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Críticas de Charles
Críticas ordenadas por:
Posesión infernal (Evil Dead)
Posesión infernal (Evil Dead) (2013)
  • 5,8
    17.761
  • Estados Unidos Fede Álvarez
  • Jane Levy, Shiloh Fernandez, Lou Taylor Pucci, Elizabeth Blackmore, ...
7
Sangre sin Carne
Plantearse un remake de 'Posesión Infernal' era, de buenas a primeras, un suicidio.
Una película que funcionó por una alianza de factores que la convirtieron en un clásico de culto: producción, momento y tono.
Rodada por cuatro perras, supliendo efectos gore por ingenio y un tono a caballo entre la comedia burra con el terror más extremo que hicieron a Stephen King quitarse el sombrero.
¿Tiene sentido plantear una revisitación?

Esta nueva película, pese a que un principio puede parecer una compilación de mejores momentos de la original con más elegancia formal, responde a esa pregunta a medias.
Mientras que se trata de un agradecidísimo lavado de cara con la sordidez por bandera, da la espalda a gran parte del sentido de la locura que impregnaba la primera, haciendo de toda la historia algo más previsible y (¡ay!) "realista".

La historia ya nos la sabemos, repetida 'ad eternum' en los cánones del cine de terror, cinco amigos que se aíslan en una cabaña en medio del bosque, con la intención de curar a una de ellos de su drogadicción.
En cualquier otra película el motivo sería la pura fiesta, pero dar un aura de malrollismo porque al fin y al cabo estamos asistiendo al particular centro de rehabilitación de una chica le da un nuevo sabor a la misma historia sobada de siempre, insuflando desde el principio la tristeza en el ambiente y librándonos del amigo pesado fumado y la rubia buenorra putilla entre otros estereotipos.
Gran vuelta de tuerca respecto a toda su quinta que nos obliga a mirar la cinta como algo más visceral: parece que solo quedara un empujoncito para que esta reunión con caras de funeral se convierta en una experiencia aterradora.

Ese empujón viene por parte del libro maldito, aquí Naturan Demanto por problemas de derechos, que acaba por jorobar del todo la cosa.
Francamente, no podrían importar menos los típicos problemas de drogas de la chica y su trasfondo familiar-psicopático, pero introducir eso como excusa para que sus amigos se empeñen en no ver la oscuridad que les va rodeando me parece de genio.
Jane Levy dijo que fue el rodaje más duro de su vida, y no se puede dudar que sea así: la tía se deja la piel en una de las interpretaciones más macabras que se han visto, hasta para estar poseída hay que tener cierta vena, y esta chica la tiene.

Las posesiones, desmembramientos y carnaza se sucede sin cuento, y la principal baza es ver cual será la próxima brutalidad, bastante creativas y algunas incluso con cierta tensión por parte del espectador.
También conscientes de que el terror tampoco te lo puedes tomar muy en serio, hay algún detallito irónico entre la mugre de este cohete sanguinolento que no se detiene hasta el final.

PERO donde empiezan mis problemas es en su comparación con el original.
Allá donde en la anterior lo terrorífico parecía poder surgir de todas partes, hasta de una poseída cámara, aquí se reduce el grado de acción del libro: solo los chicuelos sufren de infestaciones del mal. Hasta la escena de la violación vegetal parece puesta solo por cumplir, y eso que semejante bosque neblinoso merecía ser explorado.
Luego está el hecho de que sí, mucho gore, pero al final lo único que han añadido a la original es más truculencia, y han extirpado lo que la hizo grande: su absoluta falta de complejos en la mezcla de géneros.

Aun así, y con todo, un buen remake que recupera las claves del original y por lo menos las sirve de modo distinto (se agradece el no intentar crear otro Ash).
Lástima que se quede lejos de él y al final solo sea un poco más de carne fresca. Sabrosa en el momento, pero que se pudrirá en un par de días.
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Persona
Persona (1966)
  • 8,2
    21.348
  • Suecia Ingmar Bergman
  • Liv Ullmann, Bibi Andersson, Margaretha Krook, Gunnar Björnstrand, ...
7
Hablar, Escuchar, Tirar, Empujar
Solo blanco y negro con dos personas hablando.
Esa podría ser la visión simplista de una película que, por lo demás, demasiado poco tiene de simple.

Su principal foco es el ser humano, su existencia, y su lucha contra la muerte a través de cuantos más placebos mejor. Palabras mayores, mayúsculas y a veces desestimadas.
Todo esto con dos mujeres hablando, y hablando, y hablando. Muchos me pueden decir sí, pero es Bibi Andersson, una pizpireta Andersson en viaje a sus tinieblas, la que habla, y Liv Ullman la que escucha sin decir palabra entre sonrisas locuaces. Pero es mentira, porque Ullman tambien habla, habla tanto como su compañera con esos ojos misteriosos, sus palabras no se dicen pero se escuchan.

¿Son dos partes de una misma persona? ¿Dos mitades escindidas de un mismo ser? ¿Dos personalidades hablando en ese limbo de blanco y negro saturado que puede ser la mente de otra? ¿O solo una paciente y su enfermera?
No quiero quedarme con ninguna de estas respuestas, y nadie debería hacerlo. La confusión entre ambas solo añade matices y diálogos de fuerza rompedora, en la que tan pronto una pasa a ser la fuerte como otra la débil.

De fondo, la gran cuestión: ¿como afrontar la vida?
Bergman no quiere establecer respuesta fija, y toca todos los palos confrontando una y otra vez ambas actrices, cada una con particular conciencia que las obliga a cuestionarse ellas mismas (espléndida y esclarecedora conversación con la directora del hospital).
Imágenes subliminales se suceden, y encuentros cada vez más velados e intensos también, tal es el ansia de sus personajes por comprender, por salir de su respectiva pérdida.
Una causada por la pérdida de identidad al tener que seguir convenciones sociales sin realmente desearlas, y otra porque se ha dado cuenta de que no puede asumir esas convenciones, por lo que decide morir en vida, convalecer y no molestar.
Cada una tiene la pieza que le falta a la otra y ninguna la puede compartir, tal es su terror a la nada (excepto... quizás... en madrugadas blancas en las que se encuentran como fantasmas).

Todo parece encajar y a la vez no, Bergman estira al máximo su realidad para construir otra.
Queda mucho símbolo sin cuadrar, no hay duda, pero el arrojo y la valentía desnudez blanquinegra de su tramo principal bien vale su recuerdo.
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Aquaman
Aquaman (2018)
  • 6,1
    10.090
  • Estados Unidos James Wan
  • Jason Momoa, Amber Heard, Patrick Wilson, Willem Dafoe, ...
7
Superpoderoso Serial Mañanero
Hay un par de momentos en que te das cuenta de que esta será diferente.
En una amplia mayoría de adaptaciones comiqueras, todavía existe cierta sutil pero firme resistencia a abrazar el aspecto más cómico de las mismas. Por lo que sea, hay miedo de trasladar trajes tal cual, optando por la opción de armadura o sustituto de similares colores, a la vez que los nombres originales se dicen bajito o se carga el muerto a titulares periodísticos.
Sin embargo, en esta película, Patrick Wilson se proclama Señor del Océano con una grandilocuencia digna de página doble, a la vez que Manta Negra luce sin complejos un cabeza-cubo de rayos fulminantes: las cosas claras, y el agua de mar nada espesa.

'Aquaman' se quita rápido sus complejos, y decide que la mejor manera de hacerlo es abrazarlos con ganas hasta que se conviertan en virtudes.
Es una historia tan enamorada de sus posibilidades de aventura, romance, acción o fantasía que estaría de más ponerle pegas, mucho menos pedirle absoluta integración de todas sus piezas.
Lo más difícil ya viene hecho: el reino de Atlantis existe en el territorio de la pura maravilla, lejos de solemnidad plomiza para hacerlo "creíble", y su director James Wan se ha dado cuenta de que la clave está en sorprender antes que aburrir, tratando de apoyarse en la pura potencia de sus actores y diseño. A partir de ahí, ya cada uno decide si nada o se ahoga (juarz, estoy a tope de metáforas).

Un ejemplo: el tierno romance de farero y sirena traída por la tormenta me llega porque Nicole Kidman, en modo todoterreno, se cree de pies a cabeza ser una reina guerrera capaz de zurrar un comando atlante, embutido este en armaduras casi alienígenas de inspiración Julio Verne.
De la misma manera, pese a su cansina insistencia en dejar claro lo machote que es bebiendo cerveza, Jason Momoa tiene algún genuino momento vulnerabilidad, o sorpresa ante la monumental puerta de entrada a Atlantis, y hace la clase de carismática pareja con la Mera de Amber Heard que no necesita de mucha pullita para seguirles por los siete mares.
Y de Orm, el SEÑOR DEL OCÉANO, o de Manta Negra qué decir, puros malvados de tebeo, dramáticos y vengativos como ellos solos, resistentes como la mala hierba, aportando la necesaria nota de megalomanía bien entendida ante demasiado supervillano con ambigüedad moral: si sus caras de morro torcido al ver a Arthur Curry no son fidelidad al cómic, qué lo es.

Lo mejor de 'Aquaman', junto a su estética de profundidades lumínicas que debe haber costado un pastizal, es su nula preocupación ante lanzarse de cabeza a por cualquier idea chiflada.
¿Quieres soldados bioluminiscentes vendiendo en alta mar sus armas a pirata tecnológico? ¿quieres combates a muerte en coliseo de magma oceánico? ¿te apetecería una persecución destructiva a través de las calles sicilianas? ¿tal vez un paseo por el reino perdido del Sahara? ¿quizás un descenso infernal a los abismos terroríficos de seres involucionados?
Todo es una hemorragia de escenarios, tonos y personajes, con la búsqueda del tridente dorado de fondo, hasta el punto de que tus sentidos están tan epatados que te cuesta no encontrarle un ramalazo de melancolía poligonera al "Africa" versionado por Pitbull. Tan ajustada va la cosa que Wan se tiene que buscar el hueco para meter un paréntesis "mira que juay es la superficie y su gente, Mera" con la sensibilidad de un tiburón armado, por si quedaban dudas de que esto es un serial de los años 30 con los medios que aquellos nunca tuvieron.

La realidad es que no había manera de triunfar sin bordear el terreno de la autoparodia, solo que James Wan, en vez de quedarse ahí, decide salir por el otro lado para demostrarte que el hombre pez se merece un hueco entre los héroes actuales.
Ya les gustaría a muchos, de cualquier palo y compañía, zambullirse con tanto respeto en su mitología que el clásico traje de escamas doradas pase a ser un épico momento de orgullo, donde lo menos trascendente es cómo luce, sino lo que representa.
Ahí ya no importa el peso de ninguna cultura popular: solo queda la fantasía ganando la partida al ridículo, como siempre sucede cuando se cree fervientemente en ella.

Es en ese momento donde descubro que esta no era la historia de un nadie convirtiéndose en rey, sino de un público al que hay que convencer de que todavía pueden existir civilizaciones escondidas, monstruos abisales y héroes o heroínas destinados a ganar guerras que parecían eternas.
Si sientes que has pasado un par de horas nadando por el fondo del mar, donde te esperaba una ciudad solo mencionada en las leyendas, puede ser que la imaginación no haya muerto.
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12 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
La colina de Watership (Miniserie de TV)
La colina de Watership (Miniserie de TV) (2018)
  • 6,7
    233
  • Irlanda Peter Dodd, Noam Murro
  • Animation
6
Inmortal Cuento de Páginas Muertas
Ay.

Me parece increíble, y a la vez catastrófico.
¿Qué supervisor de animación dijo que quedaba bien animar puros cadáveres de conejo para readaptar la novela de Richard Adams?
Porque no es solo un fallo menor, o que acaba por no importar: condiciona la historia hasta el punto de que las extraordinarias voces presentes acaban desconectadas de lo que se muestra, como un audio sincronizado a la fuerza.

'La Colina de Watership' no merecía esto.
Sobre todo porque, contra todo pronóstico, cuando se lo permiten muestra la fuerza de lo que relata: una madriguera abandonada sugiere toda su historia de tristeza pese a estar pobremente animada, y por un segundo me creo los rostros planos con odio y miedo de los conejos, por las palabras que los están acompañando.
Es un mal del que ninguno de los cuatro capítulos se recupera, y hasta el final está dando por saco, con lo bonito que habría sido animar todo con las sombras chinescas que hechizan el prólogo.

Aún así, la huida de Hazel, Bigwig, Fiver y otros tantos creyentes hacia un lugar seguro permanece sólida como alegoría política, trascendiendo la mera fábula para contar la historia de todo pueblo y sociedad.
Hace tiempo, el príncipe de los conejos El-ahrairah fue maldecido por el dios Frith a correr y ocultarse de los Emiles; los pájaros, zorros y perros que perseguirían continuamente su sangre, empezando así una forma de vida perpetuada madriguera tras madriguera.
Con esa carga mítica encima, y una visión apocalíptica de Fiver pesando sobre sus cabezas (lo único que aprovecha la rampante irrealidad de la composición tridimensional), el puñado de conejos rechazados por su grupo inicia un viaje de tintes bíblicos, el cual afrontan con un pie en la desesperación del acomodado y otro en la resignación de la presa desfavorecida.

El ideal de un hogar flota sobre las largas llanuras que atraviesan, a menudo nublando su juicio porque toda su existencia ha consistido en aprovechar la oportunidad para sobrevivir un día más, y no en resistir por algo que ni saben si existe.
Por eso, se quieren quedar en cada una de las madrigueras que encuentran, aunque suponga la primera alimentarse bajo una falsa noción de prosperidad, y la segunda adoptar la dictadura del general Woundwort, al mando del cual los conejos adoptan las formas depredadoras de los Emiles que tanto temen.
Poco a poco, zarpazo a zarpazo, milla tras milla, Hazel y Bigwig se dan cuenta de que las leyendas de El-ahrairah han sido desplazadas del nuevo bravo mundo, porque los recursos son vitales para todo animal, y estos harán lo que sea por conseguirlos, aunque deban degollar su propia especie.

Solo en breves momentos la Coneja Negra deja notar su aliento, restableciendo el único aspecto de mitología presente en el avance de las civilizaciones: la Muerte hermana a todo el mundo, llamando en cada herida para recorrer sus infinitas llanuras.
Hazel y compañía no tienen más remedio que alejarse de ella, corriendo y saltando, evitando el punto de mira humano, por el camino descubriendo que las hazañas inmortales se construyen en el sacrificio de hacer lo correcto, aunque ardan las entrañas de soportar lo cruel.

El castillo de naipes conceptual es gigantesco y ambicioso, pues estos conejos sufren más que aman, y su esperanza no se cristaliza hasta mucho después de ser conquistada.
Pero con un soplido de expresiones muertas Netflix y BBC han sepultado todo lo ambicioso de la odisea.
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Titanes (Serie de TV)
Titanes (Serie de TV) (2018)
  • 6,8
    1.595
  • Estados Unidos Greg Berlanti (Creator), Akiva Goldsman (Creator), ...
  • Brenton Thwaites, Teagan Croft, Anna Diop, Ryan Potter, ...
7
Alianza en un DCverso Fracturado
Una característica de los "compinches de superhéroe" es que es muy difícil verlos como algo más que el anexo de estos.
Robin le asociamos a Batman, y verlo por su cuenta siempre le va a dar un aire de desamparo o insuficiencia, comparado con otros que han sabido ganarse su propio nombre.

'Titanes' se apoya en esa primera piedra para contar la historia de una emancipación emocional, y por el camino reune otros tantos posibles "compinches" que nunca parecen gran cosa al verles por separado.
Es una serie que juega con iconicidad previa, asumiendo que conocemos de oídas o a nivel superficial todo personaje presente y, sea o no el caso, lo cierto es que funciona: nada me mete más en la historia que percibir la presencia de otros justicieros, ante quienes no parecen tener tanta validez los futuros Titanes.
Este universo ya se nota con bastante recorrido, parece que de él no puede surgir nada nuevo, y la moralidad no puede ser más difusa cada vez que alguien elige una máscara de herramienta para saltársela.

En esa situación, el "fuck Batman" de Robin frente a criminales que esperan al murciélago no es solo un indignado comentario cuestionando su valía, sino también un grito de rabia contra la imposibilidad de cambiar el panorama.
Si hubiera otra alternativa a la imponente sombra que ha dominado su vida él no estaría atravesando las calles a puñetazo duro, y es precisamente la problemática adolescente Raven la que le recuerda que todavía hay superpoderosos asustados necesitados de un guía todavía por llegar (o pendiente de aclararse su propia identidad).
Gente a la que no basta encerrar en una instalación secreta o atar al amparo de mayores consumidos por sus venganzas, sino que pueden ir más allá de ese ciclo de violencia por el cual se han criado.

Starfire, Raven, Chico Bestia y por supuesto Robin cargan con una importante mochila de expectativas no cumplidas, aplastados por la impresión de que existen para ellas, y es solo cuando empiezan a cruzarse que descubren la misión de cuidarse mutuamente: no por nada gran parte de esta primera temporada está compuesta de abandonos silenciosos bajo la oscuridad de la madrugada, hasta que alguien tiene la valentía de plantarse, y quedarse donde le necesitan, aunque duela.
Inconscientemente, Starfire y Robin sobre todo, con eso estaban haciendo lo que de niños les enseñaron, concibiendo a los demás como un medio para un fin que siempre les encuentra solitarios. Chico Bestia y Raven nunca se han enfrentado a esa situación, por juventud, pero en ambos existen naturalezas latentes e implacables, animales y demoníacas respectivamente, que se descontrolarían si nadie se queda para demostrarles que valen.
Es una aproximación que se desliga de la ligereza adolescente del cómic (quizá por eso el título prescinde del "Teen") pero que no impide sentir este mundo comiquero, donde una pareja se viste de palomos para partir piernas, y un deportista de élite comanda un grupo de raros desde un cuerpo robótico de expresión severa. Lo mejor es que aparecen, dejan su huella y se van, sin quitar foco a los Titanes ni dando la impresión de que no tengan toda una vida detrás: eso es buena construcción de universo, donde no necesitamos trescientas historias de origen para preocuparnos por ellos.

Incluso tirando para la recta final, el foco vuelve a estar sobre Robin/Dick Grayson, eterno compinche en la cultura popular, recalibrando su papel en el mundo y decidiendo si quería hacerse mayor para ser Batman, o por el contrario elegirá "matar al padre" metafóricamente, para ser el líder que necesitan estos nacientes Titanes.
Hay más en esa encrucijada de lo que parece, pues en realidad apunta a si el heroísmo puede sostenerse por medio de venganza, y apoyarse en la rabia de los que piensan "nunca nadie hace nada", o se puede aspirar a una justicia que salve de verdad a quienes nos preocupan.

Por lo pronto, dejar de huir ya es un paso "titánico" para todos en el grupo.
Y han agitado su entorno lo suficiente para demostrar que no son sobras de superhéroe, sino algo nuevo y diferente.
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2 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Navidades negras
Navidades negras (1974)
  • 6,2
    1.205
  • Canadá Bob Clark
  • Olivia Hussey, Keir Dullea, Margot Kidder, John Saxon, ...
8
Hay Alguien en la Casa
Más de una vez me ha dado por observar, alguna velada, las luces de Navidad.
Las cuelga siempre el vecino, pero su fulgor alterno queda algo siniestro cuando es noche cerrada, dando animosidad a una fachada carente de vida.

'Navidades Negras' me evoca la misma inquietud.
En la residencia de chicas en la que tiene lugar nunca parece haber el sentimiento hogareño que se asocia a las festividades, y en su lugar justo al principio somos los ojos de un testigo invisible, observando tras las ventanas, como un reverso tenebroso del Papá Noel que se supone hemos "autorizado" a entrar inadvertidamente en nuestras casas.
Da miedo ya solo pensar en esa idea, pero el ánimo de las inquilinas no acompaña, al ser perturbadas por una lasciva llamada telefónica y la consiguiente respuesta furiosa de Bárbara, la más dura de todas ellas, que se acaba de quedar sin plan navideño por su madre egoísta: en cierto sentido, todas ellas sienten que está mal plantar cara a lo establecido, y preferirían haberse quedado calladas mientras la voz del auricular no las pudiera tocar.

Ese demente instalado en el ignorado ático, y el bebé en camino que tiene Jess, aparecen entonces con un malévolo sentido de la oportunidad, como dos elementos disonantes que van creciendo progresivamente en presencia, mientras las chicas intentan imponer una normalidad ya fracturada.
Es terrorífico cómo aulla el viento fuera, siendo alegoría de la intranquilidad generalizada, y la banda sonora acompaña al sentirse como repentino golpe frío en la espalda.
Da igual la investigación policial, ni siquiera importa el poder localizar las llamadas, porque se confunde tanto cualquier evidencia que acabamos especulando sobre pura nada, la cual se antoja voraz y negra como boca del lobo.

La violencia a punto de explotar, sin embargo, no deja de flotar en el ambiente, violencia muy masculinamente asociada, causada por novios celosos, vecinos rencorosos e insidiosos vigilantes de vecindario, cercando el indefenso ecosistema de Jess y sus amigas. 
Espacios vacíos, de esos que son cementerios de recuerdos, los acabamos llenando de esa sensación violenta por nunca conocerlos, y los chirridos de la trampilla superior actúan de perfecta sugestión para el oído atento: al final, el segundo piso es casi territorio desconocido, inabarcable y prohibido, sumido en una capa de silencio donde la muerte resuena mil veces más fuerte.
Los villancicos angelicales no han logrado imponerse a la desesperación provocada por esa mano ejecutora sin rostro aparente, que para más mofa macabra de la festividad rompe en estatuillas de cristal la poca inocencia que les podría quedar a estas mujeres-niña, siempre esperando o recibiendo órdenes de hombres que ahora van a llegar demasiado tarde para ayudarlas.

Donde podría regodearse grandilocuente, esta película elige quedarse sentada en la oscuridad, masticando paciente los nervios de quien se atreva a verla.
Solo así queda patente el profundo terror que encierra una casa dispuesta a visitantes de Nochebuena, donde no sabemos para quién brillan las luces intermitentes de la ventana, ni si el tic-tac del reloj apuñala la densa quietud de la madrugada.
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El regreso de Mary Poppins
El regreso de Mary Poppins (2018)
  • 6,0
    3.859
  • Estados Unidos Rob Marshall
  • Emily Blunt, Lin-Manuel Miranda, Ben Whishaw, Emily Mortimer, ...
8
Qué Feliz estoy de Verte, Mary
Un momento dentro, y ya hemos vuelto a ese Londres encantado, donde el farolero Jack nos da la bienvenida a bordo de su bicicleta, cantando a un cielo nublado al que no dejan ser plomizo.
Me siento como si estuviera entrando en un cuadro de vivos colores, de esos que exhibía Bert en la acera, solo que esta vez no son portales hacia animales parlantes.
En esta ocasión, todo londinense en la ciudad participa de esa vibración contagiosa, de ese sentir olvidado años atrás, por el cual todos estamos a punto de entonar la siguiente estrofa, y arrancarnos a bailar con las farolas como único foco principal.

'El Regreso de Mary Poppins' es, como ya lo fuera su predecesora, un poderoso antídoto contra tiempos deprimentes, pero no estoy seguro de si mucha gente apreciará lo especial que es su mayor cualidad.
Está plagada de pura alegría, sin cinismo ni falsedad, llevada al extremo maravilloso en que deja de ser impostada, y se convierte en un filtro que transforma para mejor cualquier aspecto del día. Si existiera algún problema en eso, dijo Mary que con un poco de azúcar tragaremos la píldora que nos dan, pero yo más bien creo que con una Emily Blunt y un Lin-Manuel Miranda en la cumbre de su talento puedes despreocuparte de que no logres atravesar la pantalla.
También hay latidos del original aquí y allá, frases o imágenes que se desperdigan entre ambas, y nada será capaz de sustituir a Julie Andrews o Dick Van Dyke, pero el espíritu de diversión sigue ahí, tan fresco como si no hubieran pasado las décadas.

Los hijos de los Banks están en problemas... otra vez: por si hacía falta recordarlo, esto no va para los niños que ya chorrean imaginación, sino para los adultos vencidos por la apatía.
Por eso, en un cambio de viento, Mary Poppins desciende al suelo para cambiar una vez más la forma de ver nuestras cosas, y demostrarnos que el único obstáculo a superar es nuestra manía de reducir las cosas al absurdo, como si un baño tuviera que servir solo para limpiarse, y no para viajar a un fondo submarino de barcos con tesoro o delfines saltarines.
Con la sombra del desahucio sobre su hogar familiar, ausente la madre que les debería enseñar y abrumado el padre que ha preservado el bigote y preocupaciones del abuelo, Anabel, John y Georgie Banks aprenden a comportarse gracias a la prácticamente perfecta Mary, pero ella misma tiene muy claro que tampoco está reñida la compostura con un poco de sana tontería.

Precisamente, uno de los muchos dulces detalles que atesora esta secuela son las caras de visible emoción que muestra ¿Mary o Emily? cada vez que los niños no pueden verla: al principio podrá parecer que la inagotable institutriz está más hueso que de costumbre, pero es simplemente porque las normas establecidas dejan de ser ataduras cuando se dicen mediante guantes de lunares, sombrero rojo y paragüas parlante a juego. O en otras palabras, la desgracia es pequeña si en vez de enredarnos en su cadena podemos saltar a la comba con ella.
Es tal vez a mitad de camino, pasados los bailes en el cabaret de la ensaladera, o visto que el mundo panza arriba puede ser oportunidad para lo que se quiera, que te das cuenta de que esto no iba por los niños, pero tampoco por el Sr. Michael Banks.
No, esto va para el público infantil que Mary Poppins cuidó allá en su momento, que recuerda con nostalgia cómo nos velaba a la hora de dormir, y hasta que vemos esta secuela no nos damos cuenta de cuántas pocas cosas han habido que se le parezcan.

Desde luego, los niños están invitados a bailar bajo esta luz junto a nosotros, pero ellos ya la tenían, y espero que sigan conservándola gracias a propuestas como esta.
Yo, por mi parte, echaba de menos perderme en el parque e iluminar la noche con los faroleros.
Sí, siempre quise apagar el Big Ben, para ver si podíamos vivir por una noche sin contar los minutos, aunque hasta ahora no lo sabía.
Y voy a coger un globo, porque me apetece, y es el mayor acto de rebeldía ante miradas que me juzgan poco niño.

Sí, es probable que sean los mismos golpes, las mismas canciones o las mismas gracias, un poco disfrazadas.
Pero una mirada inesperadamente melancólica de Mary Poppins basta para recordarme que esto es un ciclo, y al igual que ella volverá al cielo, habrá tiempos en los que necesite un poco de esto, mucho.

Mi niño interior dejó dos peniques para las migas de pan, a inversión imaginada, y el adulto que soy se ha encontrado un tesoro escondido.
Es fantástico albergar diversiones que nunca tienen que cobrarse.
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2 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Spider-Man: Un nuevo universo
Spider-Man: Un nuevo universo (2018)
  • 7,8
    10.385
  • Estados Unidos Bob Persichetti, Peter Ramsey, ...
  • Animation
8
Ya Llevábamos la Máscara
Yo también quise ser Peter Parker cuando era crío: quería lanzar las telarañas, enredarme en un intrincado sentido de la responsabilidad y zurrarme con villanos a tiempo parcial mientras ocultaba mi identidad secreta de familia y amigos.
Con el tiempo, leyendo bien las líneas maestras de Stan Lee y Steve Ditko, me di cuenta de que ya era Peter Parker, pero la presencia mediática de esos sueños infantiles (mal entendidos) me seguía robando la idea de que veía un tipo cualquiera, y en su lugar había un espectacular, archifamoso superhéroe.
Faltaba una piedra clave en este legado, una que lo desbloqueara para una época más autoconsciente, y nos librara de la larga sombra proyectada por (ahora sí) el perfecto, triunfador Peter Parker.

Por eso 'Spiderman: Un Nuevo Universo' se centra en el joven Miles Morales, creciendo en el Manhattan exitosamente defendido de un Spiderman adulto.
Necesitábamos, los fans y los que no lo son tanto, volver al momento complicado en que las responsabilidades aprietan más rápido de lo que podemos resolverlas, y constantemente televisión o literatura nos recuerdan que demasiada gente lo ha conseguido mucho antes que nosotros (no por casualidad está omnipresente ese tomo de "Grandes Esperanzas"...).
Miles es el chico que todos fuimos, o en cierta manera seguimos siendo, que no va a ser ya el primero en lucir poderes arácnidos, sino que viene a ser otro más en la imagen completa, y debe encontrar su lugar dentro de eso. A fin de cuentas, ya ni los superhéroes provocan la misma admiración ciega solo por presentarse.

Visto así, el traje pijamero de tienda de disfraces que se calza (si has sido fan, tenías uno igual) es de lo más adecuado para formar equipo junto a un maduro Peter Parker de barriga incipiente y vida disoluta, lejísimos de ser el héroe que pensábamos.
En un punto de vista puramente simbólico, ambos están intentando ponerse a la altura de su propia leyenda, mientras Nueva York se desmorona en parches de dibujos animados, tal vez como alegoría de un equilibrio en la imaginación colectiva comiquera que ha sido claramente alterado.
La historia les pertenece a ellos por ser las piezas más díscolas de la familia arácnida, pero ello no impide disfrutar de la interesantísima Spider-Gwen, de un Spiderman Noir tan duro como su trazo a blanco y negro, o de una Peni Parker y un Spider-Ham que acercan las peleas a un delirio anime de tortazos dibus a lo Hanna-Barbera: más que comparsas, iconos en cada una de sus dimensiones, y pruebas de que un concepto se puede estirar en todas direcciones si es lo suficientemente asombroso.

En la colisión de mundos están los detalles curiosos de sus respectivos pasados (a veces, Peter Parker era el villano), las ideas directamente brillantes como hacer que Tía May pueda solidarizarse con diferentes versiones de su sobrino favorito, o las sorpresas genuinas de Kingpin, Duende Verde, Merodeador y cía, mutados en mecánicas y variadas formas para seguir haciendo la vida imposible al trepamuros.
Afortunadamente el torbellino de animación pop con textura de cómic nunca se olvida de que su corazón estaba con Miles en primer lugar, y en uno de los mejores momentos le pregunta: ¿eres capaz, sabes lanzar la telaraña, poner en riesgo tu vida y, en última instancia, compartir esa pérdida (vital o familiar) que asola a todos los que llevan la araña?
Miles puede que no sepa, porque solo es un niño. Pero Peter Parker tampoco sabía, hasta que empezó a ponerse el traje día tras día.

Aplaudo, porque he vuelto a la infancia en espíritu de Miles o Gwen, desde la mirada de un Peter viejuno con barriga.
En realidad nunca debí haber querido ser Peter Parker.
Porque ya era Spiderman, y bajo la máscara hemos cabido todos los que sabíamos que iba a salvar el día.

Un gran poder sigue conllevando una gran responsabilidad, eso no se olvida.
Pero nuestro error fue pensar que eran palabras míticas grabadas en piedra olvidada, y no una fórmula con la que cualquiera puede convertirse en su propio superhéroe.
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49 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
La casa de Jack
La casa de Jack (2018)
  • 6,7
    3.751
  • Dinamarca Lars von Trier
  • Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keough, ...
8
Artista que por el Infierno Vas
El arte es un crimen, dijo alguien.
No existe eso de arte "apto para todas las edades" o políticamente correcto, porque está más allá de esos condicionantes.
Existe tal como es, se aprecia plenamente, o como buenamente se pueda, y luego ya se vomitará en algún medio digital que su responsable es un enfermo mental. Así se duerme tranquilo, pensando que los temas realmente jodidos no nos pueden tocar.

'La Casa de Jack' es una meditación al respecto, pero también un desenmascaramiento intencional por parte de Lars Von Trier.
Él, como su protagonista Jack, también se ha pasado la vida de incidente a incidente (en Cannes), profundamente metódico y perfeccionista, simplemente para mostrar esos lugares oscuros que nadie se atreve a transitar. No es una misión divina, no es ni siquiera una manera de mostrar una verdad suprema, simplemente es un punto de vista como otro cualquiera.
Porque es estupendo recrearse en los romances o dramas que gustarán a otros, pero también es sibilinamente cómico observar cómo una autoestopista con mirada cómplice de Uma Thurman puede dar tanta chapa sobre asesinos seriales, sin darse cuenta de que tiene uno delante a punto de abrirle su resabidilla cabeza.

Jack, al abrigo de la oscuridad, en un descenso al abismo que no vemos, desgrana su vida y no se disculpa por nada de lo que vamos viendo.
No tendría sentido, no hay una infancia traumática ni un comportamiento represivo, sino genuina curiosidad por el daño que puede soportar un cuerpo humano, la misma que tantos dictadores y monstruos ejemplares de la Historia han explorado: es un modo de vida, una lente a partir de la cual verlo todo, porque donde otros queremos la fotografía él se queda con el negativo de luces oscuras.
Durante el autorretrato dividido en varios incidentes, su confesor Verge le repite que ya se lo han contado de todo color y pelaje, que no hay ninguna obsesión que le pueda sorprender o ninguna justificación que se pueda aceptar, pero Jack, como todos, se empeña en que bajo su luz oscura el mundo realmente se aprecia diferente. Bonito paralelismo Von Trier así nos cuela hacia si mismo, esgrimiendo su habitual no saber hacer arte de otra manera y auto-homenajeando los aires de grandeza presentes en toda su filmografía.

Jack tiene razón, pese a que al principio te puedas resistir a verlo, o simplemente te rías con su perfeccionismo compulsivo (Von Trier tampoco es tonto, y sabe que hasta el más iluminado tiene patéticas fallas con gracioso resultado).
Es cierto, nunca se me habría ocurrido pensar en la matemática animal de una presa salvaguardando a sus crías, perfectamente aplicable a una mujer con hijos a la que le dicen que tiene bala ya reservada, haciéndonos evidentes como seres de costumbres genéticas. Tampoco imaginaba que fuimos tan retorcidos como para plantar sirenas innecesarias en aviones que desmoralizaban al enemigo, o que las balas de chaqueta metálica fueron desarrolladas en un alarde de inquina para ahorrar munición a cada matanza.
Aunque probablemente el detalle más cruel, el que inclina nuestro favor hacia la híper-cordura de Jack si no lo hemos hecho ya, es verle gritar junto a su víctima que hay un asesino en el edificio, solo para recibir el más aplastante silencio: a una gran mayoría de gente, en el fondo, se la sudan los demás y no se ensuciarían las manos si lo pueden evitar.

Algo muy parecido sucede siendo público de esta película, habiendo llegado tan lejos, y comprobando que pasados los minutos te conviertes en una especie de voyeur glorificado, progresivamente más desconectado de las atrocidades para soportar verlas, aunque con el suficiente interés en seguir viendo cuál será la siguiente.
Aquel policía incrédulo, aquel mecánico ausente, no hacen nada a la más leve sospecha porque gustan de ver como nosotros, no de meterse en problemas al ayudar: eso sería casi aceptar que visiones del mundo como la de Jack existen, y queremos blindarnos de ellas todo lo posible.
Y cuanto más miramos, más comprendemos su preocupación por dejar sin limpiar la más pequeñita manchita de sangre, o le compadecemos por las chapuzas amontonando cuerpos en su cámara frigorífica, esperando que supere cualquier obstáculo en su camino. Será proscrito, será brutal, será perverso... pero a su retorcida manera es un artista, que no puede dejar de crear a su paso, construyendo una casa cárnica en hueso que le representa mucho más que cualquier conjunto normalizado de madera y teja.

Habrá gente horrorizada al observar semejante cuerpo de trabajo, y está bien. Pero también habrá otra gente que sienta lo repulsivo, lo sobrecogedor y el sufrimiento, y sea capaz de ver cómo forma parte definitoria de este mundo.
Como Jack, Lars Von Trier también trabaja para que no nos olvidemos de que el infierno está presente, entretejido en las vísceras de todo lo que es bueno y divino.

El descenso a los infiernos que se muestra parecería entonces una redundancia, pero es necesario como reflexión silenciosa sobre lo que dejamos atrás, sobre lo que nos espera y sobre lo que nos hemos negado al avanzar, recordando lo humilde que es el recorrido de Jack, y por extensión el del adorado, multipremiado director Lars Von Trier.
Hay un ingeniero en cada uno de nosotros, asumiendo las órdenes de nuestro propio arquitecto. Siempre nos saldrá una casa distinta, pero casa a fin de cuentas: puerta de nuestro infierno particular, y maltrecho legado a todo lo que quisimos lograr.
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17 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mortal Engines
Mortal Engines (2018)
  • 4,9
    3.078
  • Nueva Zelanda Christian Rivers
  • Hugo Weaving, Hera Hilmar, Robert Sheehan, Jihae, ...
6
Todos Mecanizados
Al principio, poco sabemos más allá de que estar en la gran llanura entraña peligro.
Entonces aparece Londres, todo rueda oruga y estructura colosal, amenazando con asimilar "navíos" más pequeños, indefensos ante su sola visión, y entendemos la dinámica de cacería por la cual en este futuro la élite acaba comiéndose a los débiles, literalmente.
Es un capitalismo retorcido, retratado con poderío y urgencia, que te mete en la acción tanto como si tú fueras presa de ese mastodonte cubre-horizontes.

'Mortal Engines', desafortunadamente, nunca vuelve a ponerse a la altura de sus propias circunstancias.
Hester Shaw es una protagonista desfigurada, vengativa y desesperada, mientras que su repentino compañero Tom Natsworthy, habitante de Londres, necesita un par de golpes de realidad de la llanura para darse cuenta del catastrófico equilibrio que ha ignorado hasta ahora. Igualmente Thaddeus Valentine, enemigo a batir, cuenta con la tranquila malicia de Hugo Weaving para que nos demos cuenta de cómo cualquier líder ha llegado donde está sobre mentiras, en tiempos de necesidad.
Pero esos mimbres no importan, se quedan tristemente pequeños en los escenarios que habitan, porque al director Christian Rivers y colaboradores les interesa más el "extraordinario" mundo que han creado: trituradoras gigantescas de barrios enteros, bases aéreas puenteadas entre globos clandestinos y yermos surcados por marcas de llanta kilométrica.

Extraordinario, desde luego, pero cada vez más rutinario a medida que avanza la partida: no dejan de ser cuadros en los que tópicos andantes se apresuran a "no-se-dónde" para averiguar "no-se-qué", mientras el fin de la civilización se acerca (gran novedad).
Particularmente irónico acaba siendo que el único depositario de humanidad sea el elemento más ajeno a ella: Hester fue criada por una especie de humanoide robótico llamado Shrike apenas vivo (y apenas explicado también) que la ofrece una transfusión de ser a metal frío como la suya, para olvidar el trauma de su cara cruzada a cicatrices.
Se trata de una subtrama tan ajena a todo lo que se cuenta, tan salida de la nada, tan loca dentro de conceptos reciclados, que se gana mi simpatía simplemente por afirmar que incluso en el más artificial de los corazones puede sobrevivir un amor paternal reminisciente del viejo mundo.

Nada deja más huella que eso, pero era difícil hacerlo cuando cada cinco minutos se presenta un nuevo personaje nunca antes mencionado, y cada diez asoma un nuevo lugar que pretende aturdirte a planos aéreos de maravilla estéril.
Este postapocalipsis merecía más, ni que fuera porque la mirada de Hester Shaw parecía capaz de desafíar toda esa montaña civilizada de creencias y políticas caducas, desplazándose a velocidad absurda.

Había una curiosa pregunta de fondo aquí, intentando saber si somos tan desesperados como especie para cargar una mochila de emblemas y monumentos, justificando nuestra supremacía depredadora frente a otros.
Pero, al final, eso se desvanece, y todo queda en meras máquinas mortales a detener cuanto antes.
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9 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Maniac (Miniserie de TV)
Maniac (Miniserie de TV) (2018)
  • 6,5
    5.085
  • Estados Unidos Cary Joji Fukunaga
  • Emma Stone, Jonah Hill, Justin Theroux, Gabriel Byrne, ...
7
No quiero Fingir que Esto no ha Pasado
Los recovecos de la mente inconsciente, otra vez ese eterno misterio.
Esta sociedad puta y deshumanizada, apoyando al que celebra su enfermedad y deseosa de ocultar al que la sufre en silencio.
El clásico “chica conoce a chico” cimentando nuestras fantasías, las cuales nos dicen: algún día, esto tendrá que sucedernos.
La última tecnología disponible como bálsamo, placebo y consuelo de traumas afilados, a los que nunca se podrá hacer manual de instrucciones para superarlos.

‘Maniac’ llega más profundo que la suma de sus elementos, y tal vez sea porque elige hermanarse desde un principio con la mirada de sus complejos protagonistas.
Annie Landsberg y Owen Milgrim son dos personas heridas, sin apoyos estables y con claras tendencias autodestructivas, pero con una cualidad especial: ante la imposibilidad de lidiar con sus respectivos entornos familiares, en su cabeza se ven como los héroes de su propia historia, él como importante agente en peligrosa misión secreta, y ella como la autosuficiente tía dura que no le importa tener a su padre en un cajón de soporte vital.
En esa ciudad en perpetuo estado de hiperrealidad (con anuncios invasivos, de caras que te quieren, forrando cada fachada) lo difícil sería no formarse una fantasía sobre lo que es “ser normal” para escaparse de una triste existencia, y por eso un buen puñado de sujetos, junto a Owen y Annie, se presentan voluntarios para el tratamiento de la compañía Neberdine llevado por el doctor James K. Mantleray, el cual propone resolver cualquier trauma a base de píldoras monitoreadas por el superordenador GRTA.

Una vez allí, Owen ve claro que Annie es el objetivo de su misión, pues su cara repetida en anuncios holográficos, su coincidencia en el tiempo y lugar, esos recortables que le pondrían a él a su lado en el perfecto hogar, no dejan lugar a dudas: tiene que ser ella esa persona, la que daría sentido a sus ilusiones, la que va a curar todo lo que ninguna píldora podría. Aquella que por fin le desplazará de ese complicado lugar que es ser el quinto hijo en la comida familiar, encima esquizofrénico diagnosticado.
Pero la vida real la impone Annie sin avisar, negándose a entrar en su juego paranoico, resuelta a sumergirse en miedos que creyó dejar dentro de un coche destrozado al fondo del barranco, en un recuerdo desde donde todavía puede oír a su hermana Ellie diciéndole que nunca la dejará. Algo que forzosamente tenía que ignorar, hasta el punto de la enfermedad, porque la culpa era imposible de sobrellevar.
En esencia, las fantasías que viven piden a Owen que acepte su posible heroicidad, mientras Annie debe abrazar la única vulnerabilidad que se ha querido negar. Partes escondidas de si mismos, que salen a la luz en ese espacio multicromático del ordenador, tras haber estado reprimidas por una sociedad que les pedía encajar y ser gángster, halcón o elfa solo en su intimidad.

Y curiosamente, no se les ve más vivos, más seguros en sus mutuas capacidades, que cuando se encuentran en esos espacios oníricos donde sus dificultades nunca son un padre autoritario o una hermana ausente, sino recuperar el capítulo perdido de Don Quijote o llegar al lago mágico que cura todo mal estado.
Fantasías bien dirigidas pueden sanar nuestra realidad, y controladas solo conducen a un hastío que envenena vidas enteras: así sucede cuando, siendo separados por GRTA, Owen construye toda una relación idílica con otra chica de sus sueños, pasando matrimonio e hijos, solo para darse cuenta de que Annie sigue hablando en su recuerdo. Un momento surrealista, triste y cómico, que en la vida real sería duro y en el tratamiento solo evidencia lo mucho que podemos perdernos en sentimientos vacíos.
A medida que el vínculo de Annie y Owen supera hasta las fantasías en pareja más exigentes, el superordenador se infecta de sentimientos, amenazando con invalidar todos los sujetos porque el doctor Mantleray no la quiere como debería hacerlo. No es una maldad sentiente descubierta por la inteligencia artificial, sino la prueba de que absolutamente ningún proceso sobrevive a la falta de alguien al lado, susurrando o gritando que todo irá bien cuando en tu cabeza nada parece estarlo.

No se trataba de desbloquear el trauma, tampoco de hundirlo como si nunca hubiera existido.
Era aceptar, por fin, que eso que tambalea nuestra estabilidad mental está ahí.
Puede ser un prejuicio diagnosticado, un abandono traumáticamente cancelado… o una persona que ha ido derribando todas las paredes que nos construimos para estar a salvo.

Cuesta aceptar todo lo malo que nos pasa, una barbaridad.
Pero esta serie se pregunta por qué nos cuesta tanto, o más, aceptar lo bueno: supongo que a menudo van tan seguidos, son tan consecuencia uno del otro, que es complicado distinguirlos.
Es posible que con la persona adecuada te acabes dando cuenta de cuándo toca cada uno.
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0 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Bumblebee
Bumblebee (2018)
  • 6,0
    2.031
  • Estados Unidos Travis Knight
  • Hailee Steinfeld, John Cena, Pamela Adlon, Stephen Schneider, ...
6
Un Robot Franquiciado camuflado bajo Encantador Escarabajo
“La salvación de Transformers”, la han llamado.
Y bueno, salvación sería si hubiera llegado hace dos películas como prueba de que hay otros caminos expresivos para la saga, más próximos a la esencia ochentera de la serie televisiva (diseños incluidos) que al entretenimiento descerebrado asociado a la franquicia actual.
Ahora, más bien queda como simpático recordatorio de que alguna vez lo pasamos bien entre robots transformables, pero toca que el último apague la luz.

‘Bumblebee’, creo, tiene un concepto erróneo de si misma, porque bucea demasiado tiempo en tópicos como para que su relación chica-robot pase de lo superficial.
Aunque sí, es maravilloso preocuparse, por primera vez, de que haya un genuino centro emocional en el argumento, y en cierta medida todo pase por en medio de dos seres que, cada uno a su modo, han perdido una guía vital, sintiéndose desplazados en un planeta que no les comprende.
También, es fantástico que Charlie sea la primera protagonista tridimensional en una tradición de hombres muy machotes salvando a damiselas hipersexualizadas, a la cual una foto de padre e hija pesa como una losa de tiempos más felices que parece no volverán.
Y sienta muy, muy bien alejarse de la destrucción en grandes ciudades, y enfocarse en una población rural de esas donde el tiempo y la adolescencia se han detenido.

Bumblebee llega allá huyendo de la guerra civil en Cybertron, y lo primero que recibe son disparos muy parecidos a los que le dedicaban los Decepticon, trazando un punzante paralelismo en que no importa tanto la especie, porque en todas partes de la galaxia hay una batalla en curso (si bien los humanos somos los que la practicamos por diversión).
Por una serie de avatares, acabará siendo el amarillo Escarabajo de Charlie en su cumpleaños, y ambos dos encontrarán consuelo de su soledad mientras el cerco sobre el Transformer se estrecha, y otros tantos robots malos vienen dispuestos a jorobarle el refugio. La nota realmente curiosa la tendrá que poner un ejército norteamericano presto a colaborar con los Decepticon, porque no vaya a ser que se pasen al bando ruso.
Justo ahí empiezan los problemas para la cinta, preocupada por ripear el sabor de los 80 en infinitas canciones y constantes referencias, repitiendo clásicas situaciones de extraterrestre marginado, y pasándose por la bujía cualquier coherencia interna con tal de resultar majeta: ¿a cuento de qué Bumblebee a veces se comporta como niño asustado y otras como guerrero vengador, según convenga animar risas o excitar adrenalina, con escenas enteramente dedicadas a su supuestamente entrañable torpeza?

Pues fácil, porque mola saquear un subgénero y estamparle una marca reconocida, a ver si suena la flauta de la taquilla.
No es que se cargue nada, pero a veces molesta invocar una ternura que simplemente no está ahí, y es más construcción artificial que verdadero elemento de guión: los personajes y su entorno son tópicos de tópicos de tópicos, rara vez yendo un poco más allá de lo que todos estamos esperando que hagan.
Con todo, con sus aciertos tontainas y sus floridos errores, este desvío de la épica principal entre buenos y malos metálicos comprueba de nuevo el archiconocido menos es más, y deja abierta la pregunta de si no merecía la pena centrarse en un corazón de hojalata desde el principio, para que la acción espectacular fuera bien acompañada.

Llegando tarde a su propia fiesta, esta recuperación se siente maniobra de marketing, y mucho menos la fresca historia juvenil de atardeceres aventureros y ojitos azules que quiere ser.
Bee, huye de vuelta a Cybertron, que los humanos después de la primera caricia van a querer ordeñarte a ti y a todos tus compañeros.
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2 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
El hombre que pudo reinar
El hombre que pudo reinar (1975)
  • 7,9
    26.997
  • Estados Unidos John Huston
  • Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer, Saeed Jaffrey, ...
8
¿A Dónde nos Llevarán estos Caminos, Amigo?
Esta no era una historia de épicas hazañas.
Al menos, eso no es lo que pretende el vagabundo harapiento que llega al estudio del escritor Rudyard Kipling, pidiendo por caridad algo de beber, porque no hay momento en que disfrace los hechos por lo que nunca fueron.
Pero el pasado inevitablemente se antoja dorado, cuando se compara con un austero presente.

‘El Hombre que Pudo Reinar’ quizá no sucedió.
Puede que la increíble travesía de Daniel Dravot y Peachy Carnehan hasta encontrar un reino en el Kafiristán fuera otra de sus bromas privadas, dicha con tal convicción que se convirtió en verdad. Kipling no puede asegurarlo, aunque es la única parte de su historia que presenció.
No importa en realidad, porque mientras dura la narración del vagabundo viajamos lejos, a territorios inexplorados y gentes imposibles, evocando una idea del mundo como maravilla inagotable que creíamos haber perdido. Una que a Kipling le decían viejos colonizadores ingleses que ya no existía, cansados como están de haberlo visto todo, haberlo conquistado todo. Una solo reservada a los valientes que no cuentan el límite del mapa.

Las vivencias de Peachy y Daniel no se concentran en las aldeas o asentamientos a los que llegan, sino en las rutas donde andan incansablemente, con su amistad como única fuerza motora, persiguiendo un sueño lejano. A veces está cerca, otras más lejos, pero algún día ambos saben que llegará.
Incluso por evitar la inútil codicia decadente de su mal amado Imperio Británico, disponen un contrato por el cual se abstienen de juergas y diversiones, hasta que uno de los dos no sea coronado rey de alguna de esas gentes sin mácula civilizada que se encuentran. Que sí, uno podría pensar que ese es el objetivo final, pero casi me creo más que el verdadero tesoro sea lo bien que se lo pasan recorriendo el continente, bailando al amanecer del desierto y escapando de asaltantes violentos.
Tan complementaria es su carisma, tan pura su amistad, que hasta el mismo paisaje se pliega a su paso: un momento que podría ser de gélida desesperación tiene el carácter de una buena charla ante el fuego, y por increíble que parezca la naturaleza tiembla al oír la risotada de dos hombres sin nada que perder.
Es su mutua confianza lo que ha desbloqueado el camino, y te lo crees porque estos amigos, te lo han contado, pueden con todo.

Esa “prueba” abstracta de su vínculo, por así llamarla, da paso a su codiciado reino, donde por fin encuentran un territorio arrasado por enfrentamientos brutales, del que pueden sacar partido prestando sus servicios al rey Ootah: se ironiza así sobre toda una tradición británica de llegar y apoyar al mejor postor, solo para construir identidad nacional sobre las cenizas.
Pero Daniel y Peachy no buscan eso, sino el impulso salvaje de una buena batalla, llenarse la mirada de paisaje sin almas a la vista, o la belleza nativa de una muchacha que podría reescribir la Venus de Milo… no tienen intención de dominar, sino de reencontrar una sensación ideal sobre la que otros como Kipling solo pueden fantasear (y escribirán después).
Por eso se hace doblemente chocante que, en un fortuito viraje de los acontecimientos, Daniel sea reconocido como el descendiente directo de aquel Alejandro Magno que una vez les gobernó, y tras un estupor inicial él mismo afirme que sí, es hijo de aquel conquistador, pues ha conservado a través de las eras su ansia por explorar las maravillas del bello mundo. Peachy entonces sonríe con preocupación en la mirada, tal vez dándose cuenta de lo poco que valen los contratos de los hombres cuando la adoración en ojos de muchos ya confiere el poder de un dios.

La odisea de Daniel y Peachy, a su manera, cierra las tapas de una época.
Un tiempo majestuoso en el que al borde de la muerte se encontraba aquello que daba sentido a la vida, aún quedaba incertidumbre en el horizonte y cada piedra sin remover llenaba de una paz difícil de explicar, la cual se remontaba a una nostalgia milenaria.
En un panorama cansado y desencantado, acomodado en sus arrugas, ambos aventureros nunca soltaron la cola del burro por mucho que cegara la nieve, nunca se echaron atrás por mucha espada a la vista, nunca perdieron a su lado el hombro del compañero. Actos humildes, impulsivos, que mirados desde una lucidez momentánea (dionisíaca) parecen una gran narrativa hablando directamente a esa parte dormida de nosotros, que aún gusta de creerse elegida para algo más que lo terrenal.

Por eso se han contado estas historias, por eso se siguen contando.
Mirando atrás, Peachy y Daniel realmente fueron reyes. Aunque es un conocimiento que solo llega al haberse terminado.
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Ser o no ser
Ser o no ser (1942)
  • 8,5
    33.028
  • Estados Unidos Ernst Lubitsch
  • Carole Lombard, Jack Benny, Robert Stack, Stanley Ridges, ...
7
Se ruega No Invadir durante la Representación
¡Ah, el ego del actor!
Capaz de levantar imperios, revolucionar multitudes, conmovernos hasta lo más profundo o enfurecernos ante la injusticia, pero también capaz de naufragar ensayos, acaparar el foco principal y creerse en posesión de la única atención disponible.
Seguramente, cuando Shakespeare escribió ‘Hamlet’, no imaginó que tendría que estar representado por criaturas tan volátiles.

‘Ser o No Ser’ transcurre alrededor de un ego actoral tan grande como para imponerse al III Reich.
Concretamente del actor Josef Tura, que privado de representar la comedia satírica sobre la Gestapo preparada junto a su compañía por censura nazi, se frustra cada noche al ver cómo el soldado Sobinski se levanta de las butacas cada vez que empieza su inmortal monólogo. Es imposible juzgar si es admirable o temerario, al pasar de la amenaza política y afirmar que la gente ya no disfruta el verdadero sentimiento teatral.
Más sería su pasmo, sin embargo, si se enterara de que Sobinski es el misterioso admirador de su mujer María Tura, y tras enviarla flores a cada función va a verla a su camerino cuando consigue por fin favorable respuesta… justo al empezar la eterna chapa en la que saben que no les van a molestar. El arte es lo de menos en vísperas de guerra, pero como distracción es cosa bárbara para mantener embobados a un buen puñado de gente.

Precisamente ese embobamiento será la misión que, clausurado el teatro por un nacionalsocialismo arrasador, acometerán Josef y María en una Polonia ya ocupada, al tratar de birlar al espía profesor Siletsky una preocupante lista de aliados a la RAF, impersonando al coronel Ehrhardt primero y provocando una retahíla de equívocos después, para una Gestapo ciega que se cree blindada tras uniformes que podría vestir cualquiera.
El subtexto es glorioso, y está perfectamente ejemplificado en el prólogo que parece cuentecillo: el actor Greenberg sale a la calle perfectamente caracterizado como Hitler, creyéndose invencible en su bigotillo, solo para que una niña pidiendo un autógrafo le demuestre que una esvástica bien replicada no debería hacernos perder la razón.
En el fondo bajo la gorra con calavera habitan los mismos hombres torpes, descuidados y calenturientos por María que al otro bando, imposibles de discernir unos de otros, y si hiciera falta más prueba solo hay que fijarse que no es el repetitivo comentario “¡conque me llaman Campo de Concentración!” lo que delata a Josef, sino su orgullo de esposo herido que no puede dejar de lado aún en plena negociación por vidas humanas.

Casi que su carácter disperso, y el inicial mirar para otro lado de toda la compañía, riéndonos por si acaso, dan lugar inconscientemente a esa sátira sobre la Gestapo sin representar, que les tiene a ellos como público, y a María como indiscutible ganadora de la función, capaz de mudar piel sin que en ningún momento miren más allá de su belleza: qué amarga ironía que los coroneles admiren la suya y no la de tanta cultura prohibida.
Al final, el último grito del artista en medio de la represión tendrá que ser el monólogo de Shylock en ‘El Mercader de Venecia’, subrayando que tan diferentes no somos, y no tiene sentido seguir a ningún amado líder hasta la muerte, ya sea Shakespeare o Hitler.

La vida era un cuento lleno de ruido y furia, contado por un loco… y poblado por otros tantos locos que lo interrumpen constantemente, añade Lubitsch.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
A ciegas
A ciegas (2018)
  • 5,7
    13.181
  • Estados Unidos Susanne Bier
  • Sandra Bullock, Trevante Rhodes, John Malkovich, Sarah Paulson, ...
6
Sobre Vivir
Alguna vez me he preguntado, viendo una de estas películas sobre apocalipsis repentinos, si merecería la pena existir en el mundo de después.
Una vez el polvo se haya asentado, una vez hayan pasado las penurias y los enfrentamientos, ¿podríamos volver a lo de antes?
O mejor aún, mientras luchamos por la supervivencia, ¿por qué estamos luchando realmente?

‘A Ciegas’, muy cuidadosamente, trata de dar respuesta a estas preguntas.
Nada más empezar, Malorie ya nos da el aviso: da igual lo que pase, da igual lo que escuchemos, si se nos ocurre mirar vamos a morir.
Es un puñetazo, un punto y aparte incluido al espectador, que cuenta severamente para los niños a su cargo, porque los quiere y no soportaría que les ocurriera nada.

El posterior recorrido por el río hacia un posible refugio desgrana en recuerdos cómo ha llegado allí, tan cerca de rozar la salvación en medio de pura catástrofe desesperada.
Es un punto de vista privilegiado en esos momentos, pues nos aleja de la tensa madre surcando las aguas a la carrera y permite volver a otro tiempo, cuándo únicamente era una artista embarazada curándose gracias a su afectuosa compañera Jessica.
Pero, de repente, las noticias empezaron a hablar de seres llevando a cabo una invasión planetaria, y el peligro empezó a doblar cada esquina, en ojos vacíos que eran todo lo contrario a la vida que llevaba en su vientre.
La certeza de que nadie volverá a estar a salvo, por muy sólidas que sean las intenciones de salvamento, pasa a dividir su vida ordinaria de su nueva vida huyendo.

El peligro de esta invasión extraterrestre es que no necesita nada más que la mirada: un vistazo que eches a los seres que habitan las calles basta para que te metas en un coche ardiendo o tengas unas ganas terribles de arrancarte la yugular.
De repente, un sentido del que dependemos para todo pasa a estar prohibido y las consecuencias son devastadoras, porque hemos aprendido a creer solo aquello en lo que vemos, de igual manera que jamás nos hemos preocupado por desarrollar el olfato o el oído.
Gigantescas sombras tras las ventanas cegadas pasan a merodear alrededor de la casa de supervivientes en la que Malorie tiene la suerte de instalarse, y daría la sensación de que ellos tienen consciencia de que ganarán, pues nos puede la curiosidad ante la poca anticipación de enfrentarnos a algo que no sabemos cómo es: han estudiado nuestros patrones desordenados, nuestras acciones irracionales salvando a alguien cuando está todo perdido.

A la habitual batería de conflictos entre supervivientes en una situación límite se añade la misteriosa naturaleza de las criaturas, que se nos revela paulatinamente, sin nunca verlas aparte, con el objetivo de volvernos tan paranoicos como ellos: podrían ser el castigo divino que claman algunos “iluminados”, podrían ser criaturas mitológicas parientes de la Medusa que transformaba en piedra, o enviados especiales que nos muestren la Verdad más allá de nuestras cáscaras mortales.
Sin embargo, te acabas dando cuenta, como Malorie, que teorizar sobre ellas no sirve de mucho. Matan, y ya está. Dividen, acosan y finalmente vencen.
Ella intenta agarrarse emocionalmente a alguien, a alguna emoción de piedad o aprecio, pero acto seguido aparecen ellos demostrando que nada importa, endureciéndola. Es entonces cuando ya no estamos tan lejos de esa capitana de barco desesperada.

Malorie ha rechazado la noción de volver al hogar. Es imposible, se dice, que soñemos con edificios altos y niños recorriendo el campo, porque no volverá a pasar.
La bajada por el río entonces ya no es mero movimiento por si acaso, sino fe en algo. Necesidad que, recordando lo amado, muta en creencia apresurada y sucia.
Eso que a menudo es lo único que impide rendirse.

Si podemos reconstruir tras una gran caída, eso nunca lo sabemos.
Pero empezar por reconstruirse uno mismo siempre es el mejor camino.
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66 de 93 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ralph rompe Internet
Ralph rompe Internet (2018)
  • 6,8
    5.866
  • Estados Unidos Rich Moore, Phil Johnston
  • Animation
8
La Amistad como Wi-fi a Larga Distancia
Algo está pasando en Disney.
‘Ralph Rompe Internet’ podría ser la primera película bajo su sello que sale del clásico mundo cerrado donde el o la protagonista tiene un arco que cumplir, y se asoma a una realidad cambiante, multiforme, donde teóricamente tenemos todo al alcance de la mano pero rara vez conservas lo que quieres siempre que lo necesitas.
El nombre del universo es Internet, y se agradece el infaltable comentario “la excesiva tecnología nos hace inhumanos”, pero también hay mucho más bajo esa superficie, un corazón de dulce y caramelo como el que lleva nuestro manazas protagonista, resistente a los golpes pero frágil ante las inseguridades.

Ralph y Vanellope han pasado 6 años compartiendo partidas de recreativa, cervezas de raíz y planazos después de la dura jornada.
Es una existencia ideal, porque sabemos lo mucho que costó llegar a ella: el grandote por fin es miembro respetado de su juego, y la pequeñaja ya es el avatar favorito de su parrilla. El propósito de su creación, por lo que habían luchado, no ha llegado al “game over” pero ya se han pasado el modo historia.
A partir de entonces, solo les queda divertirse dentro de unos márgenes maquineros, aparentemente inagotables cuando fueron gloriosamente conquistados, y ahora con la clase de familiaridad que les ha desteñido aquel encanto especial. Esta es una historia sobre horizontes con los que soñar o simplemente observar, y no me he dado cuenta hasta que Vanellope empieza a divagar en una tonta madrugada sobre experiencias más allá.

Su respuesta llega cuando el entrañable propietario de los recreativos elige adaptarse a los tiempos con ese módem plastiquero que todos tuvimos en los dos mil: un pequeño paso para sus habituales, pero toda una revolución para datos videojueguiles que ahora tienen acceso a una mega-ciudad infinita llena de suculentas oportunidades, excitantes búsquedas y oscuros rincones.
El único elogio posible para la manera en la que los responsables han decidido visualizar internet es que desearás tener un mando para pausar la imagen y recrearte en cada detalle. No es la red global ingenua que tal vez se haya podido ver en otros productos familiares, sino la que ahora mismo habita cada móvil, caótica y patética, dominada por los pop-ups asaltadores o los gatitos ñoños, con imponentes plataformas que son casi templos de lo suyo, ante las que el usuario es un pequeñísimo cabezón que se deja llevar a golpe de like creyéndose el capitán de su navegación.
Un universo en el que puedes convertirte en la sensación del día, contagiarte de cualquier opinión afín, ser engañado por enlaces sospechosos o (y aquí lo importante) ser quien verdaderamente quieras, sin límites para ello. Un lugar al que Ralph entra medio asustado, más tarde animado porque será momentáneo, y Vanellope entra de cabeza, cada vez más pensando que le gustaría ser parte del sangriento juego de carreras “Slaughter Race”.

No importa el problema que les ha llevado allí, relacionado directamente con su antiguo recreativo feliz, sino el hecho de que lo vasto del Internet hace mella en sus mentalidades, y pronto se descubren dependiendo de comunicación inalámbrica porque no pueden ir juntos al sitio que cada uno quiere.
Una situación nueva para los dos, que sin embargo cada uno afronta de distinta manera: mientras todos los GIFs, vídeos o memes de Ralph intentan “comprar” su camino de vuelta a Vanellope, esta empieza a sentirse mal porque no puede evitar querer el sitio en el que están, a medida que descubre lo que siempre ha anhelado en su interior (con un número musical tan salido del molde que debería coronarla Princesa Disney con honores).
La inseguridad de fondo en Ralph, la que se ha ido fraguando en una amistad tóxica bienintencionada mientras nos divertíamos, empieza a encarnarse en gigantesco y amorfo problema, tan desesperado por sentirse validado que retiene a Vanellope en contra de su voluntad porque su amiga “no sabe lo que está haciendo”. Ya podríamos haberlo visto venir, gracias a un genuino desarrollo de personaje que tiene el grandullón como hombre atípicamente vulnerable al que no le importa llorar mientras alaba a su amiga, pero nunca se sabe todo lo monstruoso que puede ser un problema no hablado.

Es maravillosamente ambicioso, en verdad.
Desterrar a unos personajes carismáticos de su hábitat natural, hacerlos lidiar con un mundo globalizado que pone a prueba una relación profunda como la suya, y de paso lanzar finísimas pullitas al impredecible e insondable Internet.
Disney no solo se rinde el (muy merecido) homenaje gracias a unas chicas encantadas que llevan un siglo en la cultura popular, sino que habla del entretenimiento compartido entre mustios cubículos de trabajo: si alguien piensa que lo de Ralph petando las redes es exagerado, solo tiene que echar un vistazo al muy incomprensible y muy genial fenómeno de recuperar ‘Shrek’ como carne de memes o vídeos chorras.

Todo ello, sin embargo, al servicio de la pequeñaja y el grandullón, tomando decisiones que alguna vez hemos afrontado, de esas que duelen tanto.
El internet, el planeta, puede ser demasiado amplio.
Pura suerte que entonces no tengamos que compartir un mismo horizonte, y la distancia de alguna manera solo añada más ganas de encontrarnos.


(En serio, qué valentía, contar claramente que muchas veces toda buena intención no necesariamente lleva al mejor resultado… pero tampoco pasa nada)
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13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
La (des)educación de Cameron Post
La (des)educación de Cameron Post (2018)
  • 6,4
    869
  • Estados Unidos Desiree Akhavan
  • Chloë Grace Moretz, Sasha Lane, Forrest Goodluck, John Gallagher Jr., ...
6
“Porque te Quiero”
El ejemplo más representativo de cómo ve Cameron Post las relaciones se encuentra en los minutos iniciales, en los que se alternan fragmentos de parejas celofán felizmente emperifolladas retratando su baile de fin de curso… con encuentros furtivos, acalorados y ansiosos, donde su novia y ella se tocan todo lo que pueden.
Se podría ver como una subversión de los códigos habituales, donde el romance azucarado más correctito palidece ante el mero placer carnal de compartir algo especial, pero principalmente queda claro que ella solo está a gusto en uno de los dos lados, y no es capaz de ocultar su incomodidad en el otro.

‘The Miseducation of Cameron Post’ es un largo camino de vuelta a ese espacio íntimo inicial.
Una vez roto, la protagonista titular es mandada a un campamento cristiano de reforma homosexual, y la estabilidad que había conocido desaparece, sustituida por una inquietante realidad plagada de sonrisas amplias repitiéndole que va a mejorar.
Su permanente actitud de pasmo, mezclada con una culpa latente, solo la deja avanzar en la única dirección posible: de vuelta a la gente que la metió allí en primer lugar, porque no puede ser que estén equivocados, porque quizás ella realmente ha hecho algo mal, porque es posible que aquel cura hablando de corregir errores juveniles tuviera razón.

Negarse a una misma puede no estar tan mal, es el preocupante mensaje que transpira de su día a día.
Y como en el fondo los encargados no están tratando a nadie mal, como parece que ayudan a lidiar con problemas personales, como todos quieren volver al hogar, pues… se acepta.
Mirado desde la distancia temporal, lo terrible no es que surgieran instalaciones de este tipo, sino que generaciones enteras sin recursos, sin visibilidad ni medios de ser escuchados, pudieran llegar a amar fervientemente a familiares o amigos que evidentemente no les querían, hasta el punto de alterar su deseo sexual.
Solo porque se lo pedían con palabras amables, pasado el impacto inicial.
(Muy significativo es que la cita de Cameron Post al baile de fin de curso reaccione como si ella fuera de su propiedad)

Cameron, como tantos otros, en construcción de su persona, no tiene las armas para hacerse valer, porque está en esa edad en la que nos convertimos en la persona amada por los demás, aunque en la intimidad seamos otra completamente diferente.
Y a todas esas oleadas imposibles de vencer, que determinan vidas enteras, la historia encuentra un antídoto inesperado: bromear, de verdad, alto y claro contra la venenosa amabilidad, como si de verdad nos estuviéramos divirtiendo.
Encontrar el punto justo en el que, si nos joden, no tengamos que depender nunca de gente que afirma querer nuestro bien, sino de los que están en las mismas y van tirando con Cameron, como Jane Fonda y Adam Red, los únicos del campamento que no cierran los ojos rezando cuando les toca. Toda una liberación cuando las cartas de fuera la quieren hacer dudar de, si alguna vez, ella de verdad existió.

Aquellos campamentos eran purgatorios para “problemas” de otra gente, hijas e hijos que creían dependientes de cuando a ellos les diera la gana quererlos.
Pero nada impedía crecer, y darse cuenta de que con el amor propio basta y sobra.
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Roma
Roma (2018)
  • 7,1
    18.557
  • México Alfonso Cuarón
  • Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Marco Graf, Diego Cortina Autrey, ...
8
El Espacio Inexplorado
Un suave plano ininterrumpido, de izquierda a derecha o viceversa, le sirve a Alfonso Cuarón para macerar un relato sobre esas horas del día en las que nadie piensa que pasa algo.
Gran parte del público ya habrá vivido en ese espacio de casa familiar, habrá llevado a cabo los mismos actos cotidianos y no creerá que encierran nada especial.
Sin embargo, la metáfora durante los créditos iniciales se hace sencilla de entender, con varias aguas de fregada haciendo que el simple suelo de un patio refleje el inmenso cielo: pasando una y otra vez sobre la superficie, te asomas a vistas insospechadas en lo de siempre.

'Roma' es la historia de Cleodalgia Gutiérrez, Cleo, sirviendo la familia que la emplea y cuidando cariñosamente a sus niños, de manera incondicional.
Las imágenes desnudan su rutina de artificios, nos permiten notar su presencia cuando para los demás se hace invisible, y evidencian que sus tareas pasan impregnadas de puro cariño, aunque desde fuera se puedan ver estrictamente profesionales.
Es la clase de amor que perdona todo, que no pide a cambio: es el querer de una madre, esa fuerza poderosa tan maleable, la que la cámara busca sobriamente a cada "pasada".

No importa la cuidada indiferencia que le dedica la Sra. Sofía con su madre la Sra. Teresa, o la idolatría forzada a la que le obliga su pretendiente Fermín en cada día que tiene libre. Sus niños, cada vez que le dicen que la quieren, hacen del día algo increíble: nunca se la ve tan viva como cuando tiene que fingirse muerta por una pistola de juguete.
Entonces, a la madre designada se le aparece la oportunidad de ser madre real gracias a un embarazo, algo que supuestamente debería ser una bendición... y Cleo la recibe con estoica determinación sin palabras en medio de las bulliciosas calles de México, sabiendo que está sola de verdad, justo cuando más pide su corazón gritar.
Algo estamos haciendo mal, me relata cada "pasada" de la cámara. Algo hemos perdido en nuestro interior natural cuando un embarazo pasa a ser una bomba de relojería, que todos reciben con cierto miedo en la voz, y esa realidad terrible convive con criar niños ajenos, lo cual es aceptable a vista de todos.

Cleo no se imagina compartiendo más de lo que piensa con esos astronautas perdidos en el vacío, observados en sala oscura.
Y, sin embargo, yo percibo esa misma opresión,  esa misma falta de oxígeno, a la espera de un rescate piadoso que no llega, cada vez que esta ventana hacia la misma realidad de Roma me avasalla con una brutalidad tan natural como el amor que ya ha desplegado.
Inolvidable es el plano de la incubadora bajo los escombros, albergando nueva vida que late a pesar de todo, o esa pistola muy real que llena un marco donde solo puedes rezar por que Cleo no se encuentre al otro lado: la realidad es muchísimo más fragil de lo que nos habíamos pensado.

Desde siempre, desde el inicio de los tiempos podría expresarnos el tinte blanquinegro, despreciamos, atacamos y matamos el amor de una madre.
Es tan desinteresado, tan humilde, tan callado, que nos cuesta poco pensar que nuestra capulla superioridad es más importante: así lo hacen notar Fermín como patético samurái y el ausente padre de los niños, las dos únicas figuras masculinas prominentes, haciendo tristemente lúcido el posterior "estamos solas. Que nadie te engañe, siempre hemos estado solas".
Cuarón, en cierta manera, expía ese pecado original humano, masculino en su mayoría, cuando golpea a Cleo con todo el oleaje de sus desgracias... y sin embargo le concede leves momentos de equilibrio, donde el mundo le dice con claridad inusitada que puede hacerlo, que ella también merece estar completa a pesar de todo.

A mí, como a ella, como a cualquier persona que alguna vez haya sido cuidada, me conmueve profundamente esta revelación.
Me maravilla apreciar, de repente, personas como Cleo viviendo en universos que nunca miré.

Y doy gracias de haber asistido a una épica silenciosa donde el espacio inexplorado descubro que siempre ha sido, y esperemos que no sea siempre, el eterno matriarcado.
Ese que lleva siglos, milenios, demostrando que es posible amar sin reservas, porque al nacer o después hemos experimentado el crecer en brazos que nos esperan.
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87 de 131 usuarios han encontrado esta crítica útil
Castlevania (Serie de TV)
Castlevania (Serie de TV) (2017)
  • 6,5
    3.102
  • Estados Unidos Sam Deats, Adam Deats, ...
  • Animation
6
Lágrimas de Diablo
Esto no parece una serie especialmente planificada.
Más bien parece una apuesta, un afortunado accidente.
Un “hey, Castlevania mola un montón, ¿por qué no hacemos algo con ello?”. Por eso han hecho una primera temporada más de prueba que otra cosa, para acto seguido sacar una segunda apresurada donde las virtudes no se han pulido del todo.

Pero sí, volver al castillo de Drácula sin un mando en las manos mola más de lo esperable, y la culpa habrá que echársela a una historia que no se queda demasiado tiempo en una sola nota.
Clanes milenarios de cazadores o hechiceros, seres maléficos más antiguos que el tiempo, horribles criaturas de la noche y la santa corrupta madre Iglesia se dan cita con animación fluida de picos afilados, conjurando una fantasía ultraviolenta en la Transilvania de algún siglo pasado.
Encima, como guinda está el mismísimo Vlad Tepes, el Empalador, clamando venganza a los seres mortales porque le arrebataron la única mujer que alguna vez amó en la muerte: hay cierta nobleza en el monstruo que es capaz de apreciar la vida humana, sin necesidad de poseerla, y eso se acaba convirtiendo en la puerta de entrada a simpatizar con su compleja inmortalidad.

Naturalmente, con el aparente villano a la vista los héroes no pueden estar lejos, y en este caso es un trío de piezas díscolas que no parecen encajar en ninguna facción de la época: Trevor Belmont es el cínico cazador de familia proscrita, Sypha la resolutiva hechicera atada a una tradición de obediencia, y Alucard un supuesto salvador vampiro que se enfrenta al dilema de matar a un padre que antes admiraba.
Los tres, por supuesto, como todo buen viaje del héroe, no son tan buenos en sus ingeniosas réplicas como cuando dejan traslucir aquello que les falta, apoyándose en sencillos gestos de confianza hasta ahora vedados de la vida superviviente que han llevado. Se permiten la debilidad de cuidar de alguien, capaz de marcar la diferencia en cualquier batalla.
Todo lo contrario que Drácula y sus aliados Godbrand y Carmilla, vampiros más viciosos y brutales que albergan una venganza pura contra “el ganado”, mientras se burlan de que su señor se ha vuelto blando, viejo, vulnerable por haber reunido el valor de amar a Lisa, la madre de Alucard, sin querer cambiarla.

Una reflexión moral se cuela entonces entre los latigazos y los sablazos hemoglobínicos a monstruos, donde no estorba.
La sensación triste de que todos perdemos cuando nos dejamos llevar por el odio, y esa es una fuerza irresistible que no solo aprovechan las criaturas sobrenaturales, sino también los hombres santos de crucifijos en las manos.
Porque el mismo señor de las tinieblas puede querer a una humana, pero entonces dejará de serlo: no se puede hacer el mal queriendo un poco de bien.

El Mal siempre adoptará otra forma, aparecerá de improviso y abandonará a los que duden de su existencia.
Como castillo de Drácula, una vez plantado no se puede mover tan fácilmente.
Y no son tan importantes los monstruos que controla como los corazones que envilece.

Hasta el Diablo llora cuando no puede volver a ser quien era.
Es un bonito trasfondo a lo que no deja de ser una aventura sangrienta con criaturas a las que repartir muerte.
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Fellini, ocho y medio (8½)
Fellini, ocho y medio (8½) (1963)
  • 8,1
    18.851
  • Italia Federico Fellini
  • Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Anouk Aimée, Sandra Milo, ...
8
Todo Tú eres Todos Ellos
Cualquier imagen vale más que mil palabras.
Con solo recuerdos o impresiones podemos contar nuestra historia.
Pero en algún momento olvidamos esa cualidad mágica, y sentimos la necesidad de rellenar con prosa lo que cada vez sentimos más lejos: preñamos situaciones de sílabas, nos regocijamos en discursos elevados sobre lo que queremos hacer, y damos pie a cháchara intrascendente que se come nuestros dudosos silencios.
Y, de vez en cuando, una imagen fugaz, puramente accidental, nos recuerda esa belleza por la que tanto hemos estado charlando.

La vida del famoso director Guido Anselmi se ha convertido en una verborrea incesante, en una hemorragia de imágenes: un todo que no le deja nada, porque en esas no es posible que suceda algo que le importe.
Productores, mujeres y periodistas pasan por delante de su mirada, preguntando acerca de su nueva película, esperando saber de su próximo proyecto, bromeando sobre cómo se nutre de ellos para filmarlos… y él, en un alarde de elocuencia, simplemente se ajusta con un dedo las gafas negras para que no le cacen ni un gramo de inseguridad.
Piensa en esa muchacha de la fuente, que le ha capturado la mirada entre la muchedumbre, devolviéndole el placer de observar algo bello sin tener que crearlo él; pero su Pepito Grillo crítico, su asesor de escritura Carini que frena esa creatividad anticomercial, le dice que menudo esfuerzo vago para dar un significado a su confusión.

No hay nada que justifique dicha confusión.
Era inevitable, se esperaba su llegada y es absolutamente personal. Solo, probablemente, da rabia que pille justo en medio de la ausencia de musa que le impide seguir escribiendo, con lo que podría por lo menos huir hacia adelante.
Todas las ¿afortunadas? portadoras de ese título ya no pueden ostentarlo más, le aburren y le confunden, piden más escenas en su vida de las que él estaría dispuesto a rodar, y ya no son las dóciles muchachitas que se conformaban con estar al abrigo de su genio: ahora le piden estar más cerca que el albergue al lado del rodaje, escuchar sus reflexiones y que las escuchen sus divagaciones; "¡qué contrariedad, quizá mañana se les pasa!” piensa calmadamente Guido.
No será casualidad que Fellini aisle los únicos momentos de claridad entre las dos mujeres que no han vivido un romance con Guido, expresando sutilmente lo que él mismo no se atreve a admitir, que tal vez cuando ya ha vivido el todo con ellas se asusta de su propia nada que reflejan. Son islas de razón y calmada belleza, los protagonizados por Rossella, hermana de su mujer, y su actriz protagonista Claudia: momentos lejos del mundanal ruido en sitios que parecen nunca haber existido hasta que llegaron, dejándose arrullar por la viveza reflexiva de la primera y la candidez sencilla de la segunda, donde por fin se atreve a verbalizar que su película no va a ser grandiosa porque su enorme ego no va a caber en zapatos de director tan pequeños (“porque no amas” le dice Claudia, en una de esas sonrisas que te hacen afortunado de pasar tiempo a su lado).

Pero entre esos bálsamos está la construcción del decorado más grande, tan grande como la incomodidad de su amante Carla y su esposa Luisa encontrándose, solo para justo después llevar a cabo audiciones en las que gana la que más mudo deje a Guido con la triste repetición de las mismas palabras: “me has dejado sola, y contigo nunca sabré la verdad”.
Él le dice que la quiere en las butacas, por si acaso, ya que cuando menos hay que tener en cuenta la ficción es al representar fielmente la realidad.
Podrían ser esas pruebas, con un productor desesperado porque el director diga por fin algo, el reverso incómodamente real de esa fiesta pícara y despreocupada con todas las mujeres pasadas de la vida de Guido, desde la más imbatible amazona a la más inocente actriz, jugueteando sus atenciones como si el tiempo o las decepciones no hubieran hecho mella alguna: un raro paréntesis ideal en la bella confusión, que hace reflexionar al emperador autoproclamado si tanto la corista animosa como la criada sumisa no merecían más líneas de guión, ahora que están resignadas a ser leves figurantes.

Me esperaba un tratado solemne sobre la mente del creador, pero al final me encuentro con trazos gruesos al borde del patetismo divertido, sonriendo cuando llega el mal tiempo, donde justo lo que te desespera es el final del camino.
Un corro infinito y circular, donde si no tropiezas dos, tres, cuatro, veinte veces con la misma piedra es porque agarras la mano de tus errores o aciertos.
De vez en cuando ves alguna muchacha en la fuente y no tienes por qué ajustarte las gafas. Pero mientras, toca ir tirando.

(Eso, o charlar con la Cardinale de lo divino y lo humano, allá donde no nos alcance el tiempo)
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1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil