede ser el centro de obras estimulantes y ambiciosas, que nos expliquen cómo hemos llegado hasta este punto de nuestra historia y qué tipo de sociedad somos.

Ese proceso de degeneración social, económica y política es explorado en Fariña, la novela de no ficción del periodista Nacho Carretero y en su adaptación televisiva, a cargo de la productora Bambú. Durante los años 80, en una Galicia eternamente emigrante y en crisis socioeconómica perpetua, el inicio del declive de las industrias pesquera y conservera, dejó las rías abiertas de par en par para el contrabando. Así, el tráfico de drogas se convirtió en las Rías Baixas ya no sólo en la alternativa fácil a la emigración, si no en la única viable para aquellos chavales sin formación u oficio no relacionado con el mar. Es decir, para los jóvenes don nadie como Sito Miñanco (un solvente Javier Rey), procesado de nuevo, en nuestro 2018, por narcotráfico, o para los hijos de los contrabandistas de tabaco, como los vástagos de Manuel Charlín (Morris en uno de sus mejores trabajos).

Fariña bebe, tanto formal como narrativamente, de la nueva ficción mafiosa italiana, que marca, como hemos sostenido con anterioridad, el camino a seguir a la hora de poner en marcha un conjunto de relatos sobre la podredumbre económica, política e incluso moral que atenaza a nuestro país. Una de sus grandes virtudes es proponer un estimulante retrato del poder, o más bien de la necesidad de ejercer el poder. Miñanco no desea tanto ser rico, como ser poderoso. Ser respetado, ser uno de los actores que ejercen el poder y controlar el espacio en el que habita. No deja de ser la versión impulsiva e inestable del líder del contrabando de tabaco, Terito (enorme Manuel Lourenzo), puesto que éste no quiere ser multimillonario, si no que quiere tenerlo todo bajo control, de ahí que se niegue a arriesgar su posición de poder pasando del tráfico de tabaco (un crimen, sí, pero menor bajo su punto de vista moral) al de cocaína (una sustancia ilegal y fuertemente perseguida por los estados).

En el retrato de los jóvenes traficantes, Fariña puede moverse al ritmo del cine de mafias de Martin Scorsese. Mientras que en el dibujo de los traficantes de la vieja escuela, parece retrotraerse al de Francis Ford Coppola, con esos hombres sentados a la misma mesa hablando de sus negocios y del negocio de todos, la política. En un momento dado, uno de los capos anuncia que habrá elecciones autonómicas y municipales pronto, “ya sabemos quién queremos que gane ¿no?”. “Los de siempre” responde Laureano Oubiña, uno de los jefes de la droga más conocidos popularmente. En esta secuencia, donde cada frase da para un análisis del discurso, Fariña muestra todo lo que puede llegar a ser.

Hablando de fenómenos sociales, la cadena de supermercados más importante de Galicia, Gadis, con presencia en toda su geografía, lleva años poniendo en marcha una fuerte campaña de marketing audiovisual, a través de anuncios de gran producción, que ya forman parte del imaginario colectivo gallego. Uno de sus primeros eslóganes (han ido degenerando hasta el que manejan actualmente: por se morremos) rezaba se chove, que chova, haciendo hincapié en un elemento fundamental de la personalidad de los gallegos: la capacidad de continuar adelante a pesar de las adversidades (ya sean de índole natural o humana). Sin embargo, también podríamos conectar esta frase, a priori optimista e inofensiva, con un dicho popular muy famoso en Galicia: mexan por nós e temos que dicir que chove. Las relaciones clientelares y criminales que se establecieron entre los capos del narcotráfico y los líderes políticos sembraron Galicia de drogas y corrupción, llenando el vacío dejado por la falta de una política económica pública. Y los gallegos hicimos como si aquí no estuviera pasando nada. Cuando al presidente de la Xunta de Galicia le preguntaron sobre un viaje que hizo con el narcotraficante Marcial Dorado, Alberto Núñez Feijóo fue incapaz de recordar quién había pagado el viaje, ni si quiera a dónde habían viajado, sólo pudo asegurar que “había nieve”. Pues eso, se neva, que neve.
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60 de 72 usuarios han encontrado esta crítica útil
Columbus
Columbus (2017)
  • 6,9
    1.508
  • Estados Unidos Kogonada
  • John Cho, Haley Lu Richardson, Parker Posey, Michelle Forbes, ...
8
Arquitectura emocional
El arquitecto Mathias Goeritz formuló en 1953, el Manifiesto de la Arquitectura Emocional, comprimiendo brevemente el discurso sobre el que se sostenía el Museo ECO de la Ciudad de México. En dicho manifiesto, Goeritz defendía que "el arte en general, y naturalmente también la arquitectura, es un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo". Casi 65 años después, el artista Kogonada, respetado por sus montajes audiovisuales, que reflexionan sobre algunas de las claves del arte cinematográfico, debuta en el largometraje y en la ficción con un manifiesto audiovisual que viene a secundar los postulados de Goeritz. Para Kogonada la arquitectura debe ser capaz ya no sólo de reflejar el espíritu de una época, si no también debe contribuir a generar, por sí misma, sentimientos, liberándose del tiempo en el que fue pensada o construida, para pegarse al tiempo en el que es usada y, sí, sentida.

Columbus, Indiana, es una ciudad pequeña (no llega a los 50.000 habitantes) que sin embargo alberga una amplia colección de edificaciones que suponen un riquísimo muestrario de la arquitectura americana del último siglo. Ello hace que Columbus sea un caso de estudio particularmente estimulante para urbanistas, arquitectos y artistas. Kogonada, construye su análisis arquitectónico-emocional, a través de la historia de dos personajes que se encuentran y reconocen el uno en el otro, una chica brillante que se niega a ir a la universidad porque no quiere abandonar a su inestable madre, y un hombre que se aproxima a la cuarentena que acude a la ciudad porque su padre, un reputado arquitecto, se encuentra ingresado en un hospital de la misma. Estas dos historias se cruzan y fusionan, con los diversos edificios y espacios públicos de Columbus como escenario y, en última instancia, como tercer personaje protagonista. Así, la arquitectura funciona en Columbus como catalizador de emociones, pero también como productor de sentimientos y facilitador de catarsis emocionales. Para Kogonada la arquitectura no sólo es emocional si no también curativa. A través de su contemplación y ocupación, los personajes son capaces de gestionar su dolor y seguir adelante. Columbus es una hermosa carta de amor a la arquitectura como arte. Una defensa radical de su poder y de la necesidad de pensar en los sentimientos que produce en las personas que le van a dar uso y no sólo en su funcionalidad. Precisamente Goeritz aseveraba en su manifiesto que "el hombre del siglo XX se siente aplastado por tanto “funcionalismo”, por tanta lógica y utilidad dentro de la arquitectura moderna". Ponía así el acento en denunciar el movimiento funcionalista que había pasado a dominar la arquitectura a comienzos del S.XX. En Columbus, Kogonada no es tan explícito, pero su defensa de la arquitectura como catarsis emocional deja poco lugar a dudas a la hora de afirmar que se adscribe a las tesis de Goeritz.

La ópera prima de Kogonada reivindica, a través de su análisis de las posibilidades que ofrece la arquitectura para entender la psicología humana, la importancia de comunicarse, la relevancia del espacio público a la hora de entablar relaciones personales entre nosotros. Gracias a los maravillosos espacios de Columbus, esta mujer y este hombre, ambos dolidos por las complicadas relaciones que mantienen con sus padres, son capaces de verse reflejados en el otro, conversar y vomitar sus frustraciones al cielo libre de una ciudad extraordinaria. Kogonada filma una película que transpira humanismo y un fascinante amor por el arte arquitectónico. Plagada de diálogos inteligentes, personajes construidos con sumo cuidado y cariño y una puesta en escena delicada y hermosa, que muestra en toda su grandeza los espacios que retrata, Columbus es una pequeña obra de culto en potencia.
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32 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
London Spy (Miniserie de TV)
London Spy (Miniserie de TV) (2015)
  • 6,7
    763
  • Reino Unido Tom Rob Smith (Creator), Jakob Verbruggen
  • Ben Whishaw, Jim Broadbent, Charlotte Rampling, Edward Holcroft, ...
8
Te amo sin conocerte
En medio de un convulso panorama internacional, BBC nos ha traído London Spy, un drama de espías protagonizado por Ben Whishaw, y con actores de la talla de Jim Broadbent o Charlotte Rampling en el reparto. La serie está formada por cinco capítulos escritos por Tom Rob Smith y dirigidos por Jakob Verbruggen (The Fall). La mera descripción de su género como "drama de espías" es ya de por si una novedad, puesto que las historias sobre el mundo del espionaje son en su aplastante mayoría thrillers (o comedias y películas de acción). Sin embargo, London Spy es, sobre todo, un drama íntimo, un relato triste y delicado sobre un hombre que se enamora de otro hombre y cómo de repente éste desaparece. Mientras que las grandes obras sobre espías han estado protagonizadas siempre por ellos (de The Spy Who Came In From the Cold a Tinker, Tailor, Soldier, Spy), London Spy hace que el relato gire en torno a un pobre hombre, Ben Whishaw, que se enamora de un espía y termina siendo arrastrado a una conspiración que se escapa completamente de su conocimiento y control. El hombre normal nadando por las corrientes del poder. Intentando mantenerse a flote mientras busca, desesperadamente, la verdad. London Spy es a la vez un thriller de espías conspiranoico y un drama romántico. Una dolorosa, críptica y trágica historia de amor kafkiana.

¿Podemos amar a alguien sin realmente conocer cómo es su vida? London Spy nos dice que sí. Que podemos amar incluso aunque todo lo que sepamos de una persona sea mentira. Básicamente porque lo importante es verdad: lo más hondo de su interior, eso que sale a la luz únicamente en la más profunda intimidad. Así Danny (Whishaw, un actor que desborda emoción) no sabe que Alex/Alistor (Edward Holcroft) era un espía del MI5, que sus padres estaban vivos o que estaba metido en un gran problema. Pero sí sabe quién es. Lo conoce sin conocerlo, porque en sus 8 meses de relación fue capaz de leer su interior. Porque cuando hacían el amor era capaz de ver sus inseguridades, sus miedos y sus deseos. Por eso cuando descubre el ático infernal en la casa de su novio sabe que es mentira. Que todo lo que allí hay es mentira. Un fake. Una farsa. A partir de ese momento todo Reino Unido intentará convencerlo de quién era el hombre del que estaba enamorado, sin embargo él se mantendrá fiel a su verdad, construida en base a los momentos que compartieron juntos, a la confianza e intimidad que entre ambos crearon.

Así, lo que permite que el protagonista siga en pie en esta delirante conspiración plagada de mentiras y secretos, son sus emociones. Danny no desentrañará el misterio sobre qué le pasó a su novio tirando de experiencia e inteligencia profesional, básicamente porque él no es un espía. Sino que lo hará a través del amor y de su inteligencia emocional. Danny está en las antípodas de la Carrie Mathison de Homeland. Y London Spy no podría ser más diferente a Zero Dark Thirty. Llevamos vistos sólo dos capítulos, pero London Spy puede ser una obra fabulosa e innovadora, en un género con unas reglas muy marcadas. Más allá de la fascinante conspiración, la serie habla con cariño y sensibilidad de temas tan importantes como la soledad, la incomunicación o la identidad, ya sea a través de la trama central o por medio del personaje de Jim Broadbent, el único amigo que le queda a Danny en el mundo. Pero sobre todo, la serie habla de lo que significa amar a una persona, del compromiso que ello conlleva. En tiempos tan caóticos en los que vivimos, es necesario seguir reflexionando sobre el amor.
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22 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Frente al mar
Frente al mar (2015)
  • 4,4
    1.464
  • Estados Unidos Angelina Jolie
  • Brad Pitt, Angelina Jolie, Mélanie Laurent, Niels Arestrup, ...
4
Porno, desamor y botellas de vino
¿Qué pasa cuando una pareja ya no tiene nada qué decirse? O más bien ¿Qué pasa cuando una pareja ya no quiere decirse nada? Según la directora y guionista Angelina Jolie, lo único que les queda es vivir a través de otra pareja, una que aún funciona. Así, los personajes de Jolie y Pitt, una ex-bailarina y un escritor sumidos en una crisis matrimonial en la Costa Azul de los años 70, se dedican a observar a través de un agujero en la pared de la habitación de su hotel a la pareja gala que conforman Mélanie Laurent y Melvil Poupaud. Cuando se acabe la pasión, siempre nos quedará el porno y hoy en día, con internet y apps, más aún. Mientras observan a sus vecinos hacer el amor, se emborrachan. Y cuanto más ven y más beben menos recuerdan sus miserias, su propia nadería existencial.

El audiovisual americano ha reflexionado largo y tendido sobre la destrucción de una pareja. Desde films clásicos como Cat on a Hot Tin Roof (Brooks, 1958) a obras de la última década como Blue Valentine (Cianfrance, 2010). El año pasado, David Fincher estrenó Gone Girl y actualmente está en emisión en la televisión americana The Affair. By the sea no viene a aportar nada nuevo. Ni siquiera nada propio. No hay personalidad alguna en ella. Es un lujoso paquete que no contiene nada en su interior. El guion va tan a la deriva como sus propios personajes. Paolo Sorrentino nos demostró en La grande bellezza que se puede hablar de la banalidad construyendo una obra rotundamente profunda. Pero no hay profundidad en el mar narrativo de Jolie. Su cámara no logra jamás traspasar la piel de sus personajes. No logra que el espectador pueda entender sus sentimientos y emociones. De hecho no logra, ni siquiera, trasmitirlos. El resultado es una película fría, que parece un anuncio de Chanel más que un retrato de las pasiones humanas y de la frustración que se acumula con el paso del tiempo en una pareja. Estamos ante una película fallida, otra más, de una cineasta que no sabe quién es y qué quiere contarnos.
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22 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
Wolf Hall (Miniserie de TV)
Wolf Hall (Miniserie de TV) (2015)
  • 7,3
    554
  • Reino Unido Peter Kosminsky
  • Mark Rylance, Damian Lewis, Claire Foy, Jonathan Pryce, ...
9
Un hombre (que no era) para la eternidad
En 1966, Fred Zinnemann dirigió A man for all seasons, traducida al castellano como Un hombre para la eternidad, una mirada compleja al reinado del político Henry VIII desde la perspectiva de Thomas More. Cogiendo el testigo de aquel excelente film (que ganó 6 Oscar, incluido el de Película), el director Peter Kosminsky y el guionista Peter Straughan, vuelven a lanzar una incisiva mirada hacia los Tudor en la miniserie de BBC, Wolf Hall, aproximándose a ellos otra vez a través de un subalterno, en esta ocasión Thomas Cromwell. La ficción narra el tramo temporal entre el divorcio de Henry VIII (Damien Lewis, fabuloso) de Catalina de Aragón y la condena a morir en el patíbulo de Anne Boleyn (Claire Foy, a la vez dura y delicada). Todo ello abordado desde la perspectiva de Cromwell, que pasa de ser mano derecha del caído en desgracia cardenal Wosley (Jonathan Pryce, siempre un placer) a brazo ejecutor del propio Henry VIII, mientras tiene que lidiar primero con los opositores al divorcio real, liderado por More (Anton Lesser, entre cínico y sincero) y con el propio clan Boleyn, que ocupa las principales estancias de poder mientras Anne es reina consorte.

Volviendo a la comparación con A man for all seasons, uno de los discursos más interesantes que hila la miniserie, viene a ser una enmienda a la totalidad a la beatificación que la historia ha hecho de Thomas More. No es que el More de Wolf Hall no sea un hombre brillante de rígidas convicciones como aquel “hombre para la eternidad”. Si no que su retrato se vuelve mucho más complejo, con más aristas, situándolo debidamente en un panorama de intrigas y luchas de poder encarnizadas. More tiene una agenda, lleva a cabo una estrategia política, no es ningún santo, es otro actor más inmerso en las catacumbas del poder. Si hasta ahora nos habían dicho que Thomas More era bueno y Thomas Cromwell malo, esta miniserie, que adapta un libro homónimo, sostiene que ambos eran hombres sumidos en la espiral enfermiza del poder, que intentaban conciliar sus intereses (su propia supervivencia) con sus creencias y sus valores. Con esto no estoy diciendo que el enfoque de Wolf Hall sea el adecuado, de hecho ha despertado controversia en UK, porque muchos historiadores denuncian que efectivamente Cromwell era un monstruo. Pero desde luego, esta aproximación histórica es refrescante.

Podríamos, a partir de este conflicto entre More y Cromwell, decir que la serie, narrada siempre desde los ojos entre cansados y escépticos del segundo, se mueve en función de las interrelaciones del mismo. Entre el cardenal Wosley, Anne Boleyn (y todo su clan), Thomas More y Henry VIII van construyendo la personalidad de un hombre convertido en enigma histórico. Jhomas Cromwell era eso que en nuestras democracias representativas actuales se llama “hombre de Estado”, un titiritero en las sombras del poder. Astuto, inteligente, complejo y práctico. Buscaba conciliar lo que él consideraba que eran los intereses de Inglaterra con su propio progreso personal, primero, y su propia supervivencia, después.

Al respecto del poder, Wolf Hall nos dibuja un mundo en el que cuanto más alto subes más probable es que te vengas a bajo y que más dura sea la caída. Decía Wenceslao Galán en El fuego en la voz que “poder es poder matar, por eso la amenaza es siempre amenaza de muerte”. Cuanto más poder amasa Cromwell, más cerca está su final, más enemigos tiene y es más posible que el rey al que sirve le dé la espalda por miedo a dicha acumulación de poder. Por eso el Cromwell de Wolf Hall es un personaje condenado de antemano. Si retrocede lo devoran, si avanza, terminará por precipitarse hacia el vacío.

Soy consciente de que hasta este momento no he mentado al actor que interpreta a Thomas Cromwell. Creía que se merecía algo más que dos palabras. Mark Rylance, uno de los hombres más importantes del teatro británico de las últimas tres décadas, es el encargado de dar (una lacónica) vida a Cromwell. Firma una de las interpretaciones más perturbadora y estremecedoramente contenidas que haya visto jamás. Un ejercicio interpretativo abrumador. Sin levantar la voz. Sin hacer aspavientos. Arrastrándose por la escena hasta impregnarlo todo con su mirada y su gesto desconfiado, descreído. Mark Rylance es el pilar central que sostiene esta mayúscula obra audiovisual. Pero no menos brillantes son una puesta en escena cuidadísima (hay primeros planos de Rylance que son narrativamente brutales, la secuencia del patíbulo desprende una frío insano acojonante); y una brillante y precisa labor de escritura, plagada de diálogos finísimos y crudos. Wolf Hall, dibuja una época, reflexiona sobre el poder y se constituye en un entretenimiento de primera que cuece las intrigas a fuego lento y capta lo peligroso que era vivir en la corte de un rey que un día parecía un niño (febril, enloquecido, embobado) y al siguiente un monstruo (colérico, dictatorial, paranoico). Dado que la historia de Cromwell queda sin terminar (no hemos visto su caída), ojalá BBC decida (en un movimiento 100% marca de la casa) darle una segunda temporada que cierre el relato sobre un hombre al que la historia ha pretendido negar la eternidad.
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17 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mommy
Mommy (2014)
  • 7,5
    13.601
  • Canadá Xavier Dolan
  • Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément, Alexandre Goyette, ...
9
No hay que tener miedo a vivir
En esa obsesión por categorizarlo todo, nos pasamos la vida haciendo listas, marcando hitos y señalando etapas. Como si intentáramos de alguna forma contener el descontrol que es nuestra existencia. Quizás por eso Mommy, la quinta película del quebequés Xavier Dolan, parece cerrar, en una estructura hermosamente circular, la primera etapa de una filmografía que empezó hace un lustro con J’ai tué ma mère. La maternidad y la filiación, esas condenas de por vida. Y la distancia entre un film y otro es todo lo que ha madurado Dolan en este tiempo. Tanto como director, como guionista y, en el fondo, como hombre. Si en J’ai tué ma mère abordaba la familia desde la rabia adolescente, desde la explosión de sentimientos y energías, en Mommy nos encontramos con un relato que mucho más pausado, casi taciturno, triste pero optimista. Sus tres primeras películas eran un continuo galopar hacia el final. Un desparramarse. En cambio las dos últimas, la pesadillesca Tom à la ferme y la sensible Mommy, son mucho más reflexivas. No desparraman, sino que se deslizan hacia la huida de sus protagonistas. Una huida hacia ninguna parte, porque, sorpresa, nosotros somos nuestra propia cárcel. Ouch.

Mommy está ambientada en una Canadá ligerísimamente distópica, en la que los padres pueden dejar a sus hijos a cargo de instituciones públicas si consideran que son incapaces de cuidarlos. En un mundo en el que nuestros derechos se vulneran todos los días, Dolan nos presenta el retorcido derecho a renunciar a la paternidad activa. Si en J’ai tué ma mère, un hijo intentaba asesinar la idea de tener una madre, en Mommy, los padres pueden emborronar la existencia de sus hijos. En esta Canadá suburbial de buena vecindad hacia fuera y numerosos problemas hacia adentro, la película nos cuenta el día a día de una madre viuda, Die, que malvive en estos tiempos de crisis económica mientras intenta salvar a su hijo, que padece TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), de un futuro cada vez más sombrío. En la vida de ambos, como si fuera un espléndido día soleado de invierno, irrumpe la vecina de enfrente, una profesora traumatizada por hechos del pasado a la que le cuesta hablar con fluidez. Y a partir de ahí la película es la historia de tres seres malheridos, de tres supervivientes, que se agarran entre sí, como si cada uno de ellos fuera la última oportunidad de salvación del otro.

Con una premisa tan oscura, tan triste, a Xavier Dolan le ha salido su película más transparente, más luminosa (maravillosa fotografía), más, paradójicamente, optimista. Tras la terrible y retorcida Tom à la ferme, ha rodado una respuesta a sí mismo en forma de drama emocional que grita ¡vida! Rodada en formato vertical, 1:1, la cámara se pega a los ojos y a la boca del trío protagonista, como si más allá de ellos no hubiera nada, simplemente, el vacío. Como si estuvieran levitando sobre la ciudad, sobre una vida triste frente a sus ansias de correr, de ser felices. Lejos queda ya la sobrecarga visual de sus primeros films, el regodeo en lo kitsch, en la dilatación del tiempo, en los colores sobreexpuestos. A la vez que sus personajes han ganado hondura, su forma de dirigir se ha despojado de elementos innecesarios. La puesta de escena de Mommy es cálida y serena, como cuando el sol te calienta las piernas en diciembre. Dolan ha madurado pero sigue siendo él mismo, con esas secuencias musicales poderosas (la de Wonderwall es una de las mejores secuencias cinematográficas del año), con esa energía que desprenden casi todos los planos, esas ganas puras, inocentes, de vivir.

Para crear esa sensación de optimismo al borde del precipicio, resulta fundamental la elección de reparto que ha hecho. Como ya había hecho en su mejor film hasta Mommy, la ambiciosa Laurence Anyways, opta por no interpretar ningún papel, lo cual es de agradecer, porque seamos sinceros, Dolan se ha transformado en un buen guionista y un fantástico director, pero sigue siendo un actor muy mediocre. Y fía el film a sus dos actrices fetiches, Anne Dorval, la madre de su ópera prima, y Suzanne Clément, la profesora (además de descomunal protagonista de Laurence Anyways), y sobre todo al frenético Antoine-Olivier Pilon. Si las dos primeras aportan la madurez que las heridas de guerra van creando, el último es esa traca de fuegos artificiales que va estallando a lo largo del film, iluminándolo e incendiándolo a la vez. Ante los problemas que los acucian, los rostros de Dorval y Clément muestran una frustración que es puro dolor, mientras que el de Pilon es un volcán de rabia desmedida. Mommy es, en definitiva, una de las películas más hermosas, dolorosas y sensibles de este año, y la confirmación del desbordante talento de un Xavier Dolan, que ahora sí, ha alcanzado ya la madurez como cineasta. 25 años, 5 películas y un mundo propio.
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27 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
Perdida
Perdida (2014)
  • 7,3
    57.717
  • Estados Unidos David Fincher
  • Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, ...
9
Rotos por dentro
Estamos jodidos. La televisión escupe basura mientras nosotros escondemos nuestras miserias debajo de la cama. Pero llega el día en que hemos acumulado tanta miseria que se escapa de su escondite y entonces, de repente, nos convertimos en esa basura que los medios de masas nos inyectan en el cerebro. Sí, estamos jodidos. Si en The Game y Fight Club, David Fincher buceaba en la incertidumbre y la soledad en la que se hallaba el hombre ante el cambio de milenio, y en The Social Network retrataba las relaciones humanas tras dicho cambio, en Gone Girl vuelve a firmar una precisa radiografía del tiempo que nos ha tocado vivir. Una radiografía que nos muestra que el cáncer somos nosotros. Vuelve, con esta adaptación de la novela homónima de Gillian Flynn (que escribe el guion) el Fincher más insano, crudo y retorcido. También el más cínico. Y a la vez el más indeleble. Como ya hiciera en The Social Network, juega a disolverse en la historia. Se puede ser un autor de primera sin estarlo gritando en cada plano. Fincher, antes que autor, se ha convertido en algo más valioso, en un comunicador excepcional. Un gran cronista de las perturbaciones cerebrales en tiempos complejos. Algo así como la versión americana y para el gran público de Michael Haneke.

Dentro de unos años hablaremos de un conjunto de películas que nacieron al calor de la crisis económica (y sociopolítica) de principios de la década de los 10, al igual que hoy en día hablamos de las obras post-11S. No es tanto que esta historia que comienza con la desaparición de una mujer el día de su aniversario de boda, hable de la crisis, que aparece de fondo, sino más bien que nos muestra lo que supura esa herida. La crisis es el detonante que hace que los peores sentimientos y pensamientos de este matrimonio salgan a la luz. Tras el fin del romance sólo queda hacerse daño. El matrimonio al igual que el film, es una espiral insana de fatalidad. Sí, desde luego le ha salido una película cínica y pesimista a Fincher. Ni un rayo de esperanza hay en Gone Girl. Y lejos de ser un drama solemne, implacable, estamos ante un film de diálogos chispeantes, mordaz, que te saca la carcajada tras pegarte una patada en la boca del estómago. Hay algo de comedia hasta en los rincones más oscuro de nuestra psique. Fincher ha vuelto a hacer un drama adulto, ambicioso, arriesgado, pero a la vez muy comercial. ¿Una cinta de autor puede ser un blockbuster? Sí, sí puede. Aunque nos digan constantemente lo contrario, los espectadores no somos niños pequeños. No necesitamos que nos cuiden, lo que necesitamos es que nos desafíen. Y Gone Girl lo hace. Durante su visionado, este thriller psicológico (casi psico-sexual) ,que tontea con el policíaco y el cine negro, te atrapa sin remedio, y cuando sales del cine sigue pegado a ti. Primero te entretiene, después te hace reflexionar. Llevo dándole vueltas horas y horas. Y sé que será una película que veré muchas veces a lo largo de mi vida. No es una película perfecta, tampoco pretende serlo, es una película demasiado salvaje, la historia es demasiado arriesgada, el show que monta el matrimonio Dunne es demasiado rocambolesco. Al fin y al cabo es difícil hacer una película perfecta que gire en torno a lo más imperfecto que hay en el mundo: los seres humanos.

Dentro de su filmografía Gone Girl es más Seven que Zodiac. Más fuego camina conmigo que un thriller impermeable. También es, tras Fight Club, la que penetra más hondo en sus protagonistas. Pero si en aquella el final era optimista, catártico, aquí nos quedamos colgados de un hilo, como en The Social Network, todo ha cambiado para seguir igual. Igual de jodido. Fincher acertó de lleno a la hora de contratar a Ben Affleck para retratar a ese hombre normal. A ese buen americano. Simple, obtuso, mentiroso, patético y corriente ciudadano. Sin duda alguna la mejor interpretación de su carrera. A su lado, moldeándolo, una Rosamund Pike extraordinaria. La Asombrosa Rosamund Pike. Pura voracidad interpretativa. La mujer de las mil caras, una relectura negrísima de la femme fatale clásica. Un retrato complejo de nuestros miedos, nuestras taras, nuestros terrores. Y envolviéndolos un reparto muy ecléctico en el que sobresalen una sobria Kim Dickens como detective al frente del caso y una irónica Carrie Coon como la hermana del protagonista, quizás los dos personajes menos enfermos en una maraña de mentiras, odio y frustración. Y así volvemos al inicio, Fincher, otra vez, nos habla de lo frustrados que estamos con nuestras vidas, y cómo esa frustración nos puede conducir hacia la destrucción. Sí, ha quedado claro, estamos muy jodidos.
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44 de 54 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pájaro blanco de la tormenta de nieve
Pájaro blanco de la tormenta de nieve (2014)
  • 6,0
    985
  • Estados Unidos Gregg Araki
  • Shailene Woodley, Eva Green, Christopher Meloni, Shiloh Fernandez, ...
7
Persiguiendo a un fantasma
De los realizadores que nacieron al calor de esa corriente del cine indie americano que se dio por llamar New Queer Cinema, dos son los que han trascendido y han dejado atrás aquellos años primigenios de cine de guerrilla para expandir sus universos cinematográficos. Hablamos de Gus Van Sant y Todd Haynes. Desde Mala Noche y Poison, respectivamente, han virado hacia el drama experimental (y el cine comercial) uno, y una especie de revisión del melodrama el otro. Al contrario que ellos, el otro gran autor del New Queer Cinema que surgió a finales de los 80 y principios de los 90, se ha mantenido fiel a las reglas y mundos de la corriente. Hablamos de Gregg Araki, que este año estrena White Bird in a Blizzard, adaptación de una novela de Laura Kasischke, protagonizada por una de las actrices del momento, Shailene Woodley.

Cuatro años han pasado desde que estrenara su último film, Kaboom, un torrente de energía, que se volvía más fascinante cuanto más degeneraba su trama. Un compendio de su mundo rodado a la velocidad de la luz que funcionaba por mera acumulación. Más atrás en el tiempo, exactamente una década, queda Mysterious Skin, su obra maestra, un drama social y psicológico disfrazado de sci-fi. Una película hipnótica de principio a fin, preñada de una especia de oscuro realismo mágico que la hacía especial. Lejos del realismo, Araki hablaba de la pederastia desde el género. Mezclando realidad y sueño para construir una pesadilla. White Bird in a Blizzard es una mezcla descompensada de ambos filmes. Por un lado pretende trascender, ser un drama psicológico sobre la maternidad como trauma vital. Por el otro lado, se deja gobernar por las explosiones de hedonismo propias del Araki más desenfadado, construyendo a la madre que de pronto un día desaparece (una soberbia Eva Green), más como una caricatura que como un personaje real.

Así, la película no termina nunca por decantarse entre el drama adolescente, el familiar o el thriller. Mientras que en Mysterious Skin el misterio era palpable y todas las tramas caminaban hacia su resolución, en White Bird in a Blizzard Araki se olvida de él hasta el tercio final del film. El resultado es que ha dado a luz una historia que en lugar de discurrir va dando tumbos, tan perdida en sí misma como su protagonista (Woodley, es una intérprete valiente). No ayudan a crear una atmósfera insana unos secundarios que no están a la altura (sobre todo Meloni interpretando al padre) y unas secuencias oníricas rodadas con desgana. Si en Mysterious Skin las ensoñaciones con el pasado funcionaban a la perfección porque eran turbias y emocionalmente potentes, aquí naufragan. No es capaz de establecer Araki una conexión entre la protagonista y el espectador. Llegados a la recta final nos da igual qué pasó con la madre y hacia dónde irá la vida de esa adolescente convertida en adulta. Estamos ante una película fría que debía quemarnos las entrañas. Los flashbacks protagonizados por la madre y contados como si de un cuento de hadas (deformado, malsano) se tratara funcionan, pero el presente narrativo no acaba de hacerlo. Woodley intenta construir un cuadro general de su tormentosa madre y logra pintarlo más gracias a sus recuerdos que a sus pesquisas. No es una mala película, al verla uno respira el cine de Gregg Araki, pero sí es una pequeña decepción, pudo haber creado otra obra maestra y sin embargo ha dirigido una cinta que a ratos captura tu atención haciéndote olvidar el mundo exterior, pero que otras veces es simplemente fallida. Aún así, es un placer ver que el último superviviente del New Queer Cinema sigue empeñado en no cambiar.
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15 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Deuda de honor
Deuda de honor (2014)
  • 6,3
    4.847
  • Estados Unidos Tommy Lee Jones
  • Hilary Swank, Tommy Lee Jones, Grace Gummer, Miranda Otto, ...
7
El Oeste y la desolación
No hay género cinematográfico más norteamericano que el western. Polvo, sangre, whisky y redención. En las últimas décadas, sin embargo, su presencia en los cines se ha ido difuminando, desapareciendo en su dimensión más pura, pero colándose por las rendijas de otros géneros. De tal forma que se producen muy pocas películas del Oeste, con sus cantinas y sus forajidos, pero sus formas y elementos, su mitología al fin y al cabo, pululan por muchas películas, creando sub-géneros que son pura mutación como el western post-apocalíptico a lo Cormac McCarthy, como The Road (Hillcoat, 2009), que adapta una de sus novelas, o The Rover (Michôd, 2014). La enorme influencia del western en el audiovisual yankee, ha llegado además a la televisión, desde Breaking Bad y su drama de frontera, hasta The Walking Dead y su mundo de pistoleros luchando por su supervivencia.

A pesar de todo ello, aún se siguen produciendo algunos westerns de nivel, que profundizan en el imaginario del género y lo llevan hacia territorios más oscuros. Con Unforgiven (1992), Clint Eastwood inició la nueva y pedregosa senda a recorrer por las películas del oeste, una evolución del género que se ha venido a denominar: western crepuscular. En esa misma línea hemos podido ver obras como la True Grit (2010) de los hermanos Coen o The Homesman, film que presentó Tommy Lee Jones en el pasado Festival de Cannes entre grandes elogios. Lejos ya de los grandes héroes de antaño, el nuevo western se centra en personajes en la recta final de su recorrido vital. Ya no hay descubrimiento, sólo supervivencia.

The Homesman cuenta el viaje que han de realizar una mujer desesperada en su soledad (Hilary Swank en su salsa) y un forajido al que le salva la vida (el propio Lee Jones) para llevar a tres mujeres que han caído presas de la locura, desde sus hogares hasta una ciudad dónde las puedan cuidar adecuadamente. Del polvo y el calor, a la nieve y el frío, seguimos a este grupo de personajes en un camino que cada vez se vuelve más oscuro, más trágico. Ya no es melancolía por tiempos mejores de lo que habla aquí Lee Jones. Es algo más tenebroso. Dibuja, el camino hacia la muerte, hacia la perdición de toda esperanza. El gran atractivo de la película es su total ausencia de optimismo. Todo lo que puede salir mal, saldrá incluso peor. No hay redención posible para este grupo. No hay catarsis emocional. No hay una experiencia vital redentora. Decía Nacho Vegas que “el final es como un desparramarse”, pues eso. Y si en la mirada cansada y la sonrisa socarrona de Tommy Lee Jones vemos a un hombre que hace tiempo ha asumido que su vida se precipita hacia la nada, en la de Hilary Swank (en su mejor trabajo desde Million Dollar Baby) vemos todo lo contrario. Swank encarna una fe ciega en aquello de “mañana será un día mejor”. Por eso también es el corazón de la historia, aunque no sea su protagonista. Es el personaje que incendia los planos.

No es The Homesman una película perfecta, de hecho tiene un tercio final, que a pesar de ser muy valiente, se hace muy pesado. Es coherente, pero no por ello funciona narrativamente. En cierta forma es como un pollo sin cabeza que se ha escapado de las manos de su ejecutor. Para comerlo había que cortársela, pero ahora anda dando tumbos frente a nuestros ojos y perdiendo todo el plumaje que había conseguido. Aún así, se reconoce el atrevimiento de Tommy Lee Jones al plantear la historia con la sequedad con que lo hace. No hay concesiones, ni si quiera narrativamente hablando. En cuanto a la apuesta formal, el cineasta es capaz de exprimir ese Oeste vacío y desolador, y ayudado de la inquietante música de Marco Beltrami, y sobre todo de la apagada fotografía de Rodrigo Prieto, crear una atmósfera que grita derrota. Para hablar de muerte era preciso crear un paisaje muerto. Y sí, lo logra. Paradójicamente, da gusto ver que a pesar de todo, el western sigue latiendo.
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58 de 63 usuarios han encontrado esta crítica útil
Maps to the Stars
Maps to the Stars (2014)
  • 6,0
    7.859
  • Canadá David Cronenberg
  • Julianne Moore, Mia Wasikowska, Robert Pattinson, John Cusack, ...
8
Así en Hollywood como en el Infierno
Uno de los cineastas más destroyers del cine de las últimas tres décadas, el canadiense David Cronenberg, se lanza en su última película, Maps to the stars a rodar una enmienda a la totalidad del mundo de las estrellas de Hollywood, con sus relaciones sexuales insanas, sus fiestas desbordadas de drogas y sus contratos multimillonarios. Para ello se sirve de un guion punzante salpicado de dardos envenenados contra gente de la industria del entretenimiento. Precisamente el contraste entre las referencias reales y las secuencias y giros de guion somnolientos, como de mal viaje de LSD, hacen que la película sea ante todo un film de David Cronenberg. Una visión distorsionada y enfermiza de una realidad y una sociedad bastante enfermas de por sí. Por sus excesos tanto visuales como narrativos lo conoceréis. De las carcajadas más sucias que nos regalara el cine de 2014 a los estallidos de violencia más burdos y secos, acompañamos a un grupo de personajes siempre al límite por las calles y las mansiones de un micro-mundo de leyes y moralidad propias.

Lo que ha parido Cronenberg no es una farsa, ni una broma, ni una ridiculización de Hollywood. Es otra cosa. Algo que él domina como pocos. Maps to the stars es una pesadilla. Y como tal, cuando se la cuentas a los demás, en lugar de darles miedo, lo que consigues es que se rían a mandíbula abierta, porque la ensoñación que relatas es demasiado absurda, delirante e imposible. Sin embargo el poso que deja sí que aterroriza, porque eres consciente de que lo que produce tu subconsciente está construido sobre elementos reales. Hollywood no es como el que Maps to the stars pinta con cubos de pintura que se estrellan contra las paredes. Sin embargo, el centro de las acciones hiperbólicas que nos muestra sí que está presente en el mundo de la industria del cine norteamericana. Los padres que convierten a sus hijos en factorías, los actores novatos dispuestos a todo, la endogamia (sexual, laboral) de ese mundo, los actores que se niegan a asumir su edad y esa enfermiza sensación de impunidad, que se resume en “haré algo malo, luego iré a Oprah, y más tarde ganaré aún más dinero”. Vivimos en un mundo edificado sobre la base de que todo crimen recibe su castigo (el actual estado de corrupción no obliga a añadir un “si te pillan”). Sin embargo en L.A. no. Eres detenido, la prensa filtra tu ficha policial, eres condenado a servicios comunitarios, te redimes haciendo una entrevista en profundidad, abrazando la fe o rodando un reality y el mundo sigue girando, el cajero escupiendo dinero, y tú vuelves al punto de partida. Sexo, drogas, impunidad y rock & roll.

Todo lo que nos narra el cineasta canadiense puede provocar que nos indignemos o que nos riamos. Cronenberg pudo haber dirigido un drama muy agrio, sin embargo prefirió rodar una comedia muy negra. El destino final es el mismo: Hollywood es una ciénaga, la nueva Sodoma y Gomorra. Sin embargo el viaje es mucho más divertido viendo a Jualianne Moore interpretar a una especie de Lindsay Lohan de 50 años, de tormentosa relación con su exitosa madre, y que se niega a asumir que ya no puede interpretar personajes en la treintena. Quizás estemos ante la interpretación más valiente de la carrera de Moore. Es un placer verla a caballo entre la locura y el narcisismo destructor, entre la más honda de las banalidades y el más terrible de los miedos. Sin embargo, en lugar de entregarle el protagonismo a los veteranos (Moore, John Cusack, Olivia Williams), la película elige sabiamente fijar el centro del relato en los personajes jóvenes, interpretados por el joven (y perturbador) Evan Bird, y la nueva musa del cine de autor planetario, Mia Wasikowska. Esta decisión tan arriesgada le permite hacer un dibujo preciso del resultado de décadas de degeneración. Al fin y al cabo nos debe interesar más la nueva generación que se está adueñando de Hollywood que la generación de sus padres, que por cuestiones de edad ya se bate (forzosamente) en retirada. Retratando a los vástagos, radiografías a la vez a los progenitores, logrando esbozar el pasado, las tormentas, reflejar el presente, los lodos, y aventurar un futuro aún más corrompido. Siempre decimos aquello de que “la raza mejora”, quizás no, quizás malos padres dan hijos peores, y la espiral de perdición no tiene fin. Esto no lo digo yo, que creo que soy un poco más optimista, lo dice David Cronenberg, uno de los directores más enfermos y cínicos del cine.
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76 de 88 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Strain: Night Zero - Episodio piloto (TV)
The Strain: Night Zero - Episodio piloto (TV) (2014)
  • 6,4
    2.205
  • Estados Unidos Guillermo del Toro
  • Corey Stoll, David Bradley, Kevin Durand, Mía Maestro, ...
5
Saber entretener
Este domingo FX estrenó su gran apuesta veraniega, The Strain, el salto a la televisión del cineasta Guillermo del Toro. Un thriller apocalíptico que adapta una trilogía escrita por el propio del Toro y Chuck Hogan, que también está detrás de la serie. El primer capítulo, Night Zero, de 70 minutos de duración está escrito al alimón por ambos y dirigido por el director mexicano. 70 minutos que se devoran como pipas. The Strain no aspira a ser una gran serie que planteé una profunda reflexión sobre nuestra sociedad actual. Su objetivo es ser un entretenimiento de primera división. Un blockbuster veraniego bien hilado para televisión. Si el año pasado nos regaló Pacific Rim, para esta temporada estival, del Toro nos ofrece The Strain. Obviamente aquí no hay grandes efectos especiales ni un empaque visual espectacular, como en la mayoría de sus películas. Pero la historia, y la forma de contarla, huelen a su cine. Y “el monstruo” está muy bien hecho, aunque parezca salido de Mordor.

La serie narra como un médico del CDC (la agencia yankee que controla las enfermedades, y por lo tanto los virus y las epidemias) y su equipo tienen que hacer frente a una plaga que amenaza con destruir el mundo tal que lo conocemos. Vendría a centrarse en lo que, por ejemplo, The Walking Dead o la saga de 28 (ya sean días o semanas después), no nos mostraron, ¿cómo arrancó el Apocalipsis? ¿quién es el responsable? ¿cómo funciona? Lo hace, además, desde un tono opuesto, sí aquellas tienen una fuerte carga dramática, aquí todo es más ligero, que no superficial. Más que hablar de filosofía y sociología en tiempos de crisis, lo que del Toro nos propone es una aventura y un saco de misterios. Por eso el frenesí y la ironía le vienen tan bien a esta serie. También esa estética viscosa marca de la casa, los personajes del submundo (el viejo Setrakian es un tesoro) y los malos de rascacielos enigmáticos. Frente al realismo de las películas de Boyle y Fresnadillo, tenemos la fantasía de del Toro. Hasta en su mirada a la Guerra Civil en El espinazo del diablo y El laberinto del fauno el realismo sucio estaba salpicado por lo fantástico y lo tenebroso. Su mundo es el de las historias y la magia. La explicación al inicio de la pandemia es de corte sobrenatural. El monstruo no es un virus que se escapa de un laboratorio. Su monstruo es un monstruo de verdad. Etéreo y viscoso, a partes iguales. Y justamente esta mitología naciente es lo que logra que el capítulo atrape al espectador y no lo suelte.

Para compensar tantos elogios, voy a decir que el arranque de la serie muestra un problema de personajes, o más que de personajes, de relaciones personales. Tiene un protagonista, Eph Goodweather, interesante interpretado por un actor tan solvente como Corey Stoll (a pesar del ¡pelucón! que le han plantado), sin embargo lo rodean de un conflicto familiar una y mil veces visto. ¿No hemos aprendido con los años que los conflictos familiares para dotar de profundidad a los protagonistas de los blockbusters no funcionan? Al doctor Goodweather lo ha dejado su mujer porque se pasa el día trabajando y ambos se pelean por la custodia de su hijo, aunque aún se aman mutuamente. ¡Por favor! ¿No podían ser más originales? Y lo mismo se puede decir de la relación con sus ayudantes y de cómo están dibujados éstos. The Strain acierta en la mitología, en la estética, en el tono y en la historia de misterio que presenta, incluso nos ofrece un protagonista y un secundario (Setrakian, interpretado por David Bradley) capaces de captar la atención del público y dotados con el suficiente carisma como para que nos importen. Sin embargo, tiene que trabajar las conexiones. Obviamente es un piloto, y aún tiene mucho tiempo por delante para desarrollar este apartado, pero la amenaza de que muchos de los personajes se queden en meros mecanismos de la trama sin alma, está ahí, latente.

En conclusión, el estreno de The Strain es un éxito porque tiene ritmo y personalidad, es jodidamente entretenido y te deja con ganas de más. El cine de Guillermo del Toro podrá gustar más o menos, pero lo cierto es que tiene una visión y un imaginario propios y sus películas, mejores o peores, más o menos ambiciosas, son muy divertidas. Y esta serie sigue la misma senda. Ojalá que a partir de ahora haya aún más estallidos de humor negro, momentos desagradables y el ambiente se vaya enrareciendo cada vez más en torno a los personajes. Me has picado la curiosidad Guillermo… otra vez.
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10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Extant (Serie de TV)
Extant (Serie de TV) (2014)
  • 5,3
    1.475
  • Estados Unidos Mickey Fisher (Creator), Dan Lerner, ...
  • Halle Berry, Pierce Gagnon, Grace Gummer, Tyler Hilton, ...
5
¿Hay vida aquí dentro?
El año pasado CBS decidió que era hora de que las networks recuperaran los veranos como campo de batalla y estrenó Under the dome, un drama sci-fi que adapta la novela homónima de Stephen King. La serie logró un éxito inesperado y fue renovada para una segunda temporada, si bien es cierto que capítulo se ha ido desinflando en audiencias, y caminado sin mucho rumbo en el terreno narrativo. Satisfechos por ese éxito inicial y a rebufo del pelotazo que fue Gravity, para este verano se guardaron Extant, otra ficción sci-fi, ambientada en una sociedad futurista, creada por el desconocido Mickey Fisher y protagonizada por Halle Berry.

La premisa de Extant es que una astronauta regresa a la tierra tras 1 año viviendo sola en el espacio y descubre que está embarazada, cuando además era infértil antes de ir, lo que había llevado a su marido a diseñar un hijo-robot con sentimientos. Y ambas tramas están unidas por una trama conspirativa de hombres ricos y perversos. Vamos, nada nuevo bajo el sol. Extant no pretende innovar en el terreno de la ciencia ficción o del thriller conspirativo, se limita a coger elementos de aquí y de allá (lo de Artifical Intelligence es clamoroso y más siendo Spielberg productor de la serie), y agitarlos pero no mezclarlos. Así lo que tenemos por ahora son dos series en una. Por un lado, un drama familiar y futurista que reflexiona sobre la humanización de los robots y la posible rebelión de los mismos (de AI a Galactica pasando por toda la literatura de ciencia ficción). Por otro, una historia espacial eclipsada por una trama de conspiración high-concept y fuerzas extraterrestres y hombres poderosos muy turbios. Curiosamente este verano me he propuesto ver The X-Files, y la comparación es odiosa. Mientras que en la serie de Chris Carter las conspiraciones y lo paranormal se hilan con sutileza, con calma, con misterio, aquí van a cañón, mascándoselo todo al espectador, y así llegamos al final del primer capítulo con un “no te fíes de nadie”. Por favor señores, que estamos en 2014, el espectador está preparado para jugar, no para meramente observar el juego.

Esta bifurcación del relato, desemboca en una terrible desconexión y falta de cohesión del conjunto. La nula química entre Berry y su marido interpretado Goran Visnjic no ayuda, y elegir a dos actores tan malos y tan trillados en el papel de tipos oscuros como Michael O’Neill y Hiroyuki Sanada (¡basta ya! Hay miles de millones de asiáticos en el mundo ¡ya es suficiente!) es un error aún mayor. Pero el gran problema del piloto de Extant no es ni su reparto ni su falta de cohesión, el gran problema es que no tiene ningún tipo de personalidad. Puedes hacer un batiburrillo de temas, tramas y estilos y aún así insuflarle una vida propia. Sin embargo esta serie, por ahora, no tiene alma (uno de los mejores momentos del piloto gira sobre este tema). Ni es emocionante, ni intrigante, ni te conmueve. Simplemente se deja ver, es fría como el témpano y no te revuelve el cerebro. Y eso que tiene conflictos filosófico-vitales para hacerlo. Pero no, no lo hace. Maneja temas interesantes sin ningún tipo de interés. El piloto lo dirige Allen Coulter, uno de los grandes directores del cable que, por ejemplo, dirigió el primer capítulo de The Sopranos, ni más ni menos. Lo que aquí hace es algo meramente funcional, ni en los flashbacks espaciales nos ofrece un plano realmente interesante. Y este hecho incide aún más en esa sensación de falta de vida que tiene el conjunto. Vi el capítulo y ni me gustó ni me pareció una basura. Tiene potencial, pero no creo que lo vayan a desarrollar. Como ha pasado con Under the dome, CBS se va a volver a quedar en terreno de nadie, en la superficie de conflictos muy potentes y cada vez más próximos a esta sociedad que avanza tecnológicamente a pasos agigantados.
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40 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Normal Heart (TV)
The Normal Heart (TV) (2014)
  • 7,0
    3.387
  • Estados Unidos Ryan Murphy
  • Mark Ruffalo, Matt Bomer, Taylor Kitsch, Jim Parsons, ...
8
Historia de una derrota
Este domingo HBO emitió The Normal Heart, tv-movie dirigida por Ryan Murphy (creo que no hace falta presentarlo a estas alturas) y adaptada, a partir de su propia obra, por el dramaturgo Larry Kramer. La película, ambientada entre 1982 y 1983, narra el estallido del SIDA en la comunidad gay de Nueva York a través de activistas e infectados, de hombres luchando (o no tanto) por su supervivencia. El protagonista es Ned Weeks (Mark Ruffalo, camino del Emmy) un escritor que tras intentar luchar contra su homosexualidad en su juventud, vive ahora completamente fuera del armario y en lucha constante contra la comunidad gay neoyorkina, por sus opiniones con respecto a la liberación sexual.

“La política gay es política sexual” Primera puñalada. Nos habían hablado ya de los terribles años en los que el SIDA surgió en forma de epidemia devoradora, engullendo a parte de una generación de homosexuales, posiblemente la primera en Estados Unidos en vivir con cierta libertad. Lo más interesante de The Normal Heart no es tanto el retrato que hace de la enfermedad, es decir, el plano íntimo, como afecta a los enfermos, como los consume lentamente hasta matarlos, o como consume también a sus seres queridos hasta drenarles las ganas de vivir. No. Eso también está en la película, y funciona e incluso emociona (esos ojos luminosamente azules de Matt Bomer apagándose...), pero no aporta nada nuevo. Lo que realmente hace valiosa a esta obra es su dimensión política, el retrato del activismo, de la lucha por lograr la atención de las autoridades. Si en Philadephia (Demme, 1993) se hablaba de discriminación y en Dallas Buyers Club (Vallée, 2013) del papel de las farmacéuticas, en The Normal heart Murphy y Kramer entran a reflexionar sobre el entramado asociativo que montó la comunidad gay para suplir la falta de apoyo del gobierno en la lucha contra la enfermedad. Y así volvemos al inicio de este párrafo, la agenda del activismo gay estaba únicamente centrada en la liberación sexual. No había un movimiento asociativo que reclamara derechos o visibilización del colectivo. Esto provocó que cuando tuvieron que afrontar la amenaza mortal que supuso el SIDA no estaban preparados. No tenían ni los medios, ni la experiencia, ni el valor. A gran parte de los líderes gays les faltó valor. Segunda puñalada.

En The Normal Heart se plantean dos formas antagónicas de alcanzar objetivos desde fuera de las esferas de poder. Puedes cambiar al sistema colaborando con él. O puedes cambiar al sistema enfrentándote a él. Mientras Weeks apostaba por lo segundo, usando cualquier plataforma para lanzar sus polémicos mensajes (“el Gobierno de Estados Unidos está dejando morir a los homosexuales”), el resto de sus compañeros en la lucha, creían en que debían mantener un perfil bajo, no incomodar al poder para así, finalmente, obtener su apoyo en la búsqueda de soluciones para frenar la epidemia. Esta dicotomía está presente en todos los actores que buscan tener cierta dimensión pública. Atacar o colaborar. Aquí mismo, ahora, en este país, en estos tiempos convulsos el asociacionismo está viviendo una época de efervescencia sin precedentes. Este agrio retrato político, de una dureza inusual con el activismo gay, es lo que aporta de novedoso e interesante The Normal Heart, una especie de Milk (Van Sant, 2008) escrita desde el reproche. Pudisteis hacerlo mejor.

Murphy (uno de los gays más poderosos de la Industria) y Kramer escriben así un ajuste de cuentas con los líderes gays de los 80. The Normal Heart es ante todo la crónica de una derrota dobla, frente al sistema externo (los poderes públicos) y al sistema interno (el resto de activistas). El protagonista está solo ante el peligro. Un peligro llamado SIDA. Le ha salido una película cruda a Ryan Murphy, la obra más desoladora de su carrera. También la más dramática (aunque tiene esos pequeños estallidos de humor corrosivo marca de la casa) y la más ambiciosa. No es una película perfecta, sigo creyendo que Murphy no acaba de cuajar como director, que le falta estilo, orden, coherencia. Pero es una película muy bien interpretada (salvo Jim Parsons el casting está bien elegido), funciona muy bien narrativamente y sobre todo resulta interesante por ser tan incómoda, por lo oscuro que es su mensaje.

PD: Más de 30 años después, cada día se infectan de SIDA 6000 personas nuevas. La enfermedad sigue siendo una de las primeras causas de mortalidad en todo el planeta. Sobre todo en África, claro, ellos no tienen activistas que luchen por sus vidas, ni medios de comunicación que sirvan de altavoz, ni organismos públicos con capacidad de inversión, ni, claro, farmacéuticas interesadas en mercados de bajísimo poder adquisitivo.
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40 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Gran Hotel Budapest
El Gran Hotel Budapest (2014)
  • 7,3
    66.117
  • Estados Unidos Wes Anderson
  • Ralph Fiennes, Tony Revolori, Saoirse Ronan, Edward Norton, ...
8
Gozosa melancolía
El cine de Wes Anderson es en cierta forma una celebración de lo melancólico, del descubrimiento, de la aventura, de la infancia como tierra fértil para cultivar lo más asombroso. Y la infancia la articula Anderson en pasado, vista desde el presente adulto, gris. La niñez es una explosión de colores, de saltos, carreras, escondites. Por eso sus películas son como un juego infantil, consisten en correr hacia la victoria, siempre escapando de algo o de alguien. En The Grand Budapest Hotel el lujoso hotel no es más que la “casa” de los juegos infantiles, ese punto en el comienza y termina el juego y dónde todos los jugadores pueden estar seguros. Ese gran tronco de árbol en el que cuentas hasta 10 antes de abrir los ojos. Lejos de quedarse en el hotel, la cámara de Anderson persigue la simetría constante y el ritmo frenético a través de esa Europa imaginaria de la época de la Gran Guerra. Irreal, peligrosa, misteriosa y jodidamente hermosa.

Mientras otros autores han ido vendiendo trozos de su mundo, sí, estoy hablando de gente como Tim Burton, Wes Anderson se ha dedicado a protegerlo contra viento y marea. A protegerlo y aumentarlo. The Grand Budapest Hotel es una orgía visual más desenfrenada, una obsesión por la composición más enfermiza, un diseño de producción más grandilocuente y pomposo, una música aún más atrevida en su belleza (si la partitura de Desplat para Mr. Fox era una maravilla, esta para Budapest no se queda atrás, bendita creatividad), un reparto aún más grande (ha encontrado en Ralph Fiennes al actor perfecto para su cine, puro carisma), una aventura con aún más escenarios. Más. Lejos de recular, Anderson está en plena expansión. Quiere más, quiere llevar su poesía sobre la melancolía a nuevos niveles, jugar en nuevas ligas. The Grand Budapest Hotel no llega a la sensibilidad de Moonrise Kingdom, ni a la diversión de Fantastic Mr. Fox, pero es en cambio más completa, porque se luce en ambos terrenos. También es más accesible que sus primeras películas (Life aquatic era demasiado freak, pensada demasiado hacia adentro) y está dotada de un mayor sentido del espectáculo.

Lo maravilloso del mundo fílmico de Wes Anderson es que toda la pompa y el colorido instagramero, están al servicio de las ideas que lo sustentan, no es un envoltorio vacío, lo que hay tras todas las capas estilísticas es un muy sano afán de emocionar y maravillar al espectador. Las películas de Anderson me hacen sentir vivo, recordar una infancia de playmobils y legos, de cuentos y películas de dibujos. De aventuras que solo tenían lugar en mi cabeza mientras estaba sentado en el suelo moviendo muñecos. Una apología de la imaginación como uno de los mayores dones que tiene el ser humano a su disposición. Las infinitas posibilidades que ofrece la imaginación. El juego entre pasado-juventud-auge del hotel y presente(narrativo)-vejez-caída del hotel, hace que nos preguntemos ¿y si al hacernos viejos también nos volvemos grises? ¿nuestras ideas caen como las hojas de los árboles al llegar el otoño? Y así volvemos a la melancolía, pero lejos del dramatismo, en el cine de Wes Anderson la melancolía se plantea desde el optimismo, si sentimos melancolía es porque tenemos preciosos recuerdos de momentos valiosos, para añorar es necesario haber vivido antes. Quizás la melancolía no sea algo malo, simplemente la constatación del fluir vital del ser humano. Celebrémosla manteniendo intactas las ansias de aventura.
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25 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cosmos: A Space-Time Odyssey (Serie de TV)
Cosmos: A Space-Time Odyssey (Serie de TV) (2014)
  • 8,7
    9.314
  • Estados Unidos Ann Druyan, Bill Pope, ...
  • Documentary, Neil deGrasse Tyson, Seth MacFarlane
8
Una serie para mostrarles a tus hijos lo inmenso que es el universo
Es muy habitual que los padres quieran que sus hijos sean médicos (“siempre es bueno tener un médico en la familia”) o otras profesiones bien vistas socialmente, y muy útiles para la familia como institución que todo lo coloniza. Se comenta mucho aún hoy en día como Urgencias (ER) fomentó en la juventud americana de los 90 las ganas de dedicarse a la medicina, la vocación de curar a otros. Cosmos (1980), la original, la de Carl Sagan, enganchó a muchos niños en los últimos años de la guerra fría a eso tan maravilloso llamado ciencia. Uno de esos niños, Neil deGrasse Tyson, es el maestro de ceremonias de la nueva Cosmos (subtitulada A SpaceTime Odyssey), la de 2014 que estrenó hace 2 domingos FOX en prime-time. Una serie para crear científicos. Yo, que tengo complejo de chico de letras, lo que quiero es que mis hijos sean científicos, que lleguen más lejos de lo que llegué yo, que sus cabezas sean capaces de concebir cosas que la mía no es capaz ni de atisbar.

La nueva Cosmos es una maravilla que todo el mundo con un mínimo de curiosidad debería ver. Como ya dije soy un tipo de letras que cuando escucha a amigos de ciencias puras hablar se pierde a los 10 segundos en la conversación. El gran éxito de Cosmos es ser a la vez accesible y didáctica pero no ser en absoluto condescendiente o facilona. No es Ciencia para dummies. Es un producto televisivo cuidado hasta el mínimo detalle, visualmente fascinante y narrativamente muy bien planteado siempre oscilando entre lo macro, las grandes ideas, y lo micro, los ejemplos que hacen que entendamos esas grandes ideas. En un mundo televisivo de locos (muy locos) chromas, da gusto ver la factura de Cosmos, que exprime todos sus recursos (imágines reales, recreaciones por ordenador, hasta dibujos animados) hasta destilar un relato audiovisual que te coge en el segundo uno y no te suelta hasta el final del episodio, con objetivos claros, apasionante.

Estamos ante una serie que puede atrapar tanto a gente muy joven como a adultos. Sobre todo porque es una serie que apela al intelecto, que te reta a saber, a conocer, a descubrir, pero que a la vez está hecha con mucho corazón, salpicada de pequeñas dosis de emotividad. Funciona así muy bien la secuencia en la que Neil deGrasse Tyson cuenta como conoció a Carl Sagan siendo un niño y como este le insufló las ganas ya no de ser un gran científico, sino de ser una gran persona. Y también lo hace la secuencia final del segundo capítulo cogida directamente de la Cosmos original, que a través de dibujos narra en 40 segundos la evolución del ser humano hasta llegar a ser lo que es hoy en día. La sombra de Sagan es alargada, y en lugar de tener que luchar contra ella, la emplean con mucha inteligencia. Al fin y al cabo la ciencia es el producto de un trabajo común desarrollado por miles de investigadores durante siglos. Sabemos de dónde venimos, indagamos sobre quiénes somos e intentamos descubrir hacia dónde vamos. Cosmos es un regalo, un regalo que ojalá algún día pueda compartir con mis hijos y ver sus caras cuando descubran cuán inmenso es el universo, tan inmenso, que más que de universo debemos hablar de multiverso, de infinidad de universos infinitos.
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19 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Oh Boy
Oh Boy (2012)
  • 6,9
    3.185
  • Alemania Jan Ole Gerster
  • Tom Schilling, Marc Hosemann, Friederike Kempter, Justus von Dohnányi, ...
8
Una vida sin anhelos
Oh Boy, la prometedora ópera prima del joven Jan Ole Gerster es una aproximación en clave europea al movimiento americano mumblecore, que tiene en Andrew Bujalski a su principal autor (idelógico y material) y a Frances Ha (2012) de Noah Baumbach como máximo exponente. El film, la gran película alemana en los EFA de 2013, narra el libre fluir por Berlín de un veinteañero a la deriva, un niño de papá que se estrella una y otra vez contra su propia frustración. La frustración de no sólo no saber que quiere hacer con su vida, sino sobre todo no saber si quiere hacer algo con la misma, si su vida ha de dirigirse hacia alguna dirección o seguir sobrevolando la ciudad en círculos. Este tipo de protagonista, urbanita, moderno, egocéntrico, egoísta, desencantado y en cierta forma banal se ha ido propagando por películas y series en los últimos años al calor de la derrota de una generación, la mía. Oh boy, al igual que la Girls de Lena Dunham, por ejemplo, nos escupe a la cara a algunos veinteañeros lo peor de nosotros mismos, el agotador deambular a través de esa estepa que es la nada profesional, sentimental, vital.

Lo mejor que se puede decir de Oh boy es que es una película sangrantemente actual, lo peor que le falta cinismo, más mala ostia. Frances Ha era una puñalada trapera salpicada de constante humor, en cambio esta película tira en lugar de por el camino del humor negro por el de la melancolía. En los pasos de su protagonista, Niko (un encantador Tom Schilling) hay un cierto nihilismo que recuerda a aquel Bresson otoñal de Le Diable probablement (1977). El retrato que hace el audiovisual americano de mi generación incide en los mil y un castillos en el aire que nos montamos en nuestra cabeza. En cambio esta película alemana, que quizás abra paso a una corriente fílmica en nuestro continente, apunta más que a la insatisfacción por las promesas y las esperanzas incumplidas, hacia la insatisfacción del alma, hacia el desasosiego. No es que Niko no pueda hacer lo que desea o lo que se le prometió durante toda su vida (el “si estudias encontrarás un buen trabajo” como paradigma), simplemente es que no tiene deseos ni cree en promesas, vive anclado al desencanto más absoluto.

Permanece atado a sí mismo en una ciudad que se presenta inhóspita. La vida urbana presenta múltiples oportunidades, pone a disposición del ser humano diversas y enriquecedoras experiencias. Sin embargo también se puede presentar como un muro impermeable de fatalidad. Así, Niko, vive en una constante “¡jo qué noche!” caminando a trompicones por unas calles que no le reconocen, y quizás no lo hacen porque su alma está dañada, porque ni siquiera se conoce él así mismo. Si no sabes cómo quieres vivir tu vida, cómo va la ciudad a permitirte vivirla. Si el espacio mental está cubierto entretinieblas como no lo va a estar el espacio físico que habitas. Por eso Oh boy es una película dulce en su melancolía de un tiempo que quizás no haya existido nunca, el tiempo de los jóvenes, un tiempo irreal e ideal. Pero también es una película agria, porque al fin y al cabo es la crónica de una vida sin razón de ser, de una vida sin anhelos.
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7 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Agosto
Agosto (2013)
  • 6,7
    18.544
  • Estados Unidos John Wells
  • Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor, Chris Cooper, ...
8
El insoportable espesor de la familia
Hace no mucho leí a alguien (como siempre, no recuerdo quién) que decía que la familia es esa institución social de la que siempre estamos preconizando su defunción y que en cambio nunca termina de morir. Como si estuviera hecha a prueba de bombas. En August. Osage County, adaptación de la obra homónima del dramaturgo, guionista (adapta su propia pieza teatral) y actor Tracy Letts, se narra la descomposición de una familia que se encuentra bajo el yugo de una matriarca gravemente enferma de cáncer (una Meryl Streep a ratos alucinada y alucinógena, y casi siempre demoledora) que ha hecho del ataque a sus seres queridos su única forma de vida. Ahora, que la muerte golpea a su puerta.

Cuanto más decimos que la familia está al borde del colapso más, en realidad, se fortalecen sus lazos. Hay más interdependencia (emocional, no estoy hablando de cuestiones económicas) entre nuestros padres y nosotros que la que hay entre ellos y nuestros abuelos, y seguramente menos de la que habrá entre nosotros y nuestros hijos (si es que algún día esta generación alcanza la suficiente estabilidad económica para tenerlos). Esta cuestión la toca de pasada August durante la fabulosa secuencia de la cena familiar. Ante las quejas de sus hijas por el trato que les dispensó su madre durante su infancia esta responde hablando de la suya, de la terrible relación con su madre, ya no de la frialdad de su relación, sino directamente de la agresividad que la presidía. Más adelante, el personaje de Meryl Streep les dice a sus tres hijas, lacónicamente, que quizás eso es lo que ha heredado de su madre. Esa maldición/necesidad de devorar a sus crías. Y quizás su hija mayor (Julia Roberts, fantástica, en uno de los mejores trabajos de su carrera) lo haya heredado también. Quizás toda esa fuerza volcánica, ese odio, ese rencor, es una maldición familiar que corre por los genes y se traspasa de generación en generación, creando madres que de tanto amar a sus hijos los asfixian en sus ansias de control.

Esta película dirigida por John Wells, sin mucha personalidad pero con solvencia, es por lo tanto una gran reflexión sobre la familia como estado de sitio, como cárcel de la que no es posible escapar. En esta película no hay mucho sitio para la esperanza, la familia es una condena a cadena perpetua. Cuando la hija del medio (Julianne Nicholson, la más contenida y aún así la que más desgarra de todo el reparto) dice que la familia no es más que un grupo de personas unidas por estrictos lazos biológicos se equivoca al restarle importancia a ese hecho. Letts acaba demostrándonos que la unión genética viene acompañada de algo más, algo que quizás no sea producto ni de la convivencia ni del cariño, algo espeso que se mueve por las entrañas impregnándolo todo. No hay posibilidad de escapar de la familia, porque la familia está dentro de ti desde que naces.

Si August no duele es porque no persigue que nos encariñemos a sus personajes. Es una historia tan agria, que se mueve por lugares tan oscuros, que hace difícil amar a unos personajes llenos de miseria. No tengo muy claro si esa decisión es un acierto o un error, sólo sé que la película funciona, a pesar de que su clímax, la cena familiar de 20 minutos, esté situada en medio del metraje, condenando al film a deslizarse lentamente cuesta abajo durante los 40 minutos restantes, aun habiendo en ellos varios picos de cruda tensión. Si la primera parte es una comedia negra, tras la cena (o más bien en el transcurso de la misma) la historia torna en un drama familiar que quizás carga demasiado las tintas en alguno de los temas que expone. Si la primera parte es de Meryl Streep, la segunda lo es de Julia Roberts, lo cual no justifica una secuencia final diferente a la de la obra de teatro que no aporta absolutamente nada a una historia que de tanto desgañitarse termina con la voz rota.
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88 de 100 usuarios han encontrado esta crítica útil
El congreso
El congreso (2013)
  • 6,7
    4.947
  • Israel Ari Folman
  • Robin Wright, Harvey Keitel, Danny Huston, Paul Giamatti, ...
9
Una princesa prometida en cada cápsula
Robin Wright, has arruinado tu carrera, tuviste el mundo a tus pies y tus malas decisiones te han llevado a la irrelevancia, la más cruel de las pesadillas para un actor de Hollywood. Algo así es lo que le escupe Harvey Keitel a una Robin Wright de cristal en el arranque de The Congress, la nueva película de Ari Folman, el director de la hermosamente desgarradora Waltz with Bashir (2008), ese documental animado que me dejó estupefacto hace ya 5 años en el mismo teatro en el que vi hace unos días The Congress. Mismo teatro, lado contrario, aquella vez a la derecha, esta vez a la izquierda, sí, recuerdo exactamente dónde estaba sentado aquel día, el lugar dónde ese impacto me revolvió las tripas. Si en Bashir, Folman retrataba un acontecimiento histórico (la guerra israelí-libanesa) y sobre todo el peso de la culpa de un pueblo, en The Congress plantea un futuro distópico para hablarnos del peso de nuestra culpa futura. El escapismo como leitmotiv de un mundo en constante huida de sí mismo.

Los grandes estudios digitalizan a los actores para poder hacer películas con ellos pero sin ellos, películas irreales, impalpables. A esa primera revolución le siguen otras, primero la animada, después la química. Al final de la escapada sólo nos quedan las drogas para soñar que somos quienes no somos, para soñar que aún somos alguien. Folman trenza así una distopía aterradora, psicotrópica, pero sobre todo hipnótica, como si mientras la viéramos nosotros estuviéramos también drogados. El devenir de la narración puede ser criticado, es tramposo y caótico, Folman salta de idea en idea sin posarse demasiado en ninguna, en constante aleteo. Más que con La Verdad, que es hacia dónde nos empuja la película en su tramo final, yo me quedo con El Ser. No ser para ser eterno, no ser para no sufrir, no ser para no ser consciente. Obviamente pura subjetividad, como la obra poética que es, The Congress te puede llevar en múltiples y muy contradictorias direcciones. No hay decisiones buenas ni malas, esto no es la carrera de Robin Wright. Solo hay que entregarse al juego.
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22 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tom à la ferme (Tom en la granja)
Tom à la ferme (Tom en la granja) (2013)
  • 6,5
    2.173
  • Canadá Xavier Dolan
  • Xavier Dolan, Pierre-Yves Cardinal, Lise Roy, Evelyne Brochu, ...
9
Temor es todo lo que me queda
A veces se produce una brecha en medio de la noche, un sudor gélido se escurre por las sábanas, y uno, sin saber muy bien por qué, siente miedo, soledad, y quizás incluso algún atisbo de locura. El canadiense Xavier Dolan ha tejido, en su cuarto trabajo, una pesadilla, una película caótica. Un arrebato de cine, o post-cine, o post algo, un ejercicio narrativo absurdo, un desgarro. Tom viaja al Quebec profundo para el funeral de su novio. Todo lo que pasa desde que entra en la granja que da título a la película es una paliza, o un reto, o ambas cosas. Dolan busca que el espectador se rinda. Nada tiene sentido en una película sin género, que no es ni un drama psicológico, ni un thriller terrorífico, ni un noir enfermizo. O es a la vez las tres cosas, o no es ninguna de ellas en absoluto.
Si sus tres películas anteriores funcionaban por acumulación en lo visual, el Dolan de Tom à la ferme se ha despojado del manierismo de antaño, la puesta en escena es limpia, de encuadres perfectos, dibujados con una enfermiza obsesión por la centralidad en el plano. Y sin embargo es una película desenfocada, ahogada en miseria, autodestructiva. La autodestrucción como concepto vital, como algo intrínsecamente humano es algo que está presente en todo el cine de Dolan. Todo hombre ama lo que más daño le hace, y desea lo que más teme. No somos más que prisioneros que arrastran su alma, que construyen sus propias celdas para encerrar todo aquello de ellos mismos que temen, para encerrarse a sí mismos.
El cine de Dolan aterroriza usando códigos totalmente irreales para retratar pulsiones humanas muy plausibles. Ese es su secreto, pocos autores actuales piensan en imágenes como lo hace él, para bien o para mal, o sí, para ambas. Al mismo tiempo que su forma de dirigir se va despojando de elementos, depurando, las hojas de sus guiones se llenan de borrones. Sus otras películas eran una idea, Tom á la ferme es un conjunto de retazos de ideas, de esas que solo nos permitimos tener cuando una pesadilla nos apalea en medio de la noche, cuando la frontera entre lo consciente y lo inconsciente es difusa, cuando tenemos miedo, no de los otros, sino de nosotros mismos.
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15 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Deep Blue Sea
The Deep Blue Sea (2011)
  • 5,8
    4.408
  • Reino Unido Terence Davies
  • Rachel Weisz, Tom Hiddleston, Simon Russell Beale, Ann Mitchell, ...
7
Condenándose a no ser feliz
The Deep Blue Sea es una película ensimismada en su belleza. Fría como un témpano, hermosa e inalcanzable, y por ello más hermosa si cabe. Pensada al milímetro, estudiada una y otra vez, es un puzle en el que todas las piezas son perfectas y sin embargo no consiguen cuadrar entre sí, porque aunque cada secuencia es redonda en sí misma, el conjunto es todo menos redondo. Y así volvem¬os al inicio, The Deep Blue Sea es una película gélida hablando de pasiones desbordantes. Y por ello la nave no acaba de ir del todo bien, la madera que arde en la caldera está mojada y la chimenea echa un humo que se expanda por todo el film.
Rachel Weisz interpreta a una mujer condenada a ser infeliz, un arquetipo cinematográfico que ha dado un gran número de obras maestras cinematográficas: desde A Streetcar Named Desire (Kazan, 1951) hasta Revolutionary Road (Mendes, 2008). Y aquí también funciona la fórmula, en la hermosa e impoluta piel de Weisz, con esa mirada al borde de la demencia, ¿cómo no creértela? Hermosamente encerrada en su campana de cristal. Y todo lo que toca lo enfanga, tiene un hombre que la quiere y otro que no sabe como quererla y a los dos los hace sufrir, los enreda en su trampa. Les miente, porque a ninguno de los dos les dijo previamente que era incapaz de ser feliz, que por mucho que lo intentaran nunca lograrían hacerla feliz, que ella no había nacido para eso. Sufrir era su combustible, su forma de vida, su destino.¬
Terence Davies brilla en la construcción visual del film pero fracasa en la narrativa, la forma en que te cuenta la historia resulta más interesante que la propia historia. Es un pequeño fracaso como narrador y una pequeña victoria como esteta, como poeta visual. Y a pesar de todos sus defectos, siempre nos quedará el placer de ver a Rachel Weisz inmolándose ante nuestros ojos, mientras su delicada belleza se desintegra. Una destrucción calculada y hermosamente filmada.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil