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Críticas de Normelvis Bates
Críticas ordenadas por:
Bajos fondos (Underworld U.S.A.)
Bajos fondos (Underworld U.S.A.) (1961)
  • 7,5
    1.181
  • Estados Unidos Samuel Fuller
  • Cliff Robertson, Dolores Dorn, Beatrice Kay, Paul Dubov, ...
8
Me muero por dentro cuando me besas
Si no te gustan las películas de Sam Fuller, es que no te gusta el cine. O al menos no lo entiendes. Lo escribió en su día Martin Scorsese y no es difícil comprender por qué: la sombra de Fuller es alargada y poderosa, y no es extraño verla aparecer aquí y allí en las pelis de Scorsese y de muchos otros cineastas, de su misma generación y aun posteriores, sobre quienes ejerció una enorme influencia, no solo técnica sino también vital. Emocionaos y emocionaréis, vino a decirles Fuller, entre bocanada y bocanada de su inseparable habano. Nunca dejéis indiferente a nadie. Haced lo que creáis que tenéis que hacer. Disfrutad con vuestro trabajo. No hay término medio. Tomadme como soy o dejadme. Así era Fuller: el cine como pasión y pasión hecha cine.

No sé si “Underworld USA” es la mejor película de Fuller, pero es, sin duda, una de sus obras más redondas y uno de los ejemplos más representativos de su concepción del cine. Si cada escena rodada por Fuller, como dijo también en otra ocasión Scorsese, es como un puñetazo, los títulos de crédito son la campana inicial de un combate que en cuestión de segundos se convierte en una auténtica paliza, digna de “Toro salvaje”, una de las muchas pelis nacidas a su sombra. Arrinconado contra las cuerdas, el espectador asiste a la frenética narración de la trayectoria vital de Tolly Devlin mientras una lluvia de golpes cae sobre él: apenas ha pasado un minuto y le vemos robando, todavía adolescente; pasados cinco, en una escena memorable, le vemos contemplando el asesinato de su padre; a los diez, está entrando en prisión tras haber pasado antes por un orfanato y un reformatorio; al cuarto de hora, sin apenas resuello y con los ojos tumefactos y la nariz colgándonos de un hilo, le vemos junto al lecho de muerte de uno de los asesinos de su padre, arrancándole los nombres del resto de responsables del crimen.

Lo que viene después del primer asalto es la historia de una venganza en la que Fuller despliega todos y cada uno de sus inconfundibles rasgos estilísticos: su febril y fluido ritmo narrativo, su impresionante capacidad de síntesis y sugerencia, su brusco y a la vez sutil manejo de la cámara, su mirada desencantada e iracunda al submundo de una sociedad encantada de haberse conocido, en la que los delincuentes son ciudadanos respetables que nadan en piscinas de dólares, fruto de la corrupción, la brutalidad y el sufrimiento ajeno, mostrados por Fuller con cruda concisión y sin efectistas aspavientos. Hay mujeres golpeadas y niñas atropelladas y gángsters asados vivos, y hay, por encima de todo, un hombre poseído por una pasión sin la cual es incapaz de concebir la vida, que le impide corresponder a quienes le aman y solo encuentran en sus besos el sabor de la muerte y cuya consumación no puede sino mandarle de regreso a donde todo empezó: un callejón, una cicatriz y un chico furioso, encaramado a un coche fúnebre.

Una pasión tan poderosa, supongo, como el amor de Sam Fuller por el cine.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siempre hay un mañana
Siempre hay un mañana (1955)
  • 7,5
    791
  • Estados Unidos Douglas Sirk
  • Barbara Stanwyck, Fred MacMurray, Joan Bennett, William Reynolds, ...
8
Botella al mar para el dios del melodrama
Vaya por delante que nunca he sido de los que van rompiendo alegremente sus promesas, entre otras cosas porque las consecuencias suelen ser imprevisibles. Una de las últimas que rompí, sin ir más lejos, me costó un matrimonio. Trece años y tres hijos después que aquel soleado día de julio, sigo preguntándome qué hubiera ocurrido si en vez de jurar y perjurar, ante doscientos invitados y una docena de feas estatuas de escayola que representaban a otros tantos señores barbudos, que defendería, aun con los puños, la fe católica, apostólica y romana, le hubiera dicho a aquel extraño hombre ataviado con faldas verdes qué pensaba en realidad de él, de su fe, de sus faldas y de su irritante e interminable retahíla de inquisiciones y dónde podía meterse, uno tras otro, a los barbudos señores de escayola. Trece años y tres hijos después de aquel soleado día de julio, tras descorchar una botella peregrina que ha caído hace poco en mis manos, romperé de nuevo una promesa. Y otro dios y otra fe habrán tenido la culpa.

“Siempre hay un mañana” transcurre también, como se nos indica nada más empezar, en una soleada California donde siempre está lloviendo y ocasionalmente escondida bajo la niebla. El dato no es baladí: es una película que pertenece a un tiempo y a un director que decidió rodar lo más feo y confuso de las emociones humanas de la más elegante, delicada y sutil forma posible. Nada más lógico, por tanto, que esa lluvia y esa niebla, que la soledad de quien nunca está solo, que el acongojado corazón de plástico y metal de un juguete parlanchín a quien nadie parece escuchar. No, nada de eso es casual; nada lo es, de hecho, en una película que, en muchos aspectos, es un canto al oficio de cineasta, aquel que una vez consistió en elegir un sitio donde plantar la cámara y dejar que fuera ella la que hablara. Qué lejanos tiempos aquellos, en que no era necesario vociferar para hacerse entender. En que todo podía decirse a media voz. En que un delantal y una cafetera poseían el don de la elocuencia. En que no nos tomaban por imbéciles.

No creo equivocarme al pensar que esta es una película que representa todo lo que cinematográficamente admira el misterioso e incorruptible personaje que me ha hecho llegar un mensaje en una botella: la concisión narrativa, el sobrio despliegue de recursos técnicos, la sabia planificación de escenas, la riqueza de significaciones asociadas a encuadres e imágenes. De hecho, conociéndole, no resultaría extraño que el hecho de verla despertara en él un profundo sentimiento de nostalgia. El mismo que ahora me invade mientras cierro otra vez la botella y la devuelvo al agua con su nuevo contenido: un responso por el Dios del melodrama y una promesa rota. Nada del otro mundo, me temo, y mucho menos de éste.

https://lespedresdelcami.wordpress.com/2015/11/29/botella-al-mar-para-el-dios-del-melodrama/
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10 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Blue Jasmine
Blue Jasmine (2013)
  • 6,8
    38.464
  • Estados Unidos Woody Allen
  • Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Bobby Cannavale, ...
8
Hola y adiós, señor Allen
Esta es mi última crítica en FilmAffinity, y es a la vez una suerte y una lástima que así sea.

Es una suerte porque escribo estas líneas después de haber recuperado un ritual que seguí durante años y que hasta ayer creía perdido para siempre, el de ir al cine en buena compañía a ver la última de Woody Allen y salir de la sala reconciliado con la vida y agradecido por la enorme fortuna que ha supuesto para mí el haber podido disfrutar, durante años y años, del talento de uno de los contados artistas que le van quedando al cine. Que mis últimas palabras en FilmAffinity tengan como excusa una película de Woody Allen, y que, además, sirvan para constatar el regreso del mejor Allen, es algo que me basta para mantener el ánimo alto durante todo el día.

Ahora es cuando debería hablar de la película, de su argumento hábilmente desplegado, de sus avances y retrocesos en el tiempo, del as en la manga que se guarda Allen para dar, en los minutos finales, una ingeniosa y sutil vuelta de tuerca al sentido global de la peli. Podría escribir acerca del talento descomunal que Allen ha demostrado en incontables películas para ofrecer delicados y hondos retratos femeninos, de esa Jasmine French que pasará, sin duda, a formar parte de su galería de personajes memorables. Podría hablar del sensacional trabajo de Cate Blanchett y del poco suspense que habrá este año en la gala de los Oscars a la hora de dar el premio a la mejor actriz: será suyo. Podría repasar el excelente trabajo del siempre infravalorado Alec Baldwin, o celebrar el regreso a lo grande de ese entrañable zoquete llamado Andrew Dice Clay, o dedicar algún chiste a la ausencia de Lady Pe, o mostrar mi alegría porque Allen haya cerrado su mediocre tour europeo y haya regresado a las calles de Manhattan y San Francisco.

Pero no lo haré. Porque ya he dicho que, además de una suerte, es una lástima que sea esta peli la última que comento aquí. Y si es una lástima es porque cierro voluntariamente cuatro años en los que no sólo me he divertido escribiendo acerca de algo que ha llenado y seguirá llenando buena parte de mis días, sino porque gracias a mi paso por aquí he entrado en contacto con gente extraordinaria, con los que he compartido tan buenos momentos y de los que he aprendido tanto que sería tarea inútil tratar de agradecérselo. Tipos como Quim, Xavi, Nacho, Héctor, el misterioso señor Talibán y tantos otros con los que comparto una pasión que, tranquilos, sigue encendida y que, todavía, iluso de mí, espero compartir algún día entre risas y cervezas, en Polonia o donde sea. Gracias, gracias, gracias mil a todos.

Gracias mil también a quienes, de un modo u otro, me han hecho saber que alguno de mis textos les había interesado. Cuando uno empieza a llenar de palabras una página en blanco no sabe muy bien si esa tarea sirve para mucho más que para hablar solo, para contarse a uno mismo lo que cree haber visto sobre una pantalla unas horas o unos días atrás. A quién le puede importar, se dice uno a veces. Saber que sí le sirve a alguien, que en cualquier lugar y momento alguien se ha tomado la molestia de leer esas palabras escritas a solas y abandonadas a su suerte en una red inmensa y plagada de mensajes casi idénticos y que, después, esa persona se siente además impulsada a ponerse en contacto contigo para decírtelo es, de largo, lo más misterioso y reconfortante que me ha dado FilmAffinity.

Sólo por eso ya habría valido la pena haber pasado por aquí.
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36 de 69 usuarios han encontrado esta crítica útil
Elvis '68 (TV)
Elvis '68 (TV) (1968)
  • 7,9
    161
  • Estados Unidos Steve Binder
  • Documentary, Elvis Presley
10
La Mano de Dios
La historia de esta grabación, si uno se para a pensarlo, empieza en la ciudad holandesa de Breda, allí donde Andreas Cornelis van Kuijk pasó su juventud, saltando de empleo en empleo y tratando de escapar de la miseria. Tras huir a los Estados Unidos, donde esperaba encontrar la Tierra de Promisión, aquel joven holandés, pese a sus esperanzas, fue dando tumbos durante años, empleado en circos y ferias ambulantes. Lentamente, sin embargo, su suerte fue cambiando, y a mediados de los cincuenta, Kuijk, que había americanizado su nombre y ocultaba celosamente su auténtico origen, se había convertido en un ambicioso representante artístico en busca de alguien que le asegurara una larga y cómoda vejez. Y en cuanto Elvis Presley se cruzó en su camino, él, Andreas, el coronel Tom Parker, tuvo la certeza de que nunca volvería a pasar hambre.

El especial navideño que Parker había ideado para Elvis en 1968 no era, en principio, sino otro paso más hacia su propia jubilación dorada, una nueva ocasión para exhibir la momia del antiguo Rey del Rock, que él mismo se había encargado de mantener perfectamente embalsamada, impidiéndole grabar disco alguno durante su servicio militar, apartándole de los conciertos en vivo, atándole a interminables contratos con los estudios de Hollywood. Elvis embutido en un esmoquin, cantando villancicos. Y un cheque con seis ceros. El estómago del coronel tenía muy claro cómo iba a ser aquella actuación.

Pero Elvis dijo no. Harto de una carrera cinematográfica que no conducía a ninguna parte y encerrado en una burbuja de lujo y tedio que lo carcomía, Elvis se reunió con Bob Finkel, el responsable del evento, y le dejó muy claro que no le importaba la opinión del coronel, que no iba a enfundarse en un esmoquin, que no iba a cantar villancicos. Sólo quería salir a un escenario y demostrar quién era él realmente.

Lo demás, como se suele decir, es historia.

Si pudiera reducirse el Rock a un puñado de instantes, esta grabación estaría, sin duda, entre ellos. Nadie que ame realmente la música puede marcharse del mundo sin haber presenciado lo que, más que un ejercicio de resurrección, es uno de los ajustes de cuentas más brutales e inmisericordes de los que hay recuerdo. Con el coronel. Con quienes le consideraban un títere o un fósil. Con todos cuantos habían pretendido usurpar un trono que, de modo incontestable, volvía a ocupar. Porque era y sigue siendo suyo.

Tras la actuación, Elvis, ya en su camerino, pidió que fueran a buscar al coronel. “Se acabó”, le dijo a Parker, mientras cortaban a tijeretazos su traje de cuero negro, adherido a su cuerpo a causa del sudor. “Voy a salir de gira y a dar conciertos en directo”. Parker, de momento, calló. Pero su estómago de feriante no dejó por ello de hacer números. La vieja miseria de Breda debió asaltar, en un momento u otro, su memoria.

Andreas Cornelis van Kuijk, también conocido como coronel Tom Parker, murió en enero de 1997, casi 20 años después de la muerte de Elvis Presley.
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10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sinister
Sinister (2012)
  • 5,9
    18.187
  • Estados Unidos Scott Derrickson
  • Ethan Hawke, James Ransone, Juliet Rylance, Vincent D'Onofrio, ...
7
Exit light, enter night
Hay que ver, cómo somos. Tras leer bastantes de las críticas de esta película, uno llega a la conclusión de que lo que más parece irritar a algunos de sus detractores es que una película de terror intente parecer, aun remotamente, una película de terror. Es como si alguien pusiera el grito en el cielo porque en un musical los actores fueran y se pusieran a cantar. O saliera escandalizado de un partido de fútbol porque una panda de tíos le han estado pegado patadas a un balón que, encima, rodaba por un tedioso y previsible césped de color verde. Más que pedirle calidad al espectáculo, lo que algunos parecen empeñados en exigirle es que sus reglas cambien constantemente para complacer a sus delicados y nunca satisfechos paladares.

Pedirle originalidad a una película de terror que empieza con una familia atribulada que se traslada a una nueva casa, marcada por un hecho espeluznante, es tarea inútil, y lo que los latosos apóstoles de la innovación deberían haber hecho nada más ver a Ethan Hawke descargando cajas de una camioneta de mudanzas es abandonar la proyección y buscar el modo de aprovechar las siguientes dos horas de su vida. Porque en cuanto decide uno quedarse y ver qué pasa, lo más sensato es no discutir las leyes del género en cuestión y valorar tan sólo la habilidad con que se desenvuelve jugando con ellas y aceptándolas sin rechistar.

Que quede claro: “Sinister” no es una gran película. Es convencional y modosa y no pretende inaugurar o reinventar tendencia alguna. No ofrece novedades sustanciales en ningún plano. Tal vez por ello resulta simpática. Por su falta absoluta de pretensiones, por asumir sin complejos su condición de producto de entretenimiento, por tratar con respeto al espectador que sólo espera de una peli de miedo que cumpla con el que se supone que es su cometido principal. Hay golpes de efecto, es cierto, y subidones de música y escenas de tensión, recursos todos ellos tan manidos como solvente es su ejecución. La acción no se ahoga en sangre y se prefiere la narración elíptica, infinitamente más inquietante. Hawke dota al personaje principal del extravío y la vulnerabilidad imprescindibles para dar entidad a un guión cuyo mayor hallazgo son esas perturbadoras cintas que lo vertebran y el giro a la vez irónico y malicioso que conduce al estremecedor tramo final con que la peli acaba cumpliendo, con creces, su modesta misión.

Todo esto me lo han contado, claro. Un buen amigo mío, ya entrado en años, la vio a solas y a oscuras en su casa. Me dijo que, tras verla, recorrió un pasillo que le pareció interminable, encendiendo cuantas luces encontró a su paso. Comprobó que todos estuvieran durmiendo en sus camas y respiró aliviado al recordar que no tenía jardín con árbol, ni piscina, ni césped ni leña por cortar. Y cuando estuvo al fin en la cama, en la oscuridad de su habitación, deseó de corazón que no hubiera nadie en la sombra, esperando que cerrara los ojos, para acercarse y tocarle y llevarle con él.
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23 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
En la casa
En la casa (2012)
  • 7,3
    25.313
  • Francia François Ozon
  • Fabrice Luchini, Ernst Umhauer, Kristin Scott Thomas, Emmanuelle Seigner, ...
8
Nunca debisteis confiar en mí
Nunca debisteis confiar en mí. No, no os culpéis; es comprensible que lo hicierais. Os engañaron mis blandos modales, mi aspecto angelical, mi tímida sonrisa de niño desamparado y necesitado de afecto. Os vencí sin apenas luchar. Así lo había planeado. Sois tan fáciles, tan previsibles. Leo en vosotros como en un libro abierto. No necesito sino ir pasando las páginas, dejaros hablar, que vuestra inútil y condescendiente palabrería os haga sentir superiores. Nada hay que temer, ¿no es cierto?, de un torpe e inofensivo adolescente con mucho que aprender. Hablad, hablad, y fingid que escucháis. Con eso tengo bastante para entrar en vuestra casa.

Todo cuanto deseo es robaros, despojaros de todo cuanto es vuestro. No os alarméis, no seáis ridículos, no llaméis aún a la policía. No hablo de vuestros estúpidos televisores de plasma. No me interesan las vulgares reproducciones de Klee que comprasteis a juego con la pintura de vuestro salón. No me llevaré, querido profesor, ninguno de esos libros que le hacen añorar una vida que nunca se ha atrevido a llevar, que nunca ha sido capaz de vivir. Lo que yo quiero no está en los libros. Está en el aire que respiráis, en el inconfundible olor de vuestros deseos y frustraciones. En el cuarto de baño que no se construirá. En la estrella del baloncesto que nunca llegará a jugar con los Grizzlies. En la novela, querido profesor, que ya jamás verá la luz. En todo lo que, de no ser por mí, nunca nadie podría saber. Ahora, todo se sabrá.

Y si, por algún motivo, se cierra algún día la puerta, nada podría importarme menos. Es tarde para volver atrás. Ya he estado en la casa. Tengo cuanto quería. He explorado la pobre cáscara sin fruto a la que llamáis vuestra vida. El triste decorado que habéis robado de alguna revista de decoración. Las insípidas conversaciones de sobremesa que adornan vuestra vida en familia. Vuestros delirios de tinta seca y látex roñoso. Vuestras camas frías. Vuestros huesos enfermos. Sé quiénes sois. Sé qué queréis ser. Sé lo que nunca seréis. Lo que antes era vuestro es ya mío y sólo mío. Podéis cerrar la puerta, sí, y huir a China si así os sentís más seguros, pero es inútil. Palabra a palabra os voy borrando, trazo a trazo os hago míos. Os desnudaré, os despojaré de todo, saquearé vuestras casas a mi antojo. Bailareis en mis manos mientras quiera daros cuerda. Y cuando llegue el final, desapareceréis sin dejar rastro.

¿No ve, querido profesor, todas esas ventanas abiertas? Qué hermosas son, ¿verdad? Ahí están, llamándome, esperándome, como un día lo esperaron a usted. ¿Lo recuerda aún? En todas ellas hay una historia, vidas que suplen a la vida, que no se marchitan ni pierden brillo, que no se tuercen contra nuestra voluntad, que merecen algo más que esa jaula que llamamos casa. Vidas que dicen mi nombre, que piden a gritos que las robe. Y eso haré. En cuanto haya encontrado un final para usted.

Al fin y al cabo, siempre hay una forma de entrar en una casa.

(continuará)
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31 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
El único testigo
El único testigo (1954)
  • 6,4
    214
  • Estados Unidos Roy Rowland
  • Barbara Stanwyck, George Sanders, Gary Merrill, Jesse White, ...
6
El mejor guitarrista de todos los tiempos
Cuenta una de las tantas leyendas apócrifas que circulan por el mundo del rock que a Jimi Hendrix le preguntaron un día qué se sentía al ser el mejor guitarrista del mundo. “No lo sé”, habría contestado al parecer Hendrix. “Eso deberías preguntárselo a Rory Gallagher”. Sea cierta o falsa la anécdota, la verdad es que, en 1972, Rory fue elegido el mejor guitarrista del mundo por los lectores de la revista “Melody Maker”, por delante de músicos de la talla de Jimmy Page, Eric Clapton o Pete Townshend. En el décimo y último lugar de esa lista figuraba Ritchie Blackmore, al frente todavía, por aquel entonces, de Deep Purple.

A pesar de su bien ganada fama de borde y ególatra, Blackmore no sólo no se tomó mal el resultado de la votación, sino que, a lo largo de los siguientes años, no dejó de deshacerse en elogios hacia Rory, con quien compartió escenario no pocas veces y al que llegó a llamar “el artista definitivo”. Y eso sí, seguro, no es una leyenda: ahí está, escrito en letras de imprenta, para quien quiera o sepa leerlo.

Ritchie Blackmore es, también, uno de los muchos nombres de guerra usados en el pasado por cierto usuario de FA (*), reiteradamente expulsado de aquí por, entre otras cosas, fusilar desde múltiples cuentas las críticas ajenas e hinchar los votos positivos de sus misérrimos teletipos de cinco líneas, insultar y amenazar a otros usuarios a través de críticas o mensajes, o copiar textos de carátulas de DVD y páginas web y hacerlas pasar por propios. Cuando esto ocurre, tiene uno que avisar para que desraticen y desinfecten el lugar. A veces es lento y enojoso, pero, al final, el agua acaba siempre cayendo cañerías abajo, arrastrando a esta sabandija de regreso a las cloacas. Al menos, durante un rato.

El plasta ha vuelto, sí, y con él sus grumosos anacolutos, sus provocaciones de parvulario, su deplorable ortografía, sus machaconas peroratas hediondas de pacharán. Qué le vamos a hacer. Así como Blackmore lleva años y años perdido en el país de los Pitufos, así vive nuestro hombre, atrapado en un extraño mundo en que una fruslería como ”El único testigo”, que en un mundo normal no sería sino un simpático pero estereotipado y plano producto de serie B, repleto de situaciones inverosímiles y rodado sin ningún tipo de distinción, es elevada a la categoría de obra maestra absoluta. Será por esos polis que entran en la casas sin orden de registro y se llevan máquinas de escribir por la jeta. O que en un visto y no visto le meten a uno a empellones en un frenopático. Que vayan tomando nota, en todo caso, los capos de FA: si hicieran como esos maderos, qué rápido se acababa el problema.

En fin, a diferencia del farsante que usurpó su nombre, el auténtico Ritchie Blackmore sabía quién era el mejor guitarrista de todos los tiempos. Y a no ser que os llaméis Ana y os apellidéis Botella, todos podéis saber qué nombre gasta ahora el pichoncito que se muere por mis huesos y que nunca, nunca, nunca acepta un no por respuesta (**).
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17 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siete mujeres
Siete mujeres (1966)
  • 7,4
    1.768
  • Estados Unidos John Ford
  • Anne Bancroft, Margaret Leighton, Sue Lyon, Flora Robson, ...
8
Destellos de gracia fordiana (III): El último lugar en la tierra
John Ford tenía muchas caras, pero a pesar de ello –o quizá por ello-, decidió enseñar siempre la misma: la del iletrado artesano de westerns, cuya única ambición consistía en recibir un cheque a cambio de un trabajo bien hecho y que rugía ante la mera sugerencia de las supuestas aspiraciones artísticas o poéticas de sus películas. En sus últimos años, Ford, ataviado con su parche y su cigarro y parapetado detrás de su sordera, convirtió cualquier entrevista en el escenario ideal para el que siempre había sido su deporte preferido: el de hacer y decir exactamente lo contrario de lo que se suponía que tendría que haber dicho y hecho. Empeñado como estaba en proteger las contradicciones que eran la esencia misma de su carácter y de su modo de hacer cine, Ford acabó convirtiéndose en el principal responsable de la distorsión y simplificación tanto de su imagen pública como del sentido final de sus películas.

No es extraño, por ello, que sean precisamente los ilusos y papanatas que han procurado reducir a Ford a la categoría de caricatura a la cual pueden cargar el muerto de sus propios prejuicios aquellos que se muestran sorprendidos o agradecidos porque –dicen- Ford, en “Siete mujeres”, no parece Ford. Una película que transcurre tras una empalizada en una frontera amenazada por bárbaros, en el último lugar de la tierra. En la que suena “Shall we gather at the river”. En la que se censuran con fiereza la hipocresía, el puritanismo o el ciego apego a un código de conducta tan recto en apariencia como esencialmente inhumano. En la que un héroe que transgrede las normas establecidas acaba mostrando la insensatez y la ficticia armonía del orden vigente en una comunidad cerrada. En la que un sacrificio callado y altruista es a la vez condenación y salvación. En la que una de los protagonistas dice haberse pasado toda la vida en busca de algo que nunca ha podido encontrar.

Quienes son incapaces de ver en a Ford en “Siete mujeres” son, en el fondo, víctimas de la más sostenida y elaborada fabulación fordiana, la que le quiere maniatado a una corneta de la caballería, machista, racista, tradicionalista, sensiblero y simplón. Sólo los habituados a identificar a Ford con el puñado de facilones estereotipos que él mismo contribuyó a cimentar pueden sorprenderse porque, en su despedida, Ford dirigiera una película cuyo elenco está casi exclusivamente compuesto por mujeres y en la que los hombres son reducidos a la condición de bestias cobardes y entregadas a la satisfacción de sus más bajos apetitos. O porque en ella se examinen con crudeza los rincones más oscuros y falsarios de la fe religiosa. O porque uno de sus protagonistas, Woody Strode, un negro con sangre india, se convirtiera por aquellos años en uno de los mejores amigos de Ford y fuera uno de los pocos elegidos que pudieron despedirse de él, del racista, misógino y reaccionario Ford, en el lecho de muerte del mejor director de todos los tiempos, tal día como hoy, hace ya cuarenta años.
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10 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
No eran imprescindibles (No eran invencibles)
No eran imprescindibles (No eran invencibles) (1945)
  • 6,7
    960
  • Estados Unidos John Ford
  • Robert Montgomery, John Wayne, Donna Reed, Ward Bond, ...
8
Destellos de gracia fordiana (II): De vuelta del mar
En septiembre de 1941, John Ford metió algo de ropa y unas pocas pertenencias en una pequeña maleta y le dijo a su mujer que partía hacia Washington en viaje de negocios y que estaría de vuelta en un par de días. Ford, sin embargo, no regresó a casa hasta 1945, tras el final de la Segunda Guerra Mundial y después de haber cumplido lo que él consideraba un inexcusable deber patriótico.

A lo largo de cuatro años, Ford, al servicio de la Armada, cambió los estudios y decorados de los que se había valido, hasta entonces, para recrear una imagen verosímil del mundo, por los escenarios reales donde se libraba el auténtico drama humano de su tiempo. Sobrevoló y fotografió, en misiones secretas, zonas de interés militar. Grabó bajo fuego enemigo la batalla de Midway y el desembarco de Normandía. Cubrió la Operación Antorcha en el norte de África y fue arrojado en paracaídas sobre la jungla birmana. Fue herido por la metralla japonesa y vio caer a muchos hombres, tanto soldados como de su unidad fotográfica, antes de regresar a su hogar.

“No eran imprescindibles”, la primera película que rodó nada más regresar a Hollywood, es el homenaje de Ford a los hombres que, como él, habían dejado atrás casa y familia sin saber a ciencia cierta si volverían a verlas. Libremente basada en hechos reales y deliberadamente ubicada en los primeros meses de la guerra del Pacífico, en un momento en que los japoneses estaban barriendo a los estadounidenses, la película de Ford no sigue, sin embargo, los patrones del cine bélico del momento.

Lejos de los enardecidos productos de exaltación y propaganda rodados en los años inmediatamente anteriores, “No eran imprescindibles” desplaza la acción bélica o la glorificación de las gestas personales a un segundo plano y examina, en cambio, el fenómeno íntimo de la guerra, la experiencia mortificante de la inacción, el sacrificio de toda ambición personal, la callada y rutinaria espera, en plena derrota, de una victoria todavía remota y del incierto regreso al hogar. A Ford no parecen interesarle tanto las batallas como sus escombros, ni el paseo triunfal de los héroes como las sombras de los caídos sin nombre.

El resultado es una de las películas bélicas más sobrias, melancólicas y plagada de claroscuros jamás filmadas, donde brillan con luz propia no pocos destellos de gracia fordiana. El baile de John Wayne y Donna Reed. El silencioso coro de gestos y miradas con que los soldados reciben en la cantina la noticia de la caída de Filipinas. La despedida en el porche del viejo propietario del astillero. El responso improvisado en el que, a falta de sacerdote y oraciones, se recitan los versos que Robert Louis Stevenson escribió a modo de epitafio (“los únicos que sé”, confiesa Wayne), aquellos en que, bien mirado, se cifra todo el sentido de la película y en los que el gran escritor escocés pedía ser enterrado bajo el inmenso y estrellado cielo, y descansar, por fin, allí donde él quería, de nuevo en casa, de vuelta del mar.
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13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Peregrinos
Peregrinos (1933)
  • 7,0
    178
  • Estados Unidos John Ford
  • Henrietta Crosman, Heather Angel, Norman Foster, Lucille La Verne, ...
9
Destellos de gracia fordiana (I): Así nació Natani Nez
John Ford no inventó el cine, pero, de un modo u otro, se acabó apropiando de él. Al fin y al cabo, si se vuelve atrás la mirada, se hace difícil poner en duda que haya existido, en toda su historia, una figura cuya sombra se extienda de un modo tan perdurable, influyente y poderoso como la de Ford. No, tal vez no inventó el cine, pero John Ford fue, sucesivamente, pionero, innovador y dueño absoluto de los resortes secretos de un arte que jamás habría sido el mismo sin él. “Prácticamente cualquier cosa que cualquiera de nosotros haya hecho”, decía Sidney Lumet en 1973, “puedes encontrarla en una película de John Ford”.

Cuando se habla de Ford y se citan sus obras maestras, parece existir, no obstante, la tácita convicción de que no fue hasta “La diligencia” cuando ofreció la auténtica dimensión de su talento. Como todos los tópicos, esta creencia tiene algo de verdad, pero es esencialmente errónea, ya que obvia el hecho de que en 1939 Ford llevaba un cuarto de siglo en el mundo del cine, donde había desempeñado las más diversas tareas, al servicio de su hermano Francis –el primer Ford famoso como director de cine- o de Griffith -a cuyas órdenes se enfundó una capucha del Ku-Klux-Klan en “El nacimiento de una nación”-, antes de dirigir sus propias películas, con apenas veintidós años.

“Peregrinos”, rodada seis años antes de pisar por primera vez Monument Valley y de dignificar un género relegado hasta entonces a la condición de pasto de ganado, es, tal vez, la mejor película de Ford anterior a “La diligencia”, y, en no pocos aspectos, resiste perfectamente la comparación con muchas de sus obras mayores de décadas posteriores. Pese a la evidente superioridad técnica de sus trabajos más famosos y del hecho de que estos se desarrollen en sus marcos físicos más reconocibles, es aquí, en “Peregrinos”, donde cristalizan por primera vez, de modo diáfano, algunas de las recurrencias temáticas y estilísticas inconfundibles del universo fordiano.

No hacen falta sino unos pocos minutos para comprobar que Ford, en 1933, ya era Ford; los suficientes para que su innato sentido de la composición y el encuadre, su pasmoso dominio de la iluminación o su agudo escrutinio de la naturaleza humana dejen más claro que rótulo alguno quién firma la película. Si en algo es rica “Peregrinos”, sin embargo, es en eso que se llamó “gracia fordiana”, esas breves, sutiles y aparentemente involuntarias rúbricas en forma de gestos o miradas de las que Ford se servía para narrar sin malgastar una sola palabra, sugiriendo (que no subrayando) las líneas no escritas del guión. Una mano enguantada recogiendo un ramo de flores a través de una ventanilla de tren. Una trinchera aplastada bajo un silencioso torrente de barro. Un cubo de agua bajo una tormenta. La reunión de los pedazos rotos de una fotografía.

Sí, así –y no más tarde- nació el hombre al que los navajos llamaron Natani Nez, que no en vano significa El Guerrero Alto. Pero eso ocurrió después, y es otra historia.
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14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Zona profunda
Zona profunda (1970)
  • 7,1
    873
  • Reino Unido Jerzy Skolimowski
  • Jane Asher, John Moulder-Brown, Karl Michael Vogler, Christopher Sandford, ...
8
Anomalía en rojo y gris
Qué extraña suerte la de esta película. Tras su presentación en el Festival de Venecia de 1970, que por aquellos años no era competitivo, flotaba en el aire la idea de que “Zona profunda” habría sido, sin duda, la más firme candidata a ganar el León de Oro. Un año después, cuando fue estrenada, fue saludada por parte de la crítica como una obra llamada a figurar entre lo más perdurable de su época, y a su director, Jerzy Skolimowski, se le comparó con Truffaut, Godard o Polanski, con quien, de hecho, había coescrito el guión de “El cuchillo en el agua”.

“Zona profunda”, sin embargo, fracasó estrepitosamente en taquilla, su productora la retiró de la circulación y pronto cayó en el olvido. Durante varias décadas, no sólo resultó prácticamente imposible verla en un cine o en televisión, sino que apenas se editó en formato de consumo doméstico. A pesar de que en 1982 un joven David Lynch declarara enfáticamente que la obra de Skolimowski era la única película en color digna de ser vista, “Zona profunda” desapareció literalmente del mapa y pasó a ser una peli fantasma.

En 2011, finalmente, coincidiendo con el cuadragésimo aniversario de su estreno, una versión restaurada de “Zona profunda” fue editada en DVD, y se reavivó el interés por una película que, vista ahora, y a diferencia de alguna de las obras con las que suele compararse (la más recurrente es la absurdamente reverenciada “Blow-up” de Antonioni), no sólo ha resistido muy bien el paso del tiempo, sino que su eco es fácilmente rastreable en películas contemporáneas como “Submarine” o “Las ventajas de ser un marginado”.

Tal vez la explicación de su mala suerte no sea tan extraña, al fin y al cabo. “Zona profunda” es una anomalía. Una espléndida y perturbadora anomalía. Lo era hace cuarenta años y lo sigue siendo ahora. Por el modo en que bucea en la psique desorientada de un adolescente sometido a toda clase de estímulos sexuales en un Londres sórdido y gris que iba despertando del sueño psicodélico de los años sesenta. Por el impagable abanico de secundarios que ilustran la ruina moral y la hipocresía que la sociedad inglesa de la época amontonaba bajo la moqueta. Por el soterrado e incisivo humor que recorre toda la película. Por la subyugante presencia de Jane Asher, exnovia de Paul McCartney y quintaesencia de las obsesiones quinceañeras más inconfesables. Por el espléndido manejo del color (el omnipresente rojo) y de la metáfora puesta en imágenes, siempre de modo elusivo y sugerente y rehuyendo el énfasis y las explicaciones unívocas. Por el inteligente uso de la música (que la emparenta con otra rareza irresistible, “Harold y Maude”), dosificada y modulada en función de las dos pulsiones en conflicto y abocadas a estallar. Por sus memorable minutos finales, culpables en gran medida, sin duda, de su fracaso entre el gran público, y que deberían bastar, por sí solos, para devolverle, cuarenta años más tarde, la suerte que nunca tuvo y su auténtica consideración.
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12 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
La grieta
La grieta (1990)
  • 4,0
    627
  • España Juan Piquer Simón
  • Jack Scalia, R. Lee Ermey, Ray Wise, Deborah Adair, ...
3
En el fondo del mar (matarile-rile-rón, chimpón)
Menudo culazo el de Jack Scalia. Y qué brazos: gruesos, fibrosos y perfectamente depilados. Allí donde el pelo crece y se reproduce a su antojo, sin embargo, es sobre su hermoso y privilegiado cráneo de científico de primer orden mundial. Sedosa, brillante y encrespada, su esplendida melena corona un cuerpo macizorro en el que la cámara se recrea, con justicia, siempre que hay un segundo muerto, lo que equivale a decir, minuto arriba, minuto abajo, la mitad exacta del metraje.

Lo malo del caso es que no se puede tener todo. Cuando uno se pasa tantas horas en el gimnasio y en la pelu y durmiendo hasta las tantas, lo normal es que la calidad de tu trabajo se resienta. Y si tu curro consiste en diseñar submarinos atómicos de última generación, no resulta extraño que acaben siendo unos churrazos de aquí te espero. De entrada, los nombres que se te ocurren para bautizarlos resultan, por decirlo de algún modo, discutibles. Porque no sé yo si Sirena es un nombre muy apropiado para un sofisticado artefacto nuclear, capaz de borrar Alemania de la faz de la tierra, ay, Merkel incluida. A lo que a mí me suena es, no sé, a supercrucero de Barbie o a peluche de Tarta de Fresa. En todo caso, a algo rosa, suave y blandito.

Como era de esperar, el Sirena se desvanece en el océano, ¿y a quién deciden enviar en su búsqueda? Efectivamente, al Sirena 2. Cojonudo. Bravo por el guionista. Jack, que de rescates bajo el agua sabe un huevo, se enfunda la ropa más apropiada para el caso (tejanos prietos y ceñidísima camiseta de tirantes) y se arroja de cabeza hacia el interior de su amada criatura, que resulta ser –no podía ser de otro modo- un cacho de hojalata amarilla, cuya, ejem, estilizada silueta haría partirse de risa al mismísimo Narcís Monturiol.

Una vez en el vientre de su sirenita, salta a la vista que a lo que se enfrenta realmente Jack no es a una aventura claustrofóbica en el fondo del mar con bicho maligno incorporado, en la línea de “Alien”, “Abyss” o “Leviathan”, sino a una especie de precuela ochentera de “Supervivientes” o “Gran Hermano”, tal es la cantidad de golfos y majaderos que allí se amontonan, ex de Jack incluida. La buena noticia es que entre la tripulación no está Mercedes Milá, lo cual siempre ahorra algún que otro susto a la hora de usar la ducha. La mala es que está Pocholo. La buena noticia es que su rubia pelambrera es la primera en desaparecer. La mala es que hay que esperar una hora larga antes de que el resto de la tropa críe malvas, y nunca con la crueldad que todos piden a gritos desde el primer fotograma de la peli.

Claro que, en vista de que las terroríficas criaturas a las que se enfrentan son unos abejorros cabezones de plástico comprados en el chino de la esquina y unas algas trangénicas algo chungas, casi habría que considerar un milagro que vayan cayendo uno a uno y no vuelvan tan campantes a la superficie, bien asidos al pétreo culo de Jack Scalia, cuyas inacabables virtudes no nos cansaremos de glosar…
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Fènix 11·23
Fènix 11·23 (2011)
  • 5,8
    1.311
  • España Joel Joan, Sergi Lara
  • Nil Cardoner, Rosa Gàmiz, Àlex Casanovas, Lluís Villanueva, ...
3
En manos de quiénes estamos
A pesar de que ya gozaba de cierta notoriedad gracias a su aparición en un folletín de TV3 y a su fugaz paso por alguna que otra producción española, la auténtica popularidad le llegó a Joel Joan en 1999, gracias a la serie humorística “Plats bruts”, en la que compartía protagonismo con Jordi Sánchez, el hoy celebérrimo Antonio Recio Matamoros de “La que se avecina”.

Lo que muchos de nosotros no podíamos sospechar por entonces era que Joel Joan acabaría convertido en una caricatura infinitamente más exagerada que el pijo egocéntrico y cortito de luces, eterno y mediocre aspirante a actor, al que daba vida en aquella serie y que, en un extraño e inesperado bucle, le veríamos un día interpretando, día tras día y en la vida real, a un personaje acartonado, risible e histriónico, de modo no muy diferente a como lo interpretaría el personaje que lo había hecho popular.

Revestido de una solemnidad involuntariamente hilarante, ataviado con la parafernalia pret-a-porter al uso (gorra guerrillera con estrellita, puño prieto en ristre, consignas escupidas a toda mandíbula), Joan lleva años consagrado a la noble y heroica tarea de convencer al mundo de que “España es la aberración más grande de la Europa central, oriental y del Este” (léase de nuevo por si no ha quedado claro): tan pronto monta pollos en restaurantes supuestamente catalanófobos cuyo nombre es después incapaz de recordar como compara la situación lingüística catalana con la de los judíos en la Noche de los Cristales Rotos o señala con el dedo a los no independentistas para advertirles de que, en el futuro, podrían ser considerados traidores a su patria. Dicho en plata: ojito, que sabemos dónde vivís y a quiénes votáis. Al loro.

Ese, y no otro, es el contexto en que hay que encuadrar una película a cuyos responsables el cine les importa bien poco, si no es como arma de agitación y propaganda, por mucho que su director, sin duda en recompensa a las altas virtudes que atesora, haya presidido durante cinco años la Academia del Cine Catalán. De ahí que, en sus manos, la historia de la desproporcionada -y a la postre ridícula- respuesta del aparato estatal a la estúpida -pero en el fondo inocua- ocurrencia de un adolescente de amenazar por internet a diversas cadenas de supermercados por no etiquetar sus productos en catalán no sea sino un panfleto esquemático, torpe y plagado de ridículos e innecesarios subrayados, destinado a inflamar las ascuas sobre las cuales, por culpa de unos y de otros, muchos llevamos bailando, de un tiempo a esta parte, sin tener ni putas ganas de hacerlo.

Lejos de conmover o indignar por el evidente atropello que padeció Éric Bertrán, lo que acaba logrando “Fénix 11-23” es, paradójicamente, que uno se pregunte si esas ascuas que necesitan mártires en la edad del pavo y villanos de tebeo para seguir vivas se enfriarán por fin algún día y qué clase de criatura surgirá de entre sus cenizas. Y quién estará allí para montarla. Y quién para contarnos su historia.
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36 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
El detective
El detective (1968)
  • 6,6
    503
  • Estados Unidos Gordon Douglas
  • Frank Sinatra, Lee Remick, Ralph Meeker, Jack Klugman, ...
8
El septiembre de mis años
En 1965, Frank Sinatra cumplió cincuenta años y el cambio de cifra debió de resultarle más bien traumático, ya que, coincidiendo con su aniversario, publicó uno de sus discos más oscuros y melancólicos, repleto de canciones que reflexionaban acerca del paso del tiempo, de la vejez, de los instantes idos y ya perdidos, condenados a malvivir en algún rincón de la memoria, a la espera de su inevitable desaparición.

“September of my years” es, por otro lado, un disco absolutamente brillante, que contiene algunas de las piezas más memorables del repertorio de Sinatra, como la bellísima “It was a very good year”, con la que se abría la segunda temporada de “Los Soprano” y cuyo tono otoñal y desesperanzado ofrecía, por otro lado, no pocas pistas acerca del sentido final de una serie que, a medida que pasan los años, se va afianzando en la condición de cima indiscutible de las obras de ficción del último cuarto de siglo.

“El detective”, salvando las lógicas distancias, vendría a representar para el género del cine negro lo mismo que “September of my years” en la discografía de Sinatra o “Los Soprano” en la recreación cinematográfica del universo mafioso: una reformulación actualizada de sus claves estilísticas, releídas de modo respetuoso, pero convenientemente adaptadas a temáticas e inquietudes hasta entonces ignoradas o directamente inexistentes.

El hallazgo del cuerpo mutilado de un rico homosexual abre una película áspera y sórdida como pocas, cuyo personaje central, Joe Leland, entronca, por un lado, con la vieja tradición del servidor de la ley honesto e insobornable, mientras prefigura, por el otro, la imagen del policía expeditivo y alérgico a despachos e imposiciones burocráticas que tanto éxito tendría a lo largo de la década siguiente. Leland, de hecho, es un cruce de caminos: no es todavía el ácrata solitario y amargado de los setenta, pero la épica de la fe en la ley y el orden que movía a sus antecesores se ha difuminado hasta borrarse casi por completo. Estamos en 1968. Leland es culto, es perspicaz, sabe que los tiempos están cambiando, que la policía está a sueldo de los poderosos, sentada sobre cubos de basura que un día u otro acabarán estallando y pondrán al descubierto las miserias y podredumbres de la sociedad.

En el plano formal, la peli es, indudablemente, hija de su tiempo. El planteamiento de Douglas, que estructura la película en dos grandes bloques, atravesados por largos flash-backs y en principio desconectados, aunque en ocasiones resulte confuso o disruptivo, se adecúa a la visión crítica que se ofrece de la sociedad de la época, perturbada por toda clase de conflictos que resulta inútil tratar de ocultar. El punto de convergencia de ambos bloques son los ojos azules de Sinatra, cuyas intensas miradas pasean la fatiga y el hartazgo de quien ha descubierto a qué ha consagrado realmente su vida, nada más entrar en el septiembre de sus años, cuando los días se hacen cortos y quedan cada vez menos por contar.
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20 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Estación 3 ultrasecreto
Estación 3 ultrasecreto (1965)
  • 5,8
    165
  • Estados Unidos John Sturges
  • George Maharis, Richard Basehart, Anne Francis, Dana Andrews, ...
7
Más alla del arco iris (el enanito Cascarrabias y yo)
El mundo está lleno de misterios, aunque algunos no tengan mucho interés y sean más bien aburridos. Fijaos en mí, sin ir más lejos. Un salido con al menos cuatro cuentas abiertas en este chiringuito decidió que debía montármelo con él y optó por el viejo truco de la pastilla de jabón, a ver si picaba y me agachaba a recogerla. A mi florecilla enamorada se la ve tan ofuscada que es incapaz de trenzar más de cinco líneas seguidas, lo cual me lleva a pensar que escribe sus, ejem, críticas con una sola mano mientras con la otra, cómo decirlo, se solaza pensando en mí. Y eso, aunque en el fondo me halague, me parece una auténtica guarrería: yo sólo trato con auténticos caballeros.

Pero ése no es el misterio. El misterio está en que en esta casa saben lo de mi admirador secreto y lo de su amor a desenfundar el fusil (el otro, no malpenséis) y lo de los mensajes (que harían las delicias, me imagino, de su adorado Fritz Lang) en los que me desea el exterminio a manos de los nazis, y lo de que haya pelis en que la mitad de las críticas sean suyas*, y poco hacen al respecto. Lo han echado de aquí varias veces, por copión y manipulador, pero siempre acaba volviendo, camuflado bajo un nuevo disfraz, para mandarme besitos en forma de voto negativo. Es comprensible, sin embargo, que mi asuntillo con mi amante cuadruplicado les pase inadvertido. Estarán muy ocupados recriminándole al sufrido autor de una crítica de (spoiler1) que haya revelado que (spoiler 2) muere (spoiler 3). Qué importarán unas cuentas más o menos. Calderilla.

En fin, el misterio de esta peli tampoco es que sea gran cosa, aunque mi groupie se espatarre como un arco iris ante ella como lo haría ante Ron Jeremy y le casque ahora un 9, ahora un 10 (según en qué cuenta mire uno), entre gemidos de placer. Será por el macizo George Maharis. Será porque vota hinchado de morapio como Ian Gillan o nadando en jaco y farlopa como el pobre Tommy Bolin. No sé. A mí no me ha parecido gran cosa. Una función correctita y en general bien llevada por el estupendo artesano John Sturges y con la siempre agradable presencia de Dana Andrews, Richard Basehart o la adorable Anne Francis, que peca de estirar y estirar el argumento hasta que, a base de mascarlo y hacer globitos, el chicle pierde sabor y acaba uno tirándolo sin pena a la papelera.

Lástima que los guionistas cobraran a tanto el kilo, porque la cosa podría acabarse más que dignamente hacia el minuto 50: un buen par de guantazos o una bala entre ceja y ceja y esos villanos plastas y desnortados, que cuando las cosas pintan bastos se limitan a ir chuleando con un frasquito letal en las manos, se iban con viento fresco a freír espárragos. Y saber que en la cocorota de Ed Asner hubo una vez algo parecido a pelo, aunque tenga su gracia, tampoco es que convierta esta peli en una obra maestra. Eso sería como comparar a Justin Bieber con Ritchie Blackmore. O a Ronnie James Dio con el enanito Cascarrabias. Por poner un par de ejemplos, claro.
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10 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
In the Wake of the Bounty
In the Wake of the Bounty (1933)
  • Australia Charles Chauvel
  • Arthur Greenaway, Mayne Lynton, Errol Flynn, Victor Gouriet, ...
2
Mi reino por un ukelele
Antes de debutar en el cine con esta película, su protagonista, con apenas veinticuatro años, había sido marino, inspector de sanidad, buscador de oro, cultivador de copra y tabaco y tratante de esclavos. Había estado dando tumbos por Asia y Oceanía y había tenido múltiples aventuras con mujeres, tanto blancas como indígenas, por lo general hijas o esposas de padres y maridos no muy comprensivos. Había contraído malaria y gonorrea. Había pescado tiburones con dinamita, había esquilado ovejas y había castrado carneros con los dientes, había sido juzgado y absuelto de una acusación de asesinato. Tras el breve paréntesis de esta película ejerció, además, de ladrón de diamantes, de soldado o de propietario de gallos de pelea con el pico envenenado, y tuvo aún tiempo de dar la vuelta al mundo en barco antes de convertirse, durante una década larga, en una de las mayores superestrellas del firmamento de Hollywood.

No, para Errol Flynn, que había llegado al mundo del cine casi por accidente y movido por la insaciable curiosidad que, según sus propias palabras, fue siempre su mayor enfermedad, meterse en la piel de Fletcher Christian en una película que (al menos sobre el papel) recreaba la historia del motín de la Bounty no debió de ser una experiencia especialmente estimulante. Y más si tenemos en cuenta el resultado final, una hora escasa de metraje con la cual su director, el tal Charles Chauvel, debería ganarse a pulso, si hubiera justicia en el mundo, el título del Ed Wood de los mares del sur.

Se hace difícil comentar nada de un engendro sin pies ni cabeza, pergeñado, seguramente, tras la ingesta de varios barriles de ron, en la que el amigo Chauvel lleva a cabo uno de los más demenciales ejercicios de corta-pega que yo recuerdo haber visto nunca, saltando alegremente y sin previo aviso de brevísimas e histriónicas escenas rodadas entre cuatro paredes de cartón pintadas que el espectador debe ir identificando con camarotes, cabañas o tabernas, más o menos relacionadas con el motín de Christian, a un par de tediosos documentales a ritmo de ukelele acerca de la vida contemporánea en las islas Pitcairn, destino final de los amotinados, rematados con un hórrido melodrama con niñito mortalmente enfermo… a causa de los pecados de sus ancestros, los marineros rebeldes.

No hace falta decir que Flynn, naturalmente, está a la altura de las circunstancias. Ataviado con un horroroso pelucón, se pasa los pocos minutos que Chauvel le deja entre ukelele y ukelele, rígido como un palo, mirando de soslayo y con los brazos cruzados sobre el pecho, mascullando sus líneas entre dientes, tratando inútilmente de ser tomado en serio y no como un simple bufón y anticipando ya, sin saberlo, la que sería su vida a lo largo de los siguientes veinte años. La vida de un rey melancólico y descabalgado de sus sueños de juventud, que, con el mundo a sus pies, añoraba los días en que la vida era todavía una promesa intacta, a la que no había que buscar una explicación.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hesher
Hesher (2010)
  • 6,5
    3.031
  • Estados Unidos Spencer Susser
  • Joseph Gordon-Levitt, Natalie Portman, Devin Brochu, Rainn Wilson, ...
7
Highway to Heaven revisited
Como tanta otra gente, yo pertenezco a una generación atormentada. Crecer en los setenta y los primeros ochenta, con dos canales de tele, sin mando a distancia y sometido a la dictadura materna significaba, en mi caso y en el de miles y miles de inocentes víctimas más, que parte de los domingos por la tarde había que pasarla, velis nolis, en compañía de una extraña y terrible criatura llamada Michael Landon. Puedo afirmar, orgulloso, que nunca le he arrancado más lágrimas a mi madre de las que este monstruo sin entrañas le arrancó, primero con “La casa de la pradera” y con “Autopista hacia el cielo” después. Y eso que motivos, ay, se los di a manos llenas.

“Hesher” me ha traido recuerdos de aquella época. No porque hacia 1987 yo estuviera descubriendo a Metallica, ni porque me identifique demasiado ni con el niño protagonista ni con ese peculiar headbanger que da título a la película, sino porque la historia de este extraño ser surgido de quién sabe dónde y que se presenta sin ser invitado en el hogar de una familia al borde de la desintegración a causa de una tragedia no deja de ser una astuta revisión en clave “indie” de las aventuras de Jonathan Smith, aquel infatigable y bondadoso ángel de vuelta entre los humanos, que iba de casa en casa solventando rencillas familiares, devolviendo al redil a las pobres ovejitas descarriadas y predicando entre sus semejantes el amor al prójimo y la palabra del Señor.

Lo que Hesher predica, sin embargo, no es precisamente el mutuo entendimiento entre las personas. Él y su negra y sucia furgoneta parecen haber brotado de la nada para violentar el mundo que rodea a la aturdida familia Forney y liberarla así del fantasma de una madre y esposa muerta. Sin motivo aparente ni explicación posterior, Hesher saquea su nevera, les somete a guitarrazos, les expone a porno y a procacidades, mete a TJ, el desorientado niño de la casa, en tremendos atolladeros y le abandona a su suerte, traiciona su confianza, se cepilla a su amor platónico, usa la mentira, la violencia y la intimidación. La misión de Hesher consiste, básicamente, en alimentar e incendiar la ira y la frustración de TJ y lograr de este modo que viva la vida que el espectro de la madre muerta le impide disfrutar.

Lo mejor que ofrece esta interesante película surge, precisamente, de las crudas sesiones de autoayuda que este retorcido y oscurísimo ángel administra sin contemplaciones a los Forney. “Hesher”, de hecho, funciona a la perfección mientras es ácida e inmisericorde, y sólo flojea un par de veces, justo cuando a su director le da por la gazmoñería y la lágrima fácil (un burdo e innecesario flashback, unas tontas escenas en cámara lenta), viejos y desgastados trucos que, por suerte, no logran borrar esos memorables minutos en el tanatorio y el paseo triunfal de la abuela Forney, unas escenas que deberían bastar para ahuyentar al fantasma de Michael Landon y devolverlo de vuelta al cielo, de donde nunca, nunca, nunca debía haber salido.
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19 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Django desencadenado
Django desencadenado (2012)
  • 7,9
    112.293
  • Estados Unidos Quentin Tarantino
  • Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, ...
5
Sillas de montar refritas
La vida de Quentin Tarantino es, a estas alturas, un confortable y perpetuo sueño húmedo. Sus fans segregan fluidos y arrojan ropa interior a su paso como quinceñeras histéricas y perfuman el aire con incienso cada vez que suena su nombre. Los críticos pierden a la vez la memoria y el pudor (¿“el western que mayor atención jamás haya prestado –glubs- al lenguaje verbal”?) y mordisquean como tiernos chihuahuas la mano de (sic) “el más magnético de los directores vivos”. Las Locas Academias de Cine le obsequian con nominaciones sin número, a cual más pintoresca y misteriosa (¡mejor guión! ¡mejor montaje! ¡ole tus huevos!). El mundo, para Quentin, es ahora mismo la mullida alfombra de saliva que impide que sus pies rocen siquiera el suelo mientras se pasea por la balaustrada de su mansión. A sus pies, nosotros, los negros de su plantación, recolectamos algodón a la mayor gloria de nuestro amo, ese arrogante y consentido coronel sureño que monta en cólera con quien osa contrariarlo.

Sobre “Django desencadenado”, a fin de cuentas, no hay mucho que decir. Tarantino, como el Capitán Pescanova, ha descubierto qué croquetas le gustan a su publico y ha decidido fabricarlas en serie, de modo que ésta tiene el mismo insípido sabor, la misma textura grumosa, el mismo estomagante regusto a refrito que “Malditos bastardos”. Otro ladrillazo de casi tres horas, con dos o tres escenas a la altura del talento de su director y minutos y minutos y minutos de taladrantes y soporíferas monsergas y chorradas varias que sirven de excusa para la escabechina final con explosiones y escaleras de por medio de costumbre. ¿Buena factura técnica? Impecable. ¿La puesta en escena? Cuidadísima. ¿Interpretaciones? Notables e incluso excelentes. ¿Guiños, homenajes y cameos? Para dar y tomar. Y se acabó. Por crujiente y atractivo que sea el rebozado, la croqueta, por desgracia, no da para más.

Tiene gracia, eso sí, que quienes califican este peñazo de cumbre del cine de entrenimiento pongan de vuelta y media a cierto cine de autor, por considerarlo lento o pretencioso, cuando lo que esta ostentosa ópera pop acerca de la esclavitud acaba logrando es que “Stalker” o “Inland Empire” parezcan poco menos que canciones de los Ramones. Tiene también su guasa que se la presente como la reinvención definitiva del spaghetti-western, un género que siempre operó en sentido inverso al empleado por Tarantino en la última década, haciendo de la necesidad virtud y optimizando, en la medida de lo posible, los pobres medios de que disponía. Y en cuanto a ese humor que supuestamente destila, no está de más recordar que éste no es, ni mucho menos, ni el primer ni el mejor western paródico –con negro protagonista incluido- que se ha hecho. Si esa chirigota de las máscaras les ha parecido a algunos el Everest del humor, no quiero ni imaginarme qué dirían de la escena de las pedorretas de “Sillas de montar calientes”. Venga, que la copie Tarantino y salgamos ya de dudas.
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79 de 103 usuarios han encontrado esta crítica útil
Yakuza Graveyard
Yakuza Graveyard (1976)
  • 6,9
    85
  • Japón Kinji Fukasaku
  • Tetsuya Watari, Meiko Kaji, Seizo Fukumoto, Takuzo Kawatani, ...
7
“La gente se corrompe, el océano nunca”
Unas olas chocando violentamente contra las rocas abren y cierran una película que se estrella en la cara del espectador desde su primer fotograma, desde esa tumultuosa y enloquecida pelea en el estadio de béisbol con que Kinji Fukasaku acogota sin miramientos a los desprevenidos y les arroja a una borboteante caldera, que el director japonés, cámara en mano y gracias a un furioso montaje, mantiene en ebullición del primer al último minuto de una película febril y volcánica como pocas.

Tras los primeros minutos, y una vez situados en el marco de la historia (la guerra entre los Nishida y los Yamashiro, dos bandas yakuza, por el control de Osaka), hace acto de aparición Kuroiwa, indistinguible, tras una primera y superficial mirada, del resto de polis rectos e indisciplinados, cortados según el patrón de Harry Callahan, que poblaron el cine de los setenta. Sin embargo, pese a sus malos modales y a las ya archiconocidas escenas de desplante en el despacho de sus superiores, cualquiera puede darse cuenta, a medida que pasan los minutos, de lo equivocado de esa primera impresión.

La ira de Kuroiwa no es la de un justiciero amargado por las miserias y recovecos del sistema. La misión que se ha impuesto no es la de limpiar de delincuentes las calles de su ciudad para salvarla de la abyección o porque así se lo exija un estricto sentido del deber y la justicia. Kuroiwa es un paria, un desclasado, un don nadie criado en Manchuria y ninguneado por ello durante años por el cerrado racismo nipón.

No es extraño que toda su rabia acumulada estalle continuamente en brotes incontrolados de violencia. No es extraño que busque refugio en el consumo compulsivo de tabaco y alcohol o en la música a todo volumen. No es tampoco extraño que acabe intimando con quienes, al otro lado de la ley, son, como él, producto del desarraigo y el desprecio, como la esposa medio coreana del líder de los Nishida o El Toro, ese yakuza con quien se hermana tras una antológica pelea a puñetazo limpio, rematada con una juerga salvaje, mano a mano, a base de fulanas y whisky. Él es, no en vano, quien encuentra el mejor corolario para definir a Kuroiwa: “eres el más estúpido y salvaje poli que jamás he conocido”.

La peli se abre, de este modo, a una sugerente reflexión acerca de las carencias de la sociedad japonesa, cuyas taras (la xenofobia, la connivencia entre policías y criminales), sombríamente retratadas, desdibujan a ojos de Kuroiwa la línea entre el bien y el mal, obligándole a replantearse conceptos como honor, deber o traición. A pesar de que Fukasaku no siempre logra integrar esta segunda lectura en el ensordecedor y chillon frenesí que aturde los sentidos del espectador, lo mejor de la peli surge precisamente del choque entre su ruido superficial y sus reflexiones profundas, en escenas catárquicas y liberadoras en las que un puñado de personajes heridos restañan mutuamente sus heridas y se purifican, como olas arrojadas contra las rocas, ante el mar incorruptible.
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13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Barton Fink
Barton Fink (1991)
  • 7,4
    23.424
  • Estados Unidos Joel Coen
  • John Turturro, John Goodman, Judy Davis, Michael Lerner, ...
9
Ensayo de plagio en la playa
Cuando Barton Fink salió una noche de entre bastidores, después de un desasosegante estreno, se encontró en el escenario, enfundado en un esmoquin y convertido en un monstruoso autor de éxito. “Pero, ¿qué me ha sucedido?”, pensó. No era ningún sueño. “¡El autor, el autor!”, había gritado extasiado el público, que ahora, a sus pies, también en esmoquin y traje de noche, pataleaba y aplaudía, rendido a su condición de nueva y poderosa voz del teatro americano.

Barton, sin embargo, era un artista insobornable, inmune a los halagos y consagrado en cuerpo y alma al arte. Escribir para el pueblo, ésa era su misión. El éxito no se lo otorgarían los elogios de ningún pedante y anticuado criticuelo; el éxito había que buscarlo en el latido unánime del hombre de la calle. Con esa única idea en mente aceptó el sacrificio de escribir un guión en Hollywood y se instaló entre las cuatro paredes de una habitación en el hotel Earle de Los Angeles.

Presidiendo la habitación, no lejos de la mesa sobre la cual había dejado su máquina de escribir Underwood, colgaba una hermosa y sugerente imagen, en la cual una joven en bañador, sentada en la playa de espaldas al espectador, observaba fijamente el horizonte, usando su mano derecha a modo de visera.

A través de paredes y techos, desde detrás de puertas cerradas, Barton podía escuchar al hombre del pueblo. Le oía llorar y gemir, suspirar, vomitar y gritar. Cuando abría la puerta, sin embargo, y hablaba con él, dejaba de escucharlo por completo. Por alguna extraña razón, Barton Fink, en presencia del hombre corriente, no hacía sino hablar y hablar de las inquietudes y problemas de su interlocutor, y sus oídos, entonces, sólo eran capaces de escuchar su propia voz. El hombre del pueblo era, para Barton, un sonido ahogado por las cuatro paredes de su cuarto. En una de sus paredes, la chica, sentada de espaldas a él, seguía buscando algo en el horizonte.

En busca de la inspiración, Barton, entre sus cuatro paredes, se sentaba ante su Underwood, atrapado en un callejón entre los gritos de los vendedores de pescado y la imponente silueta de un luchador en mallas. Su habitación era su reino, y nadie, ni siquiera las musas, podía entrar en él. Barton, perdida toda esperanza de ser la voz de la calle, se encontraba al borde de la rendición.

Por suerte, ahí estaba el hombre corriente para arrancar a las musas de donde estaban y cruzar con ellas la puerta de Fink. Los dedos de Barton volaron como llamas sobre las teclas. La voz del hombre del pueblo le llegaba alta y clara por encima del fuego. Un mosquito muerto yacía sobre las sábanas sangrientas. Rotas las puertas y hundidos los techos, Barton Fink dejó, al fin, de ser un turista con una máquina de escribir. Aquel sería su infierno. Allí viviría desde entonces.

De la imagen de la pared emergió un ruido sordo. Era el mar. Barton se acercó a la pared y sintió el calor del sol, la arena ardiente bajo sus pies. Se sentó en la playa. La chica se dio la vuelta.

Sí, era ella.
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34 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil