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9
Continuación inmediata
Esta es sin lugar a dudas una de las mejores películas que nos dejó el cine mudo, a pesar de su larga duración combinada, más de 5 horas entre la primera parte: Sigfrido, y la segunda: la venganza de Krimilda.
En Sigfrido vemos escenas exquisitas como la de la pluma deshaciéndose en la espada de Sigfrido, la lucha contra un dragón komodiano, y el sueño de Krimilda que aún trato de imaginar como es que pudieron hacerlo en aquella época.
En la segunda parte o venganza de Krimilda me pareció ver actuaciones un poco más perfeccionadas sobre todo la de los personajes de Krimilda y Atila, los fotogramas llevan una secuencia inteligente y la frase más llamativa de la narración fue: “La lealtad que no destruye el acero, tampoco la funde el fuego”.
La música es excelente, el vestuario oportuno y los efectos especiales son simplemente perfectos para la época.
Dr.Juventus
27 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
“¡No permitáis que se maten los que se aman!”
Después de sentenciar a Hagen Tronje a esperar su irremisible venganza, Krimilda anuncia la muerte de la reina Brunhild -sutil y bellamente sugerida por el director, Fritz Lang, mostrándola a ella saliendo de campo y enlazando, a continuación, el balanceo de una campana-, y tras acompañar largo rato el mausoleo de su amado Sigfrido... comienza aquí, la segunda parte: <<LOS NIBELUNGOS (La Venganza de Krimilda)>>.

Enterado de su viudez, el rey Etzel (Atila), pide entonces la mano de Krimilda, y tras hacer prometer a su enviado, Rüdiger, que el soberano la defenderá contra cualquiera que la haya ofendido, Krimilda acepta -con propósitos premeditados-, marchar a aquel reino donde la espera un ambiente sucio y empobrecido, en el que pareciera que ninguna mujer –y menos hombre- ha puesto mano alguna durante largo tiempo. Empero, se encontrará con un rey que, lo que tiene de feo y de desaliñado, lo recompensa con su sumisión y caballerosidad, además de su entera disposición a complacer a aquella mujer que, para él, ¡es toda una reina!

A primera vista, no parece que pudiésemos espera mucho cuando lo que se aviene es el plan de venganza de Krimilda contra el nibelungo que asesinó a su esposo y contra todo el que se sume a su defensa, ¡así sean sus propios hermanos! Sin embargo, en este meollo de apariencia trivial, y ya harto trillado en el cine de la manera más arquetípica a todo lo largo del siglo XX, ese realizador colmado de visión social y humana llamado, Fritz Lang, consigue abstraerse de la superficie para lograr una magistral y poderosa guerra interior donde cada personaje se debate en el sostenimiento de unos valores y principios que lleva enraizados en cada célula de su cuerpo. Así, a la lealtad ni la destruye el acero ni la funde el fuego; al amor ni lo agota el odio, ni lo renace el agradecimiento; y la sed de venganza ni la apagan los lazos de sangre, ni se conduele con nadie.

En este compromiso que bulle desde lo más hondo, huelgan sentimientos de menor peso para cada uno, se resquebraja el alma, y cada personaje antepone el carácter a cualquier otra cosa; y de esta manera, Lang logra como resultado un cuento majestuoso, donde la guerra de adentro se impone rotunda, dramática y soberbiamente, haciendo de este filme una perenne obra maestra.

Queda resaltar la vigorosa presencia de Margarete Sdjön como Krimilda; la fuerte semblanza que logra, Hans Adalbert Sdjlettow del nibelungo Hagen Tronje; y la siempre efectiva caracterización de Rudolf Klein-Rogge (el recordado Dr. Mabuse), ahora como el singular rey Etzel.
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
LA MAJESTAD VENGADORA
Al final de la primera parte vemos un plano de admirable simetría presidido por el sepulcro de Sigfrido; el comienzo de esta segunda parte se hace por medio de otro plano igualmente simétrico, pero en este caso es Crimilda la que preside la escena. Esto resulta de lo más adecuado, pues si en la primera parte Crimilda no cobraba cierto protagonismo hasta el tramo final, aquí es el personaje clave desde el comienzo hasta la conclusión.

Ello se traduce en que en cada plano en el que aparece, Crimilda ocupa el centro, o bien preside la acción desde una posición elevada; y esa "elevación" del personaje se debe, única y exclusivamente, a la fuerza de voluntad que encarna, a la ira vengadora que la consume y que, paradójicamente, le aporta toda la majestad necesaria. Llama la atención su inmovilidad, su rostro pétreo, la absoluta convicción mostrada, que empequeñece a los demás personajes, siempre frágiles ante su determinación. Incluso en las secuencias en las que aparentemente debería mostrar cierta dulzura, ésta cede ante la furia vengadora; así, en un bellísimo plano junto a la fuente en que murió Sigfrido, su patética excavación en la nieve concluye con un juramento terrible e inexorable.

En la ejecución de su venganza, Crimilda se casa con Atila, rey de los Hunos, aquí retratados como bárbaros (véase el contraste físico, y también el material, explicitado en las rudas condiciones que imperan en la corte de Atila); no obstante, Atila nos es presentado bajo una óptica no del todo negativa, pues conmueve su alegría y ternura con motivo del nacimiento de su hijo. Pero nadie, ni hermanos, ni amigos, ni hijos pueden escapar a la venganza, pues todos ellos están, de un modo u otro, atados por el honor y los lazos de vasallaje.

Centrada en la corte de Atila, y en menor medida en la de Gunther, esta segunda parte resulta menos espectacular y variada en lo que a decorados se refiere, pero ello se suple con una progresión trágica muy notable, acorde con la obra original, que sigue este mismo camino. La larga hecatombe final, dantesca y agónica a partes iguales, constituye, aún hoy, un ejemplo de cómo filmar la acción, en especial ese ataque con flechas incendiarias, que más adelante será muy del gusto de ciertos directores orientales. Muy notables resultan también la secuencia de la cabalgada de Atila tras conocer el nacimiento de su hijo y la de la fiesta en honor de los Nibelungos, preludio de la catástrofe última.

En conjunto, sumando las dos partes, reitero mi opinión; una de las mejores obras de Lang, o lo que es lo mismo, de la historia del cine. (Continúa en spoiler)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama.
9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Krimilda arquetípica
Hay un personaje arquetípico de Lang, que se concreta en imagen visual pura, heroína altiva y desgarrada, sin sitio en el espacio y el tiempo de la historia, habitante del mito y la leyenda, también de honda interioridad moral y estética: la reina Krimilda de la segunda parte de «Los Nibelungos», monumental epopeya fílmica concluida por Lang en 1924 y dividida en dos partes: «La muerte de Sigfrido» y «La venganza de Krimilda». Las fuentes literarias en que se basa el director vienés para la realización de la película son las fases más recientes del ciclo nibelúngico, concretamente el «Fin de los nibelungos», casi con toda seguridad redactado entre 1160 y 1170 por un juglar austriaco, y el «Poema de los Nibelungos», quizás compuesto entre 1200 y 1210 por un poeta caballero también austriaco. También hay que tener en cuenta la importante trilogía dramática del escritor alemán Friedrich Hebbel, «Los Nibelungos».

Krimilda, que había jurado venganza al final de la primera parte delante del cadáver de su esposo asesinado, consiente en casarse con Atila, rey de los hunos, para poder ejecutar sin error el plan trazado. En efecto, persuade al caudillo bárbaro a que invite a su hermano Gunther, rey de los burgundios, en la seguridad de que vendrá acompañado de Hagen Tronje, fiel vasallo y asesino de Sigfrido. Pero Atila, amparándose en el sagrado derecho a la vida de todo huésped, se niega cumplir la promesa hecha a Krimilda, por lo que ésta decide actuar por su cuenta, incitando a los hunos atacar a los burgundios. La catástrofe se desata y la película finaliza en una espeluznante orgía de destrucción y muerte.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama.
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Poderosa seducción visual.
“El cantar de los Nibelungos” es un poema profundamente trágico basado en el tema del destino y la transformación de la dicha en dolor. El poema contiene elementos de las mitologías escandinava y germánica y relata la historia temprana de Burgundia. Aunque los sucesos y personajes están inspirados en remotos acontecimientos históricos, el poema los adapta al mundo cortesano y los sitúa en escenarios geográficos conocidos. Fue una de las epopeyas medievales germánicas más populares hasta el siglo XVI.

Durante siglos la ópera, la poesía, el teatro y la novela echaron mano de esta historia para reflejar en diferentes claves los rasgos más definitorios del espíritu alemán, las raíces míticas de un nacionalismo exacerbado que se ofrecía como una “Ilíada del Norte”, la mítica condición maciza del mundo del nibelungo (que significa hijo de la niebla), de un mundo impenetrable a la sabiduría o a la verdad cristiana.

Tanto “La muerte de Sigfrido” como “La venganza de Krimilda”, perteneciente al díptico “Los Nibelungos”, suponen un excelente síntoma de la convulsión que muy pronto iba a sufrir Alemania. Es evidente que actuaron como catalizador de los sentimientos más desaforadamente nacionalistas del “völkish” – cuyos orígenes se remontan al romanticismo alemán, cuando el filósofo Johan Gottlieb Fichte (1762-1814), escribió sus “Discursos a la Nación alemana”, publicados durante las guerras napoleónicas -, sentimientos de los que Adolf Hitler y sus acólitos se adueñaron para sus propios fines ideológicos, convirtiéndolos en las piedras angulares del universo nazi. Quede claro que con esto no quiero decir que estas dos grandiosas obras sean nazis, en absoluto. Más allá de su extraordinario poder de seducción visual, de su épica, de su vibración dramática, Lang no pretendía competir con el poderoso despilfarro del cine histórico americano, sino crear algo destacadamente nacional, que pudiera tener validez como auténtico testimonio del espíritu alemán.

La ópera de Richard Wagner “El anillo de los Nibelungos” se basa en los mismos relatos míticos sobre el Pueblo Germano. La obra, con música y libreto original del propio Wagner (1813-1883), está compuesta por cuatro obras, un prólogo y tres jornadas tituladas “El oro del Rin”, “La Walkiria”, “Sigfrido” y “El ocaso de los dioses”. Esta grandiosa obra que Wagner pretendía que fuera como el paradigma del arte total, es conocida como “La Tetralogía” fue estrenada el 29 de Septiembre de 1876 en el primer festival de Bayreuth.
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil